Entre espadas y juramentos

Slash
R
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2
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planificada Maxi, escritos 173 páginas, 57.242 palabras, 16 capítulos
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Capítulo 4.- Destabilización silenciosa

Ajustes
La primera grieta para romper la estabilidad de Sanji no ocurrió de inmediato, y precisamente por eso funcionó con una perfección que no necesitaba repetirse ni explicarse: el mundo de Sanji no se quebró en un instante dramático ni se desmoronó bajo una amenaza visible, sino que se desplazó apenas un milímetro, lo suficiente para no activar alarma alguna y, al mismo tiempo, lo bastante profundo para sembrar una incomodidad persistente, de esas que no se disipan con lógica ni con disciplina, de esas que permanecen aunque uno siga moviéndose, respirando, trabajando como si nada hubiera cambiado. Muy lejos de la cocina -aunque en realidad más cerca de lo que cualquier percepción ordinaria permitiría comprender-, Charlotte Katakuri permanecía completamente inmóvil, integrado al silencio con una naturalidad que no pertenecía al mundo común; no observaba como alguien curioso ni como un intruso, sino como alguien que entiende que todo sistema, por perfecto que parezca, revela su punto vulnerable cuando se repite lo suficiente, y la cocina de Sanji no era un espacio cualquiera, era un mecanismo vivo donde cada sonido, cada movimiento y cada pausa estaban encadenados con una precisión casi absoluta, una coreografía tan limpia que eliminaba el error... y por eso mismo lo hacía detectable cuando algo no encajaba. Katakuri no buscó interferir de inmediato; primero absorbió el ritmo, descompuso la rutina en fragmentos invisibles: el ángulo exacto en que Sanji inclinaba la muñeca al tomar un cuchillo, el tiempo que transcurría entre colocar una herramienta y volver a necesitarla, la forma en que su atención no desaparecía nunca pero sí se desplazaba con una fluidez constante, creando microinstantes donde la conciencia no se rompía, pero cambiaba de foco, y ahí -justo ahí- existía una abertura tan breve que para cualquiera sería inexistente, pero para alguien como Katakuri era suficiente. No hubo prisa, no hubo impulso innecesario, solo cálculo sostenido hasta que el momento llegó de manera natural: Sanji giró apenas el torso para alcanzar un recipiente, un movimiento cotidiano, inevitable, imposible de evitar sin romper su propio ritmo, y en ese cambio casi imperceptible de orientación, en ese traslado mínimo de atención que no dejaba huecos evidentes, Katakuri actuó sin moverse físicamente, sin invadir el espacio de forma detectable, dejando que una extensión de su poder emergiera como si no fuera algo externo, sino una prolongación del mismo entorno; una hebra de mochi, tan fina y controlada que no generaba sonido ni alteraba el aire, se deslizó adherida a la parte inferior de la mesa, avanzando como una sombra que no proyecta oscuridad, pegándose a la madera, evitando cualquier línea directa de visión, subiendo con lentitud calculada por el borde interno hasta detenerse a una distancia exacta del cuchillo, esperando no por necesidad sino por precisión, midiendo el instante en que los dedos de Sanji hacían contacto con el objeto que buscaba, en el que su respiración encontraba un ritmo estable, en el que su cuerpo estaba comprometido en una acción que no podía interrumpirse sin romper la continuidad del movimiento. Entonces la hebra avanzó lo justo, no empujó el cuchillo de inmediato sino que lo sostuvo primero, anulando cualquier fricción, absorbiendo el peso, controlando el contacto con una delicadeza antinatural, y solo después lo desplazó, apenas unos centímetros, lo suficiente para que dejara de estar donde debía sin parecer perdido, lo suficiente para que el cambio no gritara intervención sino error; el filo cambió de ángulo con una suavidad que no pertenecía al movimiento humano, el