Book of Lust ∆ Jujutsu Kaisen

Mezcla
NC-17
En progreso
2
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planificada Midi, escritos 35 páginas, 19.496 palabras, 4 capítulos
Descripción:
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first time ; itadori yuji

Ajustes
personajes: itadori yuji, reader edades: itadori, 26 años; reader, 28 años

***

—Quiero hacerlo —expresaste. Itadori se atragantó con su café un momento. Luego recuperó su compostura y te respondió —¿Realmente quieres hacerlo? Es decir... no debes sentirte obligada a nada. Fue inevitable que una sonrisa boba se dibujara en tu rostro. Llevabas casi un año saliendo con Itadori Yuji, se habían conocido en la escuela preparatoria: él había ingresado como profesor de gimnasia hacía unas pocas semanas, y tú ya llevabas cuatro años enseñando japonés. El flechazo fue inmediato, al menos de tu parte; Itadori bromeaba entre los demás profesores, y había sido él quien te había hablado primero, entre risas e invitaciones sutiles a almorzar. Mas tarde que temprano caíste, era imposible no ceder ante su carisma. Incluso Megumi Fushiguro, el más frío profesor de cálculo que habías conocido en tu vida, eventualmente se había convertido en parte del entorno de Itadori. Pero una parte de ti, esa que siempre sentía que lo que hacías era insuficiente, no podía concebir el hecho de que todavía no hubieran tenido una relación sexual formal con tu novio de once meses y medio. Por un lado, siempre te había gustado la paciencia de Yuji, el hecho de que nunca te presionaba ni mencionaba el tema si tú no lo hacías. Su romance se había limitado a citas constantes, noches viendo películas y, si el humor lo apetecía, besos furtivos y cálidos. Por otro lado, siempre te había aterrado la idea de entregar tu cuerpo a alguien que no supiera cuidarlo; te habían dicho que siempre dolía la primera vez, que debías entregarte al indicado únicamente, que la pureza de tu cuerpo solo debías entrgársela al hombre con el que pasarías el resto de tu vida... Hasta que mandaste al diablo todo aquello, a tu familia y sus críticas también. No obstante, esa espina del miedo te había calado en la razón, y era difícil tomar el coraje para tener sexo con tu novio por primera vez. No sabías qué esperar exactamente; no querías confiar solo en lo que te decían, finalmente tenías las suficiente curiosidad para experimentarlo en tu propia carne. Y en tu corazón, no podía existir alguien más indicado que Yuji. —No me siento obligada, realmente quiero tener sexo contigo —volteaste a verlo, él todavía lamía su helado a medio comer, una gota de vainilla le manchaba la comisura izquierda—. Te deseo de verdad, y no hay nadie que quisiera que me toque más que tú. Sí, estabas segura de que querías que ese hombre, que recordaba tu gusto de helado y tu miedo irracional a la oscuridad absoluta en el apartamento; tocara y besara tu cuerpo. —¿Qué piensas? ¿Quieres hacerlo conmigo? —preguntaste. Notaste el tono rosado que salpicó de pronto en sus mejillas, el cabello rosa se le mecía ligeramente con la brisa nocturna de Shibuya. —Podría ser el viernes —respondió finalmente, y sentiste tus pulmones más livianos cuando exhalaste el aire que llevabas conteniendo—, Sukuna no está y tendré el apartamento para mí. Es solo que... —¿Que? Suspiró, sus dedos se entrelazaron con más fuerza sobre los tuyos, como si estuviera nervioso. —No estoy seguro de cómo hacerlo, nunca he tenido sexo tampoco. Sonreíste. Yuji era todo lo contrario a lo que tu familia hubiera esperado de un novio. Siempre te habían recalcado que debías buscarte a un hombre con experiencia, a un hombre que fuese proveedor, a un hombre que supiera dominarte como mujer, a un hombre que encajase con el estándar masculino japonés... A un hombre salvaje e indómito, como una selva. E Itadori era una llanura. Sus manos armónicas que sabían enredarse con las tuyas, su capacidad para recordar cualquier souvenir que te gustara, incluso el más pequeño adorno; su predisposición a escucharte toda la noche de ser necesario, sus labios que te sonreían con amor cuando llorabas de temor en la oscuridad. No podías elegir a nadie mejor que él. —Supongo que podremos averiguarlo juntos.

