Llamaradas

Slash
NC-21
En progreso
0
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Midi, escritos 72 páginas, 29.471 palabras, 11 capítulos
Descripción:
Notas:
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Un juicio sin justicia

Ajustes
Bennett argumenta que necesita ir al baño. No sabe cuánto tiempo lleva dormido, recuperándose de sus heridas, pero necesita estar en soledad por un momento. Kaeya le concede el momento. Le dice que, sin embargo, estará esperándolo afuera de la puerta del baño. Esa es la única entrada y salida del lugar. Hay una ventana pequeñísima por la que habría cabido Bennett si fuese más pequeño, pero caería al vacío desde un quinto piso. Además, hay caballeros de Favonius por toda la ciudad. Tal vez sea la nación más pacífica de las siete, pero no deja de ser la nación de un arconte. Bennett prefiere irse con Kaeya. De todos modos, no es como que sepa cuál va a ser su próximo movimiento. En el baño no hay espejo alguno, pero puede verse a través del reflejo que proyecta el excusado. Se ha recuperado muy bien de las últimas heridas, lo que es un milagro. Fue pateado, mordido, golpeado y violado, así que esperaba verse más apaleado. De hecho, fuera de que no ha comido ni evacuado en días, lo cierto es que se ve muy bien. Casi como si no hubiese sido maltratado a diario durante los últimos años. Bennett se inquieta un poco por este hecho, pero la víctima es él. Seguro que los jueces comprenderán cuando cuente su versión de los hechos. Sale con Kaeya. Para cuando lo hace, hay todo un pelotón de caballeros de Favonius esperándolo. Entre Kaeya y otro caballero le colocan grilletes en las muñecas y en los tobillos, y lo llevan esposado hasta la recepción de la Sede de los caballeros. Ahí hay más personas. Otros caballeros, la maestra Jean, Lisa, pero no solo ellos. También hay soldados Fatui. Tantos, tantísimos soldados, que Bennett se siente atosigado por las miradas por un instante. La última vez que se revisó tenía el collar puesto y ninguna marca en su nuca, así que lo más probable es que los alfas presentes estén tratando de averiguar si pueden tener un pedazo de Bennett para sí mismos. Kaeya también es alfa, pero siempre había sido amable con Bennett, al menos como hermano de su empleador en el Viñedo. Como caballero de Favonius, Kaeya lo sostiene para que camine a paso marcial y al mismo tiempo para que no huya. Tiene una cara agria, como si no le gustara hacer ese procedimiento y, tan pronto como ven a los Fatui en la recepción, Kaeya aprieta su agarre en el brazo de Bennett y el chico descubre que algo va mal. —Lisa y yo te acompañaremos al Hotel Goethe. Tu juicio será llevado a cabo por los Fatui —Jean también parece intranquila. Oh, no. Bennett sabe que cuando los Fatui se inmiscuyen resulta ser una reverenda mierda. No hace mucho, los sirvientes del Viñedo se afanaron en limpiar un montón de vino y sangre de la bodega personal de Diluc Ragnvindr porque una “rata” entró. Los vinicultores hablaban sobre los Fatui entre susurros mientras se referían a este hecho. Además, el ambiente en la ciudad ha cambiado drásticamente desde que Los Once se pasean por ahí como si Mondstadt fuera su pequeño destacamento al sur de su nación. Son déspotas, malhablados y discriminan a la gente que sí es de Mondstadt. Así que recibir un juicio por parte de ellos no podría traerle nada bueno a Bennett. Para empezar, ni siquiera tendrían porqué entrar en la ecuación. Hasta donde Bennett sabe, este es un problema que compete solo a los Caballeros de Favonius y a Mondstadt, pero tal vez los Fatui están tratando de demostrar cuanto poder tienen sobre la nación. Bennett arrastra los pies hacia los Fatui, libre de la mano de hierro de Kaeya, pero todavía con grilletes en piernas y manos. Justo al salir de la sede, las dos lámparas de aceite que flanquean la entrada explotan en mil pedazos y las esquirlas salen volando por todas partes. Bennett se