Book of Lust ∆ Jujutsu Kaisen

Mezcla
NC-17
En progreso
2
Fandom:
Tamaño:
planificada Midi, escritos 35 páginas, 19.496 palabras, 4 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

discipline ; nanami kento

Ajustes
personajes: nanami kento, reader advertencias: bdsm, dinámica de poder (maledom, femsub), lenguaje explícito edades: nanami, 29 años; reader, 26 años

***

—No olvides que te toca el cierre de hoy —te recordó con un grito tu compañera, antes de marcharse de la panadería y dejarte con el olor a pan caliente como único compañero. Suspiraste y te resignaste, por lo general te tocaba la apertura de la mañana, donde había más bulla y el tiempo te parecía que pasaba más rápido. Pero esa era la principal desventaja de los horarios rotativos: no podías fiarte de ninguna rutina, porque en cualquier momento tu jefe te cambiaría el horario. De todas formas no te quejaste. Al menos tenías trabajo, y esta era una época tranquila de la tarde. Lo único negativo era lo eterno que te parecía el turno. Acomodaste los panecillos, los bocadillos y los postres en una vitrina, esperando que el tiempo se te pasara un poco más rápido; no ayudaba el hecho de que apenas hubiera clientes, aunque no podías esperar más de un martes en la tarde. Un largo rato más tarde tu teléfono vibró junto a la caja, y un delicioso escalofrío te sacudió al leer el mensaje. AMO, 19:36 p.m ¿En dónde estás? No has respondido un solo mensaje en todo el día, y ni siquiera te vi llegar hoy. Habías olvidado avisarle de tu cambio de horario para ese día. La idea de lo que se venía te produjo una mezcla de sensaciones que te hicieron sonreír; mientras revisabas los demás mensajes que tenías sin leer. Todos ellos preguntando cómo estabas, si estabas bien o preocupándose porque algo te hubiese sucedido.

Tú, 19:37 p.m

Me disculpo, Señor. Me han cambiado el horario y olvidé avisar. Mi horario de salida es a las 21 pm.

AMO, 19:37 p.m Paso por ti a esa hora. No creas que no te castigaré por esto, has sido muy indisciplinada últimamente.

Tú, 19:37 p.m

Sí, Señor.

Una punzada te atravesó el vientre bajo, dejaste el teléfono cargando en un rincón y continuaste con lo poco que quedaba de tu día laboral. Cuando llegó la hora de marcharte ya había un auto esperándote en la entrada, cerraste la tienda como lo habías hecho algunas veces antes, y te subiste al vehículo sabiendo quién iba a esperarte dentro. Nanami no sonreía, pero tampoco llevaba sus habituales lentes oscuros; lo que te permitió ver ese brillo en sus ojos cuando se clavaron en ti. El semblante completamente serio, la mandíbula cuadrada estaba tensa, al igual que los músculos de sus brazos anchos. Estaba enojado; y tu cuerpo ya sabía lo que eso significaba para ti. La mezcla de placer y orgullo te recorrieron por entero. —Has salido más tarde de lo que decía tu mensaje —gruñó poniendo en marcha el vehículo y miraste la hora en tu celular solo para corroborar que, efectivamente, habías estado veinte minutos extra acomodando cosas en la panadería— y no me avisaste con antelación. ¿Por qué esa falta de disciplina últimamente? —Lo siento, Señor —te disculpaste con esa voz de mujer buena que habías aprendido que le gustaba—, me han avisado a último momento que me tocaba el turno de la tarde y simplemente me olvidé de avisar. Merezco una reprimenda, ¿verdad? —Claro que sí —fue inevitable que apretaras las piernas ante lo gutural que sonó esa última frase. Como si el mundo quisiera hacer honor al día que tú y Nanami Kento se conocieron, la lluvia arrancó; llevándote al recuerdo de cómo había comenzado esa relación extraña.

*Diez meses atrás* Como era de esperarse en las mañanas de lluvia torrencial, la panadería estaba desierta. Te parecía un poco curioso, porque era sábado, uno de los días más concurridos. Aunque entendías perfectamente la decisión colectiva de no empaparse por un poco de pan recién horneado. Hacías lo que podías para que las horas se pasaran más rápido, puesto que ya para esa hora habías completado casi todas las tareas importantes. Cuando te dispusiste a limpiar un poco el piso —que de hecho relucía, producto de las otras dos veces que lo habías limpiado por aburrimiento—, un cliente ingresó. Te pareció un milagro que un hombre con un traje que parecía costar dos veces tu salario, fuese a comprar pan bajo la lluvia. Curiosamente no se veía húmedo en lo más mínimo. El hombre te saludó con un simple movimiento de cabeza que correspondiste sonriente, tomó un jambon-beurre del mostrador de bocadillos y se dirigió a pagar; solo entonces te tomaste el tiempo de verlo mejor. El cabello rubio bien peinado, los ojos avellana tan fijos en ti como los tuyos en él; la mandíbula cuadrada que acentuaba sus rasgos angulados; adornados con una expresión increíblemente seria. Era un hombre atractivo, debías admitir. Y el hecho de que te mirara fijamente te hizo ruborizar. —Así que... ¿un bocadillo para pasar la lluvia, uh? —intentaste romper un poco el hielo mientras le cobrabas. —Eh... algo así. Ya no los venden en la tienda de conveniencia, y estaba de paso por aquí —respondió con una voz monótona—. Siempre que puedo compro uno. —Oh ¿ha venido antes aquí? —te diste cuenta rápido de que tus dudas no eran de tu incumbencia, de hecho— Lo siento, es solo que nunca lo he visto por aquí. Algo en su mirada pareció relucir, sin que despegase sus ojos de ti. —Suelo venir en la tarde, hay otra chica atendiendo. Así que creo que nunca nos hemos podido ver hasta ahora. Se marchó hacia la salida con su compra en mano, te dedicó una última mirada antes de irse, mucho más extraña incluso que tu pequeño diálogo con él. Por alguna razón, ese hombre y su voz gutural te dejaron mariposas en el estómago por el resto de tu día laboral. Era la primera vez que lo veías, y rogabas que no fuera la última. Afortunadamente no lo fue.

—Creo que nunca te pregunté tu nombre —dijo recibiendo su compra, el mismo sandwich que había comprado cada mañana durante dos largas semanas. Le diste tu nombre con esa sonrisa de niña en una dulcería, probablemente te veías como una tonta pero no te importaba—. Es un placer, soy Nanami Kento. Estrechaste su mano gustosamente, su pulgar acarició tu dorso por más tiempo del moralmente establecido. Para este punto te era obvio incluso a ti, que Nanami iba a la panadería a interactuar contigo. Según te había dicho tu compañera, el día que te habías reportado enferma él simplemente no había hablado en absoluto salvo los saludos cordiales; simplemente compró y se marchó. No obstante, cogiste un gustillo por verle cada mañana. Siempre tenías preparado un jambon-beurre específicamente para él, siempre le atendías con una sonrisa y bromeabas con alguna superficialidad del día. Y Nanami te correspondía. Aprendiste que no era alguien que sonriera mucho, pero hablaba con propiedad. De vez en cuando bromeaba pero sin esbozar ni un atisbo de sonrisa. Siempre con esa misma seriedad propia de él. Y lo mejor, sabía cómo ponerte nerviosa; y cómo hacerte cruzar las piernas cuando tu sexo vibraba ante su voz gutural. Te daba la impresión de que él era consciente de este efecto. Así que dejaba que bromearas, y tú te permitías ser acariciada por sus dedos por unos segundos extra cuando le devolvías el cambio. Cuando se marchó Nanami viste el pequeño papel sobre el mostrador, cogiste la nota y leíste lo que él te había escrito. Y escuchando a tus hormonas trastornadas por tu ciclo menstrual, apuntaste su número en tu móvil.

