Rojo y encendido
12 horas y 41 minutos hace
A partir de ese momento, Nanami me daba casi tantas flores de papel como flores de verdad. Cuando quería invitarme a salir, alrededor de cada dos semanas, me llevaba ramos de rosas con tarjetas encima. La segunda vez que salimos fuimos a un acuario. Nos vimos en una estación cercana, pero esta vez Nanami me llevó en su auto hasta mi casa.
—No quiero que pienses que tengo malas intenciones, Sato-san. Creo que es un riesgo entrar al auto de alguien que apenas conoces.
Y sí, así era. No terminaba de comprender lo que hacía en su trabajo, no sabía cuántos años tenía ni cuándo era su cumpleaños. Lo único que sabía de él era su nombre, que trabajaba en Harajuku (y lo odiaba) y todos sus gustos en comida.
Aun así, hablar con él era toda una experiencia. Nunca me sentía presionada o incómoda. Nunca me sentía desatendida o tonta. Él sabía sobre muchas cosas y tenía muchos TOC relacionados con las proporciones, las medidas y las cantidades, así que era fascinante verlo hablar sobre arte postmoderno mientras dividía su puré de papas para comérselo en cinco bocados.
Hasta ese momento ya había aprendido casi todas sus proporciones. Tres bocados para los panes y las bebidas, cinco para los guisos y veinte cucharadas para las sopas. Masticaba treinta veces antes de tragar.
Odiaba los tallarines no por el sabor, sino por la dificultad para dividirlos en proporciones exactas. La única vez que aceptó comerlos, lo vi envolviendo la pasta con torpeza en su tenedor, con el ceño fruncido y la cara de quien está viendo un desastre.
No pude aguantarme la risa.
—No es gracioso, Sato-san —pero sonrió al decir mi nombre.
A finales de septiembre, cuando ya habíamos salido unas cuantas veces, Nanami me mandó un escueto mensaje. “Esta vez pasaré por ti”.
Hiromi y Akiko estaban ayudándome, como siempre, a pasar el rato antes de mi cita, cuando Nanami se presentó a la puerta de mi casa. Desde mi ventana alcanzamos a ver que llevaba bastantes ramos de flores y un pastel.
Las tres bajamos a trompicones y nos detuvimos en el final de las escaleras cuando mamá abrió la puerta y miró boquiabierta a Nanami.
—¿Usted es Kento-san? ¡Es altísimo!
—¡Mamá!
—¡Ay! Disculpe la descortesía, ¿quiere pasar un momento?
Papá ya se había puesto ropa de calle, así que la llegada de Nanami lo tomó por sorpresa. Sin embargo, viéndolo bien, dentro de mi casa parecía tan fuera de lugar. Era alto y rubio, características poco frecuentes entre los japoneses. Creo que incluso Ichiro tenía dificultades para mirarlo a la cara porque sus ojos estaban a la altura de la nariz de Nanami.
—Mucho gusto, madre —Nanami ofreció el ramo más grande de flores y el pastel a mamá.
Ella se emocionó como niña pequeña con juguete nuevo—. ¿Para mí? ¡Oh! ¡Hace veinte años que nadie me regala flores!
Papá gruñó, sentado en la sala.
A continuación, Nanami se dirigió a nosotras.
—Ustedes deben ser Hiromi-san y Akiko-san. Perdónenme no llamarlas por sus apellidos, Sato-san no los ha mencionado en nuestras conversaciones. Sato-san, buenas tardes.
Nanami nos dio un ramo a cada una, pero de entre los cuatro que llevaba, solo el mío era de rosas rojas. A mis amigas les dio flores como fresias o astromelias, que hablaban de confianza y amistad, mientras que a mamá le dio tulipanes blancos.
En el interior del brazo, Nanami llevaba un último objeto: un vino de arroz blanco que parecía haber sido refrigerado de antemano. Lo ofreció a papá mientras inclinaba la cabeza.
—Mucho gusto, padre.
—No me vas a comprar con alcohol, chico —desdeñó—. Siéntate. Mujeres, vayan al jardín.
Por primera vez en mi vida tuve miedo de la actitud tradicional de papá, así que me quedé escondida detrás de la puerta de la cocina para escuchar. Mamá y mis amigas, que también eran curiosas, estaban junto a mí, guardando silencio.
