Book of Lust ∆ Jujutsu Kaisen

Mezcla
NC-17
En progreso
2
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planificada Midi, escritos 35 páginas, 19.496 palabras, 4 capítulos
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yes, ma'am ; satoru gojo

Ajustes
personajes: gojo satoru, reader advertencias: lenguaje fuerte, light bdsm, femdom edades: gojo, 27 años; reader, 32 años

***

Cuando eras adolescente solías creer que el mundo empresarial era sencillo; influenciada por esas series que veías en televisión. Pensabas que solo vestirías un elegante traje caro, tus tacones resonarían entre los pasillos y todos te respetarían, mientras caminarías con paso firme a tu oficina con grandiosa vista; pensabas que la vida rodeada de dinero era simple, puros lujos y salidas extravagantes. Que equivocada estabas. Cuando quisiste darte cuenta de lo que realmente era esa vida empresarial, ya era un poco tarde. Los primeros años fueron las noches en vela estudiando; tu padre había conseguido un puesto importante gracias a una enorme inversión de sus ahorros de toda la vida, y siempre te había inculcado la idea de mantener el puesto. Con el pasar de los años había ascendido, su porcentaje de la empresa había aumentado, y con ello también las responsabilidades. Luego siguió el hecho de tomar las riendas, cuando él murió y te legó todo; su trabajo de toda la vida, su sacrifio, los momentos padre e hija que se perdieron por su enorme carga de trabajo. No eras la principal inversora ni mucho menos la dueña, pero tu puesto era importante, y tu porcentaje también era alto. Con el tiempo notabas que el esfuerzo rendía frutos, pero no de la manera que esperabas; no tenías un chofer esperándote afuera de tu oficina en un coche de lujo, ni un multimillonario guapo quería unir fuerzas contigo para vivir una vida de cuento de hadas. Mas tarde que temprano, aprendiste que el mundo laboral era duro. Y en ocasiones, cruel e hilarante. Pero por sobretodo, habías aprendido que no tenías el control de la compañía; y a veces te frustraba. Porque sabías que bajo tu mando, muchas malas decisiones no se hubieran tomado, y hoy en día no estarías aquí junto al resto de inversores. Estaban intentando negociar una porción importante de la compañía con la competencia. Y te ardía en el corazón, porque ese pequeño porcentaje tuyo representaba tus años de desvelos, un duelo mal llorado y frustraciones nunca pagadas. Pero no tenías alternativa. El secretario del director de la competencia sonrió, estaban esperándolo todavía. —Se ha retrasado veinte minutos —mascullaste mirando tu reloj. —Satoru suele llegar tarde, es habitual en él —respondió su secretario, el joven de cabello negro recogido en un moño y traje caro color gris. —¿Es habitual que Gojo Satoru deje a potenciales clientes esperando? —expresaste, porque odiabas la impuntualidad. Pero más que nada odiabas el hecho de que la empresa Gojo tuvieran que salvarlos ahora de la bancarrota, y que su director y dueño se estuviese burlando de ustedes. Sí, era algo cruel el mundo. Pero nada podías hacer ya. —Si fuesen potenciales clientes de verdad, no me habrían esperado en primer lugar —habló otra voz desde la puerta de la oficina—. Se nota que están desesperados y que yo soy su única salvación, y no los culpo. Harán muy bien en venderme una parte de su compañía, antes de que terminen de arruinarla. Todos se dieron la vuelta. Recargado en el umbral, había un joven de cabello blanco y piel igual de pálida, ojos azules de una atropelladora profundidad que no habías visto antes; contrastando con su traje negro y las gafas redondas que adornaban la parte posterior de su cabeza. Sonreía, como si de una broma se tratase. Y solo silenciaste tu rabia con la idea actual de que debías salvar la empresa, todo por lo que habías luchado durante diez largos años. El de cabello blanco caminó y se presentó como Satoru Gojo, actual director de la compañía Gojo y, probablemente, el más joven en aquella sala de conferencias; más que tú parecía incluso. Sus pasos eran demasiado seguros, al igual que esa sonrisa cínica que te hizo hervir la sangre con cada palabra pronunciada; sin embargo, acabaste firmando el documento que vendía tu porcentaje a cambio de una suma millonaria. Y Satoru no dejaba de sonreír, mientras tú luchabas por no echarlo a patadas de la oficina. ¿Qué podías saber que tu desagrado tenía fecha de vencimiento?

El club estaba abarrotado, y de alguna forma, era el aire más fresco que habías respirado en todo el día. Los viernes eran tu noche, donde solo tú y los látigos se reunían para buscar nuevos cuerpos, nuevos sumisos; la única noche en la semana que sentías, aunque fuese por unas horas, que las riendas de tu vida volvían a ti. No había números ni empleados que se fijaran en tu caminar, ni había jefes de compañías rivales sonriéndote como idiotas mientras les entregabas una porción de tu vida en un papel. Era el único momento que eras tú. Esa noche habías optado por un corsé color vino y unas medias de red negras con transparencia, últimamente te gustaba enseñar las piernas. Los Amos y las Dominantes se dispersaban, y tú no sabías qué rumbo tomar exactamente esa noche. Todavía no tenías un sumiso, pero sabías que encontrarías uno, pues habían muchas caras nuevas cada semana. Llevabas tiempo sin tener alguna sesión en realidad, aunque hubieses tenido diversas ofertas. Pero últimamente la preocupación por la compañía te había bajado el libido; y a pesar de encontrar rostros bonitos y hombres dispuestos a dejarse dominar, te era difícil siquiera sentir un atisbo de excitación. Era un poco frustrante, extrañabas el sexo. Pero al menos podías actuar como observadora en alguna sesión en vivo allí en el club. De golpe tu tranquilidad se vino abajo cuando notaste, entre el reguero de máscaras oscuras y gemidos ahogados por la música sensual, una mata de cabello blanco con un par de lentes circulares puestos en ella. El corazón nunca te había latido tan fuerte, especialmente porque no llevabas máscara, y tu rostro estaba totalmente al descubierto. Esa siempre latente sensación de seguridad que te rodeaba cuando estabas en el club se había esfumado. ¿Qué hacía él ahí? Luchaste por alejarte, pero el dueño de ese cabello caminaba hacia ti con paso firme, que te dio la sensación de que hacía temblar el suelo. El bullicio erótico a tu alrededor te mareó un poco pero permaneciste tan impasible como podías; mirando los látigos adornando la pared, rogando internamente a cualquier deidad suprema que ese hombre no caminara directo hacia tu presencia. Notaste sus ojos azules, profundos brillantes, clavados en ti. No, no en ti, a tu espalda. No volteaste a ver; algo en esos irises te mantuvo anclada a su mirada. Satoru pasó junto a ti en silencio, con una pequeña sonrisa dibujada, y lo seguiste con la mirada por unos instantes, notando que caminó hacia otra desconocida de cabello negro y máscara de gato. Si él te vio, no lo demostró en absoluto, cosa que agradeciste una y otra vez para tus adentros. Esa noche aprendiste a no olvidar nunca más tu máscara.

Una semana había pasado desde esa noche en el club. Solo ibas los viernes, y durante el resto de la noche no habías vuelto a ver a Satoru. Decidiste tener una sesión voyeur con un Amo que había adquirido una nueva sumisa, y cuando el solo mirar te pareció insuficiente optaste por marcharte a casa; no querías arriesgarte a que el menor de la familia Gojo te viera de nuevo, y esta vez sí supiera quién eras. ¿Qué pensaría la compañía Gojo se enterara de tus gustos? Las horas parecían eternas, y faltaban solo veinte minutos para que pudieras irte a casa. Eras de las últimas en irte, solo Satoru y su asistente Suguru se quedaban más tarde que tú, haciendo vaya a saber qué. Porque sí, aquellos dos sinvergüenzas habían decidido que trabajarían desde la sede de tu compañía. Después de todo y aunque te doliera el alma de solo pensarlo, Gojo era el dueño de un cincuenta y uno por ciento de la empresa, y tenía todo el derecho de instalarse ahí si así lo deseaba. Era una mierda el hecho de que ese niño, más jóven que tú incluso, tuviera control sobre dos compañías a la vez. Pero te consolabas con el hecho de que al menos no habían ido a la bancarrota; todavía. No veías las horas para marcharte, aunque realmente no sabías qué harías en el club; hacía rato que tu último sumiso se había apartado de ese mundo, y desde la semana anterior que te habías mantenido alerta cada que Satoru pasaba cerca tuyo. A veces notabas las sonrisas