cubre pero todavía saltan esquirlas a sus brazos y manos. Todos están confundidos por un momento y los Fatui desenfundan sus armas contra los caballeros, pero Kaeya interviene casi de inmediato. —No bromeaba cuando les dije que el chico no debe estar cerca del fuego —dijo. Ah, así que Kaeya también sabe. Bennett piensa en esto mientras se incorpora y comienza a buscar esquirlas en su piel y en su ropa para extraerlas. Es como si se estuviese limpiando el polvo del camino. Algunos caballeros y algunos Fatui lo miran con sorpresa, como si el chico estuviese acostumbrado a los vidrios rotos alrededor de él. —Dottore se pondría loco de contento si este niño... —menciona uno de los Fatui, pero otro lo calla dándole un codazo en el estómago. Un Fatui sube en silencio a uno de los carruajes que esperan afuera de la sede. Bennett, escoltado por Jean y por Lisa, sube en silencio detrás de él. Una vez que todos están acomodados en los carruajes, los choferes ordenan a sus caballos empezar a andar. —Es increíble que podamos tener caballos a pesar de que Varka se los llevó todos —comenta Lisa para romper la tensión del ambiente. —Deben agradecérselo a mi Zarina, por supuesto. Su comandante es un tonto si se llevó a todos los caballos de la ciudad a una misma expedición. El Fatui habla con desagrado. Jean, que es tan diplomática, le dice: —Es algo con lo que contamos hasta que el maestro Varka llegue —y no vuelve a abrir la boca en el camino. —¿Cómo está Razor? —pregunta Bennett luego de un rato. Lisa lo mira desde su lugar, escrutándolo con ojos estudiosos, y responde—: Preguntó la razón por la que no has ido a visitarlo. Está muy molesto al respecto porque quiere comer más chocolate. Bennett ríe entre dientes. —Él puede ir al Viñedo y... —No, no puede. Acaba de pasar su primer rut, despertó como alfa. —Ah... De todos los hombres que conoce, Bennett no esperaba que Razor fuera un alfa. Si al menos hubiese pasado más tiempo con él, o si se hubiera quedado para siempre en el bosque viviendo con el niño-perro cuando tuvo oportunidad... pero ahora está ahí, yendo hacia un juicio Fatui por un crimen que no cometió. Lo mejor es zanjar el asunto cuanto antes e ir a visitar a Razor. De seguro tiene muchas preguntas. Seguro que necesita un compañero para controlar sus feromonas adolescentes. Bennett puede ayudarlo, a él sí. Razor es su amigo y Bennett jamás le negaría su ayuda, o siquiera su cuerpo, a Razor. Lo haría con gusto. Antes de que pueda pensar más allá, los carruajes llegan a la explanada frontal que pertenece al Hotel Goethe. Los Fatui prácticamente se han adueñado del hotel. Aunque paguen mensualmente sus habitaciones, no hay nadie más que pueda pasar de la mirada escrutadora del Fatui Luke a menos que tenga permiso de entrada. De hecho, tan pronto como se bajan todos y las mujeres caminan detrás de Bennett, Luke se interpone y les dice a ellas: —Ustedes no tienen permiso de la organización. Lo que es una reverenda estupidez, pero Bennett solo observa en silencio para ver si esto puede resolverse pacíficamente. Si algo sale mal, Bennett tendría que entrar a la guarida del lobo él solo, y eso sí que no. —Pensé que este era el Hotel Goethe —comenta Lisa, luego dice con mordacidad—: ¿Nos equivocamos y llegamos al Hotel Fatui? —No tienen permiso de entrar —Luke se mantiene firme. Un segundo después, Jean se para cuan larga es (que no es mucho, comparada con cualquier Fatui) y arguye con firmeza—: Los embajadores diplomáticos que osen adueñarse de los espacios públicos y aun de los privados que no les pertenezcan por ley y derecho deberán ser sancionados según la gravedad que el Ordo Favonius considere adecuada... —Ya, ya, fue suficiente —un hombre corta de tajo las palabras de Jean. Los Fatui se abren casi en desbandada al verlo. Este sale del hotel caminando con nada más que botas de caña alta, un pantalón gris y la casaca medio abierta encima de una camisa color rojo