Entre espadas y juramentos

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2
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planificada Maxi, escritos 173 páginas, 57.242 palabras, 16 capítulos
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Capítulo 3.- Información para un plan

Ajustes
3.1. Informe de cinco días El silencio no era ausencia de sonido... era dominio...Un dominio absoluto. La sala estaba completamente cerrada, aislada incluso del eco lejano del reino, como si ese espacio existiera fuera del tiempo, fuera de la dulzura artificial de Totto Land. Allí no había risas, no había colores, no había vida... solo intención. Katakuri permanecía de pie frente a la mesa...Recto, impecable, pero no inmóvil. Porque aunque su cuerpo no se movía... su mente estaba en guerra. Frente a él, perfectamente alineados, cinco informes...Cinco días. Cinco fragmentos de una existencia que no debía importarle... pero que ahora ocupaba más espacio en su mente que cualquier misión, cualquier traidor, cualquier deber. Cinco fragmentos de una vida que no le pertenecía... pero que ya comenzaba a sentir como suya... Extendió la mano lentamente...No temblaba, nunca temblaba. Pero al tocar el primer documento... sus dedos se detuvieron apenas un instante. Un instante imperceptible para cualquiera, pero real. Y entonces...Lo abrió... Y todo comenzó. 3.2 Día Uno: El origen Las palabras estaban ahí, perfectamente alineadas, trazadas con una precisión casi quirúrgica, como si quien las hubiera escrito hubiese eliminado cualquier rastro de emoción antes de dejar que la tinta tocara el papel. No había errores, no había adornos, no había intención más allá de registrar hechos... y, sin embargo, en cuanto los ojos de Katakuri se posaron sobre la primera línea, el documento dejó de ser un informe y se convirtió en algo más profundo, más incómodo, casi invasivo. Vinsmoke Sanji. El nombre no era nuevo, pero tampoco era indiferente y de pronto sin permiso se instaló en su mente con una facilidad inquietante, repitiéndose una y otra vez como si buscara un lugar específico donde encajar, como si no fuera suficiente leerlo una sola vez. Porque Katakuri no solía detenerse en nombres; para él, las personas eran funciones, roles dentro de un sistema perfectamente estructurado, piezas que cumplían un propósito o que debían ser eliminadas si lo alteraban. Pero ese nombre... no se comportaba como los demás. No se archivaba, no se descartaba, sino que permanecía. Continuó leyendo: *North Blue. *Familia Vinsmoke. *Proyecto científico. *Modificación genética. *Tres hermanos que lo detestan, una hermana que al parecer lo estima, un padre que lo odia y aborrece y una madre fallecida. * El es el resultado de un experimento fracasado. *Rechazo, de toda su familia y reino por ese motivo, siendo considerado como defectuoso. *Encierro, para esconder ese defecto. *Deshumanización, alejarlo de su pasión de cocinar. *Huida: para salir de esa prisión con la ayuda de su hermana. *Baratie: Lugar de inicio de su sueño y dónde conoció a una persona que considera su figura paterna. Cada término caía con un peso exacto, como una secuencia de golpes medidos que no buscaban impresionar, sino registrar una verdad desnuda. No había dramatismo en la redacción, pero tampoco hacía falta. La crudeza estaba en la simplicidad misma de los hechos. Katakuri no parpadeó en ningún momento; su mirada avanzaba con la misma firmeza con la que atravesaba cualquier campo de batalla, pero su respiración... cambió...Apenas tan sutil que nadie más lo habría notado, pero lo suficiente para romper la perfección de su control. No era compasión. Él no funcionaba así. No era lástima. Eso implicaría debilidad. Era otra cosa. Algo más cercano a una incomodidad silenciosa que se filtraba entre sus pensamientos, una sensación que no encontraba lugar dentro de su estructura mental perfectamente organizada. Porque cada palabra que describía a Sanji no solo hablaba de él... también reflejaba algo que Katakuri conocía demasiado bien. -Moldeado por otros... -pensó, recorriendo nuevamente las líneas sin necesidad de leerlas. -Forzado a ser algo... antes de poder decidirlo. Sus ojos se endurecieron apenas, no por rechazo, sino por reconocimiento. La perfección, lo sabía mejor que nadie, no era algo con lo que se nacía. Era una construcción. Una exigencia impuesta desde afuera, sostenida a través del dolor, del sacrificio, de la renuncia constante a cualquier debilidad. Él mismo era el resultado de eso: disciplina absoluta, control total, una imagen inquebrantable creada para cumplir con un estándar que no permitía errores. Y, sin embargo...Sanji había pasado por un proceso igual de brutal, igual de deshumanizante, y el resultado no era el mismo. Katakuri deslizó la mirada nuevamente por las palabras "rechazo" y "encierro", deteniéndose apenas más de lo necesario. Podía imaginarlo sin esfuerzo: aislamiento, silencio, la constante sensación de no ser suficiente, de ser descartado por no cumplir con una expectativa impuesta. Eso no era ajeno. Eso era... familiar. Pero lo que venía después era lo que rompía toda lógica. Huida. Baratie. Un cambio. Un quiebre en la línea de control. Un punto donde el destino impuesto se fracturó. Sus dedos se cerraron ligeramente sobre el borde del documento, no con fuerza, sino con una tensión contenida, como si esa parte de la historia exigiera más atención que el resto. La huida no era solo un acto físico; era una ruptura con todo lo que había definido a ese hombre hasta ese momento. Y en lugar de convertirse en algo frío, en algo calculador, en alguien que rechazara todo vínculo para no volver a ser herido... Sanji eligió lo contrario. Eligió quedarse. Eligió crear. Eligió cuidar. Katakuri entrecerró los ojos, analizando esa contradicción como si fuera un problema que debía resolverse. No encajaba. No había coherencia desde su perspectiva. Un individuo sometido a ese nivel de presión, de rechazo y de dolor debería haber desarrollado mecanismos de defensa alineados con la supervivencia: distancia emocional, control absoluto, eliminación de todo lo innecesario. Pero Sanji...No solo no eliminó esas partes de sí mismo... Las fortaleció. -¿Por qué...? -la pregunta surgió en su mente con una claridad incómoda, sin encontrar respuesta inmediata. No era