El verano en que prometimos todo

Slash
G
Finalizada
1
Tamaño:
24 páginas, 7.360 palabras, 5 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
1 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Capítulo 4

Ajustes
Bruce cruzó la calle sin mirar el tráfico. Los autos se detuvieron. Nadie pitó. Como si todos los conductores de Gotham reconocieran a ese chico de gabardina negra y supieran que la ciudad le pertenecía. O al menos, que él le pertenecía a ella. —Ven conmigo —dijo Bruce extendiendo la mano hacia él. Clark negó con la cabeza. —No creo que… —Por favor —lo interrumpió Bruce, y esa palabra sonó tan extraña en su boca que Clark sintió un escalofrío—. Por favor, Clark. Acompáñame. Necesito hablar. Clark no quería. Por todo el tiempo que había pasado y todo lo que Bruce le había hecho. Pero muy en el fondo, Clark sí quería. Necesitaba escuchar. Necesitaba entender. Necesitaba saber por qué el hombre que le había jurado "esto es para siempre" lo había dejado sin una sola palabra. Bruce no merecía explicarse. Eso también lo sabía Clark. Después de todo lo que había hecho, no merecía ni un minuto de su tiempo. Y sin embargo, Clark asintió. —Está bien —dijo, con la voz más fría de la que se creía capaz—. ¿A dónde quieres ir? ---- Bruce lo llevó a una cafetería pequeña, escondida en una calle lateral que Clark no habría encontrado solo. Era un lugar viejo, con ventanales empañados y sillas de madera que crujían. Olía a café recién hecho y a pan tostado. No había casi nadie. Bruce eligió una mesa en el fondo, junto a la ventana. Clark se sentó enfrente. No quería estar a su lado. No quería ninguna cercanía. Un mesero se acercó. Bruce pidió café para los dos sin preguntarle a Clark. Y Clark no se quejó. No iba a distraerse discutiendo por algo tan pequeño. —Habla —dijo Clark, cortante. Bruce no lo miró de inmediato. Miró el café. Miró la ventana. Miró cualquier cosa que no fuera Clark. Cuando empezó a hablar, lo hizo despacio. Como si cada palabra pesara. —Esa noche, la que me fui, no pude dormir. Te vi durmiendo y empecé a darle vueltas a eso que no podía sacarme de la cabeza. —¿El qué? —preguntó Clark. —En ese hombre que te miraba el reloj. Clark alzó una ceja, porque él apenas y recordaba ese momento. No podía verle la importancia suficiente a ese suceso que hizo que Bruce decidiera abandonarlo. —Mi madre tenía un collar puesto cuando la mataron —continuó Bruce, con una voz que sonaba mecánica—. No era el collar más caro que tenía. Pero alguien lo vio. Y por ese collar, mis padres murieron en un callejón. Clark sintió un nudo en la garganta. —Ese reloj que te regalé —dijo Bruce—, el de mi padre, no es un collar. Es peor. Es una pieza de museo. Cualquier persona con malas intenciones que te vea en la calle puede saber que ahí hay dinero. Y tú lo usabas a todas partes. Y yo te convertí en un objetivo. —Nunca pasó nada —dijo Clark. —Pero pudo haber pasado —respondió Bruce, levantando la voz por primera vez. Luego la bajó, consciente de que estaban en público—. E iba a ser mi culpa. No podía pensar en otra cosa. Además me iba, pero incluso si o me fuera, no iba a mantenerte encerrado. Podía tomar el reloj, pero después ¿qué iba a ser? Iba a ser que estabas conmigo y a alguien podría hacerte algo para llegar a mi. Si me quedaba, iba a seguir dándote cosas, pero aunque no te las diera, iba a seguir poniéndote en peligro, iba a seguir sin poder protegerte. —No te pedí que me protegieras. —Lo sé —dijo Bruce—. Eso es lo peor. Tú nunca me pediste nada. Solo me pediste que me quedara. Y yo no pude. Clark apretó la taza de café con más fuerza de la necesaria. —Entonces te fuiste. Me robaste el reloj. Cambiaste de número. Te borraste el tatuaje. Todo en una noche. —No todo en una noche —corrigió Bruce—. El tatuaje me lo borré a los días. Fui al centro de láser