satíricas que esbozaba al cruzarse contigo, o la intensidad de su mirada asfixiándote; aunque siempre mantenías tu expresión impoluta, los nervios te invadían y tus músculos flaqueaban cuando notabas su cercanía. Con Satoru Gojo compartiendo el edificio contigo, tenías una sensación constante de algo similar al peligro, y dudabas que los muros del club pudieran arrancarte tal sentimiento, incluso con la máscara puesta. Estabas pensando en no ir, realmente te sentías cansada y un buen baño ten venía bien. Aunque añorabas un poco el sexo a tu manera. La puerta de tu oficina se abrió de pronto, y viste esa característica cabellera blanca cruzar el umbral sin pizca alguna de vergüenza. —Supongo que en su casa no le han enseñado a tocar antes de entrar, ¿no? —mascullaste, y Satoru esbozó una sonrisa juguetona. Definitivamente no sentiste un cosquilleo en tu vientre bajo. —¿Por qué debería tocar? Esta empresa es mas mía que tuya —respondió con esa altanería que tanto te hacía hervir. Esa última palabra te pareció más remarcada que el resto. —Por supuesto. Salvo que, lo correcto según el código de etiqueta por el que nos regimos en esta empresa, es que si hay alguien en una habitación y usted desea entrar en ella, debe tocar antes de hacerlo. —Cambiaré ese código de mierda. Luchaste por no reponderle como realmente querías. Tu atención se desvió a sus labios por un momento, finos y curvados hacia arriba, ligeramente sonrosados; resaltando entre la palidez de su piel. Odiabas admitir que ese hombre no era precisamente feo. Y que en un milisegundo se te ocurrieron mil formas de borrarle esa sonrisa estúpida de la cara, algunas más divertidas que otras. —¿Qué necesita, señor Gojo? Caminó hacia tu lado y recargó su cuerpo sobre el escritorio, con esa expresión de niño en una dulcería que es consciente de su posición privilegiada como cliente. —Dime por mi nombre, y no me hables con tanta formalidad como si fuese un desconocido. —Repetiré mi pregunta, ¿qué necesita a estas horas de la noche, señor Gojo? —remarcaste un poco las últimas dos palabras. Si podías molestarlo una décima parte de lo que él te molestaba a ti, te darías por bien servida— Estoy a veinte minutos de mi hora de salida, y dudo que tenga tiempo para cualquier tarea que me pida. Además, creo recordar que usted tenía a su secretario personal, ¿o no? Un brillo extraño en aquellos ojos azules pareció encenderse, te picó la curiosidad y cerraste tu laptop dando por terminado tu trabajo, para girar un poco tu silla hacia él. —¿Suguru? Nah, le he dejado irse temprano —masculló—. Estamos tú y yo en el edifico únicamente. Estamos tú y yo en el edificio únicamente. Esa frase hizo eco en tu cabeza. Esbozaste una sonrisa interna y tus manos temblaron por un breve instante; no era habitual que te sintieras así de nerviosa, pero debías admitir que la presencia de Gojo te alteraba completamente, de una forma un poco menos negativa que la semana anterior esta vez. Y apenas llevabas menos de un mes interactuando con él. Si es que a sus saludos matutinos se les podía llamar interacción. —¿Y qué puede precisar de mí que su secretario no pueda darle? —¿Acaso tengo que necesitar algo para ver a mi empleada? —vaya que la sangre te hirvió con la última palabra, sabiendo que en realidad tenía razón; técnicamente trabajabas para él. —Le pido que vaya al grano, por favor. Me voy en veinte minutos. —Quiero entrar a ese juego tuyo del club. Tu pecho se sacudió y tu entrepierna palpitó. Esos ojos como mares se clavaban completamente en ti; viajaban del final de tu falda al comienzo de tu apenas pronunciado escote, y tú aprovechaste para cruzar lentamente las piernas, tentándole tal vez; provocando que sus comisuras temblaran casi imperceptiblemente. Entonces lo sabía. Sí te había visto en el club. Pero ahora esta revelación se te hacía más divertida que preocupante; tal vez producto del cansancio, o tal vez eras presa de una revelación a la que no querías nombrar ahora. Satoru sonreía como de costumbre, presumiendo el azul profundo en sus irises y ese embrujo extraño que te hormigueaba en la punta de los dedos. —¿Quieres jugar con una dominatrix? ¿Tienes idea en lo que te estás metiendo, chico? —tu tono cambió un poco, habrías deseado que en lugar de una camisa y un blazer, llevases en tu cuerpo el corsé y las medias. La sonrisa de Gojo no se borró, pero notaste el fuego refulgente en sus ojos azules; si acaso era posible tan intensidad en una sola mirada. —No tengo ni idea ni necesito tenerla —respondió con esa altanería suya que, por alguna razón, te evocó la imagen de sus labios irritantes cerrándose en tu sexo—. Estoy harto de esta empresa, de estos documentos, de esos parásitos pegándose a mí a cada paso que doy, solo para ver qué pueden obtener a cambio. Lo único que quiero es que por una vez alguien más tome mis riendas. Me quiero relajar y alejarme de estas sanguijuelas. Sonreíste, podías entender sus motivos hasta cierto punto; y por un momento sus ojos se ensombrecieron y su expresión burlona vaciló, para inmediatamente regresar a su gesto habitual. —Sí entras a este mundo, me vas a entregar todo de ti —confesaste—. No me importa tu cuerpo o tu cargo, lo que yo quiero es tu completa voluntad. Vas a entregarte a mí en cuerpo y alma, y vas a ser mío en toda la extensión de la palabra. No me voy a limitar a follarte porque no es solo eso lo que quiero, voy a poseerte en todas las formas posibles, y con tu completo consentimiento. ¿Entiendes eso? —asintió— ¿Eso es lo que realmente quieres? —Sí, señora —asintió con burla, pronunciando aquellas palabras que terminaron de sellar su relación. Era de noche, estabas muy cansada, y el sexo había escaseado últimamente. Y tenías al menor de la familia Gojo frente a ti, con el traje gris, el cuello de la camisa desabrochado y esa expresión de burla que te revolvía de forma deliciosa las entrañas; tentándote a probar algo de esa piel tan blanca y esos ojos que, de cierta forma, te embrujaban al igual que te exasperaban. Así que te permitiste cometer una locura. Todavía sentada en tu silla, tomaste la corbata negra de Satoru y lo halaste hacia ti, hundiendo tus labios entre los suyos. Tu lengua batallaba con la suya, que se movía como un experto; intentabas dominar el beso al igual que él, y tu entrepierna vibró mientras sus labios se movieron con soltura sobre los tuyos. Nunca te había gustado que alguien mas dominara en el sexo. Pero si eras justa, Gojo tenía toda la pinta de saber lo que hacía, pese a lo que había dicho. Cuando se separó de ti se rió, y tú luchaste contra el impulso aun persistente de estrellarle tu puño en su cara. Tenías una mejor idea para ella. —Sería muy curioso que follemos en la oficina- —¿He dicho que pudieras hablar? —su sonrisa se amplió, probablemente entendiendo ya la dirección de este juego— Por si no has entendido, solo puedes hacer lo que yo te diga, y nada más. Te pusiste de pie rápidamente y retomaste el beso, esta vez pegando tu cuerpo al suyo. Satoru te correspondió con vehemencia, rodeando tu estrecha cintura con sus brazos largos; notaste que te sacaba casi dos cabezas de altura. Finalmente tu lengua se introdujo en su boca y él la recibió, enrollaste la corbata en tu puño y tiraste de ella con fuerza, una punzada de placer te atravesó la entrepierna al sentir su gemido sobre tu boca. —Me gusta que me asfixien, pero me gusta más hacerlo yo —murmuró sobre tus labios, y deslizó la lengua por el inferior. Tú correspondiste mordiendo su labio inferior sin delicadeza. —Si vuelves a hablar sin mi permiso voy a amordazarte. Quiero esa boca ocupada y no con palabras. El de cabello blanco amplió su sonrisa. —Sí, señora. Estática reptó por tus venas y el impulso primitivo de entregarte a tu anhelo carnal te recorrió por entero. Volviste a besarlo, mordiste su labio superior nuevamente y tu lengua tomó el control sobre su boca. Seguías con la corbata enrollada en tu puño todavía jalando de ella, las manos de Satoru delinearon tu cintura y tu espalda. Rompiste el beso buscando una bocanada de aire y te deshiciste de su corbata lentamente; Satoru todavía tenía esa sonrisa dibujada, y todo lo que pensaste era en cómo destruirla de la forma más deliciosamente radical posible. Tomaste sus manos y envolviste la prenda en ellas, sin darle tiempo a emitir palabra alguna; por lo general te gustaban las cuerdas y la cama, pero no querías esperar hasta llegar a casa. Tenías una idea y querías ejecutarla ya. —Te quiero en el suelo boca arriba —murmuraste sobre sus labios, ansiando besarlos nuevamente—. Brazos encima de la cabeza, sin moverte. —Sí, señora —respondió en un susurro que más bien parecía una burla. Tu sangre hirvió en deseo cuando lo viste recostarse en el suelo junto a tu escritorio y colocar sus brazos como le habías indicado, la camisa ligeramente arrugada y los dos botones del cuello desprendidos te dejaron ver un palmo de su piel blanca. Te hormigueaban los dedos en deseo de acariciarla, de sentir su textura. Hacía mucho que no te provocaban tal urgencia... Tus rodillas fueron a cada lado de su cadera, notaste el bulto entre sus pantalones y deslizaste la prenda hacia abajo, dejando libre su erección, un pequeño piercing brilló en el glande que te hizo relamerte los labios, ¿cómo se sentiría en tu boca? Desabrochaste un poco más de su camisa y deslizaste la mano por esa piel; tan suave, tersa e inmaculada, te era fácil imaginar un par de cuerdas negras cruzándose sobre su torso desnudo, manchando de rojo esa bonita carne. Sin pensarlo pellizcaste un poco, solo un poco, dejando tu firma enrojecida en el camino. Y Satoru gimió. ¿Quién hubiera pensado que tendrías bajo tus piernas al dueño de la corporación Gojo, gimiendo con las manos atadas? Esos ojos azules no se despegaban de ti, con la expresión de un crío divirtiéndose te sonreía mientras jadeaba; y no pudiste evitar imaginarlo con una venda en esos bonitos ojos. Con tu otra mano tomaste su miembro y empezaste a masturbarlo, jugando con tu pulgar sobre el piercing por momentos. El cuerpo de Gojo se retorció bajo tu toque, se mordió el labio inferior sin romper el contacto visual. Te estaba desafiando, mientras te obedecía. Y eso envió otra de tantas descargas de placer por tus venas. Aceleraste el ritmo y lo viste de primera mano perder la compostura; se retoricó, sus brazos no se movieron de la posición sobre su cabeza, aunque las muñecas se retorcían en la atadura improvisada. Sus gemidos se volvieron más fuertes, los labios entreabiertos casi vociferando su placer te llenaron de un orgullo desmedido. A la par de su disimulado forcejeo y del desafío en su mirar, también acataba al pie tus órdenes. Era más de lo que habrías imaginado, en realidad. —Que obediente —jadeaste, porque tu sexo también respondía a aquella imagen del dueño de la compañía retorciéndose bajo tus manos-. Buen chico. Sus caderas intentaron moverse bajo tu mano, queriendo simular estocadas, solo tu cuerpo sobre él le detuvo; te detuviste antes de que pudiera terminar, dejándole con los brazos temblando levemente y la mirada clavada en ti. Te apartaste de él y te pusiste de pie brevemente, solo para quitarte las bragas y volver a colocar tus rodillas a cada lado de su cabeza esta vez, Satoru intentó hablar pero tus caderas descendiendo sobre su rostro acallaron cualquier palabra; gimió sobre tu clítoris provocándote una sensación interesante. A la mierda esa bonita sonrisa, podrías darle un mejor uso a su irritante boca. Te sujetaste de la orilla del escritorio y comenzaste a moverte sobre él, sus labios trabajaron casi de forma frenética tu clítoris y te arrancó un gemido; lo que le hizo jadear nuevamente y hacerte vibrar. Si te hubieran dicho hace dos semanas que estarías en tu oficina cabalgando la cara del dueño de la compañía rival, te habrías reído sin dudarlo. ¿Quién podría imaginar tal sacrilegio? Pero aquí estabas: moviéndote de forma animal sobre los labios y la lengua de Gojo Satoru, que jugaba con tu entrada sin llegar a penetrarte, solo tentándote. Los brazos se sacudieron aún con la corbata enrollada en las muñecas, sabías que estaba luchando por no moverlos y eso fue otro plus a tu placer. ¿Quién hubiera dicho que, además, lo tendrías obedeciéndote? Desafiando su propio instinto primitivo del orgasmo, solo para comerte de tal manera. Vaya que te sentías orgullosa de, por una maldita vez, llevar el control en tu propio ámbito de trabajo. Divertido. Tu cuerpo se contrajo y tus paredes se apretaron alrededor de la punta de su lengua cuando alcanzaste tu orgasmo, te sacudiste completamente con un gemido gutural y Satoru también vibró bajo tu sexo, jadeando sobre tus pliegues. Cuando te incorporaste notaste los hilillos blancos esparcidos por el pantalón, acomodaste tu falda orgullosa mirando también sus mejillas teñidas de rosa, el cabello blanco hecho un lío y la boca húmeda producto de tu clímax. Una obra de arte digna de inmortalizar. Salvo por esa sonrisa idiota que no se había esfumado del todo. Satoru tardó unos cuantos segundos en moverse, se desató por cuenta propia las muñecas y se puso de pie, le diste algunas servilletas para limpiar su ropa, en la medida que se pudiera. Sus ojos azules te perforaron nuevamente, era un delirio verlos; y un martirio verle la misma sonrisa, que te hacía hervir la sangre. Al menos ahora tenías el permiso de borrarla. —Que buen chico —confesaste guardando tu laptop y algunos documentos importantes en tu maletín, ni siquiera te habías percatado de que ya era hora de irte—. Ha sido muy obediente, señor Gojo. Rió mientras se anudaba la corbata, que había quedado un poco arrugada. —Curioso que hayamos follado en tu oficina, ¿no? —su tono sonó como una burla, y te fue inevitable jalarlo hacia ti del cuello de su camisa. —¿He dicho acaso que pudieras hablar ya? Su boca buscó la tuya y le correspondiste; quizás era el efecto posterior al sexo, o el hecho de que todavía llevaba tu orgasmo en su paladar. Pero esta vez el beso te supo más dulce y salado a la vez. —Has sido un buen chico para ser tu primera vez —le acariciaste la mejilla—, en algún momento te recompensaré. Y te perdiste en su boca por otro momento más. Una buena forma de borrarle la sonrisa y, de paso, no perderte en el delirio de verle los ojos de azul profundo y brillante.

—¿Qué hacía en el club la otra noche, señora? —el tono divertido de su voz y aquella última palabra pronunciada con tal soltura enviaron un delicioso escalofrío en tu espina dorsal. La carretera estaba casi desierta, salvo por algún que otro autobús. Ya era de noche, y tu sesión de sexo con Gojo Satoru te había tomado, sorprendentemente, tus últimos veinte minutos laborales. Tenías suerte de que las cámaras de tu oficina estuviesen descompuestas. —Quería divertirme —respondiste deteniendo el vehículo en la entrada de tu hogar. Ambos descendieron del coche, te tomaste el tiempo de revisar tu buzón antes de abrir y permitirle la entrada a tu casa, al que era tu jefe. Y más que eso. —Que decoración decepcionante —se burló—. Es muy escueto para una inversionista de una de las compañías más grandes de Tokio —ahí estaba de vuelta esa faceta burlona suya; ese rincón suyo que te irritaba. —Por cierto ¿quién era la mujer de la máscara de gato? —preguntaste ignorando su comentario. —Oh era una vieja amiga. Jura que le caigo mal, pero sé que le agrado —bromeó nuevamente. Te serviste una copa de vino y le ofreciste otra a él, realmente necesitabas algo de alcohol y unos momentos relajantes para lo próximo que tenías en mente. —¿Y por qué estabas con ella si dice que no le agradas? —Me invitó a ver un espectáculo de dos hombres follándose a una mujer. Lo curioso es que la mujer era ella, y los dos hombres eran dos amigos. O bueno, uno de ellos al menos. —¿Y te gustó ese espectáculo? Otra ola de fuego furioso se encendió en esos ojos azules; que resaltaban mientras bebía el vino. Incluso la copa tocando sus labios te pareció algo sexy. —Tal vez —bromeó, pero algo más había en su voz. No le diste más vueltas al asunto. Le quitaste con suavidad la copa de las manos, y luego te tomaste el tiempo de desabrocharle la camisa; dejando entrever más de esa piel cremosa y suave. Soñaste con corromperla, marcarla con las cuerdas y dejar tus dedos impresos en ella. —¿Estás listo para lo que viene, Satoru? Esbozó otra sonrisa, y deseaste esos labios jugando sobre los tuyos, o sobre tu sexo. —Sí, señora.
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