Capítulo 1
21 de junio de 2026, 0:59
Dipper Pines caminaba por los pasillos del instituto Gravity Falls, con la cabeza gacha y los auriculares puestos, aunque no reproducían nada, solo los usaba para fingir que no escuchaba los susurros.
—¿Viste lo que lleva hoy? ¿Otro cuaderno viejo?
—Mi prima dice que lo vio hablando solo en el bosque el sábado.
—Es raro, ¿no? Pero como... raro-raro.
Dipper apretó el puño alrededor de la correa de su mochila y siguió caminando. Ellos no entienden. Nadie entiende.
No es que él quisiera ser diferente. Simplemente lo era. Cuando otros chicos de su edad veían fútbol, él veía documentales sobre criaturas críptidas. Cuando hablaban de chicas, él hablaba de la posibilidad de vida interdimensional. Cuando planeaban fiestas, él planeaba expediciones nocturnas al bosque en busca de duendes.
—¡Dipper! ¡Espera!
La voz de Mabel lo sacó de sus pensamientos. Su hermana gemela apareció a su lado con una sonrisa radiante, el cabello recogido en un moño rosa y un suéter con brillantina que parecía haber explotado en el arcoíris.
—¿Qué haces? —preguntó ella, enganchando su brazo al de él—. Te he estado llamando desde el otro lado del pasillo. Cómo es que no me escuchas cuando seguro otra vez traes los auriculares puestos sin música.
—Es una técnica de supervivencia —murmuró Dipper—. ¿Qué quieres?
Mabel se encogió de hombros. —Nada. Solo quería asegurarme de que estás bien. Anoche no llegaste a cenar hasta tarde y no nos vimos; y hoy me dejaste porque saliste muy temprano.
Dipper sintió que su rostro se relajaba un poco. Mabel era la única persona en el mundo que no lo juzgaba por sus rarezas. La única que entendía que cuando él decía que había visto una criatura con ojos de fuego entre los árboles, no estaba mintiendo ni exagerando. Estaba diciendo la verdad.
—Había un rastro extraño —admitió en voz baja—. Cerca del arroyo. Lo vigilé anoche y hoy por la mañana. Creo que podría ser un...
—¡Pines! —una voz resonó detrás de ellos, cortante y burlona—. Veo que aún no sigues mi recomendación de ir al psiquiatra.
Dipper se congeló. Conocía esa voz. La odiaba. La temía. Y, para su absoluta vergüenza, la recordaba demasiado bien porque también le atraía.
Bill Cipher apareció por detrás de ellos como si hubiera salido de la nada, flanqueado por dos de sus amigos, que no eran más que sombras sonrientes a su alrededor. Bill era todo lo que Dipper no era: alto, atractivo en ese modo despreocupado que parecía no esforzarse, vestido con ropa de marca que probablemente costaba más que su computadora. Su cabello rubio era un desastre perfectamente calculado y sus ojos, de un azul tan claro que parecían casi grises, brillaban con una malicia que Dipper conocía demasiado bien.
—Cipher —dijo Dipper con un tono plano, tratando de que su voz no temblara—. Días sin molestarme: cero.
Bill sonrió. Era una sonrisa que había perfeccionado para los medios y las fotos del anuario, pero Dipper sabía que detrás de ella había algo más afilado.
—¿Por qué iba a dejar de molestarte? —Bill dio un paso adelante. Los dos amigos se quedaron atrás, mirando con esa mezcla de diversión y aburrimiento de quienes han visto esa obra muchas veces—. Eres el único entretenimiento en esta escuela, Pines. El resto son todos iguales. Pero tú... tú, aparte, alucinas con fantasmas y unicornios.
Las últimas palabras las dijo con un énfasis que hizo que algunos estudiantes cercanos giraran la cabeza. Dipper sintió que sus mejillas se calentaban.
—Déjalo en paz, Bill —intervino Mabel, parándose frente a su hermano con los puños en las caderas—. ¿No tienes algo mejor que hacer? ¿Como mirarte al espejo o contar tu dinero?
Bill la ignoró por completo. Su mirada estaba fija en Dipper, atravesándolo como si Mabel no existiera.
—Oye, Pines —dijo, inclinando la cabeza—. Mi papá sigue de viaje. La casa estará vacía todo el fin de semana. Voy a hacer una fiesta el sábado. ¿Vienes?
Dipper parpadeó. —¿Una fiesta? —repitió, sin poder ocultar su confusión.
—Sí. Ya sabes. Música. Gente. Bebidas. Lo que la gente normal hace los fines de semana —Bill sonrió con suficiencia—. Podrías conocer a alguien. O al menos fingir que tienes vida social. Aprender a ser normal.
Los amigos de Bill soltaron una risita. Dipper sintió el peso de las miradas de los estudiantes que pasaban a su alrededor. Algunos se detenían a mirar, curiosos.
Dipper no quería ir a una fiesta. No quería estar en una casa llena de gente que lo miraría como si fuera un bicho raro. No quería estar cerca de Bill, que lo invitaba con esa sonrisa que parecía decir "te estoy haciendo un favor", para que luego, si iba, lo humillara frente a todos.
Ya había planeado su fin de semana. Tenía un mapa del bosque con marcas en los lugares donde había visto actividad extraña. Había empaquetado su linterna, su libreta de notas, su brújula y un par de bocadillos.
Bill lo miró con expectativa, una ceja levantada. —Entonces —insistió—. ¿Vienes o no?
Dipper tragó saliva. Podía sentir a Mabel tensa a su lado, lista para intervenir. Podía sentir a todos mirándolo.
—No —dijo.
Bill parpadeó. —¿Qué?
—Dije que no —repitió Dipper, con voz más firme de lo que esperaba—. No voy a tu fiesta. Tengo planes.
Los ojos de Bill se entrecerraron. La sonrisa se desvaneció un poco. —¿Planes? —repitió, como si la palabra fuera un insulto—. ¿Qué clase de planes, Pines? ¿Ir a perseguir hadas al bosque?
—Sí, en realidad —dijo Dipper, y por primera vez, no se sintió avergonzado al decirlo—. Prefiero "alucinar" que siquiera estar cerca de ti. Eres aburrido, vacío e insoportable.
El silencio fue absoluto por parte de todos menos de Mabel, quien soltó un suave "Oof".
Bill parpadeó. —Te estoy dando una oportunidad de ser normal. ¿Y la rechazas?
—Me rompería un hueso si eso me asegurara no tener que verte jamás.
Dipper sintió su corazón latir con fuerza. No podía creer que hubiera dicho eso. No podía creer que le hubiera hablado así a Bill. Sentía que Bill iba a cumplir su deseo y le rompería un hueso.
Bill se quedó mirándolo fijamente. Sus ojos azules se habían vuelto fríos. —Bien —dijo, y su voz era suave. Demasiado suave—. Que te diviertas, Pines.
Sin añadir nada más, se dio la vuelta y se fue, seguido por sus amigos, que lanzaron miradas confusas por encima del hombro.
Dipper exhaló.
—Dipper —susurró Mabel, tirando de su manga—. ¿Estás bien? Eso fue... increíble. Pero también fue muy estúpido, porque se veía muy enojado. Va a ponerse peor...
—Lo sé —dijo Dipper, pasándose una mano por el cabello—. Lo sé.
Pero no podía arrepentirse y regresar el tiempo.
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El resto del día transcurrió sin incidentes. Dipper logró esquivar a Bill en los pasillos y se concentró en sus clases, aunque su mente seguía divagando hacia el bosque y hacia la criatura que estaba seguro de haber visto la noche anterior.
Pero no podía dejar de pensar en Bill. En la forma en que lo había mirado cuando le dijo que no. Estúpido Bill. ¿Por qué le importa tanto que vaya a su fiesta? ¿Qué broma tenía planeada? ¿Cambiaría sus planes y lo atacaría en la escuela?
Las preguntas lo persiguieron hasta la salida.
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El martes, Bill volvió a aparecer.
Esta vez fue durante el almuerzo. Dipper estaba sentado en su mesa habitual, hojeando un libro sobre símbolos antiguos, cuando una sombra se proyectó sobre sus páginas.
—Pines.
Dipper levantó la vista. Bill estaba de pie frente a él, con una bandeja de comida en las manos. Estaba solo.
—¿Qué quieres, Cipher? —preguntó Dipper, cerrando el libro.
Bill dejó la bandeja en la mesa y se sentó frente a él. Dipper sintió que todos los ojos del comedor se posaban sobre ellos.
—He estado pensando —dijo Bill, jugando con un tenedor—. La fiesta fue un mal plan. Demasiada gente. Demasiado ruido. Pensé que estaba siendo... considerado, invitándote. Pero no claramente.
Dipper arqueó una ceja.
—¿Considerado?
—Sí. Pensé que necesitabas socializar un poco. Pero luego me di cuenta de que tal vez lo que necesitas es un ambiente más tranquilo —Bill sonrió. No era su sonrisa arrogante de siempre. Esta era más suave y calculada—. Mi casa tiene una biblioteca increíble. Libros antiguos. Algunos de ellos son... bueno, no sé si te interesarían. Hablan de cosas raras. Símbolos. Críptidos.
Dipper se quedó paralizado. —¿Estás hablando en serio?
—Completamente —Bill inclinó la cabeza, y su cabello rubio cayó sobre su frente—. Podrías venir después de clases. Te enseñaría la colección. Podríamos hablar. De lo que sea que te guste.
Dipper sintió que su corazón daba un vuelco. Libros antiguos. Símbolos. Críptidos. Era todo lo que siempre había querido. Era una trampa, seguro. Tenía que serlo. Bill no podía estar hablando en serio. Su voz era demasiado melosa. El brillo en sus ojos decía que tenía intenciones ocultas.
—Suena… interesante, pero no puedo —dijo—. Tengo cosas que hacer.
Bill parpadeó. La sonrisa se desvaneció lentamente. —¿De verdad? —preguntó, y su voz había perdido todo rastro de calidez—. ¿Vas a elegir cuales sean tus planes? ¿Antes que a mí? ¿Estás seguro de que hay algo más importante que yo?
Dipper frunció el ceño.
—No es una competición, Bill. Solo tengo prioridades.
Bill se quedó mirándolo un largo momento. Luego, sin decir una palabra, se levantó, tomó su bandeja y se fue.
Dipper entonces pensó que Bill estaba siendo demasiado paciente, pero al mismo tiempo muy insistente. Eso significaba que la broma que le tenía planeada era tan terrible que hacerla en la escuela seguro le traería problemas.
Un escalofrío recorrió la espalda de Dipper. No podía, bajo ninguna circunstancia, quedarse solo con Bill.
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El miércoles, Bill intentó por tercera vez.
Estaba en la entrada del instituto, apoyado contra la pared con su uniforme impecable, cuando Dipper llegó. Lo interceptó antes de que pudiera pasar.
—Pines —dijo, y su voz tenía un tono diferente. Más serio—. Escucha. Quiero que vengas conmigo este fin de semana. A donde sea. Lo que sea. Dime qué quieres hacer y lo haremos.
Dipper se detuvo. Miró a Bill. Sus ojos azules estaban fijos en él, intensos, casi desesperados.
¿Qué le pasa a este tipo?
—Bill —dijo Dipper, sintiéndose extrañamente incómodo—. No entiendo por qué insistes. No voy a caer en tu trampa. Puedes creer que estoy loco, pero no soy tonto. ¿Entiendes?
—No es ninguna trampa —dijo Bill rápidamente—. Solo quiero pasar tiempo contigo. ¿Está tan mal?
Dipper abrió la boca para decir que sí, que estaba mal, que era raro, que no quería tener nada que ver con él.
Pero las palabras no salieron porque por un estúpido momento consideró decir que sí. Bill era insoportable, pero también atractivo, y ¿qué tal si decía la verdad? ¿Qué tal si solo quería conocerlo? ¿Qué tal si Bill se cansaba de insistir y nunca más lo volvía a invitar?
Pero luego recordó que Bill era un bully y que claramente sus palabras no eran sinceras.
—Sí, está mal porque yo no quiero pasar tiempo contigo —dijo finalmente—. Estoy bien así. Gracias.
La cara de Bill se endureció. Todo el fingido entusiasmo que había mostrado se evaporó, dejando solo algo frío y afilado.
—¿Estás bien así? —repitió, y su voz era un susurro peligroso—. Eres un patético, sin amigos, pobretón, que solo dice estupideces en voz alta y como si estuviera orgulloso de ellas. Tú no estás bien y no lo entiendes. ¿Cómo te atreves a decirme que no?
—Bill, basta...
—No —Bill dio un paso atrás. La sonrisa que apareció en su rostro no era la de antes. Era cruel. Vengativa—. Solo quería ser amable contigo. Por alguna estúpida razón, pensé que podías ser interesante. Pero ya veo que solo eres un raro que no sabe cuándo le están haciendo un favor.
