Capítulo 1
14 de julio de 2026, 1:27
La pantalla del ordenador parpadeaba como un ojo acusador. Las 3:14 a.m., y Aziraphale llevaba cuarenta y siete minutos mirando la misma frase sin verla realmente: "La redención, en la narrativa de Elizabeth Gaskell, opera no como un evento catártico singular, sino como una acumulación de pequeños actos de gracia que—". ¿Que qué? ¿Que se diluyen en la mediocridad de un estudiante que no está a la altura? ¿Que no importan porque el comité de becas decidirá que su investigación es insuficiente?
Apartó la taza de café frío con un gesto mecánico. El líquido formaba un anillo marrón sobre el posavasos de porcelana que su abuela le había regalado antes de morir: "Para cuando seas un gran profesor, mi niño". Aziraphale tragó saliva. No pensaría en eso ahora. No podía.
El cubículo 47 de la biblioteca universitaria —una de las pocas en el país que permanecía abierta las veinticuatro horas durante el período de exámenes y entregas doctorales— olía a papel viejo, a desinfectante de madera y a la desesperación acumulada de generaciones de estudiantes de posgrado. Las paredes estaban forradas de post-its amarillos con recordatorios: "Revisar Foucault, cap. 3", "Gabriel: reunión jueves 9 a.m.", "NO OLVIDAR COMER". Este último llevaba allí tres semanas y había demostrado ser terriblemente ineficaz.
Las ojeras le pesaban como si alguien le hubiera cosido monedas bajo los párpados. Se frotó los ojos con la base de las palmas y respiró hondo. Dos semanas. Dos semanas para entregar el borrador completo de su tesis doctoral, el que determinaría si su beca de investigación se renovaba o si terminaba de vuelta en el pueblo, trabajando en la librería de segunda mano del señor Tyler y escuchando el silencioso "te lo dije" de todos los que nunca creyeron que un chico tímido y demasiado apegado a los libros pudiera llegar lejos.
Recordó la última tutoría con Gabriel. El profesor había revisado sus avances con una expresión que no era exactamente desprecio —Gabriel era demasiado profesional para eso—, sino con decepción contenida, como un padre que mira las notas mediocres de un hijo al que le había advertido que se esforzara más. Sin embargo, Aziraphale había notado algo distinto aquella vez. Un brevísimo parpadeo al final de la reunión, cuando Gabriel había mirado su propio reloj y, por un instante, su sonrisa corporativa se había desvanecido revelando un cansancio que no parecía ensayado. Había durado menos de un segundo, pero Aziraphale lo había visto.
"Mira, Aziraphale", había dicho Gabriel, recuperando su expresión habitual y cerrando la carpeta con un golpe seco que resonó en todo el despacho, "el esfuerzo es... admirable. De verdad. Pero la excelencia no se negocia. La beca de investigación avanzada solo la reciben los mejores. Y tú, sinceramente..." Había hecho una pausa, inclinando la cabeza con una sonrisa que pretendía ser amable pero que helaba la sangre, "...todavía no estás ahí. Tienes dos semanas para demostrarme que puedes estarlo. Confío en ti."
"Confío en ti". La frase le retumbaba en el cráneo como un mantra maldito. Lo peor era la forma en que Gabriel la decía, con esa calidez ensayada que siempre parecía esconder un cuchillo. Aziraphale había asentido, por supuesto. Siempre asentía. Había recogido sus papeles con manos que apenas temblaban, había murmurado un "gracias, profesor" y había salido del despacho con la certeza de que se estaba ahogando en aguas demasiado profundas sin saber siquiera nadar.
Volvió al presente. El cursor parpadeaba. El café seguía frío. Y en alguna parte de su cerebro, una voz traicionera susurraba: quizás Gabriel tiene razón.
El móvil vibró sobre la mesa, sobresaltándolo. El nombre en la pantalla era "Anathema Device" y la notificación era un emoji de una calavera seguido de otro de una bailarina de flamenco. Aziraphale entrecerró los ojos. Aquella combinación no presagiaba nada bueno.
Desbloqueó el teléfono.
Anathema: Estás en la biblioteca? Voy a ir a buscarte.
Aziraphale: No puedes entrar a esta hora. No es buen momento.
Anathema: Mira por la ventana.
Aziraphale giró la cabeza hacia el ventanal que daba al pasillo exterior del edificio. Allí, iluminada por la tenue luz de seguridad, estaba Anathema Device con un abrigo largo sobre lo que claramente era un pijama de estrellas y planetas, sosteniendo dos vasos de lo que parecía ser té humeante y una bolsa de algo que prometía ser comestible. Le dedicó una sonrisa radiante y levantó los vasos en un brindis silencioso.
Se le escapó una risa queda, a pesar de todo. Anathema era la única persona en el mundo que entendía sus rarezas sin juzgarlas, probablemente porque ella tenía las suyas propias. Se habían conocido en primer año de carrera, cuando Aziraphale la encontró en el pasillo de Literatura Medieval intentando explicarle a un bedel que necesitaba consultar un grimorio del siglo XIV para "verificar una maldición familiar". Desde entonces, eran inseparables. Ella estudiaba un doctorado en Fenómenos Paranormales y Ocultismo Comparado —un programa tan específico que básicamente lo habían creado para ella— y tenía la teoría de que Aziraphale era un ángel caído que había olvidado cómo volar.
"No es un cumplido", solía decirle. "Los ángeles son seres de luz insoportablemente rígidos. Tú eres blando. Hay esperanza para ti."
Le hizo un gesto para que entrara. Un minuto después, Anathema se deslizaba en el cubículo con la agilidad de quien ha violado el reglamento de la biblioteca más veces de las que puede contar.
—Té de lavanda y miel —anunció, depositando uno de los vasos frente a él—. Y galletas de avena que hice esta tarde. Tienen chispas de chocolate, que es básicamente un antidepresivo natural.
—Anathema, son las tres de la mañana. No deberías estar aquí.
—Y tú no deberías estar disecándote en vida, pero aquí estamos. —Se dejó caer en la silla auxiliar y lo observó con esos ojos oscuros que parecían leerle el pensamiento—. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste más de cuatro horas seguidas?
—No necesito dormir. Necesito terminar esto.
—Necesitas recordar que eres un ser humano, no un procesador de textos con patas. —Mordió una galleta y habló con la boca llena, cosa que en Aziraphale normalmente despertaba instintos homicidas pero que a esas horas solo le producía una ternura cansada—. Hay una fiesta. Ahora. En el departamento de Bellas Artes.
—No.
—Aziraphale.
—No, Anathema. De verdad. —Señaló la pantalla con un gesto casi agresivo—. Tengo que entregar el borrador completo en dos semanas. Gabriel ha sido muy claro. Esto es todo lo que tengo. No puedo permitirme...
—Gabriel es un imbécil con abdominales y cero empatía —lo interrumpió Anathema, quitándole importancia con la mano—. Y esa fiesta es exactamente lo que necesitas. Música, gente que no habla de literatura victoriana, alcohol barato. Tus pulmones necesitan aire que no huela a libro mohoso.
—Mis pulmones están perfectamente.
—Tus pulmones están pidiendo auxilio. Vamos, Azi. Una hora. Veinte minutos.
Aziraphale suspiró. Conocía ese tono. Era el tono de "voy a insistir hasta que cedas o hasta que uno de los dos muera, y no pienso morir primero". Había aprendido a reconocerlo en los últimos siete años de amistad. Además, algo en el té caliente y en la presencia de Anathema había aflojado un nudo en su pecho que ni siquiera sabía que tenía.
—Veinte minutos —cedió, levantando un dedo admonitorio—. Ni uno más.
—Trato hecho.
