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—Deja esa mierda de una vez, acabará matándote —mustió arrancándote el cigarrillo de los labios. Sonreíste al verle con las cejas fruncidas y el semblante serio. Odiaba el cigarrillo, y tú amabas verle preocupado por ti, a su manera. —De algo moriremos. Prefiero que me mate la nicotina a que me mate una persona —reíste ante tu razonamiento absurdo y te recargaste contra la pared. El menor de los Fushiguro gruñó. —De algo vas a vivir, y no será de gastar tu sueldo mínimo en tu propia guillotina con sabor a tabaco —escupió con un odio notable en su voz. —¿Acabas de volver del extranjero y lo primero que haces es reprenderme? Eso me duele mucho, Megumi —tu broma le arrancó otro gruñido y simplemente acabó la conversación. En cualquier otra situación hubieses encendido otro cigarro y te habría importado poco la opinión ajena. Pero cuando se trataba de Megumi Fushiguro el panorama cambiaba. Sabías que detestaba el olor a humo, porque se le impregnaba en el cabello y en la ropa. Sabías que odiaba que gastases tanto en cada paquete, porque el precio había aumentado -según él-. Pero sobretodo, sabías que odiaba que hicieras cualquier cosa que atentara contra tu salud. Era de esperarse, él era hijo de una Fushiguro. Exasperados por naturaleza. No elegías qué aspecto de él te gustaba más. —¿Vas a pelear mañana en la noche? Dio un trago a la lata de cerveza y te la extendió; el alcohol estaba permitido, siempre y cuando fuera en envases reducidos y ambos lo compartieran. Eso y los snacks, eran indispensables en algunas noches de sentarse en el parque a media madrugada, y contemplar las estrellas; un ritual semanal entre ustedes dos. Desde que tenías uso de razón, sabías que Megumi era un chico nocturno; se perdía entre el cielo estrellado, un par de tragos amargos y largas conversaciones que los mantenían a ambos despiertos. No podías dilucidar lo que él pensaba al respecto, salvo el hecho de que disfrutaba aquellas ocasiones. Para ti, eran tu momento favorito de la semana. —Por supuesto, esta pelea es importante y hay mucho dinero en juego. Si pierdo, Itadori y el entrenador Gojo van a matarme —respondió sentado a tu izquierda en el bordillo. Perfilaste con la mirada el contorno de sus facciones; lo que más te gustaba de su rostro era la nariz, pequeña y respingada. La genética Zenin también estaba ahí. —¿Y no sería más sencillo simplemente desaparecer y ya? En lugar de ir a que te fracturen los huesos; que, diría yo, es peor que el cigarro. Megumi gruñó de nuevo, sus labios finos se fruncieron un poco; y por un mísero segundo te los imaginaste sobre los tuyos. —No digas estupideces, no puedo irme —desvió la mirada—. Itadori no sabe pelear, y ya estoy metido hasta la médula en esto. Notaste el semblante decaído en su rostro fino, los ojos ensombrecidos y la forma en que su espalda se curvaba un poco hacia adelante; un tic que tenía cuando se sentía triste o abrumado. Llevaba años inmiscuido en el negocio de las peleas clandestinas. Sabías que Gojo Satoru era su patrocinador y entrenador personal, y que tenía algunos compañeros más; como también sabías que Megumi llevaba tiempo queriendo buscar una salida de ese mundillo. Pero sucede que, cuando alguien se mete a la boca del lobo hasta las trancas, las fauces se cierran y ya no se puede escapar. Su mayor intento de escape había sido ese viaje de seis meses al extranjero, gracias a los negocios de la familia Zenin y, un poco, a la insistencia de Megumi por inmiscuirse en los asuntos familiares. Te había contado que luchó por meses para convencerlos de que su lealtad estaba con los Zenin y no con los Fushiguro, su familia materna con la que ni siquiera tenía contacto. Los negocios fuera de Japón habían terminado, y Megumi estaba aquí de vuelta desde esa misma tarde. De vuelta a pelear. De vuelta a ser objeto de apuestas. De vuelta a sus demonios de raíz. De vuelta a ti. Tal vez era lo único positivo de la situación, que podías estar de nuevo a su lado. —¿Vendrás a verme? —inquirió mirándote nuevamente, haciéndote recordar el brillo en sus ojos oscuros, que combinaban con el negro profundo de su cabello ahora despeinado. Había un deje de esperanza en su mirada; eras consciente de que esperaba que estuvieras ahí, como su mejor amiga de toda la vida, y como la única que iba a verle por voluntad propia y no por apuestas u obligación. Le esbozaste una sonrisa y tu pecho se hinchó de algo similar a la alegría. —No me lo perdería por nada.♡