mango giró apenas, rompiendo el patrón interno que Sanji mantenía sin esfuerzo consciente, y antes de que el mundo pudiera registrar ese ajuste, antes de que el aire o la madera pudieran delatar una alteración, la hebra ya se había retraído, deslizándose de regreso por el mismo recorrido invisible hasta desaparecer por completo, sin dejar rastro, sin dejar evidencia, sin dejar nada más que el resultado. Cuando Sanji volvió a girar, todo en él seguía funcionando como siempre, su postura, su ritmo, su precisión intacta, hasta que su mano buscó el cuchillo y encontró primero el vacío, un instante mínimo, casi inexistente, pero suficiente para generar una pausa que no debería existir, un desajuste interno que no se veía desde fuera pero que él sintió de inmediato; sus dedos corrigieron la trayectoria y lo encontraron, sí, pero no como debía, y ese "no como debía" fue más perturbador que una ausencia total, porque implicaba que algo había cambiado sin razón, que algo había ocurrido sin dejar huella. Lo sostuvo entre los dedos más tiempo de lo necesario, sin usarlo, sin devolverlo de inmediato a su lugar, observándolo con una atención que no era duda pura ni confusión abierta, sino una resistencia silenciosa a aceptar lo que veía, como si su mente intentara reorganizar los hechos para que encajaran en una lógica que siempre le había respondido, preguntándose sin palabras si había sido él, si en algún momento lo movió sin notarlo, si su propio sistema había fallado, pero no había memoria de ese gesto, no había razón que lo justificara, y en ausencia de una explicación, la certeza comenzó a fisurarse apenas, lo suficiente para generar una sensación incómoda en la base de la nuca, un leve cambio en la respiración, una tensión casi imperceptible en los hombros. Sanji colocó el cuchillo de nuevo en su sitio exacto, alineándolo con precisión obsesiva, corrigiendo el ángulo como si al hacerlo pudiera restaurar también la lógica que acababa de romperse, y continuó trabajando sin que sus movimientos fallaran, sin que el ritmo se alterara, pero con algo dentro de él ligeramente desplazado, algo que no podía nombrar ni comprobar, pero que ya no estaba completamente en calma, porque en su mundo todo tenía una razón, incluso los errores, y esto no la tenía, y cuando no hay razón aparece la duda, no como un ruido evidente sino como una presencia constante, silenciosa, instalada. Y en algún lugar fuera de su campo visual, donde la distancia dejaba de ser una barrera y se convertía en un punto de observación perfecto, Katakuri seguía inmóvil, sin necesidad de moverse, sin urgencia, sin emoción visible, sabiendo que no había alterado simplemente la posición de un objeto, sino que había introducido una grieta en un sistema que dependía de su propia perfección, y que ese milímetro de desplazamiento, tan pequeño que nadie más podría notarlo, era suficiente para comenzar a desestabilizar todo lo demás. La segunda grieta no fue un objeto, no fue un gesto visible ni una amenaza directa, fue el silencio, pero no cualquier silencio, sino uno que parecía tener intención, uno que se repetía con una precisión inquietante, como si alguien lo hubiera diseñado para aparecer exactamente en el momento correcto. Usopp hablaba con Nami en cubierta, exagerando lo que parecía una historia como siempre, moviendo las manos con entusiasmo, inflando cada detalle mientras Chopper reía en los momentos adecuados, Jinbe a un costado observando y completamente atrapado en la narrativa, y todo fluía con naturalidad, con esa familiaridad cálida que siempre había definido a la tripulación, hasta que Sanji apareció, encendiendo un cigarrillo con la elegancia despreocupada que lo caracterizaba, acercándose como lo hacía siempre, sin pedir permiso porque nunca lo necesitaba, y entonces ocurrió, la conversación no se rompió de golpe, no hubo un corte brusco ni una reacción evidente, simplemente comenzó a