El viernes había llegado demasiado rápido, al igual que el nerviosismo en tu cuerpo cuando entraste a la vivienda de tu novio. El apartamento era pequeño, de una sola habitación, perteneciente al tío de Itadori, Sukuna. El resto era una especie de living grisáceo y escueto de cualquier decoración, solo había una mesa en medio con cuatro sillas, una estufa eléctrica de cocina junto al fregadero y algunas estanterías, con un pequeño refrigerador en la punta. La cama king size de tu novio estaba en el rincón del living, solo adornada con una mesita de noche a la izquierda. Yuij no solía invitarte a su apartamento, más allá de citas furtivas y alguna cena; a Sukuna no le agradabas, y no existía forma alguna de pasar la noche sin su autorización, pues sabías que el apartamento en realidad era suyo. Podías entender por qué tu novio prefería pasar las noches contigo en otros lados. Yuji te abrazó por los hombros. —Sabes que a Sukuna no le gustan mucho las decoraciones —murmuró entendiendo tu tren de pensamientos. —No me es relevante, lo único que me importa es tu compañía. Él se aferró a ti, dejó un beso suave en tu mejilla. Te diste la vuelta y te hundiste en sus labios, ya lo habías besado antes, pero siempre eran besos dulces y cargados de suavidad. Esta vez, Yuji introdujo su lengua en tu boca y tú le diste paso; dejándole jugar contigo, dejando que su lengua trazara un baile hambriento sobre tu paladar. Sus brazos rodearon tu cintura, pegándote a su cuerpo. —¿Estás segura de esto? —murmuró sobre tus labios— No quiero hacer nada que te hag- —Estoy segura —interrumpiste, y una ola de coraje te azotó cuando lo tomaste del cuello de su abrigo y volviste a hundirte en sus labios, replicando el beso voraz. Él retomó el ritmo, guiándote, su lengua jugando con la tuya y sus labios moviéndose sobre tu boca como poesía. Rodeaste su cuello con tus brazos y enredaste tus dedos en sus hebras rosadas, ligeramente humedecidas por el frío de la tardenoche; poco te importaba que todavía llevaban los abrigos puestos o que tu bolso aun colgaba de tu brazo. Él se separó de tu boca, notaste su respiración levemente agitada sobre tus labios, en compás con la tuya, y una suave pulsación en tu entrepierna. —Te traje algo —se apartó de ti y caminó por el apartamento, regresó en pocos segundos con un ramo diminuto de pequeñas rosas rojas y una caja roja en forma de corazón, adornada con un listón rosado en forma de moño—. Leí en internet que una buena forma de hacer sentir a tu novia cómoda en su primera vez... es... bueno, un obsequio. Te fue inevitable sonreír, sus mejillas se tiñeron de rosa y él te devolvió el gesto. ¿Cómo no amarle? ¿Cómo podías elegir a otro sobre él, que había recordado tu gusto exacto para el chocolate? —¿Buscaste el internet información sobre las primeras veces? —bromeaste quitándote tu abrigo, la pulsación entre tus piernas persistía, ahora de forma más leve, al igual que el frío en tus huesos se había evaporado. Tomaste la caja de chocolates y le ofreciste uno, que él rechazó. —Busqué algo sobre cómo hacerlo y qué le gusta a las chicas en su primera vez. Ya sabes, no quiero cagarla para ti. Dejaste cuidadosamente el ramo de rosas y la hermosa caja sobre la mesa de noche, y nuevamente lo besaste. Era imposible no amarle, no quererle, no desearle. ¿Cómo se había atrevido tu familia a rechazarlo solo porque lloraba cuando veía los crímenes cometidos en los noticiarios? Yuji suspiró sobre tu boca, sus manos te acariciaron la cintura, y pronto las sentiste sobre la piel de tu torso; colándose cálidas por debajo de la ropa, en contraste con el frío de tu piel. Acunó tus pechos y comenzó a acariciarles, una punzada de placer te acarició el vientre bajo; gemiste sobre sus labios, y él lo tomó como una señal para continuar masajeando tus senos. Se separó nuevamente de tu boca y te sentó en la cama con cuidado, lo viste quitarse el abrigo y la camiseta todavía de pie; sus manos temblaban ligeramente, y la idea de