bermellón. El hombre tiene cabello rojizo y ojos azules, pero son tan tétricos que Bennett se estremece de pies a cabeza al verlos. El hombre dirige su mirada siniestra a Bennett, que se siente empequeñecido al ver su presencia imponente frente a él. Es más alto, mucho más alto que el chico. Lleva una visión hydro en la cintura y desde tan cerca despide un fuerte olor a hierro. Es el olor de la sangre, Bennett lo conoce muy bien. —Procura hacerte a un lado y no estorbar, Luke —ordena el hombre, sin quitar sus ojos de la cara de Bennett. —No puedes hablar en serio, Tar... Antes de que pronuncie su nombre completo, el tal “Tar” tiene una cuchilla de agua en la mano y corta con ella desde el hombro de Luke hasta su cadera contraria. Un largo camino entre ropa y piel del que pronto se comienza a derramar la sangre. —Vamos adentro —ordena. Bennett está mirando fijamente a Luke, porque nadie más lo hace. El hombre cae de rodillas por la pérdida de sangre, y solo cuando la puerta se cierra detrás de Bennett y su comitiva, varios Fatui corren a auxiliarlo. . El Hotel Goethe es vistoso y lujoso. Ni con los Fatui como huéspedes ha perdido su brillo y su belleza. Al ingresar hay un lobby espectacular y unas escaleras que terminan en un pequeño rellano antes de partirse hacia izquierda y derecha para llevar a un segundo piso. En el rellano hay una silla roja con reposabrazos hechos de metal finamente labrado. En la silla, sentada con una pierna encima de la otra, se encuentra una mujer bella de cabello rubio y labios carnosos. Hay Fatui apostados por todo el lugar, es imposible un escape seguro, mucho menos después de ver que incluso entre ellos son completamente arbitrarios y violentos. Bennett mira a todos lados mientras es obligado por dos Fatui a sentarse en una silla al final de las escaleras. No hay nadie a su lado, ni siquiera Jean o Lisa. Bennett supone que ellas están ahí por mero protocolo, tal vez para hacer saber a la gente lo que pasa o para escribir un acta o lo que sea que se haga en esos casos. —Bien, hoy 16 de enero del presente año, se convoca a reunión plenaria con los Fatui y los Heraldos apostados en la Nación del Viento, Mondstadt, para celebrar el juicio en contra de Bennett, sin apellidos, acusado de quemar la cara de su madre y de asesinar a su padre en un acto deliberado —comenta la señorita en el rellano. Parece dispuesta a disfrutar de lo que viene a continuación—. Para una mejor narración de los hechos, la única testigo viva pasará al estrado. Bennett ve a su madre. Renquea, se abraza a sí misma cuando lo ve y tiene la cabeza envuelta en vendas. La última vez que la vio, el metal caliente le estaba derritiendo la cara. —Ese niño... ¡es un monstruo! —exclama la mujer cuando está frente a todos—. ¡Por años intentamos contenerlo como mejor pudimos! Le gustaba adentrarse en el bosque para quemar y torturar animales. No le era suficiente, porque cuando estaba en casa procuraba herirnos en secreto. ¡Nosotros solo queríamos ocultarlo del mundo! Pero él insistía en salir, o de lo contrario nos golpeaba. ¡Hemos sido aterrorizados por él durante años...! Últimamente se comportaba de forma extraña. Más agresivo, más cruel. Cuando su padre decidió imponerse por fin, ese niño le dijo “Ya muérete de una vez” y, ¡ah! —la mujer rompe a llorar, conmocionada por un momento—, entonces entró a la cocina, usó sus poderes malvados con el fuego y nos lanzó pedazos incandescentes de metal. Yo logré sobrevivir, pero mi esposo... ¡Mi querido esposo! ¡Nosotros solo quisimos hacerle un favor a los viejos aventureros que dijeron que no podían criar a un niño omega! Bennett debió suponerlo. Debió intentar averiguar qué está pasando antes de ser traído sin más hasta la guarida de los Fatui. Para cuando su madre estaba a mitad de su pequeño disparate, Bennett ya estaba con la barbilla contra el pecho, intentando contener las lágrimas. No lo está logrando. —Bueno, ahora el acusado puede defenderse. ¿Reconoce los cargos en su contra? ¿Reconoce que provocó quemaduras en tercer grado en la cara de esta noble mujer y que cortó la tráquea de su padre en un acceso de ira? Bennett no dice nada por un momento, pero después siente que todo ese miedo y ese enojo se mezclan como una bola que punza en su garganta, así que escupe un sonoro—: ¡No! —y luego se queda callado por un momento más—. Yo soy omega y ese imbécil era un alfa. Lo odiaba... lo odiaba con todo mi ser... —Entonces está reconociendo que tenía un móvil para perpetrar el asesinato. Bennett levanta la cabeza de golpe, estupefacto. —¡Yo no dije eso! ¡Ese tipo...! ¡Él me...! —¡Él siempre te intentó criar de la mejor manera, perro malagradecido! —su madre intenta acercarse, pero entre tantos Fatui Bennett hasta se siente seguro por primera vez—. ¡Lo odiabas solo porque era un alfa y tú no! —¡No! ¡Cállate! ¡No es cierto! —Bennett no puede contener las lágrimas—. ¡Yo lo odiaba porque me...! —¡¿Y qué me dices de mí?! ¡Yo que siempre intenté ser como una madre para ti! ¡Solo eres una sanguijuela que nos chupó hasta matarnos, miserable! ¡Devuélveme a mi esposo! —¡Él me...! —Basta, ¡basta! —la señorita en la silla roja se desespera y grita. Bennett y su madre se callan y voltean a verla, pero el chico todavía dice: —Si no me interrumpieran... —Cierra el pico, asqueroso mondstadtiano —la señorita muestra sus verdaderos colores por un momento. Respira, luego dice—. ¿Ven lo que provocan? Estoy a punto de perder los estribos. Espero que no les importe, maestra Jean, bibliotecaria Lisa, pero este chico debe ser interrogado ipso facto para que se le pueda dar una sentencia adecuada. Jean habría saltado sin duda alguna cuando la tipa insultó a Bennett, pero el chico sabe que en este caso no hay ninguna razón para que lo defiendan. Así que tanto Jean como Lisa conceden permiso con su silencio absoluto. Ellas están cumpliendo su deber simplemente con ver y escuchar lo que está sucediendo dentro del Hotel Goethe. —Andando —ordena el tal “Tar”, sin dirigir una sola mirada a Bennett. La señorita en la silla roja dice—: Será mejor que no tardes, Tartaglia. —Déjame en paz, Signora. Tardaré lo que tenga que tardar. Esa vieja puede ir a que le cambien los vendajes, así no se le cae la cara a pedazos —luego se ríe a carcajadas de su chiste. Ciertas partes de la cara de su madre han comenzado a sangrar. Mientras Bennett desfila en frente de ella, todavía conmocionado por todo lo que está pasando, Bennett recuerda las marcas de uñas, los puñetazos, las patadas, todos cortesía de esta mujer. Voltea la cara, desinteresado. Luego de unos segundos silenciosos, Tartaglia, Bennett y dos Fatui entran a una sala contigua. El lugar es oscuro para ser de día. A pesar de que las cortinas están corridas, todavía se siente lóbrego y encerrado. Los candelabros con las velas casi extintas no ayudan al ambiente. Tampoco que solo haya una mesa y dos sillas, una frente a la otra. Los Fatui obligan a Bennett a sentarse en una silla y luego se van, cerrando la puerta tras de sí. Tartaglia se sienta en la otra silla y ninguno de los dos dice nada por un buen rato, pero el corazón de Bennett martillea contra su pecho por el miedo que le provoca el ambiente y el olor a sangre de este tipo. —Los aldeanos de Aguaclara dicen que provocas incendios a menudo. —¡Nunca he hecho eso! —exclama Bennett. La mirada de Tartaglia es tan pesada, tan siniestra, que Bennett baja la voz por instinto—. No sé porqué los fuegos se avivan cuando estoy cerca. Hay cosas que explotan. —¿No lo sabes o no quieres decirlo? —Tartaglia se ríe a mandíbula batiente, como si fuera un gran chiste—. ¿Dónde dejaste tu Visión? —Yo nunca he tenido Visión. —Sí, cómo no. —¡Nunca he tenido Visión! Tartaglia golpea la mesa. Bennett salta en su lugar, angustiado. —Te han visto merodeando por el Reino de los Lobos. Justo después han aparecido víctimas fatales, tanto animales