Amo a dos hombres

Mezcla
NC-21
Finalizada
0
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48 páginas, 19.340 palabras, 11 capítulos
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Capítulo 10

Ajustes
—Chúpamela, rápido —ordena Sin a Ebran, quien está arrodillado entre sus piernas. Ebran se lleva el falo de carne dura a la boca y lo mete hasta que el glande le llega a la garganta—. Ah, sí, eres magnífico. Amor mío… ¡Ah! ¡Auch! ¿Por qué mierda me estás mordiendo, puto imbécil? —Eres una perra ruidosa. Si Seris se despierta y comienza a llorar te voy a llenar tanto los intestinos de semen que vas a terminar vomitándolo. Me rio silenciosamente, escuchando el intercambio. Sin lo toma por el cuello y le dice—: Hijo de perra asqueroso. —Últimamente te has vuelto muy grosero, mi amor. —Jódete. —Jódeme. —Sí, la verdad es que eres una puta que se corre demasiado rápido. ¿No te da vergüenza? Jurabas que no te iba a gustar ser mi perrita. ¿Quieres que te llene de semen? —Demonios, Sinael, ¿por qué me excita tanto que me hables así? ¡Ah! Abro los ojos. Sin tiene a Ebran contra el suelo. Sus dos manos lo ahorcan mientras él se abre voluntariamente de piernas y lo deja penetrarlo con furia. Los ojos de Ebran se vuelven blancos por la excitación. Abre la boca sin emitir sonido alguno por la falta de aire, pero un hilo de saliva se desliza por su mejilla. —¿Quién es mi perra? Sí, mmm, me encantas. Mira cómo me muestras tu agujero como un animal. Amas tener mi polla dentro, lo amas. Ah, bebé, apriétame más. —Lléname, Sinael. Rápido, más rápido, ¡ah! Luego de unos segundos, los hombres no se molestan en hablar bajo. El semen de Sinael entra y sale con energía del interior de Ebran mientras este sigue siendo penetrado con energía. Últimamente, como bien dice Ebran, han adquirido la extraña costumbre de tener ese vocabulario sucio en la cama. Se insultan, dicen obscenidades y luego comienzan a tener sexo con tanta frecuencia que parecen animales con un celo eterno. A mediodía Ebran está acostado junto a mí, jugando con mis tetas. Han adquirido casi el triple de su tamaño y parece que él y Sin han descubierto un fetiche por los senos gigantes. Ambos juran que nunca habían visto unos de este tamaño, así que están encantados con la novedad. —Seris, bebé, no te vayas a enojar, pero… necesito chuparlos. Una sola vez. Muy por el contrario, me provoca un ataque de risa. Ebran no pierde el tiempo. Me desviste cuidadosamente, procurando no aplastar mi panza ni por error, y admira por largos segundos mis senos monstruosos. Para mí no son agradables, pero él pareciera estar viendo dos melones jugosos después de pasar un mes en el desierto. Apenas caben en sus manos bien abiertas. Los aprieta, chupa uno de mis pezones y me provoca un gemido. Su pene se pone duro nada más escucharme. Pobre Sin, esta vez le tocará ser el pasivo por mi culpa. No obstante, Sin no se queja. Se deja ver por el dormitorio con nada más que una bata de satén cubriéndole el cuerpo esbelto y perfecto. Cuando me ve desnuda, a merced de la lengua y las manos de Ebran, Sin no puede resistir la tentación y me abre de piernas. Encuentra mi clítoris casi de inmediato, porque se ha puesto duro con la estimulación de Ebran. Lo chupa con suavidad, contento. Mientras lo hace, su trasero desnudo está al aire, agitándose. Ebran no tarda en notarlo. Su miembro está en ristre, duro y caliente. —No puedo resistir mucho tiempo —advierte. Se para detrás de Sin y, sin más ceremonias, le mete el miembro. Sin gime fuerte contra mi entrada. Se aferra a mis caderas separadas mientras intenta chuparme el clítoris, pero las embestidas de Ebran lo distraen por completo. Antes de que pueda seguir estimulándome, sus dedos me aprietan la piel y su lengua me fustiga la entrada con el simple vaivén de su cuerpo. Los tres nos venimos al mismo tiempo, como relojes que dan la hora a la vez. Pocas veces nos ha pasado, pero siempre es excitante y divertido, porque luego pasamos horas riendo de las caras, los sonidos, los accidentes y todas esas cosas que le quitan calentura al asunto, pero lo hacen más alegre. A pesar de que me estoy riendo, y que me siento realmente bien y a gusto, cuando los veo abrazados, besándose, una pesadez se me instala en el pecho y comienzo a llorar a lágrima viva. Ellos siempre han estado juntos y siempre lo estarán. Parecen seres eternos, inamovibles. ¿Y yo? Soy una simple humana, fea y llorona, que se interpone entre los dos. Cuando se los digo, Ebran compone una expresión de desazón y dolor, y a Sin se le desliza una lágrima del ojo. Ambos me abrazan hasta que me quedo dormida, y por un momento siento que todo en el mundo está marchando bien. Despierto por la noche. Ninguno de los dos está conmigo. Ambos están en el estudio de Ebran y la puerta está entornada. Todo es pacífico y oscuro alrededor de mi cama, y podría haberme rendido al sueño nuevamente de no ser porque escucho a Sin hablar con premura. —Ella no quiere Ebran. ¿No ves cómo está? —No podemos tenerla aquí. Es cuestión de tiempo para que esos malditos anti-arios se den cuenta de que ella sigue viva. Se va a ir. Tiene que irse. —¡Ebran! —un forcejeo y luego, un susurro audible—. ¿Eres capaz de dejarla ir, así como así? —Eres un idiota, Sinael —Ebran parece furioso—. Separarla de mí es como arrancarme las extremidades. Como si me sumergieran en aceite hirviendo. Como si… como si tú te fueras, Sin. Cielos, la amo tanto… —Quiero que esté aquí —Sin sube la voz, firme—. Ella estará más segura conmigo cerca. Si ella se va… Si envías a Seris a ese viñedo… Me voy con ella. —¿Qué? —Puedes tenernos junto a ti, aquí, como siempre. O puedes olvidarte de ambos. —Estás imprimado de mí, Sinael —su voz es de advertencia, o de miedo tal vez—. Si te separas de mí... Serás solo la mota de luz que eras cuando naciste. ¿Estás dispuesto a dejar de existir con tal de estar junto a Seris? —A estas alturas la amo tanto como a ti. Para mí tú y ella son como una sola cosa importante y valiosa para mí. En mi corazón existen de la misma forma, con la misma intensidad. Por favor, Ebran. Déjame estar con ella. Si me la quitas… No sé qué va a ser de mí si la envías a ese lugar tan lejano sin posibilidad de volver a verla. Las lágrimas se deslizan de mis ojos mientras acarició mi panza. Para tener casi seis meses, es enorme. Espero que no crezca más o podría reventar cual bomba. Una electricidad encantadora se me extiende desde el pecho hasta las puntas de los dedos. Sé, sin temor a equivocarme, que así es como se siente el amor correspondido. He soñado por años con este momento. El momento en que supiera que mis dos hombres me aman como yo los amo. Con la misma intensidad, como si me arrancaran las entrañas de solo imaginar la más remota posibilidad de no estar con ellos. Los adoro, los añoro y los amo con una locura que no sería capaz de describir, aunque fuese una persona más inteligente y astuta con las palabras. Los amo. Amo a dos hombres. Y ellos me aman a mí.
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