su nerviosismo te pareció tierna. También te perdiste en la forma de su cuerpo, en los abdominales definidos y la silueta fina de su cintura; los hombros anchos y los brazos fuertes, pero delgados. Te fijaste también en el tono ligeramente bronceado de su piel, y tu mente evocó la idea de aquellos brazos sujetándote en total desnudez, mientras sus besos recorrían tu cuello. Otra deliciosa punzada pinchó tu entrepierna. Imitaste los gestos de tu novio y te deshiciste de tu camiseta, dejando tu torso completamente desnudo; no llevabas sostén, y Yuji notó esto cuando se acercó nuevamente a ti, desabrochando su pantalón. —Eres... —murmuró, su voz temblaba ligeramente, y esbozaste una sonrisa al notar nuevamente su característico rosa arenoso teñir sus mejillas— preciosa. Se sentó a tu lado y retomó la sesión de besos, sus manos viajaban desde tus senos hacia tu cintura, deslizándose dulcemente mientras su lengua se enredaba con la tuya con vehemencia; tocándote de la forma más sensual que hubieras sentido. Nunca te había acariciado de esa forma. Gemiste en su boca cuando dos de sus dedos se cerraron sobre uno de tus pezones y halaron de él con delicadeza, provocándote otra ola de placer que te hizo vibrar. Con cuidado te colocó a horcajadas sobre su regazo y volvió a besarte, tus rodillas a cada lado de su cintura haciendo palanca sobre el colchón, y tus brazos rodearon su cuello. Podías sentir un bulto entre sus pantalones rozando tu sexo; y de forma inconsciente moviste tus caderas, restregándote contra su erección con más vehemencia; él gimió sin desprenderse de tu boca, sus manos apretaron tu cintura. Hacía calor, y algo en tu interior pugnaba por más contacto, por más placer. No es que no supieras lo que era el placer, o lo que se sentía un orgasmo, pues tus propios dedos te habían enseñado sobre ello antes. Sin embargo, un par de caricias nunca se habían sentido tan deliciosas sobre tu piel desnuda. Yuji descendió sus labios a tu cuello, dejando un camino de besos y chupetones tras de sí. Su nombre brotó de tu boca en un gemido, sus manos se deslizaron suavemente hacia el comienzo de tu pantalón; lo sentiste desabrochar los botones y deslizarse bajo la tela, llevando otro rastro de calor entre sus yemas por tu piel. Los nervios se enredaron en tu vientre bajo, al igual que una bola de placer que lentamente se iba desenrollando a cada beso. Enredaste tus dedos en sus hebras rosadas y tiraste con algo de fuerza, él gimió sobre la piel de tu cuello, sin detener la perorata de besos. Sus dedos reptaban desde el comienzo de tus caderas hacia tu cintura, te sujetó con algo de fuerza y guió tu cuerpo, obligándote a restregar tu sexo sobre el butlto en sus pantalones; lo sentiste jadear y gemiste al compás de su respiración. Entonces, Yuji se apartó de tu cuello y te miró. Eran los ojos más hermosos que habías visto; las mejillas teñidas de rosa, al igual que sus labios finos perlados de gotas de saliva, producto de los besos y chupones que dejó sobre tus labios y cuello. Lo tomaste de las mejillas y lo besaste nuevamente; el deseo estaba enredado en su lengua, al igual que ese amor que brotaba de sus comisuras. Sus brazos se enrollaron completamente en tu cintura, aferrándote a su cuerpo caliente. El torso duro, los músculos firmes, el aliento dulce, las pulsaciones en tu sexo... Nunca te habías sentido así. —Te amo —murmuraste sobre su boca cuando él se separó de ti. Itadori suspiró y esbozó una pequeña sonrisa. —Te amo igual. En un movimiento rápido te recostó sobre el colchón, ni siquiera notaste que la colcha se había caído parcialmente al suelo. Se colocó sobre ti y retomó la conversación a besos. Su entrepierna se frotaba con la tuya, enviando punzadas de placer a tu sistema; querías más, y a la vez habrías permanecido en ese frenesí semidesnudo toda la noche. —Yuji —gemiste entre sus labios-, quiero sentirte. Yuji se detuvo. Te observó, sus ojos brillaron al verte; la luz tenue del departamento proyectaba