Diez minutos después, Aziraphale se encontraba frente a un edificio de ladrillo visto que vibraba con el bajo de lo que probablemente era música indie que él no sabría identificar ni bajo amenaza de muerte. Se había puesto la chaqueta de tweed sobre el jersey de cuello alto —su uniforme de batalla— y llevaba bajo el brazo su ejemplar de North and South de Gaskell, porque la tesis no iba a escribirse sola y quizás, solo quizás, releer algunos pasajes le daría la inspiración que el café frío y el pánico le estaban negando.
El interior era exactamente lo que esperaba y temía. Luces bajas, olor a cerveza derramada y a humo de algo que probablemente no era tabaco legal. Grupos de estudiantes de arte con ropa interesante y peinados desafiantes conversaban en corrillos, y en una esquina alguien había montado un pequeño escenario improvisado con amplificadores y luces de colores. Había guirnaldas de papel colgando del techo y una mesa con ponche que parecía fluorescente bajo la luz negra.
—¡Has venido! —Anathema ignoró deliveradamente el libro bajo su brazo y le pasó un vaso de plástico con algo que olía a frutas y a malas decisiones—. Bebe. Relájate. Socializa. Yo voy a buscar a mi novio, Newt, que lleva media hora en el baño y empiezo a preocuparme.
Antes de que Aziraphale pudiera protestar, Anathema se había esfumado entre la multitud con la eficacia de un fantasma. Se quedó solo, incómodamente consciente de su chaqueta de profesor universitario en una habitación llena de camisetas de bandas que no conocía y piercings en lugares que prefería no mirar demasiado.
Buscó una pared donde apoyarse y sacó el libro, intentando fingir que no estaba allí, que era invisible, que podía leer sobre Margaret Hale y John Thornton mientras el mundo a su alrededor se divertía sin él. Funcionó durante aproximadamente treinta segundos.
Entonces escuchó la guitarra.
No era una guitarra cualquiera. Era una guitarra acústica, tocada con una suavidad que contrastaba extrañamente con el bullicio de la fiesta. Alguien estaba afinando, probando acordes sueltos, sin prisas. Aziraphale levantó la vista del libro casi sin querer.
En un rincón apartado del escenario improvisado, sentado en un taburete que parecía a punto de rendirse, había un chico con el pelo rojo oscuro cayéndole sobre los hombros y una camiseta negra de los Rolling Stones. No estaba actuando para nadie. No había pose, no había actuación. Solo estaba allí, con su guitarra, sus dedos largos deslizándose por las cuerdas como si estuviera solo en su habitación y no en una fiesta llena de gente.
Y sin embargo, Aziraphale no podía dejar de mirarlo.
Tenía algo. Un magnetismo que no era físico —aunque, objetivamente, era atractivo de una forma que incomodaba— sino de actitud. Habitaba su cuerpo como si no le debiera nada al mundo, como si las reglas que gobernaban al resto de los mortales no aplicaran para él. Las botas militares apoyadas descuidadamente en el travesaño del taburete. La chaqueta de cuero colgada en el respaldo. Las gafas de sol, absurdas a esa hora y en ese lugar, ocultando sus ojos.
Gafas de sol en un bar a las tres de la mañana, pensó Aziraphale. Ridículo. Absolutamente ridículo.
Pero no podía apartar la mirada.
Fue entonces cuando el chico levantó la cabeza, como si hubiera sentido el peso de la observación, y lo miró directamente.
A través de las gafas, Aziraphale sintió más que vio la intensidad de esos ojos. Algo en su postura cambió. El chico dejó la guitarra a un lado con un movimiento fluido, se levantó del taburete, y empezó a caminar hacia él.
Aziraphale entró en pánico.
Bajó la vista al libro con una velocidad ridícula, fingiendo estar absorto en una página que ni siquiera estaba leyendo. El corazón le golpeaba contra las costillas. ¿Por qué estaba reaccionando así? Era solo un chico. En una fiesta. Que por alguna razón había decidido caminar hacia él.
—Pareces un fantasma que olvidó morir.
