Capítulo 13
11 horas y 54 minutos hace
Bennett despertó de golpe, con los rayos del sol que se colaban por la ventana quemándole la espalda. Seguía desnudo, pero ahora tenía vendajes repartidos por el cuerpo. En los dedos, en el pecho, en las piernas, en un brazo e incluso gasas y curitas en las heridas más pequeñas.
Observó todo el cuidado, sorprendido. Cada vez que Bárbara le curaba y le vendaba, Bennett solía ponerse cohibido y el corazón le latía a mil por hora. Suponía que siempre que alguien lo curara él estaría nervioso, pero ahora ni siquiera había sentido a Tartaglia vendándolo.
Tartaglia ya estaba vestido y manejaba con suavidad el bote, sin apenas moverlo. Parecía que incluso estaba dando vueltas muy amplias para que el bote no se bamboleara tanto.
—¿Ya estás despierto, camarada? Vamos a desembarcar. Tengo hambre y necesito estirar las piernas.
El joven dijo eso, pero como se daría cuenta Bennett tiempo después, su educación marcial era aterradora. Podía esperar días e incluso semanas enteras sin probar bocado, dando solo tres sorbos al día a su cantimplora. Podía permanecer en la misma posición durante horas, sin perder la concentración ni el balance. Podía hacer muchas cosas aterradoras, cosas que Bennett nunca hubiera visto de primera mano de no ser porque viajaba junto a uno de los únicos seres humanos que habían sobrevivido al Abismo.
Pero, en el presente, Tartaglia actuó como el joven que era, atracó el barco en una pequeña playa y casi que voló fuera del bote, estirando las piernas y la espalda. Sus huesos crujieron cuando se estiró, e incluso cuando tronó sus dedos y su cuello sonaron como pequeños disparos.
Bennett no pudo estirarse con el mismo placer, pero sí que estaba a gusto en un espacio abierto. La ropa que se puso estaba cálida y olía a sal, y había un ungüento en sus heridas que, en lugar de darle escozor, como siempre, se sentía fresco contra su piel. Una vez que revisó su alforja y que se colocó los googles, Bennett se sintió completo.
Entonces miró en derredor. La imponente montaña de Espinadragón adornaba el horizonte del noroeste. A su izquierda, una Estatua de los Siete, probablemente perteneciente al Dios Geo, atravesaba la neblina de la mañana como un imponente haz de luz retratado contra el cielo. Hacia el oeste había otro haz de luz, tal vez de otra Estatua de los Siete, y todavía más a la izquierda, una enorme estructura flotante se recortaba en el cielo, entre las montañas.
—¡Wow! ¿Qué es esa cosa?
—Ja, ja, no te alarmes, es la Cámara de Jade. Si nos va bien, no tendremos que pasar por ahí.
—¿Te olvidas de con quién estás viajando?
Atracaron en un montículo de piedra que sobresalía inclinado del islote. Junto al Rompeolas, los restos de un bote yacían vencidos por las olas y la arena. Frente al bote, a donde apuntaba su proa, unas imponentes montañas con formas extrañas se alzaban sobre las playas de un pequeño archipiélago. Estaban en el Bosque de Piedra Guyun, pero en un islote que parecía no haber sido tocado en mucho tiempo.
—¡Mira, camarada!
Tartaglia señaló múltiples montículos. Fue a patear uno, como un niño pequeño. Un enorme slime geo se apareció frente a ellos. Tartaglia soltó una carcajada cuando el slime se puso agresivo y comenzó a lanzarles piedras.
Un usuario pyro y un usuario hydro eran pésimas combinaciones contra un enemigo geo, pero no les quedaba de otra. Debían exterminar al slime si no querían terminar malheridos o aplastados por la enorme masa. Determinados, dañaron poco a poco su escudo, aunque Tartaglia parecía más relajado que molesto.
Cuando el escudo del slime se rompió este comenzó a huir. Tartaglia no le dio oportunidad. Gritó un sonoro “¡Vamos!” y dos cuchillas hydro se materializaron en sus manos. Atacó con certeza y sin darle ni una sola oportunidad al slime. Cuando Bennett menos se lo esperó, tan solo quedaba un asqueroso condensado entre la arena.
—Creo que debemos limpiar estos montículos antes de descansar. No queremos que otro slime nos ataque mientras estamos comiendo.
Aquello sería devastador. Nadie se merece ser molestado por slimes mientras come. Por eso, Bennett estuvo de acuerdo en limpiar el islote completo antes de vaciar las alforjas y hacer una fogata con los restos del bote.
Caminó en derredor y, cuando estuvo mentalmente preparado, tocó uno de los montículos más alejados. La arena se deslizó, como por arte de magia, y mostró un pequeño cofre de madera.
—¡Es un tesoro! ¿Puedes abrirlo, Tartaglia?
El joven no encontró extraña aquella petición. Tal vez la cerradura estaba corroída por el tiempo o algo así. Se acercó al cofre y lo examinó. Nada, parecía nuevo incluso. Levantó la tapa y ambos observaron su interior. Había cristales de refinamiento, moras y algunos artefactos que podrían usarse para refinar los propios.
—¿Eh…? —Bennett se acercó desde la espalda de Tartaglia, confundido—. No hay una sola lechuga.
—¿Lechugas?
—Ni una papa, ni zanahorias. ¿Cómo se supone que hagamos estofado? Tenía confianza en que encontraríamos al menos una.
—Pero ¿en una isla que parece no haber sido tocada en siglos?
Tartaglia tenía razón, por supuesto. La madera del bote casi parecía petrificada. Todas esas moras y cristales debían tener siglos enterrados, esperando a ser encontrados por un desafortunado aventurero y su insólito acompañante.
Bennett fue hacia el siguiente montículo. Debajo de él apareció un extraño círculo de esos que a veces podía encontrar cerca del Viñedo, donde debería empezar Liyue.
—¡Oh! Esto es para activar una corriente de aire. Camarada, ve a la cima de esta roca. Seguro encuentras algo interesante.
Tal como Tartaglia lo describió, al pararse durante unos segundos sobre el círculo, una corriente de aire llevó a Bennett hasta la cima de la roca. Justo en la punta había otro cofre pequeño.
—¡Increíble! —exclamó, encantado.
Aunque este cofre estuviese relleno de lechugas no le habría importado menos. Jamás había encontrado dos cofres seguidos, aquel era un golpe de suerte extraordinario. Y Bennett sabía que era por Tartaglia. Tal vez había nacido bajo una buena estrella, a diferencia de él.
Abrió el cofre, todavía con el miedo de divisar algo de color verde, pero en su lugar había un montón de mora, cristales y una espada oxidada que, con un poco de mantenimiento, podría usarse. Bennett miró el contenido de hito en hito, una y otra vez, sin podérselo creer.
Cuando Tartaglia gritó—: ¿Sucede algo? —Bennett pensó que era momento de bajar.
Tomó el cofre y se lanzó, deslizándose sobre la roca sin el más mínimo cuidado. Llegó sano y salvo a la arena, pero solo porque Tartaglia lo detuvo antes de que se tropezara con el mismo cofre y se fuera de boca contra el suelo. Bennett le dirigió una sonrisa exultante.
—¡Hay mora! ¡Mora contante y sonante! Debe ser porque estamos en la nación del dios Morax.
Con una confianza renovada, Bennett fue a patear otro montículo, imitando a Tartaglia. Una parvada de cicines electro se elevó sobre ellos, agitando furiosamente sus alas.
Bennett suspiró.