Capítulo 75
11 horas y 53 minutos hace
Desafortunadamente, el paseo en bote no fue lo que ellos esperaban. Pensaban atracar en Puerto Ormos y de ahí caminar hacia el punto que señalaba la puerta de la mazmorra, pero tan pronto como salieron del puerto de Liyue rumbo a Sumeru, una tormenta oscureció el cielo.
―¡Qué bueno que tenemos la orilla a unos metros! ―gritó Ajax en medio del estruendo.
Se cargó la mochila de Bennett en un hombro, la bolsa de dinero en el hueco entre su brazo y su cintura y luego se echó a Bennett en el otro hombro como un saco de papas. Saltó del Rompeolas en el momento justo en que un rayo le dio de lleno y este se comenzó a incendiar a pesar del agua.
Bennett y Ajax nadaron, apenas quince metros, pero los suficientes para sacudirlos y empaparlos con fuerza. Cuando llegaron a la orilla, incluso Ajax estaba respirando con pesadez, sorprendido de las circunstancias.
Bennett suspiró, lo suficientemente alto para que Ajax lo escuchara. Este le palmeó la espalda, sonriente, y luego lo besó.
―La aventura continúa, camarada ―le dijo.
Su cabello comenzó a levantarse, como pequeños picos ascendiendo lentamente al cielo. Bennett sintió la electricidad antes de verla. Empujó a Ajax con fuerza y él mismo se lanzó sobre él. Cuando el rayo impactó justo en el lugar en el que acababan de estar, Ajax comenzó a reírse a carcajadas.
―¡Nunca dejan de sorprenderme las cosas que pasan cuando estoy a tu lado, ja, ja, ja! ¡Vámonos antes de que la tormenta nos mate!
Corrieron tierra adentro, donde los riscos formaban un pequeño golfo de agua que se estaba agitando también. Tenían que ir terreno arriba, donde no los alcanzara ni el agua del mar ni el agua de la tormenta, lo que era complicado, dado que la tormenta arreciaba por momentos.
Intentaron correr entre lodo y charcos, Bennett cayéndose por todos lados. Ajax no dejaba de reírse de él, pero no tenía reparos en ir cargando la mochila y el dinero de Bennett mientras este intentaba no ser asesinado por el diluvio.
Cuando consiguieron llegar a un lugar alto, se dieron cuenta de que ya estaban cerca de Sumeru porque vieron a tres yaks de carga que pastaban pacíficamente, ignorando la lluvia. Por supuesto, yacían de lo más tranquilos hasta que tuvieron a Bennett en el radar.
―¡Cuidado! ―gritó Ajax, tirando todo al suelo para poder asestar un flechazo al yak más cercano.
El mastodonte rugió y salió disparado hacia el lado contrario. Los otros dos también decidieron poner distancia entre ellos, alejándose a toda marcha.
Un grupo de árboles y arbustos junto a la ladera más cercana los invitaba a refugiarse debajo. Bennett rezó para que no les cayeran más rayos, y armó la tienda a toda marcha, solo para que Ajax y él pudieran entrar cuanto antes.
Pero cuando la tienda se cayó sobre él por el peso del agua, Bennett gritó de frustración. Ajax volvió a tomar el equipaje, lo dejó a un lado y tomó a Bennett de las manos. Los cielos parecían dispuestos a inundar todo Teyvat.
―¿Qué te parece si nos quitamos la ropa empapada y nos cobijamos con la tienda? ―propuso.
Bennett se puso de puntillas y besó a Ajax en la boca. Sentía agradecimiento, uno muy profundo, porque Ajax se había reído y lo había acompañado en lugar de abandonarlo a su suerte.
El hombre se desnudó de la cintura para arriba en un movimiento. Bennett hizo lo mismo. La lluvia no parecía ceder de todos modos, y no era como que se pudieran mover en el terreno de esa manera.
Se desnudaron por completo, dejando su indumentaria alrededor. Ajax se sentó sobre las piernas de Bennett, su entrepierna cada vez más animada con el ambiente.
Ellos tenían sexo a diario. No había día o noche en que no lo hicieran, no tenían suficiente el uno del otro. Por eso, cuando Ajax se preparó para recibir a Bennett en medio de la tormenta, se dio cuenta de que ya estaba listo. Introdujo el miembro de Bennett en él lentamente, suspirando, ayudado por la lluvia fresca.
Tomó los brazos de Bennett y los llevó por encima de su cabeza, aprisionándolo. Ajax se apresuró a cabalgar el miembro del aventurero mientras sus bocas se volvían a unir.
Para Bennett esto no fue suficiente. No necesitaba las manos y lo demostró en ese momento. Flexionó las rodillas, plantó firmes sus pies y comenzó a mover sus caderas con una energía inigualable, fustigando el interior de Ajax a pesar de que era él quien estaba encima.
La lluvia no permitía a Bennett ver la cara de Ajax, algo por lo que estaba rogando siempre. Y, aunque no tenía el control por completo, Bennett se seguía sintiendo seguro. Sabía que estaba con Ajax, que él era quien estaba sobre él, y eso era todo lo que importaba.
Siguieron una y otra vez, hasta que ninguno pudo más, y entonces se dieron cuenta de que había escampado y podían poner a secar su ropa y sus pertenencias. Apenas estaba anocheciendo.
―Mañana, cuando claree el día, debemos ir a buscar la entrada de la mazmorra ―designó Bennett en voz alta.
Habían tenido que formar no una ni dos, sino tres fogatas. Todo se les había mojado, incluso la ropa de repuesto. Se envolvieron en toallas empapadas solo para no seguir excitándose, porque necesitaban hacer otras cosas si no querían seguir desnudos hasta la mañana. Por fortuna, el manual del aventurero de Bennett y, por lo tanto, sus mapas, seguían intactos. Él siempre los llevaba envueltos en una bolsa de cuero que no permitía el paso del agua. De hecho, el material tenía propiedades no inflamables, porque Bennett se conocía y no quería dañar su manual de ninguna manera.
Como el cielo estaba despejado y la luna era casi llena, Bennett podía tener un vistazo de todo el lugar. A su izquierda, hacia el noroeste, los picos más altos de la Sima sobresalían como sierras cortando el cielo. A su derecha, al noreste y a todo lo largo del este, se extendía el océano que yacía entre Liyue e Inazuma. Debajo de la pequeña colina donde se asentaron, mirando al noreste, estaba el pequeño golfo de agua que los recibió durante la tormenta. Los restos del Rompeolas, si es que los había, no se veían por ninguna parte.
―Creo que llegamos al lugar correcto ―susurró Bennett, mirándolo todo, haciendo cálculos mentales con su extenso mapa de Liyue y el mapa casi nuevo de Sumeru en el manual, comparando sus fronteras.
―Yo también lo creo ―Ajax se paró al lado de Bennett, imponente. Una minúscula toalla tapaba lo más importante, pero mostraba sus muslos, su abdomen firme y sus pectorales esculpidos. Bennett se sonrojó al verlo, pero Ajax estaba demasiado ocupado mirando en derredor―. La entrada está a menos de dos kilómetros de la Sima, en la frontera exacta entre Liyue y Sumeru, del lado de Sumeru. ¿Crees que sea esa?
Señaló un punto cualquiera, una convergencia entre dos piedras y el suelo lleno de pasto y musgo. Bennett no estaba muy seguro de que fuera la entrada, pero Ajax también era un viajero consumado. Tenía años de experiencia, así que Bennett elegía confiar.
―Supongo que mañana lo sabremos ―Bennett le sonrió con calidez, intentando no mirar debajo de su cuello.
La diversión se adivinaba en los ojos apagados de Ajax. Se giró rumbo al campamento, sonriente.
―¿Vienes, camarada? Tenemos que dormir algo si queremos rendir mañana ―invitó. Cuando Bennett se giró, él se quitó la toalla, de espaldas a Bennett. El muchacho estuvo a punto de tropezar y caer de cara, lo que provocó la risa de Ajax―. Deberíamos dejar que todo se secara, ¿no?
Era una clara invitación para Bennett, y él no la declinaría.
La mañana sorprendió a Bennett con bastante luz y bochorno. Dentro de la tienda, el calor era inaguantable. Bennett se despertó empapado en sudor. Se abanicó con el mapa de Liyue, intentando respirar el aire caliente. Ni siquiera estaba vestido y ya sentía un calor bochornoso que nada tenía que ver con los vientos templados de Mondstadt.
Salió de la tienda, doblando el mapa. Se apresuró a vestirse ante la mirada atenta de Ajax, quien estaba junto a la última fogata, preparando el desayuno con un montón de duraznolivas y carne que olía delicioso. El resto de los insumos, como los brotes de bambú y la fruta Amakumo, se habían hundido con el Rompeolas.
―Quiero explorar un poco después de comprobar la entrada a la mazmorra. ¿Eso está bien para ti?
―No necesitas preguntarme, camarada ―Ajax sonrió, dando buena cuenta de su almuerzo―. Iré a donde vayas.
―¡Genial!
Luego de guardar todo y establecer ese grupo de árboles que los refugió por la noche como un punto de partida en su manual, con una primorosa estrella, Bennett y Ajax bajaron a donde este había apuntado durante la noche. Estaba mucho más lejos de lo que la noche los hizo suponer y, aunque estaban empapados en sudor cuando llegaron, estuvieron de acuerdo en que ese era el lugar indicado. Entre las dos enormes rocas, ocultándolo de la vista, había una enorme puerta de doble hoja que brillaba con destellos rojizos.
Intentaron desbloquearla de todas las formas posibles, buscando mecanismos ocultos o pilares elementales para activarlos, pero no había nada qué hacer al respecto. Katheryne había sido clara: se abría durante unas ocho horas en las noches de luna llena y nada más. Así que debían esperar hasta la noche.
Con esto en mente comenzaron a subir las laderas rumbo a la Sima, buscando algo interesante. Un lugar con comida, por ejemplo. No podían esperar a ingresar a un lugar que abría cada mes y no llevar comida consigo. Cuando pusieron la Cámara de Jade de Liyue a sus espaldas y la Sima a su derecha, al doblar una ladera, se encontraron con un montón de yaks de carga (seguramente los de la noche anterior), además de caracales que se desparramaron sobre la hierba, tomando el sol.
