El verano en que prometimos todo

Slash
G
Finalizada
1
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24 páginas, 7.360 palabras, 5 capítulos
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Capítulo 2

Ajustes
Las semanas siguientes fueron las más felices de la vida de Clark. Y también las más aterradoras, porque cada mañana despertaba con la certeza de que algo tan bueno no podía durar. Pero Bruce estaba ahí, con sus silencios y sus sarcasmos, y eso bastaba para que Clark se olvidara del miedo. Bruce había dejado caer algunas de sus defensas. No todas, claro. Bruce seguía siendo Bruce. Pero ya no huía cuando Clark lo miraba demasiado tiempo. Ya no cambiaba de tema cuando la conversación se ponía íntima. Una vez, incluso, dejó que Clark le sostuviera la mano en el estacionamiento del community college. Fue solo un momento, y Bruce soltó rápido cuando alguien se acercó, pero Clark lo celebró como una victoria. —No te emociones tanto —dijo Bruce, viéndolo sonreír como un idiota—. Todavía no voy a andar de la mano contigo por el pasillo de literatura. —Pero algún día —insistió Clark. Bruce no dijo que sí. Pero tampoco dijo que no. --- La casa del lago se convirtió en su lugar, un paraíso en el.que nada malo pasaba hasta que Bruce le anunció que debía decirle algo. Clark sintió un nudo en el estómago, pero lo instó a continuar. —Voy a mudarme de vuelta a Gotham —dijo Bruce, sin rodeos—. Termino el semestre aquí y me transfiero a la universidad de allá. Clark asintió. Ya sabía el motivo. Bruce había llegado a Smallville para huir del estrés de Gotham, pero Clark también sabía que Bruce no podía escapar para siempre y que para él era importante graduarse de la misma universidad que su padre. —¿Cuándo te vas? —preguntó Clark, con la voz más calmada de lo que se sentía. —En dos meses. Cuando termine el semestre. —¿Y cómo te sientes con eso? Bruce frunció el ceño, como si la pregunta lo incomodara. Pero después de un momento, bajó la guardia. —Lo odio —admitió—. De verdad lo odio. Llegué aquí y por primera vez en años pude respirar. Y ahora tengo que volver. —¿Y de verdad tienes que volver? —preguntó Clark. Bruce lo miró. Por un segundo, Clark vio algo parecido al miedo en sus ojos. —No lo sé —respondió—. A veces pienso que no. Clark se acercó un poco más, hasta que sus rodillas se tocaron. —Podrías quedarte —dijo—. Nadie te obliga a volver. —No es tan fácil —dijo Bruce, con una sonrisa amarga—. Alfred me crió para ser digno de ese apellido. No puedo simplemente abandonarlo. —Entonces no lo abandones —dijo Clark—. Solo… tómate tu tiempo. Termina la universidad. Después vas. Lo que diga un papel es solo un papel. —Para muchas personas terminar la universidad en una institución de prestigio lo era todo. El community college no abría tantas puertas. Pero para alguien como Bruce, incluso aunque hubiera decidido no estudiar, las oportunidades siempre estarían ahí y nadie nuncaa se atrevería a mirarlo para abajo. Bruce guardó silencio. Luego cambió de tema, pero Clark notó que su mandíbula se había relajado un poco. —¿Y tú? —preguntó Bruce—. ¿Terminaras aquí? —Sí —dijo Clark, con una sonrisa más genuina—. El community college no es Princeton, pero tiene un buen programa. Y mi profesor de redacción dice que tengo futuro. —Te creo —dijo Bruce—. Pero si quieres ir a una ciudad grande, no te quedes aquí solo por mí. —¿A dónde sugieres? —Metrópolis —respondió Bruce, sin dudar—. Está a dos horas de Gotham. Tiene buenos periódicos. El Daily Planet no es el más importante del país, pero es un comienzo. Clark lo miró, esperando. —Y yo —continuó Bruce, con una calma que Clark sabía fingida—, yo me iría a vivir a Metrópolis. Clark parpadeó. —¿Qué? —Para estar contigo —dijo Bruce, como si fuera obvio—. Puedo atender mis asuntos en Gotham desde Metrópolis. Si es necesario, viajo en helicóptero todos los días. No me importa. Prefiero eso a no verte. —¿Helicóptero? —Clark soltó una risa nerviosa—. ¿Eso no es un poco extremo? —Soy millonario, Kent. Lo extremo es mi punto medio. Clark negó con la cabeza, pero no podía dejar de sonreír. —¿Lo dices en serio? —Nunca he estado más serio en mi vida —dijo Bruce—. No voy a dejar que la distancia nos gane. No después de esperar tanto para tener esto. Clark sintió que el pecho se le iba a reventar. —Eso suena a plan. —Es un plan —corrigió Bruce—. Alguien tiene que hacerlos. Tú solo sabes soñar despierto. —Y tú solo sabes fingir que no te importa. Bruce finalmente sonrió. Una sonrisa chiquita, real. —Me importa —dijo—. Por eso hago los planes. Porque si no los hago… todo se desmorona. --- El pacto llegó una semana después. No fue un momento épico, pero nació de un instante de inseguridad de Clark que no pudo contener. —¿Estás seguro de que no vas a olvidarme? —preguntó de repente, lo dijo con un tono relajado, casi bromeando, pero Bruce lo pudo leer al instante. —Escúchame bien, Kent. Eres lo único que no soportaría perder. Lo único. Así que ni aunque me golpeé la cabeza voy a olvidarme de ti. Clark sintió que el pecho se le iba a reventar. Sonrió y se sonrojó. Demasiado. —uh... Yo tampoco te voy a... Eres también lo único. —Mañana. Hagamos algo. Voy por ti a tu casa a en la mañana. —Sí, ¿a dónde? —Es sorpresa. Al día siguiente Clark viajó en el auto de Bruce sin recibir ni una pista de la sorpresa salvo que sería en la ciudad vecina. Se mantuvo expectante hasta que llegaron a un estudio. Un lugar pequeño, escondido entre una lavandería y una tienda de discos, con olor a alcohol y a tinta. —¿Qué hacemos aquí? —preguntó Clark, mirando las paredes llenas de dibujos. —Me lo vas a agradecer después —dijo Bruce, empujándolo adentro. El tatuador era un hombre enorme con brazos llenos de calaveras. Los miró a ambos sin sorpresa, como si estuviera acostumbrado a que chicos de veinte años aparecieran con ideas locas. —¿Qué quieren? —preguntó. Bruce sacó un papel doblado de su bolsillo. Lo desplegó sobre el mostrador. Clark alcanzó a ver el dibujo: una letra cursiva y una silueta pequeña, fusionadas de una forma que no se podía desarmar. Algo entre una S y un murciélago. —Eso —dijo Bruce, señalando—. Dos veces. Una en cada uno. No exactamente igual. En espejo. Clark entendió antes de que Bruce terminara de explicar. —¿Vas a hacértelo? —Ya me lo voy a hacer. La pregunta es si tú también. Clark miró el dibujo otra vez. —Duele —advirtió el tatuador. —No me importa —dijo Clark. Bruce sonrió. Fue una sonrisa distinta a todas las anteriores. Más libre. Más suya. --- Una hora después, Clark tenía vendaje en el antebrazo y una sensación de ardor que le parecía la mejor del mundo. Bruce estaba sentado a su lado, con el mismo vendaje en el mismo brazo, mirando el techo del estudio. —¿Duele? —preguntó Clark. —Como el infierno —admitió Bruce—. Pero duele bien. Salieron a la calle. El frío les pegó en la cara. Clark metió su mano en el bolsillo del abrigo de Bruce, sin preguntar, y Bruce no se quejó. —Esto es para siempre —dijo Bruce, tocando su propio vendaje. —Lo sé —dijo Clark. Caminaron hacia el auto sin soltarse y una vez ahí Bruce le dijo a Clark que tenía otra sorpresa para él. —¿Otra? —Clark no sabía si sentirse sorprendido, amado, desconcertado o inadecuado porque él no tenía nada para Bruce. —Cierra los ojos —dijo Bruce. Clark obedecio y luego sintió algo frío y metálico alrededor de su muñeca. —Abre. Clark abrió los ojos y miró su muñeca. Era un reloj. No uno cualquiera. El diseño era antiguo, elegante, con la esfera de oro pálido y una correa de cuero negro. En el reverso, grabadas con letra pequeña, dos iniciales: T.W. —Es de mi padre —dijo Bruce, con la voz extrañamente calmada.— Cuando murió, lo guardé en una caja y no lo toqué durante años. Pero quiero que lo tengas tú. Clark sintió que la garganta se le cerraba. —Bruce, esto es… no puedo aceptar esto. Es demasiado valioso. —Empezó a quitárselo y cuando dijo valioso se refirió no solo a lo monetario sino a lo sentimental. —Es un objeto —dijo Bruce, encogiéndose de hombros—. Tú eres más importante. —Pero es de tu padre… —Por eso te lo doy a ti —lo interrumpió Bruce—. Porque si no puedo estar cerca de ti cuando me vaya, quiero que lleves algo de mí. —Para eso es el tatuaje, no es necesario... —Solo acéptalo. Clark miró el reloj otra vez. Sus dedos tocaron la esfera con suavidad, como si fuera a romperse. —No voy a quitármelo nunca —dijo Clark. —Eso espero —respondió Bruce, con una sonrisa pequeña. --- Las semanas siguientes, Clark usó el reloj a todas partes. A clases. Al supermercado. A la casa de sus padres los domingos cuando iba a comer con su madre. Hasta que una semana después. Bruce y Clark estaban en un café de la ciudad vecina, el único lugar medio decente que no quedaba en Smallville. uando Bruce lo vio un hombre en la mesa de al lado. Chaleco gris, gorra baja. No estaba tomando nada. Solo miraba. Y su mirada estaba fija en la muñeca de Clark. Bruce se tensó. Su mandíbula se endureció. Clark notó el silencio. —¿Bruce? —Vámonos —dijo Bruce, levantándose de golpe. —¿Pero si no hemos pedido… —Ahora. Bruce lo agarró del brazo y lo sacó del café. Clark apenas tuvo tiempo de agarrar su mochila. Una vez afuera, Bruce caminó rápido hacia el auto, mirando hacia atrás cada dos segundos. —¿Me vas a explicar qué pasó? —preguntó Clark, casi trotando para seguirlo. Bruce no respondió hasta que estuvieron dentro del auto, con las puertas cerradas y los seguros puestos. —Ese hombre te estaba mirando —dijo Bruce, con la voz ronca. —Y ¿Te pusiste celoso? Clark intentaba ser juguetón, pero Bruce lo miró mortalmente serio. —Ye estaba mirando el reloj. —¿Y? La gente mira cosas todo el tiempo. —No entiendes, Clark. Ese tipo no era un cliente. Clark parpadeó. —¿Crees que quería robármelo? —Creo que es mejor que no salgamos de Smallville. —oh, estás preocupado por mí, —dijo Clark, con una ternura que desarmó a Bruce. —Claro que estoy preocupado, no voy a estar aquí para protegerte cuando me vaya. —Entonces no te vayas —dijo Clark. Bruce lo miró. Por un segundo, Clark vio la lucha interna. El deseo de quedarse. La obligación de irse. —No puedo —dijo Bruce, finalmente—. Ya te lo expliqué. —Lo sé —dijo Clark, bajando la mirada—. Lo sé. --- El resto de la semana, Bruce estuvo raro. Más callado de lo normal. Más distante. Clark pensó que era por la mudanza inminente, pero había algo más. Algo que Bruce no decía. Una noche, en la casa del lago, Clark despertó en medio de la oscuridad y notó que Bruce no estaba a su lado. Lo encontró en el banco que daba al lago, mirando el agua negra, con una expresión que Clark nunca había visto. —¿No duermes? —preguntó Clark, sentándose a su lado. —No —respondió Bruce—. No puedo dejar de pensar. —¿En qué? Bruce tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó rota. —En que me estoy llendo y no voy a poder protegerte estando tan lejos. Clark suspiró. —No necesito que me protejas. Necesito que confíes que sé cuidarme. No soy tan frágil como crees. --- La noche antes de la mudanza, se recostsron abrazados. No hablaron mucho. No hizo falta. Clark se quedó mirando el techo, sintiendo la respiración de Bruce contra su pecho, el calor de su cuerpo, hasta que por fin de durmió. Y cuando lo hizo Bruce por fin se movió. Lo miró fijamente al rostro, después se incorporó. Le quitó con movimientos sutiles el reloj y le dio un beso en la frente antes de levantarse por completo e irse.
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