Capítulo 12
29 de diciembre de 2025, 20:07
Trixie había ido a recoger a las niñas de la escuela ese día. Normalmente siempre iban a comer algo en el camino. Ya fuera una hamburguesa de McDonald's o cualquier comida callejera disponible en Brisbane. Era uno de esos pequeños gustos que hacían especial la rutina diaria. Muffin siempre pedía nuggets con salsa barbacoa, mientras que Socks... bueno, Socks era Socks.
"Mamá, ¿podemos ir al puesto de tacos hoy?" preguntó Muffin desde el asiento trasero, sus ojos brillando con esperanza. "Hace como... ¡mil años que no vamos!"
"Fueron dos semanas" respondió Trixie mientras maniobraba el auto a través del tráfico de la tarde. "Pero sí, podemos ir. ¿Socks, estás de acuerdo?"
Socks asintió entusiasmada.
"Quiero tacos."
"Que se te ocurriera hablar es porque sí querías los tacos" bromeó Trixie, soltando una pequeña risita antes de concentrarse en el volante. "Vamos por una tarde de comida mexicana."
El puesto de tacos estaba en una esquina concurrida, regentado por una familia de labradores color café que llevaban años en el negocio. El aroma de carne asada y cilantro llenaba el aire mientras hacían fila.
"Tres tacos de carne asada, dos de pollo, y..." Trixie revisó mentalmente. "¿Quieren quesadillas también?"
"¡Sí!" respondieron las niñas al unísono.
Mientras esperaban su orden, Trixie revisó su teléfono distraídamente. Había un mensaje de Stripe de hace una hora: *"En camino al restaurante con Rad. Te amo."* Un mensaje simple, cotidiano, de esos que se envían mil veces sin pensar en su significado. Ella había respondido con un emoji de corazón y había guardado el teléfono.
"Orden para Trixie" anunció el vendedor, entregándole una bolsa caliente que despedía vapor.
De regreso en el auto, las niñas comían felices mientras Trixie conducía hacia casa. La radio sonaba suavemente, una canción pop que Muffin tarareaba entre bocados. Todo era completamente normal, perfectamente ordinario.
Fue entonces cuando el teléfono de Trixie comenzó a sonar.
El nombre "Radley" parpadeaba en la pantalla. Trixie frunció el ceño ligeramente. Rad nunca la llamaba directamente, siempre era a través de Stripe o en llamadas grupales familiares. La única razón por la cual lo tenía registrado era porque Stripe lo había hecho.
"Probablemente quiere saber si Stripe va a llegar", fue su primer pensamiento. Sin embargo, esa idea se esfumó rápidamente cuando recordó que ya eran más de las cuatro de la tarde.
"Tío Rad" dijo Socks de una manera tan aguda que apenas fue audible.
"¿Qué será que quiere el tío Rad?" preguntó Muffin.
Trixie miró el teléfono vibrando en el portavasos del auto, el nombre de Radley iluminando la pantalla. Un nudo se formó en su estómago, uno de esos que aparecen sin razón aparente.
"Quizá sea algo sobre la cena familiar del fin de semana" murmuró para sí misma, tratando de disipar la inquietud.
Muffin, con la boca llena de taco a medio masticar, inclinó la cabeza desde el asiento trasero.
"¿Vas a contestar, mamá? ¿O es que el tío Rad quiere invitarnos a surfear otra vez? ¡La última vez Socks se cayó del tablero antes de subir!"
Socks soltó una risita, limpiándose la salsa de la barbilla con el dorso de la pata.
"¡No me caí! ¡Fue el viento!"
Trixie forzó una sonrisa, aunque su corazón latía un poco más rápido.
"Seguro que es algo tonto, chicas. Coman tranquilas."
Extendió la pata hacia el teléfono, dudando un segundo. El tráfico de Brisbane fluía a su alrededor, autos zumbando como abejas en una colmena, y la radio seguía con su canción pop alegre. El timbre insistente continuaba, como un recordatorio de que no podía ignorarlo para siempre.
Tomó una respiración profunda, pulsó el botón verde en la pantalla y llevó el teléfono a su oreja, activando el altavoz por costumbre para no distraerse del volante.
"Hola, Radley. ¿Qué pasa?" su voz intentaba sonar casual.
Silencio al otro lado. Solo el rumor distante de sirenas, o quizás era el tráfico. Luego, la voz de Radley, ronca, entrecortada.
"Trix... Trixie..." un sollozo ahogado. "Es Stripe. Hubo... un accidente."
El mundo se detuvo. El taco en la pata de Muffin cayó al suelo del auto, salpicando salsa barbacoa en el tapete. Socks dejó de masticar, sus ojos grandes fijos en la pantalla del teléfono.
"¿Qué? ¿Dónde?" Trixie pisó el freno con fuerza, el auto chirriando en el arcén. Un claxon lejano protestó, pero ella no lo oyó. "¡Radley, habla claro!"
"En la carretera. Un camión... no vio la señal. Stripe estaba cruzando... yo vi todo. Corrí, grité su nombre, pero..." otro sollozo, más fuerte. "Está en el hospital. Royal Brisbane. Ven ya. No... no sé si..."
La llamada se cortó. O quizás Trixie dejó caer el teléfono. No importaba. Sus patas temblaban en el volante, el olor a cilantro y carne asada ahora convertido en náuseas. Muffin empezó a llorar, un llanto agudo, infantil.
"¡Mamá, papá! ¿Papá está bien?"
"Está bien, niñas," dijo Trixie con voz quebrada, limpiándose las mejillas con el dorso de la mano. "Papá va a estar bien. Solo... solo necesita un poco de ayuda ahora.”
Trixie arrancó de nuevo, las lágrimas borrando las luces de la ciudad. Con manos temblorosas, llamó a Chilli.
"No sé si..." Esas tres palabras se repetían en su mente como un eco horrible.
Chilli estaba sentada en el asiento del pasajero del auto, estacionado frente a la clínica médica de investigaciones en el centro de Brisbane. El sol de la tarde se filtraba a través de las ventanillas, creando patrones de luz danzantes en el tablero. Brandy ocupaba el asiento trasero, con una expresión mixta de esperanza y preocupación. El aire dentro del vehículo era pesado, cargado de expectativas.
"¿Crees que funcione de verdad, Brandy?" preguntó Chilli, rompiendo el silencio mientras jugueteaba con el borde de la ventana del auto.
Su voz era baja, casi un susurro, como si temiera que decirlo en voz alta pudiera romper la frágil burbuja de optimismo.
"El doctor dijo que es experimental, que podría ralentizar el avance... pero ¿y si no? Bandit ya ha pasado por tanto. Olvidar nombres, fechas, hasta cómo llegar a casa. No sé cuánto más podamos aguantar."
Brandy se inclinó hacia adelante, apoyando una mano en el hombro de Chilli. Su mirada era firme, pero cálida, como siempre lo había sido desde que se reconciliaron.
"Mira, Chil, no soy experta, pero he visto casos similares en la clínica. Este tratamiento usa una combinación de medicamentos nuevos y terapias cognitivas. No es una cura milagrosa, pero en los ensayos preliminares, algunos pacientes han recuperado fragmentos de memoria, o al menos han detenido el deterioro por meses. Si alguien puede aprovechar esto, es él. Además, estaré aquí para monitorear todo."
Chilli asintió, sintiendo un nudo en la garganta.
"Gracias. No sé qué haría sin ti. Recuerdo cuando me contaste sobre el programa... pensé que era demasiado bueno para ser verdad. Pero si hay aunque sea una oportunidad de que Bandit vuelva a ser el de antes, de que recuerde las aventuras con las niñas sin que yo tenga que recordárselas... lo intentaremos todo."
Justo en ese momento, el teléfono de Chilli vibró en su bolso. Miró la pantalla: era Trixie. Frunció el ceño ligeramente—no era común que su cuñada la llamara a esa hora. Brandy levantó una ceja, pero Chilli sacudió la cabeza con una sonrisa forzada.
"Es Trixie. Probablemente algo sobre las niñas o la cena familiar del fin de semana. Contesto rápido."
Se alejó un poco del auto, caminando hacia la acera para tener algo de privacidad, mientras Brandy se quedaba adentro revisando unos papeles del tratamiento.
"Hola, Trix. ¿Todo bien?" dijo Chilli, intentando sonar casual.
Del otro lado, la voz de Trixie era un torrente de sollozos y palabras entrecortadas.
"Chilli... es Stripe. Hubo un accidente. Un camión... Rad me llamó. Está en el Royal Brisbane. No sé si... por favor, ven."
El mundo de Chilli se tambaleó. Su pata libre se aferró al teléfono como si fuera un salvavidas.
"¿Qué? ¿Cómo? ¿Está...?"
No pudo terminar la frase. Las lágrimas brotaron sin control, pero se mordió el labio, mirando de reojo hacia el auto donde Brandy esperaba.
“No sé Chili, pero necesito que cuides a las niñas."
Chilli se limpio las lágrimas que tenía. “Claro, déjalas en la casa de Nana. Ahí están por el momento, pero no le digas nada.”
Chilli se limpió las lágrimas que tenía. “Claro… déjalas en la casa de Nana. Yo… yo me encargo. Pero no les digas nada todavía, ¿sí? No hasta que sepamos más.”
“Gracias, Chilli… por favor ven…” La voz de Trixie se quebró una vez más antes de que la llamada terminara.
Chilli bajó lentamente el teléfono, sintiendo cómo su respiración iba y venía en pequeños espasmos. El aire le pesaba en los pulmones, y por un instante necesitó apoyarse en la pared de la clínica para no desmoronarse en plena acera.