Dipper no pudo contestar, pues Bill lo tomó del cuello de la playera y lo empujó hacia atrás, haciendo que se golpeara contra la pared detrás de él. Después se fue.
Hasta ese momento Bill solo lo había insultado verbalmente, jamás se había puesto físico con él, así que la acción lo tomó desprevenido.
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El jueves, comenzaron a correr rumores.
Dipper los escuchó mientras caminaba hacia su clase de historia. Un grupo de chicas susurraban a su paso.
—¿Has oído? Dicen que vieron a Dipper Pines besando a un árbol. Y hay un vídeo de él frotándose contra el tronco. Como un animal en celo.
—Ugh, qué asco.
Dipper apretó los dientes. Bill. Tiene que ser Bill.
No le importaban los rumores que decían que hacía círculos de sal a media noche o que hacía cánticos en el bosque porque eran parcialmente verdad y ya estaba acostumbrado. Pero los nuevos rumores le daban un giro degradante a todo. Decían que se bañaba en excremento y no solo que se masturbaba frotándose contra árboles sino contra algunos animales.
Sabía que no era verdad, pero le era imposible no sentirse humillado cada vez que pasaba por los pasillos y sentía las miradas con más intensidad y los dedos señalando; escuchaba los murmullos y las risitas disimuladas.
No le importaba. No le importaba. No le importaba.
—¡Pines!
La voz de Bill resonó detrás de él. Dipper no tuvo tiempo de reaccionar antes de sentir una mano agarrarlo del cuello y estamparlo contra los lockers.
El metal frío presionó contra su espalda. Dipper soltó un jadeo, aturdido, mientras Bill se colocaba frente a él, tan cerca que podía sentir su aliento.
—Hola, Pines —dijo Bill, con una sonrisa que era todo dientes—. ¿Cómo estás hoy? ¿Aún bien?
Dipper intentó apartarlo, pero Bill era más fuerte de lo que parecía. Sus dedos soltaron su cuello, pero se enredaron de inmediato en su cabello, tirando de él con una suavidad que no encajaba con la violencia del movimiento.
—Suéltame —siseó Dipper.
—No quiero —Bill inclinó la cabeza, y sus ojos se fijaron en la marca de nacimiento en la frente de Dipper, visible ahora que su cabello estaba apartado—. Siempre me ha gustado esa marca. Es rara, como tú.
Dipper sintió que su corazón latía con fuerza. No podía moverse. No podía pensar. Bill estaba demasiado cerca. Su mano estaba enredada en su cabello, sus dedos rozando su cuero cabelludo. Y sus ojos. Esos ojos azules que lo miraban con una intensidad que no podía descifrar.
—¿Por qué haces esto? —susurró Dipper—. ¿Qué ganas?
Bill sonrió. —Nada —dijo—. Solo quiero verte. ¿Está mal querer ver a alguien que insiste en ignorarme?
Dipper no supo qué responder. No podía responder. Bill estaba demasiado cerca y su olor, algo entre perfume caro y el olor del bosque, llenaba sus pulmones.
Y entonces, Dipper lo vio.
Cuando Bill inclinó la cabeza, su cuello quedó expuesto. Y allí, justo donde la mandíbula se encontraba con el cuello, había una marca. Un triángulo.
—¿Qué es eso? —preguntó Dipper, sin poder evitarlo.
Bill parpadeó. Su mano se soltó del cabello de Dipper y se llevó al cuello, cubriendo la marca. —Nada —dijo, pero su voz había cambiado. Había algo defensivo en ella—. No es nada.
—¿Tienes un tatuaje? —insistió Dipper, pero Bill ya se estaba alejando.
Dipper se quedó apoyado contra los lockers, sintiendo el latido de su corazón en las sienes. No dudaba que Bill tuviera un tatuaje, la marca tenía una silueta demasiado perfecta para ser una marca de nacimiento, aunque también estaba fusionada con su cuerpo y no parecía pintada.
Dipper se sacudió la cabeza. No podía estar pensando en eso. Bill no era importante. Bill era solo un idiota rico que se divertía molestándolo, que obviamente se haría un tatuaje y que aunque los maestros lo vieran nadie diría nada.
Pero mientras caminaba hacia su clase, la imagen del triángulo en el cuello de Bill no se iba de su mente.