Capítulo 1
30 de junio de 2026, 0:01
La habitación de Izuku Midoriya era un santuario. Cada centímetro de sus paredes estaba cubierto por algo relacionado con Dynamight. Pósters de edición limitada, fotografías recortadas de revistas, un calendario donde cada día estaba marcado con las apariciones públicas del héroe. En la estantería, alineadas como soldados, descansaban figuras de acción de todas las tallas y ediciones: Dynamight en su traje original, Dynamight con su equipo de invierno, Dynamight en plena explosión. Una de ellas, la más grande y cara, presidía el estante superior como una deidad.
El resto de la habitación era casi irrelevante. Una cama estrecha con sábanas desgastadas. Un escritorio viejo cubierto de papeles y bolígrafos. Una lámpara que parpadeaba si no se golpeaba con el ángulo correcto. Todo lo demás era un decorado olvidado, un fondo gris para el vibrante altar de su obsesión.
Izuku Midoriya, de veintitantos años, se sentó en el borde de su cama y miró el póster central: la imagen de Dynamight en pleno combate, con una sonrisa salvaje y una explosión en la palma de la mano. Sus ojos verdes, normalmente apagados, brillaron con un destello familiar.
Fuera de esta habitación, Izuku era un fantasma. Trabajaba en una tienda de conveniencia en un barrio anodino. Sus compañeros no recordaban su nombre; lo llamaban "el chico del turno de noche". No tenía amigos a los que llamar, ni planes para el fin de semana, ni mensajes esperando en su teléfono. Su vida transcurría en un bucle monótono: despertar, trabajar, volver a casa, encerrarse en su cuarto. Era invisible para el mundo. Nadie lo miraba. Nadie lo esperaba. Nadie lo recordaba.
Sin embargo, Izuku estaba bien, porque él no necesitaba a nadie más. Solo necesitaba a su héroe.
Solo necesitaba a Kacchan.
El apodo le había salido de forma natural, como si siempre hubiera estado allí, esperando en su lengua. Sabía que nadie más lo llamaba así. Era suyo, un pequeño secreto que solo él compartía con la figura que ocupaba sus pensamientos cada segundo del día.
Se levantó y caminó hacia la pila de revistas apiladas en el suelo. Las hojeó con dedos temblorosos, deteniéndose en cada fotografía de Dynamight. La forma en que sus explosiones iluminaban el cielo nocturno. La curva de su sonrisa arrogante. La fuerza bruta de sus puños contra los villanos. Era hermoso. Era perfecto. Era todo lo que Izuku no era.
Un destello de memoria lo golpeó sin aviso.
Izuku tenía diecisiete años y todavía no había aceptado del todo que su vida sería así. Vacía. Sin propósito. Sin Quirk.
Estaba sentado en el suelo de la sala de su casa, con las piernas cruzadas y los dedos manchados de tinta de bolígrafo. La televisión estaba encendida, pero él apenas prestaba atención hasta que el rugido de una explosión retumbó en los altavoces.
Levantó la vista. Y allí estaba él.
Un chico de su edad, con cabello rubio como el sol y ojos rojos como brasas, estaba en el centro de un campo de batalla. No llevaba máscara ni capa. Llevaba una sonrisa de depredador y un uniforme negro con granadas colgando de los hombros. Alzó una mano y una explosión gigante arrasó a tres villanos de un solo golpe.
—¡JA! —rió el chico rubio mientras el humo se disipaba—. ¿Eso es todo lo que tienen? ¡Váyanse a casa, perdedores!
La cámara hizo un primer plano de su rostro. Sudor en la frente, chispas en las palmas, una confianza tan absoluta que parecía desafiar la gravedad. Izuku sintió que algo se rompía dentro de su pecho y al mismo tiempo algo nuevo nacía. Eso era poder. Eso era seguridad. Eso era todo lo que él nunca podría ser.
—Dynamight —susurró, y el nombre supo a esperanza en su lengua.
El recuerdo se desvaneció y Izuku parpadeó, devuelto al presente. Sus dedos todavía acariciaban el borde de la revista. Sonrió con tristeza.
—Tú no sabes lo que hiciste por mí, Kacchan —murmuró a la imagen en el papel—. No sabes que me salvaste.
Apoyó la revista contra su pecho, como si pudiera absorber algo de la energía de la fotografía. Luego la colocó con cuidado sobre la pila y se giró hacia su escritorio.
Sobre la superficie desordenada, entre apuntes viejos y recibos, había un bloc de papel rayado y un sobre ya escrito. La dirección era la agencia de héroes de Dynamight.