una duda superficial. Era una grieta. Porque si alguien podía atravesar ese tipo de pasado y seguir siendo... cálido, entonces la lógica que Katakuri había sostenido toda su vida no era absoluta. Y eso no solo era desconcertante... era peligroso. Sus pensamientos se volvieron más profundos, más analíticos, buscando una explicación que le permitiera encajar esa anomalía dentro de su sistema. Tal vez no era fortaleza, sino una forma distinta de debilidad. Tal vez ese "cuidado" constante, esa necesidad de alimentar, de proteger, de amar... no era una virtud, sino una respuesta a una carencia no resuelta. Una compensación. Pero incluso esa teoría se sentía incompleta. Porque los informes no mostraban fragilidad en Sanji. Mostraban constancia. Mostraban decisión. Mostraban una elección consciente de ser así... a pesar de todo. Katakuri cerró el documento lentamente, dejando que el sonido del papel al plegarse llenara el silencio de la sala. No lo soltó de inmediato. Sus dedos permanecieron sobre él, como si aún pudiera extraer algo más de esas páginas, algo que explicara lo que su mente se negaba a aceptar. ¿Por qué alguien que había sido destruido... no se convirtió en alguien que destruye? ¿Por qué alguien que había sido tratado como un error... decidió convertirse en alguien que cuida a otros? ¿Por qué no se volvió frío? ¿Por qué no se volvió distante? ¿Por qué no se volvió... como él? Esa última idea no la formuló completamente, pero estaba ahí, implícita, latente. Y eso fue lo que realmente lo perturbó. No el pasado de Sanji, sino el hecho de que, bajo circunstancias similares... habían tomado caminos completamente opuestos. Katakuri finalmente soltó el documento, dejándolo sobre la mesa con una precisión impecable, pero su mente no regresó al estado de control habitual. Algo se había movido. Algo pequeño, casi imperceptible... pero suficiente para alterar el equilibrio. Porque lo que no encajaba... No podía ser ignorado. Y lo que no podía ser ignorado... Eventualmente... debía ser entendido. 3.3 Día Dos: Rutinas y hábitos El segundo informe no esperó. Katakuri lo abrió casi de inmediato, con un movimiento más fluido, más directo, como si algo dentro de él ya no estuviera dispuesto a demorarse en formalidades. Lo que antes había sido curiosidad ahora se había transformado en una necesidad silenciosa, constante, que empujaba su atención hacia cada palabra antes incluso de que terminara de procesar la anterior. Sus ojos recorrieron las líneas con precisión, pero esta vez no era solo lectura... era observación profunda, como si intentara reconstruir cada escena en su mente, como si no le bastara con saberlo y necesitara verlo. Las descripciones eran distintas al informe anterior. No eran golpes secos ni datos aislados. Eran secuencias. Movimientos. Momentos capturados con tal nivel de detalle que casi parecía que quienes habían vigilado a Sanji no se habían limitado a observarlo... sino que, sin darse cuenta, habían sido absorbidos por su rutina, arrastrados a su ritmo, obligados a notar cosas que normalmente pasarían desapercibidas. Sanji despertaba antes que todos. Esa línea parecía simple, pero el informe no la trataba como un hábito mecánico. No había mención de alarmas, de horarios estrictos, de disciplina impuesta. No era una obligación ni una rutina rígida. Era una elección. Cada día, sin excepción, se levantaba antes que el resto, no porque alguien se lo exigiera ni porque su rol lo obligara, sino porque él lo decidía. Ese detalle, pequeño en apariencia, fue el primero que hizo que Katakuri redujera ligeramente la velocidad de su lectura. Porque una rutina basada en decisión... no era lo mismo que una rutina basada en deber. Continuó. Sanji se movía por la cocina con una naturalidad absoluta, como si ese espacio no fuera simplemente un lugar de trabajo, sino una extensión de sí mismo. No había movimientos innecesarios, pero tampoco rigidez. Cada gesto fluía con una precisión que no nacía de la repetición mecánica, sino de una comprensión profunda de lo que estaba haciendo. Cortaba, mezclaba, probaba, ajustaba... pero lo hacía mientras observaba. Ese fue el punto que hizo que Katakuri se detuviera completamente. Observaba.... No a los ingredientes... A las personas. El informe detallaba cómo, antes de decidir completamente un plato, Sanji analizaba a cada miembro de la tripulación. Sus expresiones, su estado de ánimo, su energía, incluso pequeños cambios en su comportamiento que otros pasarían por alto. No cocinaba simplemente para alimentar... cocinaba para responder. Si alguien estaba cansado, el plato cambiaba. Si alguien estaba ansioso, el sabor se ajustaba. Si alguien necesitaba ánimo, la presentación misma se transformaba. Katakuri sintió cómo sus dedos presionaban ligeramente el borde del papel, no por fuerza, sino por concentración. Esa forma de actuar no encajaba dentro de ningún sistema lógico que él reconociera. La cocina, desde su perspectiva, debía ser eficiencia, consistencia, perfección técnica. Un resultado debía ser replicable, predecible, exacto. Pero lo que Sanji hacía... No era replicable. Era variable. Dependía de factores inestables: emociones, percepciones, vínculos. -Se adapta a ellos... -pensó con claridad, sin apartar la mirada del informe. -Se ajusta... por ellos. Y esa conclusión no le agradó. Porque adaptarse implicaba ceder. Ajustarse implicaba priorizar a otros por encima de uno mismo. Eso, en su mundo, no era una virtud. Era una falla estructural, una grieta, una forma de desgaste constante. Cada decisión tomada en función de alguien más significaba una pérdida de control personal, una desviación del camino óptimo, una acumulación de pequeños sacrificios que, con el tiempo, deberían debilitar a cualquier individuo. -Eso no es eficiencia... -analizó con frialdad. -Es desgaste. Sus ojos se endurecieron ligeramente mientras avanzaba en la lectura, buscando la consecuencia lógica de ese comportamiento. Esperaba encontrar signos de fatiga extrema, errores acumulados, fallas en su desempeño, cualquier evidencia que confirmara que ese estilo de vida no era sostenible. Pero no la había. El informe no mostraba deterioro. Mostraba estabilidad. Más aún... mostraba dependencia. Los miembros de la tripulación no solo recibían la comida. La esperaban. Confiaban en ella. En