Uno
16 de agosto de 2025, 1:31
Atrapado entre sus compañeros de clase, quienes observan a ese condenado semáforo sobre sus cabezas con ansiedad derramada en las expresiones de sus juveniles rostros, un adolescente de sedosos cabellos castaños y estatura promedio se posiciona en el frente de dicha aglomeración, peligrosamente cerca de los carros que aún transitan por la calle. Un par de segundos después, al verde brillante de la bombilla semiesférica se hace presente; sus piernas se mueven antes que su cerebro termine de procesar la información, permitiéndole a su cuerpo cruzar la calle y, poco después, el espacio entre sus dos maestros antes de escuchar el chirriante sonido de un silbato.
Poco más de la mitad de sus compañeros, incluyéndole, han conseguido ingresar a los terrenos del instituto antes del tiempo límite, a diferencia del porcentaje restante que ahora se encuentra atrapado en una fila recta mientras firma el formato de llegadas tardías, entregado por uno de sus profesores. Entre dicho porcentaje se encuentra una pequeña jovencita de blanquecino rostro y fúrica mirada; On-jo, su mejor amiga y esclava del día debido a su apuesta matutina.
El adolescente la observa desde su posición mientras su rostro irradia victoria. La respuesta que recibe no hace más que ensanchar su sonrisa de genuina satisfacción; On-jo ha decidido derramar su furia sobre la mochila de su amigo, arrojándola sobre el suelo de concreto con fastidio. Antes de permitir que su mochila reciba más patadas de las que puede soportar, da media vuelta, con ambas manos dentro de sus bolsillos, y emprende su camino con destino al interior del instituto.
La mirada asesina que puede sentir aún clavada en su nuca le saca una carcajada burlona; enojar a On-jo siempre le resultará divertido.
El aire que se desliza fuera de sus labios, que forman una ‘o’, consigue crear un sonido suave, permitiéndole interpretar una sencilla y agradable melodía. Sus pasos son tranquilos, su espalda y rostro se mantienen firmes, aunque, de vez en cuando, su cuerpo se balancea de un lado a otro, como si buscara seguir el ritmo de sus silbidos. Además, se permite disfrutar de la calidez que los rayos solares mañaneros consagran sobre su piel.
Dentro de su pequeña alegría, la verdosa silueta de un hombre con varios centímetros de altura resalta por sobre las otras siluetas humanas que llenan los caminos aledaños al edificio principal. Este acontecimiento dibuja sobre su rostro una sonrisa distinta, más amplia y llena de dicha. Entonces, decide acelerar su caminar para interceptar al hombre dentro de su radar, quien, a diferencia de sí mismo, utiliza un blazer de color verde en lugar del típico suéter sin mangas del mismo tono que visten muchos otros estudiantes. Para su desgracia, antes de permitirle alcanzar al hombre, otra silueta masculina de menor estatura se lanza sobre el más alto en un abrazo cariñoso.
—¡Su-hyeok! —grita él desde su lejana posición para llamar la atención de ambos hombres y evitar cualquier otra interrupción.
De hecho, su idea era llamarlos a ambos, pero antes de que pudiese gritar el nombre de la silueta más pequeña, también conocida como Han Gyeong-su, su mejor amigo, una voz femenina llamó al mismo tiempo que él, logrando captar la atención de ambos hombres. La responsable de dicho llamado luce avergonzada y parece dudar antes de proceder con su caminar hacia el dúo de amigos.
—Cheong-san —dice Su-hyeok con alegría mientras se acerca a él junto a Gyeong-su, ignorando por completo el llamado de su compañera.
Debido a su tono de voz, normalmente más fuerte que el de sus compañeras, Cheong-san supone que Su-hyeok no pudo escucharla al haber hablado con un tono más débil y decide ignorar por completo el hecho de que Gyeong-su sí lo hizo, aun cuando éste se encontraba a la misma distancia de la chica que el más alto. Así que Cheong-san decide retomar su camino con normalidad para encontrarse con sus dos amigos.
Inmediatamente, al brazo de Su-hyeok rodea sus hombros con la facilidad que su diferencia de altura le otorga y le regala una de sus radiantes sonrisas que suelen agitar el corazón de sus compañeras, mas no el de Cheong-san. Nunca. Y sus miradas se encuentran por un breve instante.
