La casa de Nanami
12 horas y 42 minutos hace
Nanami me preguntó tres veces más antes de convencerse. Habló sobre mi padre, sobre las implicaciones y sobre mí siguiendo a un hombre desconocido a su casa. Empezaba a preocuparme que Nanami siempre se refiriera a él mismo como “un desconocido” cuando acomodó mi ropa, me depositó en el asiento del copiloto y rodeó el auto para subir y encenderlo.
Al principio no habló en absoluto, pero luego me hizo una pregunta simple:
—¿Cuál es tu color favorito, Sato-san?
Aquello me agarró desprevenida—. El color del cielo, ¿supongo? Me gusta ver el cielo despejado. Aunque el azul en general no está tan mal. ¿Cuál es el tuyo?
—Nunca lo he pensado. Diré que me gusta el color de tus mejillas. Ese día en que fuimos al Hikarie no podía dejar de verlas.
Era lo más romántico que había escuchado nunca y, como siempre, yo solo me sentí como la inexperta que era. Primero un pan, luego un color. Aun así, recuerdo todos estos momentos con amor.
La casa de Nanami estaba en un edificio descuidado. A diferencia de mi casa, que mis padres habían levantado con tanto esfuerzo en su propio lote treinta años atrás, cuando Ichiro todavía era un bebé, la casa de Nanami ni siquiera le pertenecía. Era una pequeña habitación en renta que apenas tenía lo indispensable para vivir dignamente: un estrecho recibidor y un estrecho pasillo dividiendo las dos partes de la casa: a mi lado derecho una pequeña cocina, un baño con regadera y una lavadora, y a mi lado izquierdo un clóset, un kotatsu y una cantidad insana de libros.
Así que los hombres solteros de verdad viven con lo mínimo indispensable, pensé nada más ver el angosto y medio oscuro recibidor. Había un pequeño mueble con zapatos que parecían nuevos y brillantes, y frente a la puerta solo un par de pantuflas de casa. Iba a quitarme los tacones y simplemente dejarlos a un lado, pero Nanami abrió una caja que coronaba el mueble y sacó un par de pantuflas nuevas, todavía en su envoltura.
—Prueba esto, espero que sean de tu talla, Sato-san.
En efecto, lo eran. Pensé que tal vez Nanami tenía esa clase de cosas preparadas por si alguien debía entrar a su casa, pero en ese caso las pantuflas debían ser más grandes, por si el visitante era un hombre, ¿no? En realidad no me detuve a pensar mucho en porqué Nanami tenía un par de pantuflas nuevas de mi talla, pero con el tiempo me di cuenta de que las había comprado para mí.
No había nada fuera de lugar. Ni una mota de polvo. Tampoco efectos personales. Ningún traste sucio, nada. No obstante, justo encima de las torres de libros de mi tamaño, un pizarrón de corcho parecía ser lo único con colores en aquel lugar indiferente y sobrio. Reconocí mis postit de Rilakkuma y los cuadros de tela encerada, limpios y colgados del extremo inferior del pizarrón con tachuelas. Nanami conservaba todas y cada una de las notas y telas que le había dado.
Nanami se pasó la mano por la nuca, nervioso.
—Estoy comenzando a pensar que esto es un error. Debí llevarte a un hotel lindo...
—Me gusta estar aquí —lo interrumpí—. Siento que por fin te estoy conociendo de verdad.
—¿Quieres tomar algo? —Preguntó luego de unos tensos segundos.
—Claro.
En la pequeña cocina todavía había espacio para una mesa y dos sillas. Nanami me ofreció una, se giró para abrir su refrigerador y me ofreció una vista perfecta de él de espaldas. Me quemaban las manos por tocarlo, pero sentía que debía seguir conteniéndome un poco más.
A pesar de lo pequeña y estoica que era su vivienda, todavía podía ver que tenía una loza de cerámica muy cara, cucharas que parecían de plata, alimentos de primera calidad en el destartalado refrigerador. Sin contar con la ropa y el calzado que llevaba a diario. Aunque sus muebles parecían viejos, todo lo que contenían eran objetos que encontrarías en la casa de un rico.
Nanami preparó café instantáneo y lo sirvió en dos tazas. Me acercó la crema, la leche y el azúcar y luego se sentó. Revolvió su café a conciencia, aunque estaba listo, y esperó a que yo terminara de endulzar y aclarar mi café con leche antes de dar el primer sorbo a su café negro.
Hablamos sobre cosas sin importancia. El clima, las fluctuaciones de la bolsa, las películas en cartelera. Esa clase de cosas. Nanami no me apuró, no fue impaciente ni grosero en ningún momento. Tomó su café como el perfecto caballero que era.
Cuando terminamos, los dos tomamos mi taza a la vez. Creo que ambos queríamos agarrar las tazas y levantarnos para poner un poco de distancia; en cambio, nuestras manos se encontraron. Luego nuestros ojos.
Luego nuestros labios.
Mis labios con sabor a café con leche y los suyos sabor a café.
Me levanté y estaba inclinada sobre su cara mientras lo besaba. Él, que estaba sentado y no tuvo tiempo de levantarse, acarició mis rodillas, jugando con mi vestido. Mi ropa interior todavía estaba mojada.
No tuve inconveniente cuando las manos de Nanami viajaron debajo de mi vestido, acariciando mis muslos hasta encontrar su camino hasta mi ropa interior. La retiró hacia abajo hasta que cayó a mis tobillos. Los dos miramos, él con sus manos en mis caderas. Eso pareció complacerlo, porque el bulto en su entrepierna volvió a crecer.
En lugar de sacar las manos, Nanami siguió su camino hacia mi cintura y luego hacia mis senos. Los acarició por debajo de mi sostén. Yo solo veía sus dedos sobresalir por debajo de mi vestido.
Nanami desabrochó mi sostén y, con un movimiento, me quitó la ropa.
Estaba desnuda por primera vez frente a un hombre, bajo la cálida luz eléctrica.
Nanami se llenó los ojos de mí. Acarició mis senos, jaló uno de mis pezones (un gemido, casi como en un susurro, salió de mi boca) y entonces se levantó.
Su repentina presencia, alta, imponente, se expuso ante mí. Su entrepierna a la altura de mi estómago, su mirada intensa en mis ojos.
Acarició el color rosa de mis mejillas y me dio un beso casto. Solo dos pares de labios haciendo promesas silenciosas.
Luego el frenesí.
Dos lenguas húmedas bailando mientras Nanami se desabrochaba el cinturón y se quitaba la camisa, peleándose con ella. Desabrochó su pantalón, lo deslizó por sus piernas y lo pateó cuando al fin estaba en ropa interior frente a mí.
Por fin.
Acaricié sus brazos, su pecho, su espalda, su cuello. Él hizo lo mismo, me levantó del suelo y nos llevó a su dormitorio. Enredé mis piernas en su cintura y mis brazos en sus hombros.
Debía tener una grandiosa condición física, porque él me sostuvo con una de sus manos en mi trasero desnudo mientras que con la otra buscó su futón, lo dispuso en el suelo de tatami y me recostó encima.
—Sato-san...
—Llévalo hasta el final, por favor.
Nanami no necesitó más preguntas, más permisos. Besó mi boca, mis mejillas y mi clavícula. Besó mis pezones y mi ombligo. Abrió con suavidad mis piernas y enterró la cara en mi entrepierna. Pasó su lengua lentamente a lo largo de mi entrada y mi clítoris, provocando que yo arqueara la espalda y gritara.
—¿Qué...? —intenté formular palabras, pero la sensación de hormigueo que se extendía desde mi sexo hasta el resto de mi cuerpo no me dejaba pensar. Más bien, era como si el mundo entero se concentrara en la lengua de Nanami saboreando mi vulva.
Estaba experimentando un sentimiento cada vez más creciente, reconociendo mi segundo orgasmo en la noche cuando Nanami se apartó un momento. Él se desnudó por completo y envolvió su pene erecto con un condón. Lo vi hacerlo con pericia, como si siempre lo hiciera, y por un momento me sentí celosa por todas las chicas con las que habría tenido sexo antes de mí.
Nanami volvió a besarme mientras acomodaba su miembro en mi entrada. Abrió mis labios con cariño e introdujo la punta, solo lo suficiente para que yo gritara de dolor. Las lágrimas me empaparon la cara y solo podía pensar en que sangraría en cualquier momento y no sabía qué podía ser peor, si el dolor o la vergüenza o ya no poder verlo por temor a recordar la forma en que la noche se arruinaría.
Pero Nanami me calmó. Pegó su pecho sudoroso a mis senos, gimió entre mi oreja y mi cuello y suspiró un leve—: Katsumi... —al mismo tiempo que su pene entró, lenta pero decididamente, en mí.
Yo grité. Estoy segura de que encajé mis uñas en su espalda y era él quien estaba sangrando. Me sacudía y sentía que mi interior intentaba asimilar al invasor, pero era una misión titánica, tomando en cuenta su tamaño. Debí haberlo previsto desde el momento en que vi su constitución robusta, era obvio que no me iba a enfrentar a un tamaño japonés.
Él no se movió, no hizo nada en absoluto en tanto yo seguí gritando, arañándolo y llorando. Pero una vez que me acostumbré al tamaño y que me vio más tranquila, Nanami lo sacó de forma lenta y volvió a introducirlo. Volvió a descansar dentro de mí, dándome oportunidad a recuperarme.
Volvió a sacarlo y a meterlo, siempre con suavidad y esmero. Al principio yo misma sentía el dolor por el tamaño y por todo lo que estaba pasando, pero conforme hacía su ritual, entrando, saliendo, entrando, me acostumbré y me di cuenta de que mis caderas se movían, anticipando su entrada.
El ritmo aumentó, aunque no me di cuenta sino hasta que él levantó una de mis piernas, tomándola por el interior de la rodilla, y se aseguró de mirarme a los ojos mientras su miembro comenzaba una carrera para penetrarme.
En algún momento, no sabía si segundos o minutos después, su pene me fustigaba con furia mientras él me mordía por todos lados. Se sentó sobre sus piernas, sostuvo las mías por los tobillos y sonrió peligrosamente cuando se encajó con fuerza en mí.
Él no hablaba durante el sexo. A veces decía mi nombre entre los delirios del placer, susurrando en mi oído, como si no quisiera ser escuchado. Sin embargo, su actividad en la cama era diametralmente diferente.
Una vez que me acostumbré a su fuerza y su vigorosidad, Nanami no dio marcha atrás en ningún momento. Aunque lloré y lo rasguñé, tengo la sensación de que hubiera parado si le hubiera dicho que lo hiciera.
Pero la verdad era que yo tampoco quise parar. Después de todo, en el día en que inauguré mi vida sexual, Nanami me provocó tres orgasmos en una sola noche.
No sabía en qué momento me quedé dormida, pero cuando desperté había unas cuantas cosas distintas. Yo vestía una pijama de satén de mi talla y llevaba ropa interior nueva. Estaba arropada en el futón de Nanami, mientras que la habitación se iba iluminando poco a poco con la luz de la mañana. Lo curioso era que me sentía fresca, como si me hubiese ido a dormir después de bañarme.
Me levanté, pero sentía dolor en las caderas y los músculos de la entrepierna, y mis pezones sensibles estaban erectos debajo del satén. Me abracé, como si sintiera frío, pero era solo para ocultar el estado de mis senos.
—¿Estás despierta? Buenos días, Katsumi-san —Nanami vestía una camisa de cuello redondo y joggers, su cabello liso sin peinar.
Ni en mis sueños más locos lo imaginé con ropa casual, sin sus camisas de botones, sus pantalones de vestir y su cabello engominado.
—Te ves muy guapo, Nanami —solté, anonadada.
