Leorio
11 horas y 49 minutos hace
Kurapika se ríe, y para Leorio este es el sonido más dulce y encantador sobre la faz del planeta.
Un momento después, ambos se enredan como salvajes. Hay manos, braguetas, lenguas, gemidos. Leorio y Kurapika se ayudan entre besos húmedos, mordidas y toques frenéticos por aquí y por allá, hasta que solo los calcetines de Leorio siguen cumpliendo su función. El resto de la ropa se acumula alrededor de Kurapika, como si fuera un enorme nido.
Leorio abre las piernas delgadas de Kurapika y mete el pene del omega en su boca, chupando. Kurapika gime con insistencia, arqueando la espalda, como si llevara cien años esperando a que Leorio hiciera justo eso.
Cuando Kurapika se retuerce en su paroxismo, Leorio sonríe y se desliza sobre él, rozando su piel, hasta que sus bocas coinciden. Se besan profundamente, insistentemente, mientras el semen de Kurapika se derrama por toda su cara.
Entonces, sin ninguna preparación, Leorio penetra con suavidad el agujero de Kurapika. Está resbaladizo y dispuesto, prueba de que Kurapika debe llevar horas, tal vez días, esperando justo eso, porque grita:
—¡Sí! —y se apoya en sus talones para ayudar a Leorio a llegar más lejos, más profundo—. ¡Mmm, sí!
Esta puede ser la primera vez que Kurapika acepta con tanta sinceridad a Leorio, y él está encantado. Mueve sus caderas con un ritmo cadencioso, sicalíptico, mientras Kurapika se balancea, llevando su propia entrepierna al encuentro de Leorio.
—Se siente tan bien dentro de ti —confiesa Leorio, empujando, cada vez más rápido—. Se siente como si pudiera pasar una eternidad de esta forma.
Kurapika grita—: ¡Sí! ¡Sí, por favor! —y Leorio se ríe de él por un momento.
Y, aunque deberían haber estado atentos a su entorno y vigilando que no se acercara un enemigo con el que no pudieran lidiar (como cierto participante #44), a ninguno de los dos le importó en absoluto el lugar ni el momento. Tuvieron sexo hasta bien entrada la noche, cuando ambos desfallecieron por el cansancio, y no se detuvieron a pensar en las bestias salvajes o en los contrincantes que no habían visto en todo el día.
Después de todo, aunque Leorio parecía un altavoz andante, nadie había acudido al lugar. Seguro que Kurapika debe estar pensando que es porque ya todos dan por muerto a Leorio. Al menos eso es lo que supondría él si no estuviera encima del bello Kurapika, atendiéndolo como se merece.
Al día siguiente, Leorio despierta antes que Kurapika. Todavía no despunta el sol, pero ambos tiritan por el frescor de la mañana. Hace rato que se han enfriado después de la intensa actividad.
Leorio cubre con primor a Kurapika y se aleja un poco para lavarse en el río y rellenar las cantimploras con agua fresca. Cuando vuelve y ve que todo está intacto y tranquilo, Leorio se viste los pantalones, se echa junto a Kurapika y vuelve a dormir un poco.
Lo que se siente un parpadeo después, Kurapika le rocía agua en la cara y voltea los ojos cuando Leorio hace aspavientos por el susto.
―¡¿Qué te pasa?! Aish, estaba soñando que ganaba mi placa de cazador ―argumenta Leorio, fastidiado―. Todavía es temprano, durmamos un poco más.
―¿Estás loco? Hay que estar atentos a nuestro entorno ―Kurapika pone los brazos en jarras―. Me desperté, nadé un poco, asé unos pescados, incluso te lavé tu camisa maloliente y ya está casi seca. ¡Y tú seguías dormido!
Leorio se levanta y acude a ver su ropa. En efecto, en unos treinta o cuarenta minutos más, puede que la camisa esté completamente seca, pero va a tener unas arrugas tan horrendas que parecerá que un oso la masticó por la noche.
―Bueno, ya, vamos a almorzar. Tenemos que encontrar a esa tal Ponzu.
Mientras le pone un poco de mostaza y sal a su pescado y le ofrece a Kurapika, Leorio no puede evitar pensar en que Kurapika lo ve como un holgazán. Seguro que ni siquiera se dio cuenta del pequeño gesto de llenar las cantimploras. Pero no importa. Mientras Kurapika esté bien, no le importa parecer un holgazán quejica.
A mediodía, por fin, los dos se mueven de su improvisado campamento. Procuran no dejar rastros, pero se enfrentan a aspirantes a cazadores, así que cualquier cosa podría suceder.
Mientras caminan por el bosque sereno, Leorio no puede evitar concentrarse en los pequeños crack, crack del humus bajo los pies de Kurapika. Sus zapatillas se mueven una detrás de otra, una detrás de otra, protegiendo los pies blanquecinos del muchacho.
Incluso sus piernas, vistas desde la altura de Leorio, parecen decididas. Kurapika parece ser un hombre que es firme en todos y cada uno de sus aspectos, hasta en la forma en que camina por un bosque en el que veinte participantes están detrás de ellos.