sombras sobre cada músculo tonificado en él, el cabello rosado desordenado, la respiración agitada y los labios entreabiertos, humedecidos con tu propia saliva. Era la imagen mas erótica que habías visto. —Creo que sé qué puede ayudar —mustió. Lo viste descender lentamente por tu abdomen, dejando un rastro de besos húmedos sobre cada pliegue de tu piel. Siempre le habías oído alabar tus estrías pálidas, o arollar con ternura la grasa acumulada en tu vientre; otra de las razones que te hacían enamorarte hasta los huesos de él. Su boca mordió el comienzo de tu pantalón, viste cómo sus manos bajaban lentamente la tela por tus piernas, dejando tus bragas al descubierto. Itadori se tomó el tiempo para besar cada tatuaje en tus muslos, recordándote entre gemidos cuánto le gustaban. Lo viste repartir una decena de besos sobre la cara interna de tus piernas, y le sonreíste cuando clavó sus ojos en ti. También lo viste halar con sus dientes del comienzo de tus bragas. Se tomó cada segundo para deslizarlas con parsimonia fuera de tus piernas; tu sexo quedó totalmente desnudo frente a él. Nunca te habías sentido tan expuesta, habías estado en ropa interior frente a Itadori anteriormente, al igual que él contigo. Pero la intensidad de sus pupilas clavadas en tu entrepierna era una sensación nueva; los nervios se crisparon en los poros de tu piel, y te cubriste tus pechos desnudos con los brazos. Yuji te abrió las piernas completamente, dejándote más expuesta de lo que nunca te habías sentido. —¿Te sientes cómoda? —preguntó, y sonrió ante tu asentimiento— Nunca... nunca hice algo como esto. Solo dime si no te gusta, guíame si hago algo mal. Asentiste, y Yuji hundió la cabeza entre tus piernas. Una intensa descarga estática reptó por tus venas cuando sentiste la lengua ajena deslizarse lentamente entre tus labios menores, gemiste su nombre y él suspiró, provocando una sensación interesante que te atravesó las entrañas. Yuji continuó, tomando tu clítoris entre sus labios y succionando, enviando otra ráfaga de calor a tus sistemas; de pronto pensar fue tan complicado como respirar. El aire estaba caliente, al igual que los labios de tu novio, que se aferraban a tu clítorsi sensible y halaban de él deliciosamente. Enredaste tus dedos en su cabello suave, intentando guiarle a tu gusto. Pero ¿cómo exactamente? Nunca habías tenido la cara de alguien imbuida entre tus piernas, tus manos y los espejos de tu apartamento eran los únicos que conocían aquella zona. Y ahora, tu novio de hace un año. Itadori no se detuvo ahí, sentiste un dedo suyo adentrarse sin previo aviso en tu vagina, lo que te provocó una ligera incomodidad; a la par, la lengua ajena reptaba sin pudor por tu vulva, provocando que te retorcieras sobre sus fauces. Flexionó el dedo en tu interior tocando aquel punto dulce, que te hizo arquear la espalda, enhebrada aún a su boca. Gemiste su nombre al compás de su lengua y su dedo, que simulaba suaves estocadas flexionándose de vez en cuando, siempre tocando el mismo punto. Genuinamente habías creído que Yuji no tenía experiencia en ello, pero ahora te daba la impresión contraria. ¿Cómo una sola persona te podía provocar tales sensaciones? Sentiste el deseo del orgasmo anudarse en tu vientre bajo y te retorciste aún más sobre sus fauces, y viste blanco de pronto cuando el clímax te azotó de golpe, tu vagina palpitó sobre su único dígito flexionándose y un millar de deliciosas descargas eléctricas te recorrieron hasta la punta de los pies, obligándote a flexionar la espalda. Itadori se apartó de tu sexo, los labios finos humedecidos de tu reciente orgasmo, los ojos brillantes clavados en ti, algunas hebras rosa adheridas a su frente y una sonrisa boba tatuada en sus labios. Reíste al verle, y algo se removió en las esquinas de tu alma. No habías tenido visión más erótica en tu vida; y no había forma de que alguien superase a ese hombre. Yuji era todo, y más, de lo que podías pedir. Rercodaba que te despertabas de