La primera cita
12 horas y 41 minutos hace
A las 2:50 de la tarde, Akiko llegó puntual para su turno. Cuando se puso en el mostrador, junto a mí, le platiqué sobre Nanami. Ella no cabía en sí de alegría, emocionada como niña pequeña. Nuestro chat, donde estábamos las cuatro chicas, pero también Ichiro y sus amigos, comenzó a llenarse de una avalancha de mensajes.
Cuando salí del trabajo, antes de que pudiera encender el auto para ir al parque, recibí una llamada de Ichiro. Sabía que tenía que responder, porque él era muy insistente, así que contesté la llamada al tercer timbrazo.
—¡Todavía eres muy joven para tener novio, Katsumi!
—¿Qué tonterías dices? ¡Mamá te tuvo a los diecinueve!
—¡Dije que eres muy joven!
—¡Ja! ¡Atrévete a tratar de espantar a Nanami-san y te arranco el cabello!
—Espera, espera, ¿es una chica? ¿Eres lesbiana? ¿Es mi culpa?
Recordé fugazmente el anime de Kamisama Hajimemashita.
—¡Es un hombre! ¡Uno muy alto! ¡Y guapo!
Ichiro se desternilló de risa, así que me enojé y lo bloqueé por algunos días.
Pasé toda la semana emocionada por el gran evento. Mi primera cita en veintitrés años con un hombre que me gustaba. Akiko y Hiromi me acompañaron a una tarde de chicas para elegir el mejor atuendo. Y el sábado, como si fuese a casarme también, Yumi llegó muy temprano a la casa y me colocó toda una serie de productos en la cara. Todo se sentía y olía bien, así que dejé pasar el hecho de que estuviera a las seis de la mañana arreglándome para salir a las seis de la tarde.
Pasé toda la mañana y parte de la tarde exfoliando mi piel, hablando sin parar con Yumi y con Hiromi, quien llegó unas horas después, y recibiendo mensaje tras mensaje de Ichiro. A las 4:30, papá se enteró de que tendría mi primera cita con un chico, pero ya era tarde para impedirme salir.
Llevaba zapatos de tacón, medias, un vestido a la rodilla y una gabardina abrigadora, además de un bolso a juego. Mis amigas se encargaron de combinar joyas pequeñas, peinado y maquillaje y, cuando me vi en el espejo de cuerpo completo, no pude reconocerme.
—¿No estamos exagerando? —Pregunté, nerviosa.
—¡Es tu primera cita, Katsumi!
—¡Hay que exagerar!
Papá estaba muy callado cuando bajamos al recibidor para irnos. Mamá halagaba mi apariencia, emocionada tanto o más que mis amigas. No obstante, cuando ya nos íbamos, papá se levantó de su sillón y dijo:
—Denme cinco minutos —antes de correr escaleras arriba a cambiarse de ropa.
Mamá sonrió, divertida.
—Tu papá sabe que debe dejar de ser testarudo.
Bajó seis minutos después, vestido con ropa de calle. Dejó a mis amigas en la estación más cercana y luego me llevó hasta Shibuya, en la estatua de Hachiko. Durante el camino estuvo muy callado, hasta que preguntó:
—¿Es un buen hombre?
Quería soltarme a hablar sobre Nanami. Sobre sus manos grandes y sus trajes. Sobre sus corbatas aburridas, su mirada cansada o su frente. Podría haberle hablado sobre su sonrisa sutil o su voz grave y profunda. Sobre su altura, sus zapatos pulidos y sus camisas inmaculadas. Sobre sus notas explicando de dónde eran los platillos que me preparaba o sobre las flores de papel en las macetas de la panadería. Sobre su completa ignorancia en el uso de stickers o su elegancia al hablar. Sobre su personalidad estoica y hasta chocante. Sobre su gusto por el pan, el ajo y las cosas con alcohol.
Podría haberle dicho tantas cosas pero todo lo que dije fue:
—Lo es.
Y eso fue todo lo que papá necesitó para darle el visto bueno.
Llegamos a la estatua de Hachiko a las seis en punto. Nanami ya estaba ahí. Vestía pantalón negro, zapatos marrones y una camisa marrón, sin corbata ni saco. Sentí las piernas de gelatina al verlo, porque resaltaba con su cabello rubio y sus brazos gruesos. Y no solo por eso, sino porque acunaba en las manos un enorme ramo de rosas.
Cuando estuve cerca, Nanami me ofreció el ramo y me saludó con un:
—Buenas tardes, Sato-san, se ve hermosa el día de hoy.
Me hubiera desmayado ahí mismo.
Acepté el ramo de rosas, las admiré por un momento y luego le dije:
—Ho-hola Nanami-san... yo... te traje un pan.
Mis amigas se hubieran reído de mí. Yo, en cambio, quería esconder la cabeza debajo de la tierra. Un pan parecía completamente absurdo junto a un ramo de rosas, pero Nanami parecía satisfecho con su pan envuelto en tela encerada y con una breve nota. “Gracias por invitarme a salir”.
—¿Nos vamos?
Nanami me ofreció el brazo, como un caballero, aunque yo quería tomarlo de la mano. No, en realidad, quería toquetear sus brazos, pero no podría confesarlo en voz alta ni aunque me torturaran.
Al principio no hablamos sobre nada en absoluto. Una incomodidad cómoda, esperada, magnificada por la cercanía, nació entre nosotros de un momento a otro. Y murió de repente también, cuando Nanami rompió nuestro silencio propio con un:
—Vi el auto del que se bajó, Sato-san. ¿Era su padre?
—¡Ah, sí! Papá es un poco tradicional pero no es tan estricto. Creo que se ha ablandado un poco.
—La próxima vez me presentaré con él, si no le molesta, Sato-san.
¿La próxima? ¿Habrá próxima vez?, pensé. No podía contener la sonrisa.
—¿Qué tal el trabajo? —pregunté, más relajada.
—¿Cuánta confianza cree que tenemos? —él me respondió con otra pregunta.
Fruncí el ceño por un momento—. La suficiente para... ¿ser amigos? —sugerí.
Nanami sonrió—. Si le soy sincero, Sato-san, el trabajo es un reverendo asco.
Me quedé boquiabierta. Sabía que los oficinistas solían quejarse de sus trabajos, sobre todo en las cenas de la empresa o en frente de sus esposas. Incluso papá a veces soltaba grosería tras grosería hasta que un paquete de cervezas lo relajaba, después de un día especialmente difícil.
—¿Cómo es para usted el trabajo, Sato-san?
—Mmm, al principio fue un poco difícil. Papá ha hecho pan desde niño y ha trabajado en esa panadería desde hace cuarenta años. Ahí fue donde conoció a mamá. Pero ni Ichiro ni yo teníamos el menor interés en hornear pan. Yo descubrí hasta hace poco que puede ser satisfactorio. En realidad, puede que el próximo año lo deje para estudiar el pregrado en Medicina. Solo el tiempo lo dirá.
—¿Le gusta la Medicina?
—Es una buena profesión. Respetable, bien remunerada. Aunque me graduaría hasta los treinta y seis. Hasta hace poco me imaginaba con bata de doctora pero ahora... la filipina me parece muy cómoda. Creo que se me da bien.
—Usted se ve encantadora con lo que sea que use.
Nanami desvió la mirada al decir esto.
Nuestro destino era la torre Shibuya Hikarie. En el piso once tenía un enorme espacio llamado Sky Lobby, desde el que se podía observar el famoso Cruce de Shibuya. A las 6:40, con el cielo ya pintándose de tonos rojizos, la vista era impresionante.
Me quedé ahí parada, grabándome en las retinas de los ojos cada imagen. El cielo naranja, la afluencia de personas, los anuncios, el neón, el movimiento, y a mi lado, Nanami. Permanecía impasible, como un roble, mirando el paisaje como si estuviese en un museo. A veces, como en esa ocasión, parecía ausente.
Estuvimos ahí alrededor de veinte o treinta minutos, simplemente admirando el lugar. Creo que no nos movimos porque mis dedos estaban entrelazados con los de él, y solo quería que el tiempo se detuviera para estar siempre así.
—¿Tienes hambre, Sato-san?
Noté de inmediato el cambio. Dejó de usar keigo, aunque seguía llamándome por mi apellido. Yo sonreí por esto, sin soltar su mano.
—¿Y tú, Nanami-san?
—Hice una reservación —dijo simplemente.
A veces parecía tan arisco, como un gato en guardia, pero eso era parte de su encanto.
Asentí y dejé que Nanami liderara el camino, pero ninguno de los dos soltó la mano del otro.
—Mesa para dos, a nombre de Kento Nanami.
—Bienvenidos, caballero, señorita —el hostess se parecía mucho a Alfred, el de Batman, pero no hice ningún comentario.
El restaurante era formal, pero no a un punto ostentoso. Estaba a medio camino entre lo elegante y lo casual, como la vestimenta de Nanami ese día. Aun así, los precios no dejaban de ser exorbitantes, tal vez porque estábamos en Shibuya.
Nanami puso su mano sobre la mía, como si supiera exactamente lo que estaba pensando, y me dijo:
—Yo soy quien te ha invitado esta noche, Sato-san. Ordena con comodidad.
Luego de pedir, ambos nos levantamos casi a la vez, lo que atrajo las miradas. Anunciamos casi a la vez que íbamos al baño y me reí (él solo sonrió), así que nos acompañamos hasta la entrada de ambos espacios y nos separamos.
Había muchas mujeres en el tocador de damas, todas vestidas con más opulencia que yo. A pesar de que iba bien vestida, aseada y arreglada, todavía parecía una escoba al lado de las mujeres hermosas esa noche. Incluso mi cabello liso y sin volumen parecía una escoba.
Me pregunté si debería ponerme rubor, hasta que una chica soltó una risa suave y llamó mi atención. Llevaba un vestido sobrio que le iba muy bien, el cabello recogido en una cola alta y tenía casi tantas ojeras como Nanami. Aparentaba unos veinticuatro o veinticinco años y era más alta que yo. Algunas personas tenían tan buenos genes...
—¿Vienes con un chico? —Me preguntó.
Asentí, un poco nerviosa.
—¿Ese chico es tu novio?
Negué—. Aunque quisiera.
—¿Así que te invitó a salir?
—¿Cómo puedes saber tanto?
Ella se rio.
—Ponte más rubor. Si no es idiota, va a notarlo y en algún momento dirá algo al respecto.
No sé porqué le hice caso a una desconocida, pero lo hice. Abrí mi bolso, me puse rubor, me dio el visto bueno y me dispuse a ir rumbo a la salida.
En ese momento sentí una presencia ominosa y, de repente, como si algo se presionara sobre mis hombros. Admito que debí asustarme un poco pero, en teoría, no había nadie ni nada más que la mujer y yo en ese baño. Sin embargo, la sensación de presión desapareció con la misma rapidez con la que había aparecido.
Me toqué el hombro, confundida, y decidí que no era nada.
Cuando vi la mesa, Nanami ya estaba ahí. Era un hombre muy correcto. Estaba sentado con la espalda recta, esperándome. No se entretenía con el celular ni miraba hacia otros lados.
Había tres metros entre la mesa y yo cuando una mujer se sentó frente a Nanami. Me sentí celosa de inmediato. Era alta, pelirroja y copa F. Sus senos sobresalían del vestido de forma majestuosa, sin dejar nada a la imaginación.
Pero a pesar de su presencia fuerte, la de Nanami era arrolladora, sobre todo cuando no estaba cerca de él. Más que molesto, parecía enojado por la interrupción de la mujer.
—Te vi tan solito y decidí hacerte compañía... —decía ella en un tono meloso.
—La mejor compañía que podría tener esta noche no es la de usted, si me permite decirlo —Nanami seguía manteniendo su caballerosidad por sobre todas las cosas—. ¿Podría retirarse? Mi compañera podría molestarse.
—¿Hablas de esa niña que viene contigo? ¡Ja, ja, ja! Creí que era tu hermanita.
—Agradecería si me dejaras en paz —soltó, feroz.
Me reí entre dientes. Había que reconocerlo, la desconocida logró lo que a mí me tomó meses: que Nanami dejara de hablarme con keigo.
Después de que la mujer se retirara, molesta, la velada fue muy bien. Probamos un buen filete, platicamos sobre muchas cosas y Nanami me abrió las puertas al mundo de los vinos.
Sin embargo, como solo había bebido un poco de sake en las festividades de mis escasos años como adulta, tres copas de vino fueron suficientes para que mi visión se tornara borrosa.
A eso de las diez, tambaleándome sobre mis tacones, me aferré al brazo de Nanami y de alguna forma llegamos a un parque tranquilo. Para mí aquello era inaudito. Un lugar tranquilo en Shibuya a las diez de la noche parecía imposible.
El brazo de Nanami estaba sobre mis hombros, con su mano izquierda en mi hombro izquierdo. Su mano derecha y mi mano estaban entrelazadas apenas lo suficiente. Su dedo pulgar, áspero y cálido, formaba círculos sobre el dorso de mi mano mientras el mundo dejaba de dar vueltas.
Mi cabeza en su pecho se sentía como algo correcto.
A las once y media, con la cabeza despejada y el corazón alborotado, Nanami me dejó en la puerta de mi casa. Él se iba a ir así sin más, pero no se lo permití.
Apreté mis brazos alrededor de su torso. Él se sorprendió, pero correspondió mi abrazo casi de inmediato. Nos quedamos así por un largo rato, tanto que hasta el taxista apagó su carro pero no su taxímetro.
Era casi medianoche cuando entré a mi habitación, sintiendo que caminaba entre nubes. No sabía si era el vino, la cercanía de Nanami o la noche perfecta, pero tenía un sentimiento de calidez persistente que me nacía en el pecho y me recorría el cuerpo entero.
Cuando me levanté al día siguiente, pasadas las diez de la mañana, mamá puso frente a mí un cuenco de sopa de miso. La cabeza me martilleaba. Me dijo:
—Para la resaca, cariño —y se rio ligeramente cuando papá levantó los ojos del periódico y me miró con reprobación.
—Ichiro me debe cincuenta dólares —anunció—. Él decía que mentías sobre la apariencia de ese hombre, y yo le dije que mi hija jamás mentiría.
Una sonrisa tonta me nació de la boca. Por supuesto que no mentiría. Nanami era atractivo, alto, elegante y perfecto. Sus mejillas hundidas, su mandíbula dura y sus ojeras no me parecían defectuosas en absoluto.