ID de la obra: 627

A contraluz. Entre cenizas y lavanda.

Het
NC-21
En progreso
4
Fandom:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 354 páginas, 183.204 palabras, 14 capítulos
Etiquetas:
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
Compartir:
4 Me gusta 1 Comentarios 4 Para la colección Descargar

Capítulo 14: Las estrellas de nadie

Ajustes de texto
CAP 14: Las Estrellas de Nadie              Sirius caminaba solo por el pasillo que salía del Gran Comedor, las manos en los bolsillos, la mirada baja. Pero al alzarla, se detuvo bruscamente. Theodore Nott venía en dirección contraria, con el paso tenso, apresurado. Sus ojos se cruzaron.       Por un momento ninguno dijo nada. Solo el eco de sus pasos, luego el silencio espeso entre ellos. Sirius ladeó la cabeza, sin quitarle los ojos de encima.       —¿Con prisa, Nott?       Theodore le sostuvo la mirada, pero sus labios formaban una línea rígida.       —No todo el mundo tiene tiempo para pasear con aire de superioridad —replicó con frialdad.       Sirius sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.       —¿Superioridad? No. Solo paso por aquí… después de rescatar a cuatro estudiantes de una celda oscura donde, si no me equivoco, podrías haber acabado tú también. O quizás… ¿eras tú el que conocía la dirección?       Nott frunció el ceño.       —No tengo nada que ver con eso.       —Claro —asintió Sirius, con tono falso de comprensión—. Porque nadie de tu familia estaría ligado a los Lestrange, ¿verdad?       El rostro de Theodore palideció ligeramente. Dio un paso hacia Sirius, la voz baja, tensa.       —Ten cuidado con lo que insinúas.       Sirius le sostuvo la mirada con fiereza, sin retroceder un centímetro.       —¿Por qué? ¿Tengo razón?       Por un segundo, Nott pareció dudar. Luego apretó los labios y miró hacia un lado.       —No todo es lo que parece, Black. Recuerda eso… cuando empieces a mirar demasiado cerca a los tuyos…       Sirius avanzó un paso, con un brillo afilado en la mirada.       —Ya lo hago. Precisamente por eso me alejé de ellos. Tú deberías considerar lo mismo… antes de que te lleven al fondo con ellos.       Antes de que Nott pudiera responder, una figura se aproximó por el pasillo: Regulus Black. Se detuvo junto a Theodore y le echó una mirada rápida. Luego, a Sirius. El silencio se tensó aún más.       —¿Todo bien por aquí? —preguntó con voz suave, pero cargada de intención.       Sirius clavó los ojos en su hermano, pero no contestó. Solo dio un paso al lado, rozando el hombro de Nott al pasar. Susurró lo justo para que ambos lo oyeran:       —Solo hablando de traiciones… y de lo que nos cuestan.       Y se alejó por el pasillo, sin mirar atrás.       Regulus no se movió de inmediato. Solo miró a Theodore, con un gesto casi imperceptible de decepción, y murmuró:       —Ya te lo dije. Que estés nervioso no te hace culpable… pero parecerlo sí que llama la atención. Y tú, Nott… ahora mismo pareces culpable.       El regreso de los secuestrados había alterado el equilibrio sutil de todo lo que Theodore Nott creía tener bajo control.       —¿Están… todos bien?—preguntó como quien quiere confirmar algo y a la vez no.       —Sí. Aunque uno podría preguntarse si eso es una preocupación sincera o solo miedo a que hablen demasiado.       Nott palideció ligeramente de nuevo.       —Mi familia no…       —No, no está implicada oficialmente —interrumpió Regulus, acercándose un paso—. Pero cuidado, Theo. Las sospechas no necesitan pruebas cuando el aire empieza a oler a podrido.       —¿Estás amenazándome?       —Te estoy advirtiendo —dijo Regulus con voz baja, cortante—. Mantente alejado de los Bellerose. Si la sangre de tu apellido se mezcla con la suya, atraerás más atención de la que puedes permitirte.       Nott tragó saliva. Regulus seguía impasible.       —¿Y si ya saben algo? —preguntó Nott en un susurro.       —Entonces será mejor que te preocupes más por lo que Calliope o el resto puedan recordar que por mí.       Regulus dio media vuelta, pero se detuvo antes de desaparecer por el pasillo.       —Recuerda, Theo. A los ojos de los demás, eres un Nott. Pero para los que sí sabemos mirar… eres solo un chico temblando bajo la capa de papá.       Y se fue. Theodore Nott se quedó solo, rodeado de sombras más densas que antes. Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió protegido por su apellido… sino condenado por él.              Un rayo de sol se colaba con suavidad por los altos ventanales de la enfermería. El aire era tranquilo, perfumado de pociones y lavanda. En una de las camas, Kate Bellerose dormía profundamente, el rostro sereno pero aún algo pálido. El vendaje blanco que asomaba discretamente por debajo del camisón del hospital era el único testimonio visible del horror vivido días antes.       Madame Pomfrey entró con su andar rápido y eficaz, pero al ver que Kate comenzaba a moverse, suavizó el paso.       —¿Kate? —preguntó suavemente.       La chica frunció el ceño y parpadeó, abriendo los ojos despacio. Tardó unos segundos en reconocer el techo de la enfermería… y otros más en darse cuenta de que no estaba sola.       —¿Dónde…?       —Estás en Hogwarts —dijo Edward, su hermano mayor, acercándose al borde de la cama con una sonrisa aliviada. Su voz le temblaba ligeramente—. Estás a salvo.       Gregor y Elsa Bellerose estaban junto a él, sentados en silencio, las manos entrelazadas. Elsa se levantó de inmediato y tomó la mano de su hija.       —Oh, gracias a Merlin… Kate. Estás bien.       Kate intentó incorporarse, pero una punzada en el costado la detuvo. Al mover la sábana notó el vendaje grueso bajo la ropa. Alzó los ojos hacia Madame Pomfrey, que le lanzó una mirada rápida y serena… y negó apenas con la cabeza, discreta. No había contado nada. Kate asintió levemente y le dedicó una sonrisa agradecida. Luego respiró hondo, venciendo el temblor de su voz.       —¿Randolph? ¿Hannah?       —Salieron ya de la enfermería —respondió Elsa—. Están bien. Les han dado el alta.       —Qué alivio…       Gregor, de pie al fondo, la observaba con una mezcla de contención y orgullo. No decía nada, pero sus ojos hablaban más que cualquier palabra. Edward le ofreció a su hermana un vaso de agua y Kate aceptó con una pequeña sonrisa.       —¿Y Beth? —preguntó entonces, algo más despierta.       Edward se adelantó para responder:       —Está en clase. Quería quedarse, pero mamá y papá insistieron en que todo volvería pronto a la normalidad. Y que tú estarías bien cuando despertaras.       Kate asintió. Saber que su hermana pequeña estaba bien le quitaba un peso enorme del pecho. Pero aún quedaba una preocupación clavada bajo la piel. Su voz bajó de tono.       —¿Y Calliope?       