Kurapika
11 horas y 50 minutos hace
Hace rato que Kurapika se adentró en la espesura del bosque, pero todo es tan tranquilo que se va relajando poco a poco. Espera que el resto de los aspirantes lo dejen en paz porque le temen, y no porque vaya por ahí oliendo a las feromonas de Leorio. Aunque, pensándolo bien, no cree ni por un segundo que haya contrincantes fuertes que tomen en serio al pobre Leorio.
Camina entre los árboles, observando cada centímetro que hay cerca de él. El olor a humus le recuerda por un momento el olor cada vez más manifiesto de Gon, pero prefiere dejar ir el pensamiento y concentrarse en lo que tiene delante.
Para su fortuna encuentra nueces, bellotas, bayas y un riachuelo en el que consigue un par de pescados que sala y guarda de inmediato. Tiene que encontrar la manera de hacer una fogata sin atraer atención indeseada, así que sube hasta lo alto de un peñasco, desde donde se puede ver todo, y ahí enciende una pequeña hoguera que no se puede ver a simple vista porque el sol pica en lo más alto del cielo.
Kurapika asa los pescados con precisión, colocándolos muy juntos. Ha hecho una fogata muy pequeña, y se esconde detrás del tronco del árbol más cercano, por si a alguien se le ocurre mirar hacia ese punto específico. Se come las nueces y las bellotas en silencio, mientras los pescados desprenden un buen olor.
Cuando los pescados están crujientes por fuera y jugosos por dentro, Kurapika los quita de la fogata y los pone sobre una tela limpia, para esperar a que enfríen un poco. Mientras tanto, apaga la fogata con minuciosidad, procurando que no se note que alguien encendió un pequeño fuego en ese lugar.
Luego de esto, Kurapika toma el agua de su cantimplora y la revuelve con jugo de bayas. No es un resultado espectacular, pero tiene un sabor estupendo, comparado con el agua sobria.
Una hora después, ya no hay rastro alguno de la fogata, así que Kurapika se relaja un poco, se sienta al borde del peñasco, con los pies colgando, y se come uno de los pescados. Procura guardar el otro para la noche, porque tiene miedo de que, si lo guarda para la mañana, el olor atraiga a bestias o a indeseables.
Justo en ese momento, el cielo se comienza a pintar lentamente de naranjas y amarillos. El sol hace su parsimoniosa carrera hacia el horizonte, mientras Kurapika observa todo el proceso, hipnotizado.
Aspira lentamente, porque siente que puede tragarse el aire de todo el mundo, y cuando espira un nombre le viene a la mente.
“Leorio”.
¿Dónde estará? ¿Qué estará haciendo? ¿Estará bien? ¿Habrá comido? ¿Se estará preguntando lo mismo sobre él? ¿Si Kurapika ya comió, si no se ha golpeado, si no se ha encontrado con un enemigo poderoso?
Kurapika sabe que puede estar él solo con sus pensamientos en ese lugar. Sabe que nadie le va a reprochar el que se ponga a pensar en el objeto de sus deseos, ni siquiera Pairo.
Pairo…
Por un momento, Kurapika tiene deseos de mandar todo al carajo. Ve el ocaso en todo su esplendor y solo puede pensar en vivir un día más, un sereno y pacífico día más, con tal de volver a ver ese sol y ese cielo. Pero luego piensa en todo: en la destrucción de su hogar y de su clan, en las violaciones masivas a los cadáveres de sus amigos, de sus familiares, en el cuerpo lánguido de Pairo atrapado dentro de la choza en la que vivía.
No puede y no debe quedarse quieto. Tiene que actuar, tiene que seguir adelante. Leorio tiene que entenderlo. Esta venganza es importante. Esta venganza y sus ropas típicas son lo único que le queda de los kurta. Nada más.
Con todas estas cosas en mente, Kurapika permite que la noche cerrada lo engulla y se acuesta a dormir lejos de la orilla del peñasco. A lo lejos puede ver varias fogatas encendidas, pero no quiere hacer lo mismo porque, así como él puede ver todos esos puntos de luz a la distancia, él también se podría alzar como un faro visible en todo Zevil, y eso sí que no.
Por la mañana despierta con dolor de espalda, con la boca salivando y con calor en el bajo vientre. Maldice por todo lo alto, sorprendido y molesto a la vez. No ha pasado ni un día desde que se separó de Leorio y ya lo necesita.
Aunque no puede olerlo, su cuerpo necesita las feromonas de Leorio para subsistir, para no volverse loco. Ojalá no le hiciera tanta falta como le hace.
Ni modo. Su objetivo, el idiota de Tonpa, tendrá que esperar quietecito, de preferencia lejos de Hisoka o Gittarackur. Kurapika tiene cosas más importantes qué hacer, como quitarle la ropa a Leorio y montarse sobre él.
Pero antes que todo eso, Kurapika necesita darse un buen baño y desayunar.
Busca rastros de Leorio todo el día, pero la verdad es que es difícil con veintidós contrincantes pisándole los talones. Come, hace sus necesidades y recolecta bayas y otros tres pescados antes de decidir que es suficiente y volver a dormir, esta vez en tierra firme.
La verdad es que el peñasco es un buen sitio para descansar, pero parece que solo puede ser cosa de una vez, porque puede ver desde su posición cómo alguien enciende una fogata que, en efecto, es como un maldito faro de luz que se destaca en toda la isla Zevil. Buena suerte para el imbécil que la haya encendido.
Solo espera que dicho imbécil no sea Leorio.
Cuando lleva dos días solo en la isla, Kurapika encuentra a Tonpa; se ha aliado a Sommy, el idiota que tiene por compañero a un mono. Parece que ambos han fijado su objetivo en justo la persona que Kurapika más desea ver: Leorio, así que se dispone a seguirlos a la distancia, sereno.