como seres humanos. ¿Vas a decirme que no lo hiciste tú? —No lo hice... —Hay un pequeño idiota viviendo en ese lugar. Al parecer estuvo a punto de ser violado hace unos días. Dicen que el perpetrador le dio chocolate para atraerlo. ¿Tampoco lo hiciste tú? —¿Razor? Le dije que se mantuviera alejado de los malditos hombres... —Así que fuiste tú, ¿no? Tú querías violarlo, ¿a pesar de que eres un omega? —Basta, yo solo le llevé chocolate porque... —Bueno, un delito menos por reconocer. Ahora dime, ¿quemaste la cara de tu madre y mataste a tu padre? —No lo hice. —¿Quemaste la cara de tu madre y mataste a tu padre? —¡NO! —¿Te gusta el fuego? —No. —¿Dónde dejaste tu Visión? —No tengo Visión. —¿A dónde vas cuando visitas el Reino de los Lobos? —Hay tres monumentos pyro. Siempre voy ahí. —¿Te gusta el fuego? —Ya te dije que no. —¿Por qué golpeabas a tus padres? —Ellos ni siquiera me daban de comer. ¿Cómo podría...? —Es decir, que encima tenían que darte de comer. ¿Era su obligación alimentarte y vestirte a pesar de que los maltratabas? —Yo no... —¿Te gusta el fuego? —¡No! ¡No! —¿Entonces por qué siempre visitas los monumentos pyro cuando vas al Reino de los Lobos? —Es la forma más fácil de encontrar a Razor. —¿Lo atrajiste con chocolate y quisiste abusar de él? —¡Nunca! —¿Cuál fue el primer incendio que provocaste? —Nunca ha pasado eso. —¿Entonces por qué tienes prohibido acercarte al fuego? —Es porque se descontrola cuando estoy cerca. —¿En dónde tienes tu visión? —¡Yo no tengo visión! —¿Dónde la escondiste? —Ya te dije que... —¿Cuándo la obtuviste? —Hah... —Contesta. —No tiene caso. —Contesta. —... Tartaglia propina una fuerte bofetada a Bennett. Luego, como si no hubiese pasado nada, continúa: —Contesta. —Yo no tengo visión. —¿Odiabas a tu padre? —Con todo mi ser. —¿Por qué? —... Él... me... violó. —¿Cuándo? —No puedo decir cuándo. Siempre. —¿Cuándo? ¿Cómo? —No sé, él hacía que me quitara la ropa a menudo. Me hacía sangrar muy seguido. —¿Quién más sabe de esto? —... Mi madre. —¿Estás diciendo que la mujer que te cuidó durante tres días a pesar de que le quemaste la cara sabía que te violaban y no hizo nada por evitarlo? —¿Cómo que me cuidó? —Esa mujer, tan pronto como recibió atención médica inmediata se fue a sentar junto a ti y te cuidó. Yo no hubiera aguantado estar junto al asesino de mi pareja. Supongo que el amor de madre es igual de intenso. Tartaglia se encoge de hombros. Sigue soltando palabra tras palabra. —Di la verdad de una vez, chico. Es imposible que una madre tan abnegada haya cerrado los ojos ante un crimen de ese calibre. ¿Por qué odiabas a tu padre? ¿Es correcto lo que se dijo? ¿Es porque él es alfa y tú no? —¡¿Qué tiene que ver que sea un alfa?! —¿Por qué lo odiabas? —¡Él me violó! ¡Me golpeó! ¡Todos los días como si fuera una maldita bolsa de su semen! —Bennett rompe en llanto, desesperado—. A veces ella comía en frente de mí cuando yo no había comido en días. Lo único que hacía era observar mientras él me metía su maldito pene. ¡Se lo merece! ¡Todo lo que le pase! ¡Se lo merece! —¡Di algo coherente! ¡Di la verdad! —¡Lo estoy haciendo! —a Bennett se le quiebra la voz. Tiene la cara empapada por las lágrimas—. ¡Ellos eran los que me maltrataban a mí! ¡Quise quedarme a vivir en el bosque con Razor pero ellos me arrastraron fuera y me torturaron por tres días! ¡Estuve a punto de morir varias veces! ¡Ellos...! Esperaba que murieran mucho antes, que me dejaran en paz... Si tan solo me hubiesen dejado irme para siempre de Mondstadt, para no ver sus caras nunca más... Ellos... Me hubiese gustado que murieran. Él no merecía vivir. —¿Y tú mereces vivir? Bennett se queda callado. No sabe qué responder a eso. ¿Merece vivir? ¿Lo merece? Él es solo el saco de semen de papi. El coñito omega de papi. La puta que solo sabe chupar y follar. Quien dará a luz a los hijos de papá. El imbécil. El inútil. Por los Siete, el idiota que desperdicia flechas en jabalíes