Capítulo 3
6 de junio de 2026, 17:01
Pasaron siete días.
Peridot no durmió en ninguno de ellos. Cada vez que cerraba los ojos, imaginaba que la señal cambiaba, que el patrón se desvanecía, que todo el progreso se perdía. En su decimo intento por fin logró encontrar el origen real. La señal venía de la Tierra. Se reflejaba en el espacio haciendo parecer que venía de ahí, rebotando y por lo tanto haciendo tan difícil su identificación, sorpresivamente no se podía identificar desde la tierra, solo desde el espacio y en la Tierra solo se veían ecos. Era tan complejo que no podía creer que viniera de algún lugar del océano Pacífico, a unos doscientos kilómetros de la costa.
Peridot guardó ese dato en un archivo aparte. No se lo dijo a Lapis de inmediato. No porque quisiera ocultarlo, sino porque necesitaba más certeza. Una localización aproximada no era suficiente. Necesitaba coordenadas exactas.
Así que siguió trabajando.
***
Lapis, mientras tanto, pasaba los días en la granja de vidrio como un fantasma. No intervenía en el trabajo técnico, pero se quedaba cerca. Se sentaba en la silla giratoria y daba vueltas lentas mientras Peridot tecleaba. Se acercaba a la ventana del este y miraba el horizonte durante horas. A veces se levantaba en mitad de la noche y caminaba descalza por el suelo de vidrio, y sus pasos hacían eco en el silencio como gotas de agua.
Bismuth subía dos veces al día con comida que ninguna tocaba. Al tercer día, dejó de traer comida y empezó a traer mantas. Las dejaba sobre los hombros de Lapis sin decir una palabra y se retiraba. Era su forma de cuidar. Lapis no decía gracias, pero tampoco apartaba las mantas.
***
Peridot por fin se atrevió a hablar con Lapis.
—Lapis —dijo Peridot, con la voz temblorosa—. Ven aquí.
Lapis estaba en la ventana del este. Como siempre. Mirando el horizonte. Pero al oír el tono de Peridot cruzó la habitación en tres zancadas.
—¿Qué?
—La señal —dijo Peridot, señalando la pantalla con un dedo que no dejaba de temblar—. No viene del espacio. Viene de la Tierra. He hecho triangulación con tres puntos de recepción diferentes.
Lapis se quedó muy quieta.
Sus ojos recorrieron la pantalla como si buscaran una mentira entre los números. Pero no había mentiras. Solo datos. Solo coordenadas. Solo una verdad que no esperaba.
—¿Estás segura? —preguntó al fin. Su voz era un hilo. Un hilo del que colgaba todo.
—Completamente. —Peridot se puso de pie. Sus piernas estaban rígidas por horas de estar sentada, pero no le importó—. No hay margen de error significativo. La fuente en el agua.
Lapis comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación. Sus pies descalzos hacían un sonido suave sobre el suelo de vidrio. Era un gesto que Peridot había aprendido a reconocer como ansiedad pura. Lapis caminaba cuando no sabía qué hacer con su cuerpo.
—Eso no está bien —dijo Lapis, y su voz subió un tono—. La señal es demasiado compleja para ser de la Tierra. Los humanos no tienen tecnología para generar algo así. Ni siquiera las Gemas tenemos tecnología para generar algo así, al menos no en la Tierra. No después de la rebelión. No después de que Homeworld abandonara el planeta. No tiene sentido.
—Lo sé —dijo Peridot.
Lapis dejó de caminar. Se quedó inmóvil en el centro de la habitación, con los brazos caídos a los lados y la mirada perdida en algún punto intermedio entre el suelo y la pared.
—Vamos al origen —dijo sin preámbulos.
***
Peridot trabajó en la plataforma para navegar con una eficiencia frenética, ajustando paneles solares, asegurando la vela, comprobando los sistemas de flotación. Lapis la ayudó en silencio, pasándole herramientas antes de que las pidiera, sujetando piezas mientras Peridot las atornillaba.