Las puntas de sus orejas se pusieron rojas, pero trató de no demostrarlo en su cara. Ahora que lo conocía mejor podía diferenciar sus estados de ánimo, aunque solía llevar una cara de póker, como si no quisiera que nadie notara su verdadero yo.
Acomodó el kotatsu al pie del futón y puso sin ningún cuidado un cojín al lado izquierdo, justo frente a las torres de libros. Después trajo de la cocina una bandeja llena de comida. Había dos cuencos de arroz blanco, sopa miso, una pieza de pescado a la parrilla para cada uno, el mejor tamagoyaki que hubiese visto (mejor que el de mamá), platitos de encurtidos y una jarra con té verde. Dispuso todo en la mesa antes de decirme:
—Ven Katsumi-san, vamos a desayunar.
Había escuchado sobre el aftercare por mis amigas. Incluso Hiromi, quien se había aferrado a Ichiro por mucho tiempo, sabía sobre esto. Sin embargo, solo Yumi había sido la afortunada que tuvo su desayuno luego de su primera noche. Era más como una leyenda urbana que algo comprobado: consistía en que, al despertar luego de la primera vez juntos, la chica se encuentra con su pareja preparándole el desayuno.
Creo que es algo que toda chica debería experimentar.
Nanami y yo comimos en silencio, disfrutando de la mañana y de nuestra compañía, sin contratiempos que nos afectaran. La comida era deliciosa y nos rodeaba un ambiente pacífico.
A la luz del día podía notar lo pequeño que era el lugar para alguien del tamaño de Nanami. Había demasiados libros, tantísimos que parecía que en cualquier momento se caerían y nos sepultarían a ambos.
—¿Te gusta mucho leer, Nanami?
—Me gusta, pero no leo muy seguido —suspiró mientras decía esto—. Mi trabajo es importante, Katsumi-san.
—¿Más importante que leer todos esos libros? —cuestioné.
No quería indagar demasiado. Me parecía curioso que Nanami tuviese tantísimos libros y que pareciera que algunos ni siquiera habían sido abiertos. Pero sentía que era algo parecido a lo que Ichiro hacía cuando era más joven: correr a la tienda de cómics para comprar el nuevo número de la Jump y esperar.
Podría haber leído en el camino, mientras regresaba en el metro, o antes de enfrascarse en la tarea con la poca dedicación que un alumno promedio dedicaba a la escuela. En su lugar, Ichiro preparaba el terreno, quitándose todas las tareas y distracciones molestas, incluso cenando y bañándose, antes de ponerse una pijama cómoda, echarse en la cama y leerse el volumen antes de irse a dormir. Incluso lo tenía claro con los días. Debía ser siempre en sábado, para que todo fuese perfecto.
—Bueno, el dinero es lo más importante para mí —dijo. Comió dos o tres bocados antes de aclarar—: No, más bien, creo que ahora hay alguien más importante que el dinero. Pero uno no se llena el estómago con amor.
Nanami era bastante pragmático y poco dado al romanticismo. Bien podría haberme dicho que yo era más importante que el dinero porque me amaba, pero gracias a nuestras interacciones podía comprender mejor los entresijos de sus palabras. Además, las puntas de sus orejas no dejaron de ponerse rojas a pesar de su bien ensayado estoicismo.
Así que Nanami todavía no había llegado a “su sábado”. Tenía que ocuparse de ciertas tareas y distracciones antes de que pudiese ponerse cómodo para leer libros. Cuando volví a mirar las torres detrás de Nanami, pensé que lo mejor era ayudarlo. No sabía en qué día de la semana iba, pero al menos podría acercarme a él y averiguarlo.
Nanami insistió en dejar los trastes para cuando volviera a casa, pero me negué. Él ya había hecho bastante por mí, lo mínimo que podía hacer era ayudarlo con algo tan simple como ordenar la cocina.
Mientras tanto, Nanami se sentó a observarme con una taza de té en la mano. No lo hacía con suspicacia o dominio, sino como si estuviese fascinado, como si no se creyera que estuviese moviéndome por su cocina. Lo comprendía, porque yo misma me había emocionado de verlo en mi casa el día anterior.