Capítulo 74
11 horas y 58 minutos hace
El nuevo Rompeolas era bonito y espacioso. Bennett y Ajax solo tenían que echar el ancla durante la noche y acostarse a dormir, uno junto al otro. Aunque el primer Rompeolas les hubiera servido más a esas alturas, porque se la pasaban uno encima del otro, lo cierto era que también era bueno tener espacio propio de vez en cuando.
Tan pronto como se acomodaron en el nuevo vehículo, los dos se pusieron en marcha rumbo al Mar de Nubes de Liyue. Pasarían por la ciudad para terminar de cobrar lo pendiente, y luego se irían directo a Sumeru, al Puerto Ormos.
A bordo del Rompeolas no podían practicar con espadas, así que Ajax invocó perezosamente su arco y lo puso sobre las piernas de Bennett para que este lo estudiara. Era largo y engorroso, pero de peso ligero. Su nombre era “Herrumbre”.
―Prueba la cuerda ―sugirió Ajax, diciéndole que sacara el torso por la ventana para que Bennett pudiese experimentar con el arco―. Sostente bien, camarada. No queremos accidentes.
Bennett sabía que lo peor podía pasar. Que Herrumbre se le podía resbalar, o que él mismo podía caer al agua. Que una tormenta podría voltearlos y vomitarlos en las costas de Liyue o, peor aún, que un dios caído despertara en medio del mar y los devorara con todo y bote.
Aunque pasó lo único que no se le pasó por la mente a Bennett: soltó la cuerda a destiempo y el arco dio un latigazo que le provocó un chichón en la frente. Ajax se aguantó la risa al verlo.
―¿Es mala suerte o torpeza? ―cuestionó, divertido.
Bennett suspiró.
Cuatro días después, con un cielo despejado, Bennett y Ajax arribaron al puerto de Liyue. Como no reconocieron su bote, la gente no les prestó atención, pero en cuanto Bennett se asomó, los marineros, los niños y los vendedores ambulantes los rodearon.
Ajax se mostró arisco con los adultos, ladrándoles que no tenía nada para ellos. Pero cuando los niños lo tomaron de las manos y le dijeron que querían jugar a pirata bueno, pirata malo, Ajax fingió secuestrar a un niño y gritó:
―¡Arrr! ¡Grumetes de agua dulce, ríndanse si no quieren que su compañero muera!
―¡Hoy será el día en que pagues, tunante! ―gritó un niño, agitando un palo como si fuese una espada.
Un montón de chiquillos comenzó a perseguir a Ajax por toda la ciudad, risueños. Mientras su compañero jugaba, Bennett se dedicó a arriar el Rompeolas e ir por su extensa fortuna, que ya debía ser equiparable a la de su hermano Kaeya. Por un momento pensó en casa, en cómo estarían en ese momento, pero no por mucho, porque el viento le trajo la risa de Ajax hasta los oídos.
Cuando llegó al Rompeolas, que era el último en una extensa línea de botes, se dio cuenta de que no estaba solo: había una persona ahí. Un Recaudador Pyro.
Bennett miró hacia todos lados, cada ángulo, cada esquina, como si pudiese percibir al resto de los compañeros del Recaudador en la zona. Los marineros se habían alejado casi cincuenta metros alrededor del bote y nadie osaba acercarse.
Bennett se puso tenso, preparado para luchar. Pero justo en el momento en que estuvo al alcance del Recaudador, este hizo una profunda reverencia y llevó una rodilla al suelo.
―Saludos, maestro Ragnvindr ―dijo, con una voz clara y juvenil, nada parecida a la voz adulta que Bennett esperaba oír―. He sido enviado en persona por El Onceavo. ¿Me concedería el honor de permitirme depositar su dinero en una cuenta bancaria confiable? El Banco del Reino del Norte se sentirá halagado de contar con…
―No puedes haber sido enviado por Ajax ―lo interrumpió Bennett, negando, alejándose dos pasos.
―Maestro…
―¿Hay alguien más contigo? ―Bennett miró a todos lados, esperando la emboscada en cualquier momento. Se cargó la bolsa de dinero en la mano izquierda para liberar la derecha y tener acceso a su espada.
―No tiene por qué estar tan asustado…
―¡Fuera de aquí! ¡Largo! ―gritó, más enojado que acobardado. Había vencido a muchos Recaudadores Pyro en el pasado, este no sería el primero que lo haría doblegarse. Lo único que no quería era perder los estribos dentro de la ciudad.
Bennett invocó su espada y apuntó al Recaudador. Este levantó las manos y gritó―: ¡Está bien! ¡Me largo, me voy, guarde su espada! ―y acto seguido dio media vuelta y se fue, golpeando el suelo con sus botas.
El muchacho se quedó parado en su lugar por mucho tiempo, tanto que ni siquiera se dio cuenta de que las actividades en el muelle volvieron a la normalidad. Los pescadores y los marineros pasaban por su lado, felicitándolo, agradeciéndole.