Izuku tomó un bolígrafo y lo sostuvo sobre el papel en blanco. Llevaba días pensando en esta carta. Había escrito borradores y los había tirado a la basura, ninguno de ellos lo suficientemente bueno. Pero esta vez iba a hacerlo bien. Esta vez iba a encontrar las palabras perfectas.
—Esta vez —susurró, y su voz era tan frágil como el papel que tenía frente a él— vas a responderme, Kacchan. Esta vez vas a verme.
El bolígrafo tocó el papel. Y comenzó a escribir.
Querido Dynamight...
No. Demasiado formal. Demasiado distante. Borró la palabra con un trazo nervioso y empezó de nuevo.
Estimado héroe Dynamight...
Tampoco. Eso sonaba a carta de negocios, a algo frío y corporativo. Izuku quería que Bakugo sintiera su admiración, que entendiera que esta carta no era como las demás. Era especial. Él era especial.
Querido Kacchan...
El apodo apareció en el papel antes de que pudiera detenerlo. Izuku se quedó mirando la palabra, sintiendo cómo su corazón se aceleraba. Era demasiado íntimo. Demasiado atrevido. ¿Quién era él para llamar así a un héroe profesional? Pero... también era perfecto. Si Bakugo veía ese saludo, sabría que esta carta venía de alguien que realmente lo entendía, alguien que lo veía más allá del héroe, alguien que lo veía como persona.
Dejó el apodo. No iba a borrarlo. Era un riesgo, pero era su apuesta.
Querido Kacchan,
Mi nombre es Izuku Midoriya. Soy un admirador tuyo desde hace ocho años, desde que te vi por primera vez en televisión cuando tenías diecisiete años. Recuerdo ese día con una claridad que me sorprende a mí mismo. Estabas en medio de una batalla contra tres villanos en el distrito comercial de Musutafu. Sonreías mientras luchabas, como si nada pudiera hacerte daño. Como si el mundo entero estuviera a tus pies.
Izuku hizo una pausa y leyó lo que había escrito. Sus mejillas se calentaron. ¿Sonaría demasiado intenso? ¿Demasiado obsesivo? Se mordió el labio inferior, dudando, pero al final siguió escribiendo. No podía mentir. Esa admiración era lo único auténtico que tenía.
Desde ese día, no he dejado de seguir tu carrera. He visto todos tus combates, he leído todas las entrevistas, he coleccionado cada artículo que menciona tu nombre. Quiero que sepas que, para mí, no eres solo un héroe. Eres un símbolo. Eres la prueba de que alguien con determinación y fuerza puede llegar a cualquier lugar, sin importar las circunstancias.
El bolígrafo se detuvo de nuevo. Izuku sintió un nudo en la garganta. Las palabras "sin importar las circunstancias" le pesaban más de lo que había anticipado. Porque sus circunstancias eran mediocres. Respiró hondo y continuó.
Sé que debes recibir cientos de cartas todos los días. No soy ingenuo. Pero te escribo porque quería pedirte algo, aunque sé que es mucho pedir.
¿Podrías responderme? No tiene que ser una carta larga. Una sola frase bastaría. Incluso un autógrafo en una foto, cualquier cosa que me demuestre que has leído estas palabras. Que sabes que existo.
No te pido que me conozcas ni que te conviertas en mi amigo. Solo quiero saber que, por un segundo, tus ojos han visto mi nombre y has pensado: "Ah, existe alguien que se llama Izuku". Eso sería suficiente para mí. Más que suficiente.
Atentamente,
Tu más sincero admirador,
Izuku Midoriya
Dejó el bolígrafo sobre el escritorio y leyó la carta en voz baja, moviendo los labios mientras sus dedos seguían las palabras. El corazón le latía con fuerza. ¿Era demasiado? ¿Parecía un loco? ¿O tal vez, solo tal vez, parecía alguien sincero? Alguien que solo quería ser visto.
—Espero que te guste, Kacchan —murmuró, y su voz sonó pequeña en el silencio de la habitación.
Dobló la carta con sumo cuidado, asegurándose de que los bordes quedaran perfectamente alineados. Luego la deslizó dentro del sobre que ya había preparado, con la dirección de la agencia de Dynamight escrita en una caligrafía meticulosa. Añadió un sello en la solapa y lo presionó con el dorso de los dedos, como si pudiera sellar también su esperanza.
Se quedó mirando el sobre durante un largo minuto.
—Mañana la echo al correo —dijo, como si necesitara convencerse a sí mismo de que realmente iba a hacerlo.
Pero ya sabía que no esperaría hasta mañana. Sabía que en cuanto saliera el sol, caminaría hasta el buzón más cercano y dejaría caer el sobre con la misma reverencia con la que se dejan caer las ofrendas en un altar.
Izuku guardó el sobre en el cajón del escritorio, junto a los borradores que había descartado. Luego apagó la lámpara y se acostó en la cama, pero sus ojos seguían abiertos en la oscuridad. Mientras el techo se difuminaba en sombras, imaginó el viaje de la carta: la mano del cartero recogiéndola, el camión de correos llevándola a la agencia, el asistente de Bakugo abriéndola, y finalmente... finalmente, Bakugo.
¿Sonreiría al leerla? ¿Frunciría el ceño? ¿La arrojaría a la basura sin mirarla?
Izuku apretó los párpados y negó con la cabeza. No. Esta carta era diferente. Él era diferente. Tenía que serlo.
—Vas a responderme —susurró en la penumbra, como un mantra—. Esta vez vas a verme.
Cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que el mañana tenía algo por lo que esperar.
Al día siguiente, antes del amanecer, Izuku Midoriya caminó hasta el buzón de la esquina con el sobre firmemente sujeto entre sus dedos. El aire fresco de la mañana le mordió las mejillas mientras se detenía frente a la ranura de metal. —Esto es solo el principio —se dijo, y había una chispa en sus ojos que no se veía desde hacía años. Dejó caer el sobre. Y con él, dejó caer también su corazón.
El primer mes de espera fue fácil.
Izuku esperó con una paciencia que bordeaba lo estoico. Cada día, al volver del trabajo, revisaba el buzón con las manos temblorosas, convencido de que esa tarde sería la tarde. Pero el buzón siempre estaba vacío, salvo por algún que otro folleto publicitario o la factura de la luz. No importaba. Bakugo era un héroe ocupado. Salvar vidas llevaba tiempo. Responder cartas probablemente no era su prioridad.
Eso estaba bien. Izuku podía esperar.
Así que escribió otra carta. Y otra. Y otra.
Su segunda carta, al mes siguiente empezaba igual. “Querido Kacchan” y después continuaba diciendo:
Han pasado cuatro semanas desde que envié mi primera carta. No sé si te ha llegado, pero supongo que sí. No quiero sonar impaciente, solo quería asegurarme de que la recibiste. Tal vez se perdió en el correo. Tal vez nunca la viste.
De todas formas, te escribo de nuevo porque no puedo dejar de pensar en ti. Anoche vi tu combate contra el villano de la Quirk de ácido. Fue increíble. La forma en que esquivaste sus ataques y contraatacaste con esa explosión en cadena. No sé cómo lo haces. Siempre encuentras la manera de ganar, incluso cuando todo parece perdido.
Me gustaría poder hacer eso algún día. Ser fuerte. Encontrar la salida. Pero supongo que algunas personas nacen para ser héroes y otras nacen para ser espectadores.
En fin, solo quería decirte que eres increíble. Y que espero tu respuesta.
Con admiración,
Izuku
La tercera carta. La escribió dos meses después:
Querido Kacchan,
Han pasado dos meses. Sé que estás ocupado. Lo entiendo. De verdad. Pero a veces me pregunto si mis cartas están llegando a tu oficina o si alguien las está interceptando. ¿Llegas a leerlas? ¿O alguien las lee por ti?
No quiero sonar paranoico. Solo necesito saber que estás ahí. Que recibes esto. Que existo para ti, aunque sea solo como una firma en un papel.
En una de tus entrevistas dijiste que te gusta el curry picante. Yo también lo como a veces. Es tonto, lo sé, pero me hace sentir más cerca de ti.
Solo una línea, Kacchan. Una frase. Te lo prometo, con eso me conformo.
Tu fiel admirador,
Izuku
Su cuarta carta, sonaba un poco más desesperada.
Kacchan,
¿Estás bien? ¿Te ha pasado algo? He revisado las noticias y no he visto que hayas tenido accidentes ni misiones peligrosas. Entonces, ¿por qué no respondes?
Llevo tres meses escribiéndote. Tres meses esperando algo, cualquier cosa. Una palabra. Un garabato. Un "gracias" escrito con prisa. Pero no hay nada. El silencio es tan fuerte que a veces me duele el pecho.
¿He hecho algo mal? ¿Te ofendí con mi primera carta? ¿Fui demasiado directo? Dímelo, por favor. Dime qué tengo que hacer para que me veas.
No soy como los demás fans, Kacchan. Ellos te admiran desde lejos, pero yo te entiendo. Te conozco. Sé que detrás de esa sonrisa arrogante hay alguien que se esfuerza más que nadie. Alguien que nunca se rinde. Alguien que merece ser reconocido.
