Capítulo 3
30 de junio de 2026, 0:06
La misión había sido un éxito.
Bakugo entró en el vestíbulo de su edificio con el uniforme todavía humeante, las manos ligeramente enrojecidas por el uso excesivo de su Quirk. Había derrotado a un grupo de seis villanos que intentaban robar un banco en el distrito financiero. Había sido rápido, limpio y efectivo. Exactamente como a él le gustaba.
El guardia de seguridad lo saludó con una reverencia.
—Buenas noches, Dynamight-san. ¿Todo bien en la misión?
—Todo en orden —respondió Bakugo sin detenerse—. Esos imbéciles no sabían con quién se estaban metiendo.
—Por supuesto, por supuesto. —El guardia sonrió nerviosamente—. Que descanse.
Bakugo subió al ascensor privado que llevaba directamente a su apartamento en el último piso. El ascensor era silencioso y rápido, con paredes de vidrio que ofrecían una vista panorámica de la ciudad iluminada. Normalmente, Bakugo disfrutaba de ese momento de soledad después de una misión. El silencio, la altura, la sensación de haber cumplido su deber.
Pero esa noche, algo estaba mal.
Cuando el ascensor se detuvo en su piso y las puertas se abrieron, Bakugo notó algo extraño. El pasillo estaba demasiado silencioso. Y la puerta de su apartamento... estaba entreabierta.
Bakugo frunció el ceño y se acercó con cautela. Su mano derecha ya empezaba a chispear, preparada para una explosión si era necesario.
—¿Quién está ahí? —gruñó, empujando la puerta con la punta del pie.
La puerta se abrió por completo y Bakugo se quedó paralizado.
Su apartamento estaba destrozado.
No era un robo. Los objetos de valor seguían allí: la televisión de pantalla gigante, el sistema de sonido, los relojes caros. Pero todo lo demás estaba cubierto de papeles. Paredes, suelo, muebles, todo estaba lleno de fotografías, recortes de prensa y cartas abiertas.
Fotografías de él. Recortes de sus entrevistas. Cartas escritas a mano, desperdigadas por el suelo como pétalos de una flor marchita.
Bakugo dio un paso adelante, con los ojos abiertos de par en par. Reconoció algunas de las fotos: imágenes de sus combates, capturas de pantalla de sus entrevistas, fotos suyas saliendo de la agencia. Había docenas. Cientos. Como si alguien hubiera estado coleccionando cada imagen de él durante años.
Y luego, en medio del caos, Bakugo lo vio.
Un cuerpo encogido en el rincón del salón, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos abrazando las piernas. Llevaba una chaqueta andrajosa, demasiado grande para su cuerpo delgado, y el pelo verde estaba sucio y enmarañado. Su rostro era pálido, demacrado, con los pómulos marcados y las ojeras tan profundas que parecían heridas.
Pero sus ojos estaban abiertos. Y miraban directamente a Bakugo.
—Hola, Kacchan —susurró Izuku Midoriya, con una voz tan frágil como el papel que lo rodeaba.
Bakugo dio un paso atrás, instintivamente. Su mano derecha se alzó, lista para atacar.
—¿Quién mierda eres? —exclamó—. ¿Cómo has entrado?
Izuku no se movió. Siguió mirándolo con esos ojos verdes y brillantes, llenos de una mezcla de alegría y desesperación.
—Soy yo. Izuku Midoriya. —Su voz era suave, casi soñadora— ¿No te suena mi nombre?
Bakugo sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—Tú... —su voz se quebró por un instante—. Tú eres el que se suicidó.
—No. —Izuku negó lentamente con la cabeza—. No me suicidé. Solo... fingí.
Una sonrisa temblorosa se dibujó en sus labios.
—Tenía que hacerlo. Tenía que hacer algo que te obligara a mirarme. Y funcionó. Vi la rueda de prensa. Dijiste mi nombre. Dijiste "Midoriya". Me viste. Finalmente me viste.
Bakugo apretó los puños. Sus palmas chisporrotearon, llenando el apartamento con un olor a ozono.
—¿Estás loco? —rugió—. ¿Fingiste tu muerte? ¿Destrozaste mi apartamento? ¿Qué clase de enfermo mental eres?
Izuku se levantó lentamente, con movimientos torpes y temblorosos. Su cuerpo parecía a punto de desmoronarse, pero sus ojos seguían fijos en Bakugo.
—Soy tu fan, Kacchan. Tu mayor fan. —Su voz se volvió más intensa—. Te he seguido durante años. He visto todas tus peleas. He memorizado todas tus frases. He coleccionado cada fotografía, cada artículo, cada mención de tu nombre. Te he amado más que nadie en el mundo.
Bakugo retrocedió un paso, con la mandíbula apretada.
—Eso no es amor. Eso es una obsesión enfermiza.
—Es lo mismo —respondió Izuku, y su sonrisa se amplió—. El amor es obsesión. El amor es darlo todo sin esperar nada a cambio. Y yo te lo he dado todo, Kacchan. Todo lo que tenía.
Dio un paso adelante y Bakugo levantó la mano, con una explosión preparada.
—No te acerques.
—¿Vas a hacerme daño, Kacchan? —preguntó Izuku, y su voz tembló ligeramente—. ¿Vas a seguir lastimándome como me has lastimado todos estos meses?
—No te conozco —dijo Bakugo, y sus palabras eran como cuchillas—. No te conozco y no quiero tener nada que ver contigo.
Izuku se detuvo en seco. Sus ojos parpadearon, como si las palabras de Bakugo fueran puñales clavándose en su pecho.
—No me conoces —repitió, y su voz era apenas un susurro—. Pero podrías conocerme. Podrías leer mis cartas. Todos estos días he escrito muchas más. Podría leerlas para tí y tú podrías escucharme. Podrías darme una oportunidad.
—No tengo tiempo para esto. —Bakugo sacó su teléfono con la mano libre—. Voy a llamar a la policía para que te lleven al manicomio porque sino de verdad vas a morir a mis manos.
—¡Espera! —El grito de Izuku fue desgarrador. Dio un paso adelante, con las manos extendidas—. ¡Espera, Kacchan! No hagas eso. No me mandes a la policía. Solo quiero que me escuches. Solo quiero que me mires. Solo eso. Eso es todo lo que siempre he querido. Puedo ser y hacer lo que tu quieras. Lo que sea. Por tí.
Bakugo lo miró. Realmente lo miró. Vio las ojeras profundas, las mejillas hundidas, la ropa andrajosa. Vio a un chico que había llegado al borde del abismo y había saltado, no para morir, sino para ser visto. Y por un instante, sintió algo. Seguía sin ser culpa y no era compasión. Era... incomodidad. Una sensación extraña y desagradable que se retorcía en su estómago.
—¿Sabes qué? —dijo Bakugo, y su voz era más baja, pero igual de fría—. Yo sé que no te importo, porque todo lo que haces es para tí. No para mí.
Izuku se quedó inmóvil. Sus ojos, que antes brillaban con esperanza, comenzaron a empañarse con lágrimas.
—Pero... pero yo te amo. Hice todo esto por ti. Todo.
—Y todo eso fue una estupidez —respondió Bakugo.
Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Izuku. Su cuerpo empezó a temblar, y su respiración se volvió irregular y entrecortada. —Entonces... ¿nunca vas a quererme? —susurró—. ¿Nunca vas a leer ni una de mis cartas?
Bakugo lo miró con dureza.
—Nunca.
La palabra cayó entre ellos como una bomba.
Izuku cerró los ojos y su cuerpo se desplomó contra la pared. Se deslizó lentamente hasta quedar sentado en el suelo, con la cabeza gacha y los hombros temblorosos.
—Entonces... —murmuró, con la voz rota por el llanto—. Entonces todo fue en vano. Todo.
El silencio se instaló en el apartamento. Solo se oía el llanto ahogado de Izuku y el zumbido de las luces fluorescentes.
Bakugo lo miró un momento más. Luego, sin una palabra, marcó el número de la policía.
—Hay un intruso en mi apartamento —dijo, con voz fría y profesional—. Envíen una unidad. Y preparen una camisa de fuerza.
---
Veinte minutos después, dos oficiales de policía entraron en el apartamento.
Izuku no opuso resistencia. Se dejó levantar del suelo, se dejó esposar, se dejó llevar hacia la puerta. Durante todo el proceso, no dijo una palabra. Sus ojos estaban vacíos, perdidos en algún lugar que nadie más podía ver.
Cuando pasó junto a Bakugo, se detuvo por un instante.
—¿Sabes qué es lo peor, Kacchan? —susurró, con una voz tan baja que apenas era audible—. Que ahora sí me ves. Y no te importa igual.
Bakugo no respondió.
Izuku fue arrastrado hacia el ascensor. La puerta se cerró detrás de él.
Bakugo se quedó solo en medio del caos. Su apartamento destrozado, las fotos esparcidas por el suelo, las cartas…
Se sentó en el sofá y enterró la cara en las manos.
—Un idiota —murmuró para sí mismo—. Solo un idiota.
Pero mientras hablaba, sus ojos se posaron en una de las cartas que yacían en el suelo. La tomó con dedos temblorosos y leyó las primeras líneas.
"Querido Kacchan..."
Bakugo arrugó la carta y la arrojó al otro lado de la habitación. No iba darle el gusto. Jamás.
Sin embargo...
Ahora cada vez que Bakugo veía una carta sin abrir, pensaba en él.
Cada vez que alguien mencionaba el escándalo, recordaba su nombre.
Cada vez que un fan le gritaba que lo amaba sentía una punzada en el pecho y sabía que era por él.
FIN