madrugada al baño, recordaba que te gustaba el agua caliente sobre el vientre durante los cólicos fuertes de tu período, recordaba que te gustaban los abrazos matutinos y los concursos de televisión. Recordaba abrazar tu abdomen curvo y halagar incluso los pliegues de tu piel, recordaba hacerte saber que amaba tus estrías y que no le importaba que tus pechos no fuesen firmes como las modelos, recordaba que el peor crímen contra tu cuerpo era no amarlo lo suficiente. Recordaba tu pavor a la oscuridad, tu gusto por el café dulce y el chocolate amargo, la ausencia lastímera de tu padre y el cumpleaños de tu madre. Recrodaba siempre no hacerte olvidar que te amaba. ¿Cómo no amarle a él también? Se incorporó en el suelo y sacó un cuadrado plateado del bolsillo de su jean, para acto seguido quitarse la prenda, te fijaste en los músculos definidos de sus piernas y el fino vello rosado ornamentando la piel tostada. Como el arte, como los paisajes, como la simetría de la creación; Itadori era todo un páramo digno de admirar. No solías admirarle lo suficiente, quizás. Se deshizo de su ropa interior y tragaste duro al ver su erección, colocó el preservativo con dedos temblorosos y te fue inevitable reir, de pronto te sentías más liviana; aunque el remanente de los nervios todavía te invadía. Pero confiabas en Yuji. Querías sentir ese placer del que tanto habías oído. Querías sentirlo a él. Se colocó entre tus piernas nuevamente, sus labios invadieron los tuyos con un dejo de dulzura y un hambre punzante en su lengua, el sabor salado de tu orgasmo previo aun permanecía en él. Sentiste la punta de su miembro rozar tu entrada y nuevamente una pequeña descarga de placer te invadió. Ahora, sin embargo, todo se sentía más ligero, más natural. —Si duele, si quieres que paremos, dímelo —murmuró en tus labios— y paramos. Leí que puede... que puede doler un poco la primera vez. Asentiste. Lo tomaste de las mejillas y miraste sus ojos, esos ojos que siempre te habían admirado con ternura. —Te amo. Se deslizó dentro de ti con un ritmo lento. Nunca habías sentido una intromisión así; la sensación era extraña, nueva, y ardía un poco a cada movimiento, como si algo se rompiera dentro. La boca de Itadori regresó a tus labios, alternando con tiernos besos en tus mejillas. Las primeras embestidas se sentían como fuego húmedo, en contraste con los besos dulces y chupetones de tu novio sobre tu cuello. Gimió tu nombre sobre tu oído, y tú correspondiste jadeando el suyo. Pronto el fuego comenzó a desvanecerse, reemplazado por un racimo de punzadas en tu entrepierna, las embestidas se tornaron más veloces y erráticas, Yuji hundía su cabeza en tu cuello, gimiendo y jadeando tu nombre una y otra vez. —¿T-te gusta? —mustió, podías jurar que su voz se volvió más ronca y temblaba. Asentiste como podías, presa del oleaje de satisfacción que te envolvía, a la par de los brazos de tu novio depositados a cada lado de tu cabeza. Como una autómata tu mano descendió a tu sexo, y comenzaste a trazar círculos sobre tu clítoris aun sensible, agregando un delicioso aderezo a tu placer. El otro brazo lo envolviste sobre la espalda de tu novio como podías, aferrándote a su piel hirviendo. Pronto tu cuerpo vibró por segunda vez en la noche y el orgasmo te azotó con fuerza, tus paredes se contrajeron sobre el miembro de tu novio; dio unas pocas embestidas más antes de acariciar el clímax también; unió sus labios a los tuyos nuevamente, y su cuerpo palpitó de placer sobre el tuyo. Cuando volviste en sí clavaste tu mirada en el rostro frente a ti: perlado de sudor, con una sonrisa boba pintada y las mejillas totalmente enrojecidas, Itadori jadeaba sobre tu aliento. Sonreíste. No había nada más hermoso que el hombre cuyas sonrisas te hacían hervir de felicidad. —Por favor —jadeó aún sobre ti— dime que eso te gustó, dime que no hice nada que te haya lastimado. Reiste ante su petición, él siempre te había procurado. —Fue increíble —era todo lo que podías decir.

El agua caliente te relajó los músculos, la bañera era estrictamente de Sukuna y nadie podía usarla, pero la ducha te parecía suficiente en ese momento; a pesar de que tus piernas temblaban ligeramente y un sentimiento extraño te invadía. Se sentía como si algo faltara entre tus piernas, o tal vez era que aún no te habrías recuperado lo suficiente del orgasmo. Sonreíste. La piel de Yuji sobre la tuya, sus besos salpicados en formas de orbes morados sobre tu cuello y clavícula, su cuerpo sacudiéndose al compás de tu orgasmo... las sensaciones electrificantes del momento todavía permanecían a viva piel en ti. La primera vez era mucho mejor de lo que habías escuchado. Sentiste los brazos de Itadori rodear tus hombros húmedos por el agua, te diste la vuelta para abrazarle por la cintura y mirarle a los ojos, él era al menos una cabeza más alto que tú, pero amabas verle desde abajo; te parecía un ángulo maravilloso. —¿Realmente te gustó? —cuestionó— Leí en internet que dolía mucho, incluso que deben sangrar. Pero tú no sangraste, y no sé si debería preocuparme al respecto. Reíste ligeramente, amabas sus dudas y las mil formas que siempre encontraba para cuidarte. —Bueno, el internet no siempre es fiel. No sangré porque la sangre se debe a la rotura del himen, y el mío me lo he roto montando en bicicleta —notaste la expresión de extrañeza en su rostro—. El punto es que lo he disfrutado, no parecía que nunca lo hubieses hecho antes. Por enésima vez en la noche viste el sonrojo salpicado en sus mejillas. —Busqué algo de información en internet... incluso videos. —¿¡Has visto porno!? —No, no ha sido porno —defendió, dejando un beso en tu frente—. Eran tutoriales sobre cómo usar un condón, o cómo hacerle sexo oral a una chica. Quería... quería que sintieras que lo haces con un profesional. Tu pecho se sacudió y tu corazón latió frenético. Sí, no te habías equivocado al elegir a Itadori. —Eres lo mejor que me ha pasado —confesaste, y Yuji respondió besándote. Te dio la vuelta y sentiste el frío del champú en el cabello, junto a sus manos cálidas que te lavaban delicadamente la cabeza. No podrías haber escogido a nadie mejor que él.

***

HIMEN: tejido membranoso que cubre o rodea la abertura vaginal. la rotura del himen puede deberse a muchas causas como relaciones sexuales, practicar actividades físicas intensas, accidentes o golpes, etc. la causa más común suele ser la relación sexual, y esta rotura es lo que suele provocar el famoso sangrado; que no se limita solo a la primera relación sexual.

el tener relaciones sexuales por primera vez NO garantiza el sangrado. factores como las emociones, la lubricación y la elasticidad de la vagina también son cruciales en estos casos.

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