él. Katakuri sintió cómo su mandíbula se tensaba apenas, una reacción mínima pero significativa. Eso era lo que realmente no encajaba. No solo no se debilitaban esos vínculos... se fortalecían. Cada acto de adaptación, cada ajuste, cada decisión tomada en función de otros no erosionaba la estructura del grupo, sino que la consolidaba. -¿Por qué...? -la pregunta surgió nuevamente, más aguda, más insistente. ¿Por qué un comportamiento que, desde su lógica, debería fragmentar la estabilidad individual... estaba creando cohesión colectiva? ¿Por qué alguien que se desgastaba por otros... no era percibido como débil, sino como esencial? Sus pensamientos comenzaron a moverse con mayor rapidez, analizando posibles respuestas, buscando patrones ocultos. Tal vez no era debilidad, sino una forma distinta de control. No un control directo, como el que él ejercía, sino uno más sutil... basado en la dependencia emocional. Si todos a su alrededor necesitaban lo que él ofrecía, entonces él, en cierto sentido, también tenía poder. Pero incluso esa idea no era completamente satisfactoria. Porque no había evidencia de manipulación. No había cálculo visible en las acciones de Sanji. Todo indicaba que actuaba así... porque lo sentía necesario. Porque quería. Eso era lo más desconcertante. -Se entrega... sin reservas... -murmuró en su mente, esta vez con una claridad más pesada. Y esa entrega absoluta... Era peligrosa. No solo para él, sino para todos los que lo rodeaban. Porque alguien que se da por completo, sin medir, sin contenerse, sin establecer límites claros... eventualmente alcanza un punto de ruptura. Y cuando eso ocurre, el impacto no es individual...Es colectivo. Afecta a todos los que dependen de esa estabilidad. Pero había otra posibilidad, una que Katakuri no ignoró... Alguien así... No solo podía romperse, también podía romper a otros. No con violencia directa. No con intención. Sino a través del vacío que dejaría si desaparecía. Sus ojos se detuvieron en la última línea del informe, no porque hubiera terminado de leer, sino porque había terminado de analizar. El documento descendió ligeramente en su mano, pero su mente continuaba trabajando, reconstruyendo, evaluando, anticipando. Sanji no era simplemente un cocinero. No era solo un miembro de una tripulación.... Era un eje. Un punto de equilibrio. Un elemento que mantenía cohesionadas múltiples piezas a través de algo que Katakuri aún no terminaba de definir... pero que comenzaba a entender como peligroso precisamente porque no podía controlarlo de la misma manera que controlaba todo lo demás. Y eso... Lo convertía en algo que no podía ser ignorado, ni subestimado, ni dejado intacto. 3.4 Día Tres: Gustos y disgustos El tercer informe no comenzó como los anteriores. Desde la primera línea, Katakuri percibió una diferencia clara, casi incómoda, como si el enfoque hubiera cambiado de manera deliberada. Ya no se trataba de registrar acciones ni de reconstruir rutinas observables; este documento iba más allá de lo visible, más allá de lo medible. Era un intento de definir lo intangible, de poner en palabras aquello que no podía capturarse con facilidad: la esencia. Sus ojos avanzaron con lentitud controlada, pero su mente no lo hizo. Cada frase parecía expandirse más de lo que debía, como si ocultara múltiples significados bajo una estructura aparentemente simple. Le gusta amar. Le gusta cuidar. Le gusta ver felices a los demás. Le gusta el romance. Le gusta creer. Katakuri no apartó la mirada, pero su expresión se volvió más rígida, más concentrada. No había datos técnicos, no había análisis estructural, no había nada que pudiera ser utilizado directamente como una herramienta estratégica... y, sin embargo, ese conjunto de frases era más peligroso que cualquier otra información recopilada hasta ese momento. Porque definía el núcleo, no lo que Sanji hacía, sino por qué lo hacía. Katakuri entrecerró ligeramente los ojos, deteniéndose en la última palabra como si el resto del informe se desvaneciera a su alrededor. -Creer... -repitió en su mente con una claridad casi incómoda. Esa palabra no tenía peso en su mundo. No formaba parte de su sistema. No era un valor ni una herramienta. Creer implicaba aceptar algo sin controlarlo, confiar en algo sin verificarlo, sostener una idea sin garantizar su estabilidad. Era, en esencia, lo opuesto a todo lo que él representaba. En su realidad no se creía. Se analizaba. Se predecía. Se dominaba. Cada resultado debía ser consecuencia de una acción calculada, cada variable debía estar bajo control, cada posible desviación debía ser anticipada. No había espacio para lo incierto, porque lo incierto era sinónimo de riesgo, y el riesgo era una falla. Pero Sanji...Sanji creía. No como un error momentáneo, no como una excepción aislada, sino como una base constante de su comportamiento. Creía en las personas incluso cuando no había garantía de que lo merecieran. Creía en el amor como si fuera una fuerza estable, algo capaz de sostenerse por sí mismo sin necesidad de controlarlo. Creía en vínculos que no podían medirse, en emociones que no podían cuantificarse, en decisiones que no respondían a una lógica estricta. Eso lo convertía en algo profundamente inestable desde la perspectiva de Katakuri. Impredecible. Y precisamente por eso... Peligrosamente manipulable. Porque todo aquello que no está anclado en la lógica puede ser desviado. Todo aquello que depende de la fe puede ser alterado si se afecta el objeto de esa fe. Y alguien que cree tan profundamente no solo se expone... se entrega. Katakuri no apartó la mirada del documento, pero su respiración se volvió más lenta, más controlada, como si estuviera reorganizando cada pensamiento con precisión milimétrica. Continuó leyendo, ahora con una intención más definida, buscando no solo entender... sino encontrar puntos de quiebre. Y entonces llegaron los disgustos. No tolera la crueldad. No soporta la injusticia. Odia ver sufrir a quienes ama. Evita su pasado. La estructura era simple, pero el contenido no lo era. Cada línea no solo definía algo que Sanji rechazaba... también delimitaba su comportamiento, sus límites, sus reacciones ante estímulos específicos. Katakuri exhaló lentamente, no por cansancio, sino como parte de un proceso de análisis más profundo. Su mente comenzó a conectar cada elemento con lo leído anteriormente, construyendo un mapa interno mucho más completo, mucho más preciso. La aversión a la crueldad indicaba una respuesta emocional fuerte ante el daño innecesario, lo que significaba que cualquier situación que involucrara sufrimiento injustificado podría desestabilizarlo. No soportar la injusticia reforzaba esa idea, ampliando el rango de situaciones que podían afectar su juicio. El rechazo a ver sufrir a quienes ama era aún más significativo, porque introducía un factor de vulnerabilidad directa: sus vínculos. Pero fue la última línea la que consolidó todo. Evita su pasado. Katakuri se detuvo apenas un segundo más de lo habitual. No porque no entendiera lo que significaba, sino porque entendía demasiado bien sus implicaciones. Evitar no era superar. Evitar no era resolver. Evitar era contener algo que seguía activo, algo que no había sido integrado completamente y que, por lo tanto, podía ser reactivado. Eso no era una simple característica. Era una grieta. Una entrada. Un punto donde la estabilidad podía romperse con la presión adecuada. -Ahí está... -pensó con una claridad fría y absoluta. El patrón completo comenzó a tomar forma en su mente, no como una serie de datos aislados, sino como un sistema interconectado. Sanji no era solo alguien que amaba. Era alguien que estructuraba toda su existencia alrededor de ese amor. Sus decisiones, sus acciones, sus rutinas, sus preferencias... todo estaba alineado con esa necesidad de cuidar, de proteger, de sostener a otros. -Un hombre que ama demasiado... -formuló internamente, sin emoción en el tono, pero con una precisión casi quirúrgica- -Y que rechaza todo aquello que amenaza ese amor. Esa combinación no era equilibrada...Era extrema. Y todo lo extremo... tiene un punto de ruptura. La conclusión no tardó en llegar. No fue impulsiva ni emocional. Fue el resultado directo de un análisis completo, meticuloso, sin espacio para interpretaciones erróneas. -Su mundo gira alrededor de eso. No era una suposición. Era una certeza. Todo lo que definía a Sanji convergía en ese eje central: amar, cuidar, proteger, creer. No había una separación clara entre su identidad y sus vínculos. No existía una versión de él que pudiera funcionar de manera completamente independiente de aquello que valoraba. Y eso... Era lo que lo hacía vulnerable. Porque si ese eje se mantenía intacto, Sanji sería estable, funcional, incluso fuerte dentro de su propio sistema. Pero si ese eje era alterado, si se introducía duda, si se generaba conflicto entre lo que creía y lo que percibía... Entonces todo lo demás comenzaría a fallar. No de inmediato. No de forma visible al principio. Pero inevitablemente. -Y si ese eje se rompe... -pensó, cerrando ligeramente los ojos por un instante- -Todo cae. No había necesidad de añadir más. No había necesidad de buscar otra estrategia. La información era suficiente. El problema estaba completamente definido. Y, lo más importante... También lo estaba la forma de resolverlo. 3.5 Día Cuatro: Los vínculos El cuarto informe no era simplemente un registro de relaciones; era una estructura compleja, una cartografía emocional trazada con una precisión inquietante que no solo describía quiénes rodeaban a Sanji, sino cómo cada uno de ellos lo sostenía, lo influía, lo definía y, en consecuencia, cómo podían ser utilizados para comprenderlo o destruirlo. Katakuri lo entendió desde el primer momento en que sus ojos comenzaron a deslizarse por las líneas densas del documento, porque aquello no estaba escrito para informar, estaba diseñado para revelar, y lo que revelaba no era cómodo, no era simple y definitivamente no era algo que pudiera ignorarse una vez leído. Sanji no existía de manera aislada, eso quedó claro de inmediato, su identidad no era una estructura rígida e independiente como la de Katakuri, sino un sistema vivo, dinámico, profundamente entrelazado con quienes lo rodeaban, y cada nombre que aparecía no era solo una persona, era un punto de anclaje, un hilo que lo mantenía en equilibrio, una pieza dentro de un entramado emocional que, lejos de debilitarlo, parecía fortalecerlo de una forma que Katakuri no consideraba lógica pero que no podía negar que era efectiva. El informe iniciaba con el núcleo de esa estructura: su tripulación. El capitán ocupaba el primer lugar, como era de esperarse, pero la forma en que estaba descrito no era convencional, no se centraba en jerarquía o poder, sino en influencia emocional, en impacto directo sobre Sanji, en la manera en que su presencia moldeaba su comportamiento. Luffy no era un líder tradicional, no imponía disciplina ni exigía perfección, pero generaba algo mucho más difícil de replicar: lealtad absoluta nacida de la confianza. Sanji no obedecía a Luffy por deber, lo hacía por elección, porque creía en él, porque encontraba en su existencia un punto de referencia que no estaba basado en control, sino en aceptación, y eso era algo que Katakuri no solo no comprendía del todo, sino que le resultaba incómodo. Sin embargo, lo que más llamó su atención no fue esa lealtad, sino una serie de observaciones repetidas que el informe destacaba con cuidado casi deliberado: la forma en que Luffy miraba a Zoro, la frecuencia con la que su atención se desviaba hacia él, la tensión imperceptible que surgía en su presencia, detalles pequeños, casi insignificantes para alguien menos atento, pero lo suficientemente consistentes como para formar un patrón. Katakuri no reaccionó de inmediato, pero esa información no se perdió, se almacenó, se analizó en segundo plano, como una pieza que aún no encajaba pero que claramente tenía un propósito. Luego venían los demás, cada uno descrito no solo por su relación con Sanji, sino por el tipo de vínculo que representaban dentro de su estructura emocional. Nami no era simplemente una compañera, era alguien hacia quien Sanji dirigía una devoción constante, una mezcla de admiración, respeto y deseo de protección que se manifestaba en cada acción, en cada decisión, en cada gesto aparentemente trivial que en realidad estaba cargado de intención. Usopp representaba un tipo de conexión más ligera, pero no por eso menos importante, una relación basada en la convivencia, en la confianza silenciosa, en el apoyo mutuo que no necesitaba ser verbalizado. Chopper era distinto, más frágil, más dependiente, y Sanji respondía a eso con una protección instintiva, casi automática, como si no pudiera evitar cuidar de él, como si esa necesidad estuviera integrada en su propia naturaleza. Robin y Jinbe destacaban por razones diferentes, no por intensidad emocional, sino por profundidad perceptiva. Ambos observaban, ambos entendían más de lo que decían, y ambos representaban una posible amenaza dentro del análisis de Katakuri, no porque interfirieran directamente, sino porque podían ver más allá de lo evidente, y eso los convertía en variables impredecibles. Franky y Brook, aunque menos complejos en su descripción, formaban parte del conjunto, contribuían a la estabilidad general, reforzaban la sensación de pertenencia que rodeaba a Sanji. Todo eso era importante, pero no era lo que Katakuri estaba buscando. Porque él no estaba interesado en la estructura completa...Estaba buscando el punto central...Y cuando apareció... No hubo duda. Rorronoa Zoro El cambio fue interno, casi imperceptible desde el exterior, pero absoluto en su impacto. La lectura dejó de ser un proceso analítico neutral y se volvió algo más enfocado, más intenso, más cargado de una atención que ya no era solo estratégica. La relación estaba descrita con un nivel de detalle que superaba a todas las demás, no porque fuera más evidente, sino porque era más compleja. En la superficie, todo indicaba conflicto: discusiones constantes, insultos directos, provocaciones que parecían no tener fin, una dinámica que para cualquier observador superficial podría interpretarse como rechazo o incompatibilidad. Pero el informe no se quedaba en la superficie, profundizaba, descomponía cada interacción y revelaba lo que realmente sostenía esa relación. Sincronía. Presencia. Atención constante. Zoro estaba ahí, siempre, incluso cuando no hablaba, incluso cuando parecía ignorar todo, su enfoque regresaba a Sanji una y otra vez, como un punto fijo al que no podía dejar de volver. Y Sanji respondía de la misma manera, no evitando, no alejándose, sino enfrentando, interactuando, manteniendo esa conexión viva incluso a través del conflicto. Era un equilibrio extraño. Pero era un equilibrio real. Y luego... El informe cruzó una línea, no lo insinuó, no lo dejó a interpretación...Lo afirmó. Relación amorosa consolidada. El tiempo pareció comprimirse en ese instante. El papel no se rompió, pero la presión en la mano de Katakuri aumentó lo suficiente como para marcarlo, un sonido leve, casi inexistente, pero cargado de una tensión que no necesitaba ser visible para ser real. Y entonces vino el siguiente golpe. Un apartado adicional... Más reciente...Más específico. Registro de unión formal. Ceremonia privada. Testigos: tripulación. Estado: vínculo consolidado. La palabra no necesitaba adornos. Boda...Sanji y Zoro. Katakuri no apartó la mirada. Pero algo dentro de él... Se quebró en silencio. No de forma caótica. No de forma emocionalmente desbordada. Sino de una manera mucho más peligrosa, controlada, densa y dolorosa. Porque no era solo información, era una confirmación de algo que, en ese momento, dejó de ser una posibilidad y se convirtió en una realidad establecida. Sanji no solo estaba vinculado. Estaba comprometido, atado y elegido. Y ese hecho... No fue aceptado; Fue rechazado. De forma inmediata, instintiva y profunda. Una sensación incómoda, intensa, difícil de nombrar, se expandió dentro de Katakuri, una mezcla de rechazo, tensión y algo mucho más oscuro que comenzó a tomar forma con rapidez. No debía ser así. No encajaba. No era correcto. No porque fuera ilógico. Sino porque... Sanji no debía pertenecer ahí. La idea surgió sin esfuerzo, sin necesidad de justificación racional.... Sanji era suyo. No en el sentido tradicional, no en un acuerdo, no en una realidad compartida, sino en una percepción interna que, una vez formada, no admitía contradicción. Lo había observado. Lo había entendido. Lo había analizado más allá de lo que cualquiera había hecho. Y eso, en su lógica distorsionada pero firme, creaba un tipo de derecho. Un tipo de posesión... Zoro, entonces, dejó de ser solo un elemento importante en los vínculos de su cocinero..Se convirtió en un error, en una interferencia.. En alguien que ocupaba un lugar que no le correspondía. Y el rechazo se transformó en algo más definido... Odio. No impulsivo, no explosivo, sino frío, calculado, persistente... Zoro no solo era un obstáculo. Era alguien que había tomado algo que Katakuri, en lo más profundo de su pensamiento, ya consideraba suyo. Y eso... No podía mantenerse. La conclusión no fue inmediata en palabras, pero sí en intención. Esa boda no debía sostenerse. Ese vínculo no debía continuar. No importaba cómo. No importaba cuándo. Pero debía romperse. Porque mientras existiera... Sanji permanecería fuera de su alcance. Y eso... Ya no era aceptable. La obsesión no surgió de golpe, se construyó, línea por línea, dato por dato, hasta que dejó de ser curiosidad, dejó de ser análisis y se convirtió en necesidad. Sanji ya no era un sujeto de estudio....Era un objetivo. Y no uno cualquiera, uno que debía ser reclamado. Incluso si eso significaba desarmar todo lo que lo rodeaba. Incluso si eso significaba destruir a quien fuera necesario. Incluido Zoro...Especialmente Zoro. Y en medio de todo eso, una última pieza permanecía en su mente, silenciosa pero útil: Luffy, esa posible grieta, ese sentimiento no expresado, esa tensión no resuelta...Una herramienta, una oportunidad. Porque si el mundo de Sanji estaba construido sobre vínculos... Entonces también podía ser desmantelado a través de ellos. Y Katakuri, ahora, no solo entendía ese mundo. Estaba listo para romperlo. 