El eterno dolor, no importa cuánto lo evite, siempre termina encontrándome.
Igual que él, que me esperó bajo el sol por horas.
Le pido una disculpa por haberlo hecho esperar y no haber cumplido mi palabra.
No sólo soy un peligro, también soy una cobarde.
Perdóname, padre, porque he pecado.
Perdóname, padre, porque voy a pecar una última vez.
(Nota de suicidio recuperada por la delegación de policía del distrito de Santísima Trinidad, el 18 de noviembre del 2005 a las 14 horas)
Creo que, muy en el fondo, estuve guardando esta historia porque me hiere recordarla, pero si no se la cuento a ustedes ahora mismo, me sentiré peor, sabiendo que puede servirle a alguien de algo. Fátima no le habló sobre su "padrino", como ella misma le llamaba, a nadie; ni familiares ni conocidos. No sentía la confianza suficiente para revelarles cómo, por circunstancias del destino, del universo, de Dios o de alguna otra fuerza, había establecido una relación con este ser. Se conocieron en el 91, una tarde de noviembre en un parque infantil. Fátima le insistió hasta el cansancio a su pobre abuela para que la dejara ir a jugar, y la señora, ya harta, le dijo que sí. El tobogán de lata, que se veía tan imponente para ese momento de la vida, estaba demasiado caliente como para arriesgarse a tirarse en él. Entonces distinguió el pasamanos a la distancia, que parecía la mejor opción por estar bajo la sombra de los árboles. Barra por barra fue perdiendo impulso, hasta que, llegando a la mitad, por culpa de las gotas de lluvia que aún se mantenían sobre la estructura, se le resbalaron las manos y se cayó de rodillas, raspándose con las piedras del suelo. Fátima se levantó de un brinco antes de que el inminente ardor de la herida comenzara a hacerse presente. Ya a punto de dar media vuelta para correr hasta su abuela, él le tocó el hombro desde la espalda, haciéndola desviar la mirada y la trayectoria. Era un extraño, sí, pero uno de esos que creía haber conocido de algún lado. —Vení conmigo, no llorés. Se la llevó hasta una banca bajo un árbol y le limpió la herida, le sacudió la ropa, le puso una venda, le secó las lágrimas, le entregó una magdalena de chocolate y se despidió. No le dijo cómo se llamaba, ni de dónde venía, ni qué edad tenía ni qué hacía ahí. Entonces, cuando la abuela llegó, Fátima no encontraba cómo explicarle quién le había ayudado o adónde se fue. Volteó a ver en todas partes y ya no había rastro de él, del bolso que llevaba, de esa sonrisa amistosa con la que se le había acercado. —Fátima, ¿quién le puso esa carajada? ¿Y ese queque de dónde lo sacó? —¡Él! ¡El muchacho que estaba en la banca! —Señaló ella hasta la banca, que estaba vacía. —¿Cuál muchacho, mi chiquita? Aquí no hay nadie. ¿Ya se fue? Fátima se alzó de hombros, con la boca embarrada de boronas, admirando el vendaje. No fue hasta un par de años después, cuando Fátima enfermó gravemente de neumonía, que volvió a cruzarse con el muchacho del parque. Pasó poco más de una semana internada en el hospital, donde la visitaba su abuela por las mañanas y su mamá por las tardes, apenas esta salía del trabajo. Fue uno de esos días, particularmente un jueves, mientras intentaba conciliar el sueño más allá de la medianoche, cuando se dio la vuelta en la cama y encontró al mismo muchacho del parque, sentado en la silla que estaba al lado de la camilla, contemplando el movimiento de la vida nocturna por la ventana. Fátima quiso levantarse de un brinco, pero la mano de él la detuvo, haciéndola retroceder lentamente. —Qué frío hace acá, ¿verdad? Fátima se quedó inmóvil y no hacía más que balbucear. Sí, claro que era él, era el mismo. El del parque, el que se había esfumado cuando la abuela llegó a buscarla. —¿Qué pasa? ¿No tiene sueño? —¿Quién