apagarse, como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado, como si alguien hubiera girado lentamente una perilla invisible bajando el volumen hasta dejar solo un eco muerto. Nami desvió la mirada hacia el horizonte con una naturalidad demasiado ensayada, Usopp carraspeó rascándose la cabeza como si de pronto hubiera olvidado cómo continuar su propia historia,y Chopper, demasiado rápido, demasiado obvio, fingió encontrar algo importante en una caja que claramente no contenía nada relevante. Incluso Jinbe, que normalmente sostenía las conversaciones con una calma firme y una presencia inquebrantable, inclinó apenas la cabeza y guardó silencio, como si hubiera decidido conscientemente no intervenir. Sanji lo notó, no de inmediato como un golpe, sino como una incomodidad sutil que se deslizaba bajo la piel. -¿Qué pasa? -preguntó con una media sonrisa que ocultaba más de lo que mostraba. -Nada -respondió Nami con una rapidez impecable, limpia, perfecta, demasiado perfecta para ser real. Y él no insistió, porque Sanji no era alguien que suplicara respuestas, pero algo no encajó, algo quedó flotando en ese espacio que antes estaba lleno de ruido. Y no fue la única vez, porque comenzó a repetirse, con una consistencia que lo volvía imposible de ignorar, con Robin que cerraba sus libros justo cuando él llegaba como si hubiera anticipado su presencia, con Franky que dejaba lo que estaba creando inconcluso, con Brook que interrumpía sus propios chistes, algo casi antinatural en él, y siempre era igual, conversaciones vivas que morían en cuanto Sanji entraba en ellas, silencios que no parecían incomodar a nadie más, pero que a él lo envolvían como una presión invisible. Jinbe el observador, en más de una ocasión, parecía estar a punto de decir algo, sus labios apenas separándose, su mirada firme posándose sobre Sanji como si fuera a ofrecerle una respuesta honesta... solo para detenerse a tiempo, cerrando esa posibilidad con una serenidad que ocultaba intención. No había tensión abierta, no había miradas culpables ni nerviosismo evidente, lo que había era control, una contención demasiado precisa, como si todos estuvieran caminando sobre una línea invisible que no podían cruzar frente a él, como si cada palabra fuera cuidadosamente filtrada en su presencia. Y eso era peor, porque el silencio sin emoción no ofrece pistas, no deja rastros, no puede leerse con facilidad, es un muro liso, impenetrable. Sanji empezó a cuestionarse, al inicio de forma leve, casi ridícula, preguntándose si siempre había sido así y simplemente no lo había notado, si él era el que estaba fuera de ritmo, el que había llegado tarde a algo que ya existía, si había cometido un error tan sutil que nadie consideró necesario señalarlo, y esa idea, pequeña al principio, comenzó a quedarse, a repetirse, a crecer en los espacios donde antes no había duda. Porque nadie lo confrontaba, nadie lo apartaba directamente, no había rechazo explícito, solo ese vacío constante que lo rodeaba sin explicación, y el vacío, cuando no se entiende, siempre se llena con las peores posibilidades. Y entonces Zoro cambió, no en lo evidente, no en su postura ni en su presencia ni en su forma de moverse, sino en algo mucho más peligroso, dejó de reaccionar. Eso fue lo que realmente rompió el equilibrio, porque ellos siempre habían sido choque, fricción constante, provocación y respuesta, un sistema casi perfecto dentro del caos de la tripulación, pero ahora Sanji lanzaba un comentario y no había respuesta, un insulto y no había reacción, una provocación directa y lo único que recibía era una mirada. No era indiferencia, no era desinterés, era algo más, algo que Sanji no podía encajar fácilmente: observación. Zoro lo miraba un segundo más de lo normal, se detenía antes de girarse, como si estuviera registrando algo, analizando algo que no decía en voz alta, y eso era peor que cualquier pelea, porque las peleas al menos eran claras, tenían reglas, tenían límites, pero esto no. Sanji lo sintió, no como rechazo sino como evaluación, como si estuviera siendo medido, como si Zoro estuviera esperando una señal, confirmando algo que aún no terminaba de definirse. Intentó romperlo, como siempre lo hacía, -¿Qué te pasa, marimo? ¿Te comiste la lengua?