No tiene muchos ánimos de pelear en serio, así que decide acercarse sigilosamente mientras los dos tontos van por el tonto de Leorio.
—¡MALDITOOOS! ¡VAN A PAGAR POR ESTO!
Kurapika salta en su lugar, girando para todos lados. ¿De dónde viene? ¿Cuál es la dirección? ¿No es un pájaro imitador, como los del humedal?
—¡Alto ahí! ¡Estás muerto! ¿Me oíste? —la voz de Leorio resuena por el bosque calmo, casi como si tuviera un altavoz en mano—. ¡Cierra la boca!
—¡No es mi culpa que te dejes engañar! —la voz de Tonpa, justo en esas circunstancias, es música para los oídos de Kurapika—. ¡Además! ¡Formar alianzas es una gran forma de pasar el examen!
Okay, muy bien. Vencer al gordo y desnudar a Leorio, vencer al gordo y desnudar a Leorio, desnudar al gordo y vencer a Leorio… ¡No! Ah, está tan anémico de las feromonas de Leorio que comienza a desvariar.
—Puedo aceptar lo último, pero nunca lo anterior —Kurapika está furioso. ¡Tardan tantísimo en llegar!
A su derecha, por fin, ve a Tonpa siendo perseguido por Leorio. Ninguno de los dos se da cuenta de su presencia, porque están muy distraídos el uno con el otro, así que Kurapika aprovecha para patear a Tonpa en toda su grasa y él gira sobre su propio eje con una fuerza abrumadora, luego cae boca abajo, con la cara derrapando en el suelo.
—El engaño es culpa del que engaña —Kurapika dice este hecho, como si con eso quisiera justificarse por agredir a un viejo gordo.
—¡Kurapika! —Leorio está más que sorprendido.
Kurapika sabe, como que el cielo es azul, que si en ese momento funcionara correctamente, su cuerpo estaría exudando un aroma exquisito para Leorio. En cambio, como no tiene control sobre esto, Kurapika se gira hacia Leorio y le dice, con la voz más dulce que posee:
—Leorio, ¿hacemos equipo?
El muchacho se ve más que encantado con la oferta, porque sonríe con sinceridad y se tranquiliza.
Entre Kurapika y él cachetean a Tonpa en el rostro, lo sientan sobre un enorme hormiguero, lo amarran con las manos en la espalda y colocan un letrero enorme con “Favor de no alimentarlo” antes de alejarse riendo a carcajadas, con la ficha de Tonpa a buen recaudo en la bandolera de Kurapika.
Luego se van de regreso por el camino que Leorio tomó para perseguir a Tonpa. Leorio va por ahí, gritando por todo lo alto, mientras Kurapika se encarga de camuflarse entre las ramas altas de los árboles, esperando a que Sommy se aparezca cerca.
Tan pronto como lo tiene al alcance de la mano, rapta al mono y lo amenaza con sus chacos, así que la cosa va sencilla desde ahí. Sommy es amarrado de manos y pies (con su mono a la espalda) y ambos son echados al mismo hormiguero donde a Tonpa se le comienza a bajar la hinchazón de la cara. Los pequeños roedores del bosque los observan a la distancia, porque solo un tonto se pararía sobre un hormiguero esperando caricias.
Y, por fin, después de una ajetreada hora dedicada a apalear a Tonpa y a Sommy, Kurapika siente que puede descansar. Leorio organiza meticulosamente su maletín, así que Kurapika decide hacer lo propio con su bandolera, pero el control se le comienza a escapar de las manos.
Ni siquiera sabe cómo decirle a Leorio que se quite la maldita ropa sin sonar como un idiota.
—Por cierto, qué suerte que Tonpa fuera tu objetivo. Me salvaste hace rato.
—Por favor, no hay nada qué agradecer. No quería que Tonpa supiera que estaba ahí. Por eso me escondí mientras eras emboscado por esos dos.
—… ¿Qué?
—En mi defensa, debía saber si podías defenderte de un ataque así. Si no, ¿de qué serviría tenerte como compañero? —Kurapika dice todo esto mientras acomoda y reacomoda en su bandolera, aunque todo está perfectamente acomodado. Decide que lo mejor es dejar de remover las cosas y desistir de hacer cualquier cosa obscena de día, así que se vuelve a colgar la bandolera, cada vez más molesto—. Calificaste, aunque a duras penas.
—Eres tan arrogante —sisea Leorio entre dientes—. De todos modos, admito que es mucho mejor si unimos fuerzas. Sigamos juntos los próximos cuatro días.
Kurapika baila mentalmente de la emoción, aunque trata de que no se le note en la cara.
—Bueno, ya que estaremos juntos… —murmura Leorio, aunque Kurapika lo escucha perfectamente.
—¿Sí? —pregunta, expectante.
—Creo que necesitas un poquito de ayuda —dice, aunque Kurapika no sabe si Leorio se está refiriendo a lo que Kurapika piensa—. Dame un minuto.
Leorio desaparece entre los arbustos con el maletín a cuestas y regresa dos minutos después. Llama suavemente a Kurapika.
Este se adentra en los arbustos, curioso. Hay una manta delgada, casi transparente, acomodada sobre el suelo. Encima, para poner más espacio entre el humus y Kurapika, el enorme saco azul se extiende como una capa más.
—Recuéstate —pide Leorio.
La ubicación es genial. La cama de hojas, manta y saco se siente cómoda y el sol no da directamente en la cara de Kurapika, sino que se filtra a través del follaje color verde intenso.
Leorio se acomoda sobre sus manos y rodillas, cubriendo toda la vista de Kurapika con su sola presencia.
—¿Entonces, chico arrogante? ¿Necesitas ayuda con la batalla dentro de tus pantalones?