La Señal Que Nos Une

Femslash
G
Finalizada
0
Fandom:
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30 páginas, 10.484 palabras, 3 capítulos
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Capítulo 2

Ajustes
Las galletas de carbón desaparecieron antes de que Lapis llegara siquiera a explicar la mitad de sus teorías. Peridot no interrumpió ni una sola vez. No dijo "eso es imposible" o "los humanos ya estudiaron eso" o "necesitas más pruebas". Solo asintió, frunció el ceño en los puntos que le parecieron dudosos e hizo preguntas muy específicas. No preguntas que cuestionaran. Preguntas que buscaban claridad. —Esa constelación que nombraste… ¿sabes que los humanos ya le pusieron nombre? —dijo en un momento, señalando un conjunto de puntos dibujados a mano en uno de los mapas. —No me importa cómo la llamen los humanos —contestó Lapis, y su voz tuvo un destello de la antigua aspereza, la que usaba cuando alguien cuestionaba sus decisiones—. Para mí se llama el Punto de Entrada. —¿Por qué? —Porque desde ahí se ve mejor el cielo. Porque desde ahí, si sabes mirar, puedes ver dónde terminan las estrellas y empieza otra cosa. Peridot anotó eso en su tableta. No lo cuestionó. En su cabeza, el dato pasó a la categoría de "subjetivo pero relevante para comprender el marco de referencia de la informante".

***

Eran casi las seis de la mañana cuando Lapis terminó. El sol apenas comenzaba a teñir el horizonte de un naranja pálido, como si el día no estuviera seguro de querer empezar. Lapis tenía la voz ronca y los dedos manchados de tinta azul de tanto señalar diagramas. Había hablado sin parar durante horas, señalado cada diagrama, cada hilo rojo, cada fotografía borrosa. Había explicado la cronología de sus descubrimientos. Había mostrado sus cuadernos de notas, algunos con páginas arrancadas, otros con manchas de agua. Al terminar, se quedó mirando a Peridot con una expresión que ella no supo interpretar. —Bueno —dijo Lapis, con un hilo de voz—. ¿Qué opinas? Peridot guardó la tableta. Se tomó un momento. Podría haber dicho la verdad científica en ese momento. Podría haber desplegado todos los argumentos que su mente había estado armando durante las horas de exposición: que la mayoría de las anomalías tenían explicaciones naturales, que las fotografías eran borrosas porque eran estafa, que la estática de radio podía ser perfectamente interferencia solar o simplemente el ruido de fondo del universo. Podría haber dicho todo eso. Pero no lo hizo, en su lugar dijo—Opino que necesitas dormir. Y que yo necesito tiempo para procesar todo esto. No voy a darte una respuesta en caliente. Eso sería irresponsable. Lapis bajó la mirada. Sus hombros, que se habían mantenido tensos durante toda la explicación, se hundieron ligeramente. No era el alivio. Era la decepción. —Vas a decirme que no es real —murmuró Lapis, y su voz era tan baja que Peridot tuvo que inclinarse para oírla—. Como Garnet. Como Amatista. Como todos. —No —dijo Peridot, y la palabra salió con una firmeza que sorprendió hasta a ella misma. Había querido sonar tranquilizadora. Había sonado casi brusca—. No voy a decir eso. Porque no lo sé. Aún no lo sé. —Hizo una pausa, buscando las palabras correctas. Las palabras correctas eran difíciles. Las palabras correctas requerían precisión quirúrgica—. Y tú tampoco lo sabes. No con certeza. Tienes hipótesis. Tienes datos. Tienes correlaciones. Pero no tienes certeza. Por eso investigamos. Por eso la ciencia no se trata de creer. Se trata de demostrar. Lapis alzó la vista. Sus ojoscansados se encontraron con los de Peridot. —¿Te quedas? —preguntó. Diminuta. Casi avergonzada, como si pedir compañía fuera un crimen, una debilidad imperdonable. Peridot sintió un cosquilleo en el pecho. Esa sensación que había aprendido a reconocer como "querer estar cerca de Lapis sin ninguna excusa técnica". Durante meses había llamado a esa sensación "interés logístico" o "priorización emocional de un individuo específico" o "curiosidad científica por los patrones de comportamiento de una Gema con historial traumático". Pero allí, en ese granero lleno de papeles y hilos rojos y miedo acumulado, ya no pudo seguir mintiéndose. —Me quedo —respondió. Lapis asintió. No dijo gracias. No hizo ningún gesto efusivo. Solo se levantó del suelo, caminó hacia el rincón donde Steven había dejado una manta vieja y se acurrucó debajo de ella sin quitarse la ropa. En menos de un minuto, estaba dormida. Peridot se quedó mirándola. Observó cómo sus dedos azules se aferraban a la manta como si fuera lo único que la mantenía anclada al suelo. Se quedó mirándola durante mucho rato. Luego se puso a trabajar.

***

El método de Peridot fue simple, casi obsesivo: verificar cada una de las afirmaciones de Lapis con fuentes independientes. No iba a dar nada por sentado. No iba a descartar nada sin pruebas. Tampoco iba a aceptar nada sin pruebas. Tomó la primera fotografía, la de los tres puntos de luz sobre el agua. La escaneó con su tableta. La subió a una base de datos de avistamientos humanos. Encontró el informe original en menos de tres minutos: un pescador de unos sesenta años que reportó luces extrañas en marzo del año pasado. Los expertos humanos lo habían clasificado como "reflejo de satélites en la superficie del agua, agravado por condiciones atmosféricas inusuales". Peridot anotó eso en un archivo nuevo. No descartó la posibilidad de que los satélites fueran un encubrimiento. Pero tampoco la asumió como cierta. Siguió con la siguiente prueba. Y la siguiente. Y la siguiente. A las nueve de la mañana, había revisado doce pruebas. Todas tenían explicaciones alternativas plausibles. A las doce del mediodía, había revisado veinticuatro. Todas igual. A las tres de la tarde, Peridot había revisado treinta y dos de las cuarenta y siete pruebas. Y todas tenían una explicación natural plausible. La estática de radio era interferencia solar. Las luces en el cielo eran satélites o meteoros. Las trayectorias imposibles que Lapis había dibujado en el mapa eran, en realidad, la ruta habitual de vuelos comerciales entre Asia y América, distorsionadas por la proyección plana del mapa. Peridot apoyó la cabeza contra la mesa. Cerró los ojos. No estaba cansada. Las Gemas no se cansaban. Pero sentía algo que se parecía mucho al agotamiento emocional. Era esa sensación de querer que algo fuera cierto y saber que no lo era. Podría haber despertado a Lapis en ese mismo momento. Haberle dicho: "Mira. He revisado el treinta y dos por ciento de tus pruebas. Todas tienen explicaciones naturales. No hay ninguna amenaza. Todo esto está en tu cabeza". Habría sido la verdad científica. Pero no pudo. No porque la verdad fuera dolorosa. Sino porque Peridot había aprendido, a su manera torpe y literal y a veces desastrosamente humana, que a veces la verdad no es lo que alguien necesita en un momento dado. A veces, lo que alguien necesita es que le digan "todavía no lo sé" en lugar de "estás equivocada". A veces, lo que alguien necesita es tiempo. Y Lapis necesitaba que alguien la escuchara antes de decirle que se equivocaba. Así que Peridot guardó sus conclusiones en un archivo llamado "ANÁLISIS PRELIMINAR - NO MOSTRAR A LAPIS HASTA REVISIÓN COMPLETA" y siguió trabajando.

***

Lapis se despertó al atardecer. Había dormido más de doce horas y cuando abrió los ojos, parpadeó varias veces con expresión desorientada. Miró el techo del granero. Miró la manta de osos polares. Miró sus propias manos, como si no estuviera segura de que siguieran siendo suyas. Cuando vio a Peridot sentada en el suelo, rodeada de diagramas y con la tableta encendida, su expresión pasó de confusión a culpa en el espacio de un parpadeo. —¿Cuánto tiempo dormí? —preguntó, incorporándose lentamente. La manta cayó de sus hombros. —Once horas, veintitrés minutos —respondió Peridot sin mirarla, concentrada en la pantalla. Estaba revisando la prueba número treinta y ocho, una fotografía de lo que parecía una estela de luz en el cielo—. Era necesario. Tu procesamiento emocional requiere fases de descanso para consolidar recuerdos y regular la actividad de la amígdala. Es un mecanismo humano que has adoptado. Ignorarlo tendría consecuencias negativas. Lapis se frotó los ojos. El gesto era tan humano, tan frágil, que Peridot sintió algo apretarse en su pecho. —¿Siempre fuiste tan buena para decir cosas técnicas que suenan a insulto? —preguntó Lapis, pero no había malicia en su voz. Solo cansancio. —No es un insulto. Es un diagnóstico funcional. —Peridot levantó la vista de la tableta por un momento. Sus ojos verdes se encontraron con los azules de Lapis—. Dormir te hace bien. Deberías hacerlo más a menudo. Lapis no respondió. Se incorporó del todo y se acercó a Peridot. Se quedó de pie a su lado, mirando por encima de su hombro la pantalla de la tableta. Peridot, por instinto, cubrió la pantalla con la mano. Fue un gesto mínimo. Casi imperceptible. Lapis lo notó. —Estás desmontando mi teoría —dijo Lapis. No era una pregunta. —Estoy verificándola —corrigió Peridot, y apartó la mano. Dejó la pantalla visible. No iba a mentir. No iba a ocultar. Pero tampoco iba a entregar sus conclusiones a medio cocinar—. Es diferente. La verificación requiere neutralidad. No puedo confirmar ni desmentir hasta tener todos los datos. —¿Y? —Lapis se sentó en el suelo junto a ella. Sus hombros casi se tocaban. Peridot pudo sentir el calor que desprendía Lapis, un calor que no era físico sino otra cosa, algo más difícil de nombrar—. ¿Qué has encontrado hasta ahora? Peridot guardó la tableta. Giró sobre sí misma para quedar frente a Lapis. Estaban muy cerca. Peridot pudo ver las pequeñas grietas emocionales en la mirada de Lapis, esas que aparecían cuando bajaba la guardia. Pudo ver la tensión en su mandíbula. —He revisado el treinta y ocho por ciento de tus pruebas —dijo Peridot con honestidad brutal. No iba a mentir. No podía. Mentirle a Lapis sería como mentirse a sí misma—. Hasta ahora, todas tienen explicaciones alternativas. Luces de satélites. Reflexiones atmosféricas. Interferencia solar. Patrones de vuelos comerciales. Nada es concluyente. Lapis no se sorprendió. Asintió con lentitud, como si hubiera estado esperando esas palabras desde el principio. —Lo sabía —dijo—. Sabía que no me creerías. —No he dicho que no te crea —la interrumpió Peridot, y su voz fue más aguda de lo habitual, más urgente—. He dicho que las pruebas que tienes no son concluyentes. Eso no significa que la amenaza no exista. Significa que necesitamos más datos. Significa que aún no podemos afirmar nada con certeza. Eso es lo que hace la ciencia. No es "creer" o "no creer". Es "demostrar" o "no demostrar". Lapis la miró fijamente. Sus ojos azules eran como dos pozos de agua profunda, oscura, inescrutable. —¿Por qué te importa tanto? —preguntó Lapis, y su voz tenía un temblor que no estaba ahí antes—. Los demás se ríen. Entonces, ¿por qué tú? ¿Por qué te importa? Peridot abrió la boca para dar una respuesta científica. Porque es mi deber como Gema tecnológica investigar fenómenos anómalos. Porque tengo la formación necesaria para analizar estos datos. Porque si hay una amenaza real, necesito estar preparada. Todas esas respuestas eran verdad. Pero ninguna era la respuesta completa. Peridot cerró la boca. La volvió a abrir. Se dio cuenta de que no podía decir nada lógico. Que todo lo que quería decir era demasiado grande, demasiado desordenado, demasiado emocional para ponerlo en palabras ordenadas. Así que dijo algo que no era lógico en absoluto. —Porque tú te quedaste conmigo —dijo, y su voz salió más baja de lo que pretendía—. Antes. Cuando nadie más quería quedarse. Cuando yo era insoportable y hablaba demasiado y no entendía las bromas y todo el mundo se cansaba de mí. Tú te quedaste. No dijiste nada especial. No hiciste nada grandioso. Solo te quedaste. Y ahora… —hizo una pausa. Tragó saliva. Las palabras se atascaban en su garganta como si fueran piedras— ...ahora me importas. Mucho. Lapis se quedó muy quieta. El silencio se alargó. No fue incómodo. Fue de esos silencios que pesan porque están llenos de cosas no dichas, de preguntas que no se atreven a formular, de respuestas que nadie se atreve a dar. —Eso no responde a mi pregunta —dijo Lapis al fin. Su voz era apenas un susurro. —Sí que responde —insistió Peridot. Hablaba rápido ahora, como si tuviera miedo de que si se detenía, las palabras desaparecieran—. Solo que no sé cómo ponerlo en palabras científicas. Lapis sostuvo su mirada y sonrió. —Entiendo... entonces, tambien eres muy buena para decir cosas bonitas sin querer —dijo Lapis. —No fue sin querer —respondió Peridot, y su voz fue tan baja que casi se perdió en el silencio del granero—. Fue con toda la intención. Pero no sé si salió bien. —Salió bien. El silencio volvió a instalarse entre ellas. Pero ahora era diferente. No era el silencio de la distancia. Era el silencio de dos personas que están aprendiendo a estar cerca otra vez. Finalmente, Lapis se levantó. —Si vas a ayudarme con la investigación —dijo, recuperando algo de su tono habitual, aunque más suave, menos defensivo—, necesitas ver el archivo completo. No solo las fotos. Tengo grabaciones. —¿Grabaciones? —Peridot se puso de pie de un salto. Su entusiasmo científico era más fuerte que cualquier otra cosa— ¿De qué tipo? ¿Formato? ¿Duración? ¿Condiciones de grabación? —De la radio. De la estática. He estado registrando los patrones durante meses. —Lapis caminó hacia una caja de metal en la esquina del granero. Dentro había al menos doce dispositivos de grabación humanos. Grabadoras de periodista, de esas antiguas, con cintas de cassette. Todas estaban etiquetadas con fechas escritas con rotulador permanente—. Empecé a grabarlos hace seis meses. Al principio pensé que era solo ruido. Pero luego empecé a notar patrones. Peridot se acercó. Tomó una de las grabadoras con el cuidado de quien manipula un tesoro o una bomba. La sostuvo en sus manos verdes. La observó como si fuera un espécimen extraterrestre. —¿Puedo llevármelas al observatorio de Bismuth? —preguntó—. Allí tengo mejores herramientas de análisis. Más precisión. Más potencia de procesamiento. Puedo digitalizar las cintas y analizar los patrones con algoritmos de reconocimiento. Lapis dudó. Peridot lo vio en sus ojos. La duda. El miedo. Esos dispositivos eran su única evidencia. Su única prueba de que no estaba inventando todo. Eran lo único que tenía para mostrar a los demás y decir "mira, no soy una loca, mira, hay algo". —Ven conmigo —propuso Peridot, leyendo su miedo como si fuera un libro abierto—. No tienes que quedarte sola aquí. Puedes venir a la granja. Bismuth no te hará preguntas incómodas. Tiene su propia forma de respetar los silencios. Y yo… —hizo una pausa. Se obligó a decir la siguiente frase aunque le daba vergüenza, aunque sonaba demasiado sincera, demasiado vulnerable— …yo quiero que vengas. La última frase salió más sincera de lo que Peridot pretendió. Se dio cuenta de que sus manos estaban extendidas, como ofreciendo algo. No las retiró. Lapis miró sus manos. Luego miró sus ojos. —No prometo que vaya a dormir —dijo. —No te lo voy a pedir. —Ni que deje de revisar los cielos. —No te lo voy a pedir tampoco. Puedes revisar los cielos desde la granja. De hecho, la visibilidad es mejor. No hay faros cerca. —Entonces… —Lapis inclinó la cabeza. El gesto era casi humano, casi natural— …¿qué me vas a pedir? Peridot sonrió. Fue una sonrisa pequeña, torpe, ligeramente asimétrica. —Que me dejes estar cerca —respondió Peridot—. El resto lo resolvemos sobre la marcha. Lapis guardó las grabadoras en la caja de metal una por una. Con cuidado. —Está bien —dijo al fin—. Vamos a tu granja.

***

La granja de vidrio de Bismuth era exactamente lo que parecía: una estructura enorme con paredes transparentes que reflejaban la luz del atardecer como si estuvieran hechas de agua congelada. Desde fuera, parecía un diamante tosco, sin tallar, echado sobre la tierra como un guijarro gigante. Dentro, era un caos organizado. Bismuth vivía allí con una desorganización que Peridot fingía odiar pero en secreto admiraba. Proyectos inacabados por todas partes: armaduras a medio forjar, gemas artificiales en proceso de síntesis, estructuras de metal que no se sabía muy bien qué eran pero que parecían importantes. Herramientas colgadas de ganchos en las paredes. Un horno de fundición que nunca se apagaba del todo, siempre humeando en una esquina, como el corazón caliente de la construcción. Cuando el vehículo flotante de Peridot aterrizó frente a la entrada de cristal —Peridot lo estacionó con una precisión quirúrgica, porque así era ella—, Bismuth ya estaba esperando. Había visto el vehículo acercándose desde lejos. Bismuth tenía esa costumbre: vigilar el horizonte, estar atenta, anticiparse a lo que venía. Quizá era un hábito de la guerra. Quizá era simplemente su forma de cuidar a los suyos. —Peridot —dijo Bismuth, cruzando los brazos sobre su pecho. Su voz era grave, cálida, como el rugido de un horno—. Trajiste compañía. —Lapis se quedará unos días —anunció Peridot, bajando del vehículo con un salto que pretendió ser ágil pero resultó ligeramente torpe. Se giró para ayudar a Lapis a bajar. Extendió una mano. Lapis la miró unos segundos, como si no estuviera segura de qué hacer con ella, y finalmente la aceptó. El contacto fue breve, pero Peridot sintió la frialdad de los dedos de Lapis como una marca—. Necesita analizar sus grabaciones con mis equipos. Bismuth miró a Lapis. Lapis miró a Bismuth. El silencio fue breve pero intenso. No había mala sangre entre ellas, pero tampoco confianza. Bismuth era demasiado directa para el estilo de Lapis, que prefería los silencios y las indirectas. Lapis era demasiado reservada para el estilo de Bismuth, que creía que todo debía decirse en voz alta para que no hubiera malentendidos. —Las habitaciones del fondo están despejadas —dijo Bismuth al final, girando sobre sus talones y adentrándose en la granja. Su voz rebotó en las paredes de vidrio—. La que tiene vista al este tiene mejor luz por la mañana. Pero la del oeste es más silenciosa. El viento pega menos en esa fachada. Tú eliges. —Gracias —dijo Lapis, en un tono que decía "no tengo nada en contra de ti, pero tampoco confío en ti". Era lo mejor que Lapis podía ofrecer en ese momento. Peridot condujo a Lapis al interior. La granja era grande, pero Peridot había convertido una esquina en su pequeño laboratorio. Era su territorio. Su espacio. Mesas largas cubiertas de componentes electrónicos. Una computadora enorme que ella misma había construido pieza por pieza, con monitores que mostraban gráficos y líneas de código en movimiento. Una silla giratoria que daba dos vueltas completas cuando te sentabas, un detalle que Peridot consideraba "esencial para la creatividad". Y pegatinas. Muchas pegatinas. De calabazas. De estrellas. De Steven haciendo el gesto de la paz. —Esto es… muy tuyo —comentó Lapis, observando el desorden organizado con una expresión que no era desagrado. Era algo más parecido a la curiosidad. —Es funcional —respondió Peridot, dejando la caja de metal sobre una mesa vacía y empezando a conectar los dispositivos de grabación a su computadora—. La belleza es secundaria. La prioridad es la eficiencia y la precisión de los datos. —No lo decía por la belleza —dijo Lapis. Se acercó a la mesa. Pasó los dedos por el borde de uno de los monitores. Dejó una marca apenas visible en el polvo acumulado—. Lo decía porque huele a limpio y a metal. Como tú. Peridot se congeló por un segundo. Sus manos, que estaban conectando un cable a la computadora, se detuvieron en el aire. —Eso no tiene sentido —dijo, y su voz fue más aguda de lo habitual—. Los olores no son atributos personales. Son propiedades químicas volátiles que interactúan con los receptores olfativos. —Ya lo sé. Pero tú hueles a limpio y a metal. Es un cumplido. Peridot volvió a concentrarse en la computadora, pero sus mejillas habían adquirido un tono ligeramente más oscuro. —Voy a procesar la primera grabación —dijo, con voz demasiado aguda—. Tardará unos minutos. Puedes sentarte en la silla. O en el suelo. O donde quieras. Lapis no se sentó. Se acercó a Peridot y se quedó de pie a su lado, mirando la pantalla. Estaban tan cerca que sus hombros casi se tocaban. Peridot pudo sentir la presencia de Lapis como una presión en el aire, como el silencio antes de una tormenta. —¿Qué buscas exactamente? —preguntó Lapis. —Patrones —respondió Peridot. Su voz recuperó la firmeza científica—. Si la estática que grabaste tiene algún tipo de estructura, mis algoritmos la detectarán. Si es solo ruido natural, también lo detectarán. El algoritmo no tiene sesgos. —¿Y si es ruido natural? —Entonces buscaremos otra explicación. —¿No te rendirás? Peridot apartó la vista de la pantalla por un momento. Miró a Lapis. Estaba agotada, asustada, aferrándose a una teoría que probablemente era falsa. Pero también estaba allí. De pie. Junto a ella. —No —dijo Peridot—. No voy a rendirme. El algoritmo comenzó a procesar la primera grabación. En la pantalla aparecieron ondas de sonido, picos y valles, estática y silencio, ruido blanco y nada más. Y Peridot, sin pensarlo, apoyó su mano sobre la mesa, justo al lado de la mano de Lapis. No la tocó. Solo la acercó. Lapis miró esa mano verde, pequeña, llena de determinación. Sus dedos permanecieron inmóviles. Pero no se apartaron.

***

Procesaron las primeras seis grabaciones en silencio. Peridot fruncía el ceño cada vez, anotaba los resultados en su archivo, etiquetaba las grabaciones como "no concluyentes" y pasaba a la siguiente. La séptima. Nada. La octava. Nada. La novena. Nada. Lapis había dejado de estar de pie. Se había sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared de vidrio. No miraba la pantalla. Miraba el cielo a través del cristal. Las estrellas comenzaban a aparecer, una a una, como pequeños agujeros en la tela de la noche. —Esto no va a funcionar —dijo Lapis. Su voz era plana—. Llevo meses escuchando esa estática. Si hubiera algo, ya lo habría encontrado. —No necesariamente. Hay frecuencias que no podemos percibir. Patrones que nuestros cerebros no están entrenados para reconocer. Por eso usamos algoritmos. —Y si la máquina tampoco encuentra nada, ¿entonces qué? —Entonces diseñamos un algoritmo mejor —respondió Peridot, y su voz tuvo un destello de terquedad—. O conseguimos equipos más sensibles. O pedimos ayuda a alguien con más experiencia. Hay opciones. Siempre hay opciones. Lapis no respondió. Peridot cargó la décima grabación. La undécima. La duodécima. Nada. Nada. Nada. Comenzaba a sentir la frustración acumularse en sus hombros, en su mandíbula, en la forma en que apretaba los dientes. Treinta y dos pruebas de Lapis ya revisadas. Catorce grabaciones procesadas. Ningún resultado concluyente. Y entonces, la computadora emitió un pitido. Peridot dejó caer la taza de té que estaba sosteniendo. La cerámica se rompió contra el piso de vidrio de la granja. Los trozos blancos se dispersaron como pétalos rotos. El té se derramó en un charco que se extendió lentamente. Pero Peridot ni siquiera parpadeó. Sus ojos estaban fijos en la pantalla, donde un patrón de ondas se repetía en intervalos perfectamente regulares. —Lapis —dijo, con la voz ronca por horas de silencio—. Lapis, ven aquí. Lapis cruzó la habitación en tres zancadas. Sus pies descalzos esquivaron los trozos de cerámica rota sin mirarlos. —¿Qué? —La grabación del 17 de marzo —explicó Peridot, señalando la pantalla con un dedo tembloroso—. La estática no es aleatoria. Es una señal que se repite cada 3.7 segundos con una desviación inferior al 0.01%. No parece natural. Lapis se quedó helada. —¿Estás segura? —preguntó al fin. Su voz era un hilo. Un hilo del que colgaba todo su mundo. —Soy experta en tecnología Gema —respondió Peridot, y su voz temblaba pero no dudaba—. He analizado miles de señales a lo largo de mi existencia. He estudiado las transmisiones de Homeworld, las comunicaciones de la era de la colonización, los patrones de las naves de inspección, los códigos de emergencia de la era de la rebelión. Esto no es ruido. Esto es un mensaje. Aún no puedo decodificarlo, aún no sé qué dice, pero… existe. Lapis, existe. Lapis cerró los ojos. Peridot la vio respirar hondo. Un respiro lento, profundo, como alguien que ha estado conteniendo el aire durante meses y recién ahora se permite soltarlo. Sus hombros, que habían estado tensos durante todo el día, se hundieron ligeramente. —Tienes que decodificarlo. Tienes que decirme de quién es, cuánto tiempo me queda. Tengo que prepararme para enfrentar esto. Necesito hacerlo porque nadie va a ayudarme. Peridot la miró. Lapis sostenía el trozo de taza como si fuera una prueba de algo. Como si la cerámica rota fuera un símbolo de todo lo que se había roto dentro de ella. —No vas a estar sola. Yo voy a ayudarte. Siempre. —dijo Peridot. Y luego, sin pensarlo, extendió la mano y tocó la de Lapis. —Dilo, no estas sola. —Lo sé. —Dilo. —No estoy sola. Peridot apretó los dedos de Lapis con suavidad. —Exacto —dijo Peridot—. No estás sola.
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