—¿Te llamabas... Nanami? Mi hija no hace más que parlotear sobre ti todo el día. “Nanami esto”, “Nanami aquello”, francamente me tiene harto.
—Kento Nanami, padre, sí, así me llamo.
Papá gruñó de nuevo. Se movió a la barra de la cocina para tomar dos vasos y un descorchador y dejó que Nanami, como el menor entre ambos, sirviera vino en ambos vasos.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintitrés, padre. Acabo de cumplirlos en julio —aquello me hizo pensar en porqué los primeros días, Nanami observaba los bento que le daba.
—Hump, te ves más viejo —papá bebió un poco de vino y pareció encantado con el sabor—. Eres corredor de bolsa, tengo entendido.
—Tengo dos años en mi trabajo, pero es estable. Respetable y bien remunerado.
—Veo que se te pegaron las frases de mi hija —papá sonrió por un momento. Tomó otro trago de su vaso y se quedó callado. Luego miró a Nanami a los ojos y le preguntó—: ¿Cuáles son tus intenciones con Katsumi? ¿Eres serio?
—Lo soy, padre. Quiero casarme con ella.
Sentí la euforia detrás de mí y yo misma me sentía hecha de gelatina. Me senté en cuclillas, intentando no perder contacto con la realidad. Apenas seis meses tras conocernos bastaron para que Nanami se presentara formalmente en mi casa.
—Hmmm —papá volvió a gruñir. Por un momento, pensé que lo echaría a patadas de la casa, pero luego dijo—: Ella se ve feliz cada vez que dice tu nombre. Y siempre me has parecido serio y confiable, aun cuando yo era el que te atendía en la panadería. Resaltas mucho, debo decir... Mi única condición es que hagan las cosas en orden, como se debe. Es muy pronto para que pidas su mano.
—Solo quiero demostrar mi sinceridad, padre. Se hará solo lo que Sato-san desee.
Oculté la cara entre los brazos, conmocionada. Mis amigas saltaban como locas, conteniendo los deseos de gritar. Mamá, más madura pero no por ello menos emocionada, me acarició la cabeza antes de entrar en la cocina.
—¿Puedo partir el pastel? Quiero que coman algo para que Kento-san pueda digerir el alcohol antes de manejar.
—¡No hemos terminado, mujer!
—¡La casa es muy pequeña, querido! ¡Escuchamos todo!
Nanami sonrió con nerviosidad, lo que me pareció tierno.
Mis amigas comieron un poco y se fueron. Al poco rato, solo éramos los cuatro comiendo el pastel de una cadena de repostería gourmet.
—¡Este pan es muy rico! ¡Y el betún! —comenté para romper el silencio.
—Katsumi, ¿tenemos queso crema en la panadería? —preguntó papá, atento a las texturas del pan. Asentí a su pregunta—. Maravilloso.
Papá no volvió a decir nada hasta que decidió retirarse a su habitación, porque estaba muy borracho.
—Debes llegar antes de medianoche, Katsumi —luego subió las escaleras como pudo.
—Tu padre es muy gracioso cuando se lo propone, hija —comentó mamá, todavía mirando de reojo sus flores—. Katsumi no ha tenido ningún novio en toda su vida por culpa de su padre y de su hermano, es un milagro que no se rebelara, Kento-san. Pero, bueno, ya no estamos en la Era Meiji o algo así. Y ya casi dan las ocho, no serviría de nada regresar antes de la medianoche. Si tienen que dormir fuera, háganlo. Pero no disgusten demasiado a tu padre, hija. Los hijos deberían llegar naturalmente en el matrimonio.
—¡¿Hijos?!
Me atraganté con mi bocado de pastel, sorprendida.
Mamá y Nanami se sonrieron, como si fuesen cómplices de algo, y la conversación quedó olvidada muy pronto.
Cuando subí al auto de Nanami, rumbo a nuestra cita de esa noche, permanecimos en silencio durante un buen rato. Era un poco incómodo, pero no lo suficiente como para querer salir de ahí. Era esa especie de incomodidad que aqueja a uno luego de notar que su vida puede cambiar drásticamente.
En un semáforo en rojo, Nanami me miró y me preguntó:
—¿Cómo te sientes, Sato-san?