El club estaba repleto de personas, pediste una cerveza y te colocaste junto a Itadori y Gojo. Sabías que a Megumi le habría dado un infarto si te veía directamente junto a ellos, pero también sabías que ver al público que lo vitoreaba, era lo último que hacía. Por lo general ni siquiera confirmaba que estuvieras ahí, probablemente confiaba en tu palabra y eso era todo. La pelea dio comienzo más rápido de lo que esperabas; no conocías al oponente, de cabello rubio y un traje de cuerpo completo que parecía hecho de plumas o papel. Megumi salió casi al mismo tiempo que él, con el conjunto de color azul oscuro y los puños listos para pelear. Cada golpe que daba hacía que sus músculos se acentuaran un poco más sobre la tela, que se adhería a su cuerpo con cada perla de sudor; te fijaste en los puñetazos enemigos que solo caían en el aire, y también en el contorno fino de la cintura de tu amigo, y cómo se ensanchaban los hombros de una forma... que te hacía cosquillear el estómago. Ese hombre te volvía loca. Y no tenías forma de negarlo. Era una dualidad que detestabas; una amiga, una hermana para él, que miraba entre sus músculos más de la cuenta y soñaba con despertar a su lado. Sabías que tus posibilidades eran remotas si no es que nulas; pero no tenías forma de acallar a los sentimientos. En todo caso, te era suficiente que Megumi te viera como su amiga. Estabas bien; y lo más importante, él estaba bien con eso. —¡¿Qué tal si hacemos una apuesta?! —canturreó Gojo a tu lado y te codeó el vientre, arrancándote de tu creciente fantasía. —No traigo dinero —respondiste sin desviar la mirada del cuerpo de Fushiguro. Recibió un impacto en el rostro que ni siquiera le hizo titubear, y a ti se detenía el alma a cada puñetazo que recibía, por mas suave que fuese. —No, no, no. No quiero dinero —se burló Satoru en un murmullo, casi en tu oído—. Si Megumi-chan gana, debes besarlo. Y si pierde, deben ver conmigo un maratón de seis horas, de películas suizas aburridamente largas. Miraste a Gojo, al azul en sus ojos y el brillo de diversión que los invadía, a la par de la risilla que dejaba escapar. Satoru no era malo, pero negociar con él era meterse en un terreno peligroso. A veces ganabas las apuestas y él te pagaba. Cuando perdías, debías cumplir un reto que, generalmente, terminaba con Megumi y tú heridos o humillados; o hundidos en una tarea demasiado asfixiante. —Lo siento, besar a otros contra su voluntad no va con mis principios. No acepto. Volviste a ver al ring, al cuerpo todavía intacto de Megumi y un hilillo de sangre que brotaba de su frente. El oponente le había dado un golpe que le rompió algo de piel en la frente. Los puñetazos en la cabeza eran los peores. —¿Y cómo sabes que sería contra la voluntad de Megumi-chan? —murmuró Gojo sobre tu oreja— ¿Cómo sabes que él no quiere que le des un beso? Después de todo, es un chico muy tímido y nunc- —Silencio, me lo estoy perdiendo. Gojo se calló y te concentraste en la pelea. Habrías mentido si dijeras que esa última pregunta no te removió un poco las entrañas; porque besar a Megumi Fushiguro era parte de esa lista de sueños platónicos que tenías apuntada en la mente, y que te guardabas con celosía para ti. La extinción de la familia Zenin estaba apuntada también. Pero siempre tuviste en claro tu lugar: Megumi te había escogido como amiga, confiaba en ti como una amiga, al igual que con Itadori. Sabías que eras su igual y no su amor, y estabas bien con eso. Siempre lo habías