Capítulo 2
12 horas y 21 minutos hace
Estoy acomodando los documentos en el escritorio de Sin. Es muy fácil organizar su trabajo: por aquí está la pila de documentos, cartas y libros sin leer, acá están los documentos en revisión y por allá están los que ya han sido terminados y aprobados. Esos últimos son los únicos que Ebran toca.
Los dos salieron rumbo a la sede del Consorcio. Si les va bien, tal vez vuelvan por la noche. Si algo sale mal en el camino, o al llegar, o durante la sesión, tal vez vuelvan hasta la semana siguiente.
Ross se asoma a la puerta del estudio, aunque no tiene permitido hacerlo. Me pregunta—: ¿Hay algo en lo que te pueda ayudar?
—Sal en este instante —le digo—, antes de que alguien se dé cuenta.
Él rueda los ojos. Es nuevo. Tiene apenas una semana en la mansión, pero ya se ha ganado el favor de muchos, incluyendo el de Sin. Es un chico diligente que le gusta mucho a los caballos que suelen usar Ebran y Sin para ir de aquí para allá.
Por eso, aunque tiene tan sólo unos días en la mansión, ya se cree que pronto va a ser el próximo sirviente personal de Ebran. Tiene algo de sentido. Después de todo yo soy una chica, y el mundo asume que un hombre sirve mejor a un hombre.
—Escucha, Seris, sé que te crees especial porque el amo tiene sexo contigo. No lo niego, ser una amante tiene sus beneficios. Pero tú no eres la señora de la casa, ¿por qué no te relajas un poco? —me dice con desdén.
Entra de lleno al estudio. Mira las pilas de papeles, los documentos, los secretos políticos de dos de las personas más influyentes del mundo. Su mirada recae en la amplia mesa con el mapamundi. Se queda de piedra cuando la ve. Luego voltea a mirarme.
—¿Qué es eso, Seris? —pregunta—. ¿Eso es un mapa? ¿Por qué tiene territorios agregados después de las Corrientes Giróticas…? ¡¿Qué significa?!
—¿Crees que te voy a decir, pedazo de imbécil? ¡Sal ahora!
Ross se pone histérico. Me toma del cabello y me arrastra hasta donde está el mapa, como si me obligara a ver algo nuevo. He tenido sexo encima de él, claro que conozco el mapa.
Intento zafarme, pero él es más fuerte que yo.
—Sólo eres una puta a la que el amo usa como saco de semen. ¿Supongo que no le importará si yo también te uso un poquito? —pregunta.
Estampa mi cabeza contra la mesa y me pone en una posición ventajosa para él. La situación no tiene nada que ver con el día anterior, cuando Ebran me rodeó con su cuerpo. Hoy tengo miedo, y comienzo a gritar.
—¡Ayuda, por favor!
Pero los sirvientes sólo se asoman por la puerta, sin atreverse a entrar. Ellos saben muy bien que ni uno solo de sus cabellos debe entrar en ese estudio. Obedecen la regla al pie de la letra, aunque estén presenciando un acto atroz.
—¡Yo me hago responsable, pero ayúdenme! —grito.
Ross me tapa la boca. Rompe mis medias y mi ropa interior y me obliga a estar expuesta frente a los sirvientes. No veo lo que pasa a mis espaldas porque sigue teniendo mi cara contra el cristal que protege el mapa.
—Todos ustedes, todos son unos malditos raros. El señor Sin se acuesta con ese horrible hombre de piel blanca, y ambos se acuestan con una sirvienta fea y malograda. ¿Cómo te lo hacen, Seris? ¿Te lo hacen rudo? ¿Te gusta rudo? —me pregunta.
Moja sus dedos con su propia saliva y sin ninguna preparación los mete en mi interior. Lloro, frenética. Pataleo, intentando quitar su mano de mi cabeza. Él jala mi cabello y me vuelve a golpear contra el vidrio de la mesa, luego toma mis manos y las aprisiona.
Alguien entra en el estudio, jala a Ross hacia atrás y lo levanta por el cuello. Me giro de inmediato. Es Sin. Lleva un galante traje hecho a medida, una espada de decoración a su costado y el largo cabello suelto. Su enorme mano sostiene a Ross en el aire.
Con la otra mano, Sin toma la mano derecha de Ross y la retuerce en un ángulo imposible hasta que escucho un sonoro crac. Ross grita de dolor. Sin le dice—: Sólo tres personas pueden entrar en este estudio. Tú no eres una de ellas —luego toma su otra mano. También la rompe. Mientras Ross llora, Sin dice—: sólo dos personas pueden tocar a Seris. Tú no eres una de ellas —después lo toma del cuello con ambas manos y comienza a apretar—: sólo el amo de esta casa puede hacer lo que le plazca en este estudio. Sólo él. ¿Quién es tu amo? ¿Quién te sacó de esa familia esclavizadora de mierda y te dio un trabajo en el que sólo tenías que jugar con los caballos a cambio de sacos de oro? ¿Cuántos de los que están ahí parados crees que han hecho lo que tú acabas de hacer? —luego se dirige a los sirvientes—: Largo todos. Preparen una nueva fosa.
Los sirvientes no dicen ni pío antes de salir corriendo. Yo me quedo donde estoy. Bajo de la mesa, acomodo mi falda y, temblorosa, miro cómo a Ross se le salen los ojos de las órbitas por el miedo. Tiene la cara empapada en lágrimas, y presumo que los pantalones también se le mojaron.
—¿Sabes qué es lo que hago con los que ven este mapa? Les arranco la cabeza —le informa Sin con voz medida y calculadora—. Pero esta vez no sólo me ofendiste a mí, o a Ebran. Tocaste a Seris. Ella será la que elija tu castigo, imbécil. Seris, ¿vive o muere?
—Déjelo vivir, señor Sin.
Ross me mira con ojos de agradecimiento.
Sin lo deja caer sin ningún miramiento, se acerca a su escritorio y toma algo. Ross no se ha recuperado del dolor de las muñecas rotas o del ahorcamiento, cuando Sin le abre la boca, jala su lengua hacia afuera y con una navaja la corta. La sangre brota a raudales, como una fuente roja. Ross berrea.
—Los sirvientes te van a cuidar muy bien —le dice con jovialidad—. Van a vendar tu boca, van a cauterizar tu lengua. Pero si me entero de que cualquiera de ellos sabe que viste este mapa, olvídate de la misericordia de Seris. Ahora lárgate. ¡Fuera de mi vista para siempre!
Ross hace como puede para levantarse e irse corriendo. Sin cierra la puerta detrás de él. En el aire queda un rastro de orina y sangre. Es asqueroso.
—¿Te duele? —me pregunta Sin con gentileza.
Asiento con gravedad. Me quema hasta lo indecible. Ross fue demasiado brusco. Temo que me haya lastimado o me haya hecho sangrar, pero no quiero que nadie me vea en ese momento.
Sin se acerca a mí y me carga con suavidad en sus brazos. Aunque es un poco menos alto que Ebran sabemos muy bien que es él quien más fuerza tiene. Podría llevarnos a Ebran y a mí en brazos sin sudar. Me recuesto en su pecho.
Él se sienta, de espaldas a la mesa del mapamundi, y me permite acomodarme como mejor me plazca. Pone caricias leves en mi cabello y mi cintura. Me quedo plácidamente dormida, con las lágrimas mojándome la cara.
—… siento muy celoso —alcanzo a escuchar la voz de Ebran entre sueños. No abro los ojos.
—¿Celoso de ella o celoso de mí? —pregunta Sin burlón. Su voz me acaricia el cabello.
—Maldita sea, no sé. Sólo sé que cuando entré y los vi juntos esa me pareció la imagen de la perfección... ¿Qué hiciste con Ross? Veo sangre en el suelo.
—Le quité la lengua y le rompí las manos. Seris no quería que lo matara.
Ebran ríe—. Seris es muy buena persona. Creo que nos está pegando su bondad. Antes le habrías roto y quitado los dedos uno a uno.
—No es cierto. Antes de todo eso le habría arrancado las uñas con pinzas calientes al muy imbécil por meterle los dedos a Seris… ¡Eh! ¿A dónde vas? Ya pasó. Si lo matas ahora es como si no te importara la palabra de Seris. Y de paso me estarías quitando el trabajo a mí.
—¿Lo vas a matar? Justo acabas de decir…
—Me da igual si ella me odia o me teme a mí. Puedo soportarlo. Pero tú eres diferente. Juro que llorarías si Seris te dijera algo hiriente. Después de todo…
Ebran se relaja, vuelve a reír. Lo siento ponerse en cuclillas junto a mí.
—Seris… despierta —me dice con suavidad al oído.
Abro los ojos con lentitud. Sin está inclinado hacia mí. La cara de Ebran está junto a la mía. Me grabo a fuego esta imagen. Sin con su cabello cayendo como una cortina negra. Ebran con una mirada gentil.
Instintivamente levanto las manos. Una toca la mejilla de Sin, la otra la de Ebran. Dos hombres. Dos hermosos hombres que se aman.
—¿Me permites revisarte? —me pregunta Ebran.
Entre sus muchas facultades, Ebran Lehines es médico e, intuyo, de los pocos hombres que conocen tan bien el cuerpo de una mujer como una mujer misma. Puedo confiar en él. Asiento, casi sin que se note, y Ebran me lleva a la cama del estudio.
Es una cama bonita, amplia y luminosa. Todavía huele a limpio, pero es una cama que no se usa mucho. Ebran prefiere el sexo en su escritorio, o en la ducha, o en el suelo. Dice que sólo los nenes hacen el amor con las rodillas sobre plumas.
—¿Del uno al diez cuánto te duele? —me pregunta.
Lava con paciencia sus manos. Sube mi falda y vuelve a lavarse las manos, entonces me examina con mirada crítica.
—Antes un ocho. Ahora un cuatro. O un tres.
—Voy a revisarte por completo, ¿está bien?
—Claro, señor.
—¿Cómo está? —pregunta Sin con ansiedad, sin mirar a la cama. Parece cohibido, como si nunca hubiera visto a Ebran en su faceta de doctor, o como si nunca nos hubiera visto en esa posición.
—No hay laceraciones externas, no hay sangre, sólo un poco rojo en la entrada. Debió doler mucho en el momento. Voy a tocar un poco, ¿estás de acuerdo? ¿Quieres que use otra cosa en su lugar?
—Hágalo usted, señor. No quiero nada extraño en mí.
Ebran se limpia las manos por tercera vez. Revisa todo alrededor con sumo cuidado. Pego un respingo por el dolor, pero ya es soportable.
—Esto es perfecto, Seris. No ocurre nada grave. Te voy a dar unos analgésicos para el dolor y ordenaré que preparen un baño de hierbas para que te laves. Dentro de unas tres o cuatro horas debería bajar la hinchazón. Cámbiate a un camisón, no voy a permitir que hagas más trabajo por hoy.
Me levanto sobre mis codos, pero la presión en mi parte baja me provoca una exclamación de dolor. Sin acude corriendo a la cama y me recuesta.
Los dos se organizan para ayudarme: Sin me carga en brazos mientras que Ebran me desabrocha el vestido y me lo quita. Me retira el sostén, la ropa interior rota y me ayuda a ponerme un camisón de dormir. Luego Sin me devuelve a la cama.
—Ahora, un servicio especial sólo para Seris —anuncia Ebran, recuperando el tono juguetón—. ¿A quién quieres abrazar? ¿A Sin o a mí?
Vacilo un momento. Después aparto la mirada y digo—: Los quiero a los dos.
Ebran ríe y se mete en la cama conmigo. Sin no dice nada, pero también sube a la cama. Ebran me acomoda con suavidad contra él, con su pecho en mi espada y su boca en mi cabello, y Sin se recuesta frente a mí, de lado, y pone su mano en mi cadera. Él sostiene su cabeza con su otra mano y me mira con unos ojos inescrutables. Me siento un poco ansiosa porque no sé lo que está pensando.
Le sostengo la mirada por unos segundos. Luego, cuando estoy a punto de apartar la mirada, Sin se acerca de repente y me besa, apenas lo suficientemente cerca como para sentir sus labios suaves. Ebran, detrás de mí, nos observa mientras traza círculos en mi hombro.
Luego, Sin besa mi frente con tanto cuidado que parece que tiene miedo de romperme. Ebran sigue acariciándome con parsimonia.
Sólo me acarician y depositan besos suaves en mi piel hasta que me vuelvo a quedar dormida.
A veces pienso que ellos también me aman.