Stripe…
Rad llorando…
Un accidente…
Era demasiado.
Demasiado, cuando ya vivían con el constante temor de perder a Bandit poco a poco.
Chilli cerró los ojos con fuerza, obligándose a recuperar el control. No podía llegar al auto así.
Respira.
Respira.
Respira.
Reunió fuerzas, metió el teléfono otra vez en su bolso y se acercó al auto. Al abrir la puerta, Brandy levantó la mirada de sus papeles. Incluso antes de hablar, sus ojos captaron algo en la expresión de Chilli: la tensión en la mandíbula, el temblor sutil en las orejas, la respiración contenida.
“¿Qué pasó?” preguntó Brandy, frunciendo el ceño.
Chilli rápidamente compuso una sonrisa pequeña, débil, casi transparente.
“Nada grave. Solo… cosas de familia.”
Su voz sonaba tan controlada que era casi inquietante.
Brandy ladeó la cabeza, notando la mentira al instante, pero no la confrontó.
No todavía.
Chilli respiró hondo y agregó, más suave.
“Bran, tengo que irme un momento antes de llevar a Bandit a casa. ¿Crees que puedas ir adelantándote con él? Explícale que pasé a ver a Nana o… inventa algo. Yo los alcanzo luego.”
Brandy dejó los papeles a un lado.
“Chilli… ¿estás segura? Estás pálida.”
Chilli se inclinó un poco, bajando la voz hasta convertirla en un susurro urgente.
“Escúchame, Brandy. Necesito que no le digas nada a Bandit. Nada. Ni una palabra sobre Trixie, ni Stripe, ni el hospital.”
Sus ojos temblaron apenas.
“No puede manejar esto. No hoy. No con todo lo que ya pasa con su memoria. Prométemelo.”
Brandy abrió la boca para preguntar, pero Chilli negó sutilmente con la cabeza antes de que ella dijera algo.
“Por favor,” insistió Chilli, con un hilo de voz que apenas sostenía su fortaleza.
“Prométemelo tú.”
El silencio entre ambas se volvió denso, cargado de miedo y amor y secretos que pesaban demasiado.
Finalmente, Brandy asintió. “Está bien. No diré nada.”
Los ojos de Chilli brillaron, esta vez no por llanto sino por gratitud.
“Gracias… de verdad.”
Se acercó para darle un abrazo rápido.
Uno de esos que no son largos, pero sí profundos.
Uno que solo las hermanas que se han reconciliado después de años pueden darse.
Cuando se separaron, Brandy tocó su brazo con delicadeza.
“Solo… cuídate. Y si necesitas que me quede con Bandit por la noche, lo haré.”
Chilli respiró temblorosamente y logró sonreír.
Mientras ella se alejaba casi corriendo hacia la calle, Brandy la siguió con la mirada, sintiendo un presentimiento frío en el estómago.
Algo terrible había pasado.
"¿Vamos al hospital?" preguntó Muffin con voz temblorosa, sus ojos hinchados de tanto llorar.
"No, cariño. Primero las llevaré con la abuela Nana," respondió Trixie, tratando de mantener la voz firme mientras giraba el volante. "Ella las cuidará mientras mamá va a ver a papá."
El camino a casa de Nana nunca había parecido tan largo. Cada semáforo en rojo era una tortura, cada auto que se movía lentamente frente a ella una barrera entre ella y su esposo. Trixie apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos.
"Mamá, ¿papá se va a morir?" la voz de Socks era apenas un susurro.
El corazón de Trixie se partió en mil pedazos. Se mordió el labio, luchando contra el impulso de derrumbarse completamente.
"No, mi amor. Tu papá es fuerte. Es el más fuerte que conozco." Por favor, Dios, que sea verdad, rogó en silencio.
Finalmente, la casa de Nana apareció a la vista.
Trixie estacionó el auto con manos temblorosas y se giró hacia sus hijas.
"Escúchenme bien, niñas," dijo, intentando sonar lo más calmada posible. "Cuando entremos, no le van a decir nada a la abuela sobre papá, ¿entendido? La abuela no está bien de la cabeza últimamente, y no queremos asustarla.”
Muffin y Socks asintieron, aunque sus rostros reflejaban confusión y miedo. Trixie les limpió las lágrimas con sus pulgares antes de salir del auto.
Nana abrió la puerta antes de que pudieran tocar. Sonrió al verlas, pero había algo distante en sus ojos, como si estuviera mirando a través de ellas hacia un tiempo diferente.
"¡Oh, qué sorpresa! Pasen, pasen," dijo, haciéndose a un lado. "¿Stripe viene con ustedes?”
El nombre golpeó a Trixie como un puñetazo en el estómago. Tragó saliva y forzó una sonrisa.
"No, Nana. Stripe está... trabajando. Necesito que cuides a las niñas por unas horas. Es urgente.”
Nana inclinó la cabeza, estudiando el rostro de Trixie con una mezcla de lucidez y confusión.
"Tienes los ojos hinchados, querida. ¿Ha pasado algo?”
"No, no. Solo... alergias," mintió Trixie torpemente. "Las niñas ya comieron. Solo necesitan que alguien las cuide por un rato.”
Nana asintió lentamente, aunque su expresión sugería que no estaba del todo convencida. Pero antes de que pudiera hacer más preguntas, Trixie se agachó para abrazar a sus hijas.
"Pórtense bien con la abuela, ¿sí? Mamá volverá pronto.”
"¿Y papá?" preguntó Muffin, su voz apenas audible.
Trixie la abrazó más fuerte, inhalando el aroma de su pelaje, tratando de grabar ese momento en su memoria como si pudiera ser el último momento normal que compartieran.
"Papá también volverá," susurró, rogando que fuera verdad.
Se despidió rápidamente antes de que sus emociones la traicionaran completamente. Una vez de vuelta en el auto, cerró la puerta y dejó que las lágrimas fluyeran libremente por un momento. Golpeó el volante con frustración, sollozando.
"¡No! ¡No, no, no!" gritó al vacío del auto. "¡Esto no puede estar pasando!”
Pero no tenía tiempo para derrumbarse. Stripe la necesitaba. Con manos temblorosas, encendió el motor y salió disparada hacia el hospital.
La puerta automática de la clínica se abrió con un suave whoosh, dejando escapar un soplo de aire frío que contrastó con la calidez de la tarde en Brisbane.
Bandit apareció en el marco, caminando con pasos lentos, medidos, pero notablemente más relajados que cuando había entrado horas antes. Su postura no era perfecta, todavía cargaba en los hombros cierta tensión residual, pero había en su expresión algo que hacía mucho no se veía: un dejo sincero de alivio, quizá incluso una chispa tímida de esperanza.
Llevaba una carpeta azul bajo el brazo, doblada contra su pecho con cuidado. Aquella carpeta contenía instrucciones, evaluaciones preliminares, y la promesa de un tratamiento que no garantizaba nada… pero tampoco cerraba puertas. Y para Bandit, eso ya era un regalo.
Brandy enderezó la espalda al verlo acercarse. Había estado apoyada en el auto, revisando los papeles del programa experimental mientras esperaba. Al notar la expresión de Bandit, guardó los documentos y sonrió con un optimismo prudente.
“¿Cómo fue?” preguntó, inclinándose ligeramente hacia adelante, como si buscara leer su lenguaje corporal desde la distancia.
Bandit soltó un suspiro largo, no de cansancio sino de liberación. Se encogió de hombros, un gesto que pretendía ser casual pero que no ocultaba la satisfacción que intentaba disimular.
“No fue tan malo como pensaba,” dijo finalmente. “Me hicieron unas pruebas cognitivas iniciales… ya sabes, recordar patrones, repetir secuencias, contar hacia atrás desde cien.” Hizo una mueca cómica, exagerada. “Creo que en una de esas me pasé de listo y conté hacia atrás desde noventa y nueve en vez de cien.”
Brandy soltó una risa suave. “Eso todavía cuenta como usar el cerebro, ¿eh?”
“No estoy seguro,” contestó Bandit, dejándose contagiar un poco por su humor. “Pero el doctor dijo que estuve dentro del promedio esperado. Bueno… del promedio esperado para pacientes en mi situación.”
Giró la carpeta entre sus patas, incómodo, como si le costara pronunciar lo que venía después.
“Me explicaron el protocolo. Inyecciones semanales, sesiones de terapia cognitiva, ejercicios en casa.” Levantó la vista y sus orejas bajaron un poco. “Dicen que podría notar mejoras en unas semanas, pero… ya veremos.”
Brandy apretó los labios y asintió lentamente. “Es un buen comienzo, Bandit.”
“Al menos no me dolió nada,” añadió él, con una sonrisa ladeada.
A medida que caminaban hacia el auto, Bandit miró alrededor. Sus ojos se movían con esa inquietud sutil que últimamente lo acompañaba en casi todo. buscaba a Chilli sin buscarla del todo, como si la esperanza de verla lo sostenía más de lo que quería admitir.
Al no encontrarla cerca del auto, arrugó ligeramente el ceño. Abrió la puerta trasera, dejó la carpeta en el asiento, y luego se giró hacia Brandy.
“¿Dónde está Chilli?” preguntó con naturalidad, como quien pregunta por algo que siempre debería estar en su sitio.
Brandy sostuvo la mirada un segundo más del necesario. Sabía mentir cuando era necesario; años en la clínica le habían enseñado a ser diplomática, pero mentirle a Bandit le dolía, sobre todo en un día como ese.
