Hunter x Kurapika

Slash
NC-21
En progreso
0
Fandom:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 149 páginas, 58.488 palabras, 32 capítulos
Descripción:
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Leorio

Ajustes
Pietro está muerto. Leorio llora a lágrima viva a su lado, mientras sostiene su mano, cada vez más fría y rígida. No puede entender porqué alguien tan bueno y amable como Pietro tiene que morir. En el mundo hay mucha gente malvada. Gente que roba y mata. Gente que caza y esclaviza omegas. Gente que subasta partes humanas como si fueran objetos. ¿Por qué ellos ríen, comen y cagan sin ninguna preocupación que les detenga, mientras que Pietro yace en su cama, muerto por una enfermedad que podía tratarse con las herramientas adecuadas? Leorio no puede dejar de llorar. Siente que su pecho está a punto de explotar, que su piel sangra, que sus entrañas se cocinan. Siente que su alma deja su cuerpo. Entonces, cuando mira el cuello de Pietro, se da cuenta de que la marca ya no está más. Leorio grita, descontrolado. No sabe si de dolor, furia o impotencia. Entre tanto que está sintiendo, ya no sabe ni qué siente exactamente. Tal vez sus sentimientos lo abandonaron. Tal vez nunca volverá a estar lleno. Tal vez, ese dolor innegable, como si estuviera siendo arrancado de su propia carne, sería un tormento eterno por no haber podido salvar a Pietro. Leorio recuerda la cara de Pietro por un instante. Ha pasado un año desde que Pietro se fue, pero él todavía llora su pérdida de vez en cuando. Unas silenciosas lágrimas ruedan por su rostro, pero se recompone casi de inmediato. Necesita llegar a la ubicación del examen. Para eso es que ha comprado un boleto en este barco lleno de la gente más rara que ha visto en su vida. Es un barco pequeño, relativamente, y transporta a alrededor de doscientas personas. Como sea, todos son hombres y mujeres alfa. Bueno, casi todos. Cuando el barco atraca en Isla Ballena, sube solo una persona. Es un niño, flacucho y moreno, de cabello puntiagudo y ropas verdes. La gente lo despide como si se tratara de una celebridad. —¡No te dejes intimidar! —¡Vuelve a salvo! —¡Tú puedes, Gon! Gon, el niño, se despide agitando ambas manos. —¡Seré el mejor cazador del mundo! —grita—. ¡En cuanto lo logre volveré! ¡No me importa ser omega! Leorio no es el único que está en cubierta. Todos escuchan al niño mientras grita esto. Algunos comienzan a reír con sorna, divertidos. —¿El mejor cazador del mundo, eh? ¿Un omega? Dices tonterías, niño. —Un niño y además omega. —Cada año, millones de los guerreros más hábiles aplican para el examen de cazador. Por supuesto, todos los que terminan recibiendo su licencia son alfas. ¿Qué podría hacer un niño omega entre hombres alfa? Vuelve a casa antes de que te violen, o peor, antes de que los esclavistas te atrapen. El niño ignora a todos olímpicamente. Bueno, es un niño, así que los insultos y las burlas se le resbalan. Leorio en cambio, no puede evitar pensar que, si él estuviera en su lugar, hace rato que se habría liado a golpes con todos. —¿Qué haces Katzo? Como van las cosas, dudo que vayas a ser un marinero de verdad. En el otro extremo de la cubierta, un pequeño omega es molestado por sus compañeros. Es delgado, torpe y débil. Alguien le tira una patada cuando está a punto de levantarse, así que sus manzanas se riegan por toda la cubierta. El niño, que está muy atento, comienza a acercarse con decisión hasta la escena, pero el capitán interviene. Leorio, que no quiere meterse en peleas, solo observa, con la nariz metida en un libro. Unos momentos después, el niño dice—: Se acerca una tormenta —y casi todos escuchan su explicación. Por supuesto, Leorio cree que el niño alucina que tiene un olfato tan esplendoroso que detecta tormentas antes que los radares, pero prefiere hacerle caso. Se sabe que los omegas tienen una predisposición natural a la detección del peligro, pues así es como han logrado ser casi el setenta por ciento de la población mundial. Con una agilidad tremenda, Gon sube en un abrir y cerrar de ojos hasta la cofa. Leorio lo observa en silencio y no puede evitar pensar en Pietro y en su magnífica habilidad para escalar árboles. Unos minutos después, la predicción de Gon acierta. El barco entra de lleno en una de las tormentas más feroces que Leorio haya visto. Todo se agita, se rompe y la gente sale volando de un lado a otro, incapaz de agarrarse de algo. —¿Qué hace ese borracho de mierda? —se pregunta Leorio, furioso—. Lo más lógico sería alejarnos de la tormenta, no entrar en ella. De un momento a otro el barco comienza a inclinarse hacia arriba. Toda la gente se golpea contra todo. Hay ruido de madera y huesos astillándose, gritos, peleas, llantos. Luego, el barco que está en posición vertical, se desvía hacia la izquierda y todos comienzan a caer sobre Leorio. Este se concentra en esquivarlos. Gon, tan ágil como demostró por la tarde, salta como un pequeño mono de un lado a otro. Leorio lo observa maravillado, pensando que al niño le está yendo mejor que a los viejos que se burlaron de él. por eso, Leorio no nota cuando alguien vuela desde una esquina a la otra de la cabina, con los brazos y las piernas extendidas. Tiene una cara seria y ni siquiera hace el más leve sonido, así que Leorio no se da cuenta de que el tipo va en su dirección hasta que su cabello rubio le tapa la visión por un momento. Un ligero olor afrutado surge de su cabello y de su cuello, que forman una pequeña prisión entre la cara de Leorio y el resto del mundo. Leorio lo abraza por la cintura, rueda junto a él unos metros y, segundos después, tres personas se estrellan en el sitio exacto en que ambos estaban un momento atrás. Leorio no le pide perdón por la cercanía momentánea. Es una situación de emergencia y ese le cayó encima, así que no le puede reclamar por salvarlo de colisionar contra tres sujetos que le duplican el peso. De pronto, el barco vuelve a su posición normal y todos vuelven a caer contra el piso. Leorio se tambalea por un momento, pero se recompone casi de inmediato y se sienta en un rincón, suspirando. Encuentra una manzana por ahí, así que la restriega contra su camisa; no sirve de nada porque ambas están sucias. El rubio que le cayó encima se levanta como si nada, se sacude y saca un libro de su alforja antes de acostarse en una hamaca. El único que sigue de pie, ayudando a la gente con hierbas y agua, es Gon. Leorio tiene que reconocerlo, el chico tiene una resistencia divina. Y, además, es amable con la gente que lo trató mal. Como sea, ninguno de los dos es su problema, ni el rubio con olor frutal ni el niño omega que quiere ser cazador.
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