Frente a ellos surgió una estructura extraña, un edificio descuidado que parecía deshabitado. El edificio era enorme, así que les cortaba la vista del resto de Sumeru. Cuando se acercaron más se dieron cuenta de que era un edificio de dos pisos con atalaya y acceso desde una estructura de madera que estaba muy bien custodiada.
Ni bien los hubo visto, Ajax ya tenía una cuchilla de agua en cada mano.
―Son eremitas, camarada. Mis fuentes han documentado al menos quince tribus y organizaciones distintas, pero puede que haya más. Están ocupando este lugar ilegalmente, por eso está hecho polvo.
―¿Son parecidos a los Ladrones de Tesoros? ―preguntó Bennett en voz baja, invocando su espada.
―Sí ―dijo Ajax sin bajar la voz. Lanzó una de sus cuchillas a uno de los más grandotes, alertando a todo mundo―. La única diferencia es que estos tipos son más fuertes.
Acto seguido, se lanzó de cabeza al peligro.
Bennett no se hizo esperar. Arrojó todo lo que le hiciera peso muerto, empuñó su espada con fuerza y se enzarzó en una pelea contra un viejo canoso que empuñaba una enorme cuchilla y un ballestero que no dejaba de disparar flechas a lo tonto, como si supiera que su compañero las iba a esquivar y Bennett no.
―¡Hay un extractor de energía, camarada! ―gritó Ajax, retrocediendo un poco entre tres eremitas, pero sonriente―. ¡Busca las llaves! ¡Si esa cosa nos drena la energía estamos fritos!
―¡¿Y dónde están esas llaves?! ―preguntó, huyendo de las estocadas y las flechas de sus oponentes.
―¡No lo sé! ¡¿En la atalaya, tal vez?!
Ajax acertó, porque los eremitas lo atacaron con mayor fuerza. Bennett aprovechó un descuido del ballestero para pasar frente a él y subir con todas sus fuerzas, con dos eremitas detrás. No había nadie dentro de la atalaya y la única forma de ingresar era a través de un hueco en la pared.
Una llave de aspecto curioso y brillante llamó su atención. Bennett supo que era la correcta en el momento en que la tocó y tres eremitas se materializaron de la nada. Bennett tragó saliva, se guardó la llave en el bolsillo y peleó contra los tres que tenía en frente.
Después de semanas sin acción de ese tipo, Bennett lo agradecía. Los ataques impredecibles de Ajax lo habían preparado para la batalla en ese momento, porque tres personas contra uno solo era una locura.
Bennett notó que, cada vez que derrotaba a un eremita y este no podía continuar, se desvanecía entre una voluta de arena. Era una magia fascinante para que no los atraparan y los mataran.
Cuando el muchacho consiguió derrotar a los tres, el cancel de metal de la atalaya se subió de tirón y los dos eremitas del principio lo persiguieron. Bennett logró salir a duras penas de la atalaya, pero no vio un agujero en el suelo y terminó cayendo a la parte más derruida del edificio.
La naturaleza ya había hecho estragos con la estructura: solo quedaban las orillas del suelo. Lo demás ya era la roca sólida, cubierta de pasto y hongos del tamaño de jabalíes. Había un montón de cajas llenas de armas y comida, la suficiente para alimentar a un ejército pequeño. Bennett tomó nota mental de esto mientras veía otra llave igual de curiosa y luminosa que la primera que agarró. Se preparó, porque esta vez no fueron tres, sino cinco eremitas los que le aparecieron alrededor.
Bennett logró huir por los agujeros más inesperados. Para cuando se dio cuenta, había siete eremitas detrás de él y el extractor estaba frente a él. Introdujo las llaves a las prisas, esperando apagarlo.
―¡No lo harás! ―gritó uno de los eremitas, intentando llegar hasta las llaves.
Ajax estaba demasiado ocupado combatiendo contra sus propios eremitas, jugando con ellos, así que Bennett se giró hacia su propio pelotón de eremitas y les gritó:
―¡Acérquense si se atreven!
Tres eremitas más aparecieron. Bennett se avocó con uñas y dientes a terminar con sus enemigos, pero cada vez que derrotaba a uno, venían dos más.
Uno de ellos lo hizo tropezar y Bennett cayó de sentón. Justo en ese momento, una flecha de agua lo atravesó de lado a lado y el eremita desapareció en una voluta de arena.
―¡Vamos, Benny! ¡Debemos defender este extractor hasta que se apague! ¡Solo así nos dejarán en paz!
Bennett sonrió, se levantó y lanzó su habilidad definitiva. Una sonrisa más amplia nació en los labios de Ajax.
Un minuto después, exhaustos, vieron el extractor apagarse y a los eremitas maldecir y huir. Habían ganado. Bennett celebró riendo a carcajadas.
―¡Espera a ver lo que guardaban esos tipos! ―gritó, contento.
Ya no tendrían que ir hasta un lugar habitado para obtener comida.