Capítulo 2
11 de julio de 2026, 21:32
Era una mañana cualquiera cuando el mundo explotó.
El estruendo fue cercano y violento. Las ventanas del Ichiraku II vibraron, y luego llegaron los gritos. Naruto salió corriendo. La tienda de utensilios de cocina del señor Teuchi estaba en llamas. El humo y el calor le golpearon la cara como un puño.
—¡Señor Teuchi! —gritó, empujando a la gente que se agolpaba.
Su mente le gritaba que corriera, que entrara, pero su cuerpo se había clavado en el suelo. Solo veía las llamas. El humo. Solo sentía el eco de un miedo muy antiguo que no sabía que aún vivía en él.
—¡Señor Teuchi! —su voz fue un quejido roto.
Y entonces, el miedo mutó en rabia. Rabia contra su propia parálisis. Un chispazo irracional, un impulso suicida que no pasó por el cerebro. No voy a dejar que muera. No voy a ser un cobarde.
Antes de que pudiera pensarlo mejor, se lanzó al interior.
El calor era un muro sólido. El humo le arañó la garganta y le cegó los ojos. La tos lo dobló en dos, pero siguió avanzando, palpando las paredes que conocía de memoria.
—¡Señor Teuchi! —gritó, con la voz ya ronca.
Lo encontró desplomado tras el mostrador. Una viga del techo le había golpeado la pierna. Naruto la apartó como pudo, sintiendo el fuego lamerle la ropa. Agarró al anciano por debajo de los brazos y tiró con todas sus fuerzas. El mundo se redujo a eso: al peso muerto de su mentor, al humo que lo asfixiaba, al rugido del fuego devorándolo todo. No pensó en nada más. Solo en sacarlo.
No supo cómo lo hizo. Un minuto después, o una eternidad, estaba en la calle, cayendo de rodillas sobre el asfalto mientras los brazos de los curiosos lo arrastraban lejos del fuego. Tosió, escupiendo hollín. La gente gritaba. Las sirenas aullaban a lo lejos. Vio cómo dos hombres cargaban al señor Teuchi, que tosía débilmente, y lo subían a una camilla improvisada.
Las piernas le fallaron del todo. Se sentó en la acera, temblando. Tenía las manos ennegrecidas y un dolor agudo en el costado, pero estaba vivo. Estaban vivos.
El hospital era un borrón de luz blanca y olor a antiséptico. Un médico le había curado una quemadura leve en el antebrazo y le había dicho que tuvo suerte. Naruto ni siquiera le había contestado. Estaba sentado en la sala de espera, con la espalda rígida y la mirada perdida en el suelo.
El señor Teuchi estaba en cirugía. Una fractura en la pierna y quemaduras, le habían dicho. Fuera de peligro. Pero Naruto no conseguía calmar el temblor de sus manos. Cada vez que cerraba los ojos, veía las llamas. Sentía el humo. No era solo el incendio. Era la certeza de que, por un segundo, se había paralizado. Y luego, el vacío irracional de haberse lanzado sin pensar.
Oyó pasos apresurados en el pasillo, pero no levantó la vista. No hasta que esos pasos se detuvieron justo frente a él. Vio un par de zapatos de vestir caros, manchados de polvo, y una sombra que se cernía sobre él, temblorosa.
—Naruto.
Esa voz. Esa maldita voz, pero completamente rota. Naruto levantó la cabeza. Sasuke estaba frente a él. Llevaba la camisa blanca arrugada y desabrochada, la corbata floja, el pelo cayéndole sobre los ojos desorbitados. No era el Sasuke impecable de siempre. Jadeaba, como si hubiera corrido kilómetros.
—Me enteré… hubo un incendio. En el barrio. Y dijeron que habías entrado. Te busqué hasta que me dijeron que te trajeron aquí.
Su voz era un susurro ronco, a punto de quebrarse. Naruto vio algo en sus ojos que nunca había visto antes. No era la frialdad de la última vez que se vieron. No era el control. Era puro y absoluto terror. Miedo por él.
—Pensé que tú —dijo Sasuke, y la frase le salió del pecho como si se lo estuvieran arrancando—no habías podido salir.
Naruto se puso de pie. Le dolía todo el cuerpo. Miró a Sasuke, a ese hombre que siempre lo dejaba ir, que nunca le pedía que se quedara, y sintió que el escudo de hielo que Sasuke cargaba se hacía añicos en ese instante. No dijo nada. No podía. Solo dio un paso al frente, apoyó la frente en el hombro de Sasuke y se derrumbó.
—Yo pensé que no saldría… —susurró.
El cuerpo de Sasuke estaba rígido, pero sus brazos, con una torpeza desacostumbrada, rodearon a Naruto y lo apretaron.
—Eres un idiota —dijo Sasuke contra su pelo, y su voz sonaba a punto de romperse en mil pedazos—. Eres un maldito idiota. Podrías haber muerto.
—El señor Teuchi… —empezó Naruto.
—Lo sé.. Está bien. Pero tú… tú podrías haber muerto.
Se separó para mirarlo. Sasuke tenía el rostro contraído en una expresión que Naruto no le conocía. Sus ojos estaban rojos, no por el humo, sino por algo más. Naruto entendió en ese momento que Sasuke había ido al hospital a confirmar un cadáver.
Se sentaron en los asientos de plástico de la sala de espera. Las manos de Sasuke, sorprendentemente, seguían aferradas a las suyas, manchándose con el hollín. El silencio entre ellos era denso, pero no hostil.
—Lo que dije la otra noche… sobre tu familia —murmuró Naruto sin mirarlo, con la voz aún ronca—. No debí hacerlo.
Sasuke se tensó. Naruto sintió cómo sus dedos se agarrotaban sobre los suyos.
—No mentiste —dijo al fin, con un hilo de voz.
—Pero no era mi lugar. Y no era del todo verdad. Tú… tienes miedo. Miedo a que te dejen. Por eso alejas a la gente antes de que puedan irse.
Sasuke no respondió, pero su mandíbula se apretó.
—Y yo —continuó Naruto—, yo también tengo miedo. Miedo de no ser suficiente. Por eso me aferro aunque me haga daño.
Sasuke lo miró largamente.
—Somos un desastre —dijo al fin.
Naruto soltó una risa amarga.
—Un desastre total.
—¿Y qué hacemos con eso?
Naruto pensó en el fuego. En su propio miedo inicial, paralizante. Y luego, en el arranque que lo había lanzado a las llamas. Pensó en Sasuke corriendo al hospital sin saber si estaba vivo o muerto.
—No lo sé —admitió Naruto—. Pero quizás podríamos intentar algo diferente. Algo que no sea solo sexo y peleas y promesas rotas.
—Yo no sé hacer “algo diferente”.
—Yo tampoco. Pero podemos aprender. Juntos.
Sasuke lo miró. Había miedo en sus ojos, pero también una chispa de algo que Naruto no quería nombrar aún.
—¿Y si lo arruinamos?
Naruto sonrió, una sonrisa pequeña y genuina.
—Seguro que lo arruinamos. Pero quizás valga la pena intentarlo.
Sasuke no respondió. Pero su mano buscó la de Naruto de nuevo, y esta vez, no la soltó.
Pasaron dos semanas.
Naruto no fue al apartamento de Sasuke. Sasuke no lo llamó a las dos de la madrugada. Pero hablaban. Por mensaje. Cosas pequeñas. Dónde estaban. Cómo se sentía el señor Teuchi. Si habían comido.
Una noche, Naruto lo invitó al local después de cerrar. Preparó dos tazones de ramen especial y se sentó a su lado en la barra.
—Está bueno —dijo Sasuke, dejando los palillos.
—Gracias.
Comieron en un silencio cómodo, un silencio de posibilidades. Al terminar, Sasuke lo miró con una expresión que Naruto no podía descifrar.
—No sé hacer esto —dijo Sasuke.
—¿Hacer qué?
—Esto. Hablar. Comer. Estar.
Naruto sonrió.
—Yo tampoco. Pero no está mal, ¿no?
Sasuke pareció considerar la pregunta seriamente.
—No. No está mal.
Fue un momento pequeño. Casi insignificante. Pero para Naruto, fue el primer paso real hacia algo que no era un juego.