La Señal Que Nos Une

Femslash
G
Finalizada
0
Fandom:
Emparejamientos y personajes:
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30 páginas, 10.484 palabras, 3 capítulos
Descripción:
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Capítulo 1

Ajustes
La luz del faro giraba sobre el océano como un ojo que no necesitaba dormir. Abajo, en el granero reconvertido en vivienda, Lapis tampoco dormía, sin importar que fueran las tres de la mañana. Apoyó la espalda contra la pared opuesta a la que había estado mirando, solo para apreciar mejor su trabajo desde otra perspectiva. Delante de ella, pegadas a la pared con cinta adhesiva, había al menos veinte fotografías satelitales impresas en mala calidad, y muchas palabras, ideas inconexas, fechas y coordenadas escritas con rotulador azul. Todas conectadas con hilos rojos que formaban una telaraña imposible de seguir para cualquiera que no fuera ella. En el centro de esa telaraña, una palabra escrita en mayúsculas, rodeada de tres círculos concéntricos: ESMERALDA. Lapis parpadeó. No recordaba la última vez que lo había hecho. Las Gemas no necesitaban parpadear. Pero había adoptado gestos humanos sin darse cuenta, como quien aprende un idioma por ósmosis. Entonces la radio antigua que había rescatado de un vertedero soltó una ráfaga de estática. Lapis se tensó. Sus hombros subieron hasta casi tocar sus orejas. Esperó. Contuvo el aliento, aunque no necesitaba respirar. La estática se disolvió en un zumbido grave, como el eco de algo que había pasado cerca. Luego, silencio. Silencio absoluto. —No fue nada —se dijo a sí misma, y su voz sonó extraña en la penumbra del granero—. Nunca es nada. Pero sus manos temblaban mientras tomaba el rotulador. Se acercó a la pared y añadió una nueva línea al diagrama principal. Era una flecha que apuntaba desde una constelación hacia un punto marcado como "Posible punto de entrada". No había un motivo real para esa flecha. Solo una corazonada. Y las corazonadas, pensó Lapis, eran todo lo que le quedaban cuando nadie más la escuchaba.

***

En la granja de vidrio de Bismuth, a varios kilómetros de distancia, Peridot estaba despierta también. Pero por razones muy distintas. —No puedes seguir haciendo esto —murmuró Bismuth desde la entrada del pequeño laboratorio que Peridot había instalado en una esquina de la granja—. No es sano. —Es perfectamente sano —respondió Peridot sin levantar la vista de su tableta. Sus dedos verdes se movían rápidamente sobre la pantalla, deslizando registros, abriendo y cerrando ventanas—. El ciclo circadiano es una sugerencia, no una regla. Los humanos lo inventaron porque sus cuerpos son frágiles. Las Gemas no tenemos esa limitación. —No me refiero a eso —dijo Bismuth, cruzando los brazos. Su voz tenía ese tono que Peridot había aprendido a reconocer como "voy a decirte una verdad incómoda pero con cariño"—. Hablo de que no has dejado de revisar tu historial de llamadas en las últimas cuatro horas. Esta noche es la... no sé, ¿cuarta vez que te veo hacerlo? Peridot apretó los labios. Sus dedos se detuvieron sobre la pantalla. No podía negarlo. Ya eran varias la veces que dejaba suspendido el dedo sobre el registro de Lapis y después sobre el botón de llamada; y retirándolo justo antes de pulsar, intentar hacer otra cosa y luego volver. Una y otra vez. Como un bucle del que no podía salir. —Cuarenta y ocho —dijo Peridot en voz baja. —¿Qué? —Cuarenta y ocho veces. He puesto el dedo sobre el botón de llamada cuarenta y ocho veces esta noche. No cuatro. Si vas a criticar mis hábitos, al menos hazlo con precisión. Bismuth suspiró. Se acercó lentamente. Era lo suficientemente alta como para mirar a Peridot desde arriba, pero en lugar de usar esa altura para intimidar, se agachó hasta quedar a su nivel. Sus ojos