3.6 Día Cinco: La verdad que lo rompió La reacción llegó antes que el pensamiento. No hubo análisis inicial, no hubo lectura pausada ni interpretación progresiva; el impacto fue inmediato, directo, como una presión interna que no se manifestó en su cuerpo pero que alteró de forma precisa y silenciosa el equilibrio que Katakuri había mantenido intacto hasta ese momento. El documento aún no estaba completamente recorrido por sus ojos cuando su mente ya había entendido que lo que tenía frente a sí no era un informe más, no era un conjunto de datos ni una extensión de lo anterior, era el punto final, la pieza que no dejaba espacio para dudas. de pronto recordó una sola frase que le lastimaba... "Para la persona que amo." El peso de esas palabras no residía en su complejidad, sino en su claridad absoluta, en la forma en que cerraban cada posibilidad alternativa, en cómo eliminaban cualquier margen de interpretación. Katakuri no necesitó recordarlas cada rato, no necesitó detenerse en ellas más de una vez para comprender que no eran una expresión ligera, no eran una declaración casual, eran una afirmación total, una verdad que no dependía del contexto para sostenerse. Y esa verdad... No le pertenecía. Ese reconocimiento no generó una reacción visible, su postura permaneció inmutable, su respiración controlada, su expresión intacta, pero dentro de él algo se desplazó con una precisión inquietante, algo que no se rompió de forma explosiva, sino que se fracturó en silencio, creando una tensión interna que no tenía salida inmediata. Continuó leyendo, el último informe... No por necesidad de comprender, sino porque necesitaba confirmar hasta qué punto esa verdad estaba arraigada. El informe no añadía muchas palabras, pero las que contenía eran suficientes para reconstruir la naturaleza del vínculo con una claridad incómoda, casi invasiva. No hablaba solo de una relación, hablaba de convivencia, de cercanía constante, de una presencia mutua que no dependía de momentos específicos, sino que se extendía a lo cotidiano, a lo aparentemente insignificante, a esos espacios donde la realidad de una conexión se vuelve evidente porque no necesita demostrarse. Sanji y Zoro compartían más que tiempo. Compartían espacio. Ritmo. Silencios. La distancia entre ellos no era habitual, era la excepción, y cuando ocurría, se registraba como algo fuera de lugar, como una ausencia que no encajaba dentro de la dinámica normal que habían construido. Los detalles comenzaron a acumularse. Sanji inclinándose levemente sobre Zoro mientras este dormía en cubierta, ajustando su posición con cuidado, asegurándose de que no estuviera incómodo, sin despertarlo, sin esperar respuesta. Zoro, incluso en reposo, respondiendo a esa cercanía con una relajación mínima pero evidente, como si reconociera la presencia sin necesidad de abrir los ojos, como si no necesitara confirmación para saber quién estaba ahí. Katakuri siguió leyendo. Pero ahora no solo veía. Reconstruía. Y sin que lo buscara... Algo cambió. La escena no se mantuvo intacta en su mente, se alteró. Zoro dejó de estar ahí. Y en su lugar... Él. No fue una fantasía caótica, ni un pensamiento desordenado, fue una sustitución precisa, casi quirúrgica, como si su mente estuviera probando una variante del mismo escenario. Sintió la cercanía desde otra posición, no como observador, sino como punto central, percibió el movimiento de Sanji inclinándose hacia él, el ajuste sutil, el cuidado silencioso, la ausencia de resistencia. El impacto fue inmediato, no por la escena en sí, sino por lo que provocó. No la rechazó. No la detuvo. Y eso... Lo volvió más real. El informe continuó. Momentos de contacto, no constantes, pero naturales. Un brazo alrededor de los hombros, una cercanía que no necesitaba justificarse, un gesto breve, pero cargado de significado. Y nuevamente... La imagen cambió. No fue Zoro....Fue él. Sintió el peso de ese contacto, la proximidad sin tensión, la aceptación implícita en ese gesto, la forma en que Sanji no dudaba, no cuestionaba, simplemente estaba ahí. Katakuri no apartó la vista del documento. Pero su mente ya no estaba limitada a las palabras, estaba recreando, probando, apropiándose de lo suyo. Y entonces llegó el registro que terminó de romper cualquier contención interna. El beso... Descrito sin dramatismo, sin exageración, un movimiento directo, natural, aceptado, sin resistencia y sin sorpresa. Como si fuera algo que ya existía antes de manifestarse. El registro del beso no tenía adornos ni exageraciones, y sin embargo, era precisamente esa sencillez lo que lo volvía insoportable de leer, porque no dejaba espacio a la duda ni a la reinterpretación, no era un momento aislado ni impulsivo, era algo natural, integrado, parte de una dinámica que ya existía mucho antes de que ese gesto ocurriera. Zoro se inclinaba. Sin prisa y sin necesidad de anunciarlo. Sanji no retrocedía, no se sorprendía, no dudaba. Simplemente lo recibía. El contacto no era brusco ni urgente, era firme pero contenido, una cercanía que hablaba de costumbre, de reconocimiento mutuo, de algo que ya había sido repetido lo suficiente como para no necesitar confirmación. No era un beso robado, era compartido, aceptado desde el primer instante, y en esa aceptación había algo más profundo que cualquier demostración visible: confianza absoluta. Sanji respondía, no con exageración, no con dramatismo. Sino con una suavidad que contrastaba con todo lo demás que lo definía, como si en ese punto específico dejara de ser el hombre que provocaba, que discutía, que desafiaba, y se volviera algo más abierto, más vulnerable, más... entregado. Ese detalle. Ese cambio. Fue lo que más peso tuvo, porque no era algo que ofreciera a cualquiera... Era exclusivo, dirigido y elegido. Katakuri no apartó la vista del documento, pero dejó de leer, porque la escena ya no estaba en el papel, estaba en su mente. Y entonces... Cambió. No de forma abrupta, no como una fantasía descontrolada, sino como una sustitución silenciosa, donde Zoro desapareció y en su lugar...