Epílogo
12 horas y 21 minutos hace
Los gritos y la confusión componen el coro de la noche. A donde quiera que Ebran voltea hay muertos. Sirvientes, soldados, perros. A pesar de la situación, Ebran se enoja porque les había ordenado que dieran en adopción a los perros buenos, pero solo desobedecieron su orden para verlos morir.
Los alaridos le embotan los sentidos. ¿Cuándo fue la última vez que se sintió así? Tal vez solo durante la Pugna Aria, cuando los ejércitos demandaban la cabeza de Valeria en una pica.
Valeria, Valeria, su maravillosa Valeria.
Hay cuerpos desmembrados por todos lados. Sangre. Vísceras. Una escena digna de una guerra. Donde segundos antes estaba la cabecita arrugada de Meripa ya solo hay un cuello roto y lágrimas.
¿Dónde? ¿Dónde?
Ebran busca por cada habitación, por cada pasillo, por cada rincón. Otra vez. Otra vez llegó tarde. Igual que con Valeria. Otra vez.
¿Dónde? ¿Dónde?
El doctor de Seris yace partido por la mitad, su cuerpo desperdigado a lo largo del pasillo que va a dar a las escaleras del tercer piso.
No, no, no.
Ese piso no.
No. No.
Sin se lo prometió. Sin se lo dijo. Sin está ahí. Sin. Su Sin.
Ebran camina. Se queda sordo, un pitido le retumba en la cabeza, como si hubiese recibido un golpe con una maza de acero. No. Sin. No. Tú lo prometiste. Lo prometiste.
Sube los escalones, uno a uno. Enfila el pasillo a su estudio. Hay papeles en el pasillo. Papeles importantes. Papeles escritos en un idioma que solo tres personas en ese continente conocen. ¿O tal vez alguien más lo sabe y por eso la información más importante falta, días después, cuando sus soldados hacen un recuento?
Pero en ese momento solo son unos putos papeles sin importancia. Unos papeles que no deberían estar tirados, manchados de sangre. Esa sangre que debe ser de los enemigos. Del doctor. De Sin.
Sin lo prometió.
Sin se lo dijo.
Sin le rogó.
Sin lloró.
Sin.
Sinael está arrodillado en medio del estudio. Todos los muebles están rotos. Los cristales. Incluso el techo.
Ebran no puede verle la cara, pero sabe cuál es su expresión. Es la misma que él tiene en la cara. Una de terror, de confusión, de duda.
Sus ojos deben estar mal. Su cabeza. Tal vez sí lo golpearon y está alucinando.
Alucina que el cuerpo desmembrado y decapitado que cuelga de la viga del techo es uno que conoce a la perfección. Un cuerpo que tocó, amó y adoró por los últimos meses. Un cuerpo abierto en canal, del que salen dos cordones umbilicales.
El extremo de uno de los cordones aúlla, demandando atención. Pero Ebran solo puede mirar el cadáver colgando de la viga, recordando los rumores que lo perseguían de niño. “El hijo de una princesa suicida”, “Una princesa que se suicidó para darlo a luz”, “Estaba colgada cuando lo encontraron todavía unido a ella”.
Un sonido gutural, terrorífico, nace de la garganta de Sin. Un alarido, un grito, un llanto. Ebran no sabe qué es. La tierra comienza a temblar. Una lluvia furiosa cae, estrepitosa, un segundo después. Los rayos comienzan a matarlos a todos. Y en medio del desastre, Sin, por primera vez desde que nació, llora a lágrima viva.
Ebran no lo detiene. No quiere detenerlo. Ni siquiera cuando un rayo golpea dentro del estudio y todo comienza a incendiarse. Ni siquiera cuando alguien, quién sabe quién, corta los cordones y arropa a los bebés. Ni siquiera cuando una mano, blanca, frágil, suave, lo lleva hasta Sin y le coloca los dedos en el cabello sedoso y negro.
Ebran mira por un momento la mano, luego el brazo, luego la clavícula. Levanta la vista de golpe.
Es ella.
Es ella.
Ebran jala el cabello de Sin, porque no sabe llamar su atención de otra manera.
—¡Seris! —grita con la voz descompuesta.
Sin intenta atraparla. Abrazarla. Contenerla.
Ella sonríe con el más puro amor. Es un ángel, como siempre.
Su dedo delgado apunta detrás de ellos. Se besa ambas manos y ambos besos los manda a Ebran y a Sin. O tal vez es a las criaturas a sus espaldas, sostenidas por Kei. O a los cuatro. O a todos.
Sonríe, con esos dientes magníficos y esos hermosos hoyuelos que se le forman cada vez que está feliz. Pone las manos detrás del cuerpo y, juguetona, comienza a caminar rumbo a la puerta.
Ella se va.
Sin llora, una y otra y otra vez, berrea como si estuviera siendo quemado al rojo vivo.
Ebran no puede sostenerse tampoco. Cae cuan largo es, se cubre la cara y comienza a llorar con el mismo ahínco que Sinael.
Seris, Seris, Seris.
Su preciosa y pequeña Seris está muerta.
La Pugna Aria ha estallado una vez más.