La voz era grave, ligeramente rasposa, con un deje de ironía que no llegaba a ser burla. Aziraphale levantó la vista y lo encontró allí, de pie frente a él, con las manos en los bolsillos del pantalón negro y la cabeza ladeada como un pájaro curioso.
—Perdón, ¿qué? —tartamudeó Aziraphale.
—Lo que he dicho. —El chico señaló el libro con la barbilla—. Estás en una fiesta, rodeado de gente, con un libro abierto y cara de no haber dormido en una semana. Pareces un fantasma. Uno que se quedó atrapado entre dos mundos y no sabe cómo irse a ninguno.
Aziraphale sintió que el calor le subía por el cuello. Era ofensivo. Era... extrañamente poético. Y encajaba con una precisión quirúrgica en todo lo que sentía desde hacía meses.
—Estoy perfectamente bien, gracias —respondió, con un tono más seco del que pretendía—. Solo he venido por compromiso.
—Claro. El compromiso. El gran enemigo de la diversión. —El chico sonrió. No era una sonrisa burlona, exactamente, pero había en ella un filo de melancolía que desconcertó a Aziraphale—. Soy Anthony Crowley, pero todo el mundo me llama Crowley. Bellas Artes. Tú debes ser el amigo de Anathema. El que vive en la biblioteca.
—Tiene nombre, la biblioteca. Y yo también. Aziraphale.
—Aziraphale. —Crowley paladeó el nombre como si fuera un caramelo extraño—. Poco común.
—Es un nombre bíblico. Mi familia es muy... tradicional.
—La mía también. De ahí lo de Anthony. Aunque Crowley suena mejor. —Hizo una pausa y señaló el libro—. ¿Literatura victoriana? ¿Por gusto o por castigo?
—Por tesis doctoral. La redención como constructo narrativo en la novela industrial inglesa.
—Suena fascinante. —El tono era completamente neutro, y Aziraphale no supo si era sincero o se estaba burlando de él.
—Lo es —dijo, a la defensiva.
—No lo dudo. —Crowley se balanceó ligeramente sobre los talones—. Oye, hace un calor horrible aquí dentro. Hay un balcón. ¿Vienes a tomar aire?
La invitación era casual, sin segundas intenciones aparentes, pero a Aziraphale le golpeó como una alarma. Salir al balcón. Con un extraño. En lugar de leer. En lugar de trabajar. En lugar de hacer lo que se suponía que debía hacer.
—No, gracias —dijo, cerrando el libro con un gesto casi protector—. Tengo que leer tres capítulos antes de las seis de la mañana. Debería irme ya.
Crowley rio. Pero no era una risa burlona; era una risa suave, teñida de algo que Aziraphale no supo identificar. ¿Tristeza? ¿Comprensión?
—¿Y si te mueres antes de terminarlos? —preguntó, con una ligereza que contrastaba con el peso de las palabras—. ¿Qué pasa entonces? Quiero decir, teóricamente. Te pasas la vida preparándote para algo, sacrificando horas, sueño, cordura... y un día te atropella un autobús y todo ese esfuerzo se va a la basura. ¿Qué sentido tiene?
Aziraphale abrió la boca para responder, pero no salió nada. La pregunta le había golpeado en un lugar que no sabía que estaba expuesto. Porque la respuesta honesta, la que no se atrevía a decir en voz alta, era: si me muero antes de terminarlos, habré fracasado incluso en morir.
—Tengo que irme —repitió, y esta vez su voz sonó quebrada, frágil.
No esperó la respuesta de Crowley. Recogió su libro, lo apretó contra el pecho como un escudo, y caminó hacia la salida esquivando cuerpos y conversaciones. Sentía la mirada del chico clavada en su espalda, o quizás era su imaginación, o quizás eran las gafas de sol que seguían ocultando unos ojos que Aziraphale estaba seguro de que eran dorados.
Dorados. ¿Quién tiene los ojos dorados?
Salió al frío de la noche y caminó de vuelta a la biblioteca con el paso rápido de quien huye de algo.