¡De héroe a villano! Tras renacer, elijo unirme a la facción de la villana

Het
PG-13
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1
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planificada Maxi, escritos 11 páginas, 4.115 palabras, 4 capítulos
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Capítulo 2 | La decisión de Darius

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El ente tenía razón. Darius había regresado al punto exacto en que, sin saberlo, había comenzado a recorrer el camino que llevaría a la muerte de su familia y su propio auto sacrificio. —¡No! —gritó—. ¡Me niego a repetir los mismos errores! Se levantó de la cama y corrió hacia su armario. La chica lo miró con un brillo divertido en sus ojos. —Sí, ese es el objetivo —le recordó. Darius no dijo nada, mientras tomaba un conjunto de ropa adecuado para un día como ese. No estaba seguro de si fue el que usó en ese mismo cumpleaños la primera vez, pero eso no importaba. —Aún tengo dos años —dijo. —¿Dos años? ¿Para qué? —Dos años, antes de que se firme el contrato matrimonial entre la familia Ross y la familia Imperial. Así que puedo evitar que Elizabeth se convierta en mi prometida. Se metió detrás de un biombo para cambiarse de ropa. —Eso es… un giro interesante. ¿No la amabas? Darius se detuvo. Apretó las manos arrugando el saco que sostenía. —Yo… Sí, la amaba. Quizá todavía lo hago… Pero… A su mente llegó la imagen final del juego. Su prometida, la princesa Elizabeth, sentada en el trono del imperio, sonriendo con triunfo. Y la frase en la pantalla: «Gracias, mi leal caballero. Has cumplido tu papel en esta historia al pie de la letra. El caos ha sido vencido. La luz triunfó. El mundo puede renacer. Es mi victoria...» Sacudió la cabeza. —No importa. Ahora mismo, hay dos cosas que debo hacer: evitar a toda costa el compromiso con Elizabeth... y acercarme a Lisandra. Terminó de vestirse y salió para mirarse al espejo. Sus ojos verdes le devolvieron una mirada de determinación. —Hoy no es solo mi cumpleaños —recordó—. El octavo cumpleaños es muy importante para los nobles de este mundo. Es el día en que se presenta a un niño ante la sociedad. —¡Oh, cierto! —recordó el ente—. El octavo cumpleaños es cuando muestran la mercancía para que los otros nobles estirados comiencen a pujar en la subasta. Darius se estremeció. —No tienes por qué ser tan… Pero el Ente lo interrumpió: —¿Vas a negarme que eso es? Darius suspiró, resignado. En cierta manera, el Ente tenía razón. —No importa —dijo—. Pueden ofertar lo que quieran. Mis padres no eligieron por mí la última vez… —No, la princesa lo hizo. ¡Y caíste directo en la trampa! —¿Es necesario que seas tan directa? —Sí, lo es. Las cosas se dicen cómo son, sin endulzar. Si no, puedes terminar igual que la última vez. Darius la miró, molesto, pero no dijo nada. En lugar de eso, caminó hacia su escritorio. Abrió un cajón y sacó el separador de páginas que había fabricado con su abuela cuando tenía seis años. La última vez se lo había obsequiado a Elizabeth. En realidad, ella nunca lo usó. Solo se acordó de él más tarde, cuando le encontró utilidad como uno de los pequeños objetos que misteriosamente desaparecieron de su habitación y aparecieron en la de Lisandra. —Eso es… —dijo la chica reconociendo el objeto—. Tu abuela te dijo que se lo dieras a tu futura esposa. Una especie de tradición familiar de su familia materna, los Mateus. —Sí. No sé cómo sabes eso, pero sí, eso es verdad. —Dime, ¿qué pretendes hacer exactamente con eso? —preguntó con suspicacia. Darius guardó el separador en su diario. Nunca salía de su habitación sin él, así que eso le facilitaría mucho las cosas. Otra tradición familiar: mantener un registro de todo. Nunca se sabe que puede ser importante más tarde. —Hoy no solo es mi cumpleaños número ocho y mi fiesta de presentación. También es el día en que conoceré a Lisandra Blackwood. La chica lo miró, sorprendida. —¿Vas a…? —Sí. Hoy me aseguraré de que Lisandra Blackwood se convierta en mi prometida. Esa era la mejor manera de estar cerca de ella. No iba a engañarse, se sentía un poco mal por hacer eso cuando no tenía sentimientos románticos por la chica, una niña en esos momentos. Por lo menos tampoco la odiaba, pese a que habían sido enemigos. Hacía ya un tiempo que había aceptado que ambos no habían sido más que piezas en el ajedrez divino de los dioses. «Es algo normal de este mundo», se dijo. «Los matrimonios son alianzas políticas. Noventa por ciento de ellos no tienen nada que ver con el amor». La chica con la forma de la Lisandra adolescente lo miraba con un gesto indescifrable. —Solo te diré una cosa al respecto, Darius Ross: si rompes su corazón, yo misma me aseguraré de que mueras. Hecha esa amenaza, la falsa Lisandra se levantó, caminó hacia la puerta de la habitación y desapareció. Darius se quedó solo en su pieza con cientos de preguntas y planes formándose en su mente. Lo primero: hacer una lista mental de qué pasos seguir para poner en marcha sus planes. Su primera acción fue encontrar la forma de hacer anotaciones sobre lo que recordaba y sobre sus planes. La mayoría de los personajes Isekai de las novelas y juegos que conoció en su segunda vida en la Tierra hacían eso. Tuvo que admitir que era una buena idea. La memoria humana no es tan confiable como nos gusta creer. El problema es que no estaba seguro de que tan bien funcionaría en su situación. —Malditos escritores flojos —masculló—. ¡No pudieron inventarse otros idiomas! Ese mundo tenía los mismos lenguajes que la Tierra... Casi como si fuera una versión de la Tierra que nunca llegó a superar el absolutismo europeo. ¿Cómo iba a hacerlo, cuando los nobles tenían el favor de unos dioses completamente tangibles que estaban dispuestos a destruir el mundo entero solo para mantener el status quo? —La mejor opción es el cifrado —decidió. Se sentó en su escritorio, tomó un royo de papel y una pluma y comenzó a escribir. Todas esas horas buscando las respuestas a los mensajes ocultos de Gravity Falls por fin servirían para algo más que discutir con gente en los foros de internet. Usaría lo que aprendió de eso para crear un sistema de cifrado con el que ocultar sus notas.
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