Prólogo
11 de julio de 2026, 7:51
Brix era una ciudad pequeña. Tan pequeña que apenas superaba el tamaño de su vecina Eastbourne, en la costa del canal de la Mancha. En realidad, había muchas ciudades similares en Sussex Oriental, y no eran muy diferentes entre sí. Todo en Brix era más que modesto, con quince familias nobles llevando una vida moderada, casi rural, disfrutando de bailes y visitas. Era difícil imaginar otra cosa en la provincia inglesa de principios del siglo XIX. Sin embargo, la vida de Brix se vio alterada dos veces de la manera más inesperada, algo más que excesivo para los estándares del orden local. Y esos sucesos estaban ligados a una familia.
El señor John Morrin, propietario de una pequeña fortuna pero bien considerado, vivió sus treinta y nueve años en Brix, aunque únicamente viajó a Londres unas cuantas veces por negocios en sus primeros veinte años. Acorde con el modo de vida local era recibido en todas las casas nobles, resultando un asiduo a las mesas de cartas y a las fiestas. Y aunque las damas de Brix ya dejaron de soñar con casar a sus hijas con él, esto no lo convirtió en un invitado menos agradable. Pero resultó que fue John Morrin el causante de los mayores escándalos que jamás sacudieron a Brix.
Siendo todavía un joven de apenas veinte años, el señor John Morrin acompañó a su padre a Londres, donde en una fiesta conoció a una muchacha preciosa, Charlotte Poitier. La chica estaba de viaje con sus padres, con ellos cruzó el canal de la Mancha y disfrutó de todo tipo de placeres de la nobleza inglesa, mucho más modestos que en Francia, pero no menos placenteros. La bella y sonriente francesa cautivó de inmediato al joven Morrin con su espontaneidad y ternura, y no habían pasado ni tres días cuando los jóvenes cometieron una auténtica locura: al amparo de la noche, abandonaron las casas en las que dormían tranquilamente sus familiares y se dirigieron al sur, a la costa, donde se casaron en una pequeña iglesia del pueblo.
Cuando los padres, que rápidamente se embarcaron en la búsqueda, encontraron a los jóvenes, ya era demasiado tarde. El matrimonio estaba consumado y disolverlo significaría avergonzar a ambas familias. Los Morrin y los Poitier se vieron obligados a quedarse en Londres, con la esperanza de encontrar al menos alguna solución aceptable, hasta que la joven señora Morrin diera a luz a su hijo.
Por desgracia, el destino tenía sus propios planes. Charlotte, siempre distinguida por una salud envidiable, no soportó su fiebre posparto y murió al tercer día después de dar a luz, dejando en los brazos de su joven esposo un hijo pequeño, llamado John, como su padre. La tragedia, que casi enloqueció al repentinamente viudo John Morrin, jugó milagrosamente a favor de esta difícil situación. Después de breves negociaciones, se acordó que, por el bien común, Madame y Monsieur Poitier llevarían a su nieto a París y encontrarían consuelo en él, llorando por la pérdida de su hija. Por supuesto, nadie impediría al joven Morrin visitar a su hijo si así lo deseaba, pero en ese momento difícil el joven estaba consumido por su dolor. Por lo tanto, después de despedirse de la pareja de Poitier y confiarles su hijo, John permitió obedientemente que su padre lo llevara de regreso a Brix, donde la amable señora Morrin y su hermana menor, María, ya los estaban esperando. El corazón de la madre se llenó de dolor y simpatía por John, y su generosidad innata no permitió que se realizaran reproches por las preocupaciones que el joven había traído a la familia. Aunque María era trece años menor que su hermano, con todo su corazón infantil experimentó su dolor. El padre de la familia, el señor Morrin, siempre trató de ocultar sus sentimientos, y prefirió seguir viviendo como si nada hubiera pasado. Por esto, John le estaba aún más agradecido que a su madre y su hermana.