Yo te reconozco. ¿Por qué tú no puedes reconocerme a mí?
Espero tu respuesta,
Izuku
Quinta carta. Cuatro meses después.
Kacchan,
Hoy vi a un niño en la calle con una camiseta tuya. Iba de la mano de su padre y sonreía mientras señalaba el estampado. Su padre le dijo: "Ese es el héroe más fuerte de Japón". Y el niño asintió con orgullo.
Me dio envidia. No porque el niño tuviera tu camiseta, sino porque tenía a alguien que lo escuchaba. Alguien que respondía sus preguntas. Alguien que lo miraba cuando hablaba.
¿Sabes lo que es vivir sin que nadie te mire, Kacchan? ¿Sabes lo que es hablar al vacío y que solo el eco te responda?
Yo sí. Lo sé muy bien.
He empezado a soñar contigo. En mis sueños, hablamos. Me sonríes. Me dices que soy importante. Luego despierto y todo vuelve a ser gris. Las paredes de mi habitación no se mueven. Las figuras de acción no hablan. Y el silencio me come los huesos.
Responde, Kacchan.
Por favor.
Solo una vez.
Te lo ruego,
Izuku
Sexta carta. Cinco meses después.
Kacchan,
Ya no sé qué más decirte. He escrito tantas veces que las palabras empiezan a sonar huecas en mi cabeza. Pero sigo escribiendo porque es lo único que me queda. Es lo único que me hace sentir que estoy haciendo algo, que estoy intentando llegar a ti.
¿Sabes cuántas cartas te he enviado? Treinta y siete. Treinta y siete cartas en cinco meses. Cada una escrita con mi mejor caligrafía. Cada una revisada una docena de veces antes de ser enviada. Y tú no has respondido ni una sola.
No te culpo. Bueno, tal vez un poco. Tal vez mucho. Pero no te culpo del todo porque sé que eres un héroe y que tienes cosas más importantes que hacer que leer las cartas de un desconocido.
Lo que no entiendo es por qué sigo escribiendo. Por qué sigo creyendo que esta vez será diferente. Por qué mi corazón se acelera cada vez que veo el buzón vacío y, en lugar de rendirme, saco otro papel y empiezo de nuevo.
Eres una adicción, Kacchan. Una adicción y un veneno. Y no sé cómo dejarte.
Tu peor fan,
Izuku
Seis meses después de la primera carta. El cuarto de Izuku seguía igual. Las paredes seguían cubiertas de pósters. Las figuras de acción seguían alineadas. La cama seguía siendo estrecha y la lámpara seguía parpadeando.
Pero Izuku ya no era el mismo.
Se sentó frente al escritorio con un bolígrafo en la mano y una hoja en blanco frente a él. Sus ojos tenían ojeras profundas y su rostro había perdido el poco color que tenía. Llevaba días sin dormir bien. Llevaba meses sin comer con apetito. Su vida entera se había reducido a este ritual: escribir, esperar, decepcionarse, escribir de nuevo.
Y ahora, por fin, entendía la verdad.
Bakugo nunca iba a responder.
Bakugo nunca iba a leer sus cartas.
Bakugo nunca iba a saber que existía.
Izuku dejó el bolígrafo y apoyó la frente contra el papel. La superficie fría le rozó la piel mientras sentía cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.
Después se levantó y decidió escribir la séptima carta. La última que redactaría.
Kacchan,
Esta es la última carta que te escribo.
No sé si la leerás. Probablemente no. Pero necesito escribirla porque si no lo hago, voy a explotar.
Te he dado todo. Mi tiempo, mi dinero, mi alma. He llenado mi vida de ti porque no tengo nada más. Y tú ni siquiera has levantado la cabeza para mirarme.
¿Sabes cómo se siente eso? No, no lo sabes. Porque tú eres Dynamight. Eres el héroe que todos quieren ser. La gente te aplaude, te idolatra, te pide autógrafos. La gente te ve. Pero yo no soy nadie. Soy un nombre en un sobre. Soy una letra más en una pila de cartas sin abrir. Soy el ruido de fondo que no merece tu atención.
Pues bien, Kacchan. Si no puedo conseguir que me mires de una manera, lo haré de otra.
Voy a hacer algo que te obligue a verme. No sé qué, aún. Pero lo haré. Y entonces, cuando me mires, recordarás mi nombre. Recordarás todas las cartas que te escribí y que jamás respondiste.
Solo quería una palabra. Nada más.
Recordarás que existí.
Espero que cuando llegue ese día, no sea demasiado tarde.
Izuku