“Salió un momento,” respondió con suavidad, procurando sonar lo menos alarmante posible. “Dijo que ahora nos alcanza.”
Bandit acomodó las orejas hacia atrás, confundido. “¿Salió? ¿A dónde?”
“Creo que tuvo que hacer un recado rápido,” improvisó Brandy, sin tartamudear. “Algo que surgió mientras estabas dentro. No te preocupes, dijo que no tardaría.”
Hubo un silencio breve.
No incómodo, pero sí lleno de pensamientos no pronunciados.
Bandit no cuestionó más, pero tampoco pareció convencido del todo. Recorrió el estacionamiento con la mirada, como si esperara ver la figura rojiza de Chilli aparecer de un momento a otro corriendo hacia él con una sonrisa. Ella solía hacer eso. Era su costumbre: saludarlo después de consultas difíciles con un abrazo fuerte y un beso en la mejilla antes de preguntarle mil veces si estaba bien.
Esta vez no estaba.
Bandit inhaló hondo, intentando desestimar la inquietud que comenzaba a expandirse en su pecho. Se frotó las manos entre sí, un mecanismo nervioso que había adquirido sin darse cuenta en los últimos meses.
“¿Crees que… se enojó?” preguntó de repente, bajando la voz como si su propio pensamiento lo avergonzara. “No sé… a veces siento que la estoy cansando con todo esto.”
Brandy lo observó con compasión. Dio un paso y puso una mano en su hombro, firme pero reconfortante.
“Bandit, escucha,” dijo con un tono que no admitía dudas. “Chilli no está enojada contigo. Está contigo. En todo. Y si tuvo que salir, créeme, no fue por nada referente a ti.”
Bandit bajó la mirada al suelo, moviendo una piedra con la punta de su pie.
“No quiero ser una carga,” murmuró.
Brandy negó suavemente con la cabeza. “No lo eres. Lo que estás haciendo hoy… presentarte aquí, seguir el tratamiento, pelear… eso es valiente. Chilli lo sabe. Todos lo sabemos.”
El silencio volvió, esta vez más cálido.
Bandit asintió, aunque sus ojos mantenían un brillo melancólico. “Sí… supongo que sí.”
Brandy le abrió la puerta del asiento del copiloto.
“Vamos, te llevo a casa. Chilli nos alcanzará allá.”
“Está bien,” dijo él, entrando al auto con una lentitud que revelaba más cansancio emocional que físico.
Pero antes de cerrar la puerta, giró el rostro hacia ella.
“Brandy… ¿estás bien?”
La pregunta la tomó por sorpresa a él mismo
Brandy tragó saliva y sonrió —una sonrisa que costó formar, pero que logró mantenerse.
“Estoy bien, Bandit. De verdad.”
Lo ayudó a cerrar la puerta, rodeó el auto y tomó asiento frente al volante.
El Royal Brisbane estaba a treinta minutos de distancia en condiciones normales. Trixie decidió que llegaría en quince.
Conducía por las calles de la ciudad como poseída, esquivando autos, pasando semáforos amarillos por milímetros. Los claxones protestaban a su alrededor, pero ella no los escuchaba. En su mente solo había una imagen: Stripe, su Stripe, atrapado en los restos retorcidos de su auto.
"Por favor, resiste," murmuraba una y otra vez, como un mantra. "Por favor, amor. Por las niñas. Por mí. Por favor.”
El teléfono sonó de nuevo. Era Radley. Lo contestó con el altavoz mientras maniobraba a través del tráfico.
"¿Radley? ¿Cómo está? ¡Dime que está bien!"
La voz de Radley sonaba destrozada, apenas reconocible.
"Lo sacaron del auto. Está vivo, Trix. Está vivo, pero..." hizo una pausa que duró una eternidad. "Está muy mal. Los paramédicos dijeron algo sobre trauma craneal, costillas rotas, hemorragia interna. Lo están llevando a cirugía de emergencia.”
Trixie sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. Sus manos apretaron el volante con tanta fuerza que pensó que podría romperlo.
"¿Dónde estás tú?"
"En la sala de espera del área de trauma. Tercero piso. Date prisa, Trixie. Él... necesita que estés aquí.”
La llamada se cortó. Trixie pisó el acelerador con más fuerza, las lágrimas nublando su visión pero sin importarle. Nada importaba excepto llegar a tiempo.
Finalmente, las letras blancas del letrero "Royal Brisbane Hospital" aparecieron a la vista. Trixie entró al estacionamiento derrapando, abandonando el auto en el primer espacio que encontró sin siquiera verificar si estaba bien estacionado.
Corrió hacia la entrada, sus piernas moviéndose más rápido de lo que nunca había corrido. Las puertas automáticas se abrieron y el olor antiséptico del hospital la golpeó inmediatamente. La recepcionista levantó la vista, alarmada por la manera en que Trixie irrumpió.
"¿Dónde está? ¡Mi esposo, Stripe Heeler! ¡Lo trajeron de emergencia!"
La recepcionista revisó rápidamente su computadora.
"Tercer piso, sala de espera de trauma. Los ascensores están…”
Trixie no esperó a que terminara. Corrió hacia las escaleras, subiendo los escalones de dos en dos, su respiración entrecortada, su corazón latiendo tan fuerte que pensó que podría explotar.
Tercer piso. Las puertas se abrieron a un pasillo esterilizado con luces fluorescentes que parpadeaban débilmente. Siguió los letreros hasta que vio las palabras "TRAUMA - SALA DE ESPERA" en letras rojas.
Y ahí, en medio de esa sala blanca y fría, estaba Radley.
Estaba sentado en una de las sillas de plástico azul, la cabeza entre las manos, los hombros temblando. Su pelaje estaba manchado con algo oscuro–sangre, Trixie se dio cuenta con horror y sus ropas estaban sucias y rasgadas en algunos lugares.
"Radley," jadeó Trixie, acercándose rápidamente.
Él levantó la vista al escuchar su voz. Sus ojos estaban rojos e hinchados, su expresión destrozada de una manera que Trixie nunca había visto antes.
"Trixie," su voz era apenas un susurro roto. "Yo... vi todo. El camión... no pude hacer nada. Grité su nombre pero... fue tan rápido.”
Trixie se dejó caer en la silla junto a él, sus piernas ya no podían sostenerla.
"¿Dónde está? ¿Puedo verlo?"
Radley negó con la cabeza.
"Está en cirugía. Llevan más de una hora. Los doctores... dijeron que es grave, Trix. Muy grave. Tiene trauma craneal severo, costillas fracturadas que perforaron un pulmón, hemorragia interna masiva..." su voz se quebró completamente. "Dijeron que las próximas horas son críticas.”
Trixie sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Se cubrió la cara con las manos, tratando de procesar todo lo que estaba escuchando.
"Esto es mi culpa," murmuró Radley de repente. "Si no hubiera organizado esa reunión... si hubiera manejado más rápido... si…”
"No," interrumpió Trixie con firmeza, aunque su voz temblaba. "No es tu culpa. Fue un accidente, Radley. Un maldito accidente.”
Pero incluso mientras lo decía, una parte de ella quería culpar a alguien, a cualquiera. Era más fácil que aceptar que el universo era simplemente cruel e injusto.
El tiempo parecía pasar de la manera más lenta posible en ese momento. Al menos así lo sentía Muffin.
No era alguien a la quien le pueden llamar paciente. Y con la situación y la ola de emociones negativas que tenía en la cabeza en ese instante sería muy evidente que la paciencia no tenía lugar en su ser.
Muffin estaba sentada en el sillón de Nana, balanceando las piernas con fuerza, golpeando el borde del cojín una y otra vez.
No entendía por qué los adultos tardaban tanto, por qué nadie decía las cosas claras, por qué todos susurraban como si el aire pudiera romperse.
Papá debería estar aquí, pensaba, con el ceño fruncido y las orejas tensas.
Había escuchado palabras sueltas: accidente, hospital, no sabemos todavía. Palabras grandes, feas, que no encajaban bien en su cabeza. Sentía algo apretándole el pecho, una mezcla de enojo y miedo que no sabía cómo sacar. Quería gritar. Quería correr. Quería que todo volviera a ser como antes de los tacos.
Socks estaba sentada en el suelo, abrazando un muñeco viejo que había encontrado en la casa de Nana. No lloraba. No preguntaba. Solo apretaba el juguete contra su pecho como si fuera lo único firme en un mundo que empezaba a sentirse raro.
Bluey, en cambio, estaba demasiado quieta.
Sentada junto a Bingo en el tapete, con las patas cruzadas, observaba todo con ojos grandes y atentos.
Bluey miró a Muffin. La vio enfadada. Miró a Socks, callada. Miró a Bingo, que jugueteaba distraídamente con una esquina de su manta. Todos reaccionaban distinto… y eso la asustaba. Porque significaba que no había una sola forma correcta de sentir. Y si no había reglas, ¿cómo se suponía que debía comportarse?
Bingo, por su parte, sentía el miedo como un susurro constante.
No pensaba en Stripe directamente. Pensaba en Bandit. Pensaba en su papá olvidando cosas. Pensaba en la palabra hospital. Pensaba en camas blancas y luces frías.
Se abrazó a sí misma sin darse cuenta.
Si la gente va al hospital… a veces no vuelve igual, pensó.
Y esa idea le dio ganas de llorar, aunque no sabía exactamente por qué.
Nana apareció desde la cocina con una bandeja de galletas, sonriendo como si fuera un día cualquiera.
“¿Quién quiere algo dulce?” preguntó alegremente.
Muffin levantó la cabeza de golpe.
“¡Mi papá está en el hospital!” soltó, sin pensar, con la voz temblorosa y fuerte. “¡Tuvo un accidente!”
El silencio cayó como una manta pesada.
Nana parpadeó. Su sonrisa se desdibujó lentamente mientras la información intentaba acomodarse en su mente.
“¿Stripe…?” murmuró. “¿Mi Stripe?”
Sus ojos se humedecieron de inmediato. Dejó la bandeja sobre la mesa con manos temblorosas y se llevó una pata al pecho.
“Oh… oh, no… no, no…”
Bluey sintió un nudo en la garganta. Bingo se levantó y se acercó a Nana sin saber muy bien qué hacer. Socks apretó más fuerte su muñeco. Muffin, al ver la reacción, sintió algo nuevo: culpa. No había querido hacer llorar a Nana. Solo quería que alguien entendiera lo injusto que era todo.
Nana se sentó lentamente, respirando agitadamente.
“Stripe siempre fue tan… tan lleno de vida,” dijo con voz quebrada. “Siempre corriendo, siempre riendo…”
Las lágrimas rodaron por su rostro arrugado.
Y entonces… se detuvo.
Parpadeó otra vez.
Miró a las niñas frente a ella.
Frunció ligeramente el ceño.
“¿Por qué están tan serias, pequeñas?” preguntó con dulzura, como si nada hubiera pasado. “¿Ocurre algo?”
El accidente se había ido.
Stripe se había ido de su mente.
El dolor también.
Bluey miro molesta a Muffin, se acercó a ella y le susurró. “Vuelves hacer llorar a la abuela y te pegó."
Muffin quedó en shock. Nunca la habían amenazado de manera física. Aunque no la culpaba. No debió haber dicho de una manera tan estúpida algo que le habían dicho que no le contara nada abuela para evitarle un dolor.
Bingo contuvo la furia que tenía dentro. ¿Cómo se le ocurría a muffin soltar esa información de una manera tan apresurada y poco sensible? Eran en autos momentos donde agradecía que la demencia senil hizo afecto.
Solo esperaban que todo se mantuviera igual.
Bandit se entera
Algo andaba mal.
Lo sentía en su corazón.
Chilli no lo dejaría si no fuera algo grave.
Recordaba que ella le dijo que no lo dejaría. Sin embargo se encontraba sin ella.
“Ella no me dejaría sin una razón." Pensaba Bandit, tratando de recordar si había olvidado algo importante.
Pero no.
De eso estaba seguro.
El auto avanzó lentamente fuera del estacionamiento de la clínica. El sonido del motor llenó el silencio que se había instalado entre ambos, un silencio demasiado pesado para ser casual. Bandit apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento y cerró los ojos un momento, intentando ordenar sus pensamientos. Había algo ahí, una sombra persistente que no lograba atrapar, como una palabra en la punta de la lengua que se negaba a salir.
Chilli no me dejaría.
Eso lo sabía.
Lo sentía con una certeza que ni su memoria fracturada podía erosionar.
Abrió los ojos y miró por la ventana. Los edificios pasaban lentamente, bañados por la luz anaranjada del atardecer. Todo parecía normal. Demasiado normal.
“Brandy,” dijo de pronto, rompiendo el silencio. Su voz sonó más frágil de lo que pretendía. “¿Pasa algo que no me estás diciendo?”
Las manos de Brandy se tensaron ligeramente sobre el volante. Durante unos segundos no respondió. El semáforo en rojo les dio una excusa para detenerse, para respirar.
“No,” dijo al fin. Demasiado rápido.
Bandit frunció el ceño. Giró un poco el cuerpo para mirarla mejor.
“Me miras igual que cuando mi madre intenta ocultar que olvidó algo importante,” dijo con una sonrisa pequeña, triste. “Y créeme… reconozco esa mirada.”
Brandy apretó los labios. El semáforo cambió a verde, pero ella no avanzó de inmediato. Respiró hondo, como quien se prepara para sumergirse en agua fría.
“Bandit…” comenzó, y luego se detuvo.
Él sintió cómo algo se contraía en su pecho.
“¿Es Chilli?” preguntó, de golpe. “¿Le pasó algo?”
“No,” respondió Brandy con rapidez. “No, Chilli está bien.”
Bandit soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Pero el alivio duró poco.
“Entonces… ¿qué es?” insistió.
Brandy condujo unos metros más y finalmente estacionó a un costado de la calle, lejos del flujo de autos. Apagó el motor. El silencio que siguió fue absoluto.
Bandit la miró, esperando.
Ella se giró hacia él. Sus ojos brillaban, pero su voz se mantuvo firme, aunque cargada de un peso imposible de ocultar.
“Bandit… ocurrió algo mientras estabas en tus exámenes.”
El corazón de Bandit comenzó a latir más rápido.
“¿Qué cosa?”
Brandy tragó saliva.
“Es Stripe.”
El nombre cayó entre ellos como un objeto pesado, rompiendo algo invisible.
Bandit parpadeó. Una vez. Dos.
“¿Stripe…?” repitió, confundido. “¿Mi hermano?”
Brandy asintió lentamente.
“Hubo un accidente.”
El mundo pareció inclinarse.
Bandit apoyó una mano en el tablero, como si necesitara algo sólido para no perder el equilibrio.
“¿Un… accidente?” repitió, probando la palabra. “¿Cuándo?”
“Esta tarde. En la carretera. Un camión.”
Las imágenes llegaron desordenadas: Stripe riendo, Stripe en la playa, Stripe quemando salchichas, Stripe llamándolo “cerebro de oro” cuando se le olvidaban las llaves. Demasiados recuerdos a la vez. Demasiados.
“¿Está…?” Bandit no pudo terminar la pregunta.
Brandy cerró los ojos un segundo.
“Está en el hospital.”
El alivio fue inmediato, casi violento.
“Entonces está bien,” dijo Bandit, aferrándose a esa idea. “Stripe siempre sale de todo. Siempre.”
Brandy negó muy despacio.
“Está grave.”
Las palabras se clavaron.
Bandit sintió cómo su mente intentaba huir, cómo buscaba refugio en la negación, en el olvido fácil. Por un segundo, solo uno; la información se desdibujó, como si su cerebro intentara borrar la escena antes de que doliera.
Pero no desapareció.
Pero no desapareció.
Se quedó.
“Chilli fue con Trixie,” continuó Brandy con suavidad. “No quiso decírtelo antes. Pensó que… que era demasiado para hoy.”
Bandit bajó la mirada a sus manos. Temblaban.
“Ella… ella prometió que no me dejaría,” murmuró. “Me lo dijo esta mañana.”
Brandy sintió que el corazón se le rompía un poco.
“No te dejó,” respondió con firmeza. “Te está cuidando. A su manera.”
Bandit apretó los dedos hasta que le dolieron.
“Stripe…” dijo en voz baja. El nombre sonó distinto ahora. Más frágil. “No puedo… no puedo olvidarme de esto, ¿verdad?”
Brandy lo miró con una mezcla de ternura y tristeza.
“No,” respondió con honestidad. “Y aunque lo hicieras… no sería porque no te importe. Sería porque tu mente ya está luchando demasiado.”
Bandit cerró los ojos. Una lágrima escapó sin permiso y rodó por su mejilla.
“Es injusto,” susurró. “Justo cuando empiezo a sentir que quizá… quizá puedo mejorar… algo así pasa.”
Brandy extendió la mano y la colocó sobre la suya.
“La vida no espera,” dijo. “Pero tú no estás solo, Bandit. Nunca lo has estado.”
Él asintió lentamente. Respiró hondo. Abrió los ojos.
“Quiero ir al hospital,” dijo. “Aunque sea solo un rato.”
Brandy dudó.
“Tal vez no sea buena idea ahora mismo…”
“Por favor,” la interrumpió él. Su voz no fue fuerte, pero sí firme. “Si lo olvido mañana… quiero al menos haber ido hoy.”
El silencio se instaló de nuevo.
Finalmente, Brandy encendió el motor.
“Está bien,” dijo. “Vamos.”
Mientras el auto arrancaba, Bandit apoyó la frente contra el vidrio, mirando cómo la ciudad volvía a moverse.
En su pecho, el miedo y el amor se mezclaban de una forma dolorosamente familiar.
Y por primera vez en mucho tiempo, Bandit no deseó olvidar.
Los minutos se arrastraban como horas. Trixie no podía quedarse quieta. Se paseaba de un lado a otro de la sala de espera, sus ojos fijos en las puertas de la sala de cirugía, esperando que alguien saliera con noticias.
Radley permanecía sentado, inmóvil, como una estatua rota. De vez en cuando murmuraba algo ininteligible, quizás una oración, quizás simplemente el nombre de su hermano.
Fue entonces cuando las puertas de la sala de espera se abrieron de nuevo. Trixie se giró esperanzada, pero no era un doctor. Era Chilli.
Chilli corrió hacia Trixie y la abrazó con fuerza.
"Vine tan rápido como pude. ¿Cómo está? ¿Qué dicen los doctores?"
Trixie se aferró a su cuñada, sintiendo que finalmente tenía un ancla en medio de esta tormenta. "Aún está en cirugía. Es... es muy grave, Chilli.”
Chilli se acercó a Radley. "Rad, estás herido. Necesitas que te revisen."
Él negó con la cabeza obstinadamente. "No me voy de aquí hasta saber que mi hermano está bien.”
"No es negociable," insistió Chilli. "Tienes cortes que necesitan ser desinfectados y vendados. No ayudarás a nadie si te da una infección."
Finalmente, Radley cedió, se paró y se dirigió a recepción para que una enfermera lo guiara hacia un área de atención donde pudieran limpiar sus heridas.
Chilli y Trixie se quedaron solas en la sala de espera. Se sentaron lado a lado, tomadas de la mano, compartiendo un dolor silencioso que no necesitaba palabras.
"Las niñas están con Nana," dijo Trixie finalmente. "No le dije lo que pasó. No... no podía.”
"Hiciste bien," respondió Chilli suavemente. "Ya habrá tiempo para eso después.”
Después. Esa palabra colgaba en el aire como una promesa o una amenaza. ¿Después de qué? ¿Después de que Stripe saliera de cirugía caminando por su propio pie? ¿O después de que tuvieran que planear…?
No. Trixie sacudió esa idea de su cabeza violentamente. No podía pensar así. Stripe era fuerte. Había sobrevivido a mil cosas antes. Sobreviviría a esto también.
Tenía que hacerlo.
Porque la alternativa era simplemente impensable.
Las puertas automáticas del hospital se abrieron con un siseo suave, casi irrespetuoso para el peso que cargaban quienes entraban. El olor a desinfectante golpeó a Bandit de inmediato, trayéndole recuerdos confusos de otras visitas, otros pasillos, otras esperas. Su cuerpo reaccionó antes que su mente: los hombros se tensaron, el estómago se le cerró.
Brandy avanzó primero, guiándolo con cuidado, como si temiera que el lugar pudiera romperlo con solo mirarlo demasiado fuerte.
Y entonces Chilli los vio.
Fue apenas un segundo. Un parpadeo. Pero suficiente.
Sus ojos se clavaron en Bandit… y luego, lentamente, se movieron hacia Brandy. No fue una mirada furiosa. No gritó. No reclamó. Fue algo peor: una mezcla de reproche, preocupación y miedo puro. El tipo de mirada que solo se lanza cuando alguien ha cruzado un límite muy delicado.
“Te dije que no.” Pensó Chilli, aunque no lo dijo en voz alta. “Te pedí que no lo trajeras.”
Brandy se detuvo en seco al sentirla. Sus orejas bajaron apenas. Sabía exactamente lo que esa mirada significaba.
“Chilli…” murmuró, casi como una disculpa anticipada.
Por su parte Bandita miraba alrededor del hospital. Reconoció a Trixie sentada, las manos entrelazadas con fuerza. Reconoció a Rad saliendo de un pasillo con vendas nuevas. Y entonces entendió, de golpe, que aquello no era solo “grave”.
Era real.
Demasiado real.
“Chilli…” dijo él, con voz baja. No reproche. No enojo. Solo necesidad.
Ella caminó hacia él de inmediato, como si su cuerpo se hubiera movido solo, ignorando todo lo demás.
Se detuvo frente a él y le sostuvo el rostro entre las manos, examinándolo como si necesitara asegurarse de que seguía entero.
“Bandit…” susurró. “Amor…”
Sus ojos brillaban, pero se contuvo.
Bandit apoyó su frente contra la de ella por un segundo. Ese contacto mínimo fue suficiente para que algo se le rompiera por dentro.
Chilli cerró los ojos un instante. Respiró hondo. Cuando los abrió, ya no había escapatoria.
El silencio alrededor pareció expandirse. El hospital siguió funcionando.
Pasos, voces, máquinas con pitidos, pero para Bandit todo se apagó.
“¿Qué tan grave?” preguntó.
Chilli dudó solo un segundo. No iba a mentirle. No ahora.
“Muy grave,” dijo. “Está en cirugía desde hace horas.”
Bandit sintió un mareo repentino. Dio un paso atrás, y Brandy reaccionó de inmediato, sosteniéndolo del brazo.
“No… no, estoy bien,” murmuró él, aunque claramente no lo estaba. “Solo… solo necesito entender.”
Miró a Trixie. Sus ojos hinchados. Su cuerpo encogido. Esa no era la Trixie que conocía. Esa era alguien que estaba a punto de perder algo irremplazable.
“¿Puedo verlo?” preguntó Bandit, casi en un susurro.
“No todavía,” respondió Chilli con suavidad. “Los doctores dijeron que no.”
Bandit asintió. Sus manos temblaban, pero esta vez no intentó ocultarlo.
“Si… si algo pasa,” dijo despacio, como si cada palabra pesara toneladas, “quiero que me lo digan. Aunque lo olvide después.”
Chilli sintió que el corazón se le partía. “Te lo diré,” prometió. “Todas las veces que haga falta.”
Brandy observaba la escena en silencio, con un nudo en el pecho. Finalmente, Chilli se giró hacia ella.
“No quería que lo trajeras,” dijo en voz baja. No había dureza, solo miedo. “No ahora.”
“Lo sé,” respondió Brandy de inmediato. “Pero insistió. Y… pensé que merecía estar aquí.”
Chilli sostuvo su mirada unos segundos más. Luego suspiró, derrotada.
“Solo… no lo dejes solo,” dijo finalmente. “Por favor.”
“No lo haré,” prometió Brandy.
Bandit se sentó lentamente en una de las sillas de la sala de espera. Chilli se sentó a su lado. Él tomó su mano con fuerza, como si temiera que desapareciera si la soltaba. Levantó la vista, los ojos vidriosos.
Chilli apoyó su cabeza contra la de él.
Trixie estaba sentada en una de esas sillas de plástico duro que parecían diseñadas específicamente para ser incómodas, con las patas temblorosas y las manos entrelazadas sobre su regazo.
Las luces fluorescentes zumbaban sobre su cabeza, constantes, implacables, como el tic-tac de un reloj que se negaba a avanzar lo suficientemente rápido.
Radley estaba a unos metros de distancia, apoyado contra la pared con los ojos enrojecidos, la mirada perdida en algún punto del suelo. No había dicho nada más desde que llegó. No hacía falta.
Una enfermera pasó frente a ellos sin mirarlos siquiera. Trixie la siguió con la mirada, deseando con toda su alma que se detuviera, que le diera alguna noticia, cualquier cosa que no fuera este silencio agónico. Pero la enfermera continuó su camino, desapareciendo tras una puerta blanca al final del corredor.
Trixie cerró los ojos con fuerza, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse nuevamente. Ya había llorado tanto que sentía la cara hinchada, áspera. Su garganta ardía. Cada respiración era un esfuerzo consciente.
*Resiste*, se repitió mentalmente. *Resiste por las niñas. Resiste por él.*
Pero su mente no obedecía. Como si tuviera voluntad propia, comenzó a retroceder en el tiempo, alejándose del hospital, del olor a desinfectante, del miedo. Se hundió en un recuerdo que guardaba como un tesoro secreto, uno que había visitado incontables veces en los momentos más oscuros.
---
**12 años atrás.**
El restaurante "La Luna Rossa" era uno de esos lugares que intentaban demasiado: luces tenues que apenas permitían leer el menú, velas parpadeantes en cada mesa, música de violín sonando desde algún rincón oculto.
El aroma a pasta fresca y albahaca flotaba en el aire, mezclándose con el perfume dulzón de otras parejas que cenaban a su alrededor.
Trixie había llegado quince minutos antes de lo acordado, lo cual era típico en ella.
Nerviosa, se había sentado en la mesa que le asignaron, alisando el mantel con las patas una y otra vez mientras revisaba su reflejo en la cuchara pulida.
Su amiga la había convencido de ir a esa cita a ciegas con un "tipo increíble" que conocía del trabajo. *"Es encantador, Trix. Guapo, exitoso, divertido. Te va a encantar"*, había insistido.
Ahora, sentada sola en esa mesa, Trixie se preguntaba por qué había aceptado.
Cuando él llegó —un perro dálmata de pelaje impecablemente peinado, traje caro y sonrisa demasiado blanca— Trixie intentó darle el beneficio de la duda. Se llamaba Carter, trabajaba en finanzas y, aparentemente, le encantaba hablar sobre sí mismo.
"Así que cerré el trato más grande del trimestre," dijo Carter, inclinándose hacia adelante con una copa de vino en la pata, sus ojos apenas posándose en ella. "Mi jefe casi se desmaya cuando vio las cifras. Le dije: 'Esto es lo que pasa cuando contratas al mejor'."
Trixie sonrió educadamente, asintiendo en los momentos apropiados, aunque sus pensamientos comenzaban a divagar.
Había intentado hablar sobre su trabajo, pero él había cambiado de tema casi de inmediato para contarle sobre su auto deportivo nuevo.
El mesero llegó con los platos principales: fetuccini alfredo para ella, risotto para él. Carter apenas lo miró antes de continuar con su monólogo sobre inversiones inmobiliarias.
"La clave es saber cuándo comprar y cuándo vender," explicaba, gesticulando con el tenedor. "Yo tengo un instinto natural para estas cosas. Es casi como un don."
*Un don para hablar sin parar*, pensó Trixie, pinchando su pasta con poco entusiasmo. La música de violín sonaba más fuerte ahora, o quizás solo era que estaba buscando cualquier distracción para no tener que seguir fingiendo interés.
Cuando finalmente terminaron de comer —o más bien, cuando Carter terminó de comer mientras hablaba— el mesero trajo la cuenta en una pequeña bandeja de cuero negro. La dejó en el centro de la mesa con una sonrisa cortés antes de retirarse.
Carter la miró brevemente, luego se puso de pie con una sonrisa que ahora parecía menos brillante y más forzada.