Luego de unos instantes más, Ajax volvió junto a Bennett. Estaba empapado en sudor y parecía haber corrido la carrera de su vida. Una sonrisa exultante le adornaba la cara. Aun así, los liyuenses le sacaban la vuelta, como si no quisieran estar muy cerca de él. Bennett no lo había notado en su primera visita, tal vez por el ritual que todavía operaba en él.
―¿Por qué estás ahí parado como un tonto, camarada? ¿Tienes hambre? ―Ajax se acercó un poco más para levantarle el rostro.
Pero Bennett era la persona más testaruda: cuando decidía algo, no lo cambiaba. Apartó la mano de Ajax de un manotazo y lo miró a los ojos. Este estaba genuinamente sorprendido, porque de seguro no pensó que Bennett lo fuera a rechazar a esas alturas.
―¿Qué pasa? ―preguntó, la alegría fugándose de su cara.
―Te dije que no quería oír la más mínima mención, ni ver, ni tener ninguna interacción con ellos ―le dijo Bennett, con voz temblorosa. No quería llorar―. ¿Por qué enviaste a un Recaudador del Banco para que depositara mi dinero con ellos?
―Bennett Ragnvindr ―Ajax utilizó el nombre de Bennett por primera vez, y él no pudo evitar sostenerle la mirada, estupefacto―. Juro por todos los dioses que yo no tengo nada que ver con tu enojo.
Bennett dejó caer la bolsa de dinero. Dejó que Ajax se acercara y le sostuviera la cara con las manos. Tembló, a punto de llorar.
―¿Lo juras? ―preguntó en un susurro.
―Juro que, si no es verdad y yo envié a uno de los míos a pesar de tu advertencia, voy a desnudarme y rodar sobre cientos de cactus.
Bennett se rió, imaginándose a Ajax, pero una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla. Uno de los míos, había dicho. Él siempre se consideraría uno de los suyos. Uno de ellos.
―Creo que te conozco lo suficiente, Ajax ―le dijo Bennett en un susurro, intentando apaciguarse―. Haya sido un error o una insubordinación, si corre sangre por esto, puedes irte despidiendo de mí.
―A estas alturas me sorprende que no me hayas pedido que los traicione ―la alegría no tocaba a los ojos de Ajax. Nunca lo hacía.
―¿Por qué lo dices?
―Porque destruiría a los Fatui si me lo pidieras ―le dijo, tomándolo de la nuca, poseyéndolo. Bennett se estremeció ante el nombre, pero estaba demasiado ocupado viendo la locura de Ajax frente a sus ojos.
―No hablas en serio…
―¿Cuándo te he mentido?
Bennett le creyó. Sabía que una sola palabra suya podría provocar una tragedia, así que se hizo la nota mental de nunca exaltarse. Aunque esos tipos de Snezhnaya fuesen un nido de víboras, todavía había suficiente gente digna de confianza y compasiva. Bennett quería creerlo, aunque todos y cada uno de sus encuentros con alguno que no fuera Ajax, no hubiese estado marcado por la violencia.
―Agh ―Ajax se quejó y rodó los ojos―. Hay demasiada gente aquí, camarada. Vámonos.
―Está bien ―Bennett volvió a sonreír. Le gustaba más el Ajax despreocupado que se fastidiaba de la cantidad de gente en un lugar.
―¡Oh, ahí están! ―una voz familiar captó la atención de ambos. Era Xiangling, la guapa cocinera del Restaurante Wanmin. No había cambiado en absoluto en esos meses, pero sí que parecía igual de alegre.
―Ah, Xiangling, te vi hace rato mientras paseaba por la ciudad ―Ajax sonrió hacia la chica, pero parecía distante.
―Hola, señor Tartaglia ―Xiangling saludó con entusiasmo. No notó el estremecimiento de Bennett―. ¡Y hola, Bennett! Acabo de ver un encargo curioso en el tablón de anuncios del Gremio de Aventureros. Y al verlos, pensé de inmediato en ustedes. ¿Por qué no se acercan a ver? Parece una misión hecha a la medida.
―Vamos rumbo a Sumeru, no creo que…
―¡La misión es cerca de la Sima, del lado de Sumeru! Por eso les dije que parece una misión hecha para ustedes ―Xiangling rió―. De paso, ¿pueden decirle al Viajero que se pase más seguido por el restaurante? Tengo entendido que también partió rumbo a Sumeru, a la capital.
―¿Él también fue a ver el Sabzeruz? Puede que nos lo vayamos a encontrar ahí ―Bennett se animó con la perspectiva de nuevas aventuras y nuevos encuentros―. ¿Podemos ir a ver de qué misión se trata, Ajax?
―Por supuesto. Fue por eso por lo que iniciamos nuestro viaje, ¿no? Por las aventuras ―Ajax aplaudió dos veces, despejándose―. Ve y haz lo que tengas que hacer, Benny, yo también tengo algo que hacer.
