Capítulo 1
12 horas y 22 minutos hace
Estoy enamorada de dos hombres. Ellos saben cómo hacerme caer con facilidad, y muchas veces lo usan para su provecho. No los culpo. Yo soy la tonta por ir detrás de personas que me están vedadas. Con todos excepto con ellos, me repite mi mente. Me pongo más ansiosa de lo que me gustaría reconocer.
Uno de ellos es alto. Debe medir alrededor del metro noventa. Tiene un largo y rubio cabello que recoge en una cola de caballo, ojos de color azul y la sonrisa más bella, más burlona, pero a la vez más engreída del mundo. Cuando sube sólo una comisura de sus labios al decirme algo, por ejemplo, sé que sólo se está riendo de mí. Tan bien lo conozco.
Usa un atuendo poco convencional: una casaca azul de adorno encima de una camisa prístina, que no cierra en el área del pecho. Así quien quiera que lo trate de cerca debe acostumbrarse a verle los fornidos pectorales y no tornar el asunto en algo de timidez. Él está tan acostumbrado a exhibir esa parte del cuerpo que sigo sintiendo vergüenza por los dos cuando se quita la camisa sudada después de un duro día de trabajo.
—Pásame una camisa limpia, Seris —me pide él.
Abro el ropero en su oficina y busco entre la ropa limpia con olor a flores y bien doblada que con tanto esfuerzo metí ayer por la noche.
—¿Debería bañarme en su lugar? —pregunta.
—Hoy se desocupa el señor Sin, ¿no? Usted debería bañarse, señor Ebran.
Ebran Lehines me mira con ojos chispeantes. Está emocionado, se le nota en el semblante. Tan pronto como le doy la sugerencia, él me dice—: Bueno, creo que debería bañarme, pero… el agua es tan fría en esta época del año… —su voz suena pícara, la comisura derecha de sus labios se levanta con lentitud. Quiere disimular la sonrisa, pero nunca le sale. No se le da bien ocultar su diversión.
—Todas las noches preparo el baño, aunque no esté aquí, señor —con un poco de condescendencia tomo la camisa, ropa interior y un pantalón de dormir y entro al cuarto de baño para disponerlo todo.
A veces puedo permitirme esos pequeños arranques. Ebran no es una persona de mente cerrada como la mayoría de los nobles, que se ofenderían hasta por el más leve suspiro de quienes pisotean con sus zapatos de piel cara. En lugar de gritarme o golpearme, como haría un noble como él, hijo de reyes y con una cuchara de oro en la boca, Ebran entra risueño al baño y se comienza a desvestir.
—¿Cuánto tiempo llevas con nosotros, Seris? —me pregunta. El rumor de sus pantalones cayendo al suelo me distrae por un momento.
—Eh, ¿unos siete años? Ahora tengo veintiuno, señor —le digo.
—¡Cierto! Pronto cumples veintidós, querida. ¿Necesitas algo en particular?
Cada que se acerca mi cumpleaños Ebran pregunta eso. Y siempre respondo lo mismo—: Sólo necesito mi trabajo, señor. Por favor no me tire lejos.
—¿Cómo lo haría? En toda mi vida nunca he conocido a una criada tan honesta que sabe darse su lugar frente a la mismísima realeza. Además, eres la única que no ha intentado robarme los anillos. Te admiro por soportar mi actitud pedante con una sonrisa en lugar de querer darme un puñetazo cada vez que me burlo de ti.
—No se crea demasiado, señor. Controlo mis puños sólo porque perdería mi trabajo si dejo una marca en su rostro atractivo.
Ebran se ríe a carcajadas. Él siempre es así: risueño, relajado, de personalidad ligera. Siempre ha sido perdulario y nunca lo he visto molesto, irritado o contrariado. Pareciera que todo marcha bien a su alrededor.
Me pregunto si de verdad tiene tanta suerte o simplemente no muestra su verdadera cara en mi presencia. Sólo soy su criada, después de todo. A pesar de la confianza de años, sigo siendo una persona que podría traicionarlo.
Mi corazón da un vuelco cuando pasa cerca de mí exhibiendo sus nalgas redondas y su cabello suelto. Entra a la bañera y los vapores lo envuelven. Ebran suelta un hondo suspiro y se relaja, sonriendo de verdad.
—Siempre sabes cómo consentirme, Seris. ¿Qué pusiste en el agua?
—Un poco de lavanda y sándalo, también azahar. He notado que se va a dormir hasta altas horas de la noche, así que el azahar ayudará. Y me di la libertad de añadir jazmín.
—¡Oh! ¿Y por qué el jazmín? ¿No soy ya una persona seductora sin ayudas externas? —pregunta. Esta vez es su comisura izquierda la que se eleva.
—Siempre es bueno aumentar las posibilidades.
Ebran vuelve a reír. Sí, es un hombre encantador y lo sabe. Y además sabe que estoy consciente de eso. Después de todo soy una mujer en sus veintes. Sería muy raro si no me atrajera.
Luego de unos minutos me ve parada sobre mis dos piernas, alternando el peso entre ambas. Entonces hace su pregunta estrella—: ¿No quieres entrar?