estado, ¿no? Alguna vez habías planeado contarle la verdad de tus sentimientos, pero no te habías atrevido a arruinar la hermosa amistad que habían construido. Y cuando Megumi llegó una madrugada magullado a tu casa buscando a quién recurrir, y se hundió en tus brazos sollozando mientras lavabas sus heridas producto de una disputa familiar, decidiste que no podías echar a perder lo mejor que ambos tenían. Una sola vez se habían besado, ambos eran adolescentes de dieciséis años; él estaba ebrio producto de la celebración por una pelea victoriosa, y tú te sentías necesitada de afecto esa noche gracias a una de las peores rupturas amorosas de tu vida. Te embriagaste también, lo besaste en la pista de baile y luego huiste como una cobarde; temiendo que la amistad pudiera trastabillar. Él jamás mencionó el tema y tú tampoco, al otro día actuaron con total normalidad, y decidiste atribuir ese beso al alcohol. Fushiguro no era un ebrio ni por asomo, pero a veces unos pocos tragos de más le afectaban completamente. Ese día te juraste nunca más volver a acercarte a él de esa forma. Solo en el caso de que él mismo se confesara a ti, es que podrías considerarlo. Pero dudabas de que eso sucediera.♡
Al final Megumi ganó la pelea, tal y como habías esperado. Gojo te insistió en secreto para que lo besaras y te negaste rotundamente, rememorando el episodio del beso cuando eran adolescentes. Fushiguro se había ido a cambiar de ropa, Yuji y Gojo esperaban en la barra junto a ti, ambos con un trago en mano. Tú con tu cajetilla de cigarros, aprovechaste la ausencia de tu amigo y encendiste uno, cada calada te aflojó los nervios; sabías lo dañinos que eran pero a veces sentías que no podías parar. Cuando Megumi regresó lo primero que hizo fue arrebatarte el cigarro, Satoru se burló recordándole que ya eras una adulta de veinticinco, al igual que él; y que tenías derecho a elegir tus propias guillotinas. Tú solo reías luchando por no encender otro más. La madrugada avanzó entre risas y conversaciones banales; y cuando te percataste de la hora que era, la mayoría ya habían concluido sus celebraciones. Te despediste de Itadori y de Gojo, él no perdió tiempo en recordarte la apuesta entre risas y susurros, y algo en tu interior se removió nerviosamente. ¿Cómo sabes que no quiere besarte? Él nunca había dado señales de sentir algún mínimo deseo hacia ti. Era irónico tu tren de pensamientos; porque era Megumi quien te acompañaba a casa. Caminando a tu lado, bebiendo cerveza de una lata que no tenías idea de dónde la había conseguido; con las cejas fruncidas y la espalda recta, su postura te pareció más relajada. No sabías si eran los efectos de una pelea ganada —y un buen pago— o de la cerveza. Solo sabías que algo similar a una sonrisa asomaba entre sus facciones; y sentiste mariposas en el estómago. Megumi no sonreía casi nunca. Tu teléfono sonó arrancándote de tu ensoñación y el silencio confortante entre ambos; colgaste al ver el nombre en la pantalla, no tenías ánimos de escuchar sus excusas baratas. —¿Es Sukuna? —preguntó Fushiguro, y asentiste— No te atrevas a contestarle. No vale una sola palabra tuya. —No pienso hacerlo, no quiero volver a verle ni saber de él. Sukuna había sido la peor y la más larga de tus relaciones. Te habías acostumbrado a sus constantes infidelidades, a sus comentarios agresivos sobre cada atributo tuyo, a sus manipulaciones; y esa forma tan extraña de pedirte disculpas, recordándote que el verdadero error en la relación eras tú. Sorpresa. En algún punto recobraste una parte de tu cordura y caíste en la cuenta de que no era así. No merecías sus malos tratos ni sus engaños, ni la vida rodeada de alcohol y violencia a la que quería arrastrarte. No es que tu vida hubiese sido un cuento de hadas; pero con las duras y realistas palabras de Megumi, y la versión marchita de ti que te devolvía el espejo las últimas mañanas de esa relación, habías aprendido que esa no era la vida que querías. No obstante, Sukuna tenía