se fijaron en los de Peridot con una suavidad inesperada. —Peridot —dijo, con una voz que no era la de la guerrera que aplastaba fusiles con sus propias manos, sino la de alguien que había visto a demasiadas Gemas perderse en silencios—. ¿Por qué no llamas? Peridot guardó la tableta. Lo hizo con cuidado, como si el dispositivo fuera frágil. Tardó en responder. Miró la pared del laboratorio, cubierta de esquemas y notas adhesivas amarillas. Miró sus propias manos. Miró cualquier cosa que no fuera los ojos de Bismuth. —Porque cuando llamo —dijo finalmente, y su voz salió más pequeña de lo que habría querido—, ella contesta con monosílabos. O no contesta directamente. O me habla como si hubiera olvidado quién soy. Como si fuéramos dos desconocidas que compartieron una habitación por accidente. Y eso… —hizo una pausa, buscando la palabra exacta en el diccionario de emociones que aún estaba aprendiendo a usar— …eso me duele más que si no contestara. —¿Cuándo fue la última vez que hablaron? —preguntó Bismuth, en un tono que fingía ser casual. Peridot repasó sus registros mentales. Los tenía todos almacenados con precisión quirúrgica: fechas, duración de las llamadas, número de palabras intercambiadas, tono de voz estimado, probabilidad de que Lapis colgara primero. —Hace diecinueve días —respondió—. Dijo que había visto luces sobre el mar. Lo dijo como si esperara que me riera. —¿Te reíste? —No. Le pregunté qué tipo de luces. Me dijo que no lo sabía. Y luego… me colgó. Peridot se levantó de la silla giratoria donde estaba sentada y caminó hacia la ventana. La granja de vidrio permitía ver el cielo en todas direcciones. Esa noche estaba despejado. Las estrellas brillaban como pequeños agujeros en la oscuridad. Se imaginó en el granero. Imaginó a Lapis. —Voy a ir a verla —dijo Peridot de repente, dando media vuelta con una decisión que sorprendió incluso a ella misma. —¿Ahora? —Bismuth alzó una ceja—. Son las cuatro de la mañana. —Ahora. Las cuatro de la mañana. El momento es irrelevante. Lapis no duerme. Yo no duermo. La diferencia horaria no existe entre nosotras. —Se acercó a su mochila, una mochila humana que Steven le había regalado hacía años, llena de pegatinas de calabazas que ya estaban desgastadas por el uso—. No puede ignorarme si estoy frente a ella. Por teléfono puede fingir que no soy importante. En persona no. En persona tiene que mirarme a los ojos. Bismuth sonrió. Era una sonrisa que Peridot no supo interpretar del todo: cariño, preocupación, diversión, todo mezclado. —Eso es… —Bismuth inclinó la cabeza— ¿romántico o aterrador? —No lo sé —respondió Peridot, mientras metía cosas en la mochila sin mucho orden: tableta, cargador portátil, unas galletas que había horneado ella misma esa tarde y que habían quedado más negras que doradas, una linterna, un mapa de la zona impreso en papel—. No soy experta en distinciones romántico-aterradoras. Solo sé que no puedo seguir así. Diecinueve días son demasiados. Los Gemas no deberían medir el tiempo así, con ausencias. Bismuth se quedó en la puerta, observando a Peridot prepararse. —¿Quieres que vaya contigo? —ofreció Bismuth—. Por si las cosas se ponen… complicadas. Peridot se detuvo. Sus manos, que estaban ajustando la correa de la mochila, se quedaron inmóviles por un segundo. —No —dijo al fin—. Esto es… —buscó la palabra— personal. Muy personal. Y además, si vas tú, Lapis se pondrá a la defensiva. No es que no le caigas bien. Es que no le caes bien. Todavía. Y eso está bien. No necesita que le caigas bien. Necesita… —hizo una pausa dándose cuenta de que no hacía sentido. Bismuth asintió. No dijo nada más. Solo se apartó para dejar paso. —Cuídala —dijo Bismuth cuando Peridot cruzó el umbral hacia la noche. —Esa es la intención —respondió Peridot sin mirar atrás.