Y le respondo lo mismo que siempre respondo—: Trate de mantenerse quieto.
En realidad, Sin nunca dice nada al respecto. Ebran puede hacer lo que se le antoje, con uno o con varios, al mismo tiempo o por separado, y Sin sigue sonriendo de la misma forma. No me parece un trato muy justo. Mientras que Sin trabaja bajo montañas de papeles y salta de reunión en reunión, Ebran pasa una vida más libertina saltando como chinche de cama en cama. Bueno, a veces trabaja.
Luego de unos minutos remojándose, Ebran sale de la bañera, se enjabona con parsimonía y se lava con una cubeta de agua. Le ofrezco una toalla para que se seque el cuerpo, lo que hace con desinterés. Cuando se siente listo, Ebran se pone la ropa interior y la camisa limpia. Entonces puedo respirar mejor.
—Sé sincera, Seris —me pide—. ¿Cuánto me das del uno al diez hoy?
—¿Hoy, señor? Un siete. Las ojeras cada vez se le notan más.
—Mierda, lo sabía —se queja por lo bajo—. Pero Sin está decidido a regentar Onturil. Ya tenemos las manos llenas con la búsqueda del príncipe de los bandidos, los rumores sobre los atropellos de los Togablanca, el avistamiento de rucs en el vado de Hundr, la guerrilla civil en Erindre, el incendio de Naspel… ¿Ahora quiere que me encargue de ver que todo vaya bien con esa maldita casa de vinos?
—¿Por qué quiere el señor Sin tomar control de Onturil? —cuestiono.
Una gran verdad sobre Ebran Lehines es que es un hombre muy poderoso. Más poderoso que un rey, que rinde cuentas a su parlamento. Más poderoso que un emperador, que rinde cuentas al Consorcio. Y en este, si el Consejero Mayor muriera hoy, Ebran tomaría el cargo, pues es completamente natural.
No me refiero sólo a que Ebran posea unos músculos y una agilidad a la que hay que temer, sino a que en sus manos lleva nueve anillos, uno por cada dedo sin contar el anular izquierdo, que siempre va desnudo. Ebran se termina de vestir y se coloca los anillos uno a uno: el anillo que lo anuncia como heredero de la corona de Gombrich, el anillo de príncipe de Rhener, el anillo de su propio nombre para asuntos oficiales, el que lo reconoce como miembro mayor del Consorcio, el que lo anuncia como amigo de los Eratz, el que lo anuncia como diplomático y embajador de cada país que rinde cuentas al Consorcio. En el índice derecho se pone el anillo de comandante en jefe del ejército del Consorcio. En el medio y el anular derechos se pone los anillos de amistad de sus hermanas: Aneris quien es esposa del emperador de Calahia y Edise, quien, aunque no tenía poder ni respaldo político, siempre pensó en Ebran como el sucesor de la corona de Rhener.
Una vez que los anillos están en su sitio, Ebran sale del baño y me pide que lo siga. Cerca de su escritorio una enorme mesa despliega un mapamundi que sólo tres personas en el mundo conocen: Ebran, Sin y yo. Cualquier otro que descubra esta mesa es ejecutado por Sin. Esto se debe a que en el mundo no existe un mapamundi tan preciso y certero como este.
Todos piensan que nuestro mundo es redondo, como las frutas. Bueno, esto es absurdo y no tiene fundamentos para sostenerse. En realidad, nuestro mundo es una especie de plataforma disforme sobre la que se mecen el agua y los continentes. Toda la tierra está conformada por islas que no varían en su posición, salvo Atlantia, que es capaz de moverse a voluntad. Estas islas están muy juntas, pero siempre son representadas en una tira horizontal que comienza con Arendorf y la fría montaña de Whilhem en Dragonia y termina con el continente calahiano tocando la esquina inferior derecha del mapa.
Se dejan fuera de los límites todo: la Región Calma, la Tierra Hueca, las Corrientes Giróticas e incluso el Santuario Mennor, donde viven los dioses alados. Para los entendidos, pasando la Región Calma ya no es Deva. Sí, hay humanos, sí, hay monstruos, aves y guerras, política y un sinfín de nimiedades que mantienen vivo aquel lugar pasando Calma y las Giróticas, pero nadie se atreve a aceptar que Deva también existe del otro lado.
En cambio, el mapamundi de Ebran no es horizontal, sino circular. En este aparecen nombres y regiones de las que una persona jamás escucharía hablar. Yo misma no lo sabría si no fuera la criada personal de Ebran.
Él señala un punto en el mapa a mitad de Irinea, uno de los llamados “continentes centrales”. Tanto en el pasado como en la actualidad, Irinea es el centro del mundo devano. Es donde comienzan y terminan las guerras, donde se desarrollan las mejores historias, donde se inventan los mejores productos. El resto del mundo intenta seguirle el paso. Claro, el resto del mundo conocido.
Irinea sigue siendo un bebé en pañales para los habitantes de más allá de las Giróticas. Al menos eso es lo que Ebran me ha hecho creer por años.
—Onturil está aquí, a unas treinta leguas del camino principal a Roen. De hecho, apenas hay una distancia de menos de cincuenta leguas entre Roen y Onturil. Un caballo bien entrenado podría ir y venir entre ambas ubicaciones en un lapso de una hora. Si logramos desarrollar un carro motorizado entonces el tiempo se reduciría al menos a la mitad.
—¿Media hora en cincuenta leguas? —es mi turno de sonreír.
Es actualmente imposible cubrir ese espacio en tan sólo treinta minutos. De hecho, una hora y media ya es exagerado, ni qué decir de una hora. Más prudente sería decir que hay una distancia de dos horas, o tres para mayor seguridad.
Ebran refleja mi sonrisa. Tal vez piensa que me emociona la perspectiva de un vehículo motorizado que nos ayudará a ir a todas partes.
—Seris, suelta tu cabello —me ordena, rodeándome con su cuerpo mientras me tiene contra la mesa del mapa. Obedezco.
Su mano derecha sube con lentitud desde mi muslo hasta mi cadera, ignorando la falda del uniforme. Siempre he pensado que los vestidos tienen ese lascivo propósito de facilitar las acciones de una persona que tiene la necesidad de meter la mano debajo de una falda.
Ebran acaricia mi cadera, desnuda en su mano. Después pone su mano izquierda en mi seno, amasándolo. Su nariz se posa en mi cabello suelto; me respira. Cuando se pega a mí siento su bulto restregándose a mitad de mi espalda. Un olor a jazmín, lavanda y azahar me invade.
La puerta de la oficina se abre. No oigo una exclamación de enojo, ni alguien se nos echa de pronto para separarnos. En su lugar, el frufrú de una pieza de ropa, tal vez de una capa cayendo al suelo, me distrae por un momento. Pasos. Luego, alguien se coloca debajo de la mesa, mete la cabeza en mi falda y jala mi ropa interior hacia abajo.
—Deberías ser un poco más paciente —dice Sin. Creo percibir un deje de molestia en su voz, pero dejo de pensar en el asunto cuando su lengua saborea mi monte de Venus.
Sin es casi tan alto como Ebran y tiene rasgos muy similares: nariz fina, mentón cuadrado, cara ovalada, ojos almendrados, mejillas lisas. No obstante, cada vez que lo veo parece tener una piel más oscura. No es que se ponga moreno con el sol, sino que es como si el color de su piel, sus ojos, sus uñas y su cabello se volviera cada vez más negro como el azabache. Esto debe tener algo que ver con la bendición de un dios, pero Ebran y Sin nunca hablan sobre cosas de ese tipo.
Sin saborea con paciencia mis labios mayores mientras separa mis nalgas para usar el líquido preseminal de Ebran como lubricante. Este no se corta; me jala del cabello para descubrir mi cuello y lo muerde, dejando un perfecto círculo rojo.
Cuando Sin siente que estoy lista se levanta apenas un momento. Permanezco entre dos sendos pechos, abrazada por ambos. Sin masajea mis nalgas mientras que Ebran hace lo propio con mis senos. Mi boca saborea el plexo solar de Sin justo en el momento en que él me aprieta contra sí mismo para buscar la boca de Ebran.
Los hombres enredan sus lenguas. Sus erecciones pugnan por salir, apretadas contra mi espalda y por encima de mi estómago.
Ebran nos empuja a ambos encima de la mesa. Sin se recuesta de espaldas, yo me posiciono a horcajadas encima de él. Sin más ceremonias, Sin mete su miembro en mí y gime por el contacto. Yo suspiro, feliz.
Ebran se recuesta sobre mí y me arranca la ropa para morderme la espalda. Él no me penetra, pero sé que también está jugando en la entrada de Sin. Lo sé porque este gime cada vez más rápido, encajándose de forma salvaje en mi interior.
Esa noche soy tomada por ambos. Primero por Sin, después por Ebran, después por los dos. Somos tres cuerpos moviéndose a un mismo ritmo, con el mismo propósito.
Hace un año me habría reído si alguien me decía que mi amo y su asistente tenían sexo entre ellos y me incluirían en sus fiestas privadas. Para empezar, cualquiera pensaría que deberían darle la bienvenida a otro hombre, pero en su lugar lo hicieron con una mujer. Una pequeña, que encaja perfectamente entre los fornidos cuerpos de dos guerreros que pueden matar con sus manos desnudas.
Luego de dos rondas encima del mapamundi, Sin se recuesta en el suelo, con sus manos en mis caderas y las piernas tan abiertas como las mías. Introduce su miembro en mí. Ebran se arrodilla detrás de mí y me penetra. Estamos eufóricos. Nos movemos una, y otra, y otra vez.
Cuando está satisfecho, Ebran saca su miembro y lo mete en Sin. Él aprieta mis caderas. Su pene se pone más duro dentro de mí. Grito.
Cada noche hacemos esto.
A pesar de todo, cada noche Ebran y Sin se dicen te amo el uno al otro, pero yo no estoy incluida en esa muestra exclusiva de afecto.