Querido Kacchan

Slash
PG-13
Finalizada
1
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
22 páginas, 7.340 palabras, 3 capítulos
Descripción:
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Capítulo 2

Ajustes
La oficina de Katsuki Bakugo era un espacio funcional y minimalista, sin adornos personales más allá de algún trofeo y una foto de su equipo. El héroe número dos estaba sentado detrás de su escritorio, con las piernas estiradas sobre la superficie y los dedos entrelazados detrás de la nuca. Acaba de terminar una misión agotadora y su paciencia estaba en números negativos. Su asistente, un joven con gafas y una sonrisa nerviosa, entró con un carrito cargado de correo. —Dynamight-san, el correo de fans de esta semana. Bakugo no levantó la vista. —Tira esa mierda. —Pero... hay cartas de niños, dibujos, fotografías... —Y yo qué. ¿Crees que tengo tiempo para sentarme a leer? —Bakugo bajó las piernas y se inclinó hacia adelante, con los ojos rojos brillando de irritación—. El poco tiempo que tengo lo ocupo para entrenar, dormir y comer. No tengo una vida aparte de esto. ¿Qué quieres de mi? El asistente tragó saliva. —Entendido, Dynamight-san. Las desecho. —Haz lo que quieras. Solo no me molestes. El asistente empujó el carrito hacia la papelera y comenzó a arrojar los sobres uno tras otro. Cartas de niños con dibujos de explosiones. Cartas de fans adultas con declaraciones de amor. Cartas de ancianos agradeciendo su trabajo. Cartas de colegios invitándolo a dar charlas. Todo cayó en la misma oscuridad. Bakugo no miró ni una sola vez. Entre los sobres que volaban hacia la papelera, uno destacaba por su caligrafía pulcra y meticulosa. El sobre tenía el nombre de Bakugo escrito con esmero, y en la esquina inferior izquierda, una pequeña inicial: I.M. El asistente lo arrojó con el resto. —Después de esto —murmuró Bakugo, volviendo a recostarse en su silla—, quiero que me traigan algo de comer. Y que no sea curry picante. Ya estoy harto. El asistente asintió y salió de la oficina, dejando a Bakugo solo con el silencio y la pila de correo no leído que se desbordaba de la papelera. Bakugo no miró la papelera. No miró el nombre de Izuku Midoriya, que se desvanecía bajo otros papeles. No tenía tiempo para eso. No tenía tiempo para "perdedores" que escribían cartas esperando una respuesta. Él era un héroe. Su trabajo era salvar vidas, no alimentar ilusiones. Y mientras el sobre de Izuku se hundía en la oscuridad de la papelera, mezclándose con el resto del correo olvidado, Bakugo ya estaba pensando en su próxima misión. --- La tienda de conveniencia estaba vacía. Eran las tres de la madrugada y las calles de Musutafu estaban tan desiertas como el interior del establecimiento. Las luces fluorescentes zumbaban con un sonido monótono, iluminando las estanterías de productos envasados y los refrigeradores que brillaban con un resplandor azulado. El único sonido era el leve ronroneo de los aparatos y el ocasional crujido de la puerta cuando el viento la empujaba. Izuku estaba de pie detrás del mostrador, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el horizonte de la calle vacía. Su uniforme de trabajo —una camisa blanca con el logo de la tienda y un delantal azul— le quedaba holgado, como si su cuerpo se hubiera encogido dentro de la tela. Llevaba meses sin comer bien, sin dormir bien, sin hacer nada que no fuera trabajar, escribir cartas y esperar. —Tres clientes en toda la noche —murmuró el encargado, un hombre de mediana edad con barba de tres días, mientras salía del almacén con una caja de refrescos—. Otro día muerto por culpa de la lluvia. Izuku no respondió. Sus ojos seguían fijos en el exterior. El encargado dejó la caja en el suelo y se acercó al mostrador. —Oye, Midoriya. ¿Estás bien? Parece que no has dormido en semanas. Izuku parpadeó lentamente. —Estoy bien. —No lo pareces. —El encargado frunció el ceño—. La semana pasada te encontré hablando solo en el almacén. Y el otro día, un cliente te saludó y ni siquiera levantaste la cabeza. ¿Qué te pasa? —Nada —respondió Izuku, y su voz era plana, como una línea recta sin emociones—. Solo estoy cansado. El encargado suspiró y negó con la cabeza. —Tómate un descanso cuando termine el turno. Y come algo de verdad, ¿de acuerdo? Estás más delgado que un palillo. Izuku asintió sin convicción, pero su mirada ya había vuelto a perderse en el vacío. No le importaba la comida. No le importaba el sueño. No le importaba nada. —Sí… creo que necesito un descanso. De esta vida. Adiós. —Eh… hasta esta noche —dijo el encargado con un tono preocupado, pero no intentó retenerlo. Cuando el reloj marcó las seis de la mañana, Izuku se quitó el delantal, saludó al encargado con un gesto vago y salió a la calle. El sol comenzaba a asomarse entre los edificios, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados. La ciudad despertaba lentamente, con los primeros coches circulando y los primeros transeúntes apresurándose hacia sus trabajos. Todos saltando los charcos con agua que se acumuló durante la lluvia de la noche. Izuku caminó con pasos lentos, como si el peso de su propio cuerpo fuera demasiado para él. No miró a nadie. Nadie lo miró a él. Era invisible, como siempre. Llegó a un puente desierto. El viento frío de la mañana le mordía la cara mientras caminaba lentamente por el pasamanos metálico. Abajo, el agua del río se movía en ondas oscuras, reflejando la luz de la luna y las farolas distantes. Izuku se detuvo en medio del puente y apoyó las manos en la barandilla. El metal estaba helado y áspero bajo sus dedos. Miró hacia abajo y vio su propio reflejo distorsionado en la superficie del agua. —Aquí fue —murmuró—. Aquí capturaste a ese villano hace dos años. Recuerdo haberlo visto en las noticias. Saltaste desde el puente y lo atravesaste con una explosión. Fue increíble. Sonrió con tristeza. —Y ahora yo estoy aquí. En el mismo lugar. Haciendo mi propia explosión. Mi propia despedida. Sacó su séptima carta del bolsillo y la sostuvo frente a sus ojos. La luz iluminaba las palabras escritas en el sobre: Para Dynamight. Agencia de Héroes. —Esto no es un adiós, Kacchan —dijo—. Es un hasta luego. Porque vas a verme. Vas a verme en las noticias. Vas a oír mi nombre. Vas a saber que existí. Volvió a mirar el río. El agua estaba revuelta pues toda la noche había llovido con fuerza. —No sé si voy a saltar —susurró, y su voz era tan frágil como el hielo—. No sé si voy a hacerlo de verdad. Pero sé, Kacchan que vas a pensar en mí. Vas a preguntarte quién era ese chico. Vas a arrepentirte de no haber respondido mis cartas. Vas a sentir culpa, aunque no la admitas. Cerró los ojos y dejó que el viento le acariciara el rostro. —Eso es todo lo que quiero. Solo eso. Que pienses en mí. Se quedó allí, en el puente, durante mucho tiempo. Mirando el agua. Escuchando el viento. Sintiendo el frío penetrarle hasta los huesos. Pegó la carta a la barandilla con una cinta. Se quitó los zapatos y el abrigo; y se subió a la barandilla. Se sentía en paz. --- Seis horas después, la policía encontró la carta en el puente, junto con sus pertenencias. Objetos que, según los testigos, pertenecían a un joven de pelo verde que había sido visto en la zona en las últimas noches. La noticia apareció en los periódicos locales. "SUICIDIO EN EL PUENTE DE MUSUTAFU: LA CARTA DE UN FANÁTICO A UN HÉROE" La nota mencionaba que el cuerpo de Midoriya no había sido recuperado pues el río estaba muy revuelto y era bastante seguro que hubiera sido arrastrado varios kilometros. Pero que la policía había ingresado a su hogar y el estado en el que el chico vivía delataba una notoria depresión y comportamiento obsesivo. Lo que confirmó la teoría del suicidió fue la declaración de su jefe quien dijo que Midoriya se despidió de una manera muy definitiva esa mañana. Su carta de siucidió no se publicó en su totalidad, pero fragmentos fueron filtrados a la prensa. El nombre de Dynamight apareció una y otra vez. El de Izuku Midoriya, una vez. Solo una vez. Pero fue suficiente. La máquina de la opinión pública comenzó a girar. "¿No sabes lo que se siente ser ignorado por la única persona que importa?" escribió una persona cuyo comentario se hizo popular pues muchas personas reaccionaron con un corazón. "Dicen que mandó cientos de cartas y ni una sola respuesta." “‘La gente te ve. Pero yo no soy nadie.’ Que fuerte.” Las frases de la carta y la carta completa comenzaron a circular en foros, en redes sociales, en grupos de fans. Alguien anónimo que dijo tener acceso a los registros postales hizo una publicación detallando la línea de tiempo y la biografía de Izuku, desde su nacimiento hasta muerte. Incluso incluyó entrevistas con sus compañeros de trabajo, su jefe y vecinos. En cuestión de horas, la historia se volvió viral. El hashtag #JusticiaParaMidoriya apareció en las tendencias. Los titulares de los periódicos digitales cambiaron: "EL FAN QUE MURIÓ POR UN HÉROE: LA CARTA QUE DYNAMIGHT NUNCA LEYÓ" "LA INDIFERENCIA DE BAKUGO KATSUKI: ¿DÓNDE QUEDA EL CORAZÓN DE UN HÉROE?" Los comentarios en redes sociales se multiplicaron como un incendio: "Dynamight ignora a sus fans hasta la muerte. Qué asco de héroe." "Tantas cartas y ni siquiera se tomó el tiempo de leer una. ¿Para qué existe un héroe así?" "Bakugo siempre ha sido un arrogante. Esto solo confirma que no le importa nadie más que él mismo." "El chico se suicidó porque el héroe que amaba ni siquiera lo miró. ¿Cómo se puede ser tan cruel?" Pero también hubo quienes defendieron a Bakugo: "Es un héroe, no un terapeuta. ¿Se supone que debe responder a todos los fans que escriben? Hay millones." "No es culpa de Dynamight que un desconocido estuviera obsesionado con él. Eso es problema del chico, no del héroe." "Dejen de culpar a Bakugo por la inestabilidad mental de un fanático." La división en la opinión pública era un abismo. --- En la agencia de Dynamight, el ambiente era tenso. Bakugo estaba en su oficina, con las piernas estiradas sobre el escritorio y los ojos cerrados. Acababa de regresar de una misión de rescate en la que había salvado a quince personas de un edificio en llamas. Estaba agotado, sudoroso y de mal humor. La puerta se abrió y su mánager entró con una tableta en la mano. Su rostro estaba pálido. —Dynamight-san. Tenemos un problema. Bakugo no abrió los ojos. —Si es sobre el correo de fans, ya te dije que lo tires todo. No me importa. —No es el correo de fans. Es... —el mánager tragó saliva—. Es sobre un chico llamado Izuku Midoriya. Al parecer, se suicidó la semana pasada. Dejó una carta. Dirigida a ti. Los ojos de Bakugo se abrieron lentamente. —¿Qué? —La carta se ha filtrado a la prensa —continuó el mánager, con la voz temblorosa—. La historia se ha vuelto viral. Hay hashtags, artículos, entrevistas... Todos están hablando de ti. De cómo ignoraste sus cartas. De cómo... de cómo lo llevaste a esto. Bakugo bajó las piernas del escritorio y se inclinó hacia adelante. Su expresión era de confusión, no de culpa. —¿Me estás diciendo que un desconocido se suicidó y la gente me está echando la culpa a mí? —Así es. Dicen que el chico te escribió seis cartas, todas firmadas de recibido por la agencia, y que nunca respondiste. La última decía que iba a hacer algo drástico para que lo miraras. La policía lq encontró en un puente, junto a sus pertenencias. Bakugo se quedó en silencio durante un largo momento. Luego soltó una risa seca, sin humor. —¿Seis? Recibo miles de cartas ¿Y se supone que yo tengo que leerlas todas? ¿Qué clase de estupidez es esta? Incluso si hubiera leído cientos, muy probablemente no habría leído las suyas. —Dynamight-san, la gente está enojada. Hay periodistas afuera. Y en internet... bueno, en internet están diciendo cosas muy feas. Bakugo se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. Abajo, en la entrada de la agencia, un grupo de periodistas se agolpaba con micrófonos y cámaras. Algunos llevaban carteles con su nombre y frases como "RESPONDE" y "¿DÓNDE ESTÁ TU HUMANIDAD?". —Qué ridículo —murmuró Bakugo—. Yo salvo vidas todos los días. Yo pongo mi cuerpo en peligro para proteger a esta gente. ¿Y ahora resulta que soy el malo porque no leí las cartas de un loco? —Lo sé, Dynamight-san. Yo también lo sé. Pero la gente no piensa así. Para ellos, eres el héroe que ignoró a un fan hasta la muerte. Bakugo apretó los puños. —Diles que no tengo declaración. Diles que me dejen en paz. —Ya lo he intentado. Pero no se van. Quieren oírlo de ti. Bakugo se giró hacia su mánager. Sus ojos rojos brillaban con furia contenida. —¿Y qué quieren que diga? ¿Que lo siento? ¿Que me arrepiento? No sabía que ese tipo existía. Ni siquiera sabía su nombre hasta ahora. —Lo sé. Pero... —Pero nada. —Bakugo se dirigió a la puerta—. Está bien. Voy a salir y les voy a decir lo que pienso. Y si no les gusta, que se vayan al infierno. La rueda de prensa se organizó en menos de una hora. Bakugo subió al estrado con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Frente a él, un mar de periodistas empujaba para hacer preguntas. Las cámaras parpadeaban, capturando cada gesto de su rostro irritado. —Dynamight-san, ¿se siente responsable por la muerte de Izuku Midoriya? —¿Leíste alguna de sus cartas? —¿Qué les diría a sus fans que ahora dudan de usted? Bakugo levantó una mano y el murmullo se silenció. —Escúchenme bien —dijo, y su voz resonó en el salón con la fuerza de una explosión—. Voy a decirlo una vez y no pienso repetirlo. Hizo una pausa y miró directamente a la cámara principal. —¿Que si me importa? Claro que no. Yo soy un héroe, no un espectáculo. Mi trabajo es derrotar villanos y salvar gente, no sentarme a leer cartitas de gente que no conozco. Si quieren que sea un héroe, déjenme hacer mi trabajo. Si quieren que responda cartas, entonces renuncio. El silencio fue absoluto. —Ese chico —continuó Bakugo, y su voz se volvió un poco más baja, pero igual de firme—, ese tal Midoriya, era un desconocido para mí. Nunca supe de su existencia hasta que me dijeron que se había suicidado. ¿Y ahora se supone que debo sentirme culpable? ¿Por qué? ¿Porque no leí su carta? Yo no leí ninguna carta, ni siquiera he leído esa que dicen es su carta de suicido. Todas las cartas las tiro a la basura. Las de él y las de los otros mil fans que escriben cada día. Se inclinó ligeramente hacia el micrófono. —¿Saben qué? Hay gente que se está muriendo. Hay villanos que están matando inocentes. Hay niños que necesitan ser rescatados. Esa es mi prioridad y no pienso disculparme por hacer mi trabajo. Tras la conferencia la reacción fue inmediata y dividida. En las redes sociales, sus fans más leales se volcaron en su defensa y el escándalo poco a poco perdió fuerza. Los periodistas comenzaron a buscar otra historia. Los hashtags de #JusticiaParaMidoriya fueron reemplazados por otros menos polémicos. Pero no todo fue positivo. En los foros, en los comentarios, en las conversaciones de café, la mala impresión persistía: "Qué arrogante. Podría haber dicho 'lo siento' y ya. Pero no. Ni siquiera una pizca de empatía." "Me pregunto si sus fans se sentirían igual si fuera su hijo el que escribió esas cartas." "Bakugo siempre fue un idiota. Esto solo lo confirma." La imagen de Bakugo quedó empañada. No de forma irreversible, pero sí con una mancha que no se borraría fácilmente. Algunos lo veían como un héroe eficiente y honesto. Otros, como un arrogante deshumanizado. Y Bakugo, aunque nunca lo admitiría, sentía que algo había cambiado. --- Esa noche, Bakugo estaba solo en su apartamento. Había apagado el teléfono, la televisión y cualquier dispositivo que pudiera mostrarle más noticias. Necesitaba silencio. Pero el silencio no trajo paz. En su mente, las palabras de la rueda de prensa se repetían una y otra vez. "Ese tal Midoriya." "Un desconocido." "Sus cartas." Bakugo se sentó en el sofá y cerró los ojos. No se sentía culpable. No tenía razón para sentirse culpable. Era un héroe. Su trabajo era salvar vidas, no responder cartas. Eso no había cambiado. Pero… un chico que se había suicidado porque Bakugo no lo había mirado. Bakugo abrió los ojos y frunció el ceño. —No es mi culpa —dijo en voz alta, como si necesitara convencerse—. No es mi culpa que estuviera loco. Pero su voz sonó hueca en el silencio del apartamento. Tomó su teléfono y, contra su mejor juicio, buscó el nombre de Izuku Midoriya. Aparecieron artículos, fotos e hilos. Una foto de un joven de pelo verde, con sonrisa tímida y ojos brillantes. Parecía normal. Parecía alguien que podría haber sido un vecino, un compañero de trabajo, un amigo. Bakugo apagó la pantalla y arrojó el teléfono al otro lado del sofá. —Un idiota —murmuró—. Eso es lo que fue. Un idiota. Pero esa noche, cuando apagó las luces y se acostó en la cama, no pudo dormir. El nombre de Izuku Midoriya rondaba su mente como una mancha de tinta que no se borraba. Y, en algún lugar, en la oscuridad de su subconsciente, Bakugo sabía la verdad: ese idiota había conseguido lo que quería. Había conseguido que Bakugo pensara en él. Había conseguido que Bakugo lo mirara. Aunque fuera por obligación. Aunque fuera por presión. Aunque fuera demasiado tarde.
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