***

El vehículo de Peridot era una adaptación suya: una plataforma flotante que antes había sido parte de una nave de inspección robótica de Homeworld. La había encontrado en un vertedero de tecnología Gema y la había reconstruido pieza por pieza. Era fea. Era ruidosa. Era perfectamente funcional. Avanzó a baja altura sobre el camino de tierra que bordeaba la costa. El viento nocturno le daba en la cara y le revolvía el cabello, un gesto humano que también había adoptado, porque Steven había dicho una vez que "el pelo moviéndose con el viento se ve genial", y Peridot nunca se olvidaba de las cosas que decía Steven. Peridot estacionó a veinte metros de la entrada. Apagó el motor. El silencio fue absoluto. La puerta principal del granero estaba cerrada. Peridot caminó alrededor del edificio, pisando con cuidado para no hacer ruido. Las ventanas tenían las cortinas corridas, pero entre las rendijas se filtraba luz. Una luz tenue, amarillenta. La luz de la lámpara de Steven. Peridot volvió a la puerta principal. Levantó el puño. Dudó por un segundo y llamó. Tocó tres veces. Pausa. Tres veces más. Usó un ritmo específico que habían ideado tiempo atrás para reconocerse: el ritmo de la canción que Steven tarareaba cuando limpiaba la cocina. Dos rápidas, una larga, dos rápidas. Era un código secreto absurdo y Peridot lo amaba precisamente por eso. Nadie respondió. —Lapis —dijo Peridot en voz alta. Su voz sonó extraña en la madrugada, demasiado humana, demasiado vulnerable—. Sé que estás ahí. Vi luz. A través de las cortinas. No intentes fingir que no estás. Silencio. Largo silencio. Peridot apoyó la palma de la mano contra la madera de la puerta. La madera estaba fría. O quizá era su mano la que estaba caliente. No lo sabía. —No quiero hablar —dijo la voz de Lapis desde dentro, después de lo que pareció una eternidad. Su voz sonaba ronca de no haber hablado con nadie en días. —Bien —respondió Peridot, y su voz salió más firme de lo que se sentía—. Entonces no hables. Yo hablaré. No necesitas decir nada. Puedes quedarte ahí sentada, o de pie, o flotando, no me importa. Solo necesito… —se corrigió—. Solo quiero pasar. Una pausa. Luego la puerta se abrió un par de centímetros. Lo suficiente para que Peridot viera un ojo azul claro, rodeado de ojeras oscuras que las Gemas no deberían tener. —No es un buen momento —dijo Lapis. —¿Cuándo será buen momento? Lapis no respondió. Pero no cerró la puerta. Peridot metió la punta de su bota en la rendija. No lo hizo para forzar la entrada, nunca forzaría la entrada de Lapis. Lo hizo para mostrar que no se iba a mover de ahí. Que podía esperar. Que esperaría. Fue un gesto pequeño. Casi ridículo. Lapis lo entendió. La puerta se abrió del todo. Cuando Peridot entró, se quedó paralizada. El granero había dejado de ser un hogar. Peridot había estado allí antes, muchas veces. Recordaba las plantas que Lapis había puesto en las ventanas, los cojines en el suelo, de colores que no combinaban pero que Lapis había elegido uno por uno en una tienda humana. Recordaba los restos de proyectos de arte que Lapis empezaba con entusiasmo y abandonaba a mitad de camino, como si de repente perdiera la fe en su capacidad de crear algo bello. Nada de eso seguía allí. En su lugar había paredes forradas de mapas estelares impresos de internet. Fotografías, algunas tan borrosas que apenas se distinguían formas. Recortes de periódicos humanos sobre avistamientos en el mar, sobre luces inexplicables, sobre satélites que caían y barcos que desaparecían. Hilos rojos. Hilos rojos por todas partes. Conectaban una fotografía con otra, un mapa con un recorte, un recorte con una anotación manuscrita. En el centro de la habitación, una mesa también cubierta de anotaciones manuscritas en papeles sueltos. Algunas eran coordenadas. Otras eran fechas. Una, escrita con letra temblorosa, apretada, como si la mano que la había escrito estuviera temblando, decía: "No es paranoia si es verdad". Otra, en un papel aparte, decía simplemente: "Nadie me cree". Peridot quiso decir algo. Quiso hacer una broma para aliviar la tensión o hacer una pregunta técnica para fingir