que lo embisten. No sabe nada. No vale nada, ni siquiera a ojos de los dioses. Si lo hiciera, al menos tendría una Visión. Pero no tiene, y ahora no le creen que el fuego es su mayor enemigo. El enemigo que lo ha puesto en este aprieto, el enemigo que ha matado a su padre y quemado a su madre, el enemigo intangible y misterioso que, cuando más lo necesita para demostrar su inocencia, más se esconde. ¿Bennett merece vivir? —Toda mi vida he deseado morir. Bennett se sincera. No sabe porqué lo hace. Sin embargo, ese maldito Fatui se burla, riéndose a carcajadas. —¡Eres un actor fabuloso! —exclama, aplaudiendo—. Estoy seguro de que su eminencia Furina querría reclutarte para fundar una agencia de kinografías. ¿Pero sabes qué? Es imposible que vayas a engañar a los Fatui, por más que seas un gran actor. Ahora vas a pudrirte como el criminal que eres. Si pensabas salirte con la tuya estás muy equivocado. ¿Crees que nos vamos a compadecer solo porque eres un puto omega? Bennett se queda callado, no vuelve a responder. Sigue llorando y llorando. Si no va a ser escuchado, solo puede ver cómo todo se derrumba. —Dime, ¿solo porque eres omega debemos tenerte consideraciones y dejarte libre? —Tartaglia lanza la mesa lejos, así que solo hay aire entre las sillas. Agarra a Bennett por la camisa de hospital y lo levanta para ponerse a su altura—. Me disgusta mucho pensar en que hay personas que no saben valorar... a su familia... Bennett percibe, de pronto, un intenso olor a petricor. Envuelve el olor a hierro y lo disipa, como si nunca hubiese estado ahí. Tartaglia ensancha los ojos y suelta a Bennett como si se hubiese quemado. —¡Maldito hijo de perra! —grita el Fatui, desencajado—. ¡Por eso odio tratar con omegas! ¡¿Crees que puedes solucionar todo soltando tu maldita esencia como una estúpida mofeta de mierda?! Bennett está a punto de negar la acusación, pero el olor lo marea y lo hace caer de rodillas. Siente una intensa atracción, casi insana, rayana en la locura. Quiere echarse encima de Tartaglia. No sabe qué está pasando. Jamás había sentido nada igual. Sus dedos comienzan a hormiguear y su boca se reseca. Un intenso mareo lo posee por un momento. Se desmaya alrededor de un instante, y no puede hacer otra cosa que sentarse sobre sus pies y dejar caer la cabeza sobre el asiento de su silla. Su cuello queda al descubierto. Tartaglia sobre él, aparta la silla, que se rompe contra la pared y se cierne sobre él, respirándole en el cuello. —Maldito hijo de perra. Puto omega de mierda —lo insulta, pero no puede luchar contra sus instintos—. Ya vi que eres más astuto de lo que aparentas. Bennett no está en sus cinco sentidos. Todo da vueltas, el olor es embriagante y siente que algo está húmedo en su ropa interior. Todo su cuerpo está caliente. Respira con dificultad, pero el contacto de Tartaglia sobre él parece casi bienvenido. —¡Señor! ¡Señor, ¿pasa algo?! —¡Traigan supresores! ¡El hijo de puta entró en calor! ¡Mi rut! ¡Me está obligando a experimentar el rut para no seguir con el interrogatorio! Tartaglia se muerde el labio hasta hacerse sangrar, intenta quitarse, pero parece como si su cuerpo se resistiera a lo que pide por naturaleza. No hay poder humano o divino que lo haga apartarse si su rut ha comenzado y tiene a un omega excitado en frente. —Quítate —suplica Bennett, como si le pidiera que lo bese, así que Tartaglia mete su lengua en la boca de Bennett y lo besa. —No, no, no, ¡no! ¡Puto omega! —exclama, pero sus manos ya están debajo de la ropa de Bennett, recorriendo su piel—. ¡Haz que pare! —Tartaglia está desesperado. Acaricia y lame con fuerza, sediento—. ¡Para, imbécil! —¡Yo no... hago nada! —Bennett no puede evitar que su entrepierna roce contra la entrepierna dura y caliente de Tartaglia. Se mueve al mismo compás cadencioso, abriendo la boca—. ¡Quítate! ¡De! ¡Encima! ¡Yo! ¡Es mi primer calor! Tartaglia está sorprendido de nuevo. Parece como si le hubiera pedido que lo besara de nuevo, porque eso hace. Devora la boca de Bennett mientras sus manos trabajan para desnudarlo como si fuese algo de toda la vida. —¡No lo hagas! ¡No! —Bennett está desesperado por marcharse de ahí. ¿En dónde están esos malditos Fatui con sus supresores? ¿Por qué nadie abre la jodida puerta?—. ¡Detente! —¿Qué crees que hago, maldito imbécil? —Tartaglia se desnuda de la cintura hacia arriba, desabrocha su pantalón y saca su miembro excitado, arrodillado frente a la entrada húmeda de Bennett—. Maldito hijo de puta. ¿Quién demonios te va a creer que es tu primer calor con esta entrada tan mojada? Bennett intenta detener a Tartaglia. Este no puede quitarle la ropa del todo por los grilletes, así que rompe con una fuerza sobrehumana la cadena de los tobillos y le retira el pantalón por completo. Bennett le grita que se detenga, que pare, pero Tartaglia hace oídos sordos. Pronto deja de exclamar insulto tras insulto. Se concentra en el olor almizclado que despide la entrada de Bennett. Gruñe cuando su miembro enfila en la entrada de Bennett y su glande se encuentra con el ano mojado y caliente del chico. Y Bennett... Es la primera vez que Bennett siente su interior agitarse con anticipación. Es casi como si estuviera feliz y expectante. Este hecho le sorprende por un segundo, porque al siguiente, Tartaglia mete su pene con facilidad y ambos gimen de placer. —¡Señor! ¡Señor! ¡Los supresores! —los Fatui abren la puerta, pero una marea de feromonas los impacta como si fuese una pared de hierro. Uno se desmaya en el acto. Tartaglia les dirige una mirada asesina. Está a punto de levantarse y matarlos, pero Bennett envuelve sus piernas alrededor de él, completamente perdido en la sensación. Gime, fuera de sí y del mundo entero, y le grita, casi como en una orden: —¡Más! ¡Más! Tartaglia obedece. Lleva las manos de Bennett por encima de su cabeza, las sostiene y aprieta una de sus nalgas con la otra mano. Después comienza a bombear, encajándose hasta la raíz, sus testículos fustigando una y otra vez el escroto de Bennett. Él se abre para el alfa, borracho de feromonas. Agita sus caderas arriba y abajo, intenta que el grueso miembro de Tartaglia lo penetre hasta el fondo. —¡Ah! ¡Sí! ¡Sí! Tartaglia lo besa una vez más. Sus lenguas se enredan en un beso húmedo mientras el sonido cadencioso del pene golpeando el recto de Bennett llena la sala. Hay exclamaciones y movimiento en la puerta, pero ninguno de los dos hace caso. Están sumidos en el momento, concentrados en el vaivén de sus caderas. Tartaglia rompe la camisa de Bennett y pellizca su pezón. Bennett grita y su interior aprieta el miembro de Tartaglia. Él gime fuerte. Penetra una y otra vez hasta que su pene suelta todo dentro de Bennett. Pero Tartaglia no se conforma con esto, porque voltea a Bennett sobre su estómago y vuelve a la carga, metiendo su pene sin más ceremonias una vez que está duro de nuevo. Tartaglia penetra a Bennett una y otra vez. En el suelo, en la mesa, en los sillones de las orillas, de pie, contra la pared. Bennett compone caras cargadas de placer mientras enreda sus piernas alrededor del hombre. Luego de un tiempo, en el que Bennett está recargado en el pecho de Tartaglia, con su pene todavía dentro, el chico se da cuenta de que el rut de Tartaglia ha disminuido. No sabe si han pasado horas o días. Pero lo que sí sabe es que está más consciente, al menos más que cuando su ropa fue hecha pedazos. Bennett mira a Tartaglia, que está perdido en la sensación de sus manos apretando los pezones del chico. Entonces se retira el collar y lo lanza lejos. Tartaglia sigue perdido en su rut. No le importa la conciencia o las consecuencias. Parece que a Bennett tampoco. Cuando Tartaglia ve la nuca descubierta de Bennett la lame. Luego abre la boca, inclina la cabeza y muerde, tan fuerte y tan intenso, que Bennett grita y se desmaya.
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