con cita previa. Literalmente tuve que esperar una semana para que me lo quitaran. Clark soltó una risa amarga. —¿Una semana? ¿Te tomó tanto tiempo? Bruce detectó el sarcasmo. —Pensé en llamarte todos los días. Quería llamarte. Quería decirte que lo sentía. Quería volver a Smallville y arrodillarme y pedirte perdón. —¿Y por qué no lo hiciste? —Porque tenía miedo. —Esa palabra ya no significa nada, Bruce —dijo Clark, con cansancio—. Todos tienen miedo. Yo también tuve miedo cuando desapareciste. No significa que tengas derecho a huir. Bruce asintió. Se quedó callado un momento. Cuando volvió a hablar, su voz era más baja, más íntima, como si estuviera confesando algo que nunca había dicho en voz alta. —Después de irme, me di cuenta de que estaba obsesionado. No contigo. Con protegerte. Pero de una forma enferma. Cada vez que salíamos, yo estaba vigilando. Cada vez que alguien se te acercaba, yo evaluaba si era una amenaza y sentía pánico. Y eso no es amor, Clark. Eso es paranoia. Eso es… un problema. Te agarré del brazo y te saqué de ahí como si fueras un niño. En cómo no te había preguntado qué querías. En cómo había decidido por ti. Clark parpadeó. No esperaba eso. —No sé qué decirte. Siempre decidías por mí —dijo Clark. —Lo sé —respondió Bruce—. Me di cuenta de que no estoy bien. La gente que te quiere confía en ti, y yo no lo hice. No confié en que podías cuidarte solo, evaluar los riesgos, ni decidir como el adulto que eres si querías estar conmigo a pesar de todo. —¿Fuiste al psicólogo? —preguntó Clark. Bruce levantó la vista, sorprendido. —¿Cómo lo sabes? —Porque suenas como alguien que ha estado en terapia. Hablas de "tomar decisiones por otros" y "confiar en el otro". Eso no se te ocurre solo. Bruce soltó una risa sin humor. —Sí. Voy. Desde que volví a Gotham. Alfred me obligó. Dijo que no podía seguir así. Que me estaba autodestruyendo. —¿Y funciona? Bruce tardó en responder. Miró la ventana, el vidrio empañado, las luces grises de la calle. —No lo sé —admitió—. La psicóloga dice que tengo un trastorno de apego. Clark mi cabeza no funciona bien aún.... —Entonces, ¿por qué volviste a hablar conmigo hoy? —preguntó Clark agudamente—. Si sabes que vas a huir otra vez, ¿por qué cruzaste la calle? Bruce lo miró a los ojos. Por primera vez en toda la conversación, no desvió la mirada. —Porque cuando te vi en la calle, se me olvidó todo. Te necesito. Clark sintió que el pecho se le encogía pero terminó por suspirar. —Pero aún no estás bien ¿verdad? —preguntó—. ¿Vas a volver a desaparecer? Bruce se quedó callado. Largo rato y después se sinceró. —Voy al psicólogo dos veces por semana. Tomo medicación para la ansiedad. He mejorado en algunas cosas. Pero no he mejorado realmente. Sigo teniendo pesadillas. Sigo pensando que todos los que quiero van a morir. Sigo queriendo huir cuando las cosas se ponen serias. La única diferencia es que ahora sé que eso está mal. Pero saberlo no significa que pueda cambiarlo. Puedo intentarlo. Pero no sé si quieras intentarlo conmigo, ya te hice daño, entiendo si no crees que valga la pena. —No he podido olvidarte —dijo Clark. Bruce levantó la vista. Sus ojos estaban vidriosos. —¿Lo intentaste? —Todos los malditos días —respondió Clark—. Pero tampoco sé si puedo confiar en ti o siquiera si quiero volver a intentarlo. —Lo entiendo. Clark se levantó de la mesa. Dejó unas monedas para pagar su café, aunque Bruce iba a pagar igual. —No te voy a perdonar hoy —dijo—. Ni mañana. Quizá nunca. —Lo sé —dijo Bruce. —Pero no voy a desaparecer. No como tú. Si quieres hablar, llámame. De verdad, no con un número que cambias a los dos días. Y si no quieres, entonces no lo hagas. Pero no me vuelvas a hacer creer que existes y luego te esfumes. Bruce asintió. No dijo nada más.
1 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección