Capítulo 1
22 de junio de 2026, 19:13
Alguien llama al interfono de mi piso. Descuelgo antiquísimo auricular y digo:
—¿Quién es?
—Ey, soy yo.
No se si quien lo dice es Carlos o Julio por la estática del dichoso aparato. Pero como sé que son ellos, abro el portal de abajo.
¿Es posible sentir algo, tener totalmente claro que ese sentimiento está ahí, y aún así no entenderlo?
Porque yo sé que siento algo. Se que esta ahi.
Pero no lo entiendo.
Es decir, nunca me había sentido atraído por otro hombre. Pero Julio… no se que me pasa con Julio, la verdad.
Llaman al timbre de mi puerta. Abro y allí está, tan guapo como siempre. Solo. No debería haber venido solo.
—¿Dónde está Carlos? ¿No ibais a venir los dos?
—Lo llamó su madre. Algo de su tío que no se encontraba bien. Mañana prometió contarnos todo.
Dice mientras entra por la puerta. Se está sacando el abrigo y yo no puedo evitar entrar en pánico.
Una cosa es estar con Julio cuando hay más gente. Otra cosa muy distinta es estar a solas con él. Y es que es la primera vez que pasa, y no sé cómo actuar.
Se me debe de notar en la cara, porque se detiene a medio camino del perchero y me pregunta muy serio.
—Oye, si estás incómodo solo conmigo me voy, no me ofendo.
Pues claro que no estoy cómodo contigo, si no puedo pensar en otra cosa que besarte.
—No, que va— digo automáticamente, cambiando el gesto facial a uno más normal—. Es solo que me estaba preguntado por Carlos. ¿Qué tío se puso enfermo?
—No lo sé— dijo Julio cabizbajo—. Aún no conozco mucho a su familia. No me quede con el nombre, lo siento.
—No pasa nada. Ya se pondrá en contacto con nosotros cuando todo esté bien y tenga ganas. ¿Quieres algo de beber?
—Si, gracias. Si tienes cualquier refresco fresquito, eso mismo.
—¿Fresquito? ¿En pleno invierno?
—Sí, soy así, no preguntes.
—Yo soy igual, no te preocupes. Era incredulidad por haber encontrado a otro ser humano como yo ¿De naranja?
—Mismamente.
—Oído cocina. Ponte cómodo en el salón, voy ahora.
Mientras estoy llenando dos vasos con el mismo contenido, mi mente divaga.
Hace poco que nos conocemos. Es amigo reciente de mi mejor amigo. Él lo trajo a mi vida hace unos meses.
Julio es relativamente nuevo en la ciudad. Carlos lo adoptó una noche de fiesta en la que lo encontró solo, y lo introdujo en la vida habitual de nuestro círculo de amistades.
Solo le han hecho falta unos meses para hacerme dudar de mi puñetera sexualidad.
No es un efecto espejo. Tengo más amigos gays con los que he compartido muchos años de mi vida y nunca les había dedicado una mirada la mitad de atenta de las que le dedico a Julio.
Desde luego nunca había tenido sueños eróticos con ninguno de ellos.
Me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo en la cocina, y salgo camino a donde está el objeto de mis desvelos esperando su refresco.
Veo a Julio sentando en el sofá grande. Así que yo me siento en el sillón, sin posibilidad alguna de estar directamente a su lado.
—Manu— me dice, después de un rato de silencio— ¿pasa algo? Estás un poco raro.
Como no voy a estar raro si no puedo ni mirarte a los ojos, porque me muero por verlos más de cerca y perderme en ese color miel tan bonito
—Bueno, ha sido un día algo estresante en el curro— improviso—. Combo aburrido y estresante. Nos vino un tío…
Y entonces empezamos a hablar con la soltura que ya tenemos, a pesar de llevar tan poco sabiendo quien es el otro.
Creo que es de las cosas que más me gustan de él. La facilidad con la que me hace hablar. Lo cómodo que me hace sentir.
Nos reímos durante tanto rato que me acaba doliendo la barriga. Echamos unas partidas a algunos juegos de mesa que tengo en mi colección personal.
Cuando nos damos cuenta de que es la una y pico de la mañana me mira inquisición.
—Oye Marcos. Es tarde— me dice.
—Sip.
—¿Curras mañana?
—Nop.
—¿Haces algo en especial?
—Nop.
—Yo tampoco— dice sonriendo con picardía.
Puff, cómo me pone esa sonrisa.
—¿Y qué propones?— pregunto dejando ir un pequeño gallo.
—¿Tienes alcohol?— y sonríe aún más.