normalidad. Pero ninguna de esas cosas salió. En lugar de eso, se dio cuenta de que su mano derecha estaba temblando de preocupación. De esa mezcla horrible de impotencia y cariño que sentía cuando veía a Lapis así, encerrada en un mundo que solo ella podía ver, trazando conexiones que solo ella comprendía, mientras el mundo real seguía girando afuera, indiferente. —¿Qué es todo esto? —preguntó y su voz salió más suave de lo que había pretendido. Había querido sonar firme, segura, capaz. En lugar de eso, sonó como alguien que tiene miedo de romper algo frágil. Lapis cerró la puerta detrás de ellas. La chapa sonó con un clic metálico que a Peridot le pareció más definitivo de lo que debería. —Investigación —respondió Lapis. Su voz seguía ronca, pero ahora había algo más. Orgullo. Un orgullo frágil, defensivo, como el de alguien que está tan acostumbrada a que la cuestionen que ha aprendido a anticipar el ataque—. Nadie más la hace. Alguien tiene que hacerla. —Investigación de… —Peridot hizo un gesto vago con la mano, abarcando las paredes, la mesa, los hilos rojos— ¿de qué? Lapis caminó hacia la pared principal. Sus pies descalzos apenas hicieron ruido sobre el suelo de madera. Había algo en su forma de moverse que Peridot reconoció como peligro. No el peligro de que Lapis fuera a hacerle daño. El peligro de que Lapis estuviera tan dentro de su cabeza que ya no pudiera salir. Señaló una fotografía. Era borrosa, tomada con un teléfono de baja calidad o desde demasiada distancia. En ella se veían tres puntos de luz sobre el agua. No estaban alineados. No tenían la forma de un avión. Parecían flotar, suspendidos, como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante para permitir que alguien los registrara. —Esmeralda —dijo Lapis, como si fuera obvio. Como si Peridot acabara de preguntar "¿quién es esa persona en la foto?" y ella hubiera respondido con el nombre de su hermana—. No se fue. Solo esperó. Construyó algo que borra el rastro de las Gemas. Como si nunca hubieran existido. Como si la Tierra nunca hubiera sido colonizada. Como si nosotras… —su voz se quebró apenas un segundo— como si nosotras no fuéramos reales. Peridot se acercó a la fotografía. La examinó. Su mente científica trabajaba a mil por hora, encontrando inmediatamente explicaciones alternativas. Aviones comerciales con las luces de navegación. Satélites reflejando la luz del sol a altas horas de la noche. Faros de otros barcos, deformados por la distancia y la humedad. Todo era posible. Todo era más probable que "Esmeralda". Pero no dijo nada de eso. En lugar de eso, señaló una pared lateral. En ella, colgado junto al mapa estelar más grande, había un calendario. Un calendario humano normal, de esos que se compran en papelerías, con fotos de paisajes marinos. Cada día estaba tachado con una X roja. Desde hacía meses. —¿Y ese calendario? —preguntó. Lapis bajó la mirada. Fue un gesto rápido, casi imperceptible. Pero Peridot lo vio. Peridot veía todo lo que Lapis hacía. —Cada día que pasa —dijo Lapis, y su voz ahora era apenas un susurro— sin que nadie me crea… es un día más cerca del ataque. Tacho los días para no olvidar cuánto tiempo he perdido intentando probar la verdad. Para no olvidar que el reloj sigue corriendo aunque yo deje de mirarlo. Peridot dio un paso adelante. Dos pasos. Estuvo lo suficientemente cerca como para notar los detalles que la distancia había ocultado: la ropa de Lapis era la misma que llevaba puesta la última vez que la vio, hace diecinueve días. La misma falda azul, gastada en el dobladillo. La misma camisa atada por delante, con un nudo que ya no estaba firme. El mismo collar de conchas que Steven le había regalado en su primer cumpleaños en la Tierra. Pero el brillo de sus ojos estaba apagado. No era la primera vez que Peridot veía ese apagón. Lo había visto después de Malachite. Lo había visto después de que volvieran del espacio. Lo había visto en los días malos, en los que Lapis se sentaba junto a la ventana y miraba el mar sin verlo, como si estuviera esperando que algo viniera a buscarla. Pero nunca había durado tanto. —Lapis —dijo Peridot, y su nombre salió de su boca como si estuviera hecho de algo frágil, de cristal soplado, de hielo fino—. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste? Lapis parpadeó. Parecía sorprendida por la pregunta, como si fuera algo que no debería importar. —Las Gemas no necesitan… —No —la interrumpió Peridot, y su voz fue más dura de lo que pretendía. Más dura de lo que quería. Pero no podía evitarlo. Ver a Lapis así le hacía algo en el pecho que no sabía cómo controlar—. Dormir no es necesario para nosotras, pero tú lo haces porque te ayuda a procesar. Lo dijiste una vez. Dijiste que cuando dormías, tu mente se ordenaba sola. Que era como reorganizar un archivo. ¿Cuándo fue la última vez que reorganizaste tu archivo? Lapis no respondió. Solo se quedó ahí, de pie en medio de su telaraña de hilos rojos, con los hombros caídos y las ojeras oscuras, mirando a Peridot como si fuera un espejismo en medio del desierto. Peridot sintió algo romperse dentro de ella. —No voy a decirte que esto es una exageración o una obsesión. Pero voy a decirte que me asustas —continuó, y su voz tembló apenas lo suficiente para que Lapis lo notara—. ¿Estás escuchando? Me asustas, Lapis. Porque te veo desaparecer dentro de este cuarto —hizo un gesto que abarcaba las paredes, los papeles, los hilos rojos, todo— y no sé cómo sacarte. No sé si puedo sacarte. No sé si debo intentarlo. Pero me asusta. Me asusta mucho. Lapis alzó la vista. Por un segundo, la máscara de "investigadora obsesiva" que se había puesto como una armadura se resquebrajó. Y Peridot vio algo más abajo. Miedo. Miedo puro a estar sola con sus pensamientos. —No quiero que me saques —susurró Lapis—. Quiero que me creas. Esa frase hizo que Peridot sonriera tristemente y se acercara a la pared con la maraña de hilos rojos. —Muéstrame todo —dijo Peridot, y su voz era ahora tranquila—. Desde el principio. Quiero ver cada prueba que tienes. Quiero entender cómo llegaste a cada conclusión. Quiero ver las fotos originales, los mapas, las anotaciones. Todo. Lapis parpadeó. Una vez. Dos veces. —¿En serio? —En serio. —Peridot asintió—. Pero con una condición. —¿Cuál? Peridot se quitó la mochila y la abrió. Sacó una bolsa de plástico transparente. Dentro había galletas. Habían sido galletas, al menos. Ahora eran discos negros de masa carbonizada con forma aproximada de círculo. —Tienes que comer una de estas mientras me explicas —dijo Peridot, sosteniendo la bolsa como si fuera un trofeo—. Porque me costó una hora hacerlas y no voy a tirarlas. He invertido tiempo y recursos en esta masa horneada. Sería un desperdicio logístico no consumirla. Lapis miró las galletas. Luego miró a Peridot. Luego miró las galletas otra vez. Y entonces, por primera vez en días, esbozó algo que casi, casi, fue una sonrisa. —Parecen carbón. —Son galletas artesanales de carbón —respondió Peridot sin inmutarse—. Es una especialidad humana. Las llaman "galletas quemadas" o "failed batch", pero yo las he rebautizado como "crocantes de carbono". Es más científico. Ahora siéntate y empieza. Tengo toda la noche y un café con niveles peligrosos de cafeína en el vehículo. Lapis obedeció. Tomó una galleta de la bolsa sin muchas esperanzas. La sostuvo entre sus dedos azules. La observó como si fuera un espécimen de laboratorio. Mordió un trozo. Masticó. Su expresión no cambió. —Saben a carbón —dijo. —Ya lo sé —respondió Peridot. Y así, entre galletas quemadas que sabían a fracaso y teorías imposibles que olían a desesperación, Peridot escuchó cada palabra. No porque creyera en naves invisibles o armas que borraban recuerdos o esmeraldas vengativas que acechaban desde las sombras. No creía en nada de eso. Su mente científica, su entrenamiento técnico, sus años de análisis de datos, todo le decía que Lapis estaba construyendo un castillo en el aire con materiales prestados. Pero Peridot también sabía que el miedo no necesita ser racional para ser real. Y Lapis tenía miedo. Escuchó porque Lapis necesitaba que alguien lo hiciera. Y porque estaba enamorada. Eso significaba que escucharía hasta el final del mundo si era necesario.
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