la mala costumbre de dejar esquirlas de su paso en las vidas que arruinaba. De ahí tu maldita adicción al tabaco y tu manía de nunca decir lo que realmente sentías. Tomaste un cigarro e intentaste encenderlo, tus manos temblaban un poco. Maldecías el efecto que Ryomen Sukuna, un adicto a las armas y la adrenalina, tenía en ti incluso con recordar su nombre. Fushiguro te arrebató el cigarrillo por tercera vez en la noche, solo para arrojarlo al suelo y pisarlo. —No vale la pena que arruines tus pulmones por ese idiota —escupió con odio, y te extendió su cerveza—. Esto no será tan malo, a lo mejor ayuda. Ya habías llegado a tu pequeño y destartalado apartamento, bebiste un buen trago de la lata antes de entrar en tu pequeño hogar; gris, sombrío y con las ventanas tapiadas de madera gracias a la carencia de vidrios. Pero era tu santuario, tu único refugio del mundo, y lo único que podías pagar con el sueldo de una mesera en una cafetería barata. Te gustaba, porque era simple. Solo le hacía falta algo de pintura. Megumi entró contigo dejando los zapatos en la entrada, arrojó el suéter azul al piso y revisó tu destartalada nevera, encontrando la botella de shochu de la que sirvió para ambos un poco. Tú continuaste con la cerveza; podías sentir ya el ligero mareo y la lengua algo pesada. Tampoco tenías mucha resistencia al alcohol. —Tenías razón en que esto es mejor que el cigarrillo —hablaste bebiendo lo último que quedaba—. Lo siento, me la acabé. Pero te dejo mi botella de shochu para ti. Continuó bebiendo del pico como si no hubieses dicho nada. La lengua picaba un poco; y de pronto había palabras que querías pronunciar. Intentaste ordenar tus ideas, aún no estabas del todo ebria y eras cien por cien consciente; pero te adentrabas en esa etapa de la borrachera donde las estupideces tenían un mejor color. ¿Cómo sabes que no quiere besarte? No lo sabías, pero era fácil suponer algunas cosas. —Megumi... —hablaste con la lengua atropellando un poco tu pronunciación—, lo que voy a decir es arriesgado y probablemente me arrepienta mañana pero, ¿quieres besarme? Ahí estaba. Toda una vida de amistad echada por la borda en una sola frase. Siempre el alcohol te ganaba. Una vez habías besado a Megumi Fushiguro. En otra, te habías follado a Sukuna en algún baño del cual apenas recordabas algo. Y así podrías recordar toda la noche, y enumerar cada estupidez hecha bajo los efectos de una mísera lata de cerveza. Las mejillas de Fushiguro se tornaron rojizas; desvió su mirada y tú te sentiste en automático como una idiota. El aire se hizo pesado y el arrepentimiento halaba de las esquinas de tu corazón; tirándote a la realidad. —Lo siento —soltaste tan pronto como te diste cuenta de la estupidez que habías dicho—. Lo lamento, lo siento mucho, yo... no estoy pensando con claridad. Gojo quiso apostar conmigo hoy a que si ganabas debía besarte, ¡pero te juro que no acepté! —¿Gojo? ¿Ese idiota quiso apostar contigo? —suspiró, y supiste que al menos tenías una pequeña excusa para justificar tu imprudencia— Es bueno que no hayas aceptado, las apuestas con Gojo nunca terminan bien. Probablemente te habría pedido que nos besemos frente a todos ahí en el club, o alguna estupidez de esa clase. Reíste ante la idea, porque era algo propio de Satoru Gojo. —Me alegra no haber aceptado. —¿Entonces te alegra no haberme besado? Te pareció que Megumi bromeaba, pero descartaste esta idea. Aunque la intensidad de su mirada volvió a ti; atravesándote, haciéndote sentir extrañamente pequeña. Él estaba serio, la botella en sus manos y la espalda apoyada en el muro; estabas a medio metro sentada en el suelo frente a él, podías tocar sus rodillas con tus pies si estirabas las piernas. El alcohol te estaba volviendo estúpida, porque te pareció que relamía sus labios mientras te observaba. —No es eso, no es que me alegre no haberte besado —cada palabra te pesaba, en la lengua y en el corazón—. Pero nunca confiaría en Gojo, ni para que me diera la hora. —Pero... ¿quieres besarme? Su pregunta permaneció en el aire, arrancándote el oxígeno y la capacidad de responder rápido. Delineaste su figura difuminada un poco por la luz tenue; la camiseta negra se adhería de forma casi perfecta a sus músculos, algunas magulladuras adornaban sus brazos blancos, tan blancos y tersos como su rostro. Los imaginaste envolviéndose en tus hombros, protegiéndote de monstruos invisibles. La cerveza te hacía daño. No volverías a beber sin comer algo sólido antes. Por ahora, dejaste que poco a poco tu cordura se hiciera espuma. —Sí, quiero besarte, Megumi Fushiguro. —Entonces hazlo de una vez. Te abalanzaste sobre sus labios sin pensarlo dos veces, colocaste tus rodillas a cada lado de sus piernas sentándote en su regazo. El calor de su boca cerniéndose a la tuya te hizo vibrar; sus brazos rodearon tu cintura con una parsimonia que te provocó caricias en el vientre y tú te aferraste a sus hombros como podías, perdiéndote en el calor de sus labios. Ryomen nunca te había tratado con esa dulzura. En realidad, nunca te había amado, y tú a él tampoco. Cuando te separaste buscando oxígeno sus brazos no se desprendieron de tu cuerpo; mantuvo su boca a milímetro de la tuya y no luchaste contra ello, no tenías el coraje suficiente para verle completamente a la cara. —Esto no... no deberíamos —intentaste hablar pero las palabras pesaban demasiado—, estoy ebria e idiota. —Yo igual —murmuró Megumi sobre tus labios—, y me duele todo. —Mañana vamos a arrepentirnos de esto. —Será problema de nuestros yo de mañana. Y volvió a besarte. Te dejaste envolver por el frenesí de sensaciones te agolpaban el pecho; las mariposas en tu estómago solo eran opacadas por las manos de Megumi, que se deslizaron lentamente sobre el contorno de tu cintura. Su lengua se abrió paso en tu boca y le dejaste; porque no podías ni querías resistirte; porque su sabor era dulce, mentolado. Porque podrías volverte adicta a ese vaho de menta que emanaba de él, y a los nervios que se crispaban en tu piel. El beso de hace años no se comparaba a esto. Sus labios descendieron a tu cuello y te aferraste con más fuerza a sus hombros firmes, chupaba y mordía la piel sensible, probablemente dejando marcas; y esa idea envió una punzada a tu vientre bajo. Eras su amiga, te recordaste; esa siempre había sido tu posición en su vida. Pero los amigos no se besan ni se aferran a la piel del otro, ¿verdad? Todavía eras consciente, mañana ibas a recordarlo todo. Pero esa parte de ti que solía regular, en lo posible, la toma de malas decisiones; parecía haberse dormido completamente. Megumi jadeó sobre la piel de tu cuello, sentiste el bulto creciente entre tus piernas y te perdiste en otro mar de sensaciones a las que no sabías nombrar; no recordabas haber sido besada así antes, ni siquiera por tus ex novios. Y aquí estaba el menor de los Fushiguro, succionando tu piel y aferrándose a tu cuerpo, al igual que envolvías tus brazos en el suyo. —Fóllame —pediste sin siquiera ser del todo consciente en aquel momento. Sus brazos se afirmaron sobre tu cintura, sus besos se detuvieron por un momento, solo para regresar a tu boca y perderse contra ella un rato más. Ambas manos reptaron a tu falda de la forma más sensual que alguna vez habías sentido, levantaron la tela y masajearon tu trasero con algo de fuerza; te removiste sobre su erección en respuesta y Megumi jadeó en tu boca. Decenas de veces habías visualizado algunas escenas similares, solo para recordarte que se limitaban a eso, a tu imaginación. La realidad ahora se sentía infinitamente mejor que cualquier sueño evocado. Te tomaste el tiempo de acariciar su torso, sentir cada músculo firme bajo la tela de la camiseta antes de disponerte a quitársela. No hacía frío, y la piel de Fushiguro se sintió caliente cuando tocaste su abdomen desnudo, firme, curtido de cicatrices viejas y algunos moretones. Incluso con cada herida, era el hombre más perfecto que podrías desear. —Podemos parar si quieres —murmuraste contra su boca, intentando aferrarte al último pedazo de cordura que te quedaba—. Si el cuerpo te duele podemos... hacer otra cosa. Negó con la cabeza y te mordió el labio inferior, ese gesto te pareció increíblemente sexy. —No quiero hacer otra cosa —respondió—, pero si tú no quieres hacerlo dímelo, y paramos. —Yo tampoco quiero detenerme. Sonreíste cuando una de sus manos se deslizó bajo tu falda hacia tu sexo en respuesta, las bragas de encaje eran la única barrera entre tu piel y sus dedos; que empezaron a estimular tu clítoris, enviando otra de tantas pulsaciones de placer a tu vientre bajo. Su otra mano ascendió de tu trasero a tus pechos y acunó uno de ellos brindándole atención sobre la tela de tu blusa; que pronto se sintió como un estorbo más. El aire te hizo falta cuando sus labios se hundieron en los tuyos de nuevo, la ola de sensaciones vibrantes en cada músculo entorpecieron tus caricias. Todavía permanecías tocando su cuerpo tonificado; los brazos duros y los hombros anchos, dignos de un luchador clandestino. No recordabas la última vez que tu pareja sexual te había dejado tocarle de esa forma. Sukuna nunca te permitía tocarlo más allá de masturbarle; él era siempre quien besaba y mordía tu cuerpo con una brutalidad que te dejaba dolorida al otro día. Y ahora el menor de los Fushiguro besaba y succionaba tu cuello, el comienzo de tu hombro y ascendía a tu boca una y otra vez; como quien busca aferrarse a lo que queda de la vida. Te estabas hundiendo en la boca del lobo también. Y la peor parte era lo mucho que lo disfrutabas. Hizo tus bragas a un lado y sus dedos tocaron de lleno tu clítoris sensible, gemiste entre sus labios y un gruñido suyo fue su respuesta; te removiste sobre su mano, trazando círculos con tus caderas, dejándote llevar por la ola de espasmos que te invadió de pronto. Estabas cerca. Una llamada a tu teléfono interrumpió el momento. Te apartaste y te pusiste de pie para cogerlo de la mesita de noche, con la frustración haciendo que tus manos temblasen. El nombre de Sukuna brilló en la pantalla así que decidiste apagarlo; probablemente esto te traería consecuencias más tarde, pero el alcohol te hizo un poco más valiente esa noche. A la mierda Sukuna y el legado que había dejado en tu cabeza. Fushiguro se puso de pie y fue hacia ti, solo notaste su presencia de pie a tu espalda cuando sus brazos se cerraron en tu cintura y mordió el lóbulo de tu oreja. Podías sentir su erección frotándose en tu trasero, respondiste restregando tus caderas contra las suyas; dejándote envolver por la nueva ola de placer que aquella llamada había cortado. Sus labios reptaron a tu cuello, ambas manos acunaron tus pechos bajo tu blusa y acariciaron con una delicadeza, que no sabías que él podía tener. De un movimiento rápido te quitó la prenda, dejándote solo con tu falda hecha un lío y las bragas húmedas; y sus manos deslizándose entre tus senos y las curvas de tu abdomen agregaron una deliciosa chispa al momento. Nunca te habían tocado con esa vehemencia. Se tomó su tiempo para estimular tu clítoris ya sensible, te removías entre sus brazos aferrados a tu cuerpo; restregándote contra su erección en el proceso. El que todavía vistieras la falda solo tornó el ambiente más sensual. Megumi te llevó contra la pared grisácea, sentiste el frío del concreto en tu mejilla y tus senos, sus manos acariciaron tu trasero con cierta delicadeza. Escuchaste la cremallera abrirse y la tela removiéndose, y de reojo notaste cómo dejaba al descubierto sus piernas tonificadas, el vello negro en contraste con la blancura de su piel; adornada de más cicatrices y marcas moradas, que solo acentuaban su belleza. Incluso estando herido y con el cabello revuelto, seguía viéndose hermoso. Sonreíste notando el cuadrado cromado en sus manos, no tembló a la hora de colocarlo de forma perfecta sobre su erección firme; ni siquiera te habías percatado cuando se quitó la ropa interior también. Curvaste un poco tu espalda brindándole un mejor acceso a tu trasero, la falda hecha un lío en la espalda baja y tus bragas aún puestas te parecieron un toque sensual en aquella situación; ya habías dejado de pensar con claridad. —No, no así —gruñó, te tomó de la cintura y te dio la vuelta, su rostro quedó a centímetros del tuyo—. Quiero verte, déjame verte. Por favor. Ese por favor te removió algo desde dentro. Lo tomaste del cuello y lo besaste; tenías el coraje para estar casi desnuda frente a él, pero no la suficiente voluntad para mirarle completamente a la cara, mientras rompías la primera regla de los mejores amigos. Perderse en sus labios húmedos era mejor que afrontar lo que se venía. Tomó una de tus piernas y la enrolló en su cintura, sentiste su miembro alinearse en tu entrada; y tu cuerpo entero vibró de placer cuando te penetró. Gemiste en su boca y te aferraste a sus hombros anchos; uno de sus brazos sostenía tu muslo, el otro se enrollaba firmemente en tu cintura, como si temiera que cayeras lejos de él. El frío de la pared en contraste con el calor de la piel ajena solo añadía otra capa de satisfacción a aquel escenario extraño. Te apartaste de sus labios buscando algo de oxígeno, Megumi jadeó ante tu ausencia y su mirada se conectó a la tuya. Las lágrimas no tardaron en brotar de tus ojos, no podías darle nombre a la sensación que jalaba de tu alma, ni a las descargas estáticas que corrían por tus venas con cada embestida; tu sexo palpitaba, recibiendo al hombre que amabas de una forma casi perfecta. Sus ojos te observaban con un brillo extraño; el calor en tus extremidades era nuevo, el entorno se desdibujada y las facciones de Megumi se contorsionaban en una expresión que nunca le habías visto, y que te mordió las entrañas de una forma diferente. Gruñía y gemida con cada embestida, un ligero calambre reptó por tu pierna aún de pie y lo ignoraste, dejándote envolver en la amalgama de placer que se enhebraba a las manos de tu mejor amigo; si es que todavía llevaba ese título. El cabello negro completamente despeinado, los músculos blancos tensándose a cada embestida, sus ojos atravesándote los huesos y anidando en tu alma; tus paredes palpitando en deseo de un orgasmo. Solo te hacía falta una cosa. Como si hubiese leído tu mente, Fushiguro quitó su brazo de tu cintura y llevó aquella mano a tu clítoris, trazando círculos perfectos sobre él, agregando un plus a tu placer vibrante. Claro, el hombre que te conocía desde que tenías memoria, ese al que le habías confiado cada secreto anidado de tu corazón, excepto el más importante. ¿Cómo no iba a saber lo que te gustaba? Cerraste los ojos y curvaste tu espalda cuando el orgasmo te golpeó, sentiste unas pocas embestidas más antes de que el cuerpo de tu amigo se sacudiera sobre el tuyo; gimió tu nombre y tú te aferraste completamente a él, sintiendo las piernas como gelatina y el deseo de tocar más de su piel desnuda. Te besó de nuevo, y te perdiste completamente.♡
El despertador de Megumi sonó y él lo apagó con un gruñido, completamente propio de sí. Las sábanas habían caído de la cama sin que recordases en qué momento. Al final, ese pequeño frenesí sexual se había transformado en toda una noche de deseo y calor. Lo habían hecho contra la pared, en la mesa de la cocina, en el sofá y, por último, en tu cama; en donde estaban ambos ahora, recuperando algo de oxígeno perdido entre besos y gemidos. Las palabras no habían aflorado. Cuando se detenían o llegaban al clímax, corrías al baño a asearte para, luego de casi una hora de silencio y ausencia, retomar la perorata de besos y caricias, Aunque si eras honesta contigo misma, más bien corrías a refugiarte de aquella realidad. No sabías cómo mierda afrontar lo que había pasado. Te habías jurado una y otra vez nunca acercarte a Megumi Fushiguro de esa forma; después de todo eras su amiga de toda la vida, y nunca habías sido más que eso. El beso de adolescentes solo había sido un tonto accidente producto del alcohol y dos corazones destrozados. Esto era totalmente diferente. No podías culpar a la cerveza o la botella de shochu, ni a la madrugada o la atracción que podías sentir por él. No había excusas esta vez, y eso era lo que te aterraba. Por eso cuando quisiste volver al baño por cuarta vez y el brazo de Megumi se enrolló en tu cintura, deteniéndote de irte; un escalofrío te recorrió el cuerpo. —Tengo frío —gruñó con la voz somnolienta— y no sé en dónde están las sábanas. Deberíamos... Sabías lo que quería decir. No sabías qué responder. Una parte de ti luchó por apartarse de todas formas de él y refugiarte de nuevo en el baño; desnuda y sudando, quizás te venía bien una ducha. La otra parte se giró hacia él. Tenía los ojos cerrados y los labios húmedos gracias a tus besos, estaba completamente despeinado y la piel desnuda parecía brillar; llamándote a que la toques de nuevo. —¿No vas a decir nada? —murmuró, y te acercó más a él. Querías perderte entre sus abrazos, refugiarte entre sus músculos y desaparecer del mundo. Solo tú, él y esa conexión extraña que habían arrastrado desde pequeños. No podía ser amor, porque Megumi seguramente no te amaba. Pero tampoco era una amistad, porque los amigos no conocen el sabor dulce entre los labios del otro. ¿Verdad? —No hay nada que decir —hablaste con la voz temblando, no luchaste por apartarte pero tampoco respondiste a su abrazo—. Estamos demasiado borrachos y no hemos dormido nada, es eso. —Media botella y una lata no creo que sean suficientes para decir que estamos demasiado borrachos —respondió, y abrió los ojos. Su mirada somnolienta te aguijoneó hasta el alma—. Fue mucho más que eso, y lo sabes. —Los amigos no se besan ni follan —era lo que podías decir—. ¿Qué va a pasar con nuestra amistad desp-? —Los amigos no besan a otros cuando sus novios los abandonan en un bar de mala muerte —gruñó recordándote el episodio de su primer beso, y cómo tu primer novio te había dejado ahí sin que tuvieras cómo volver a casa—, ni duermen con ellos en la misma cama cuando el otro tuvo una disputa violenta con su familia, ni se meten en el mundo de las peleas solo porque uno de ellos está demasiado dañado para salir de ahí. No, los amigos no hacen esas locuras. Esto es diferente desde hace mucho. Te quedaste de piedra. —No sabía que recordabas lo del beso. —Recuerdo todo lo que hemos vivido juntos. No sabías cómo reaccionar. Habían pasado muchas cosas entre ambos: tus rupturas amorosas, tus malas relaciones y la intromisión constante de Sukuna en su amistad; los problemas con la familia Zenin y la muerte de la madre de Megumi, su caída a las peleas clandestinas y el cómo te habías esforzado por sacarle de ese mundo, para al final haberte metido ahí jugando a protegerle como su mejor amiga. Probablemente Gojo hacía mejor trabajo que tú. Cada vivencia entre ambos era un remolino de emociones desbordadas; y como quien caía en la cuenta de que ambos estaban igual de rotos, las lágrimas brotaron de tus ojos nuevamente. Te habías metido en la boca del lobo mucho antes, cuando tú y Megumi se hicieron amigos. No, quizás antes de eso. Quizás ya estabas rota. —¿Y qué va a pasar ahora? No quiero perderte por algo como esto —sollozaste, y caíste en el impulso de aferrarte a su cuerpo. Nunca te habías sentido tan en calma; y a la vez, tan en peligro. —No tiene que pasar nada, siempre fuimos así —murmuró en tu oído, sus brazos cerniéndose en tu cuerpo, dándote algo de calor que te reconfortó un poco—. Ahora follamos, es la única diferencia. —Esto no es un noviazgo. —No necesita serlo —respondió. —Tampoco es una amistad. —Hace mucho que no lo es. —¿Entonces? Te apartaste por un momento de tu pecho y sus labios se hundieron en los tuyos; el calor te envolvió y una nueva descarga eléctrica reptó por tus venas, obligándote a enrollarte sobre su piel completamente desnuda y perderte, sin necesidad de una respuesta pronunciada a una pregunta que, en lo más profundo de tu corazón, empezabas a tener algo de claridad al respecto. Estabas equivocada. Eso sí tenía que ser amor.