Bennett volvió a mirar su bolsa de dinero y la depositó en brazos de Ajax luego de un momento.
―Recuerda lo que te dije hace rato, por favor ―Bennett le soltó, nervioso, mirando de reojo a Xiangling.
Pero como Ajax nunca se medía con las palabras, le dijo―: Por supuesto. Nada de sangre. Pero no se quedará sin su castigo.
Ajax se alejó tarareando, cargando la enorme bolsa de dinero contra su costado. Xiangling miró a Bennett con los ojos abiertos, pero pareció decidir que, por su paz mental, no preguntaría nada al respecto.
La chica arrastró a Bennett a través de la ciudad, como si este no la conociera ya, hasta que llegaron al tablón de anuncios del Gremio de Aventureros. Era igual de grande, desgastado y pesado que el de Mondstadt.
En él había varios encargos de diferentes niveles junto a la recompensa que ofrecían. Incluso los niños podían hacer sus propios encargos. “Encontrar a Sr. Bigotes” o “Hacer fila en el puesto de verduras desde las cinco de la mañana” eran encargos muy frecuentes. Entre todos ellos había uno nuevo, que parecía acabado de poner hacía unos instantes.
Se ha reportado una mazmorra anómala, que solo aparece durante noches de luna llena. Desafortunadamente, todo aquel que entra a explorar no vuelve a salir. Si deseas adentrarte en la mazmorra, debes firmar una responsiva donde el Gremio de Aventureros se deslinda de cualquier responsabilidad. Requerimos información sobre el interior y el nivel de peligrosidad. Duración: 28 días. Recompensa: Once millones de Mora.
Katheryne salió de detrás de su mesa de trabajo, con pasos medidos. Se disculpó con Bennett y con Xiangling y modificó la recompensa. Esta subió a 15 millones de Mora.
―¿Qué pasó, Katheryne?
―Hola, aventurero Bennett ―saludó la chica―. Se me ha reportado que cuatro aventureros más han desaparecido dentro de la mazmorra. La misión se ha convertido oficialmente en una de grado SSS. Solo aventureros con más de cinco años de experiencia o una tasa de éxito del 90% podrán entrar. Según mis datos, cumples con los años de experiencia. ¿Vienes a reclamar esta misión? Cualquiera que cumpla con los requisitos y quiera ingresar, deberá estar en la entrada mañana al anochecer. Más o menos desde las ocho de la noche hasta las cuatro o cinco de la mañana es posible entrar.
Bennett vio la cantidad de peligro. Vio la recompensa (lo que menos le interesaba ahora que nadaba en riqueza) y vio la aventura frente a él. Pensó en las veces que se había aventurado en Enkanomiya, en Espinadragón, en la Sima, esperando el peligro, dándole la bienvenida.
Lo hacía porque, sin saber, quería apaciguar el dolor. Quería experimentar otra clase de dolor, uno que no lo hiciera sentir enfermo o mancillado, uno que fuera temporal. Dolor tras dolor. Brazos rotos, luxaciones, moretones, golpes, quemaduras. Cualquier cosa que lo hiciera olvidar lo que los malditos soldados de Snezhnaya le hicieron.
Afortunadamente no tenía que buscar mucho, porque siempre le sucedía algo. Ya fuera una piedra voladora (como en ese momento), tablones podridos, una tormenta en un día despejado o algo peor. Siempre le sucedía algo y él lo atribuía a su mala suerte.
Recordó al Emisario electro que se les apareció a él y a Kaveh en los recovecos más escondidos de Enkanomiya.
“Veo que Teyvat no te tiene mucho aprecio, muchacho”.
Y luego miró a Xiangling, quien seguía sonriendo.
―¿Verdad que es una misión más que perfecta para ustedes? ¡Qué bueno que apareció justo cuando llegaron a la ciudad! Si no, se la hubieran perdido…
―Dime algo, Xiangling, ¿hay otras personas que tengan mi color de cabello?
―¡Oh, por supuesto! ―exclamó, contenta―. Chongyun, por ejemplo, aunque siempre está teniendo problemas con su excesiva energía positiva. No puede ni sentir el olor de los chiles Jueyun porque pierde el conocimiento. ¿Quieres que te lo presente?
―Sí, tal vez algún día ―asintió Bennett.
Parecía un chico con problemas peculiares, igual que él, así que lo mejor era conocerlo.
Si Teyvat no lo quería, ¿por qué darle una Visión? No tenía sentido. Bennett encontraría las respuestas a estas preguntas algún día, tarde o temprano. Solo esperaba encontrarlas antes de que fuera demasiado tarde, antes de que se acumularan demasiadas preguntas o no hubiera forma de responderlas.
―Dame el encargo, Katheryne ―Bennett se plantó firme sobre sus dos pies al decir esto―. Seré el único aventurero que entre ―prometió.
El único aventurero, pero no la única persona.
Estaba seguro de que Ajax estaría a su lado en esa nueva aventura antes de ir al Sabzeruz en Sumeru.