"Disculpa un segundo, necesito ir al baño," dijo, ajustándose el traje.
Trixie asintió, aliviada de tener un momento de silencio. Tomó un sorbo de agua, mirando distraídamente a las parejas cercanas. Había una en particular, unos metros a la izquierda: un perro morado con una camisa informal y una sonrisa relajada, cenando solo con un libro abierto junto a su plato.
Pasaron cinco minutos. Luego diez.
El estómago de Trixie comenzó a contraerse con una sensación incómoda. Miró hacia la dirección del baño, esperando ver a Carter regresar. Nada. Tomó su teléfono y revisó la hora. Quince minutos.
*No*, pensó, sintiendo un rubor cálido trepar por su cuello. *No puede ser.*
Se levantó de la mesa con las patas temblorosas y caminó hacia el área de los baños. Tocó suavemente la puerta del baño de caballeros. Silencio. Un mesero que pasaba le dirigió una mirada curiosa, pero no dijo nada.
Regresó a la mesa, sintiendo cómo las miradas de otros comensales comenzaban a posarse en ella. La cuenta seguía ahí, intacta, esperando. Trixie la tomó con manos temblorosas y la abrió. El total le golpeó como una bofetada: suficiente para cubrir ambas comidas y el vino caro que Carter había ordenado sin preguntarle.
Abrió su bolso, revisando su billetera. No tenía suficiente. Ni siquiera cerca.
El pánico comenzó a instalarse en su pecho, oprimiendo su respiración. *¿Qué hago? ¿Llamo a la hija de perra que me lo recomendó? ¿Le digo al mesero que...?* Las opciones se entremezclaban en su mente, cada una peor que la anterior. La humillación ardía en sus mejillas, haciéndola sentir pequeña, estúpida.
"Disculpa."
La voz la sobresaltó. Trixie levantó la vista y se encontró con el perro morado que había visto antes, el que estaba cenando solo. Tenía una expresión amable, casi tímida, y sus ojos marrones brillaban con algo que parecía genuina preocupación.
"Lo siento si me estoy metiendo donde no debo," continuó, bajando un poco la voz para que solo ella pudiera escuchar. "Pero... noté que tu acompañante salió hace un rato y no ha vuelto. ¿Estás bien?"
Trixie parpadeó, sorprendida por la pregunta. Las lágrimas amenazaban con brotar, pero las contuvo con fuerza. No iba a llorar frente a un extraño. No iba a darle a Carter esa satisfacción, aunque él ya no estuviera ahí para verlo.
"Yo... sí. Estoy bien," mintió, su voz quebrándose ligeramente en la última palabra.
El perro morado la miró con escepticismo, pero no la presionó. En cambio, echó un vistazo a la cuenta que aún sostenía en sus patas.
"Mira," dijo con suavidad, como si estuviera a punto de ofrecer algo delicado y supiera que podría ser rechazado. "No quiero parecer condescendiente ni nada, pero... ¿necesitas ayuda con eso?"
Trixie sintió que su orgullo se encogía y moría un poco en ese momento. Quería decir que no, que podía manejarlo sola, que no necesitaba la caridad de un extraño. Pero la realidad era innegable: estaba atrapada, sin suficiente dinero y con un mesero que pronto vendría a preguntar por el pago.
"No tienes que..." comenzó, pero él levantó una pata para detenerla.
"Ya está hecho," dijo, sacando su billetera y depositando suficiente efectivo en la bandeja para cubrir la cuenta y una generosa propina. "Considera que me debes un café algún día, ¿te parece?"
Trixie lo miró, atónita. No sabía si sentirse agradecida o más humillada. Quizás ambas cosas al mismo tiempo.
"¿Por qué harías eso?" preguntó finalmente, su voz apenas un susurro.
El sonrió, una sonrisa ladeada que parecía llena de secretos y travesuras.
"Porque no todos los caballeros huyen," respondió con simpleza. "Y porque nadie debería tener que pasar por esto solo."
Hizo una pausa, inclinando ligeramente la cabeza.
"Además," añadió con un tono más juguetón, "si te vas sin darme tu número de casa, ¿cómo voy a asegurarme de que llegues bien? Sería irresponsable de mi parte dejarte escapar así como así."
A pesar de todo —del abandono, de la humillación de la noche— Trixie sintió una risa burbujeando en su garganta. Era absurda, inesperada, pero real. Se cubrió la boca con una pata, casi sorprendida por el sonido.
"¿Eso es una línea de ligue?" preguntó, alzando una ceja.
"Quizás," admitió él, encogiéndose de hombros con fingida inocencia. "¿Está funcionando?"
Trixie negó con la cabeza, aunque no pudo evitar sonreír.
"Ni siquiera sé tu nombre."
"Stripe," dijo, extendiendo una pata. "Y tú eres...?"
"Trixie," respondió, estrechando su pata. Era cálida, firme, reconfortante.
"Bien, Trixie," dijo Stripe, todavía sosteniendo su pata un segundo más de lo necesario. "¿Qué tal si salimos de aquí? Este lugar claramente no aprecia a sus clientes más encantadores."
Caminaron por las calles de Brisbane bajo un cielo nocturno salpicado de estrellas. La brisa era suave, llevando consigo el aroma del río cercano y el murmullo distante de la ciudad que nunca dormía.
Trixie había aceptado la oferta de Stripe casi sin pensar, impulsada por una mezcla de gratitud y curiosidad.
"Entonces," dijo Stripe mientras caminaban lado a lado, sus pasos sincronizados sin esfuerzo. "Cuéntame sobre ese tipo. ¿Era tu novio o...?"
"Dios, no," respondió Trixie rápidamente, sacudiendo la cabeza con vehemencia. "Era una cita a ciegas. Mi amiga me convenció de ir."
"Ah," Stripe asintió con comprensión exagerada. "Una de esas. Las citas a ciegas son básicamente la lotería, ¿verdad? A veces ganas, a veces pierdes... y a veces el tipo literalmente se escapa por la ventana del baño."
Trixie soltó una carcajada genuina esta vez, el sonido resonando en la noche tranquila.
"¿Crees que realmente salió por la ventana?"
"Oh, definitivamente," dijo Stripe con total seriedad. "Probablemente está en algún callejón ahora mismo, felicitándose por su gran escape. Qué idiota."
Hubo una pausa, y luego Stripe añadió con un tono más suave.
"Su pérdida."
Trixie sintió un calor diferente ahora, uno que no tenía nada que ver con la humillación. Miró a Stripe de reojo, estudiando su perfil bajo la luz de las farolas.
Había algo en él, en su facilidad para reír, en la forma en que la miraba como si realmente la viera, que la hacía sentir... segura.
"¿Y tú?" preguntó Trixie. "¿Qué hacías cenando solo un viernes por la noche?"
Stripe se encogió de hombros.
"A veces me gusta la soledad. Un buen libro, buena comida. Es tranquilo."
"¿No tienes novia esperándote en casa?"
"No," respondió con una sonrisa traviesa. "Pero tal vez después de esta noche tenga alguien esperándome en algún lugar."
Trixie rodó los ojos, pero su sonrisa no desapareció. Y su colo se comenzó a mover.
Llegaron a un pequeño parque con bancos de madera y árboles que se mecían suavemente con el viento. Se sentaron juntos, el espacio entre ellos disminuyendo naturalmente hasta que sus hombros casi se tocaban.
"Gracias," dijo Trixie finalmente, rompiendo el silencio cómodo que se había instalado. "Por lo del restaurante. No tenías que hacerlo."
"Lo sé," dijo Stripe, volteándose para mirarla directamente. "Pero quería."
Sus ojos se encontraron, y por un momento, el mundo pareció detenerse.
Pero cuando Stripe sonrió, esa sonrisa cálida, sin pretensiones, llena de algo que ella aún no podía nombrar— todas sus dudas se desvanecieron como humo.
"Entonces," dijo Stripe, sacando su teléfono. "¿Me das tu número de casa? Ya sabes, para asegurarme de que llegues bien."
Trixie rió, tomando la nota y escribiendo su número con dedos temblorosos.
"Más te vale usarlo," dijo, devolviéndoselo.
"Oh, cuenta con eso," prometió Stripe.
Y cumplió. Esa misma noche, cuando Trixie llegó a casa, su teléfono sonó con un mensaje: "¿Llegaste bien? Por cierto, ese café que me debes... ¿qué tal mañana?"
Trixie sonrió hasta que le dolieron las mejillas, escribiendo su respuesta con el corazón latiendo rápido en su pecho.
El recuerdo se desvaneció lentamente, como una niebla al amanecer. Trixie abrió los ojos, encontrándose nuevamente en el pasillo del hospital, con las luces fluorescentes zumbando sobre su cabeza y el olor a desinfectante llenando sus pulmones.
Las lágrimas corrían libremente ahora, silenciosas, imparables.
*Por favor*, rogó en silencio, apretando sus patas juntas hasta que los nudillos se volvieron blancos. *Por favor, déjame tener más momentos contigo. Por favor.*
Radley se movía como si cada paso le doliera, no tanto por las heridas físicas sino por el peso que cargaba en el pecho.
Cuando vio a Bandit en la sala de espera, se detuvo en seco.
Por un momento, ninguno de los dos supo qué decir.
Bandit estaba sentado en una de esas sillas incómodas, con las manos entrelazadas sobre sus rodillas, la mirada fija en el suelo. Parecía más pequeño de lo que Radley lo recordaba, como si el hospital hubiera logrado encogerse algo dentro de él.
"Bandit", dijo Radley finalmente, su voz sonaba rasposa.
Bandit levantó la vista. Sus ojos estaban enrojecidos, brillantes.
"Rad."
Ambos se quedaron mirando por unos segundos más. No había un manual para esto, para saber qué decir cuando tu hermano está en cirugía y el mundo parece estar desmoronándose.
Radley se acercó despacio y se sentó junto a él. El silencio entre ellos era pesado, pero no incómodo. Era el tipo de silencio que solo hermanos pueden compartir.
"¿Cómo estás?" preguntó Bandit finalmente.
Radley soltó una risa amarga, sin humor.
"Yo estoy bien. Solo algunos rasguños." Hizo una pausa. "Nada comparado con..."
No terminó la frase. No hacía falta.
Bandit asintió lentamente.
"Brandy me contó lo que pasó."
"Yo lo vi todo", murmuró Radley, cerrando los ojos con fuerza como si quisiera borrar la imagen. "El camión venía demasiado rápido. Stripe estaba cruzando la calle y yo... yo grité, Bandit. Grité tan fuerte que me dolió la garganta... él no me escuchó."
Su voz se quebró.
"Intenté correr. Intenté llegar a tiempo, pero era como correr en un sueño donde tus piernas no obedecen. Y luego... el impacto."
Radley se cubrió el rostro con las manos, sus hombros temblando.
"No pude hacer nada. Nada."
Bandit sintió algo retorcerse en su pecho. Extendió una mano y la colocó sobre el hombro de Radley, apretando ligeramente.
"No es tu culpa, Rad", dijo con voz firme pero suave. "Fue un accidente. Un maldito accidente."
Radley levantó la mirada, encontrándose con los ojos de su hermano. Había algo en ellos, una comprensión profunda que solo alguien que había luchado contra su propia mente podía tener.
"¿Cómo lo haces?" preguntó Radley en un susurro. "¿Cómo... cómo lidias con todo esto? Con olvidar, con no poder controlar nada..."
Bandit exhaló lentamente.
"Algunos días son más difíciles que otros. Algunos días me despierto y no sé qué día es, o dónde dejé las llaves, o si ya desayuné."
Radley escuchaba en silencio.
"Supongo que lo que trato de decir es... incluso cuando siento que estoy perdiendo el control, hay personas que me mantienen anclado. Y tú tienes eso también. Tienes a..." Bandit no lo podía recordar. El nombre de la esposa de Rad.
Radley asintió despacio, aunque las lágrimas seguían cayendo.
"Gracias", murmuró.
Se quedaron así, lado a lado, esperando noticias que parecían no llegar nunca.
Horas más tarde, el cirujano salió finalmente de la sala de operaciones. Todos se levantaron al mismo tiempo. El médico, un labrador de pelaje gris, se quitó la mascarilla con gesto serio.
“Stripe Heeler está estable. Las próximas veinticuatro horas serán críticas, pero respondió bien a la cirugía. Logramos detener la hemorragia y reparar el pulmón colapsado. Estará en cuidados intensivos por ahora.”
Trixie sintió que el suelo volvía bajo sus patas. Se dejó caer en una silla, sollozando entre alivio y agotamiento. “Gracias… gracias…”
El médico asintió, ofreciendo una leve sonrisa. “Podrán verlo pronto, de uno en uno.”
Rad se limpió los ojos con el dorso del brazo, mientras Brandy exhalaba por primera vez en horas. Chilli apretó la mano de Bandit, sintiendo cómo él temblaba levemente.
“Va a estar bien,” dijo Chilli, como si quisiera convencerse también. “Va a estar bien…”
Bandit la miró, con los ojos húmedos. “Yo lo sé. Stripe siempre fue más fuerte que yo. Si alguien puede volver de esto… es él.”
El tiempo volvió a estirarse después de esas palabras.
Estable.
La palabra flotaba en el aire como un salvavidas frágil: suficiente para aferrarse, insuficiente para descansar.
Pasaron minutos. Luego más. Nadie supo decir exactamente cuánto.
Fue una enfermera la que apareció primero, caminando con paso rápido pero contenido, mirando directamente a Trixie.
“Despertó,” dijo en voz baja, como si alzar la voz pudiera romper el momento. “Hace unos minutos. Está consciente… desorientado, pero consciente.”
Trixie se levantó de golpe, Rad dio un paso al frente, Chilli apretó el brazo de Bandit antes de que él reaccionara por instinto. Todos hablaron a la vez.
“¿Podemos verlo?”
“¿Está bien?”
“¿Está hablando?”
“¿Dijo algo?”
La enfermera levantó una mano con calma profesional.
“Por favor… uno a la vez. Solo una visita por ahora. Muy corta.”
Las palabras de ‘una visita” cayeron como una sentencia.
Trixie sintió que el corazón se le subía a la garganta. “Yo… soy su esposa,” dijo, con la voz quebrada pero firme. “Por favor.”
Rad también habló, casi al mismo tiempo. “Soy su hermano. Estuve ahí. Yo—”
La enfermera dudó un segundo, revisando una tabla en su mano.
“Antes de que ustedes decidan,” añadió, “Stripe preguntó algo apenas despertó.”
El silencio fue absoluto.
“Preguntó por Rad.”
Trixie sintió una punzada inesperada. No de celos. De sorpresa. De comprensión dolorosa.
Rad se quedó inmóvil, como si no hubiera entendido bien.
“¿Por… mí?” preguntó.
La enfermera asintió. “Fue lo primero que dijo. Preguntó si su hermano estaba bien. Luego repitió su nombre.”
Rad abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
Trixie cerró los ojos por un instante. Respiró. Cuando los abrió, había lágrimas… pero también decisión.“Ve,” dijo, mirándolo. “Por favor. Ve tú.”
“Pero…” Rad negó con la cabeza. “Trix, tú deberías…”
Ella lo interrumpió con una mano temblorosa en su brazo.
“Si está pidiendo por ti… es porque te necesita ahora.” Tragó saliva. “Dile que lo estamos esperando. Dile que no está solo.”
Rad asintió lentamente. Aparece todo si estaban de acuerdo con esa decisión.
Stripe despertó como si emergiera de un mar espeso.
La luz era demasiado blanca. El aire le costaba. Cada respiración ardía como si sus pulmones protestaran por seguir funcionando. Intentó moverse y un dolor sordo le recorrió el pecho, obligándolo a quedarse quieto.
“Tranquilo,” dijo una voz suave. “No se mueva.”
Stripe parpadeó varias veces. Las imágenes llegaron fragmentadas: el camino, el camión, el ruido, Rad gritando su nombre.
“Rad…” murmuró, con la voz rasposa. “¿Rad está…?”
La puerta se abrió lentamente.
Rad entró despacio, como si temiera que un paso en falso pudiera hacer desaparecer la escena. Cuando Stripe lo vio, una sonrisa mínima, dolorosa, apareció en su rostro.
“Ahí estás,” susurró Stripe. “Sabía que… seguirías aquí.”
Rad se acercó de inmediato, pero se detuvo al lado de la cama, sin atreverse a tocarlo.
“Estoy aquí,” dijo, con la voz rota. “Nunca me fui.”
Stripe exhaló con dificultad. Sus ojos, cansados pero lúcidos, recorrieron el rostro de su hermano como si intentaran memorizarlo.
“Lo siento,” dijo de pronto.
Rad frunció el ceño. “¿Por qué dices eso?”
“Por asustarlos,” respondió Stripe. “Por… hacerlos pasar por esto.”
Rad negó con fuerza, acercándose un poco más.
“No,” dijo. “No empieces con eso. Tú no hiciste nada.”
Stripe soltó una pequeña risa que terminó en tos. La máquina pitó suavemente.
“Siempre fuiste malo para mentir,” murmuró.
Rad apretó los labios, conteniendo las lágrimas.
“Escúchame,” continuó Stripe, respirando con esfuerzo. “No sé… cuánto tiempo tengo despierto. Ni cuánto más.”
“Stripe…” intentó interrumpirlo Rad.
“No,” insistió él, con un hilo de firmeza. “Déjame hablar.”
Rad asintió.
“Si algo pasa…” Stripe tragó saliva. “Cuida a Trixie. Y a las niñas. Especialmente a Mama. Ella… los tiene a ustedes. No la vayas a meter a una asilo.”
Rad cerró los ojos. Una lágrima cayó.
“Se los prometo,” dijo. “A todos.”
Stripe sonrió débilmente. “Y dile a Bandit…” dudó un segundo, como buscando la frase correcta. “Dile que no es una carga.”
Rad asintió una y otra vez, como si temiera olvidar esas palabras si no las repetía mentalmente.
“¿Quieres que le diga algo más?” preguntó, casi suplicando.
Stripe miró al techo. La luz blanca reflejaba en sus ojos cansados. “Dile… que no tenga miedo de olvidar,” susurró.
La enfermera interrumpió La charla familiar. “Señor, todo el tiempo que le puedo dar. Por favor, retírase".
Rad asintió con la cabeza para luego retirarse. No sin antes despedirse de su hermano.
Stripe salió de cirugía después de seis horas. Los médicos dijeron que había sido exitosa, pero que las próximas 48 horas serían críticas. Tenía fracturas múltiples, traumatismo craneal, y su cuerpo había sufrido un golpe del que llevaría tiempo recuperarse.
Si es que se recuperaba.
Nadie quería decir eso en voz alta, pero todos lo pensaban.
Trixie prácticamente vivía en el hospital, durmiendo en sillas incómodas, comiendo lo que Chilli le llevaba porque ella misma se olvidaba de hacerlo. Sus ojos tenían círculos oscuros debajo, su pelaje estaba despeinado, y su voz se había vuelto ronca de tanto llorar.
Chilli se quedaba con ella tanto como podía, pero también tenía que cuidar de las niñas. Y de Bandit.
En casa, las cosas eran extrañamente silenciosas.
Bluey y Bingo se movían con cuidado, como si tuvieran miedo de hacer demasiado ruido. Muffin y Socks se habían quedado con ellos también, porque Trixie no podía estar en dos lugares a la vez.
"¿Cuándo va a despertar papá?" preguntó Muffin una noche durante la cena.
Chilli miró a Bandit, buscando ayuda. Él carraspeó.
"Los médicos están haciendo todo lo posible", dijo con cuidado. "Pero tu papá necesita tiempo para sanar."
"¿Pero va a despertar, verdad?" insistió Muffin, sus ojos grandes y asustados.
Bandit sintió un nudo en la garganta.
"Esperamos que sí", respondió honestamente. "Todos lo esperamos."
Esa noche, después de acostar a las niñas, Bandit se sentó en el sofá con Chilli. Ella recostó su cabeza en su hombro, agotada.
"¿Cómo estás?" preguntó ella suavemente.
"Confundido", admitió Bandit. "Asustado. Enojado."
"¿Enojado?"
"Sí." Cerró los ojos. "Enojado porque justo cuando empiezo a sentir que tal vez puedo mejorar, que tal vez hay esperanza... pasa esto. Y sé que suena egoísta, pero..."
"No es egoísta", lo interrumpió Chilli. "Es humano."
Bandit la abrazó más fuerte.
"No quiero olvidar esto", susurró. "No quiero despertar mañana y no recordar que Stripe está luchando por su vida. Porque si lo olvido... siento que lo estaría traicionando."
Chilli sintió las lágrimas brotar nuevamente.
"No lo olvidarás", prometió, aunque ambos sabían que no podía garantizarlo. "Y si lo haces, yo te lo recordaré. Siempre."
Y así, casi sin que nadie pudiera señalar el momento exacto, las horas comenzaron a deslizarse unas sobre otras.
La primera noche llegó envuelta en luces artificiales y el zumbido constante de las máquinas. Nadie durmió realmente. Trixie se quedó sentada en una silla incómoda, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando la pared como si pudiera atravesarla con la mirada y llegar hasta Stripe. A ratos cerraba los ojos, solo para abrirlos segundos después, sobresaltada, como si temiera que algo terrible ocurriera justo cuando no estuviera mirando.
Luego vino el segundo día.
Después el tercero.
El hospital dejó de sentirse ajeno y comenzó a parecerse peligrosamente a una rutina.
Trixie aprendió los horarios de las enfermeras, el sonido específico de cada monitor, el olor del café recalentado de la máquina del pasillo. Aprendió también a sonreír cuando le decían “hoy está estable”, aunque esa palabra ya no le diera el mismo alivio que al principio.
Stripe permanecía inmóvil en la cama de la Hospital, rodeado de tubos, luces parpadeantes y un ritmo constante que se había vuelto parte del aire: beep… beep… beep.
Era un sonido cruel.
A veces Trixie dormía en el sofá duro de la sala de espera, o en una silla junto a él, con la cabeza recargada en el borde de la cama.
Su pata siempre buscaba rozar la de Stripe, aunque él no respondiera.
Había momentos en los que juraría que lo sentía tibio. Momentos en los que creía escuchar su respiración mezclada con la suya.
Las enfermeras le habían advertido que duermen poco los familiares en estos momentos.
Que la mente juega trucos.
Que los sueños se vuelven demasiado reales.
Esa noche, la sala de cuidados intensivos estaba casi a oscuras.
Solo la línea verde del monitor cardiaco pulsaba con un ritmo lento, irregular, como una canción a punto de romperse.
El cuerpo de Stripe estaba quieto, pálido, con los tubos y vendas ocultando todo rastro del perro risueño que siempre perseguía a Muffin para hacerla reír.
Trixie tomó su mano. Estaba tibia, pero inerte. Se sentó a su lado, con la lámpara tenue iluminando apenas su rostro.
“Vuelve conmigo… aunque sea un minuto,” susurró.
La máquina pitó una vez. Una nota larga. Después, otra más corta.
Y entonces, sin previo aviso, los párpados de Trixie se hicieron pesados. Muy pesados.
Parpadeó.
Una vez.
Otra.
El mundo se disolvió.
Trixie abrió los ojos… y no estaba en la Hospital.
Estaba en una sala blanca. Un espacio vacío, inmenso, silencioso. El aire olía a nada, como si el mundo estuviera recién creado.
Y ahí, en el centro, Stripe estaba de pie.
No tenía tubos, ni vendas, ni heridas. Solamente su pelaje, impecable, suave. Sus ojos cálidos. Su sonrisa.
“Hola, Trix,” dijo con su voz grave, esa que siempre usaba cuando quería tranquilizarla. Era tan real que Trixie sintió cómo las rodillas le temblaban.
Ella corrió hacia él.
La sala blanca se transformó súbitamente.
El suelo desapareció y se convirtió en una plataforma sólida que parecía flotar en la nada.
Sobre ellos, una luna enorme, redonda y luminosa, colgaba del cielo negro como un farol eterno.
Entonces comenzó a sonar una música suave. Un compás de tres tiempos. Un vals. Su vals.
Stripe extendió su pata hacia ella. Una invitación.
Trixie tomó su mano.
Stripe la acercó a su pecho con la suavidad con la que se toma un tesoro frágil. Ella sintió cómo él respiraba, cómo su corazón latía con calma, como si no estuviera en coma a pocos metros en la vida real.
“¿Bailamos?” murmuró él.
Trixie asintió, y Stripe colocó su pata derecha en su espalda baja, guiándola con un gesto que había usado cientos de veces, desde su primer baile torpe cuando eran apenas adolescentes.
Él la condujo hacia adelante. Ella dio un paso suave. Sus patas se rozaron, sincronizados.
Uno… dos… tres.
Uno… dos… tres.
Stripe lideraba con precisión perfecta:
El movimiento circular de su torso, la ligera presión de su mano en la espalda, su otra pata entrelazando la de ella como un ancla cálida.
Cada giro era un abrazo. Cada paso, un recuerdo. Parecían flotar, y quizá lo hacían.
Trixie inclinó su cabeza sobre el hombro de él.
“La luna llena nos queda bien,” dijo Stripe con una sonrisa suave.
“Siempre nos quedó bien,” respondió ella.
Él rio bajito.
Su risa, la risa que Muffin heredó, vibró entre los dos.
Stripe levantó a Trixie en un pequeño giro. No era un movimiento exagerado ni complicado: era su movimiento favorito, uno que él hacía para verla sonreír.
Su coordinación era impecable. Stripe guiaba cada paso con una delicadeza musical, como si la música saliera directamente de su propio pecho.
En cada giro, la luz plateada de la luna los envolvía. Sus sombras se estiraban. Sus cuerpos se movían como si fuesen uno solo.
Trixie sintió que nunca había bailado tan bien en su vida.
Pero entonces…
Entonces notó algo.
La luz de Stripe comenzaba a perder intensidad. No la luna. No la sala.
Él.
El borde de su figura empezaba a desdibujarse, como si fuese un dibujo hecho con tiza y el viento estuviera soplando muy, muy suave.
“Stripe…” susurró ella, deteniendo el paso.
Él tomó su rostro entre sus manos. Sus dedos eran cálidos, pero más livianos de lo normal.
“No te detengas,” dijo. “Déjanos terminar este baile.”
Trixie sintió un nudo desgarrador en la garganta.
Stripe dio un paso más. Otro.
Ella lo siguió… aunque sus piernas comenzaban a fallar por el miedo.
La música continuó.
Pero el cuerpo de Stripe se hacía cada vez más translúcido. Sus brazos ya no pesaban sobre ella. Sus dedos se sentían como una brisa.
“Stripe, no…” Su voz tembló. El terror la sacudió.
Él sonrió, una sonrisa triste, tierna, eterna.
“Trixie… este vals es para que no tengas miedo. Para que sepas que te amé desde el primer paso… hasta el último.”
La luna parpadeó. La música comenzó a distorsionarse, como si alguien estuviera alejando el tocadiscos.
Stripe la abrazó . Sus brazos casi no tenían consistencia. Podía ver el fondo del sueño a través de él.
“Trixie… cuida a nuestras niñas. Diles que su papá bailó hasta el final.”
“¡No! No te vayas! ¡Quédate con nosotros! ¡Todavía tengo mucho por seguir amándote!" Ella gritó, apretándolo con todas sus fuerzas… pero sus brazos traspasaron su espalda como si fuera humo.
Stripe retrocedió un paso. Otro. Otro.
La luz de su pecho se apagaba. Su rostro se desvanecía. Su figura se disolvía en pequeñas motas luminosas que flotaban como luciérnagas.
“Trixie…” fue lo último que pronunció, con una voz apenas audible. Como un susurro. Como una caricia.
Y entonces Stripe desapareció.
La música se detuvo con un golpe seco.
La luna se apagó.
La sala quedó en absoluta oscuridad.
Beep.
Beep.
Beeeeeeeeeeeeeeeeep.
Trixie despertó con un jadeo.
Estaba en el hospital.
La máquina cardiaca marcaba una línea recta.
La alarma del monitor sonaba con un pitido largo… infinito.
El mundo real se derrumbó sobre ella.
“Vuelve… por favor… vuelve,” sollozó