—¿Estás segura de que quieres esto? —inquirió Nanami, su voz monótona relucía entre la multitud. Asentiste con entusiasmo, la anticipación te provocó una deliciosa punzada en el vientre bajo. Cruzaste las piernas, como hiciste en las dos citas anteriores con Nanami. Ese era su don: con solo mirarte te convertía en una bola de nervios, y algo parecido al placer. En la primer cita que él te propuso, habían asistido a un bonito restaurante cortesía suya. En la segunda, escogiste un tentempié en un parque cercano a tu casa, con el propósito de charlar y aprender más de él. Y vaya que habías aprendido. Aprendiste a qué sabía su boca cuando te acompañaba a casa y te besó en el umbral de tu puerta. Aprendiste que sus labios sabían provocarte un caleidoscopio de sensaciones placenteras que no podías nombrar; aprendiste que era el hombre más sexy que llevabas conociendo a lo largo de tu corta vida. Aprendiste que era un inversionista y un militar inactivo a su corta edad de veintinueve años. Que sabía mucho de finanzas al igual que sabía defensa personal. Aprendiste algunas cosas interesantes sobre él; pero tu favorita era la expresión que ponía cada vez que te veía, en la panadería o en las citas. —Bueno, no sé casi nada sobre el BDSM y todo eso que me has dicho. Pero si dices que el consentimiento es la base y que hay palabras de seguridad, entonces acepto —respondiste con la convicción temblando y un café esperándote en la mesa. Esta era su tercera cita, en una cafetería bonita en el centro de Shibuya. Y, para variar, estabas aprendiendo otra faceta de Kento Nanami: la íntima, la que aún no te había enseñado del todo. Más allá de algunos mensajes un poco subidos de tono fuera del horario laboral, no habías follado con él. Estabas tentada de hacerlo en el baño en tu primera cita, pero simplemente te sentías demasiado cansada esa vez. Luego habías querido invitarle a entrar cuando te devoró la boca en el umbral de tu puerta, pero Nanami había declinado bajo la excusa de que necesitaba dormir temprano. No lo culpabas. La anticipación a veces era mucho más dulce que el clímax. Tampoco dudabas de su deseo por ti; las fotos del bulto entre sus pantalones que te enviaba en el trabajo en contadas ocasiones, eran la prueba de que definitivamente le atraías. El magnate y la panadera. Un título para una historia erótica que te parecía un poco cliché, pero divertido. —Esto es más que solo sexo —te recordó bebiendo de su café frío, una gota de crema quedó en su comisura y tuviste la tentación de retirarla con la lengua—, es poseerte en todos sentidos. No será una relación de amantes, pero tampoco es sexo convencional; será tu plena confianza en mí, será doblegarte, castigarte o recompensarte según la situación. Dominarte, en toda la extensión de la palabra. —¿Y los castigos son dolorosos? —Depende. Podemos explorar tu resistencia y tu umbral del dolor, no es necesario descartar nada —un pequeño escalofrío te recorrió la espina dorsal, al imaginarte completamente a su merced. Algo te impulsaba a confiar en Nanami a pesar de llevar conociéndose un mes y medio—. No haremos nada que no autorices; aquí el verdadero control lo tienes tú, ¿entiendes eso? Voy a doblegarte, pero tienes el poder de detener todo cuando quieras. ¿Estás de acuerdo? Asentiste embelesada por el fuego refulgente en sus ojos avellana. La forma visceral en que te miraba fijo, alternando de tanto en tanto con el atisbo de escote que llevabas. No era tu culpa que tu camisa tuviera un botón roto. —Entiendo. Dame el bolígrafo. Nanami te extendió el objeto, acariciándote un poco en el proceso como cada vez que te tocaba. Al principio te sorprendió un poco que aquella cita fuese para que él te hablase un poco de sus gustos: tanto de las pautas, como del contrato que se convertía en la salvaguarda de ambas partes; haciendo total hincapié en el concepto del consentimiento mutuo. Luego, te pareció excitante la idea, a medida que te narraba más y más de su afición por el BDSM. No sabías lo que podías esperar de ese mundo, pero la curiosidad por ceder la autonomía de tu existencia a otra persona se te hizo una idea deliciosa. Nunca te hubieras imaginado dejándote dominar, siempre te había gustado llevar el control en la cama. Pero... ¿por qué no intentarlo? Esa tarde aprendiste algo nuevo sobre ti también: lo magnético que ese hombre podía ser, y lo fácil que caías a sus encantos. Firmaste el contrato sobre la mesa sin titubear, sellando así el comienzo de su nueva relación. —Bien, el próximo fin de semana te quedarás en mi apartamento. Tu cuerpo y yo tenemos que conocernos mejor —asentiste—. ¿Recuerdas como debes referirte a mí cuando estemos en una sesión? —Sí, Señor.

*En la actualidad* El auto estacionó y Nanami descendió primero, solo para abrirte la puerta y esperarte con un paraguas abierto, como un caballero antiguo. Le agradeciste con tu mejor sonrisa mientras entraban al edificio y se dirigían a su apartamento, un trayecto que ya conocías de memoria. Cuando llegaron al piso correspondiente su mano acarició suavemente tu muslo por debajo de tu falda larga, provocándote un delicioso escalofrío. Siempre que tenían una sesión, la regla general era que debías vestir ropa fácil de quitar. Gracias a dios no era problema en la panadería, porque te obligaban a llevar uniforme. Dejó un beso suave en tus labios, antes de entrar a su apartamento. El lugar era como él: sencillo, pulcro, impecable y adornado con colores neutros; en contraste a la calidez del resto del edificio. Y con una vista de ensueño a la calle principal. Guardó el paraguas y se quitó el saco, esta vez llevaba ese traje color crema, ese que era tu favorito; al igual que la camisa azul que vestía ahora. Marcaba cada músculo en sus brazos gruesos, y permitía acentuar la anchura de sus hombros en contraste con su delgada cintura. Era un hombre atractivo en toda la extensión de la palabra. Una parte de ti todavía no entendía el cómo se había fijado en alguien como tú... Hiciste a un lado tus inseguridades y te mordiste el labio mientras esperabas, y te dirigiste a la mazmorra que ya conocías perfectamente. La cama matrimonial te dio la bienvenida, la tenue luz pálida iluminando todo. Las sábanas igual de blancas que la última vez que habías estado ahí; sin rastro de acolchados. A los pies de la cama relucía el antifaz negro brillante y algo enrollado a su lado, que parecía una especie de cuerda. Lo esperaste de rodillas sobre la alfombra roja a los pies de la cama, trasero apoyado sobre los talones y de espaldas a la entrada, como debías hacer en cada castigo según el contrato; y tu cuerpo vibró de nerviosismo cuando escuchaste la puerta cerrarse y la madera crujir bajo sus pasos. A pesar de que llevaban meses haciendo esto, Kento sabía exactamente cómo ponerte nerviosa de una forma sensual. Contuviste el impulso de cruzar las piernas, como siempre pasaba cuando él estaba cerca tuyo. —Hoy no me avisaste de tu cambio de horario —gruñó mientras se paraba junto a la cama, dándote una vista perfecta de su cuerpo ancho, y las venas marcadas en sus manos, que se tomaban su tiempo para deshacer el nudo de corbata—, y la semana anterior tampoco avisaste que tomarías solo medio turno. ¿Me podrías explicar por qué tanta imprudencia? —Me disculpo, Señor. No tengo excusas, simplemente me he olvidado de avisar. —Tendré que enseñarte un poco de disciplina. Así no te olvidarás de avisarme de ninguna clase de cambio abrupto en nuestra rutina. —Sí, Señor —asentiste, sin apartar la mirada. Lo viste quitarse la corbata amarilla con una parsimonia que te hizo relamer los labios, cada vena sobre los dorsos de sus manos te parecieron más acentuadas; y cuando sus dedos se flexionaron para tomar el antifaz negro recordaste cada ocasión en que se habían cernido sobre ti. Sobre tu cuello, sobre tus hombros. Tu nuca, tus caderas. Vaya que Nanami te había tocado hasta el cansancio. Y pese a ello, todavía le parecía insuficiente. Caminó hacia ti con el antifaz, no protestaste cuando lo colocó con una contrastante delicadeza sobre tus ojos, privándote de tu sentido más preciado. El hecho de que no pudieras ver nada añadió una deliciosa tensión a la sesión. No era la primera vez, y como siempre, tus nervios solo eran opacados por el calor creciente en tu sexo. —Sé cuánto te gusta verme, pero hoy no te daré ese privilegio —murmuró él en tu oído, su vaho cálido te hizo retorcerte ligeramente—. Tienes prohibido moverte de tu posición sin que yo te diga, ¿de acuerdo? —Sí, Señor —asentiste. Sentiste sus dedos deslizarse por tu cuerpo, quitándote cada capa de ropa con una lentitud que te volvía loca. Te parecía irreal que Nanami Kento, con sus brazos anchos y sus músculos firmes de experto en combate, trazara cada movimiento sobre tu cuerpo de una forma tan refinada y sobria. Otra cosa que habías aprendido de él: sabía dejarte marcas en la piel. Como también sabía tratarte con una endemoniada dulzura. La brisa del ambiente sobre tu piel te avisó cuando finalmente quedaste completamente desnuda frente a él; las yemas de sus dedos trazaron una suave caricia desde tu nuca hacia tu espalda baja, brindándote un escalofrío que casi te hizo removerte bajo su toque. Algo nuevo que habías aprendido de ti, era tu increíble don de obediencia. Escuchaste nuevamente el crujir de la madera bajo sus pies, la incertidumbre te asaltó mientras permanecías todavía de rodillas en la pequeña alfombra; solo tuviste permitido moverte cuando sentiste sus manos recorrer tus extremidades, acompañándose de lo que creías que era la soga. La cuerda se deslizaba sobre distintos puntos de tu piel, parte de ella recorría el espacio entre tus senos y reptaba por tus brazos hacia tus muñecas, que Nanami terminaba de amarrar a tu espalda, impidiéndote mover los brazos en absoluto. Si te esforzabas podías tocar tus pies con los dedos. También habías aprendido que el ushiro era su técnica favorita del shibari para los castigos. Solo faltaba una cosa, y era el collar negro que ahora sentías cernirse en tu cuello, con la larga cadena plateada que podías jurar, estaba en manos de tu amo. Esa idea te hizo hervir en deseo de que te castigara de una vez. Una punzada de placer viajó a tu sexo. —Recuerdas cómo son las sesiones de castigo, ¿no? —gruñó, y percibiste el sonido de botones desprendiéndose y tela removiéndose. —Sí, Señor. —¿Y la palabra de seguridad la recuerdas? —Sí, Señor. Amarillo. —Bien. ¿Estás lista? —Sí, Señor. En segundos dos de sus dedos se cerraron sobre uno de tus pezones y halaron con fuerza en respuesta, arrancándote un gemido de dolor; aunque la ráfaga de placer que te sacudió al finalmente sentirlo tocarte fue mayor. Nanami le brindó atención a tus senos; masajeando con cierta brusquedad, apretando y tirando de la piel sensible de tanto en tanto. Jadeabas y te retorcías bajo sus manos grandes, que se sentían tan tersas sobre tu carne; en contraste con la rudeza de su trato. Un repentino azote a uno de tus pechos te provocó un respingo. Las cuerdas se tensaron sobre tu cuerpo, provocándote un ligero ardor por la fricción. —No he dicho que puedas moverte todavía —rugió Nanami. No lo veías, pero podías percibir frente a ti el calor que emanaba su cuerpo enorme; lo que te provocó otra deliciosa punzada entre tus piernas—, y eso incluye retorcerte cuando te toco. Tampoco puedes hablar, solo te permito jadear y gemir mi nombre, ¿entendido? —Sí, Señor —suspiraste. Una de sus manos se deslizó por tu torso, delineando la unión de la cuerda con tu piel, provocándote un escalofrío en la espina dorsal. Empleaste todas tus fuerzas en no removerte bajo su toque; los dígitos tirando de tus pezones con más fuerza, dejándolos cada vez más sensibles al compás de la ola de calor que iba creciendo en tu interior. Era increíble cómo con tan poco, Nanami te llevaba al cielo. Era una pena no poder ver las expresiones que hacía. Pero pudiste escuchar un jadeo suyo cuando su mano que desfilaba sobre los nudos en tu torso descendió a tu sexo, y uno de sus dígitos te penetró sin previo aviso, te fue inevitable retorcerte ante la intromisión imprevista. —Eres un desastre, ¿sabías? —gimió, dirigió otro dedo a tu clítoris y comenzó a trazar círculos, agregándole más placer a tu cuerpo, en contraste a los constantes tirones de dolor en tus pezones— Apenas te he tocado y ya estás empapada. ¿Es que acaso estás esperando mi polla? ¿Es eso? —asentiste como podías, presa de las crecientes sensaciones que te asaltaban poco a poco— Esto te está gustando, ¿no es así? —volviste a asentir. ¿Cuánto llevabas? ¿Cinco minutos, tal vez menos? Y ya sentías que empezabas a perder la cabeza. Luchaste por no cabalgar la mano que estimulaba tu clítoris, un ritmo lento al compás de la otra mano que acunaba uno de tus senos; y apretaba con fuerza, probablemente dejaría marcas mañana, aunque esa no era una preocupación recurrente. Pese al ardor molesto de las cuerdas sobre tu cuerpo y la presión de la mano que amasaba con vehemencia tus pechos, suplicaste en silencio a los dioses que Nanami no se detuviera. Pero Nanami paró de pronto. Apartó su toque de tu sexo, la sensación de vacío fue más frustrante que la privación de la vista. —No, no vas a correrte —gruñó, separándose completamente de tus senos ya sensibles—, hoy no te lo mereces. Sentiste su mano acariciar tu cabello hacia atrás y entendiste lo que venía cuando escuchaste la cremallera abrirse y la ropa removerse. Su punta rozó tus labios, y abriste la boca gustosa de recibirle. Tu respiración se detuvo por un momento cuando sentiste el miembro introducirse entre tus labios; Kento gimió tu nombre mientras mantenía la mano sobre tu nuca, sosteniendo tu cabeza en el mismo lugar y obligándote a tomar al menos la mitad de su erección. Podías percibir sus caderas moviéndose, empujando más del falo hacia tu boca. No te molestó el sabor salado del líquido pre seminal, o el ritmo pausado de las embestidas; solo te lamentabas no poder ver nada. Ese era un digno castigo, porque algo que se sumaba a la larga lista de cosas que admirabas de Nanami Kento eran sus ojos encendidos al verte tomarlo. —Si pudieras mirarte, —jadeó mientras movías tu cabeza hacia adelante, intentando engullir un poco más del falo, su voz te pareció más ronca por la excitación—, pareces hambrienta de mi polla. ¿La deseabas? ¿Te gusta tenerla en tu boca, tomarla hasta que me corra en ella? —asentiste a cada pregunta como podías; la soga se sacudía ligeramente sobre tu piel con cada embestida a tu garganta, intensificando el ardor en cada nudo. Empezabas a sentir las piernas adormecidas. También sentiste un tirón sobre tu cuello, producto del collar que llevabas. Jadeaste sobre la erección palpitante que con cada embestida tomaba un poco más de tu garganta; y podías jurar que el cuerpo de Nanami vibró entre tus labios. Intentabas en automático liberar tus brazos, luchar por rodear con tus manos lo que no cabía en ti de su miembro y masturbarlo, como habías hecho tantas veces antes. La fricción de la cuerda parecía quemarte con cada intento infructuoso de movimiento; él sabía cómo dejarte realmente inmovilizada. Y aquella idea te hizo burbujear de placer. Tu sexo palpitó en el vacío mismo, empezabas a necesitar más de Kento, más contacto, más atención; y como si te hubiese leído la mente, se apartó de tu boca solo para halar del collar en tu cuello, obligándote a ponerte de pie en un movimiento. Tus piernas temblaron sobre tus pasos cuando te rodeó con su brazo la cintura anudada, ayudándote en tu camino a ciegas hacia la cama. La mandíbula te hormigueaba de un ligero dolor, comparable apenas a la molestia permanente en tus senos. Nanami te besó sin darte más tiempo a pensar, su lengua se introdujo entre tus fauces, tomando el control como siempre; y te dejaste hacer, porque ese era tu rol. Porque te gustaba. Y porque Kento Nanami te dominaba. Confiabas a ciegas en él; literalmente. Nunca te había lastimado más allá de las sesiones de castigo. La lluvia torrencial de fondo te pareció un complemento sensual al beso voraz, que se detuvo tan abrupto como comenzó. Kento mordió tu labio inferior llevándose otro gemido tuyo. —No te mereces que te bese, te has portado mal —murmuró sobre tu boca—. Pero no puedo evitarlo. Esa última frase te provocó mariposas en el estómago. Sus manos te colocaron sobre la cama en la posición que él quería: el torso apoyado sobre las sábanas suaves, el trasero levantado y las rodillas como tu principal soporte, con las piernas abiertas. Completamente expuesta, con tus brazos atados luciéndose en tu espalda, y un atisbo de calambre picando en tus hombros y manos también. Algo en aquella creciente incomodidad y en la molestia en tus pechos te tenía completamente empapada; algo en los dedos de Nanami, que comenzaban a acariciar tus muslos abiertos, te hacían palpitar sobre la nada. Algo en aquellas ataduras y el hormigueo en tu mandíbula y tus piernas, te nublaba la mente por completo. Quizás nunca entenderías por qué dejarte dominar te mojaba tanto; o quizás era más bien el efecto de Nanami en tu cuerpo. Sí, no verle mientras te follaba era el peor castigo que te había dado. —No has olvidado que esto es una sesión de castigo, ¿verdad? —habló, y aquella mano traviesa sobre tu muslo se deslizó hacia tu sexo, acariciando el comienzo de tu entrada con una suavidad que te quitó el aliento. —No, Señor —respondías con la voz temblando. Un azote en el trasero te hizo removerte, los nudos te quemaron de nuevo, la excitación te arrancaba un poco de tu razón. —¿He dicho que puedas hablar? Puedes responderme asintiendo o negando con la cabeza —la mano que te había azotado acarició tu glúteo, dejando un segundo azote a su paso, mucho más suave que el anterior—. ¿Esto te gusta? ¿Te hace sentir bien que te castigue? Necesitas una lección, ¿verdad? —asentiste a cada pregunta intentando concentrarte en el toque de sus manos, que continuaron golpeando tu trasero y masturbándote. Cada nalgada te arrancó un gemido tras otro. Te retorciste cuando dos de sus dígitos te penetraron sin previo aviso, y una descarga de placer te recorrió el cuerpo cuando comenzó a simular estocadas en tu interior; al compás de los constantes azotes en tu carne, cada uno se tornaba más fuerte que el anterior. Tus lloriqueos y gemidos se hicieron más fuertes a medida que Nanami aumentaba el ritmo de sus dedos, abriéndose paso en tu interior. Te fue inevitable removerte sobre las cuerdas, pugnando por una posición más cómoda, pese a que lo tenías prohibido. Tenías los brazos acalambrados y la piel ardía; y el ver todo negro era un plus a aquella pequeña tortura. Y a pesar de todo, la descargas de placer que te atravesaban cada nervio eran mayores. Nanami se apartó de ti bruscamente, te quejaste cuando el aire vacío reemplazó el toque de su mano entre tus piernas; y gemiste nuevamente cuando, esta vez, sentiste toda su erección penetrarte lentamente. Una ráfaga de calor y placer te sacudió, y por inercia moviste tus caderas sobre el miembro, deseando intensificar un poco su placer. Joder, habrías dado todo por ver la expresión que llevaba ahora. Conocías sus gestos de memoria, podías siquiera imaginar sus ojos fijos en tus nalgas probablemente enrojecidas, o sus mejillas angulosas teñidas de rojo; pero no era lo mismo que verle. Te arrancó el aliento de una primer estocada, sentiste otro tirón en tu cuello producto del collar que habías olvidado que llevabas todavía; y una mano te sostuvo de la cintura con fuerza. Gemiste con cada embestida, con el sonido húmedo de sus pieles chocando y la bola de placer que se arremolinaba en tu vientre bajo a cada segundo. Estabas cerca ya. Con la mano que halaba de la cadena te tomó del cabello, obligándote a echar la cabeza hacia atrás y dejándote con el mentón apoyado sobre el colchón. La otra se apartó de tu cintura para comenzar otra ráfaga de azotes a tu trasero; que te dejaban un pinchazo de dolor cada vez más intenso. Tus sentidos se hicieron humo, dejaste de escuchar o sentir, habías olvidado la textura de la sábana o la incomodidad palpitante en tus pechos sensibles. Todo en lo que podías pensar era en Nanami Kento tocándote, golpeando tus nalgas, halándote del cabello con una fuerza que no hacía más que intensificar tu placer creciente. Solo te hacía falta una cosa. Pero tus manos no alcanzaban a tu clítoris en esa posición. —Señor, por favor... estoy cerca... —lloriqueaste entre jadeos. Nanami te respondió con una nalgada particularmente fuerte y entendiste el mensaje. No podías hablar. No podías pedir. Y no te lo iba a dar. Sentiste su cuerpo convulsionar sobre el tuyo y un gemido ronco brotó de él, su mano se clavó en tu carne y la otra vibró violentamente entre tu cabello. Retiró su miembro de tu interior y jadeaste de frustración cuando sentiste el líquido tibio derramarse en tu espalda, junto a los jadeos irregulares de Kento. No habías terminado. Pero tal parecía que él sí. Se tomó unos segundos para aflojar su agarre sobre ti y acariciar la piel adolorida de tu cintura, donde hace un momento se aferraban fuertemente sus dedos. Lo sentiste acariciar las cuerdas también, al igual que tu cabello desordenado. Mierda, te sentiste totalmente insatisfecha. Protestaste en silencio removiéndote frente a tu Amo, suplicando por un poco más de atención, por una pizca más de placer; por un orgasmo. Aunque Nanami no te lo concedió. Después de todo, era una sesión de castigo, ¿no?

El agua tibia intensificó el ardor latente en tu piel, llevabas algunas marcas de cuerda, y unos cuantos surcos morados y pequeños salpicaban tus senos y tu cintura. Nanami lavó tu cuerpo con total delicadeza, contrastando con la fuerza de cada toque suyo durante la sesión. Te masturbó un par de minutos al comienzo de la ducha, permitiéndote vibrar sobre sus manos y tener tu ansiado orgasmo; luego te besó sin importarle el champú que escurría por tu cabeza o el agua entre ambos. Esa era la esencia de Nanami. Esa dualidad extraña que, de alguna manera, te volvía completamente loca. Habías aprendido mucho de él en unos cuantos meses. La agilidad de sus manos a la hora de hacer cualquier trabajo manual, la delicadeza con la que podía tocar o moverse, la fuerza bruta de sus músculos cuando se necesitaban. También habías aprendido que fuera del mundo del Amo, Kento Nanami era un ávido lector. También que odiaba su trabajo como inversionista, que lo mantenía en una oficina unas cuantas horas al día. Que el jambon-beurre era su bocadillo favorito, y la mejor excusa para verte en la panadería. Habías aprendido mucho. Te preguntaste qué habría aprendido él de ti. Sabía que le habías cogido el gusto al mundo BDSM. Que te cambiaban de horario en la panadería cada cierto tiempo. Que no aspirabas a estudiar algo porque te gustaba tu comodidad actual. Que el jabón de uva era tu favorito, razón por la que ahora deslizaba la barra de jabón sobre tu cuerpo marcado y adolorido, con un increíble cuidado de no intensificar el ardor. Sabía que te gustaban sus azotes tanto como sus caricias. Que amabas los besos. Ambos sabían mucho del otro. Era inevitable después de varios meses de haber tenido sexo no convencional, ¿o no? ¿Y por qué entonces, la idea de conocer tanto de él hizo que tu corazón diera un vuelco? —La próxima vez avisa sobre tu horario —habló, la misma voz ronca enhebrada a esa expresión cansada, sus párpados caídos y sus ojos brillantes puestos en ti—. Cuando no respondes ni siquiera mis mensajes pienso lo peor. Al menos avísame si estás trabajando. Asentiste y dejaste que terminara de enjuagarte el cabello. Le devolviste cada gesto en la ducha. Lavaste su espalda ancha, aprovechaste para deleitarte con la suavidad de cada músculo firme bajo tu toque y la piel blanca perlada del agua de la ducha; y podías jurar que Nanami se tensó con tus caricias. Te preguntabas si realmente le gustaba ser tocado de esa forma no sexual, o si solo hacía una excepción contigo. Te aferraste a su cuerpo como podías, ignorando las punzadas de ardor en tus pechos y torso, y el hecho de que Kento te sacaba poco más de una cabeza de altura. Él te correspondió el abrazo; y te perdiste en sus labios sabor a jabón. Esta vez no había control ni roles, solo su boca moviéndose con dulzura sobre la tuya, y sus manos empezando a recorrer tu cintura. —Señor —murmuraste sobre su boca—, nunca hemos tenido una sesión en la ducha. —El agua no es la mejor compañera del sexo —respondió y te mordió el labio inferior—. Pero si quieres intentarlo, bien. —Sí quiero, Señor. Nanami brilló al escucharte, y tu alma hirvió de orgullo al sentir cómo su cuerpo se presionó contra el tuyo. De pronto hacía calor nuevamente, y los besos dejaron de ser suficientes. Quizás podían tener una segunda ronda de sesiones de disciplina.

***

BDSM: Bondage y Disciplina, Dominación y Sumisión, Sadismo y Masoquismo. engloba esas seis prácticas, pero no necesariamente se debe practicar todo ello en el bdsm. la base del mundo bdsm es el CONSENTIMIENTO MUTUO.

shibari: técnica japonesa de bondage, orientada más a lo visual (y artístico) que a lo erótico. se caracteriza por ataduras y nudos en diversas formas geométricas y "ordenadas". contrario al bondage occidental, que se centra más en la sola inmovilización del individuo.

ushiro: una de las ténicas del shibari. consiste en atar la parte superior del torso e inmovilizar los brazos detrás de la espalda en forma de X o U.

contrato: en muchos casos dentro del mundo bdsm se emplea un llamado "contrato de sumisión".; el cual engloba principios básicos escogidos entre el amo y el sumiso tales como cuál será la palabra de seguridad, qué prácticas están permitidas y cuáles no, qué deberes debe tener el sumiso, etc. no es necesario si los individuos no lo desean, pero algunos sí deciden usarlo como un salvaguardas legal (y es un elemento muy recurrente en historias bdsm).

2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección