Hunter x Kurapika

Slash
NC-21
En progreso
0
Fandom:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 149 páginas, 58.488 palabras, 32 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
0 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Kurapika

Ajustes
Pairo está muerto. Kurapika puede saberlo a través de las cuencas ensangrentadas en su cara. Donde antes debía ir sus preciosos ojos escarlata, yace únicamente el color bermellón de la sangre fresca. Kurapika graba en sus retinas la pequeña cara de Pairo. Permanece en un rictus eterno de miedo y agonía, con la sangre fluyendo como violentas lágrimas. Pero eso no es todo. Kurapika podría haber superado la extinción de su clan si tan solo no hubiese vuelto para ver la masacre. Podría haber seguido adelante, de un modo u otro. No obstante, lo que siente no es solo impotencia, un resquemor doloroso en el pecho, sino también un odio profundo que le enciende la mirada de rojo. Pairo está desnudo. Sobre su piel, antes lozana y suave, ahora fría y cerúlea, hay rastros de mordidas, moretones y semen. Kurapika no puede saber si lo mancillaron antes o después de matarlo, si le sacaron los ojos antes o después, o si hicieron todo al mismo tiempo. O si, por alguna razón, lo disfrutaron por partes como si de un banquete se tratara. Por supuesto, Pairo no es el único que yace desnudo, violado y sin ojos, pero es el único que Kurapika puede ver, porque es el único que sigue dentro de su casa. Los demás están afuera, como si hubiesen alcanzado a huir, dejando al pequeño Pairo a su suerte. Si tan solo no estuviese medio cojo y casi ciego por culpa de Kurapika, puede que Pairo hubiese alcanzado a correr. Si Kurapika sobrevivió, ¿por qué Pairo no? Kurapika no tiene una respuesta para eso. Pero lo que sí sabe es que es su culpa. De lo contrario, ¿cómo habrían averiguado la ubicación de su caravana? No fue más que su necedad por recuperar la salud de Pairo la que condujo a esa tragedia. Kurapika despierta en medio de la noche, con las cuencas de Pairo grabadas en su mente. Lo ve, mirándolo sin ojos, desde el pie de su cama. Kurapika grita, asustado, pero no es más que sugestión y falta de sueño. Cuando enciende la luz no hay nada ahí. Suspira, se masajea los ojos y contiene un gemido. Por fin encontró la ubicación del examen #258 de cazadores, pero no puede hacer nada contra esa maldición que carga desde nacimiento. ¿De qué otra forma podría denominarse a ser un maldito omega? Kurapika toma un supresor y, decidiendo que no es suficiente, toma otro más. Está comenzando a notar los efectos secundarios de los supresores, pero no puede simplemente ir y buscar un alfa para controlar su celo. Para empezar, él es un omega dominante, por lo que muchos alfas huyen o se desmayan en cuanto su aroma se manifiesta. Aunque esto es bueno, porque Kurapika nunca ha tenido que sufrir acoso o cosas peores, a la larga le está afectando. Tiene poco más de tres años usando los supresores más fuertes del mercado para sus ciclos de celo, así que cada vez tienen menos efecto en él. Los supresores normales ya no le hacen ni cosquillas. Así que Kurapika necesita, con mucha más urgencia de la que quiere admitir, encontrar un alfa que lo ayude a controlar sus ciclos de celo. ¿Pero dónde podría haber un tipo tan loco como para meterse con un aspirante a cazador que quiere vengarse de la Brigada Fantasma, que es un Kurta y, además, omega dominante? Ciertamente, si Kurapika fuera alfa y un tipo con problemas, uno más grave que el otro, llegara hasta él para pedirle ayuda, como mínimo le daría una paliza. Con todos estos pensamientos, Kurapika vuelve a acostarse para intentar dormir, pero no puede. Está demasiado excitado como para conciliar el sueño. Mientras se desviste y mete sus dedos con premura en su entrada mojada, Kurapika llora, presa del placer y la frustración. Cuando despierta, está más desvaído que en toda su vida, pero no quiere aceptarlo. Se bebe un energizante para calmar su estómago vacío y para reponer la energía que no pudo recuperar durante la noche. Se viste con un conjunto blanco de algodón y una casaca azul con motivos rojos encima, al estilo kurta. Todos los días usa algo con el estilo de su clan, con la esperanza de que otro kurta lo reconozca como uno de los suyos. Nunca ha pasado, pero se aferra a la esperanza, día tras día, mientras carga sus casacas y sus conjuntos kurta a todas partes. De todos modos, los únicos que saben del estilo kurta son los kurta y quienes los cazan. Así que, si no es uno de los suyos, la ropa kurta es un cebo perfecto para atraer a esos que llevaron a su clan a la extinción. Cuando se siente listo, Kurapika abandona la posada en la que se hospedó durante las últimas noches y camina hacia el muelle. El único barco que puede llevarlo hasta el sitio del examen está a punto de partir, así que Kurapika debe apurarse y abordarlo. Esta es su segunda vez intentando llegar. La primera, de la que nunca quiere acordarse, fue cinco años atrás, cuando reveló por accidente la ubicación de su pequeña caravana. Kurapika pagó las consecuencias de su ingenuidad con creces, por lo que aprendió muy bien después de ese momento. No dar el nombre completo, o siquiera el nombre, ocultar los ojos detrás de lentillas de color, no mostrar sentimientos, no relacionarse con nadie y, si es posible, andar mudo por la vida, comunicándose solo por lo básico y sin dar indicios de su personalidad, su origen o su propósito. Claro que es difícil, porque debe ir por ahí, además, cuidando que su aroma y su ciclo no se manifiesten. Debe tomar uno o dos supresores diarios, perfumarse con feromonas de alfa y poner la mayor distancia entre él y los alfa. Hasta cierto punto es fácil. O ha sido fácil, hasta el momento en que pone un pie en la cubierta del barco. Su instinto le grita, como un altavoz golpeándole en los tímpanos. ¡Huye! ¡Corre! Pero no lo hace. Kurapika se queda donde está, sereno, mientras intenta identificar aquello que lo perturba. Casi de inmediato se da cuenta de que no es una sola persona, sino varias. Todas, probablemente. Puede que todos y cada uno de los pasajeros, los marineros y hasta el capitán sean alfa. Kurapika tiene ganas de vomitar, pero se las aguanta. Necesita estar en ese barco y en ningún otro. Si se tarda un año más, les perderá el rastro a los ojos de su clan. Debe conseguirlos de vuelta, de otra forma no podrá darles correcta sepultura a sus muertos. Cuando el barco zarpa entre las tranquilas olas del muelle, Kurapika espera que el viaje sea igual de calmado que la partida. Qué equivocado está.
0 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección