El verano en que prometimos todo

Slash
G
Finalizada
1
Tamaño:
24 páginas, 7.360 palabras, 5 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
1 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Capítulo 5

Ajustes
Pasaron seis meses. Clark no los contó a propósito. Pero sabía que habían pasado porque en ese tiempo había cambiado de departamento, había publicado su primer artículo en la portada del Daily Planet y había dejado de despertarse en medio de la noche con el nombre de Bruce en los labios. Bueno. Casi. La última vez que había visto a Bruce fue en la puerta de esa cafetería en Gotham. Clark había salido a la calle sin mirar atrás. No porque no quisiera, sino porque sabía que si miraba, no iba a poder irse. Bruce no lo había llamado. No al día siguiente. No a la semana. No al mes. Clark revisó su teléfono las primeras semanas con una mezcla de esperanza y furia. Cada notificación le hacía saltar el corazón. Cada vez que no era Bruce, se sentía aliviado y decepcionado al mismo tiempo. Luego, con el tiempo, dejó de revisar. No del todo. Pero ya no era lo primero que hacía al despertar. —¿Alguna vez vas a contarme qué pasó en Gotham? —le preguntó Jimmy una tarde, mientras tomaban café en la azotea del Daily Planet. —No —respondió Clark. —¿Alguna vez vas a contarme quién es el tatuaje? Clark se tocó la muñeca sin querer. —Tampoco. Jimmy suspiró, pero no insistió. Era buen amigo. La vida en Metrópolis se había vuelto rutinaria. Clark se levantaba temprano, iba al periódico, escribía sus notas, almorzaba solo o con algún compañero, volvía a su departamento, cenaba algo rápido y se dormía viendo la televisión. No era una mala vida. Era solo una vida vacía. Su madre lo llamaba los domingos. —¿Has conocido a alguien? —preguntaba Martha, con esa inocencia que no era inocente en absoluto. —No, mamá. —¿Sigues pensando en él? —No quiero hablar de eso. —Alguna vez vas a tener que hablar, Clark. No se puede vivir con el corazón cerrado para siempre. Clark cambiaba de tema. Pero su madre tenía razón. No se podía. Y sin embargo, él lo intentaba todos los días. Una noche de lluvia, Clark llegó a su departamento mojado hasta los huesos. Había olvidado el paraguas en el periódico. Había olvidado muchas cosas últimamente. Se quitó los zapatos, colgó la chaqueta en la silla y fue a la cocina a prepararse un té. El departamento estaba oscuro. No le gustaba prender las luces cuando estaba solo. Prefería la penumbra. El teléfono sonó. Clark lo miró. Era un número que no reconocía. Casi no lo contestó. Los números desconocidos solían ser encuestas o malas noticias. Pero algo lo impulsó a deslizar el dedo. —¿Diga? Silencio. Luego una respiración. Luego una voz que Clark conocía mejor que la suya propia. —¿Si te digo que ya estoy seguro de que no huiré, aún me aceptarás? Clark se quedó paralizado. El té se enfrió en la taza. La lluvia golpeaba la ventana. —Bruce —dijo. Empezó, pero no supo qué decir. Se sentía tan cansado de estar tan esperanzado. Pero no quería soltar. Era tan tonto. —Dime que no es demasiado tarde. Perdón, solo quería estar seguro. Perdón por tardar más. Clark se apoyó en la encimera de la cocina. Cerró los ojos. —Seis meses, Bruce. —Lo sé. Pero quería estar seguro. Sé que decirte que "no sabía" no era la respuesta que necesitabas. Me esforcé para poder decirte que sí, sin dudas. Clark abrió los ojos. El sonido de la calle a través de la bocina se escuchaba muy similar al sonido que escuchaba por la ventana. —¿Dónde estás? —preguntó. —Afuera de tu edificio —respondió Bruce. Clark sintió que el corazón le daba un vuelco. Se asomó a la ventana. Abajo, en la acera mojada, había un auto negro. Y junto al auto, una figura con gabardina y el pelo empapado. Bruce. Mierda. Era Bruce. Clark colgó. Bruce se quedó mirando el teléfono, con el agua cayéndole por la cara, confundiéndose con algo que quizá eran lágrimas. Había pasado seis meses preparándose para ese momento sabiendo que era más que probable que Clark lo rechazara. Pero aún así fue en busca de Clark. Se lo debía a ambos. La puerta del edificio se abrió. Bruce levantó la vista. Clark estaba ahí, en el marco de la puerta, con el pelo revuelto y una camiseta vieja. Sin zapatos. Sin chaqueta. Sin nada que lo protegiera del frío. Estaba llorando. —Soy un estúpido, Bruce, porque no es tarde. Creo que nunca va a ser tarde. Bruce no lo pudo soportar y corrió a abrazar a Clark. —Me mudé a Metrópolis —dijo. —¿Qué? —Compré un departamento para ambos. Quiero estar contigo. Gracias por esperarme. No sé cómo ni qué hacer para compensarte. No sé... ¿Quieres que vivamos juntos? —¿Compraste un departamento? —dijo Clark separándose. Bruce entró en pánico. —¿Querías elegir uno juntos? Podemos comprar otro si el que elegí no te gusta. —No es eso... —¿No quieres vivir juntos? Tiene sentido, no quería asumir... —No. No compraste un departamento para ambos así, como si nada. ¿Qué pasaba si decía que no? —Decías que no... Kent, no voy a pedirte disculpas por tener dinero —dijo Bruce—. Ya tenemos bastantes problemas. Clark soltó una risa corta. Involuntaria. —No puedo creer que te extrañara tanto. —Yo no puedo creerlo tampoco. —Pero antes de todo, necesito mi reloj de vuelta. Bruce parpadeó. —El reloj de tu padre. El que me robaste. Lo quiero de vuelta. —Está en Gotham —dijo Bruce. —Pues tráelo —dijo Clark—. Cuando lo tengas, hablamos de cómo y cuándo recuperas nuestro tatuaje antes de mudarnos juntos. Bruce asintió lentamente y caminó de vuelta a su auto. —¿Qué haces? —¿Voy por el reloj? —Bruce —Clark lo tomó de la mano, lo obligó a acercarse a él y después lo besó. Con pasión, con amor, con lentitud, con todo—. No seas tonto, no vas a ir ahora. Ahora te vas a quedar conmigo. No creas que te voy a perder de vista. Bruce lo miró como idiotizado y sonrió. Era el hombre más feliz y no podía creer la suerte que tenía. Aún era amado. No había nada más importante que eso.
1 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección