Rompiendo Mis Propias Reglas

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planificada Mini, escritos 12 páginas, 4.823 palabras, 2 capítulos
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Capítulo 2

Ajustes
Habían pasado once días desde la fiesta. Once días en los que Aziraphale había logrado, con considerable esfuerzo, convencerse de que el encuentro con aquel extraño de ojos ocultos no había sido más que una anécdota incómoda. Un momento de debilidad. Una grieta en su armadura que había dejado entrar a un desconocido impertinente, sí, pero nada que no pudiera sellar con suficiente café, suficiente lectura y suficiente negación. Había funcionado. Más o menos. Solo se había sorprendido pensando en Crowley cuatro veces. O cinco. Quizás seis, si contaba aquella madrugada en la que, agotado y al borde del llanto, se había descubierto susurrando la pregunta maldita: "¿Y si te mueres antes de terminarlos?". Pero no la contaba. Esa no contaba. Había logrado avanzar significativamente con el borrador. No era perfecto —nunca lo era— pero los capítulos empezaban a tomar forma. Gabriel lo había recibido en la última tutoría con su habitual sonrisa de depredador corporativo y un "hay progreso, pero no te relajes" que olía a sentencia suspendida. Aziraphale había salido del despacho con la sensación de haber esquivado una bala, aunque no sabía si la bala seguía en el aire, esperando. Ahora, un martes lluvioso de noviembre, se encontraba en su turno en la sección de reserva de la biblioteca. Era el trabajo que complementaba su beca: cuatro horas diarias custodiando los libros que no podían salir del edificio, los incunables, los manuscritos frágiles, las primeras ediciones que valían más que su matrícula completa. Le gustaba ese trabajo. Le permitía estar rodeado de libros sin tener que escribir sobre ellos, y el silencio de la sala de lectura era un bálsamo para sus nervios permanentemente alterados. La sección de reserva ocupaba una sala acorazada en el sótano del ala antigua de la biblioteca. Luz tenue, temperatura controlada, detectores de humedad. Olía a cuero viejo, a papel envejecido con dignidad, a siglos de conocimiento acumulado en silencio. Aziraphale se sentía allí como un monje en su scriptorium, protegido del mundo exterior por muros de saber. Eran las 4:23 de la tarde cuando el mundo exterior decidió presentarse sin invitación. La puerta se abrió con un chirrido metálico —había que engrasar esas bisagras, llevaba semanas queriendo rellenar el formulario de mantenimiento— y unas botas militares resonaron contra el suelo de mármol. Aziraphale levantó la vista de su inventario, con la frase "no se permite el acceso sin cita previa" ya formada en los labios. Las palabras murieron antes de nacer. Crowley estaba allí. En su santuario. En su refugio. Apoyado contra el marco de la puerta con una chaqueta de cuero que goteaba lluvia sobre el suelo impecable, el pelo rojo oscuro peinado hacia atrás mostrando una frente alta y unas cejas expresivas, y —gracias al cielo— sin gafas de sol esta vez. Sus ojos eran, efectivamente, dorados. No de un dorado metafórico o poético. Eran de un ámbar intenso, casi líquido, con motas más oscuras alrededor de la pupila que les daban una profundidad inquietante. Parecían ojos que habían visto demasiado y juzgado demasiado poco. Aziraphale sintió que se le secaba la boca. —Hola, ángel. La palabra le golpeó como una bofetada suave. Era una burla, obviamente. Tenía que serlo. Nadie llamaba "ángel" a un desconocido en serio, y menos con esa sonrisa torcida que combinaba insolencia y algo que se parecía peligrosamente al afecto. —No me llames así —respondió Aziraphale, enderezándose en su asiento—. Tengo un nombre. Y tú no tienes cita. —Ya lo sé. —Crowley no parecía particularmente preocupado por la falta de cita. Avanzó hacia el mostrador con paso perezoso, dejando un rastro de gotas de lluvia que Aziraphale siguió con horror silencioso—. Pero necesito un libro. Y me han dicho que tú eres el guardián de las llaves, el portero, el cancerbero de los tomos prohibidos. —No son prohibidos. Son de acceso restringido. Hay una diferencia. —Semántica. —Precisión terminológica —corrigió Aziraphale, y se odió un poco por sonar tan pedante incluso en sus propios oídos—. ¿Qué libro necesitas? Crowley sacó una libreta arrugada del bolsillo interior de su chaqueta. La abrió con dedos largos y manchados de carboncillo, y leyó en voz alta: —Grabados anatómicos y botánicos del siglo XVIII: Colección Renshaw. Edición de 1783. Al parecer es el único ejemplar en trescientos kilómetros a la redonda. Y está aquí. En tu cueva del tesoro. Aziraphale parpadeó. Conocía ese libro. Era una joya. Una recopilación de ilustraciones científicas realizadas por un grabador inglés cuyo nombre había sido olvidado por la historia pero cuya precisión anatómica seguía siendo estudiada en las facultades de arte y medicina. Lo había consultado él mismo, años atrás, para un trabajo sobre la representación del cuerpo en la literatura gótica. —Es un libro extremadamente frágil —dijo, recuperando su tono profesional—. No se puede fotocopiar. No se puede fotografiar con flash. No se puede... —Tranquilo, ángel —lo interrumpió Crowley, levantando las manos en un gesto de rendición que no resultaba sumiso en absoluto—. No voy a incendiar tu precioso libro. Solo quiero mirarlo. Tomar unos bocetos. Soy estudiante de arte, ¿recuerdas? Las reglas las conozco. Aziraphale lo dudaba. Lo dudaba mucho. Pero algo en la forma en que Crowley había dicho "tu precioso libro", con una mezcla de burla y respeto genuino, lo desarmó. —Está bien —cedió, sorprendiéndose a sí mismo—. Pero tienes que seguir el protocolo. Rellenar el formulario. Usar los guantes de algodón. Nada de bolígrafos cerca del libro, solo lápiz. Y no puedes sacarlo de la sala. —Trato hecho. El formulario era estándar, pero Aziraphale se tomó su tiempo explicando cada cláusula con un detalle que rayaba en lo sádico. Crowley lo escuchó todo sin perder la sonrisa, apoyado en el mostrador con una paciencia que desentonaba con la imagen de caos que proyectaba. Cuando terminó la explicación, firmó con un garabato ilegible y le entregó el papel a Aziraphale con una leve reverencia. —¿Contento? —No es cuestión de contento. Es cuestión de preservación del patrimonio. —Claro. El patrimonio. Aziraphale fue a buscar el libro. La colección Renshaw estaba en la tercera estantería blindada, envuelta en papel libre de ácido y protegida por una caja de conservación. La sacó con el cuidado de quien manipula un recién nacido y la llevó a la mesa de lectura, donde Crowley ya se había instalado con su libreta de bocetos y un estuche de lápices. —Aquí tienes. —Depositó el libro sobre el atril acolchado—. Guantes. Lápiz, no bolígrafo. Y si necesitas algo, estaré en el mostrador. —¿No piensas vigilarme? —Confío en que seguirás las normas. Crowley soltó una risa corta, como si la idea de que alguien confiara en él fuera genuinamente divertida. —Qué inocente eres, ángel. Aziraphale decidió ignorar el apodo y regresó a su puesto. Se sentó, abrió el inventario que estaba revisando antes de la interrupción, y fingió trabajar. Pero sus ojos, traicioneros, se desviaban cada pocos minutos hacia la mesa donde Crowley se inclinaba sobre el libro con una concentración que resultaba casi hipnótica. No era el vago que Aziraphale había imaginado. En la fiesta, con la guitarra y las gafas de sol, Crowley le había parecido el típico estudiante de arte bohemio, más interesado en la pose que en el trabajo. Pero ahora, viéndolo trabajar, tuvo que admitir que estaba equivocado. Había algo casi obsesivo en la forma en que Crowley estudiaba cada grabado, en cómo sus dedos seguían el trazo de las ilustraciones sin tocarlas, en la intensidad de sus ojos dorados absorbiendo cada detalle. Su mano se movía sobre la libreta con una seguridad que hablaba de años de práctica. Líneas rápidas, precisas, que capturaban la esencia de los grabados sin copiarlos servilmente. De vez en cuando se apartaba el pelo de la frente con un gesto distraído, dejando una mancha de carboncillo en la sien. Aziraphale apartó la mirada. No tenía por qué estar observándolo. Tenía trabajo que hacer. El inventario. El formulario de mantenimiento para las bisagras. La solicitud de nuevos materiales para la sección de conservación. El inventario llevaba veinte minutos en la misma página. Se levantó con la excusa de ordenar unos libros en la estantería más cercana a la mesa de Crowley. No era espiar. Era supervisar. Asegurarse de que el patrimonio estaba siendo tratado con el debido respeto. Al pasar junto a la mesa, no pudo evitar echar un vistazo a la libreta de Crowley. Y se quedó sin aliento. El boceto no era de los grabados del siglo XVIII. Era de él. De Aziraphale. Encorvado sobre el mostrador de la sección de reserva, con la luz de la lámpara recortando su perfil, las gafas de lectura apoyadas en la punta de la nariz y una pila de libros junto a su codo izquierdo. La expresión era de concentración absoluta, pero había algo más en el dibujo. Una vulnerabilidad. Una humanidad que Aziraphale no se habría atribuido a sí mismo. —Se supone que debes estar estudiando los grabados —dijo, y su voz sonó extraña, demasiado aguda. Crowley levantó la vista sin sobresaltarse, como si lo hubiera sentido llegar. —Estaba estudiando. Luego me aburrí. —Señaló el libro con el lápiz—. Los grabados son técnicamente impecables, pero...—Giró la libreta para que Aziraphale viera mejor el boceto—. Tú tienes una luz más interesante. Aziraphale sintió que se le encendían las mejillas. Era una mezcla de vergüenza, halago y una exposición tan íntima que casi dolía físicamente. —No tienes derecho a dibujarme sin mi permiso. —¿Quieres que lo borre? —Crowley lo preguntó sin ironía, y esa ausencia de burla descolocó a Aziraphale más que cualquier sarcasmo. —No... no es necesario. —Se aclaró la garganta, incómodo—. Solo... ¿por qué? —Porque eres interesante. La respuesta fue tan simple, tan directa, que Aziraphale no supo cómo procesarla. Interesante. A él. Al estudiante que vivía en la biblioteca, que no tenía vida social, que consideraba una hazaña heroica recordar comer dos veces al día. Interesante. —No lo soy —dijo, y no era falsa modestia. Era la convicción honesta de alguien que se había pasado la vida sintiéndose insuficiente. Crowley dejó el lápiz sobre la mesa y se giró hacia él. Sin las gafas de sol, sus ojos eran imposibles de evitar. Hipnóticos. Injustamente bellos. —Mira, Aziraphale —dijo, y era la primera vez que usaba su nombre real, sin apodos ni burlas—. No sé quién te convenció de que tienes que ser perfecto para merecer existir. Pero es mentira. No tienes que ser perfecto para ser interesante. De hecho, es al revés. Son las grietas las que dejan pasar la luz. O algo así. No sé, no soy poeta. —Has dicho "las grietas dejan pasar la luz". Eso es poético. —He dicho "o algo así". Eso lo invalida. Se miraron en silencio. El reloj de la sala de lectura marcaba las cinco y cuarto. La lluvia seguía cayendo fuera, amortiguando los sonidos del campus. Aziraphale era dolorosamente consciente de su corazón, que latía demasiado rápido para alguien que simplemente estaba supervisando a un usuario de la biblioteca. —Deberías volver a tu trabajo —dijo finalmente, retrocediendo hacia el mostrador. —Debería —concedió Crowley—. Pero antes dime una cosa. —¿Qué? —¿Alguna vez dibujas? Quiero decir, además de subrayar libros y escribir notas al margen. ¿Alguna vez creas algo que no sea académico? Aziraphale pensó en el cuaderno de bocetos que guardaba en el fondo de su armario, el que no había tocado en tres años. En las acuarelas a medio terminar. En los poemas que escribía a escondidas y que nunca mostraba a nadie. —No tengo tiempo para esas cosas —mintió. —Qué pena. —Crowley se volvió hacia su trabajo, pero antes de bajar la vista añadió—: Creo que serías bueno. Tienes mirada de artista frustrado. Aziraphale regresó a su mostrador sin responder. Se sentó, abrió el inventario, y se quedó mirando la misma columna de números durante quince minutos sin verla realmente. En su cabeza solo resonaban las palabras de Crowley: "No tienes que ser perfecto para ser interesante. De hecho, es al revés." No sabía qué hacer con eso. No sabía qué hacer con el boceto en la libreta de Crowley, ni con la forma en que sus ojos dorados lo habían mirado como si realmente lo vieran, ni con la sensación creciente de que algo se estaba agrietando en su interior. Algo que había pasado años construyendo. Un muro. Un monumento. Una fortaleza. Y ese intruso de chaqueta de cuero y botas militares acababa de abrir la primera brecha sin siquiera proponérselo. El reloj marcó las 7:00 p.m. Fin del turno. Crowley recogió sus cosas con la misma parsimonia con la que las había sacado, guardó la libreta en la chaqueta y se acercó al mostrador para devolver el libro. —Toma —dijo, arrancando la página del boceto y deslizándola sobre el mostrador—. Te la regalo. Es tuya. Tiene más sentido que la tengas tú. Aziraphale miró el papel, luego a Crowley, luego el papel otra vez. —No tenías que... —Ya lo sé. —Crowley sonrió, y esa sonrisa era la de alguien que no aceptaba discusiones—. Gracias, ángel. Ha sido un placer trabajar bajo tu atenta supervisión. —No me llames ángel. —Claro que no. —La sonrisa se ensanchó—. ¿Nos vemos mañana? —No tengo turno mañana. —No he dicho en la biblioteca. —Y sin esperar respuesta, Crowley se encaminó hacia la puerta, levantando una mano en un saludo despreocupado—. Hasta luego, Aziraphale. La puerta se cerró tras él. El silencio volvió a instalarse en la sección de reserva, pero ya no era el mismo silencio de antes. Era un silencio cargado, expectante, como si la sala misma contuviera el aliento esperando algo. Aziraphale se quedó un minuto más en su silla, con las manos apoyadas sobre el mostrador y la mirada fija en la puerta por la que Crowley había desaparecido. Luego, muy despacio, se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz. Después, con un cuidado casi reverencial, tomó el boceto y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. —Esto es un problema —murmuró para sí mismo. Y lo peor era que no estaba seguro de querer solucionarlo.
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