-, pero no obtuvo nada, solo esa mirada fija, consciente, demasiado presente, y luego Zoro simplemente se fue, dejándolo con una sensación incómoda que pesaba más que cualquier insulto. Lo que Sanji no podía ver, lo que quedaba completamente fuera de su alcance, era que nada de eso era rechazo, era contención, cada silencio, cada conversación detenida, cada mirada evitada formaba parte de algo que debía mantenerse oculto, algo que dependía precisamente de que él no lo descubriera. La tripulación no se alejaba de él por desprecio, lo hacía por cuidado, porque estaban construyendo algo para él, algo que requería precisión, coordinación y, sobre todo, secreto. La noche antes de la boda, todo debía encajar, cada detalle debía sentirse auténtico, inesperado, perfecto. Nami organizaba cada elemento con una meticulosidad absoluta, controlando tiempos, espacios, incluso reacciones, Usopp aportaba ideas exageradas que terminaban convirtiéndose en piezas clave, Chopper se encargaba de los detalles emocionales, los pequeños gestos que realmente tocarían el corazón de Sanji, Robin observaba en silencio, ajustando lo necesario sin intervenir más de lo justo, Franky y Brook colaboraban con su creatividad dando forma a la puesta en escena, y todos, absolutamente todos, estaban involucrados. Y Jinbe... Jinbe era el equilibrio silencioso de todo el plan. Porque si alguien entendía lo que el silencio podía causar, era él. Más de una vez observó a Sanji desde la distancia, notando la leve rigidez en sus hombros, la pausa apenas perceptible antes de exhalar el humo, el modo en que su mirada se detenía un segundo más de lo normal cuando una conversación moría frente a él. Jinbe comprendía lo que estaba ocurriendo, comprendía que el silencio estaba dejando de ser un recurso... y comenzaba a convertirse en una herida. Incluso consideró hablar. Decir algo sencillo. Romper la tensión. Evitar que la duda creciera. Pero no podía. Porque el secreto era frágil. Y el momento... aún no había llegado. Así que eligió lo más difícil: guardar silencio sabiendo exactamente cuánto podía doler. Y en el centro de todo estaba Zoro, lo cual, irónicamente, era lo más improbable de todo, porque no actuaba como el Zoro impulsivo que respondía a cada provocación, sino como alguien que pensaba demasiado, alguien que observaba con intención, porque el anillo no podía ser cualquier cosa, no podía ser simplemente bonito, tenía que significar algo, tenía que representar a Sanji sin necesidad de palabras, tenía que contener en su forma todo lo que él era, y por eso Zoro observaba cada detalle, cómo sostenía el cigarrillo, cómo se movía al cocinar, cómo protegía a los demás sin darse cuenta, cómo sonreía incluso cuando estaba cansado, cómo su presencia llenaba espacios sin esfuerzo. Zoro no lo estaba ignorando, lo estaba aprendiendo, pero desde fuera solo parecía distancia, solo parecía frialdad, solo parecía que algo se había roto entre ellos. Y ahí fue donde nació el verdadero problema, porque Sanji no veía el plan, no veía el cuidado, no veía la intención detrás de cada silencio, solo veía el vacío, y su mente, inevitablemente, comenzó a llenarlo con dudas, tal vez habló de más, tal vez hizo algo mal, tal vez decepcionó a alguien, tal vez ya no encajaba como antes, y esa grieta emocional, invisible pero constante, comenzó a abrirse más de lo que debía. Katakuri lo notó casi de inmediato, no porque escuchara algo específico, sino porque entendía patrones, entendía silencios, entendía lo que ocurre cuando una mente empieza a girar sobre sí misma buscando respuestas que no existen, vio cómo la duda se instalaba en Sanji, cómo comenzaba a reinterpretar cada gesto, cada ausencia, cada mirada, y comprendió algo esencial: no necesitaba crear una debilidad, porque ya estaba formándose sola. No iba a confrontarlo directamente, no aún, eso sería demasiado evidente, demasiado brusco, en lugar de eso iba a hacer algo mucho más efectivo, iba a acompañar ese silencio, a darle forma, a reforzarlo con pequeñas intervenciones casi imperceptibles, iba a empujar sin que pareciera que empujaba, a sembrar certezas donde solo había dudas. Porque mientras la tripulación construía una sorpresa destinada a hacerlo feliz, Jinbe sostenía en silencio el peso de saber lo que ese mismo plan estaba causando, Zoro afinaba cada detalle del anillo con una precisión casi obsesiva, y Katakuri, desde las sombras, construía algo completamente opuesto, una caída interna, lenta, precisa, casi inevitable. Y Sanji, atrapado entre ambos, sin información suficiente para entender ninguno de los dos lados, comenzó a inclinarse sin darse cuenta hacia el único que parecía ofrecerle una explicación, aunque esa explicación fuera una mentira cuidadosamente diseñada. Y lo más peligroso de todo no era la manipulación en sí, ni el secreto de la tripulación, ni siquiera la confusión de Sanji, sino el hecho de que todo dependía del mismo elemento, el mismo recurso silencioso que había iniciado la grieta, el mismo espacio vacío donde las emociones se deforman y las verdades se ocultan, el mismo silencio que ahora no solo los separaba... sino que estaba empezando a romperlo desde dentro. Y entonces la tercera grieta dejó de ser solo una percepción de Sanji... porque, sin que él lo supiera, también estaba ocurriendo algo del otro lado, algo igual de silencioso pero mucho más decisivo, porque Luffy -sin entenderlo del todo al inicio- había empezado a notar un cambio en sí mismo, no en su forma de reír ni en su manera de actuar frente a todos, sino en algo más interno, más persistente, algo que no podía ignorar por mucho que intentara seguir siendo el mismo de siempre, porque cada vez que Zoro estaba cerca su atención se quedaba ahí un segundo más, cada vez que hablaban sentía una claridad extraña, como si no necesitara pensar lo que decía, como si ya supiera que iba a ser entendido, y eso no le pasaba con nadie más de la misma manera, no así, no tan directo, no tan completo, y al inicio no le dio nombre, solo lo siguió, como seguía todo lo que sentía, sin cuestionarlo demasiado, pero poco a poco empezó a buscarlo sin darse cuenta, a acercarse más, a quedarse a su lado incluso cuando no había motivo real, a iniciar conversaciones que no necesitaban existir, a inclinarse ligeramente cuando hablaba con él, a bajar la voz en momentos que ni él mismo entendía por qué lo hacía, como si ese espacio entre los dos fuera algo que debía mantenerse contenido, protegido de los demás sin una razón clara pero con una necesidad muy real. Y fue ahí donde todo comenzó a tensarse aún más, porque Luffy, que nunca había sido celoso, empezó a experimentar algo nuevo, algo incómodo, algo que no sabía manejar, porque cuando Sanji se acercaba, cuando hablaba, cuando ocupaba su espacio natural dentro de la tripulación con esa seguridad que siempre había tenido, Luffy sentía una ligera presión en el pecho, una molestia breve pero constante, no porque Sanji hiciera algo mal, sino porque interrumpía algo que Luffy ni siquiera sabía que quería mantener intacto, y eso lo confundía, porque Sanji era importante, siempre lo había sido, pero ahora... ahora había momentos en los que prefería que no estuviera ahí, momentos en los que su presencia rompía algo que apenas estaba empezando a reconocer, y sin entenderlo del todo, comenzó a reaccionar, no de forma evidente, no de forma consciente, pero sí real, cortando conversaciones cuando Sanji llegaba, desviando su atención, regresándola a Zoro casi de inmediato, como si necesitara reafirmar algo que no podía decir en voz alta. Y mientras todo eso ocurría, mientras Sanji observaba y los celos crecían dentro de él como una raíz que ya no podía arrancar, mientras Luffy se acercaba cada vez más a Zoro intentando entender esa sensación nueva que lo empujaba hacia él y lo volvía posesivo de formas que no comprendía, hubo alguien más que lo vio todo con una claridad absoluta. Katakuri. No necesitó tiempo. No necesitó observar durante días. Lo entendió en el momento en que las piezas comenzaron a alinearse frente a él, porque donde otros veían gestos pequeños, él veía patrones, donde otros sentían incomodidad, él identificaba estructuras emocionales en formación, y lo que tenía frente a él no era caos... era una grieta perfecta. Sanji aislándose sin darse cuenta, atrapado en una emoción que no podía nombrar abiertamente. Luffy desplazándose, cambiando su eje sin perder su esencia, pero redirigiendo su atención hacia un solo punto. Zoro permaneciendo constante, sin intervenir, sin alterar su comportamiento, lo que lo convertía en el centro más estable de todo el sistema. Y entre ellos... tensión. No visible. No confrontada. Pero creciente. Peligrosamente creciente. Katakuri no intervino. No todavía. Porque no era necesario. Esto... era mejor...Mucho mejor. Porque una ruptura impuesta podía ser resistida, pero una que nacía desde dentro, alimentada por emociones no resueltas, por celos no admitidos, por conexiones que se fortalecían en silencio mientras otras se debilitaban sin explicación... esa era irreversible. Y entonces ajustó su plan. No cambió su objetivo. Solo refinó el método. Ahora no se trataba de separar. Se trataba de acentuar. De permitir que Sanji observara un poco más. Que interpretara un poco más. Que sintiera un poco más. Dejar que los silencios se alargaran. Que las coincidencias se repitieran. Que la cercanía entre Luffy y Zoro se volviera cada vez más evidente sin necesidad de cruzar ninguna línea explícita. Porque el dolor más efectivo... no es el que se impone. Es el que se construye solo. Y Sanji ya estaba en ese camino. Cada mirada que llegaba tarde. Cada risa que no era para él. Cada conversación que terminaba justo cuando aparecía. Todo alimentaba algo que crecía sin control. Celos que ya no podía disfrazar. Comparaciones que no podía evitar. Una necesidad de atención que no sabía cómo expresar. Y al mismo tiempo, sin saberlo, también estaba reaccionando exactamente como Katakuri necesitaba: tensándose, volviéndose más presente, más reactivo, más emocionalmente expuesto...Perfecto. Mientras tanto, Luffy seguía avanzando en su propio descubrimiento, acercándose más a Zoro, sin estrategia, sin cálculo, pero con una insistencia cada vez más clara, buscando esa conexión que ahora se sentía distinta, más profunda, más importante que antes, sin poder aún decir "amor" en voz alta, pero ya actuando como si lo fuera, y en ese proceso, sin quererlo, estaba dejando a Sanji atrás en pequeños detalles que, acumulados, se volvían devastadores. Y Katakuri... observó. En silencio. Inmutable. Porque lo que tenía frente a él ya no era una posibilidad. Era una estructura en formación. Una fractura emocional que no necesitaba ser creada... Solo guiada. Y cuando llegara el momento adecuado, cuando los celos de Sanji alcanzaran su punto más alto, cuando Luffy ya no pudiera ignorar lo que sentía por Zoro, cuando la distancia entre ellos dejara de ser solo una sensación y se volviera una realidad imposible de negar... Entonces sí. Entonces intervendría. No para destruir. Sino para terminar de romper exactamente donde ya estaba debilitado. Porque no hay arma más precisa... Que un corazón dividido que aún no entiende por qué. Y entonces pasaron dos días, dos días densos, pesados, donde nada parecía cambiar en la superficie pero todo, absolutamente todo, se había desplazado en un nivel que Sanji no podía nombrar pero sí sentir, como una presión constante detrás de los ojos, como una respiración que no era la suya siguiéndole el ritmo, y el silencio... el silencio dejó de ser casual, dejó de ser un momento aislado para convertirse en un patrón, en algo que se repetía con demasiada precisión como para ignorarlo, la tripulación hablaba, reía, convivía... pero en el instante exacto en que él aparecía algo se rompía, no de forma brusca sino sutil, casi elegante, las voces bajaban apenas un tono, las miradas se desviaban, las conversaciones cambiaban de dirección como si alguien invisible las guiara lejos de él, y Sanji, que siempre había sido perceptivo, que siempre había leído a los demás con facilidad, comenzó a quedarse sin respuestas, porque no había confrontación, no había rechazo directo, solo ese vacío calculado que lo dejaba afuera de algo que claramente estaba ocurriendo, algo que todos compartían menos él, y eso fue lo que empezó a erosionarlo, no el silencio en sí, sino lo que implicaba, la posibilidad de que ya no fuera necesario, de que ya no fuera central, de que... estuviera siendo desplazado. Y en medio de esa grieta que crecía sin hacer ruido, Luffy se volvió el punto más doloroso, porque Luffy ya no orbitaba a su alrededor como antes, ya no irrumpía en la cocina con esa hambre caótica, ya no lo buscaba con la misma naturalidad, ahora Luffy estaba con Zoro, constantemente, demasiado, con una cercanía que no existía antes, risas compartidas, conversaciones que se detenían cuando Sanji se acercaba, miradas que no alcanzaba a descifrar, y lo que Sanji no sabía, lo que no podía ver, era que dentro de Luffy algo nuevo estaba naciendo, algo torpe pero intenso, una atracción que no entendía pero que lo empujaba una y otra vez hacia Zoro, haciéndolo buscarlo, observarlo, acercarse más de lo habitual, y al mismo tiempo generando en él una incomodidad extraña cuando Sanji estaba presente, una tensión que no sabía manejar y que terminaba expresándose como distancia Sanji no interpretó eso como confusión emocional, no tenía cómo hacerlo, lo interpretó como reemplazo, como pérdida, como evidencia de que algo entre ellos se estaba rompiendo, y Zoro... Zoro no ayudaba, porque Zoro estaba distraído, profundamente concentrado, pero no en lo que Sanji creía, su mente estaba ocupada en el regalo, en la boda, en los detalles que quería hacer bien, en cómo sorprenderlo, en cómo construir algo significativo, pero desde fuera lo único que se veía era distancia, respuestas cortas, miradas ausentes, y cada vez que Luffy se le acercaba y hablaban en voz baja, cada vez que compartían un momento que Sanji no lograba entender, algo dentro de él se tensaba un poco más, los celos no explotaron, no eran violentos, eran persistentes, se filtraban lentamente, se acumulaban, se volvían parte de su respiración y entonces la realidad empezó a fallar. Al principio fueron detalles mínimos, casi ridículos, un cuchillo que no estaba exactamente donde lo había dejado, una taza girada unos grados, una tabla ligeramente fuera de su sitio, cosas que cualquier otra persona habría ignorado, pero Sanji no era descuidado, su cocina era extensión de su cuerpo, cada objeto tenía un lugar exacto, una lógica precisa, así que cuando esos pequeños desplazamientos comenzaron a repetirse, algo en él se tensó, intentó racionalizarlo, pensó en cansancio, en distracción, en errores propios, pero los errores no encajaban, no con esa frecuencia, no con esa precisión, y al segundo día ya no eran detalles pequeños, las especias estaban intercambiadas, ingredientes medidos de forma incorrecta sin que él recordara haberlos tocado, el fuego ajustado a niveles que él no había movido, utensilios desaparecían y reaparecían en lugares donde era imposible que hubieran estado, y cada vez que intentaba corregir, cada vez que intentaba recuperar el control, algo volvía a cambiar porque no era aleatorio era intencional. Katakuri no necesitaba presencia constante, no necesitaba exponerse, entendía el ritmo, entendía la mente, intervenía solo en momentos clave, movía un objeto cuando Sanji no miraba pero sabía exactamente cuándo iba a volver a hacerlo, alteraba una secuencia, rompía una rutina, lo suficiente para que la duda naciera pero no lo suficiente para que pudiera probarlo, y así Sanji empezó a vigilarse, a repetir acciones, a comprobar todo dos, tres, cuatro veces, pero cada verificación lo hundía más porque confirmaba lo mismo, que algo estaba fuera de lugar y no podía explicarlo y entonces el acoso dejó de ser solo físico... Se volvió presencia... Una presencia que no podía ver pero que su cuerpo reconocía con absoluta claridad el pasillo fue solo el inicio porque después comenzó a repetirse en distintos espacios, en momentos donde estaba completamente solo, o eso creía, esa sensación repentina de ser observado, de no estar realmente solo, de que había algo detrás, no necesariamente cerca pero sí atento, siempre atento, y su cuerpo reaccionaba antes que su mente, el corazón golpeando con fuerza, la respiración alterándose sin motivo aparente, la piel erizándose como si el aire mismo se volviera hostil, se giraba, rápido, brusco, buscando una explicación tangible... Nada. Siempre nada. Pero el vacío no tranquilizaba empeoraba todo porque no había confirmación pero tampoco negación y luego comenzaron las sombras no formas claras, no figuras definidas, solo fragmentos en el borde de su visión, algo alto, inmóvil, demasiado quieto para ser normal, demasiado preciso para ser casual, y cada vez que intentaba enfocarlo desaparecía, como si nunca hubiera estado ahí, pero su cuerpo... su cuerpo no dudaba peligro la palabra no se formaba en su mente. Se sentía. Se imponía. Y con cada repetición el miedo comenzó a instalarse, no como pánico inmediato sino como algo más profundo, más persistente, un miedo que no necesitaba prueba para existir, un miedo que se alimentaba de la incertidumbre, de no saber qué era real y qué no, de no poder confiar en su entorno ni en sí mismo, Sanji empezó a evitar ciertos pasillos, a girar más rápido, a quedarse quieto más tiempo del necesario, escuchando, esperando, intentando anticipar algo que no podía ver y Katakuri observaba siempre a la distancia justa siempre fuera del alcance dejando solo lo necesario para que Sanji sintiera su existencia sin poder confirmarla una respiración que no era suya una sombra que no coincidía con la luz un objeto que cambiaba de lugar justo cuando él dudaba de sí mismo era acoso sin contacto sin evidencia pero absolutamente efectivo porque no atacaba el cuerpo atacaba la mente y la mente de Sanji comenzaba a ceder. Esa noche fumó más que nunca, no por hábito sino por necesidad, intentando llenar el espacio, intentando anclarse a algo tangible, pero el humo ya no ayudaba, no organizaba, no calmaba, solo hacía más evidente el desorden interno, porque en su cabeza todo se mezclaba, el silencio de la tripulación, las miradas evitadas, Luffy cada vez más cerca de Zoro, Zoro cada vez más distante de él, los objetos moviéndose solos, la presencia constante, invisible, siguiéndolo y entonces apareció de nuevo no de frente no completamente solo lo suficiente una silueta alta, quieta, observando desde el borde de su visión esta vez más cerca esta vez más clara su corazón reaccionó con una violencia que ya no pudo ignorar peligro giró de golpe nada pero esta vez el miedo no desapareció con la ausencia Se quedó. Se instaló. Porque ya no podía convencerse de que era imaginación algo estaba ahí algo lo estaba siguiendo algo estaba jugando con él y lo peor no era no verlo lo peor era empezar a creer que en cualquier momento lo haría y que cuando eso pasara ya sería demasiado tarde porque la grieta ya no solo estaba abierta ahora vivía dentro de ella y el miedo... El miedo había encontrado un lugar permanente en su pecho. sin salida. sin descanso. sin certeza de que lo que venía después... fuera soportable... Katakuri necesitaba actuar más de cerca...así que comenzó con la segunda etapa de su plan...
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