Él. La imagen se reconstruyó con una precisión inquietante, como si su mente no estuviera inventando, sino corrigiendo algo que consideraba fuera de lugar. La inclinación, la cercanía, la respiración compartida... todo permanecía igual, excepto el punto central. Sanji frente a él, sin resistencia, sin duda y con los ojos apenas entrecerrados, no por sorpresa, sino por reconocimiento, como si ya supiera, como si ya lo esperara. El contacto, diferente, más lento, más consciente y no solo aceptado... Correspondido. Y en esa respuesta había algo que no estaba en el informe original, algo que su mente añadió sin esfuerzo, sin permiso: una suavidad distinta, una cercanía que no era solo física, sino emocional, como si Sanji no solo participara, sino que se inclinara ligeramente más, como si eligiera permanecer ahí. Como si lo eligiera a él. Ese detalle alteró todo, porque ya no era solo una reconstrucción... Era una apropiación. Sanji no se limitaba a responder, se acercaba. La distancia desaparecía por completo, y por un instante que se extendió más de lo necesario, la escena dejó de ser algo observado y se volvió algo sentido, una conexión que no existía en la realidad, pero que en la mente de Katakuri se sentía coherente, correcta, inevitable. Y eso... Fue lo más peligroso porque no generó rechazo, no generó incomodidad, generó una necesidad más clara, más definida, más profunda. Katakuri abrió los ojos apenas más, volviendo al presente sin moverse realmente, pero el documento en sus manos ya no tenía el mismo peso que antes, porque lo que había leído había dejado de ser información y se había convertido en algo interno, algo que no podía deshacerse ni ignorarse. La comparación fue inevitable. Zoro, recibiendo eso, siendo el punto de ese gesto. El destinatario de esa cercanía, de esa respuesta, de esa... elección. La tensión regresó, más fría, más densa y más peligrosa. Porque ahora no era solo rechazo, era algo más definido....Celos, no impulsivos, no visibles, pero profundamente arraigados. Porque Zoro no solo estaba en el lugar equivocado.l, estaba ocupando algo que Katakuri, ahora, no solo entendía... sino que quería. Y cuanto más clara se volvía esa imagen en su mente, cuanto más se repetía esa sustitución, cuanto más natural se volvía ver a Sanji respondiéndole de esa manera... Más inaceptable se volvía la realidad. Sanji no debía inclinarse hacia él, no debía responderle así, no debía pertenecer a ese vínculo. Porque en la mente de Katakuri, esa escena ya había cambiado. Y una vez que cambió... No podía volver a ser como antes. El aire no cambió. Pero dentro de Katakuri... La tensión se volvió más densa, más afilada, más difícil de contener y una vez más... La escena no se mantuvo intacta. Zoro desapareció. Y en su lugar... Él. Sanji inclinándose, la cercanía reduciéndose a nada, el contacto, la ausencia de rechazo, la aceptación. Por un instante, breve pero absoluto, esa imagen no fue ajena, no fue incorrecta dentro de su mente, fue coherente, encajó con una facilidad que no debería haber tenido, y ese fue precisamente el problema. Porque no generó rechazo, generó deseo... Un deseo que no estaba presente antes con esa intensidad, que no se había definido de esa manera, pero que ahora se consolidaba con rapidez, alimentado por cada reconstrucción, por cada sustitución, por cada escena que dejaba de pertenecer a Zoro y comenzaba a ser ocupada por él. Katakuri cerró el documento, con calma... Demasiada calma, el sonido fue leve, controlado, pero el silencio que siguió no fue neutral, fue denso, opresivo, porque todo lo que había leído ya no estaba contenido en el papel... Estaba dentro de él. Y de nuevo a frase regresó... "Para la persona que amo." Y con ella... El recuerdo del mercado. Ese instante preciso en el que Sanji había pronunciado esas palabras sin saber que estaban siendo escuchadas, sin ocultarlas, sin medirlas, con una naturalidad que en ese momento había resultado extraña, pero que ahora adquiría un significado completo, definitivo. En ese entonces no había tenido contexto....Ahora sí. Y ese contexto hacía que esas palabras pesaran y dolieran más, porque ya no eran abstractas. Tenían destinatario, tenían dirección y no era él. Ese reconocimiento no generó duda...Generó rechazo y algo más. Algo que ya no podía ignorar...Un deseo claro, reciente, pero creciendo con rapidez. No solo de entender a Sanji. No solo de acercarse. Sino de desplazar. De ocupar. De tomar ese lugar central que ahora estaba claramente definido. Cada escena reconstruida, cada gesto de afecto, cada momento de cercanía que el informe describía y que su mente alteraba sin resistencia... Reforzaba esa idea y la volvía más sólida.l, más inevitable. Sanji no debía estar ahí. No con Zoro. No dentro de ese vínculo. Porque en la estructura que comenzaba a formarse en la mente de Katakuri, ese lugar ya no estaba disponible para otro. Y Zoro... Dejó de ser simplemente un obstáculo, se convirtió en el punto de mayor rechazo. Porque no solo estaba presente, no solo ocupaba un lugar... Recibía lo que Katakuri ahora deseaba, participaba en lo que él ya no podía ignorar que quería. Y eso... No era aceptable. La decisión no necesitó ser pronunciada, se formó con claridad absoluta y ese vínculo no debía continuar, no podía continuar, porque cada instante en el que existía reforzaba algo que Katakuri ya no estaba dispuesto a tolerar. Que Sanji perteneciera a alguien más. El silencio permaneció, pesado, cerrado y definitivo, porque ya no contenía solo pensamientos... Contenía intención y esa intención... Había dejado de ser algo que pudiera detenerse. 3.7 El nacimiento del plan Apoyó ambas manos sobre la mesa y esta vez no hubo pausa real entre un pensamiento y el siguiente, porque todo lo que había leído, todo lo que había observado, todo lo que había reconstruido en su mente durante esos cinco días dejó de comportarse como fragmentos separados y comenzó a moverse como una sola estructura viva, coherente, cerrada, donde cada pieza encajaba con una precisión inquietante alrededor de un único centro que ya no podía ignorar ni redefinir, Sanji ya no era un objetivo distante ni una curiosidad estratégica sino una presencia constante en su mente, una que había pasado de ser analizada a ser necesaria, y esa transición silenciosa fue lo que terminó de deformar la lógica de su plan hasta convertirlo en algo mucho más personal, más invasivo, más peligroso. No levantó la voz. No necesitó hacerlo. Porque cada conclusión se asentaba con una firmeza absoluta dentro de él. -No necesito destruirlo... solo desestabilizarlo. Y esa idea, lejos de ser simple, comenzó a desplegarse en capas cada vez más complejas, más precisas, más dirigidas no al cuerpo ni a la fuerza de Sanji sino a su mente, a su percepción, a ese equilibrio interno que sostenía todo lo demás sin que él mismo fuera completamente consciente de ello, porque Sanji confiaba, confiaba en su tripulación, en su capitán, en Zoro, y sobre todo confiaba en sí mismo, en su capacidad de interpretar lo que veía, lo que sentía, lo que entendía del mundo que lo rodeaba, y era exactamente ahí donde debía intervenir. Duda, inseguridad, distorsión... No como golpes directos, sino como una filtración constante, invisible, progresiva e irreversible. Katakuri comenzó a estructurar cómo ocurriría, no como una serie de acciones aisladas sino como un entorno completo que envolvería a Sanji sin que él pudiera identificar su origen, pequeñas alteraciones en su rutina, en sus espacios, en sus percepciones, objetos que no recordaba haber movido apareciendo en lugares distintos, conversaciones que parecían insinuar cosas que no terminaban de decirse, silencios que antes no existían, miradas esquivas, coincidencias incómodas, todo lo suficientemente sutil como para no generar una alarma inmediata pero sí una incomodidad persistente, una sensación de desajuste que no desaparece sino que se acumula, que crece, que comienza a ocupar espacio en la mente hasta que ya no puede ignorarse. Y mientras eso ocurría... Él estaría ahí siempre, observando, midiendo y ajustando. Sin delegar... Sin confiar en nadie más. Porque cada reacción de Sanji sería información, cada duda un punto de entrada, cada gesto una confirmación de que el proceso avanzaba exactamente como debía. Pero eso solo era el inicio, porque el verdadero quiebre no vendría de su entorno físico... Vendría de sus vínculos. Y ahí... El plan se volvió más oscuro, más íntimo, más calculado. Luffy. Zoro. No como objetivos, sino como ejes emocionales. Katakuri no necesitaba inventar algo completamente nuevo. Solo necesitaba tomar lo que ya existía y empujarlo en la dirección correcta. La cercanía de Luffy con Zoro, la confianza, la conexión implícita. Podía ser interpretada de muchas formas y en una mente estable, no representaba amenaza. Pero en una mente que comenzaba a dudar... Podía convertirse en otra cosa. No necesitaba pruebas. No necesitaba hechos claros. Solo insinuaciones. Momentos observados desde el ángulo incorrecto. Coincidencias que parecieran demasiado precisas. Ausencias que se sintieran más largas de lo normal. Miradas sostenidas un segundo más de lo habitual. Nada directo.l, nada evidente, solo lo suficiente para que Sanji comenzara a cuestionar. A preguntarse. A incomodarse. ¿Había algo más entre ellos?,¿Algo que él no veía?, ¿Algo que estaba ocurriendo fuera de su alcance? Y mientras esa duda crecía en Sanji... Zoro también debía ser alcanzado, pero de otra forma, no con la misma narrativa, sino con una distorsión distinta. Katakuri entendía que Zoro no reaccionaría a insinuaciones débiles. Necesitaba algo más tangible, más personal y ahí... El plan se volvió aún más preciso... Él mismo... Katakuri, se convertiría en esa pieza. No como una presencia abierta, sino como una figura que aparecería en los márgenes de la percepción de Zoro, lo suficiente para sugerir, para insinuar, para dejar la impresión de que Sanji estaba conectado a alguien más, que había algo que no estaba diciendo, algo que no estaba mostrando. No una evidencia directa, sino una sospecha constante. Y Zoro... No lo confrontaría, no de inmediato, porque la duda no genera explosión en alguien como él. Genera silencio. Observación. Distancia. Y esa distancia... Sería percibida por Sanji, amplificando aún más su propia inseguridad. Dos dudas.l, dos direcciones, alimentándose entre sí. Sin necesidad de intervención directa, pero Katakuri no se detuvo ahí. Porque aún faltaba el elemento que lo conectaría todo. El miedo.. No el miedo inmediato, no el miedo visible, sino ese que se instala en el fondo de la mente y no se va. La sensación de no estar solo.. De ser observado...De que algo no encaja...De que algo está mal. Incluso cuando todo parece normal. Sanji debía sentirlo. De forma constantemente y sin poder explicarlo. Y Katakuri sería ese origen invisible... Siempre cerca, siempre fuera de alcance, siempre presente. Alterando lo suficiente para que la tensión nunca desapareciera, para que la calma nunca fuera completa, para que su mente nunca pudiera descansar. Y cuando ese desgaste fuera suficiente... Entonces llegaría el siguiente paso. El acercamiento No abrupto. No invasivo. Sino calculado. Katakuri no aparecería como una amenaza. Ni como una figura dominante. Se presentaría de una forma que Sanji pudiera aceptar. Útil, confiable y aparentemente ajeno a todo lo que estaba ocurriendo. Alguien que llega en el momento correcto. Que ofrece estabilidad cuando todo lo demás comienza a fallar. Que escucha sin juzgar. Que observa sin presionar. Que entiende sin exigir explicaciones. Ganaría su confianza no con palabras grandes... Sino con consistencia, con presencia,con calma. Se integraría poco a poco. Primero como un aliado externo y luego como alguien recurrente, hasta que su presencia dejara de ser extraña. Hasta que se volviera normal, necesaria incluso. Y solo entonces... La transición sería completa. Porque cuando Sanji estuviera lo suficientemente desgastado, lo suficientemente confundido, lo suficientemente aislado emocionalmente... No necesitaría ser forzado...Se movería, se alejaría, buscaría aquello que le ofreciera estabilidad... Y Katakuri estaría ahí. Esperando. Pero incluso en ese punto...Había una última capa, una posibilidad que no descartaba. Si Sanji resistía, si algo en él se mantenía firme, si intentaba regresar. Entonces... La opción existía. No como primera elección, pero sí como solución. La amenaza, no directa, no brutal, sino lo suficientemente clara como para eliminar la resistencia restante, no para romperlo... Sino para empujarlo el último paso. Porque para entonces... Sanji ya estaría debilitado. Ya estaría dudando. Ya estaría solo. Y en ese estado... Incluso una presión mínima... Sería suficiente.... Katakuri cerró ligeramente los ojos. No para descansar.l, sino para fijar todo. Cada paso, cada variable y cada posible desviación. Nada quedaba al azar. Nada dependía de la suerte. Todo estaba construido.... Con precisión, con paciencia, con una obsesión que ya no podía ocultar ni negar. Porque esto ya no era solo un plan.... Era una necesidad. Y en el fondo de todo... Una certeza final se asentó con una claridad absoluta. Sanji no se quedaría donde estaba. No después de esto, no cuando todo terminara. Porque su mundo iba a cambiar. Su percepción iba a romperse. Y cuando eso ocurriera... solo quedaría una dirección posible. Hacia él y siempre hacia él.
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