Come With Me, Fortune

Slash
NC-17
En progreso
0
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 306 páginas, 117.989 palabras, 75 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
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Capítulo 12

Ajustes
Tan pronto como salieron de las aguas de Mondstadt, Bennett notó que algo curioso sucedía con el bote. No se bamboleaba, no había fugas de agua y definitivamente el tiempo era soleado y despejado. Cuando asomó la cabeza, impresionado, esperaba que una piedra voladora le golpeara o que un insecto despistado se le metiera en la boca. Sin embargo, nada de eso pasó. En cambio, Tartaglia manejaba el pequeño timón mientras tarareaba una suave melodía, con las comisuras de los labios levantadas. El hombre parecía tan feliz como se veía. Estaba cubierto de cenizas y restos de hilichurl y parecía no importarle. Cuando Bennett tomó una pajita que se había enredado con el cabello rojizo del joven, este solo lo miró de reojo, sin perder de vista la brújula y el camino. Parecía saber perfectamente hacia dónde dirigirse, aunque Bennett solo veía agua y un intenso cielo anaranjado a donde mirara. —¡Camarada! Hoy tendremos que dormir en altamar. ¿Te importaría acomodar allá atrás? Bennett miró a su lado derecho, donde Tartaglia tomaba relajadamente el timón. Los dos asientos de en frente dejaban el espacio suficiente entre ellos para que el muchacho pasara, así que eso hizo: se coló entre ambos asientos y se dirigió a la parte de atrás. El equipaje más engorroso se encontraba en el portamaletas exterior, así que en el asiento de atrás solo había una muda de ropa sucia y ensangrentada y un nido de sábanas sin forma. Parecía que Tartaglia no ponía especial atención al hecho de dormir correctamente. —Esta ropa… —Solo tírala. No me sirve de nada si está rota. La sábana puede ser incómoda, pero no creo que quieras dormir directamente sobre la madera… Bennett lo meditó un rato. Luego de unos minutos sin moverse, Tartaglia lo llamó—: ¿Estás bien, camarada? No es nada del otro mundo. Solo tira lo que no sirva. Si nos ponemos a acumular cosas, tarde o temprano no podremos entrar al bote. Bennett tomó las sábanas y la ropa sucia, salió un momento y regresó con una sábana recién lavada y planchada. La colocó en su asiento mientras sacudía por aquí y por allá, encontrando toda clase de objetos. Corcholatas, botellas de licor, bolsas rebosantes de mora y pergaminos bien cerrados. —¿Está bien que yo vea esto? —Bennett sostenía entre brazos los dieciséis pergaminos que había encontrado. —Son las misiones que los Fatui me asignan —Tartaglia se encogió de hombros. Bennett las colocó cuidadosamente en un rincón, nervioso. Allá afuera había caído la noche—. Está empezando a refrescar. ¿Quieres comer antes de acostarte? —Nunca he comido dentro de un Rompeolas. Tengo miedo de derramar todo. O peor, de vomitar. —Al menos toma un poco de sidra. No has comido nada. Tartaglia soltó el ancla del pequeño bote y se giró para entrar en la parte trasera. Se quedó congelado por un momento. Lo que antes era un nido informe lleno de basura y polvo ahora relucía con una sábana blanquísima, sin rastros de basura, comida, misiones o suciedad. Solo un muchacho con las orejas cada vez más rojas. —¡Fiu! —silbó Tartaglia, sorprendido—. Acabas de dejarme en vergüenza, camarada. Las mejillas se le arrebolaron a Bennett. —Solo sacudí y acomodé un poco. Tartaglia se sentó a su lado en el filo del asiento. Bennett era menudo y de menor estatura, e incluso sus botines eran un par de tallas más pequeños que las botas de Tartaglia, pero todavía ostentaba unos músculos torneados y firmes. Estaba tenso y más cohibido que en toda su vida, pero todavía levantó la mirada y miró a los ojos a Tartaglia. Este se inclinó hacia Bennett y extendió el brazo. Bennett, sin saber hacia donde moverse, puso sus codos sobre la sábana, con Tartaglia justo encima de él. Después de un chasquido, Tartaglia abrió la ventanilla lateral y sonrió con picardía a tres centímetros de la cara de Bennett. El corazón del muchacho martilleaba con insistencia en su pecho. Tartaglia le sostuvo la mirada por unos instantes. Y si Bennett sabía interpretar correctamente las miradas, entonces la de Tartaglia era algo cercana al deseo. A la pasión o a la expectativa de una posesión. Las pieles de sus ombligos se rozaron por un momento. Ninguno de los dos se movió. Parecía que ni siquiera estaban respirando. Luego, como si aquello no hubiese pasado, Tartaglia se enderezó sobre su lugar y comenzó a quitarse las botas y la casaca. —Desvístete —le ordenó a Bennett. —¿Quuuéee? —alargó la expresión, cada vez más rojo. —Sé que eres un aventurero por naturaleza, camarada, pero nada va a pasar. Puedes dormir tranquilo. Quítate la ropa para que pueda lavarla y colgarla a secar. —Ah… Debajo del asiento había toda suerte de objetos. Tartaglia tomó una palangana, una barra de jabón y un cepillo. Luego de abrir la puerta para lavar con paciencia su ropa y la de Bennett, quien se había quedado en calzoncillos, enjuagó todo y lo dejó secar colgado y asegurado al bote. Bennett se protegía de la vista con las piernas cruzadas y retraídas frente a su cuerpo. Aunque tenía un montón de cicatrices, apenas era un muchachillo. —¿Cuántos años tienes, camarada? —Dieciséis. Dentro de unos meses cumpliré 17. Tartaglia también estaba en ropa interior. Bennett no podía describir lo bizarro que se sentía ese momento, casi desnudo dentro del bote de un Fatui. —¿Y tú? —Diecinueve. Eso es lo que dice mi registro oficial —se encogió de hombros. Bennett no sabía a qué se refería, y no quiso preguntar. Todavía existía la posibilidad de que Tartaglia se hartara de él y lo tirara al mar. Pero aquello estaba muy lejos de lo que Tartaglia estaba haciendo. Este se recostó de lado, con la ventana trasera a sus espaldas y se recargó, tal como la noche anterior, con la cabeza apoyada sobre su mano. —Ven aquí, camarada. Bennett tragó saliva. Se recostó boca arriba, completamente paralizado, con las manos sobre la boca del estómago. Miró a Tartaglia, pero este ya había cerrado los ojos para comenzar a tararear. El suave vaivén del bote, la fresca brisa marina y la voz de Tartaglia a centímetros de su oreja hicieron que Bennett se dejara arrullar en un sueño que pareció llegar casi de golpe. Bennett estaba exhausto. Había corrido durante dos horas, con los enemigos detrás, sin probar más bocado que el desayuno en el Viñedo. Las dudas y la ansiedad lo asaltaban a cada paso y, de no ser porque un maldito mago iba detrás de él, Bennett se lo habría pensado mejor y habría regresado por donde vino. Cuatro hordas de enemigos se atrevieron a lanzarse al agua para pelear contra ellos, y para colmo la tormenta casi les hundía el Rompeolas. Antes de dejarse ir por el sueño, escuchó el suave susurro de Tartaglia en su mejilla—: Nunca más tendrás que sufrir, Bennett.
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