es usted…? —Buer, mi nombre es Buer. —¿B-buer…? —Correcto. —¿Mi mamá sabe que...? —No, Fátima, no lo sabe. —¿Y mi abuela? —Tampoco. No pueden saberlo. —¿Por qué no? —Porque este va a ser nuestro secreto de ahora en adelante. ¿Está bien? La niña asintió con la cabeza; ambos compartieron un silencio corto. —¿Y por qué no ha podido dormir? —No tengo sueño. —Hmm. ¿Qué tal algo caliente? —¿Cómo qué? —¿Chocolate? ¿Le gusta? —¡Sí! Buer le sonrió, levantándose de la silla para caminar hasta la máquina expendedora de café, esperando por el chocolate caliente. El médico que atendió a Fátima al día siguiente quedó muy sorprendido porque, después de hacerle los exámenes habituales y revisar los resultados, no encontró nada extraño en ella. Era como si la neumonía hubiera desaparecido por completo. Solo un par de días después, después de muchas conversaciones entre los médicos y los jefes del área, le dieron el alta. Le recomendaron a su madre que la asistiera para que terminara los antibióticos que le quedaban, pero no le dieron muchas instrucciones más y quedó con más dudas que cuando la ingresó al hospital. Desde esa salida del hospital, Fátima supo que Buer había llegado —o más bien, aparecido— para quedarse. —¿Con quién hablás tanto, Fátima? Parecés loquita. —le preguntaba su abuela cuando la escuchaba hablándole al aire desde su habitación. —Con mi amigo. —¿Cuál? Ya estás muy grande vos para amigos imaginarios. Muy cierto es que a Fátima le costó trabajo acostumbrarse a Buer, a que se apareciera sin previo aviso, observando desde el marco de la puerta o desde la ventana; también es verdad que forjaron una amistad muy fuerte, basada en paseos y juegos al aire libre que ni su mamá ni su abuela se tomaban la molestia de entender. A Fátima siempre se le hizo difícil eso de hacer amigos; los niños de la escuela no solían acercarse mucho a su casa ni aunque ella misma los invitara, con el pretexto de que esa casa vieja les causaba miedo. Era muy común que, cuando la visitaban sus amigas, estuvieran un par de horas hasta que quisieran irse sin mayor explicación, cosa que, curiosamente, no le ocurría a su hermana menor Amelia con las amistades de ella. Cuando en su casa no quedaba nadie más, Fátima siempre tenía a Buer, que la llevaba al parque o a caminar, o la vigilaba al jugar, siguiéndole la corriente cuando la ocasión lo ameritaba. Fuera de su hogar, la historia no parecía ser muy distinta; se podría incluso decir, apoyándose en los testimonios de los maestros, que Fátima era una niña bastante reservada y que era común verla sola. Decían que sus ojos siempre parecían estar siguiendo algo que se movía entre los árboles del patio, una vigilancia curiosa y atenta. Fátima no recordaba muy bien a su padre, y tampoco había tenido mucho contacto con su abuelo materno; eso sugería una regla no escrita: Todas las tarjetas del Día del Padre terminaban parando en las manos de Buer. Buer siempre le advertía de lo peligroso que podía ser que los demás supieran sobre él, sobre todo considerando el tan religioso contexto de su familia;no podía arriesgarse a que alguien los descubriera. Tal vez por eso Fátima terminó haciéndose tan celosa respecto a las cosas que le contaba o le compartía a la gente. —Buer…—decía la voz de Fátima en un susurro, en medio de la noche. —¿Pasa algo? —Respondían las penumbras del cuarto con una voz grave y pacífica. —No puedo dormir; tuve una pesadilla. —¿Una pesadilla? ¿Con qué exactamente? —No importa, no me acuerdo. ¿Puede quedarse aquí conmigo? Yo puedo moverme hacia la esquina. —No creo que haya necesidad; yo puedo vigilar desde acá. —¡Por favor! Por favor, Bubu… Una risa contagiosa aliviaba la oscuridad tenue de la habitación. —Está bien, pero sólo por hoy, ¿okay?