Leorio no pasa demasiado tiempo mirando el trasero de Kurapika. Lo ha visto, sentido y saboreado tantas veces durante los últimos días que lo último que quiere es tener una erección mientras van caminando a resolver asuntos más importantes.
En cambio, sí que se concentra en la casaca kurta que Kurapika luce con muchísimo orgullo. Afortunadamente, no todas las personas son expertas en historia. Muchos clanes y pueblos tienen características particulares, pero son tantos y tantísimos alrededor del mundo, que uno debería ser un historiador o antropólogo muy avezado para conocer las características de los Kurta.
De hecho, Leorio duda que la mismísima Brigada Fantasma vaya a reconocer a Kurapika por su ropa. Antes bien, es más distinguible por el hecho de ser un omega dominante de ojos escarlata; esta o cualquier ropa no harían ninguna distinción. Leorio piensa que más bien se trata de un grito desesperado por reafirmar su identidad siendo el último Kurta del mundo.
Leorio sube más la vista y ve el vendaje en el cuello de Kurapika. Ha pasado casi una semana, pero no puede evitar lamentarse por su glándula de aroma. Tiene deseos de acariciarlo, de curarlo, de decirle que todo estará bien. Ha estado investigando en las pocas notas que carga, pero nada de lo que ha encontrado es útil para un caso como ese. Seguro que, teniendo una placa de cazador y mucho dinero, podría encontrar algo útil para curarlo y protegerlo.
Y, por fin, después de un larguísimo tiempo, Leorio sube la mirada hasta encontrarse con la de Kurapika. Vuelven a verse como esa vez en el cuarto encerrado, cuando no podían hacer otra cosa que sostenerse la mirada sin poder hacer nada más.
Esta vez, Kurapika se detiene y Leorio lo imita. Un segundo después, Kurapika le echa los brazos al cuello, se pone de puntas y lo besa. Leorio lo acepta. Acerca su cuerpo al de Kurapika, abrazándolo, y acaricia su espalda y su cabello mientras lo sostiene.
No es un beso húmedo y lujurioso, como los de la noche anterior. Es el simple encuentro entre dos bocas que ya no saben qué decir, cómo expresarlo, para hacerle saber tantas cosas al otro.
Luego, cuando el beso termina, Leorio no puede dejar ir a Kurapika, sino que lo estrecha entre sus brazos. Siente el suave bumbum-bumbum que resuena en el pecho de Kurapika. Está a punto de llevar una mano al vientre del hombre entre sus brazos, pero se abstiene de hacerlo.
No.
Aún no es el momento de hablar de ello.
Sin embargo, Kurapika no deja ir el momento tan fácilmente.
―¿Qué vamos a hacer si de verdad hay algo creciendo dentro de mí?
Kurapika no dice “alguien”, sino “algo”. Leorio siente un hondo dolor que le desgarra el pecho. Se aparta de Kurapika como si se hubiese quemado.
Después se arrepiente. Sabe que quien está lidiando con las consecuencias de lo que pasó en el barco es Kurapika, nadie más. Kurapika tiene la glándula destrozada, sus hormonas completamente desreguladas, un posible embarazo en puerta, una venganza, una soledad insondable que Leorio no puede curar con su simple presencia.
Se siente avergonzado de ser tan poca cosa. De ser tan inútil, ingenuo y tonto.
―Pase lo que pase, también es mi responsabilidad. Te cuidaré. Te lo prometo.
―¿Lo harás? ―la voz de Kurapika está destrozada―. ¿Estarás conmigo toda la vida?
“Toda la vida” es algo en lo que Leorio no ha pensado en un largo tiempo. Siempre pensó que ese eterno periodo le pertenecía a Pietro, a su destinado. Pensó que podrían casarse y tener hijos. Pensó que podrían vivir en un lugar con mejor esperanza de vida, lejos de la precariedad y los problemas. Pensó que Pietro lo acompañaría hasta la vejez.
Pero ahí estaba, en otro entorno, en otra dirección, con otro omega. ¿Qué pensaría Pietro si lo viera ahora, enganchado a un tipo del que no puede tener suficiente?
―No creo que algo así vaya a funcionar ―expresa Leorio, pero, cuando ve la expresión de Kurapika, sabe que ya es tarde para retroceder, pero aún así lo intenta―. No, espera, lo dije mal…
―Será mejor que nos dividamos aquí, Leorio ―Kurapika escupe el nombre de Leorio como si fuese una grosería―. Ya tengo lo que necesitaba, así que me iré al punto de encuentro.
―Kurapika…
―Ya está muerto, Leorio ―este se siente temblar, incapaz de saber si Kurapika puede leer mentes. Pero él le responde a la pregunta no formulada―: Se te nota en toda la cara. Sé que tu corazón le pertenece a Pietro. No llevamos ni una semana de conocernos, es imposible que nos amemos. Pero… ¿Podrías no pensar en él cada vez que hablamos de algo entre nosotros?
Solo entonces, Kurapika se gira y se aleja de Leorio.
Alguien está llorando y alguien está furioso.