Una botella de licor de melocotón fresquita después, estamos los dos algo calcados. Estoy recostado en mi sillón. Él está casi tumbado en el sofá, con la cabeza hacia mi.
Que ganas tengo de hundir mis dedos en esos rizos caoba que parecen tan suaves.
—Igual toda la botella fue mucho— digo yo.
—Igual si… igual no. Yo estoy muy agustito— responde medio enrollado en una manta suave que tengo siempre a mano.
Yo tengo un poco de frío, pero no tengo más mantas que las de cama en casa. Es o quitarle la manta (que no va a pasar porque Julio está demasiado adorable) o meterme con él bajo ella (que no debería pasar, pero me tienta).
No es tan tarde para lo derrotados que estamos. Bebimos demasiado rapido jugando un juego tonto para beber y ahora pagamos las consecuencias.
—¿Estás bien?— pregunto después de un momento demasiado largo de silencio.
—Si. Pero tengo hambre de lobo. Me comería un sandwich. De jamón York y queso.
—Que específico. Espera, que cumplo tu deseo y de paso me hago uno para mi— digo mientras me levanto con algo de trabajo.
Voy a la cocina y cuando me estiro para coger el pan me da vueltas la casa. Me repongo y voy a la nevera a por el fiambre. Coloco todo lo necesario en la encimera. Y me quedo mirando un momento por si se prepara sola la comida.
Vale, voy un poco cocido de más. Se supone que debería estar quieto, pero mi espalda parece derretida. Tengo los pies fijos en el suelo, pero mi columna juega a hacer círculos erráticos.
Cuando de pronto noto una mano a cada lado de mi cintura, me tenso. Doy hasta un saltito.
—Perdón por el susto— me dice Julio riendo—. Te vi y me pareció que te ibas a caer. Tranquilo que yo te cubro las espaldas. Hazme de comer, anda.
Joder, esta demasiado cerca. Me está tocando.
Joder, esta demasiado lejos. No siento el calorcillo de su cuerpo.
Maldigo el jersey, porque no puedo sentir bien su toque. El alcohol toma delantera y me dejo caer intencionadamente contra él.
Me apoyo en su pecho. Casi somos iguales en altura y es bastante cómodo. Sus brazos ahora me rodean con fuerza bajo el esternón y noto la reverberación de su risa en la espalda.
—Pues si que vas mal.
—Un poco— es mentira a medias.
No voy tan mal como para caerme al suelo.
Pero quizá vaya lo suficientemente mal como para hacer algo… indebido.
Aún me sujeta desde atrás.
—¿Cómo hago que te sientas mejor?
—Sigue abrazándome, que sienta muy bien— digo abandonando un poco el pensamiento racional.
Se ríe de nuevo y me estruja más fuerte.
—Mira que me voy a emocionar. Un chico guapo entre mis brazos es demasiado tentador.
—Entonces, ¿crees que soy guapo?
—No actúes como si no lo supieras.
—Sé que soy guapo. Lo que quiero saber es cómo de guapo soy para ti.
Su abrazo duda un momento, como si se fuera a romper de pronto. No sé dónde me estoy metiendo. Pero es demasiado tentador.
—Pues mucho. No sabes el rollazo que tienes. Con esa barba negra y esos ojos azules… seguro que cualquiera a quien le gusten los hombres cae a tus pies.
—¿Cualquiera?— pregunto yo posando distraído mi mano sobre una de las suyas. Ahora si noto su calor y su suave piel.
—Cualquiera con buen gusto al menos.
Durante toda esta conversación estoy mirando fijo al frente. Pero entonces cometo el error de recostar la cabeza sobre su hombro y mirarlo. Uno, estoy seguro de que mis labios han rozado su mejilla y ahora necesito más, porque no capté bien su sabor. Dos, puedo oler su colonia mezclada con su olor corporal, lo que me tienta demasiado como para no acercar mi nariz a donde la oreja se acaba empieza su cabello para inhalar este olor tan delicioso.
—Manu, ¿Qué haces?
Tengo los ojos cerrados para captar bien todas las notas en su aroma y no me atrevo a abrirlos ahora. Creo que me he pasado.
—Olvida el sándwich. Te llevo a cama a que duermas la mona.
De pronto todo su contacto se va. Abro los ojos, decepcionado, solo para verlo ponerse a mi lado y notar su mano firme en mi lumbar, su otra mano en mi hombro.
—Camina, yo te amparo por si te caes.
Me siento derrotado, y camino dócil delante de él mientras me guía. Igual sí voy un poco mal, no paro de tambalearme. Quizá no la cagué y achacó ese gesto como idiotez de borracho. Me siento en cama como puedo.
—¿Tienes ganas de vomitar?— me pregunta al ver que no me acuesto.
—No, no. Tranquilo.
Se sienta a mi lado. Demasiado cerca.
—Pero algo sí que te pasa. Hoy estás raro, ¿Va todo bien?
—Pues no mucho, no.
—¿Quieres contármelo?
—Si te lo cuento te vas a ir. Y no me vas a volver a hablar.
Callate idiota. No sigas por ahí, que te veo venir, tío loco. Jugueteo nervioso con las manos. Mi coordinación no va muy bien. Entre el alcohol y lo nervioso que estoy, normal.
—¿Y si te prometo que no me voy a ir? ¿Me lo cuentas?— pregunta.
Lo miro de reojo, pero desvío la mirada enseguida de vuelta a mis manos.
—No creo que pueda decirlo aún así.
—¿Y cómo planeas resolver lo que te pasa?
—No lo sé. Déjalo por favor.
Me llevo las manos a la cara, un poco desesperado. Empieza a ser un problema estar a su lado ahora mismo. Me pone demasiado nervioso. Y me parece que mi mente va a colapsar.
—Eh, para, mírame.
Noto como su mano toma una de las mías y la aparta suavemente de mi cara. Me coge de la barbilla. Y mi otra mano cae por su propio peso con la sorpresa que me llevo.
Gira suavemente mi rostro hacia él y todo mi cuerpo gira con esa caricia como epicentro. Cuando nuestros ojos se alinean algo se me desborda dentro.
No lo he pensado siquiera, pero he cerrado los ojos y mi cara recorre por sí sola el trecho que nos separa y lo beso.
Al principio solo presiono mis labios. No me está apartando. Siguiente movimiento, empiezo un lento besuqueo, que para mi sorpresa es correspondido.
Sus dedos recorren mi mandíbula y los enreda en mi pelo, atrayéndome un poco más hacia él. Esto está pasando y yo me siento el tío más afortunado del mundo. Empieza a subir el tono del beso y yo me dejo guiar, porque tengo miedo a que esta magia se rompa si hago el más mínimo movimiento brusco.
Y de pronto todos los fuegos artificiales acaban al sentirlo apartarse. Me quedo un momento desfasado, perdido en un placer que no había conocido en besos anteriores. Mis labios hormiguean. Mi entrepierna tira.
Abro los ojos en el acto cuando noto su peso abandonar el colchón. Está de pie, respirando un poco agitado, con los ojos abiertos como platos.
—¿Qué haces, Manu? ¿De qué vas?
—Besarte. Porque me gustas. Me gustas mucho Julio. Eso es lo que me pasa.
—¿¡Es una puta broma!?
Ante el casi grito que ha pegado, me pongo a la defensiva.
—No parecía una broma con tu lengua en mi garganta.
—Mira, yo… no puedo con esto ahora— y se gira para salir por la puerta.
Lo sigo, un poco tambaleante pero sin percances.
—Oye, espera. Siento haber sido tan brusco. No te vayas, por favor. Dijiste que no te ibas a ir.
—Eso era cuando no esperaba que hicieras algo así.
—Espera— y pongo mi mano sobre su hombro. Se gira al momento y aparta mi brazo en el proceso de forma brusca.
—Para ya. Se acabó. Me quiero ir.
Levanto las palmas al aire, no quiero que interprete que voy a retenerlo o algo.
—Lo siento. Vete si quieres, pero por favor, hablemos de esto.
Da unos pasitos en el sitio, nervioso.
—Vale— concluye al fin—. Pero ahora no vamos a hablar nada.
—Cuando quieras. Solo te pido un favor.
—Este ya me lo sé, que no le cuente nada a los demás, ¿Verdad?
—No. Solo te pido que no me odies. Sea lo que sea lo que he hecho mal, por favor, háblalo conmigo. Me da igual si lo cuentas.
Se queda mirándome como si lo acabara de descolocar totalmente. Suspira muy fuerte y se relaja un poco.
—Duerme la mona. Y dame espacio. Te hablo yo cuando me vea capaz de hablar ¿Entendido?
—Si, entendido. Lo siento.
No dice nada más y se va a ponerse el abrigo y salir al gélido exterior.
No me quedo allí de pie mucho tiempo. De pronto me siento fatal, necesito tumbarme en cama y dormir y sudar para expulsar el alcohol. Si es que puedo dormir.
Me deslizo con poca elegancia bajo las sábanas y me pongo a pensar en que la he cagado, soy un imbécil.
La cabeza me da vueltas. Todo da vueltas. Y de pronto me caigo por un sumidero derecho a una noche movidita para mi subconsciente.