El verano en que prometimos todo

Slash
G
Finalizada
1
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24 páginas, 7.360 palabras, 5 capítulos
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Capítulo 1

Ajustes
El mensaje llegó un martes por la tarde, cuando Clark terminaba de ayudar a su madre en la cocina. “Ven a la casa del lago. Quiero verte.” No había nombre en el remitente, pero Clark conocía ese número de memoria. Lo había mirado cien veces en su teléfono, preguntándose si debía escribir primero, si debía llamar, si debía decir todo lo que llevaba meses guardándose. Bruce Wayne. El chico más rico de Gotham, el huérfano millonario que vivía con un mayordomo en una mansión vacía, el mismo que había aparecido en Smallville el año pasado como un fantasma de traje caro y ojos tristes. Nadie en el pueblo sabía qué hacer con él. Los profesores lo trataban con cuidado. Los otros chicos lo evitaban. Clark fue el único que se sentó a su lado en el comedor un día lluvioso, sin preguntarle nada, solo acompañándolo en silencio. Desde entonces, habían construido algo que Clark no sabía cómo nombrar. No eran novios. No oficialmente. Pero se escribían mensajes todas las noches. Bruce lo invitaba a la mansión los fines de semana. Veían películas en el sótano que Alfred les dejaba. Una vez, Bruce le prestó un suéter carísimo y Clark lo devolvió una semana después, limpio y doblado, oliendo a su casa. Bruce dijo que olía mejor ahora. Había habido roces accidentales en el sofá. Miradas que duraban un segundo de más. Una tarde, en la biblioteca, Bruce había recostado su cabeza en el hombro de Clark y se había quedado dormido. Clark no se movió durante dos horas. Solo lo miró respirar y supo que estaba perdido. Pero ninguno de los dos había dicho nada en voz alta. Hasta hoy. --- Clark llegó a la casa del lago en su camioneta vieja, con el corazón en la garganta. La propiedad de los Wayne en el lago era una casa enorme, de madera oscura y ventanales enormes, que Bruce usaba cuando quería estar solo. O cuando quería estar con Clark. Clark golpeó la puerta dos veces. No esperó respuesta. Sabía que no había nadie más. Bruce abrió con una expresión que intentaba ser neutral, pero sus ojos delataban algo más. Estaba descalzo, con una camiseta negra y jeans viejos. Su pelo estaba desordenado, como si se hubiera pasado la mano mil veces. —Llegaste —dijo, como si fuera una sorpresa. —Dijiste que viniera. —Sí. Bueno. Pasa. Clark entró y sintió el mismo vértigo de siempre. La casa olía a madera y a Bruce. A dinero viejo y a algo más suave que Clark no podía identificar. Quizás era solo el perfume caro que usaba Bruce. Bruce lo llevó a la sala principal. No había luces prendidas, solo la luz anaranjada del atardecer entrando por los ventanales. En una mesa baja, una botella de algo oscuro y dos vasos. —Robado del estudio de mi padre —dijo Bruce, señalando la botella—. Alfred no se va a enterar. —¿Tu padre tenía estudio aquí? —preguntó Clark, aunque ya sabía la respuesta. —Todo esto es de él. Bueno… ya no. Bruce sirvió dos dedos en cada vaso. Sus manos no temblaban, pero Clark llevaba meses aprendiendo a leerlo. La mandíbula tensa. La forma en que evitaba mirarlo directamente. Algo estaba pasando. —Gracias por venir —dijo Bruce, entregándole un vaso—. Sé que es lejos. —Siempre voy a venir —respondió Clark—. Siempre que me llames. Bruce asintió y bebió de golpe la mitad de su vaso. Se sentaron en el piso, cerca de los ventanales. El lago se veía quieto, como una lámina de vidrio. Clark quería decir tantas cosas que le dolía la garganta. —¿Sabes? Hace un año —empezó Clark—, no sabía ni tu nombre. Y ahora… —¿Y ahora qué? —Ahora no puedo dejar de pensar en ti. Las palabras salieron solas. No las había planeado. Pero cuando Bruce giró la cabeza para mirarlo, Clark supo que no se arrepentía. —Eso es muy cursi, Kent —dijo Bruce, pero su voz sonó ronca, rota. —Es verdad. El silencio se llenó de algo que no era incomodidad. Era la cruda posibilidad de que esta noche cambiara todo. Bruce bebió el resto de su vaso y lo dejó a un lado. Se recostó sobre un codo, mirando a Clark como si fuera un problema que llevaba mucho tiempo queriendo resolver. —Hemos estado bailando alrededor de esto —dijo Bruce—. Desde el verano pasado. Es como si tuvieras miedo. —No te tengo miedo. —Deberías. Yo lo tengo. Soy un desastre. —Yo también —dijo Clark—. Pero aquí estoy. Bruce negó con la cabeza, riendo sin ganas. —No entiendes, Clark. La gente que se acerca a mí… no le va bien. Mi familia muere. Mis amigos se alejan. Es como si yo fuera… —¿Un chico de veinte años que heredó demasiado dinero y demasiado dolor? —lo interrumpió Clark—. Eso no me asusta. —Debería. —Pero no. Clark puso su vaso en el piso. Giró el cuerpo para quedar frente a Bruce. Estaban tan cerca que podía ver las sombras bajo sus ojos, la forma en que Bruce se mordía el labio inferior cuando estaba nervioso. —Llevo meses queriendo decirte esto —dijo Clark—. Y si no lo digo hoy, me voy a arrepentir para siempre. —Dilo —susurró Bruce. —Me gustas. No como amigo —o sí como amigo, claro—, pero también me gustas como… como alguien con quien quiero estar todos los días. Y no sé si tú sientes lo mismo, pero necesitaba que lo supieras. El silencio duró una eternidad. Clark sintió que se moría. Y entonces Bruce se rió. Una risa temblorosa, como si estuviera a punto de llorar. —Eres idiota —dijo Bruce. —¿Por? —Porque yo iba a decirlo primero. Tenía todo planeado. La botella, el atardecer, la casa vacía. Y tú llegas y lo arruinas siendo más valiente que yo. Clark parpadeó. —¿Entonces…? —Entonces sí, Clark. Me gustas. Me gustas tanto que no tienes idea. Clark no pensó. Solo se inclinó. El beso fue torpe al principio. Bruce olía a alcohol caro y a jabón. Su boca estaba fría por el vaso, pero se calentó rápido. Una mano de Bruce subió a la nuca de Clark y lo sostuvo como si fuera a desaparecer. Clark apoyó una mano en el piso, la otra en la cadera de Bruce, y sintió que el mundo se reducía a la lengua de Bruce, a su respiración entrecortada, al sonido de su propio corazón rompiéndole el pecho. Cuando se separaron, Bruce tenía los ojos cerrados. —Eres un desastre, Kent —murmuró. —Lo sé —dijo Clark, sonriendo contra sus labios—. Pero soy tu desastre. Bruce abrió los ojos. Por un segundo, no había máscaras. Solo un chico asustado que por fin se permitía querer. —No voy a lastimarte —dijo Bruce—. No quiero. —Lo sé —respondió Clark, y le creyó. No sabía que esa noche Bruce ya estaba pensando en cómo protegerlo. No sabía que el miedo de Bruce era más grande que el amor. No sabía que el reloj que estaba por regalarle sería la excusa para un año de silencio. Pero eso pasaría después. Esa noche, solo hubo un beso en una casa vacía, dos vasos sucios en el piso, y la promesa tácita de que, al menos por un momento, el mundo podía ser hermoso.
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