Sin embargo, el resto de la sociedad de Brix no se distinguía por tal delicadeza. Como en cualquier pueblo pequeño, los rumores se extendieron tan rápidamente que en una semana la historia acontecida en la familia Morrin, de alguna manera inimaginable y plagada de todo tipo de detalles, recorrió como la pólvora todas las casas. Los agradecidos habitantes de Brix, que anhelaban terriblemente todo tipo de noticias, aprovecharon ese regalo del destino y hablaron sin cesar de él, sin olvidar, por supuesto, expresar su simpatía al señor y la señora Morrin, quienes solo guardaron silencio cortésmente, evitando diligentemente este tema tanto como era posible. El joven John Morrin no se involucró en absoluto, prefiriendo evitar la muchedumbre y pasando más tiempo con la pequeña María.
Pero nada puede durar para siempre, y al pasar el tiempo los rumores sobre la vergüenza en la familia Morrin comenzaron a perder su impacto y picazón, haciendo que toda la historia se convirtiera en un mero hecho biográfico y, al mismo tiempo, en una parte del patrimonio histórico del propio Brix. John Morrin ya no se casó más, aparentemente no quería volver a jugar con el destino por su propia felicidad. Además, durante los siguientes diez años, tuvo que enterrar a sus padres, lo que le convirtió en el propietario absoluto de la finca y en el único tutor de su hermana. Fue en ella donde se concentró el afecto y consuelo del joven señor Morrin.
En cuanto a su hijo, pasaron no menos de tres años después de su nacimiento antes de que John Morrin decidiera ir a París a verlo. Fue un gran impacto para él. No, la familia Poitiers lo recibió cordialmente y apoyó de todas las formas posibles el cariño del nieto por su padre. Pero Jean Poitier, como lo llamaban en la familia de sus abuelos, creció como una copia absoluta de su madre, delgado y majestuoso, con penetrantes ojos oscuros y cabello negro rizado. Madame y Monsieur Poitiers se alegraron de tal similitud entre el nieto y la hija fallecida, mientras que John Morrin sufría. Cada vez que tomaba a su hijo en brazos durante sus visitas, sentía que le sangraba el corazón. Charlotte resultó ser ese cariño que surge de repente y permanece de por vida. Y amando a su hijo con todo su corazón, John Morrin temía que el niño pudiera descubrir la amargura que se leía detrás de la ternura de su padre.
No se trataba de llevar a su hijo a Inglaterra, era demasiado feliz en París, además, sería inhumano aislar a Madame y Monsieur Poitiers de su querido nieto. Y John continuó visitando a su hijo, esperando que algún día creciera y decidiera venir él mismo a Brix.
Han pasado diecinueve años desde el nacimiento de Jean Poitier. Durante este tiempo, tanto el dolor como la alegría llamaron a la casa del señor Morrin, y lo primero por razones inexplicables lo visitó con más frecuencia. Cuando la joven María Morrin tenía dieciocho años, Eduardo Greywich se acercó a John Morrin y le pidió la mano de su hernana. Este joven, de unos veinte años, era el heredero de Abadía de Greywich, casi el único monumento famoso de Brix. John Morrin estuvo totalmente de acuerdo con el enlace, y no porque este fuera un matrimonio extremadamente beneficioso: la familia Morrin ya era considerada más que rica y María heredó diez mil libras. No, la cuestión era que el propio Eduardo Greyvich era una persona maravillosa. John Morrin, aunque era once años mayor que él, disfrutaba con gusto del derecho a considerar al joven Greywich como un amigo. Moderado, digno, incluso a veces reservado, Eduardo fue un ejemplo de generosidad y modestia. A pesar de su corta edad, era imposible imaginar un maestro mejor para la abadía. María Morrin le tuvo una tierna amistad desde la infancia, y cuando ella misma floreció, pudo apreciar la agradable apariencia del joven. Eduardo Greyvich era bueno como un dios escandinavo, alto, fuerte, de ojos azules y cabello rubio, y su alma no era menos hermosa. Alguien podría menospreciarlo por su excesiva moderación, pero John y Maria Morrin, no. Aprendieron bien del ejemplo de su propio padre que a veces incluso la máscara más impenetrable podía ocultar los sentimientos más fuertes. Y un magnífico día de mayo, María Morrin se convirtió en la señora de Eduardo Greywich.
