El chico que come cigarros
12 horas y 1 minuto hace
En la oscura y fría noche, un pequeño niño tirita. Su madre acaba de tirarle una cubeta de agua con hielos y, no satisfecha con esto, le golpea tres veces la cara con la mano bien abierta, lo arroja al patio y le cierra la puerta en la cara.
—¡Mami! ¡Mami! —suplica, sintiendo un frío atroz. Golpea la puerta con insistencia, pero nadie responde a su llamado.
El nene se refugia del viento y del concreto duro en un rincón del patio, donde se siente guarecido. Contrae las piernas contra su joven pecho, se abraza a sí mismo y llora en silencio.
Si grita, le irá peor. Lo sabe muy bien. Puede que lo fustiguen otra vez, o que le rompan un dedo, o le quiten una uña. Así que se mantiene quieto, muy quieto.
Incluso cuando alguien sale al patio una hora después.
Está quieto, tanto que parece que el mundo se ha detenido.
Sigue quieto cuando el hombre recién llegado se cierne sobre él y le quita la ropa. Llora, con la cara empapada en llanto, pero no produce un solo sonido cuando el hombre le mete la lengua en la boca.
Si hace ruido, le irá peor.
Sabe a cigarro. Siempre sabe a cigarro.
El hombre libera sus feromonas hasta que el patio está inundado de ellas. El niño quiere vomitar, pero se aguanta. Deja que las feromonas penetren en su sistema, dejándolo indefenso.
El hombre lo voltea sobre su estómago, lo desnuda de la cintura para abajo y mete un dedo invasor en la cavidad del niño. Él yace borracho de feromonas, sin saber qué está pasando.
—¿Ves cómo todo sale bien si cooperas, Bennett?
La cabeza le da vueltas al niño. Siente dolor y verguenza, pero no se puede mover. Está tan sofocado de feromonas que no podría dar un paso fuera del lugar.
Luego de unos instantes, el hombre se harta de prepararlo. Enfila su miembro grueso en la entrada del niño y lo viola sin más ceremonias.
Bennett vomita y las lágrimas salen a raudales cuando siente que algo se ha roto. Desde su posición ve que hay sangre escurriendo de su ano.
Aprieta los puños y se muerde los labios. Si grita será peor. No tiene que gritar.
Más allá, dentro de la casa, su madre mira la escena.
En la pequeña casa monstadtiana que se erige a las afueras de Aguaclara hay tres habitantes: un leñador huraño, una mujer desagradable y un pequeño niño de cabello albino y ojos verdes. El niño no se parece a ninguno de los dos, pero es hermoso, así que, de cierta forma, ayuda al matrimonio a mantener su estatus frente al pueblo.
El pequeño Bennett se pasea por el pueblo cuando se ha sanado de sus heridas. Sin embargo, no puede culpar demasiado a sus padres, porque él solo se ha hecho unos raspones de no creer en las rodillas.
Juega con los niños del pueblo hasta muy entrada la tarde, y entonces tiene que volver a casa. Por supuesto, Bennett no quiere. Preferiría perderse y nunca volver, pero tiene tan buen sentido de la orientación que sabría cómo llegar a casa aunque estuviera al otro lado del mundo.
Aun así, Bennett decide desviarse un poquito, casi nada. Camina por la Garganta del Borracho, escondiéndose de los mercaderes, los hilichurls y los viajeros. Cuando ve una rama de su tamaño, Bennett la recoge, porque no hay nada mejor que una rama para comenzar una aventura.
Al final de la Garganta ve una hermosa casa rodeada por vides que se caen bajo el peso de uvas gordas. Nunca había visto esta casa.
Un slime gordo y enorme le sale al paso. Bennett, como el niño que es, se asusta y sale corriendo, pero en su huida no cuida a donde va. Él solo pone un pie delante del otro, aterrado de la presencia del slime.
Empieza a ver un bosque agreste, muchos arbustos y, ¿ganchos de lobo? Entonces grita con terror. Se ha adentrado en el territorio de Boreas sin querer.
Bennett comienza a llorar a lágrima viva, suplicando por sus padres, pero recuerda algo que el soldado Kaeya ha dicho. Los lobos son capaces de detectar a un intruso a una distancia descomunal, sobre todo si va por ahí haciendo un ruido de los mil demonios. Así que Bennett hace de tripas corazón, cierra la boca y llora con ahínco, pero le falta el aire por la desesperación.
¿Qué hará en el territorio de Boreas él solo? Acaba de anochecer y sus padres deben estar como locos buscándolo por todo Aguaclara. ¿Y si alguien lo vio irse hacia el bosque? ¿Y si sus padres lo golpean más feo por irse y desobedecerlos?
Un movimiento a su derecha lo asusta. Bennett grita quedito, con el corazón martilleándole en el pecho. Unos segundos después, una bestia le cae encima y rueda con él en una maraña de patadas y puñetazos. Luego lo muerde en el brazo, pero Bennett puede verlo mejor en la luz del ocaso.
Es un niño con el cabello extremadamente largo, las uñas afiladas y los dientes sucios. Está cubierto de tierra y sudor rancio, y está completamente desnudo.
—¡Basta! ¡Basta! —Grita Bennett, aterrado.
Aunque sea un niño humano, es uno muy raro. Lo mira con los ojos bien abiertos y en lugar de pronunciar palabra alguna solo gruñe y ladra.
Se vuelve a lanzar a la carga para morderlo, pero Bennett agarra una piedra y se la lanza. El niño llora como si fuera un perro, se lame el sitio golpeado y se adentra en el bosque, ahuyentado.
Cuando todo termina, Bennett intenta recuperar el aliento y no sentirse lo suficientemente aterrado como para quedarse clavado en su lugar, pero le está costando. No sabe en dónde está ni si podrá regresar con sus padres. Puede que termine como ese niño, desnudo y sucio, actuando como un perro.
Bennett decide que lo más prudente es quedarse en donde está y no provocar ni al niño ni a los lobos, así que busca una posición cómoda y, cuando menos se da cuenta, se queda dormido.
Bennett despierta cuando siente que algo le respira en la cara. Abre los ojos y se encuentra de frente con el niño-perro, que le ladra por la sorpresa cuando lo ve despertar. Se aleja a toda velocidad, corriendo a cuatro patas. Se adentra en el bosque y Bennett no lo vuelve a ver en todo el día.
Sin embargo, junto a él, el niño-perro le ha dejado un montón de bayas y ganchos de lobo, además de una cantimplora llena de agua que seguramente es robada de algún lugar. Bennett mira alrededor, pero no parece haber nadie más con él. Así que toma la fruta y se la come, pero desconfía de la cantimplora y solo la guarda consigo.
Entonces se levanta y mira alrededor, pero no conoce nada en absoluto. Nunca había entrado al bosque de Boreas, así que no sabe cómo orientarse para salir. Y eso que pensaba que él podría volver a casa desde cualquier rincón del mundo.
Bennett decide caminar hacia el oeste, es decir, con el sol de la mañana a su espalda, porque una vez vio un mapa y se supone que el bosque está al este de Aguaclara, así que si camina al oeste tarde o temprano podría llegar.
Hay muchos árboles y un terreno muy accidentado, pero Bennett tiene la esperanza de que podrá salir del bosque antes de que se termine el día y podrá volver a la seguridad de su casa.
No obstante, cuando ve la casa bonita de las vides Bennett se gira en redondo y se vuelve a perder en el bosque.
El niño-perro lo visita de nuevo en la noche. Le ladra, le lanza frutas y se marcha corriendo a cuatro patas. Esta vez, Bennett se ríe de lo lindo al verlo, porque el niño-perro es extraño.
Bennett tiene mucho frío en la noche. Está acostumbrado a dormir en lugares duros sin nada para cobijarse, pero dos noches seguidas en el bosque son malas para su pequeño cuerpo.
Delibera consigo mismo sobre si de verdad necesita volver a la civilización. ¿No puede vivir ahí con el niño-perro y comer frutas para siempre jamás?
Unos destellos llaman su atención. Parece como si unas enormes criaturas se movieran alrededor de unos monumentos de piedra. Y Bennett, como el niño curioso que es, se acerca a la escena en completo silencio y oscuridad, temiendo alertar a las criaturas.
Cuando las ve más de cerca se da cuenta de que son lobos. O al menos eso parecen. Caminan erguidos, a dos patas, y se mueven alrededor de tres monumentos elementales que se han apagado largo tiempo atrás.
Bennett mira la escena, como embelesado. Los hombres lobo caminan, luego aúllan, luego vuelven a caminar, en una especie de danza hipnótica de la que no se puede apartar la vista. Bennett pierde la noción del tiempo y el mismo miedo y solo se llena la vista hasta que alguien respira detrás de él y le dice en un idioma desconocido:
—Filius Maris Jivari.
Bennett grita por la sorpresa e interrumpe el ritual o lo que sea que hayan estado haciendo los hombres lobo. Estos lo rodean, se colocan a cuatro patas y lo miran con ojos escrutadores.
El corazón de Bennett comienza a latir con fuerza en su pecho, y un sudor nervioso le recorre la espalda y la frente. Piensa que está a punto de ser devorado por lobos gigantescos, pero en su lugar, dicen:
—Somne, fili maris ignis. Dabit te spiritus ignis in nocte, et custodiet te tota vita tua.
Bennett no entiende en absoluto lo que estas criaturas le dicen, pero de pronto siente mucho sueño. Está aterrado, porque se quedará a merced de un montón de lobos enormes y quién sabe si sobreviva hasta la mañana siguiente.
Bennett sobrevive.
Unas horas después, su madre lo carga en volandas, llorando por todo lo alto. Hay todo un destacamento de cazadores, soldados y leñadores, entre los que está su padre, pero Bennett solo puede ver tres monumentos encendidos con pyro.
El niño cierra los ojos y se aferra a su madre. Después de todo, es la primera vez en su vida que es abrazado por su madre.
Cuando llegan a casa y la puerta se cierra detrás de ellos, la mujer se desprende del niño y lo lanza con todas sus fuerzas contra la pared. Bennett grita, pero la mujer es rápida y le pisa la cara.
—¡Cállate, pendejo malnacido! —le grita entre susurros, con la cara crispada por la furia. Pisotea la cara de Bennett y luego lo patea en el pecho—. Tuvimos que gastar tiempo y dinero en buscarte, basura. ¿Sabes lo que nos costó? Incluso le debemos un favor a ese creído de Crepus Ragnvindr. ¡Esto es el colmo!
Su madre lo pisa hasta que está satisfecha. Bennett sabe que tiene algunas costillas rotas, pero no se atreve a levantarse. Se queda tirado, intentando asimilar lo que está pasando. Hasta hace una noche era el niño más feliz del mundo.
Estaba asustado, muy asustado, pero era feliz.
Un rato después entra su padre a la casa. Tiene la misma cara de disgusto que su madre. Bennett sabe lo que le espera.
Lo que no sabe es el grado de enojo del hombre porque, tan pronto como lo ve, el hombre se inclina sobre él y lo toma del cabello para obligarlo a pararse.
Bennett solloza pero no grita. Se tapa la boca con sus pequeñas manos mientras es obligado a subirse a una silla e inclinarse sobre la mesa. Un segundo después, su trasero está al aire.
—¿Ya se curó? —pregunta el hombre.
—Yo qué sé —descarta con fastidio la mujer—. Déjame comer en paz.
Pone un cuenco de sopa humeante y un plato de pan frente a Bennett y se pone a comer en silencio mientras el niño aprieta los puños y cierra los ojos con fuerza. El hombre escupe saliva en su pequeño trasero y mete un dedo, pero Bennett suelta un sollozo alto.
La mujer suelta su cuchara, aprieta la cabeza de Bennett con fuerza hasta que sus uñas hacen medias lunas sangrantes en su cara y le dice—: Cállate antes de que te duela de verdad, puto imbécil.
El hombre trabaja a sus anchas hasta que puede meter y sacar tres dedos fácilmente, así que se deleita saboreando el pequeño trasero y, unos segundos después, mete su pene duro en el recto joven de Bennett.
Su padre suspira de placer y sus feromonas comienzan a inundar el lugar.
—De seguro no has comido —dice, sacando de su bolsillo una cajita metálica. Abre la cajita, saca tres cigarros de su interior y los mete a la fuerza en la boca de Bennett—. Come, no quiero que la gente diga que no te alimentamos.
Bennett se atraganta y gime, pero la mujer no le perdona el sonido y golpea su espalda con un puñetazo que le saca el aire.
—Un sonido más y te duermes en el patio —amenaza.
—Ya lárgate mujer.
El hombre ni se inmuta cuando ve que el niño se desmaya. Sube sus piernas a la mesa, lo deja bien abierto para él y se lo coge tan duro que vuelve a desgarrarle el recto.
Más contento, toma a Bennett de la camisa, lo arroja al suelo de la cocina y se pone a comer. Qué más da deberle algo de dinero a Crepus Ragnvindr. Todo sea por tener su propio coñito omega.
Pasan ocho años antes de que cualquiera se de cuenta. Con el tiempo, Bennett consiguió una buena manta para las frías noches y, aunque no es muy alto, su belleza sigue siendo encantadora. Tiene unos hermosos ojos color esmeralda y un cabello que las diaconisas de Mondstadt cortan cada mes.
Bennett tiene varios pequeños trabajos, entre ellos pescar y cazar jabalíes, aunque es muy malo en ello. Lo que mejor se le da es recoger las vides de temporada en el Viñedo del Amanecer.
Los viejos vinicultores le regalan una canasta llena de carne, frutas y racimos de uvas, así que Bennett regresa contento de camino a casa. Antes de llegar, pasa por los tres monumentos pyro, deja un poco de carne y frutas y se va a casa.
Las cosas han cambiado drásticamente de cuando era tan solo un chico de ocho años. Ahora Bennett está a dos años de cumplir la mayoría de edad. Sin embargo, a pesar de que es casi un adulto, Bennett no ha pasado por su primer calor.
Él lo atribuye a su mala alimentación, pero no dice nada. Solo deja la canasta en la cocina y voluntariamente se quita el collar que protege su nuca. En casa no puede llegar ese collar.
—¿Ya llegaste, Bennett? Ven a comer —le dice su padre.
Es un hombre entrado en años, pero que sigue conservando su contextura de leñador. Fuma y toma como si no hubiera un mañana, pero hace unos dos años que dejó de trabajar porque el muchacho comenzó a llevar dinero a la casa.
Bennett se desnuda por completo y se arrodilla entre las piernas de su padre.
—Ven hijo, si me comes bien la polla, hoy puedes cenar en la mesa.
Bennett extrae el pene de su padre y lo masturba. Aguanta las arcadas por el mal olor y la sensación y todavía es capaz de poner una cara encantadora mientras se lleva el pedazo de carne a la boca y lo chupa.
—Una puta por completo —lo insulta su madre a sus espaldas—. ¿Quién iba a decir que los omega son máquinas de chupar y follar? No haces otra cosa con él.
—Haz la cena, perra celosa. Este niño pronto va a tener su primer calor y va a dar a luz a mis bebés. Tiene que alimentarse bien. Y tú... ¡chupa bien!
El hombre aparta a Bennett con brusquedad y le propina una bofetada que lo atonta. Acto seguido, se levanta de su asiento, toma a Bennett por ambos lados de la cara y lo obliga a practicarle sexo oral, metiéndole el glande hasta la garganta.
—Aprieta la boca, hijo de puta. Tantos años y no aprendes a mamar.
Bennett da todo de sí para no vomitar. Una vez le rompieron el pulgar por dar arcadas al chuparle el pene a su padre. No quiere volver a sufrir.
No debe vomitar. No debe llorar. No debe hacer ruido. Todo saldrá bien al final.
Cuando su padre tiene un orgasmo intenso y Bennett se traga el semen con sabor a viejo, sabe que todo ha terminado, al menos por ese día.
Su madre sirve guiso y sopa de verduras en un cuenco.
Bennett se levanta y se dirige a la mesa, pero antes de que se pueda sentar, su madre lo mira con una horrible gusto en los ojos mientras derrama el contenido del cuenco en el suelo.
—Ya puedes comer, hijo —le dice, benevolente.
Bennett aprieta los dientes. Se arrodilla y toma lo que puede con las manos antes de llevárselo a la boca. Su madre pasa con los zapatos sucios por encima de la comida antes de irse a la cama para dormir.
Bennett despierta con la sensación de que ha soñado algo siniestro, pero no recuerda qué fue. Se levanta, se viste para un nuevo día y sale de casa cuando sus padres no han despertado todavía.
—¡Hey, Bennett! —lo saluda la pequeña Diona. Es una kemono con orejas y cola de gato. Bennett la ve dando saltitos en su camino hacia la ciudad—. ¡Hoy va a ser el día en que destruya la industria vinícola! ¡Vamos a esforzarnos!
—¡Claro que sí, Diona! —Bennett le dirige una sonrisa radiante.
En su camino hacia la Garganta del Borracho, dos chimeneas sueltan un humo ennegrecido y una fogata se alza como una lengua de fuego.
—¡Ay, es Bennett! —grita una señora—. ¡Bennett, por los Siete, aléjate de los lugares con fuego!
—¡Claro!
Bennett corre hacia la Garganta del Borracho. Detrás de él, los fuegos vuelven a su aspecto normal. Lo ideal sería que la gente supiera porqué pasa esto, pero nadie tiene ni idea.
Bennett nunca ha sido bendecido por Celestia con una Visión y no tiene aptitudes para la pelea. Lo que es más, Mondstadt ni siquiera se caracteriza por ser hogar de tantos usuarios pyro. Salvo por el maestro Diluc Ragnvindr, la Caballero Exploradora Amber y la pequeña elfa Klee, no hay más usuarios pyro en la pacífica nación del Dios del Viento.
Bueno, no es como que Bennett tenga una voluntad férrea o alguna obsesión como los tres usuarios pyro de Mondstadt. Él solo es un campesino pobre que necesita mejor suerte en la vida. No tiene interés en el futuro o en el mundo. De hecho, detesta bastante salirse de los caminos e irse a la aventura.
Ya no es un niño de ocho años, no puede andar por el bosque. Tampoco puede ir a Espinadragón ni a Levantaviento. Los únicos sitios permitidos son Aguaclara, la Garganta del Borracho, el camino a Mondstadt y en la ciudad solo la catedral y una que otra tienda que necesite ayuda, material de caza o leña.
Nada más.
Solo su mundo durante dieciséis años.
En la ciudad, en los caminos y en todos lados, Bennett solo puede hablar con viajeros o mercaderes. Si sus padres se enteran de que está hablando con los caballeros de Favonius o con los aventureros, suelen usar la tabla con clavos que guardan encima de la despensa para fustigarle la espalda hasta que están satisfechos.
Bennett comprende porqué a sus padres les aterra la idea de que hable con alguien de Favonius, ni aunque sea el capitán Kaeya cuando anda de visita en el Viñedo, ¿pero qué mal hace hablar con los aventureros? Bennett no lo comprende, pero sus padres nunca le explican nada que sea relevante.
Ese día también recoge muchas vides, así que Turner está agradecido y le regala una pequeña caja con chocolate, además de su sueldo.
—Razor también debería probarlo —recomienda.
Bennett está de acuerdo. Supo por otras personas que el chico-perro del territorio de Boreas se llama Razor. Para él fue una sorpresa, porque pensaba que aquel niño era su pequeño secreto, pero también se alegró cuando cuando Razor se acercó sin ladrar y sin lanzarle fruta y le dijo—: Tú ser Bennett. Tú ser lupical.
Lo que sea que significara ser un “lupical”.
De todos modos, Bennett casi nunca se encuentra con Razor. Él está muy ocupado con la bibliotecaria Lisa, quien le enseña a usar la visión que acaba de obtener. Además, sabe que el verdadero comandante de los Caballeros de Favonius, un tipo llamado Varka, le ha enseñado lo básico de manejar un mandoble.
No solo eso, sino que la pequeña Klee y la hermana Rosaria suelen visitar muy seguido a Razor. Ambas lo aprecian como un verdadero hermano, por lo que es casi seguro que fueron ellas, además de Lisa y Varka, quienes le enseñaron al muchacho a hablar.
Con estos pensamientos en la cabeza, Bennett se acerca a los tres monumentos pyro, como cada día que recibe regalos de más. Deposita cuidadosamente el chocolate al pie de uno de los monumentos, pensando en que si Razor no llega temprano, las hormigas le ganarán el dulce, pero eso ya no es de su incumbencia.
Quiere quedarse un rato, sobre todo para vigilar que los insectos no se coman el chocolate de Razor, pero Bennett no se decide a quedarse por mucho tiempo. La primera y última vez que lo hizo, después de todo, casi muere asfixiado por cigarros.
Aun así, se queda esperando durante una hora. Un segundo antes de marcharse, Razor aparece bajando desde un árbol.
—Bennett —lo llama con su voz grave y cadenciosa.
—¡Razor! —exclama Bennett, contento—. Mira, te traje esto.
Razor se acerca con cautela. No es que tenga miedo de Bennett, sino que nunca había olido algo como lo que Bennett le lleva. Olfatea el paquete en su mano como si fuera un perro y apenas va a dar un gran mordisco cuando Bennett le quita el paquete, riendo.
—Tienes que desenvolverlo. Si comes papel te va a doler la barriga.
Razor gruñe con confusión, pero espera a que Bennett le enseñe el chocolate, de color café. Vuelve a olfatearlo ahora que el olor se ha hecho más intenso y da un gran mordisco. Le gusta el sabor, porque se acaba el chocolate en manos de Bennett de tres bocados.
Bennett le sonríe y acaricia su cabeza, contento. Razor se deja acariciar, pero toma la mano de Bennett porque se ha manchado con chocolate. Lame y chupa como si fuera la envoltura.
—Oye, ¡oh! No deberías hacer eso. Espero que ese tipo Varka no haya abusado de esto —Bennett se sonroja. Le gusta la sensación de la lengua de Razor en su mano, pero no quiere reconocerlo—. No dejes que los tipos se acerquen tanto. Es más, no dejes que las mujeres se acerquen tanto.
—Rosaria y Lisa ser lupical. Varka ser lupical. Klee ser lupical.
—No creo que Klee vaya a hacerte lo que padre hace, ja, ja, ja.
—Bennett ser lupical. ¿Bennett poder acercarse tanto?
—Sí.
—Lupical poder acercase tanto.
—Entonces no. Ni tus lupical pueden acercarse tanto. No dejes que te desnuden. Tampoco dejes que te toquen si no quieres. Muérdelos. Pártelos en dos.
—Razor querer que Bennett toque.
Bennett volvió a reírse. Apapachó la cara sucia de su amigo y luego de un rato de jugar con él, se levantó, se limpió la tierra de la ropa y se fue.
—¿Bennett venir en mañana?
—Está bien. Mañana vendré, te lo prometo.
Al parecer, Bennett se ha tardado mucho por esta vez, porque tan pronto como cierra la puerta de la casa, su padre le propina un puñetazo en la cara y lo patea tres veces. Bennett se protege el pecho y la cabeza, acostumbrado,
—¿Por qué tardaste tanto, hijo de puta? Ese imbécil de Kaeya Alberich regresó a la ciudad hace dos horas. Desnúdate, hijo de perra.
Bennett se queda en el suelo por unos instantes.
—Dije... ¡que te desnudes!
Su padre ya ni siquiera se molesta en mantener baja la voz.
Desgarra la camisa de Bennett, se sienta con el a horcajadas sobre sus piernas y le muerde los pezones hasta que le saca sangre. La brusquedad hace a Bennett gritar de dolor y removerse, pero su padre le retuerce el brazo y lo toma por las mejillas con tanta fuerza que Bennett está asustado.
Su padre jala el collar de protección y lame el cuello de Bennett, pero no puede morderlo. Gracias a los Siete no puede morderlo.
Lo suelta, deja que se caiga y Bennett se golpea la cabeza contra el suelo. Siente que la sangre se desliza desde su coronilla mientras el hombre le arranca la ropa por completo, se cierne sobre él y lo penetra sin prepararlo.
Bennett vuelve a gritar, pero esta vez es tan quedito que parece que sigue obedeciendo las órdenes de sus padres. No gritar, no vomitar. No importa que su cuerpo entero esté sangrando. No importa. Todo saldrá bien.
Esta vez, su padre vuelve a eyacular dentro de él. Bennett se queda tirado, tiritando, con el nudo en la garganta.
El hombre se pasea con el miembro fláccido al aire. Va a la cocina, toma cigarros de su cajita de metal y enciende uno. Se ríe al ver el desastre que ha hecho con su hijo. Se arrodilla junto a él, le zampa los cigarros restantes en la boca y se acerca lo suficiente para que su propio cigarro le queme la mejilla.
Bennett siente el fuego tan cerca de él que le parece irreal. Hace años que no tiene fuego cerca, ni siquiera el de un cigarro.
—Traga —le ordena su padre.
Bennett es incapaz de obedecerlo. Está abrumado. Tose con vehemencia, pero su padre le tapa la boca y la nariz y repite—: Traga, imbécil malnacido.
La ceniza aun caliente del cigarro le cae en la mejilla, cerca del ojo.
Bennett no puede más.
Aprieta las manos, encaja un puñetazo en la cara de su padre y grita. Grita tan alto que su padre abre los ojos, asustado. Su madre, que no se había metido para nada, sale corriendo de la habitación, a punto de asesinarlo por hacer ruido.
Bennett grita y grita como un poseso.
El pequeño fuego en la cocina se ensancha y salta. La olla de comida se pone de rojo vivo, la estufa se derrite y la cocina empieza a arder.
Bennett grita una y otra y otra vez.
Los vecinos acuden a ver qué está pasando. La casa está completamente cerrada, pero Bennett está gritando y hay humo negro saliendo de la ventana de la cocina.
—¡Oigan! ¿Están bien? —pregunta alguien allá afuera.
La madre de Bennett quiere tomar un cuchillo de la cocina y asesinarlo en ese momento, pero el repentino fuego se lo impide.
—¡Ayúdame a apagar el fuego primero! —grita la mujer.
El hombre le regresa el puñetazo a Bennett y se levanta para ir a la cocina.
—Muérete de una vez —le dice Bennett en voz baja, pero el hombre todavía alcanza a escucharlo a través del crepitar de la madera.
Se gira en redondo y vuelve sobre sus pasos para matar a Bennett con sus propias manos. El chico, angustiado, retrocede sobre el suelo, sin poderse levantar. Compone una cara de miedo, esperando su hora final.
En ese momento la olla explota. Trozos grandes de metal al rojo vivo salen volando en todas direcciones. Por la cocina, por la estancia. Un trozo enorme se incrusta en la cara de la mujer; la derrite casi al instante mientras ella grita de dolor.
Otro trozo va a parar a la nuca del hombre. Se encaja tan fuerte que Bennett puede verlo atravesarle la tráquea. No lo decapita del todo, pero la sangre chorrea a raudales como si fuese un riachuelo.
Bennett los mira, atontado. No hace nada para quitarle el metal caliente a su madre, que es la única que sigue gritando. La casa se quema a una velocidad alarmante, pero Bennett no salva nada.
Solo mira a su padre mientras se desangra y muere a sus pies.
Todo arde, pero Bennett no se siente con la confianza de salir. ¿Qué hará? ¿Qué tiene que hacer? Está desnudo, dolorido y no siente que nadie le vaya a ayudar.
Unos instantes después, se desmaya por inhalar el humo del fuego.
Bennett despierta en una unidad de cuidados. No es la de la catedral, porque las diaconisas suelen pasearse día y noche entre los pobres y los enfermos. Parece un lugar más estricto, menos suave.
Es la unidad de cuidados de los caballeros de Favonius. Sus padres le dijeron que jamás se acercara a ellos y ahí está, durmiendo en su guarida.
—¿Ya despertaste? —Kaeya está sentado en una silla a un lado de su cama. Está cruzado de brazos y parece más serio que nunca—. ¿Cómo te sientes?
—Bien. Creo.
—¿Sientes algún malestar?
Bennett se revisa y se mira, luego niega con la cabeza. Está seguro de que se siente mejor que nunca.
—Entonces se acabaron los cuidados. Tienes que venir conmigo, chico.
—¿Qué pasa?
—Estás arrestado. Se te acusa de parricidio. Lo mejor será que vengas sin oponer resistencia.
Bennett está tan sorprendido, tan perdido, que lo único que atina a preguntar es—: ¿Ese tipo murió de verdad?
Lo que, a todas luces, es un error garrafal.