—Saben que yo también estoy aquí, ¿verdad? —dice Gyeong-su frente a ellos con evidente gracia en su voz—. Digo, por si no lo habían notado.
Cheong-san golpea el hombro de su mejor amigo sin mucha fuerza como un gesto de broma y falsa molestia.
—Claro que lo notamos. No es como si tu ruidosa presencia fuera fácil de ignorar —bromea sin alejarse del agarre que Su-hyeok aún tiene sobre él, a lo que sus amigos responden con risas amistosas; mientras el más alto se ríe con inocente burla, Gyeong-su lo hace con falsa indignación.
—Entonces, ¿por qué llamaste sólo a Bare-su? Que sea más bajo que él no me hace invisible. El patio no está tan lleno, ¿sabes?
Antes de responder, Cheong-san vuelve a reír.
—¡Lo iba a hacer! Pero…
Y antes de terminar, el trío de amigos se percata de la cuarta presencia que los ha estado observando desde una distancia segura de uno o dos metros; es la joven que había llamado a Su-hyeok al mismo tiempo que Cheong-san antes.
Los tres se giran en su dirección, provocando un encogimiento en la mujer. Parece nerviosa, con un ligero tinte rojo pintando la punta de sus orejas; está jugando con las mangas de su camisa escolar que tratan de ocultar sus propias manos mientras su cabeza se mantiene inclinada hacia abajo. Y antes de que Cheong-san tenga oportunidad de hablar, su mejor amigo rodea su brazo con ambas manos y lo aleja de Su-hyeok.
—Debemos irnos. Te veremos en clase, Su-hyeok —dice Gyeong-su en tono cantarín.
Tanto Cheong-san como Su-hyeok le dirigen miradas de evidente confusión a Gyeong-su. Por lo que, en medio de un largo suspiro, les ofrece una vaga respuesta a sus amigos antes de arrastrar a Cheong-san dentro del edificio—: Sólo hagan lo que tengan que hacer.
Si bien su propósito inicial era evitar que la chica no se sintiera aún más avergonzada, todo se derrumbó al pronunciar esas palabras, pues el sonrojo de su compañera no hizo más que aumentar.
Bueno, que no se diga que no lo intentó.
—¿Qué fue eso? —Interroga un confundido Cheong-san, quien aún es arrastrado por su mejor amigo al interior del edificio.
—¿Comer tanto pollo mata neuronas? ¡Es obvio! Su rostro lo decía todo —La expresión pérdida de su amigo casi lo fastidia, pero sabe lo lento que suele ser Cheong-san, por lo que sólo se limita a suspirar—. En serio, ¿cómo es posible que hayas llegado tan lejos en la vida con lo lento que eres?
El dedo pulgar de su pie derecho es aplastado por la suela de los zapatos escolares que viste Cheong-san, a lo que reacciona con un ligero gemido de dolor mientras aleja sus manos del perpetrador y las desliza hasta la zona afectada. Imparte un par de caricias antes de dirigir su atención al rostro de su mejor amigo. Si bien Gyeong-su pretende expresar furia, lo único que consigue es deformar los rasgos de su rostro en una graciosa mueca entre indignada y confundida.
—¡Oye! ¿Qué te ha hecho mi dedo para que lo trates así?
—Estar pegado a un idiota como tú —responde Cheong-san sin culpa alguna.
Para una persona externa a la amistosa relación que ambos adolescentes han venido forjando a lo largo de sus vidas, la pequeña pelea que se desató entre ambos hombres, que no es más que empujones y codazos fuertes dados sin ánimo de herir de gravedad al otro, puede parecer irracional. Y, aunque lo sea, es algo que sólo ellos disfrutan y pueden entender.
—¡Oye! Dime a qué te referías antes —demanda Cheong-san al finalizar su pequeña pelea que, por supuesto, él terminó ganando después de perseguir un par de metros a su amigo.
Cuando se trata de correr rápido, no hay quien pueda superarlo.
Sin embargo, no recibe la respuesta que esperaba. En su lugar, después de recuperar el aliento, Gyeong-su le da un par de palmaditas en la espalda, negándose a continuar con la conversación.
La cosa es que Cheong-san es la encarnación de la terquedad misma; en pocas palabras, su mejor amigo tendrá que soportar las insistentes interrogantes de Cheong-san hasta llegar a su respectivo salón de clases. En serio, ¿cómo puede alguien ser tan lento y olvidar una fecha tan importante para los jóvenes y las jovencitas de su nación que han caído en la trampa del amor?
Por otro lado, mientras una nueva escena de persecución entre Gyeong-su y un estúpido Cheong-san se desata, un confundido Su-hyeok camina junto a la dulce jovencita que había interrumpido su conversación con sus amigos, pues ella le comentó que debía decirle algo de gran importancia. No sin antes aclarar lo privado del asunto, pues Su-hyeok, inconsciente de la situación, le había dicho que podían hablar ahí mismo.
—Entonces, ¿qué es eso que...? —inicia Su-hyeok en el instante que las suelas de sus zapatos tocan el césped, pero es interrumpido por el repentino movimiento de su compañera.
Una pequeña caja circular de color marrón oscuro y franjas amarillas, adornada con un bello lazo dorado sobre la cubierta unicolor, es extendida hacia su cuerpo por las temblorosas manos de la chica. Sin creerse lo suficientemente valiente, ella evade la mirada sorprendida de Su-hyeok, inclinando su rostro hacia abajo, aún con sus brazos extendidos hacia adelante. De este modo, su flequillo le permite ocultar el poderoso sonrojo que pinta sus abultadas mejillas.
—¿Por qué… me das esto? —pregunta Su-hyeok después de un rato.
En respuesta, su compañera levanta la cabeza demasiado rápido para ser saludable.
—¿Qué? —pregunta ella con cautela, como si no pudiese entender las palabras de Su-hyeok—. ¿A qué te refieres?
Al parecer, ambos adolescentes están igual de confundidos. Su-hyeok no entiende por qué su compañera de instituto, a quien no recuerda haber visto antes, le está ofreciendo lo que parece ser una especie de regalo, y ella no entiende por qué su enamorado pregunta algo tan obvio, aun cuando se obligó a sí misma a adquirir valentía de donde no la había para acercarse a él y entregarle su corazón.
—Su-hyeok oppa, por favor acepta mis sentimientos —dice ella después de un prolongado silencio, extendiendo, por segunda vez, la caja hacia Su-hyeok.
Si los efectos de las caricaturas infantiles fuesen reales, sobre la cabeza de Su-hyeok estaría flotando una pequeña bombilla encendida; gracias a la decoración de la caja, junto con las palabras de su compañera, sus neuronas, por fin, hacen conexión.
—Oh… —Es lo único que se le ocurre decir. Por supuesto, su compañera no reacciona ante esto, por lo que Su-hyeok se obliga a pensar en una respuesta adecuada—. Lo siento, pero yo no… no puedo aceptarlos. ¡No-no tiene nada que ver contigo! —Dice apresuradamente al ver la mirada dolida de su compañera—. Ah… eres muy bonita y todo eso, pero no…
Suavemente, empuja la pequeña caja de regreso al cuerpo de la chica frente a él con una sonrisa que busca ser reconfortante, aunque se pierda en la incomodidad a medio camino.
—Seguramente te esforzaste mucho en hacerlos, y lo agradezco, de verdad, pero… no. Simplemente… Lo siento.
Ella dirige su atención a los ojos de Su-hyeok; luce más triste que nerviosa, también parece decepcionada. Él responde con otra sonrisa, más suave y fugaz; no hay otra cosa que pueda hacer, y ambos lo saben.
Ella le agradece su amabilidad y le ofrece una ligera reverencia antes de salir corriendo. Su-hyeok la sigue con la mirada por un breve período de tiempo, y culpa a la lejanía por hacerle ver otra figura humana ocultarse tras un muro apartado; sólo eran él y su valiente compañera, quien ya había desaparecido de su vista.
Una vez está seguro de su soledad, Su-hyeok se permite liberar toda su frustración mediante un suspiro pesado. ¿Cómo es posible que hubiese olvidado la fecha de hoy?
-×-
Diversas conversaciones sin un tema específico inundan el aula de clases, aunque el lugar parece menos concurrido que de costumbre, aun cuando falta poco para dar inicio a la sesión, pero nadie le presta verdadera atención a eso. En cualquier caso, cuando una irritada jovencita ingresa al lugar con una mochila negra entre sus manos, la cual lanza contra el dueño con rabia reprimida, Gyeong-su, amigo del dueño de la dichosa mochila, no puede aguantar la risa.
—Veo que le ganaste a On-jo la apuesta de hoy, Cheong-san —dice él.
On-jo los ignora por completo, ni siquiera saluda al resto del grupo. Simplemente se sienta en su respectivo lugar junto a su mejor amiga, I-sak, y le da la espalda a Cheong-san. Aunque éste había esperado una reacción así por parte de su mejor amiga, por algún motivo, siente más enojo en ella que esta mañana, pero no piensa mucho en eso. Aunque intente hacer indagaciones, la única respuesta que podría obtener sería una patada certera en su espinilla y, quizás, un par de insultos por metiche.
Poco después de retomar su conversación con su pequeño grupo de amigos, Cheong-san es sorprendido por un brazo rodeando sus hombros; sin necesidad de mirar, sabe a quién pertenece dicha extremidad. Así que, sin darle tiempo a su amigo para saludar adecuadamente, Cheong-san lo aborda con pregunta tras pregunta.
—¿Para qué te necesitaba Hye-jin? ¿Qué te dijo? ¿Te metió en alguna pelea con el idiota de Myeong-hwan y sus secuaces? ¿Te pidió la tarea? Anda, dime. Rápido, rápido.
Ahora es el turno de Dae-su, el autoproclamado cuñado de su amigo Woo-jin, de interrumpir las palabras de Su-hyeok, incluso antes de que éste termine de abrir la boca para responder.
—¿Qué quieres decir? ¿Pasó algo? —pregunta con la curiosidad brillando sobre sus iris.
Como si fuese una competencia para saber quién puede interrumpir más rápido a Su-hyeok, Gyeong-su golpea amistosamente los hombros de Dae-su y Cheong-san antes de hablar.
—¿Podrían tratar de disimular su hambre natural de chisme?
—Lo dice el que sí sabe qué está pasando, cosa que no quisiste decirme —replica Cheong-san.
El aludido hace un ruido de falsa molestia y responde de manera enérgica—: ¡Es obvio, hombre! ¿No sabes qué día es hoy o qué?
—14 de febrero —responde Cheong-san de inmediato con total naturalidad, como si estuviese nombrando cualquier otro día del año. Pero, de nuevo, es su turno de mirar confundido a su mejor amigo cuanto éste hace un gesto con sus manos y cejas que dicen “Exacto”, a lo que responde, ya con su paciencia por el suelo—: ¿Y?
Su cuerpo se abalanza en un movimiento ligero hacia atrás debido al empuje que provocan las miradas de sus amigos, repentinamente puestas sobre él. Por fortuna, la mano que antes apretaba su hombro izquierdo, descendió poco antes hacia la zona baja de su espalda, ofreciendo soporte. De no ser por la mano de Su-hyeok, Cheong-san pudo haber terminado en el suelo.
—¿Qué? —cuestiona, finalmente. Ya no sólo se siente expuesto bajo la mirada incrédula de sus amigos, ahora debe agregar la de Su-hyeok, quien parece haberse rendido en su intento de explicarse—. ¿Qué? ¿Qué pasa? —repite.
—Como sea —resuelve Gyeong-su, sin ganas de tratar con el lento de su mejor amigo—. Dime, Bare-su, ¿nos vas a compartir de esos chocolates?
Cheong-san observa a Su-hyeok de la misma manera que éste lo había hecho momentos antes, junto con el resto del grupo, y éste le regresa la mirada.
—¿¡Hye-jin se te confesó!? —pregunta un emocionado Dae-su—. Nunca pensé que fueses su tipo. ¿Ya probaste los chocolates? ¿Son caseros o comprados? ¿Saben bien?
Antes de permitir que las especulaciones de sus amigos se salgan de control, Su-hyeok planea interrumpir la conversación, pero Cheong-san se adelanta por segunda vez.
—¿Los aceptaste?
Su-hyeok no es capaz de interpretar el extraño tono de voz de su amigo ni la confusa mirada que le está ofreciendo, sin embargo, por alguna razón, aún se siente un poco culpable. Es posible que, debido a ese confuso sentimiento, Su-hyeok decida poner fin, después de tanta especulación, a las habladurías de sus amigos.
—No, no acepté nada, porque, para empezar, ella ni siquiera me gusta. Así que no, no hay chocolates —dice más rápido de lo planeado.
Su-hyeok puede sentir el cuerpo de Cheong-san relajarse bajo la palma de su mano, y, de algún modo, ese movimiento también resulta relajante para él, aunque no entienda porqué Cheong-san se sentía tenso ni porqué él mismo considera un alivio haber aclarado dicho malentendido con su amigo, es decir, amigos, en plural.
Parece que Dae-su planea decir algo más, pero la voz de su profesora impide que pueda hacerlo, logrando cortar la conversación en ese punto. Así que, obedientemente, todos los estudiantes siguen las indicaciones de la maestra Park y pasan al frente para depositar sus teléfonos celulares, al menos, la mayoría lo hace, pues existen un par de pequeños y pequeñas rebeldes que intentan evadir la seguridad de la maestra, fallando en el intento.
Una vez la voz de la profesora Park se convierte en el único sonido permitido, se da por sentado que es momento de prestar atención al tema del día.
Cheong-san apoya una de sus mejillas sobre la palma de su mano mientras su codo lo sostiene; el extremo contrario de su bolígrafo golpea su pupitre y, en algunas ocasiones, anota un par de ideas en su cuaderno. En realidad, no está prestando atención a la explicación de su profesora, porque su mente permanece dispersa en la última conversación que compartió con sus amigos.
No es estúpido, no tanto; es casi imposible que cualquier estudiante sur coreano de instituto olvide el significado de una fecha como esa, pero su cerebro fue incapaz de relacionar el día con el hecho de que una de sus compañeras haya querido hablar con Su-hyeok a solas. Ni siquiera entiende por qué tendría que hacerlo. Su-hyeok era muy solicitado en el pasado para involucrarlo en peleas, aparte, Hye-jin nunca presentó síntomas de amor hacia su amigo.
Afortunadamente, el tren de sus pensamientos se ve interrumpido por la caída de un pequeño papel blanco sobre su cuaderno. Lo que más sorprende a Cheong-san no es la repentina presencia de ese papelito frente a él, sino lo que trae escrito.
«Para Lee Su-hyeok»
Su cabeza se levanta para observar a la persona sentada frente a él, es decir, la dueña de dicho papelito o alguien que también lo recibió y sólo ayudó a transportar el mensaje hasta que pudiese llegar al objetivo. Sea cual sea la respuesta correcta, Cheong-san parece sentir disgusto por cualquiera de ellas; atribuye su molestia al hecho de ser utilizado como mensajero y sacarlo a la fuerza de su análisis interno. ¿Qué son? ¿Niños de 10 años?
Con un bufido bajo, Cheong-san lanza por encima de su hombro el dichoso papelito hacia la persona sentada a sus espaldas, es decir, Su-hyeok, quien parece ser muy popular entre sus compañeras. Puede escuchar el “¿Qué es esto?” de su amigo, pero decide ignorarlo. Y cuando creyó que podría recuperar su paz interior, un segundo papelito cae sobre su escritorio, lanzado desde uno de los laterales y con la misma indicación escrita en él.
Cheong-san no tiene más opción que liberar un largo suspiro y repetir el movimiento anterior para entregar el mensaje al objetivo antes de permitirse pensar de más.
Que desafortunado es Cheong-san; ¿por qué Su-hyeok tiene que estar sentado en la parte de atrás? ¿Y por qué Cheong-san tiene que estar sentado justo frente a él? Cuando dos papelitos más caen sobre su escritorio, casi llegando al espacio de Gyeong-su, Cheong-san siente que quiere destruirlos y tirarlos a la basura, pero no lo hace. Sólo se limita a hacerlos un par de bolas de papel para, posteriormente, arrojarlos a Su-hyeok con más fuerza de la que necesita mientras se promete a sí mismo tirar a la basura cualquier otro mensaje que caiga en su escritorio.
Hubo un momento de claridad en la mente de Cheong-san; ¿por qué no intercambiar asiento con Gyeong-su? Debido a su cercanía, el movimiento sería casi imperceptible, sin embargo, no alcanza a hablar con su mejor amigo cuando un suspiro, aparentemente frustrado, se escucha a sus espaldas. Él quiere saber de qué se trata, pero se resiste a girar su cuerpo y se limita a hacer suposiciones al respecto en lugar de prestar atención a su profesora.