Entonces John Morrin se permitió creer que, tal vez, aquello suponía el fin de las pruebas que Dios le había enviado y finalmente la vida le daría alegría a su familia. El pequeño Jean Poitier ya había superado los once años, y un inminente encuentro con su hijo aceleró el corazón de John, que hizo planes realizar este viaje con los señores Greywich.
Estas esperanzas tampoco estaban destinadas a hacerse realidad. María perdió a su hijo en una etapa muy temprana, sin siquiera saber que estaba embarazada y murió por la ingente pérdida de sangre. Como si una maldición negra cayera sobre su familia, los habitantes de Brix comentaban y cuchicheaban entre sí. Pero tal pérdida ya no pudo quebrar a John más. Se volvió aún menos sociable, compartiendo sus sentimientos únicamente con Eduardo Greyvich. El dolor común unió y fortaleció aún más su amistad, no había necesidad de decir nada. Cada uno conocía los sentimientos del otro. Y en Brix continuaron los cotilleos y los rumores.
Visitar a Jean fue una verdadera alegría para el señor Morrin. El dolor por su hermana suavizó otros sentimientos no menos fuertes, y el hijo que estaba creciendo ya no reabrió la vieja herida. Jean creció extremadamente brillante e inteligente, recibió una excelente educación, pero su libertad no estaba limitada. Y el deseo del joven de llevar colores vivos, cabello largo y visitar el teatro solo admiraba a Monsieur y Madame Poitier. Por desgracia, no pudieron ver detrás de esto lo que más tarde se convertiría en un severo descubrimiento para John Morrin.
Los años pasaban y Jean Poitier se convirtía cada vez más en un galán y un conquistador. Pero su sincera ternura y amabilidad hacia sus queridos abuelos los hizo demasiado bondadosos y, por lo tanto, ciegos. John Morrin escribió largas cartas a su hijo pidiendo prudencia, aunque sabía perfectamente bien que apenas tenía derecho a inmiscuírse en la educación de Jean.
Si todo esto hubiera durado un tiempo infinitamente largo, quién sabe a dónde habría llevado Jean Poitier su naturaleza chispeante y amante de libertad, pero resultó que, tan pronto como Jean cumplió diez años, la bandera de la República se elevó por encima de toda Francia, y desde cada callejón se habló de libertad, igualdad y fraternidad. Jean creció y absorbió el estado de ánimo de la revolución, y cuanto mayor se hacía, más a menudo se hablaba de derechos y libertades en la casa de Poitiers. Los familiares aún lograron mantener al joven fuera de peligro, pero esto no podría durar para siempre. En el año en que el poder llegó a manos de Napoleón Bonaparte, Jean cumplió diecinueve años. Y como ya no deseaba obedecer a sus familiares, cada vez más a menudo el joven se encontró inmerso en compañías poco recomendables, perdiendo dinero en las cartas, bebiendo hasta el amanecer y no dudando en hablar de cosas de las que no tenía ni idea. El resultado de este comportamiento estaba escrito: una noche, Jean fue llevado a casa inconsciente, golpeado y totalmente borracho.
La paciencia infinita de Madame y Monsieur Poitier llegó a su fin, y el propio Jean, evidentemente, se dio cuenta de que había ido demasiado lejos. En los días siguientes, recuperándose y curando sus heridas, se comportó con más mesura y, al parecer, incluso se alegró cuando su familia le informó que tal vez sería mejor para su nieto ahora ir con su padre y vivir en Inglaterra, al menos por un tiempo. Sin perder un minuto, Jean escribió inmediatamente una breve carta a su padre, pidiendo permiso para ir. John Morrin estaba infinitamente feliz en responder a su hijo afirmativamente. Y en tres semanas Jean Poitier pisó por primera vez la tierra inglesa, donde buscaría un hogar en la finca soltera de su padre y volvería a recibir su nombre al nacer, John Morrin. Una vez más, Brix se llenó de emoción y curiosidad, una vez más la familia Morrin dio a la ciudad motivos para conversar. Y el señor Morrin mayor esperaba ansiosamente la llegada de su hijo el primer día del año 1800.
Este mismo día comienzó nuestra historia.