Me quedé callada por un rato hasta que le dije:
—Conmovida... por alguna razón.
Nanami rio por lo bajo.
—Me alegra que no sea un mal sentimiento.
El sitio al que Nanami me llevó fue el Meiji Jingu Gaien. Estaba apartado del ajetreo de Tokio y parecía un apacible túnel hecho de árboles gingko y hojas en el último verdor antes de dar paso al otoño.
No vimos a una sola persona cerca, lo que pareció ideal para crear un momento a solas, porque Nanami me tomó de la mano y caminó conmigo en silencio. En la quietud del parque solo había cigarras, insectos y pequeños roedores amenizando el movimiento del follaje de los árboles.
En cierto momento, Nanami se detuvo, acunó mis dos manos en las suyas y se quedó mirándolas por largo tiempo. Luego levantó la vista y se encontró con mi mirada, que esperaba, inquisitiva, para saber cuál sería su próximo movimiento.
—¿Te gustaría salir conmigo con la intención de casarnos, Sato-san?
Mi cara se iluminó. Le dediqué una sonrisa amplia, que él recibió con otra sonrisa, y lo atraje para rodearlo con mis brazos delgados. Nunca dije “Sí” con palabras, pero mis acciones lo expresaron con claridad esa noche.
Permanecimos abrazados por un buen rato, asumiendo nuestra nueva posición. Yo era su novia y él era mi novio, mi primer novio. Estaba agradecida con papá por convencerme de trabajar en la panadería, con mi hermano por cooperar para el deportivo que me llevaba cada día al parque. Estaba agradecida con el mundo.
Levanté mi cara de su pecho para observarlo. Me miraba con admiración y cariño, pero también con una pizca de inquietud, como si tuviese miedo de que fuera a desaparecer entre sus brazos.
Naturalmente, nuestros labios convergieron hasta que se encontraron con suavidad. Incliné la cabeza, con mi corazón martilleando en el pecho, y Nanami deslizó sus manos por mi espalda para atraerme más.
Él fue el primero en profundizar el beso. Abrió mis labios con sus propios labios, y su lengua, caliente y suave, saboreó mis labios con lentitud. Suspiré, permití que Nanami invadiera mi boca y mi lengua fue a su encuentro. Él gimió y eso encendió un interruptor en mí. Su sonido reverberó en mi cuerpo entero como olas de electricidad que llegaron a cada rincón.
Cuando nos separamos, ambos parecíamos haber recorrido un maratón. Su cara tenía un poco más de color y yo sabía que la mía estaba a punto de explotar, pero no me importó.
Lancé mis brazos a su cuello y él me sostuvo por la cintura antes de volver a besarnos. Jugamos con nuestras lenguas y dientes, saboreando el vino y el pastel en nuestras bocas.
Otra pareja pasó a nuestro lado en ese momento.
—Consigan una habitación —dijo la chica.
Nos separamos, porque aquello era lo correcto, pero ambos estábamos tan encendidos que no podíamos pensar en detenernos justo en ese momento.
Tomé la mano de Nanami y nos dirigí a zancadas hasta el auto. El estacionamiento era solitario y silencioso, así que nadie vio cuando abrí la puerta del copiloto y senté a Nanami en el asiento antes de entrar y sentarme a horcajadas encima de sus piernas. Jamás en mi vida creí hacer algo tan impropio en un espacio público, pero dudaba que Nanami, siendo un caballero, me hiciera entrar al auto para hacerme cosas inapropiadas.
—¡Detente, Sato-san! Esto es...
Busqué sus labios en la repentina oscuridad del auto y, cuando los encontré, volví a besarlo, dedicando toda mi pasión y mi lujuria en esto. Mi corazón estaba sincronizado con el de Nanami, latiendo desbocados, pecho contra pecho.
Hice lo que siempre quise hacer: acariciar su cabello, sus orejas, pasar mis dedos por su cuello, sentir los músculos de sus brazos.
Nanami se resistió con todo lo que pudo, pero al final ganó un Nanami que yo no conocía hasta ese día. Algo comenzó a levantarse en su entrepierna y él, respirando con dificultad, puso una mano en mi rodilla y la otra la llevó directo a mi seno para sentirlo.
Esta vez, fue él quien me besó, quien me tocó. Llevó su mano de mi seno a mi espalda descubierta, acariciando apenas con las yemas de los dedos, provocándome un escalofrío. Su otra mano hizo círculos en mi rodilla antes de subir lentamente por mi pierna desnuda hasta encontrar mi ropa interior. Con nuestros ojos acostumbrados a la oscuridad, Nanami me pidió permiso en silencio y yo, como si supiera lo que iba a hacer en ese momento, asentí y me dejé llevar.
Nanami metió la mano debajo de mi ropa interior y sus dedos acariciaron mi sexo. Sus ojos horadaban los míos mientras sus dedos acariciaban mis labios. Sentía caliente y húmedo mientras sus dedos exploraban mi entrada por primera vez. Después de un rato, cuando dejé de estremecerme con el más leve contacto, Nanami hizo círculos con su dedo medio, humedecido por mis propios fluidos, y lo metió lentamente en mi interior.
Gemí de forma audible y dejé caer mi cabeza hacia atrás, abrumada por la nueva sensación. Sentía mi interior palpitando alrededor de su dedo invasor. Nanami aprovechó el acceso a mi cuello y lo besó con labios húmedos. Al mismo tiempo, su dedo grueso salió y volvió a entrar. Lo hizo hasta que yo misma cabalgaba sobre su mano mientras su pulgar acariciaba más arriba, en un punto que se sentía delicioso.
Sinceramente, no podía creer que un par de horas atrás me estaba atragantando con la idea de tener hijos. Sus manos me tocaban aquí y allá, inutilizando la poca protección que ofrecía mi vestido. Mis suspiros se mezclaban con su respiración irregular, y lo cierto es que dejé de preocuparme por las miradas indiscretas en el momento en que me le senté encima.
Unos segundos después llegué a una apoteosis que nunca había sentido. Un sentimiento de placer se extendió desde mi entrada hasta las puntas de mis dedos, pasando por mis caderas, mis senos y mi espalda. No sabía que un solo dedo en mi interior podía causar tal efecto, porque era la primera vez en mi vida que hacía algo como eso.
Nanami sacó su mano con gentileza y chupó su dedo medio mientras yo lo observaba. Sentí que mi cara ardía, porque yo jamás pensé en probar mis propios fluidos.
—Sabes dulce —me dijo.
—¿Por qué no vamos a un lugar más cómodo? —pregunté, porque comenzaba a cansarme por la posición en la que estaba y por la falta de espacio. Me removí un poco, pero Nanami se crispó, porque mi ropa interior mojada estaba justo encima del bulto en su entrepierna.
—No deberías probar mis límites, Sato-san.
—¿De qué hablas...?
Capté entonces que mi pregunta, seguida de mi movimiento, no hacían más que provocar a Nanami para que fuera más allá. No era mi intención en absoluto, porque yo también estaba de acuerdo con papá en que debería mantener mi castidad hasta el matrimonio, pero siendo sincera, la verdad es que se sentía tan bien estar sentada encima de él, que todos los preceptos y normas con los que me crié se borraron de mi mente en el instante preciso en que la entrepierna de Nanami palpitó.
Enredé mi lengua con la suya, como en un impulso, y Nanami me mordió el labio, jaló mi cabello para volver a besar mi cuello y dio un apretón gentil a una de mis nalgas. Por supuesto, debí prever que estas pequeñas actitudes eran un preámbulo de lo que me esperaba si lo seguía a la cama, pero no me importó.
—Tu padre quiere que hagamos las cosas en orden —Nanami se aferró a un clavo ardiendo. No apartaba las manos de mi piel desnuda. Respiraba el olor en mi cuello mientras depositaba un camino de besos por mi clavícula.
—Dijiste que haríamos lo que yo deseara, ¿no?
Nanami suspiró con una sonrisa.
—¿Estás segura? No sé si hacerlo en nuestro primer día sea...
—Creo que nuestro primer día fue esa ocasión en que me devolviste el bento con comida. Creo que desde entonces me di cuenta de que estaba enamorada.
—Cumplí años ese día... Imagina mi sorpresa cuando la chica linda de la panadería me hizo un bento y me dijo que no le diera ningún significado.
—Buena sincronización, yo del pasado —me felicité.
Nanami me siguió acariciando, luego preguntó una vez más:
—¿Estás completamente segura?
—Sí. Confío en ti.