Bismuth las observó desde la puerta de la granja, con los brazos cruzados.
—¿Seguro que no quieres que vaya? —preguntó—. Por si hay problemas.
—No —respondió Peridot sin levantar la vista de un motor que estaba ajustando—. Esto es personal. Además, si no volvemos en tres días, puedes venir a buscarnos.
—Si no vuelven en tres días —dijo Bismuth, con una sonrisa torcida—, voy a asumir que se ahogaron e iré a rescatar sus cadáveres. Necesitan una despedida digna.
—Eso es morbidamente reconfortante —dijo Peridot.
—Soy una Gema práctica.
Lapis no participó en la conversación. Solo subió a la plataforma cuando estuvo lista y se sentó en el borde, con los pies colgando sobre el agua.
Peridot terminó los últimos ajustes, revisó sus dispositivos por quinta vez, y subió a su lado.
—Lista —dijo.
—No —respondió Lapis—. Pero vamos de todas formas.
***
La plataforma avanzaba a baja altura sobre el agua, impulsada por el motor adaptado y auxiliada por la vela cuando el viento soplaba a favor. Era un vehículo feo, ruidoso, inestable. Parecía una balsa de náufragos con tecnología de mala calidad.
Durante las primeras horas, viajaron en silencio.
El sol se puso detrás de ellas, tiñendo el cielo de naranja y rosa y púrpura. El agua se volvió oscura, primero azul profundo, luego negro. Las estrellas comenzaron a aparecer, una a una, como luces que alguien encendía desde un panel de control invisible.
Lapis miraba el cielo. Peridot miraba a Lapis.
—¿Todavía tienes miedo? —preguntó Peridot, en un momento dado.
Lapis tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era tan baja que casi se perdió en el sonido del motor.
—Sí. Pero tenía miedo de que la amenaza fuera real y que no estuvierfamos preparadas. Ahora… —hizo una pausa— ahora tengo miedo de que no sea nada importante. Que te hiciera perder el tiempo.
Peridot no respondió de inmediato.
Se quitó una mano del timón y la apoyó sobre el brazo de Lapis. El contacto fue breve. Solo unos segundos. Pero fue suficiente.
***
Llegaron al punto de origen de la señal pasada la medianoche.
Peridot detuvo la plataforma y apagó el motor. El silencio fue absoluto. Después encendió sus dispositivos. Los lectores de frecuencia se volvieron locos. Las agujas bailaban. Las pantallas mostraban picos y valles imposibles.
La señal estaba allí.
Fuerte. Clara. Vibrando en el agua como si algo estuviera respirando bajo la superficie.
—Está abajo —dijo Peridot, señalando el agua oscura.
Lapis se puso de pie. Miró el agua con una expresión que Peridot no supo leer. —Voy a bajar —dijo Lapis.
—Voy contigo —dijo Peridot. Sus piernas comenzaron a temblar ligeramente. No de frío. De anticipación. De miedo. De todo mezclado.
—No puedes respirar bajo el agua —dijo Lapis.
—Tengo un dispositivo. Lo diseñé para emergencias. Me da quince minutos de oxígeno. Suficiente para bajar, ver qué hay y subir.
Lapis la miró a los ojos. —Si algo sale mal…
—Entonces saldrá mal juntas —la interrumpió Peridot. Su voz fue más firme de lo que se sentía—. Deja de buscar excusas para dejarme atrás. No voy a quedarme aquí arriba esperando mientras tú bajas sola.
Lapis asintió. No dijo nada más.
Peridot se colocó un dispositivo de respiración. Era un aparato pequeño, ajustado a su boca y nariz, con un medidor de oxígeno en la muñeca. Quince minutos. Catorce si se movía demasiado rápido. Trece si entraba en pánico.
Ajustó una luz frontal en su visor. No era muy potente, pero era suficiente para iluminar unos metros en la oscuridad.
—Lista —dijo, aunque su voz sonó distorsionada por el dispositivo.
Lapis extendió una mano hacia el agua.
Y el agua se abrió.
No fue una metáfora. Lapis extendió la mano y el agua se separó como si fuera una cortina, creando un camino hacia las profundidades. Peridot había visto a Lapis controlar el agua antes, pero nunca dejaba de impresionarla. Bajaron juntas.
---
La oscuridad las envolvió de inmediato.
La luz frontal de Peridot apenas alcanzaba a iluminar unos metros a la redonda.
Lapis nadaba con una gracia que Peridot encontraba hipnotizante. Cada movimiento era fluido, natural, sin esfuerzo. Como si el agua fuera una extensión de su propio cuerpo. Como si nadar no fuera una acción, sino un estado del ser.
Peridot, en cambio, se movía con torpeza. Sus extremidades no estaban diseñadas para el agua. Sus dedos verdes se agarraban al arnés de seguridad que compartían y trataba de imitar los movimientos de Lapis sin mucho éxito.
Descendieron durante varios minutos.
La presión aumentó. Peridot sintió sus oídos. El medidor de oxígeno marcaba once minutos.
—Vamos bien —dijo Lapis. Su voz llegó clara a través del agua, como si no necesitara un medio para transmitirse. El agua era su medio. El agua la obedecía—. El fondo está cerca.
Peridot asintió. No podía hablar con el dispositivo en la boca, así que apretó la mano de Lapis para indicar que había escuchado.
Descendieron más.
La luz frontal de Peridot iluminó algo en la distancia. Una forma. Una estructura. Algo que no era roca ni arena ni coral.
—Ahí —dijo Lapis, señalando.
Se acercaron.
Era una estructura pequeña, antigua, cubierta de coral y algas. Tenía la forma de un obelisco, de unos tres metros de altura, con símbolos grabados en sus cuatro caras. Símbolos que Peridot reconoció de inmediato.
—Son Gemas —dijo Peridot, aunque su voz salió distorsionada por el dispositivo. Intentó hablar más claro—. Es escritura Gema. Antigua.
Lapis se acercó al obelisco. Pasó los dedos sobre los grabados, limpiando el coral y las algas. Las letras azules comenzaron a revelarse.
—Instrucciones —dijo Lapis, leyendo los símbolos con una lentitud que indicaba que no estaba familiarizada con el dialecto.
—Es una baliza —susurró Peridot, y la palabra salió con un respeto casi religioso—. Una baliza de la era de la primera colonización. Antes de que Homeworld abandonara la Tierra. Antes de la rebelión. Antes de todo.
Se acercaron más. Peridot leyó los símbolos con dificultad. Su conocimiento del antiguo Gema era limitado, pero alcanzó para entender lo esencial:
—"Este planeta… no tiene nada de valor…"
Hizo una pausa. Leyó la última línea. Su voz tembló.
—"Firmado: Cuarzos de la Tercera Expedición. Fecha: ciclo de colonización 003. Destino del mensaje: Homeworld. Prioridad: máxima."
Lapis se quedó mirando el obelisco.
El agua se movía a su alrededor, suave, casi maternal. Pero Lapis no se movía. Solo miraba las palabras talladas en la piedra. Las palabras que habían estado allí durante miles de años. Las palabras que ella había estado escuchando sin saberlo, transformadas por la distancia y el tiempo y su propio miedo.
—Todo esto —dijo Lapis, con una voz quebrada, rota, como si las palabras se estuvieran rompiendo en su boca antes de salir—. ¿Todo por esto? ¿Todo por una baliza olvidada que lleva miles de años repitiendo el mismo mensaje?
—Por esto —confirmó Peridot. Su voz era suave. Más suave de lo que nunca había sido. Como si estuviera hablando con un animal asustado, con algo frágil que podía romperse.
Lapis apoyó la frente contra la piedra fría del obelisco.
Cerró los ojos.
El coral raspaba suavemente su piel azul. Las algas se enrollaban alrededor de sus dedos. El agua la envolvía como un abrazo.
—No sé si sentirme aliviada o humillada —dijo. Su voz vibraba contra la piedra.
—Las dos cosas —respondió Peridot. Se acercó un poco más. El arnés que las unía se tensó—. Las dos cosas está bien. Puedes sentir las dos cosas. No tienes que elegir una.
Lapis levantó la cabeza. —Pasé meses con miedo —dijo—. Meses convencida de que algo malo iba a pasar. Meses preparándome para una guerra que nunca iba a llegar. Meses ignorándote a ti porque tenía demasiado miedo de contestar el teléfono y descubrir que ya no te importaba.
—Siempre me vas a importar —dijo Peridot. Las palabras salieron sin filtro—. Incluso cuando no cotestas. Incluso cuando me cuelgas. Siempre me vas a importar.
Lapis la miró. —Eres idiota —dijo.
—Lo sé —respondió Peridot.
—Eres la idiota más testaruda que he conocido en toda mi existencia.
—También lo sé.
—Y no sé qué haría sin ti.
Peridot no supo qué responder a eso. Así que no dijo nada. Solo se quedó ahí, flotando en el agua oscura, con el arnés que las unía tenso entre ellas, y dejó que esas palabras flotaran en el silencio.
Entonces el dispositivo de Peridot emitió un pitido. El medidor de oxígeno en su muñeca mostraba una cifra que no le gustó nada.
—No sé por qué —dijo Peridot, mostrando su muñeca a Lapis—. Me quedan solo dos minutos.
Apenas la entendió Lapis agarró la mano de Peridot y comenzó a nadar hacia la superficie. Llegas hasta abajo les había tomado al menos 5 minutos. A mitad de camino, el dispositivo pitó de nuevo. Lapis nadó más rápido, jalando a Peridot consigo. La superficie estaba cerca. Peridot podía ver la luz de las estrellas filtrándose a través del agua, difusa, temblorosa, como un sueño pero aún era la mitad del camino; y entonces el dispositivo emitió un pitido agudo y continuo y se apagó.
Peridot sintió el pánico subir por su garganta. Sin oxígeno. Sin aire. En medio del océano, a treinta metros de la superficie, con el dispositivo muerto en su cara. Intentó no respirar. Pero se le hizo dificil. Medio minuto antes de salir no aguantó, se le fue la fuerza, pero Lapis la impulsó hacia afuera y Peridot, sintiendose afuera por fin todió.
Lapis la sostuvo contra la plataforma flotante. Sus brazos azules rodeaban el cuerpo verde de Peridot como si fuera un objeto precioso, algo que no podía dejarse caer. —Respira —ordenó Lapis otra vez, como si fuera la única palabra que supiera—. Respira, Peridot.
Peridot respiró. Grandes bocanadas de aire nocturno. Tosió de nuevo. Escupió más agua. El medidor de oxígeno en su muñeca parpadeaba en rojo.
—Estoy bien —dijo Peridot, con voz rota, ronca, temblorosa—. Estoy bien. No me ahogué. Estoy bien.
Lapis no la soltó.
No durante mucho rato.
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Se quedaron así un largo tiempo.
Sentadas en la plataforma flotante, empapadas. Peridot estaba apoyada contra el hombro de Lapis. Su cabeza verde descansaba en la curva del cuello azul de Lapis. El arnés que las había unido bajo el agua seguía puesto, flojo ahora, pero las mantenía cerca.
—Casi mueres —dijo Lapis en voz baja.
—No, eso no es posible —respondió Peridot. Su voz era un murmullo.
—Eres idiota.
—Ya lo dijiste.
—Lo repito porque es verdad.
—Puedes repetirlo todas las veces que quieras. No lo va a hacer realidad.
Lapis apretó el brazo alrededor de Peridot. No más fuerte. Solo más firme. Como si necesitara asegurarse de que seguía ahí.
—No era Esmeralda —dijo Lapis, después de un largo silencio. La frase salió plana. Vacía. Como si aún no hubiera procesado lo que significaba.
—No —confirmó Peridot.
—Nunca lo fue.
—Nunca lo fue.
Lapis soltó un suspiro y de repente, comenzó a reír.
No era una risa feliz. Era una risa torcida, rota, al borde de las lágrimas. Era la risa de alguien que ha estado a punto de romperse y descubre que ya está rota.
—Peridot —dijo Lapis, y su nombre salió como un gemido—. ¿Y si esto es todo lo que soy? ¿Una baliza rota que no para de advertir sobre un peligro que ya pasó? ¿Una grabación antigua repitiendo el mismo mensaje una y otra vez, aunque ya no haya nadie para escucharla y peor aún, con una advertencia que no tiene ni sentido? Algo que las colonizadoras de la segunda ola ignoraron porque supieran que no era importante.
Peridot levantó la cabeza. Sus ojos verdes se encontraron con los azules de Lapis.
—No eres una baliza rota —dijo Peridot. Su voz era baja, pero firme. No la voz de una científica presentando datos. La voz de alguien que está diciendo una verdad que no necesita demostración—. Eres Lapis. Eras Lapis antes de todo esto. Antes de Malachite. Antes del espejo. Antes de que Homeworld te pusiera ahí para que alguien te viera y nadie te viera. Eras Lapis. Y lo sigues siendo.
—No lo sé —susurró Lapis. Sus ojos brillaban. El reflejo de las estrellas. O quizá otra cosa—. Llevo tanto tiempo siendo solo miedo que ya no recuerdo quién era antes.
—Yo lo sé —dijo Peridot—. Yo lo recuerdo. Y tú no tienes que saberlo en este momento. Solo tienes que intentarlo. Y yo voy a estar aquí. Pase lo que pase. Falles o aciertes. Llores o no llores. Te encierres en tu granero o salgas a mirar las estrellas. Voy a estar aquí.
—¿Por qué?
—Porque te quiero —dijo Peridot.
Lapis se quedó muy quieta.
—No digas eso —murmuró—. No lo digas si no estás segura.
—Estoy segura —dijo Peridot—. Llevo meses intentando ponerle otro nombre. Interés logístico avanzado. Priorización emocional de un individuo específico. Curiosidad científica por los patrones de comportamiento de una Gema con historial traumático. Pero todo eso son mentiras. Lo que siento no es logístico ni científico ni traumático. Lo que siento es que no puedo imaginar un futuro en el que no estés. Y eso —hizo una pausa— eso es querer. Eso es amor. Eso es lo que los humanos llaman amor. Y yo lo siento por ti.
El silencio fue absoluto.
El océano entero contuvo la respiración.
Lapis no dijo nada. No se movió. Solo miró a Peridot con una expresión que Peridot no supo interpretar. No era felicidad. No era tristeza. No era sorpresa. Era algo más complejo, más antiguo, más profundo.
—No sé si puedo quererte de vuelta —dijo Lapis al fin—. No sé si sé querer a nadie. Llevo tanto tiempo rota que no sé si me queda algo para dar.
—No te estoy pidiendo nada —respondió Peridot—. Solo quería que lo supieras. Por si mañana no tenemos tiempo de decirlo.
Lapis apoyó la frente contra la de Peridot.
Sus narices casi se tocaban. Sus labios estaban a centímetros. El agua salpicaba sus rostros con pequeñas gotas que brillaban como diamantes bajo la luz de las estrellas.
—No voy a decir "también te quiero" —dijo Lapis—. No todavía. No sé si algún día. Pero voy a decir algo.
Peridot sonrió.
Era una sonrisa pequeña, torpe, ligeramente asimétrica. La sonrisa de alguien que no está acostumbrada a sonreír por razones no técnicas. La sonrisa de alguien que está aprendiendo a ser feliz en pequeño.
—Eso es suficiente —dijo Peridot—. Eso es más que suficiente.