Capítulo 3 | La duquesa de Ross
1 hora y 21 minutos hace
Darius estaba tan concentrado en sus notas, que no se dio cuenta de que la mañana ya estaba muy avanzada. De no ser porque alguien llamó a su puerta quizá se habría quedado allí todo el día.
—¡Señorito Darius...! —Era Samantha, una de las doncellas de la casa—. Su gracia, la Duquesa, desea verlo. Está preocupada porque usted no bajó a desayunar.
—¡Espera un poco! —le pidió.
Se apresuró a soplar sobre la tinta para que se secara. Tras comprobar que no manchaba, dobló el papel y lo guardó entre las páginas de su diario. Se tomó un momento más para asegurarse de que estaba presentable, y luego fue a abrir la puerta.
No hubo tiempo de intercambiar saludos. Siguió a Samantha en dirección al comedor.
La casa... mansión, le parecía más grande de lo que recordaba. O quizá era solo su impresión por haber vivido veinte años en un departamento diminuto de una de esas atestadas ciudades modernas. No había vuelto a pisar una residencia parecida a la mansión de la familia Ross desde que había partido a la batalla final de la que no regresó.
Todo a su alrededor le despertaba recuerdos preciosos que había olvidado hacía mucho. La casa entera había ardido durante la guerra. Todos sus habitantes, incluidos sus padres y los sirvientes, murieron.
El solo pensar que volvería a ver a su madre le causó un nudo en la garganta. Tuvo que usar todo su autocontrol para no hacer algo que llamara la atención y despertara sospechas de qué no era el mismo Darius que se había ido a dormir impaciente la noche anterior.
Su madre, la duquesa Joyce Ross, era una mujer refinada y correcta. Al igual que su padre, era parte de la Orden de los Caballeros Sagrados de la Luz. Aunque ya no participaba activamente en las batallas, dedicándose a la administración del ducado. Muy diferente de otros nobles retirados que preferían pasar el tiempo en bailes y demás celebraciones decadentes.
En realidad, ahora que recordaba eso, notó que la situación actual del Imperio era muy similar a la que tenía Francia antes de que estallara la revolución.
La gran diferencia era que no había un movimiento ilustrado. Al menos no en el mismo sentido que en Europa durante el siglo XVIII. El Imperio siempre tuvo a la Diosa de la Luz como su mayor símbolo. Por tanto, el movimiento que pretendió llevar a cabo la revolución tomó a la oscuridad y al caos como símbolos. Y, más allá de su consigna de liberar la magia, poco sabía de cuáles eran realmente sus intenciones.
La verdad era, admitió para sí mismo, que no sabía nada de ellos... salvo que se opusieron al Imperio y la Diosa de la Luz ordenó que murieran. No fue hasta que Lisandra se unió a ellos que comenzó a afirmarse entre los nobles y la Iglesia que la supuesta liberación de la magia en realidad significaba apropiársela para sí mismos.
Llegaron a las puertas del comedor y Samantha llamó.
—Su Gracia, el señorito Darius está aquí.
—Adelante...
Darius sintió a su corazón latir con fuerza al escuchar la voz suave aunque firme de su madre. Respiró un par de veces, tratando de empujar su nerviosismo. Necesitaba contenerse a fin de no despertar sospechas.
Las puertas dobles del comedor se abrieron y fueron recibidos por una mesa en la que fácilmente cabían unas cuarenta personas.
—Buenos días, madre —saludó Darius, tratando de regular su voz lo más posible.
—Buenos días a ti también, querido, y ¡feliz cumpleaños! —Luego, se dirigió a Samantha—. Puedes retirarte.
La doncella hizo una pequeña reverencia ante la duquesa, luego ante el heredero y salió.
Darius avanzó hacia su madre mientras las puertas se cerraban detrás de él.
La duquesa de Ross le dedicó una larga mirada a su hijo. Darius se detuvo, sabiendo que estaba evaluando su comportamiento y su vestimenta. Todavía faltaban varias horas hasta que la fiesta comenzara, pero debía mantener la dignidad ahora que estaba punto de ser reconocido por la sociedad.
—Te saltaste el desayuno —dijo la duquesa. No había reproche en sus palabras—. Hoy es un día muy importante, así que imagino que no dormiste mucho anoche.
—En realidad, me levanté temprano. Yo solo... perdí la noción del tiempo.
Su madre enarcó una ceja.
—Hice lo que papá me sugirió. Ya sabes, mantener un diario detallado de lo que hago, como un registro por si la memoria falla.
Su madre sonrió, negando un poco con la cabeza.
—Y ¿por eso te saltaste una comida? Alimentar tu cuerpo es tan importante como alimentar tu mente y tu espíritu.
La duquesa le indicó que se sentara junto a ella. Tomó una campanilla y la hizo sonar. En poco tiempo los sirvientes colocaron un suntuoso plato de fruta, pan, queso y mantequilla frente a él.
—Hoy es un día muy importante —remarcó su madre una vez más—. Me atrevo a decir que es la fecha más importante en tu vida antes de tu boda.
Darius recordó las palabras de la falsa Lisandra: mostrar la mercancía para que las pujas de la subasta puedan comenzar. En su primera vida nunca pensó en lo jodido que era ese sistema.
«Cuando formas parte de algo que es tradición y no conoces nada más, rara vez lo cuestionas», pensó.
Ahora tenía la experiencia de haber vivido en un mundo donde la nobleza era prácticamente inexistente. Uno en el que, en teoría, todos podían aspirar a subir la escalera social hasta lo más alto mediante educación, esfuerzo y los contactos correctos. Por tanto, ya tenía las herramientas para cuestionar el funcionamiento de este mundo.
En cuanto Darius terminó de comer, su madre se levantó de la silla y le hizo una señal para que la siguiera.
—Necesitamos repasar lo importante que es hoy para la familia y para el Imperio. ¿Sabes quién estará aquí hoy?
—Los otros cuatro grandes duques y sus familias... También vendrán las familias de marqueses, algunos condes y uno de los señores de la frontera.
«Y Elizabeth también estará aquí», agregó para sí mismo en su mente.
—Así es —asintió su madre—. Sin embargo, esto no es solo una reunión social. Se los estará observando y evaluando todo el tiempo.
«Y basándose en lo que vean, muchos de ellos comenzarán a tantear el terreno en busca de un posible contrato matrimonial», pensó sin decirlo.
Llegaron al despacho de su padre. La duquesa llamó.
—Adelante...
Darius tuvo que usar todo su autocontrol para no llorar cuando escuchó la profunda voz de su padre.
En su vida en el mundo moderno tuvo una madre amorosa que hizo su mejor esfuerzo pese a las adversidades. Además, tenía la seguridad de que, si la duquesa Joyce Ross hubiera conocido a aquella buena mujer, habrían sido buenas amigas.
Respecto a un padre, no hubo tal en esa vida. Por eso el duque Jacob Ross era la única figura paterna que había conocido. Un hombre justo que luchó hasta el último momento sin traicionar sus ideales ni su sentido del deber. El solo pensar que tendría que traicionarlo, hacía que Darius deseara que existiera una manera de resolver todo eso sin que la guerra estallara.
Mientras pensaba eso, la puerta se abrió. Darius tomó aire y se preparó para ver vivo a su padre por primera vez en décadas.