Sus padres intercambiaron una mirada rápida. Fue su madre quien respondió:       —Está en San Mungo. Fue una herida muy grave… pero está estable.       Kate se quedó callada unos segundos, tragando con dificultad. Estable no significaba fuera de peligro, pero tampoco significaba pérdida. Cerró los ojos con alivio, aunque el miedo no se extinguió del todo.       —Gracias…está estable… —murmuró.       Entonces, con voz aún más baja, preguntó:       —¿Y Sirius?       Hubo un pequeño silencio. Fue su madre quien respondió:       —Vino a verte esta mañana y ayer. Pero tu padre… le pidió que se marchara.       Kate giró la cabeza hacia su padre, sorprendida pero sin rabia.       —¿Papá?       Gregor no esquivó su mirada. Caminó hasta el borde de la cama, se inclinó levemente y habló con voz baja, grave:       —No es que no le esté agradecido. Sé lo que hizo… lo que hicieron todos. Y le respeto por eso. Pero… tú estabas herida, y yo necesitaba verte. A ti. Sin distracciones.       Kate sostuvo su mirada unos segundos, luego bajó los ojos. Pero no discutió. Gregor suspiró, pasó la mano por su nuca y añadió, más suavemente:       —Sé que él te importa. Y eso también lo respeto… más de lo que puedes imaginar. Pero… cuando te vi inconsciente… —hizo una pausa breve, cargada de imágenes no dichas—. Fue como revivir algo que no quería volver a sentir nunca. Ni una sola vez más.       Kate lo miró de nuevo. El gesto de su padre había sido duro, sí, pero no injusto. Había en su voz una grieta, como si hubiera dejado entrar un poco de aire entre la vieja rigidez y el temor sincero por su hija.       —Me alegra que lo digas —murmuró Kate—. Porque… él me salvó, papá. Estuvo ahí. Todo el tiempo. No voy a renunciar a él.       Gregor asintió, sin añadir nada. Su gesto era de aceptación, pero no de paz. Como un hombre que camina por un campo donde sabe que, en algún punto, todo puede volver a romperse.       Edward, que hasta entonces había permanecido en silencio, cambió de tema con suavidad:       —¿Quieres que le avise de que estás despierta?       Kate asintió al instante, con una sonrisa cansada pero genuina.       —Por favor.       Después de un rato en que sus padres le preguntaron muchas cosas sobre los días pasados. Kate los miró con una sonrisa suave.       —De verdad, podéis iros a descansar. Estoy bien… solo necesito dormir un poco más.       Elsa frunció el ceño, como si no quisiera moverse de allí.       —¿Estás segura, cariño?       —Sí, mamá. Mañana probablemente me den el alta, y podremos hablar con calma. —miró también a su padre—. Prometo no escaparme.       Elsa sonrió, aliviada, mientras Gregor asentía, aún con gesto serio, pero más relajado.       —Está bien. Pasaremos a verte mañana temprano.       —Descansad, de verdad —insistió Kate—. Me vendrá bien algo de silencio.       Elsa se inclinó para darle un beso en la frente.        —Hasta mañana, cariño.       La familia salió en silencio, y Kate, al quedarse sola, se acomodó en la almohada. Cerró los ojos con una leve sonrisa. Por primera vez en días, sentía que todo empezaba a calmarse.              Sirius estaba recostado sobre la barandilla del balcón exterior que conectaba la torre de Astronomía con el resto del castillo. El viento frío revolvía su cabello negro y la túnica colgaba algo arrugada. No había dormido mucho, pero no se sentía cansado. Solo inquieto.       Escuchó pasos detrás de él y, al girarse, vio a Edward Bellerose acercarse. El chico era algo mayor, serio y siempre con esa expresión controlada que parecía más propia de un auror que de un estudiante recién graduado.       —¿Te escondes o meditas? —preguntó Edward con tono neutral, aunque no parecía venir con hostilidad.       Sirius esbozó una sonrisa ladeada.       —Un poco de ambas. Hogwarts tiene muchos balcones, ¿sabes? Y no todos sirven para saltar dramáticamente.       Edward se apoyó junto a él, cruzándose de brazos.       —Ha despertado.       Sirius se giró rápidamente, la sonrisa desapareciendo. Se enderezó por completo.       —¿Kate?       Edward asintió.       —Está débil, pero está bien. Ha preguntado por ti.       Sirius respiró hondo, como si hasta ese momento no hubiera tenido derecho a hacerlo.       —Gracias.       —Solo un aviso —añadió Edward, mirándolo de reojo—: mis padres están con ella. No va a haber duelos a varita por ahora, pero... entiendes que estén sensibles.       —Lo entiendo —respondió Sirius con calma, aunque la ironía seguía cosida a sus palabras—. No todos los días tu hija es secuestrada y sobrevive por un golpe de suerte.       Edward le lanzó una mirada entre divertida y resignada.       —Solo digo que si les haces daño, no hará falta que mi padre te lo diga. Lo haré yo.       —Y yo no esperaría menos —respondió Sirius, y le tendió la mano.       Edward dudó un instante, luego se la estrechó con fuerza.       —Ve. Está esperándote.       Sirius no dijo nada más. Dio media vuelta y se echó a andar con paso decidido a la enfermería.              Entró como si el suelo fuera suyo. Iba con el cabello revuelto por el viento, las botas algo polvorientas, y esa expresión de quien no está seguro de si puede entrar… pero tampoco va a pedir permiso. Al verla sentada y la ausencia de sus padres, sus ojos se iluminaron, intentó alegrarla desde el principio.       —Bueno, bueno... mírate. La princesa despierta. ¿Cómo te sientes?       —Como si me hubiera peleado con un mortífago y hubiera perdido. —Kate se rió, aunque el gesto le dolió un poco.       —Técnicamente perdiste. Muy dignamente, eso sí.       —Qué romántico eres —dijo ella alzando una ceja.       —Es parte de mi encanto trágico.       Sirius se acercó hasta la cama y se sentó en el borde, sin dejar de mirarla. Durante unos segundos, ninguno dijo nada. Él parecía buscar algo en sus ojos, como si necesitara confirmar que realmente estaba ahí.       —Estuve muy asustado —dijo, por fin, con una voz más baja, más real.       —Yo también —susurró Kate.       —Creí que te había perdido.       —Pero no lo hiciste.       —No —dijo él, inclinándose más cerca.       El silencio que siguió fue denso, cargado de lo que no hacía falta decir. Entonces, Sirius la miró con esa media sonrisa que solo usaba cuando bajaba las defensas.       —¿Te puedo besar o aún estás demasiado frágil?       Kate ladeó la cabeza, jugando con el borde de la sábana.       —Pomfrey no ha dicho nada sobre eso en el tratamiento…       —¿Eso es un sí?       Ella tiró suavemente de su túnica, atrayéndolo. Sirius se inclinó y la besó con una mezcla perfecta de ternura, necesidad y alivio. Sus labios se encontraron como si fuera la primera vez y la última al mismo tiempo. Cuando se separaron, él la rodeó con los brazos y la abrazó sin apuro, como si aún necesitara asegurarse de que estaba ahí.       —¿Puedo quedarme hasta que te duermas? —murmuró él.       Kate cerró los ojos, tranquila.        —Sí. Pero no te vayas esta vez.              Un día después, la puerta de la enfermería se cerró con un leve chasquido detrás de ellos. El pasillo estaba bañado por una luz suave que se colaba a través de las vidrieras, y por primera vez en días, Kate respiró aire fresco sin olor a pociones ni vendas. Todavía le quedaba un vendaje en el costado, pero se disimulaba con el uniforme.       —¿Estás segura de que no prefieres esperar hasta la tarde? —preguntó Gregor, con ese tono de padre que mezcla preocupación con orgullo mal disimulado.       Kate lo miró de reojo con una sonrisa leve pero firme.       —Voy a intentarlo. Quiero llegar al comedor. No quiero que me miren como si aún estuviera... fuera de la normalidad.       Elsa le tomó la mano y la apretó con suavidad.       —Nunca lo has estado.       Kate asintió. Dio un paso hacia adelante, algo vacilante, pero con la determinación de alguien que ha cruzado un umbral invisible. Sus pasos resonaron en el mármol del pasillo. Iba erguida. Delicada aún, pero sin sombra en los ojos.       Elsa la observó avanzar por el pasillo, con paso lento pero firme, hasta que desapareció tras la curva. Sólo entonces habló, en un susurro que parecía temer romper el delicado equilibrio del momento.       —Gregor… ¿Crees que ya podemos volver a casa?       Él no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en el punto donde había estado su hija segundos antes. Finalmente, pasó un brazo alrededor de los hombros de Elsa y asintió con suavidad.       —Sí… Aunque, si te soy sincero, quisiera llevarlas conmigo. A las dos. Ponerlas a salvo, lejos de todo esto.       Elsa suspiró, ladeando la cabeza para mirarlo.       —Puedes intentarlo, pero ya sabes cómo son nuestras hijas. Sobre todo Beth. Tiene esa determinación tuya cuando decides algo.       Gregor esbozó una mueca entre resignación y ternura.       —Sí… por eso me preocupa más. No se deja cuidar.       —Se deja querer, que no es poco —respondió Elsa con una leve sonrisa—. Y ahora mismo, eso parece bastar.       Hubo una pausa tranquila entre los dos. El castillo estaba en calma, y en sus corazones, por primera vez en días, no latía el miedo.       —Disfrutemos aunque sea un día sabiendo que todo va bien —murmuró ella, apoyando la cabeza en su hombro.       Gregor la besó en el cabello, en silencio. Y juntos sintieron —aunque solo por un momento— que lo peor había quedado atrás.              El Gran Comedor hervía de rumor y cuchicheos cuando las puertas se abrieron. Al principio, nadie reparó en ella. La luz del mediodía se filtraba por los altos ventanales, bañando los manteles y las copas con un resplandor cálido. Pero cuando Kate Bellerose dio el primer paso hacia el interior, el silencio cayó como un hechizo no conjurado. El sonido de los cubiertos se apagó. Decenas de miradas se alzaron hacia la figura alta y aún algo pálida que avanzaba con paso seguro entre los bancos.       El eco de sus mocasines resonaban sobre las losas. El uniforme, aunque perfectamente colocado, dejaba asomar el vendaje bajo el cuello que provenía del costado. Tenía el mentón en alto, los ojos serenos… pero había un filo nuevo en su mirada. Como si hubiera regresado de un sitio al que nadie más se atrevía a mirar.       Sirius la vio antes que nadie. Su cuerpo se tensó, interrumpiendo a mitad de frase la conversación con James. Se levantó lentamente, como hipnotizado, los ojos clavados en los de ella. Y Kate, al encontrarlo entre la multitud, se detuvo apenas un segundo. Solo para mirarlo. Solo para que él supiera que había vuelto.       Ese breve instante, entre el silencio general, fue tan intenso que Mary susurró “Merlín…” antes de que alguien más respirara. Desde la mesa de Slytherin, Theodore Nott se removió incómodo. Sus ojos fríos no dejaban de observar a Kate, pero esta ni siquiera le dedicó una mirada.       Cuando por fin llegó a la mesa de Gryffindor, todo estalló.       —¡Kate! —exclamó Marlene, levantándose de golpe.       —¡Pero si Poppy dijo que salías por la tarde! —añadió Lily, con una sonrisa mezcla de asombro y alivio.       —Sorpresa —dijo Kate con una media sonrisa, y antes de que pudiera decir más, fue rodeada por abrazos y exclamaciones.       —Ey, tienes que enseñarme ese truco de escape, Bellerose —bromeó James.       —¿Te dejaron salir o te fuiste por tu cuenta? —dijo Remus, alzando una ceja con humor.       —Un poco de ambas —respondió ella, encogiéndose de hombros.       —¡Ya decía yo que ese "Hasta la tarde" no sonaba a Kate! —rió Pippa, mientras Mary le ofrecía sitio junto a ella.       Pero entonces Sirius se acercó, sin decir palabra. No lo necesitaba.       Kate lo miró y, sin vacilar, le tendió la mano. Él la tomó sin dudar y, con una naturalidad que enmudeció a medio comedor, la atrajo suavemente hacia sí y la besó. No fue un beso urgente ni desesperado, sino lleno de algo más profundo: complicidad.       Hubo un murmullo entre los estudiantes, una mezcla de asombro, admiración y, en algunos casos, abierta envidia. Cuando se separaron, Sirius le rozó la frente con los labios.       —Bienvenida de vuelta —murmuró.       Kate sonrió, y solo entonces se permitió bajar la guardia un poco.       —Tenía hambre —dijo, como si no hubiera ocurrido nada, sentándose finalmente.       La conversación en la mesa de Gryffindor volvió a fluir poco a poco, más animada que antes. Alice le pasó pan, Peter hizo un comentario absurdo sobre que los elfos domésticos habían apostado por cuándo saldría, y hasta Remus rió.       Pero por encima de todo, mientras Hogwarts seguía observando de reojo a la chica que había regresado de la oscuridad, Kate solo veía a Sirius. Y en su mirada estaba claro: no la habían roto. Solo la habían hecho más fuerte.              Unas horas después, la habitación estaba en penumbra, con solo una ventana dejando pasar la luz de la mañana. Un par de sillones antiguos y una mesa servían de refugio momentáneo para los Bellerose. Habían pedido un momento a solas con sus hijos antes de abandonar Hogwarts.       Gregor miró a Kate, a Beth y luego a Edward, que se mantenía en silencio, con los brazos cruzados y la mirada atenta.       —Queremos hablaros de algo —comenzó Gregor, con un tono firme, aunque sin dureza—. Hemos estado pensando en lo que ocurrió… y creemos que lo mejor sería que volvierais a casa.       Beth frunció el ceño de inmediato.       —¿Perdón? —preguntó, como si no hubiera entendido bien.       —Solo hasta que las cosas se calmen —intervino Elsa, conciliadora—. La situación es inestable, Hogwarts no deja de ser un blanco. Y ya no estamos tranquilos.       —¿Y creen que yo sí lo estoy? —dijo Beth, alzando un poco la voz—. ¿Pero qué quieren, que desaparezca del mapa? ¿Que me encierre? ¡No! No pienso irme. No después de esto.       —Beth… —intentó Elsa.       —Ni lo habléis —cortó ella, con los ojos húmedos por la rabia—. No voy a esconderme por miedo.       Se levantó de golpe y salió de la sala, dejando la puerta entreabierta tras de sí. Hubo un largo silencio. Kate, que hasta entonces había permanecido callada, alzó los ojos lentamente hacia sus padres. Había dolor en ellos, pero también una claridad serena.       —Yo tampoco me iré.       Gregor se pasó una mano por el rostro, agotado.       —Kate, casi no sales de esa cueva con vida. No podemos arriesgarnos a perderos. A ti. A Beth.       —Lo sé. Pero eso no significa que debamos huir. Sabíamos desde hace tiempo que el mundo se estaba volviendo peligroso. Este no es un problema de Hogwarts… es un problema de todos. Y nosotros, aunque seamos jóvenes, también formamos parte de esta guerra. No voy a renunciar a mi vida por miedo.       Elsa la observaba con el corazón apretado.       —¿Estás segura de que no es por él? —preguntó en voz baja—. ¿Por Sirius?       Kate la sostuvo la mirada.       —Claro que es por él. Pero no solo por él. Es por mí. Por lo que soy. Por lo que elijo. No podemos amar sólo cuando es fácil. No se puede proteger a alguien sin aceptar también los riesgos.       Edward, que había permanecido en silencio, recordó a Marlene y, finalmente, intervino. Se acercó a Kate y le apoyó una mano en el hombro.       —Tiene razón —dijo con suavidad—. Kate no está huyendo del peligro… está decidiendo enfrentarlo con los ojos abiertos. Como debe ser.       Gregor bajó la mirada. Su mano buscó la de Elsa, que se la apretó sin decir nada.       —No es fácil dejaros aquí —murmuró él.       —Tampoco es fácil quedarse —replicó Kate, con una media sonrisa triste—. Pero esta es nuestra casa. Y ustedes nos han enseñado a no abandonar las cosas importantes.       Elsa se acercó a su hija y la abrazó, conteniendo las lágrimas.       —Cuídate —susurró—. Y cuídala a ella también.       —Siempre —respondió Kate.       Kate se quedó un momento respirando despacio. Luego, se giró hacia Edward y sus padres.       —Voy a buscar a Beth —dijo.       —Está bien. Creo que necesita oírte más que a nadie ahora mismo.              No tardó en encontrar a Beth al doblar una esquina sentada en uno de los bancos de piedra junto al jardín interior.       —Beth.       La más joven alzó la mirada, sorprendida. Al ver a Kate, su expresión se suavizó.       —Hola —murmuró—. Estaba… pensando en ir a buscarte.       Kate sonrió y se sentó a su lado.       —Entonces nos hemos ahorrado el esfuerzo ambas.       Pasaron unos segundos en silencio, con la brisa entrando por los ventanales abiertos.       —Nuestros padres quieren protegernos —dijo Kate al fin—. Pero no pueden hacerlo a costa de quitarnos lo que nos hace fuertes. Aunque entiendo tu reacción, no es del todo justa con ellos.       Beth bajó la mirada.       —Lo sé… Me enfadé. Fue una reacción infantil. Pero tenía miedo. Lo sigo teniendo.       —Yo también —admitió Kate—. Pero no podemos quedarnos quietas cada vez que el miedo aparece. Hogwarts es nuestro hogar, Beth. Y aunque duela decirlo… es posible que ya no exista ningún lugar completamente seguro. Pero se lo podemos hacer ver con sencillez.       Beth respiró hondo, mirando sus propias manos.       —No quiero huir. Pero tampoco quiero que mamá y papá sufran por nosotras. Me siento culpable, como si quedarme aquí fuera egoísta.       Kate la miró con ternura y apoyó una mano en su rodilla.       —No lo es. Elegir quedarse no es egoísmo. Es compromiso. Con quienes somos. Con lo que amamos. Si alguna vez decides irte, debe ser porque tú lo eliges, no porque te lo impongan. Lo que vivimos… lo que sentimos… no puede esconderse por miedo.       Beth ladeó la cabeza hacia ella, con los ojos brillantes.       —Hablas como si tuvieras veinte años más, ¿lo sabes?       Kate rió suavemente.       —Es que últimamente siento que los días pesan como años. Aunque espero que las arrugas tarden un poco más en llegar.       Beth suspiró con una sonrisa, y tras unos segundos, apoyó la cabeza en su hombro.       —Gracias por venir a buscarme.       —Siempre lo haré.       Hubo otra pausa, hasta que Beth murmuró:       —Kate… perdón por cómo reaccioné cuando lo tuyo con Sirius empezó. Fui injusta. Solo estaba asustada de perderte.       Kate la abrazó con fuerza.       —No me vas a perder. Ni aunque el mundo se caiga. Y algún día, cuando encuentres a alguien así, lo vas a entender todo. Hasta los riesgos.       Beth se sonrojó y murmuró, casi para sí:       —Quizá ya lo entiendo… solo que no quiero que sea cierto.       Kate alzó una ceja, divertida, pero no preguntó más. El rubor de su hermana bastaba como pista.       —Elizabeth Bellerose, ¿te han conquistado el corazón?       Beth mantuvo su sonrisa pero antes de contestar, justo Mary y Lily aparecieron por el pasillo.       —¿Interrumpimos algo? —preguntó Mary con picardía.       —Solo una conspiración para dominar Hogwarts —dijo Kate, desviando la atención de Beth       Lily se acomodó a su lado y Beth se movió para dejar sitio. La calma entre ellas era como un bálsamo, cálido y necesario.       Entonces, Pippa apareció corriendo.       —¡Ah! Aquí estáis. Edward os está buscando —dijo a las hermanas       Kate y Beth se levantaron casi al mismo tiempo.       —Volvemos en un rato. — dijo Kate. — luego, mirando a su hermana continuó —¿Preparada?       Beth a modo de respuesta sonrió. Las hermanas se alejaron juntas por el pasillo, una al lado de la otra, más unidas que nunca. Y por primera vez en mucho tiempo, el castillo volvió a sentirse como hogar.              Habían pasado tres días desde que Kate salió de la enfermería. El color había regresado a sus mejillas, aunque aún se notaba el rastro del cansancio en sus ojos. La cicatriz en su costado seguía ahí, oculta bajo un vendaje y el uniforme, como recordatorio de todo lo vivido. Gregor y Elsa Bellerose ya habían vuelto a casa después de una despedida tranquila con sus hijas. Edward se quedaría unos días más en Hogsmeade, junto con otros aurores, para terminar de un asunto que el Ministerio le había encomendado: investigar la casa donde estuvieron los alumnos secuestrados. Según el Profeta, la familia Lagstrange afirmaba que esa casa estaba en desuso y que ellos no tenían nada que ver en el asunto. Casualmente, al revisar la casa, no había ningún signo de lo ocurrido.       Kate esperaba en el despacho del Director. El sol se colaba tímidamente por los altos ventanales, iluminando las estanterías cargadas de libros, los retratos que murmuraban entre sí y la elegante percha dorada en la que Fawkes dormitaba tranquilamente. Justo entonces, la puerta del despacho se abrió nuevamente con su discreta elegancia. Albus Dumbledore apareció con su túnica azul medianoche, sereno y atento como siempre.              La puerta se cerró. El despacho quedó en silencio, salvo por el murmullo del fuego y el ocasional chasquido de las llamas. Dumbledore se sentó frente a ella con una expresión que mezclaba gravedad y ternura.       —Srta. Bellerose,me alegra verte bien.       Ella sostuvo la mirada con calma.       —Gracias, profesor.       —Hiciste algo muy difícil… y muy valiente —dijo con voz baja—. Y ahora, hay algunas cosas que deberíamos hablar.       Dumbledore permanecía en silencio, observándola desde el otro lado del escritorio. Finalmente, dejó la taza de té sobre el platillo y entrelazó las manos con serenidad.       —Sé que no es fácil volver. Y menos aún cuando uno regresa con cicatrices que los demás no pueden ver.       La joven desvió la mirada hacia el fuego. Sus dedos acariciaban el borde del brazo del sillón con lentitud, como si intentara aferrarse a algo concreto.       —A veces siento que nunca me fui. Que una parte mía... sigue allí. —Su voz era baja, sin dramatismo, pero con una tristeza contenida.       Dumbledore asintió con gravedad.       —He visto muchas marcas a lo largo de los años. Algunas se graban en la piel... —la miró intensamente—, y otras, en el alma. No hace falta que me las enseñes para que sepa que están ahí.       Kate levantó los ojos sorprendida. Por un momento, pareció querer negarlo, pero luego bajó la vista otra vez.       —¿Cómo lo sabe?       —Porque llevo demasiado tiempo observando las consecuencias de quienes juegan con la oscuridad. Y porque Madame Pomfrey es discreta, pero no indiferente. —Se inclinó hacia ella, con calidez—. Nadie más lo sabrá, si tú no quieres.       Kate respiró aliviada, aunque su expresión aún mostraba inquietud.       —Una de esas marcas... es más que una herida. Me la dejaron como advertencia. Por lo que soy. Por mi apellido.       —Por lo que representas —corrigió Dumbledore con voz firme—. Hay quienes temen a los jóvenes que piensan por sí mismos. Que no repiten los errores de sus padres. O que no temen amar a quienes otros odian.       —La familia Nott estaba involucrada. No sé cuánto sabe Theodore, pero su apellido estaba allí. Y si los Bellerose también empiezan a estar bajo sospecha…mis padres…       Dumbledore la interrumpió suavemente:       —Tu familia ya lo está, Kate. Pero no por las razones que temes. Hay rumores de implicación de ciertas familias de sangre pura con los recientes movimientos de Voldemort. Algunos nombres han empezado a circular. Y eso... paradójicamente, puede jugar a vuestro favor.       Kate lo miró, perpleja.       —¿A nuestro favor?       —Sí —respondió Dumbledore—. La pureza de la sangre es un escudo peligroso, pero útil en las sombras. Voldemort no ataca abiertamente a aquellos que aún puede utilizar... ni a los que sirven de fachada.       Kate apretó los labios. Le temblaba la voz cuando habló:       —¿Y si decide que ya no soy útil? ¿Y si va por mis padres? ¿Mi hermana?       —¿Tienes miedo?       Ella dudó. Luego asintió.       —Sí. Pero no solo por mí. Temo no poder protegerlos. Y al mismo tiempo... no quiero quedarme callada, ni obedecer solo para mantenerlos a salvo.       Dumbledore se levantó lentamente y caminó hacia la ventana. Observó un momento los tejados de Hogwarts antes de hablar.       —Hablé con tu padre, Kate.       Ella giró bruscamente la cabeza.       —¿Cuándo?       —Hace dos noches. Quería comprender lo que te había ocurrido. No fue una conversación fácil... pero fue sincera.       Kate tragó saliva, tensa.       —¿Y… qué dijo?       —Que eras más valiente de lo que había imaginado. Que te subestimó. Que… aunque no lo diría en voz alta delante de ti, se sentía orgulloso.       El silencio volvió al despacho, cargado de significado. Finalmente, Dumbledore regresó a su silla. Se recostó con un leve suspiro.       —No puedo prometerte que no habrá más peligro. Pero sí puedo asegurarte que ahora mismo estás protegida. Y no estás sola.       —¿Y Voldemort? ¿Qué pasará con él?       —Se está reorganizando. El secuestro fue solo una prueba. Él no ha dado la cara, no quiere que lo relacionen con esto. Fue una demostración de poder y de sus seguidores. Pero también fue una señal: no controla tanto como cree. Y eso le enfurece. Hará más ruido. Pero ahora sabemos más. Y tú eres parte de ese conocimiento.       Kate lo miró, con una mezcla de miedo y determinación.       —No me esconderé.       —Lo sé. Tampoco permitiré que otros te obliguen a hacerlo.       Ambos se quedaron en silencio por un momento, con respeto mutuo. Luego, Kate esbozó una sonrisa cansada.       —Gracias, profesor.       Dumbledore se inclinó ligeramente la cabeza.       —Gracias a ti, señorita Bellerose.       Kate se levantó con lentitud de la silla. Su figura se recortó contra la luz dorada que entraba por la ventana del despacho. Durante unos segundos se quedó allí, en silencio, contemplando los detalles del lugar como si quisiera memorizar cada rincón. Luego se dirigió hacia la puerta.       Cuando su mano ya rozaba el pomo, se detuvo. Dudó. Volvió la cabeza ligeramente, sin girar del todo el cuerpo.       —Profesor… —su voz sonó un poco más baja, más insegura—. ¿Puedo hacerle una última pregunta?       Dumbledore asintió con suavidad.       —Siempre.       Kate apretó los labios antes de hablar, luchando contra la vulnerabilidad que se asomaba en su mirada.       —Profesor… ¿Usted cree… cree que Sirius… podría alejarse de mí? Que piense que alejarse es la forma de protegerme. A veces lo miro y tengo miedo de que lo haga. Y no sabría si detenerlo o dejarle marchar.       Dumbledore la miró con una ternura profunda, pero sin ocultar la seriedad de sus pensamientos. Se levantó lentamente de su silla y caminó hasta quedar frente a ella, a un paso de distancia.       —Es posible —dijo con honestidad—. A veces el amor hace que los jóvenes cometan errores en nombre de la protección. Y Sirius... lleva demasiadas heridas para no temer perder a quienes ama.       Por un momento, los ojos del director se velaron con algo más antiguo. Un recuerdo que flotó, apenas un segundo, entre ellos. La escena era distinta, años atrás, en otra noche silenciosa del castillo. Una joven de no más de veintinueve años, de pie en el mismo despacho, preguntaba con voz temblorosa:       —¿Y si se va para no ponerme en peligro? ¿Y si cree que está haciendo lo correcto… alejándose?       La voz era otra, más adulta, pero la angustia idéntica. Dumbledore, más joven también, no respondió con certeza, solo le tomó la mano brevemente. Como si supiera que algunas preguntas sólo encuentran respuesta con el tiempo.       El recuerdo se desvaneció con la misma sutileza con la que había llegado. Dumbledore volvió a centrar su atención en Kate, con una mirada clara, casi luminosa. Esta vez sí contestó.       —Pero también creo que el amor verdadero —continuó—, con el tiempo, aprende que el valor no está en alejarse… sino en quedarse, incluso cuando duele. Y cuando eso ocurre, uno aprende a volver. Aunque se equivoque. Aunque huya. Aprende a volver. Y él volverá, si alguna vez se aleja.       Kate tragó saliva. No respondió de inmediato, pero asintió. La duda no había desaparecido, pero al menos ya no la enfrentaba sola. Giró el pomo de la puerta. Y salió.              Dumbledore se quedó solo. Cerró la puerta con un movimiento de su varita y se dirigió lentamente hacia la ventana. Se detuvo allí, con las manos entrelazadas a la espalda.       Y pensó. Recordó con nitidez la conversación que había tenido días antes, en esa misma sala, con Remus, James, Lily, Peter, Marlene, Mary, Pippa… y también con los Ravenclaws: Nadine, Colin, Lysandra y Edgar.       Recordó el instante en que Remus habló con voz firme y clara, justificando el porqué de su decisión. Cómo los demás se miraban unos a otros, sin arrepentimiento, sabiendo lo que habían arriesgado por rescatar a sus amigos. Incluso la risa breve que siguió al comentario sobre Remus y sus excusas improvisadas para evitar castigos.       Le impresionó. No solo su valentía. Le impresionó su sentido del deber. Su unión. Su amor sin condiciones. Y se preguntó... si quizás, cuando todo esto termine… si sobreviven, si el mundo aún tiene forma… ¿podrían formar parte de algo más?       ¿La Orden? Era tentador. Tenían el alma para ello. Pero al mismo tiempo... eran tan jóvenes. ¿Era justo ponerlos en ese camino? ¿Era justo pedirle a los niños que crecieron entre dragones de cuento… que lucharan contra monstruos de carne y hueso? Suspiró. La guerra no preguntaba por la edad. Solo por la voluntad.       Dumbledore volvió a sentarse. Miró hacia la puerta por la que Kate se había marchado. Y pensó que quizá, solo quizá… la próxima generación estaba más preparada de lo que nunca imaginó.              Cuando la puerta del despacho de Dumbledore se cerró con suavidad tras ella. Kate respiró hondo, sintiendo aún el eco de las palabras del director resonar en su mente. Pero entonces lo vio, y todo pensamiento se esfumó.       Sirius estaba allí, apoyado con una soltura casi ensayada contra la pared de piedra. El sol de la mañana entraba a través del vitral más cercano y le iluminaba el rostro con un resplandor dorado. Su cabello caía en mechones desordenados sobre la frente, las manos metidas en los bolsillos de la túnica, y una sonrisa ladeada le curvaba los labios.       Kate sintió el estómago revolverse con ese cosquilleo nervioso que parecía no desaparecer nunca cada vez que lo veía. Se preguntó, no por primera vez, si esa sensación alguna vez se iría. Y si quería, en realidad, que se fuera.       —¿Esperándome? —preguntó con una sonrisa tímida.       —Depende. ¿La señorita Bellerose me honra con su compañía hasta clase? —replicó él, con una inclinación teatral de cabeza.       Kate soltó una risa, negando con la cabeza mientras se acercaba.       —Eres imposible.       —Sí, pero encantadoramente imposible.       Caminaron juntos por el pasillo, sin prisa, como si el mundo no tuviera urgencia alguna en continuar. El murmullo lejano de alumnos en otras salas les envolvía como un rumor acogedor. Durante unos instantes, solo caminaban en silencio, disfrutando de la cercanía del otro.       —¿Qué te dijo Dumbledore? —preguntó él al fin, con suavidad.       —Nada que no supiera ya. Que hay riesgos… que está con nosotros… Que debemos ser valientes —lo miró de reojo—. Y tú, ¿has sido valiente hoy?       Sirius fingió pensarlo.       —Me he enfrentado al espejo esta mañana, con el pelo como un desastre. Cuenta, ¿no?       Kate rió y le empujó suavemente con el hombro.       —Qué tragedia, Black.       —Totalmente épica.       Ya estaban cerca de la escalera que llevaba a su aula cuando Sirius se detuvo de golpe. Kate lo miró, extrañada.       —¿Qué pasa?       Él sacó la varita, la consultó como si fuera un reloj, y luego la guardó con una sonrisa más ancha.       —Nos quedan diez minutos.       —¿Y?       —Diez minutos es tiempo suficiente para una travesura.       Kate alzó una ceja.       —Tenemos clase.       —Sí, sí. Clase. Responsabilidad. El futuro del mundo mágico. Todo eso —hizo un gesto exagerado con las manos—. Pero... diez minutos.       Ella le sostuvo la mirada durante un par de segundos… y luego, simplemente rió.       —Merlín, estás empeñado en que me castiguen contigo, ¿verdad?       Sirius se encogió de hombros.       —Al menos estaríamos juntos.       Kate se acercó, más divertida que nunca, y sin decir palabra le tomó de la túnica, tirando de él hacia ella hasta que sus rostros quedaron muy cerca.       —Sabes que eres incorregible, ¿verdad?       —Y tú sabes que no quieres corregirme —susurró él.       Kate sonrió… y lo besó. Fue un beso breve, suave, que sin embargo bastó para robarles el aliento a los dos. Cuando se separaron, Sirius la miró como si aún no pudiera creer del todo que estuviera ahí, con él, de verdad.       —Vamos —dijo ella, tirando de su mano—. Si nos damos prisa, igual solo llegamos un poco tarde.       —O justo a tiempo para causar una pequeña impresión.       —¿Cómo cuál?       —Entrar agarrado de tu mano y hacer que Snape nos ponga mala cara. Lo de siempre.       Kate soltó una carcajada, y juntos echaron a andar, envueltos en luz dorada y con los ecos de sus risas llenando los pasillos del castillo. Y durante esos diez minutos, nada más importó.              Días después, la noche estaba en silencio, salvo por el lejano crujido de la brisa entre los árboles del Bosque Prohibido. En un rincón apartado del castillo, sobre la muralla que conectaba la torre oeste con la vieja torre de Astronomía, Sirius y Remus estaban sentados con las piernas colgando, compartiendo un cigarro robado de la reserva de Filch.       El humo flotaba perezosamente hacia el cielo, donde las estrellas se deshacían como brasas en un mar negro.       —No te ofendas —dijo Remus, exhalando despacio—, pero esta marca es peor que las que tenía mi padre.       —Cállate, es contrabando francés. Deberías sentirte sofisticado —respondió Sirius, aunque no sonrió del todo. Hacía días que no lo hacía de verdad.       El silencio volvió a caer, cómodo pero denso. Remus lo dejó estar. Con Sirius, a veces, las palabras tardaban en salir.       Y entonces, sin mirar directamente a su amigo, Sirius dijo:       —No sé qué le hicieron, Moony.       Remus giró un poco la cabeza, sin interrumpir.       —No me lo ha contado. Nadie se lo ha sacado. Pero la forma en la que duerme, o no duerme… cómo se queda callada cuando cree que nadie la mira. Es como si... algo en ella se hubiese roto. O cerrado.       Remus dio una calada, pensativo.       —A veces lo que más duele no es lo que te hacen, sino lo que te obligan a temer —dijo—. El miedo se queda incluso cuando todo termina. Como una jaula que ya no ves, pero sigues llevando contigo.       Sirius asintió, casi con furia contenida.       —Quiero ayudarla. Quiero hacer que todo eso desaparezca. Pero no sé cómo. No sé si lo estoy haciendo bien. Me mira y a veces siento que se va a romper... y otras, que soy yo el que lo va a hacer. La veo reír, pero en el fondo hay algo.       —Lo estás haciendo como puedes, Padfoot. Y eso es lo que importa. —Remus le dio una palmada breve en el hombro—. Lo que necesita ahora no es que le arregles lo que pasó. Solo que estés ahí. Que no salgas corriendo.       —No voy a salir corriendo —dijo Sirius con voz firme, apagando el cigarro contra la piedra—.       Remus lo miró de reojo, con una leve sonrisa triste.       —Entonces, aunque no lo sepas, ya estás haciendo lo correcto.       Se quedaron en silencio de nuevo. No había respuestas fáciles. Pero entre el humo, el frío y las estrellas, Sirius sintió que, al menos esa noche, no llevaba solo el peso de sus miedos. Sirius seguía mirando el cielo cuando Remus volvió a hablar, con voz más suave:       —Tal vez no tienes que entender todo lo que le pasó para ayudarla. Tal vez lo que necesita… es algo que le recuerde quién era antes de todo esto. Algo que no tenga nada que ver con miedo, ni castillos oscuros, ni encerronas.       Sirius lo miró, ladeando la cabeza.       —¿Cómo qué? ¿Un picnic con explosiones?       Remus sonrió de lado.       —Algo divertido. Distinto. Atrevido. Algo que solo nosotros haríamos.       —¿Tú? ¿El prefecto Lupin sugiriendo travesuras?       —El prefecto Lupin está de vacaciones hasta nuevo aviso.       Sirius rió, por primera vez en días. Fue breve, pero auténtico. Se pasó una mano por el pelo y se quedó pensativo.       —¿Pero qué podríamos hacer…?       En ese momento, unas pisadas apresuradas se acercaron por el pasillo de piedra. James y Peter aparecieron entre sombras, agitados, pero con una chispa curiosa al verlos ahí sentados.       —¿Qué os traéis? —preguntó James, alzando una ceja.       —¿No nos íbamos a encontrar en la sala común? —añadió Peter.       Sirius les hizo un gesto para que se sentaran. Cuando lo hicieron, compartió en voz baja la conversación que estaban teniendo.       —Queremos hacer algo por Kate —dijo, resumiendo—. No una charla triste ni una mirada compasiva. Algo que le recuerde que sigue viva. Que puede reírse. Ser ella. En realidad para todos, no solo para ella. Necesitamos recordar que somos… jóvenes.       James frunció el ceño, pensativo.       —¿Y qué propones?       —Por eso os estamos mirando a vosotros —dijo Remus con ironía—. Creatividad Merodeadora.       Hubo un momento de silencio. Luego Peter alzó una mano, titubeante:       —¿Y si vamos a los tejados? Como aquella vez que lanzamos globos con tinta encantada sobre los de Slytherin. Les encantó ese día.       —¿Aún tenemos esas tintas de cambio de color? —preguntó James, animándose—. Podríamos hacer dibujos en el cielo. O encantamientos visuales. Algo grande.       —¿Y una carrera de escobas con apuestas absurdas? —propuso Sirius, con una chispa peligrosa en los ojos—. A media noche.       —Podemos mezclarlo todo —dijo Remus, más en su estilo—. Un momento robado del caos. Solo para nosotros. Algo que nadie más entendería. Como cuando éramos más idiotas.       —Seguimos siendo idiotas —comentó Peter.       —Exactamente —remató James—. Pero idiotas un poco más mayores.       Todos rieron, y por un instante, la sombra que había estado sobre Sirius pareció desvanecerse. Miró a sus tres amigos y, con una media sonrisa, murmuró:       —Juro solemnemente… que mis intenciones no son buenas       Y los otros tres asintieron, como si fuera un juramento antiguo.              Varios días después, en el jardín trasero de los invernaderos, cubierto por un seto encantado que protegía del viento y las miradas curiosas, era uno de los rincones menos transitados de Hogwarts. A esa hora, la luz era suave, filtrada entre las ramas altas, y el aire olía a tierra húmeda y flores mágicas cerradas por la noche.       Marlene McKinnon estaba sentada con las piernas cruzadas, los brazos apoyados sobre las rodillas y el cabello rubio rebelde cayéndole sobre los hombros como siempre. Esperaba, aunque no se lo diría a nadie. Ni a Lily, ni a Kate, ni siquiera a sí misma. Pero al escuchar pasos sobre la cesped, su pecho se llenó de ese estúpido calor que solo él conseguía provocarle.       Edward Bellerose apareció entre los setos, con el abrigo largo aún lleno de polvo de chimenea y una expresión de agotamiento que se desvaneció en cuanto la vio.       —¿Llevas mucho esperando? —preguntó en voz baja.       —Solo desde que el sol estaba más alto —respondió ella, sonriendo sin mirarlo del todo. Le gustaba fingir desinterés. Aunque él ya sabía que era mentira.       Edward se dejó caer a su lado con un suspiro, y por unos instantes, ninguno dijo nada. Él estiró una mano y le apartó un mechón de cabello de la cara con una ternura que contrastaba con su porte serio, siempre más adulto que el resto.       —¿Qué tal la investigación? —preguntó ella al fin, sin rodeos.       Él con los ojos perdidos en algún punto del horizonte.       —La casa de los Lestrange está como si nada. Hay rastros de magia oscura, muy vieja, pero nada que podamos conseguir. —Guardó silencio, y luego la miró—. Estuvieron ahí, pero es difícil encontrar pruebas. Además, los Lestrange tienen influencia en el Ministerio.       Marlene apretó los labios, luego deslizó su mano hasta entrelazar los dedos con los de él, sin pedir permiso, sin explicaciones.       —¿Te quedarás más tiempo?       —Un par de días. Dumbledore quiere que miré una línea de investigación que le interesa. Y… no quiero alejarme aún.       —¿De ellas… o de mí? —preguntó, con una sonrisa juguetona, pero el tono la traicionó. Había una herida real, pequeña, pero viva, en su pregunta.       Edward la miró en silencio. Luego, se inclinó hacia ella y le rozó la mejilla con los labios, despacio, como si ese gesto fuera una promesa.       —Tú lo sabes, Marlene. Aunque nadie más lo sepa.       Ella cerró los ojos, asintiendo con un leve suspiro.       —Kate me mataría si se entera —murmuró ella después de unos segundos—. Beth probablemente me haría una lista de razones por las que esto no tiene sentido.       —Lo sé.—sus dedos le apretaron la mano—. Pero tendremos que decirlo en algún momento…       —¿Y mientras?       —Mientras, nos encontraremos aquí. Donde nadie mira. Donde el mundo se detiene un poco.       Ella apoyó la cabeza en su hombro, y durante un rato, se permitieron ese silencio sin preguntas, sin miedos, donde solo eran ellos dos. Marlene y Edward. Sin apellidos. Sin guerras. Sin secretos, al menos por unos minutos. Y cuando el sol terminó de esconderse detrás del castillo, se marcharon por caminos distintos, con el corazón aún latiendo en el hueco que habían dejado atrás.              El fin de semana había traído una de esas tardes perfectas de primavera: cielo despejado, brisa suave y el sol acariciando las piedras cálidas del castillo. Varios estudiantes se habían instalado en los jardines, extendiendo mantas sobre el césped, riendo, leyendo o simplemente descansando.       Kate y Marlene estaban sentadas bajo un cerezo en flor, rodeadas de algunos de sus amigos. James, recostado boca arriba con las manos cruzadas bajo la cabeza, entrecerraba los ojos bajo la luz. Sirius le lanzaba migas de pan a un cuervo que había decidido inspeccionar sus botas. Mary y Lily compartían una revista de moda mágica, y Pippa hojeaba un libro con Remus, más cerca del lago.       Fue entonces cuando Edward Bellerose apareció caminando por el sendero que llevaba a los jardines. Vestía de forma informal, con la túnica abierta y el cabello algo despeinado por el viento. Saludó con una inclinación de cabeza a los merodeadores, pero fue directo hacia su hermana.       —Kate —dijo con una sonrisa—, solo venía a decirte que me marcho el martes. Ya hablé con Dumbledore. Hay una pista que seguir… algo importante.       Kate asintió, más seria de lo habitual, y se puso de pie para abrazarlo. Intercambiaron algunas palabras en voz baja que James no alcanzó a oír, pero lo que sí vio fue la mirada que Edward lanzó, breve pero intensa, hacia Marlene. No era una simple mirada casual. Marlene, sentada con las piernas cruzadas, bajó la vista justo en el instante en que sus ojos se encontraron.       James frunció el ceño muy levemente, pero no dijo nada. Solo observó cómo Edward se alejaba por el mismo camino. Más tarde, cuando todos empezaron a dispersarse, James se acercó a Marlene con una sonrisa que no prometía nada bueno.       —Bonito día, ¿no? Ideal para charlar… o para intercambiar miradas furtivas con hermanos mayores de amigas.       Marlene, que estaba sacudiendo los pétalos de cerezo de su túnica, lo miró de reojo.       —¿Estás haciendo lo que creo que estás haciendo, Potter?       —Depende de qué creas que estoy haciendo —replicó él con su típica sonrisa traviesa—. Aunque he de decir que tú y Edward parecéis bastante… coordinados. ¿Alguna noticia que quieras compartir con tu leal grupo de amigos incordiantes?       Marlene cruzó los brazos, ladeando la cabeza.       —¿Y si solo fuera un intercambio de miradas casual?       —¿Desde cuándo tú haces algo “casual”? —preguntó él, divertido—. Te conozco desde primero, McKinnon. Cuando ocultas algo, te rascas el cuello como ahora mismo.       Ella bajó la mano al instante.       —No es lo que piensas.       James alzó una ceja.       —¿Ah, no? ¿Y qué es lo que pienso?       —No lo sé, pero lo piensas muy fuerte.       Hubo un silencio breve. Marlene suspiró y recogió su varita del suelo.       —No es el momento, James.       —Marlene —dijo él con más suavidad—, no quiero entrometerme. Pero no es buena idea guardar secretos entre amigos. A veces… no por desconfiar, sino por protegernos, metemos la pata más de lo necesario.       Ella lo miró. Por un segundo, se le vio el conflicto en los ojos. Luego, sonrió, solo un poco.       —Gracias por preocuparte. De verdad. Pero estoy bien. Y… sé lo que hago.       James asintió lentamente, sin quitarle la vista de encima.       —Más te vale. Porque si ese tipo te rompe el corazón, voy a tener que retarle a un duelo. Con reglas, claro. Soy un caballero.       Marlene soltó una carcajada breve, aliviada, y le empujó con el hombro.       —Idiota.       —Lo sé. Pero uno muy observador.       Y sin añadir más, James se alejó tranquilamente, con las manos en los bolsillos y una idea empezando a tomar forma en su cabeza.              Mientras el resto del grupo se dispersaba por el jardín, Alice y Frank habían encontrado refugio bajo una pérgola cubierta de glicinas en flor, un rincón apartado y medio escondido cerca del invernadero. La sombra moteada jugaba sobre sus rostros mientras el perfume dulce flotaba en el aire.       Alice estaba sentada de lado en el banco de piedra, descalza, con los pies apoyados en el regazo de Frank. Jugaba con una ramita de lavanda entre los dedos, mientras él leía una carta doblada cuidadosamente en cuatro. La reconocía: era de su madre.       —¿Y entonces? —preguntó Alice, mirando la hoja con curiosidad—. ¿Siguen aprobando que estés de novio con una bruja "demasiado bromista y propensa a meter ranas en las tazas de té"?       Frank bajó la carta, alzando una ceja con una media sonrisa.       —Mi madre dice que te quiere más que a mí. Lo cual me parece ofensivo, pero predecible.       Alice rió, echando la cabeza hacia atrás.       —Bueno, es que soy encantadora. Y además cocino mejor que tú.       —Eso no es difícil. Recuerdo con horror tus galletas navideñas de tercer año.       —¡Eso fue un experimento! —protestó Alice, dándole un leve golpe con la ramita en el hombro—. ¡Y solo porque confundí azúcar con sal!       Frank soltó una carcajada baja. Sus dedos rozaron con cariño el tobillo de ella, en un gesto distraído pero íntimo. Después de tanto tiempo juntos, sus silencios eran cómodos y su presencia mutua casi inevitable.       —¿Alguna vez pensaste que seguiríamos aquí, así? —preguntó él, más suave—. Con todo lo que ha pasado… secuestros, vigilancia, ese clima de guerra que se cuela incluso en los muros de Hogwarts...       Alice lo miró con seriedad por un segundo. Luego dejó la ramita a un lado y entrelazó sus dedos con los de él.       —Justamente por eso estamos aquí, Frank. Porque si no tenemos esto —señaló su mano, sus rostros, el espacio entre ellos—, ¿qué nos queda? Seremos parte de todo lo que venga, lucharemos… pero quiero seguir teniendo algo normal. Algo bueno. Algo nuestro.       Frank la miró como si acabara de ver algo nuevo y antiguo a la vez en ella.       —¿Y si llega el día en que esto no sea posible? ¿Si el mundo se desordena demasiado?       —Entonces —respondió Alice, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—, lo volveremos a ordenar juntos. Como siempre hacemos. Como hacen los Longbottom y los Ehrland desde hace generaciones. No es emocionante, pero es real. Y yo quiero real.       Él asintió, casi conmovido, y bajó la cabeza para apoyarla contra la de ella. Se quedaron así unos instantes, respirando el mismo aire, compartiendo la misma calma.       —¿Sabes qué es lo que más me gusta de nosotros? —murmuró Frank al fin—. Que no tenemos que demostrarlo a nadie. Que no haya ruido, ni secretos, ni dramatismos.       —Exacto —dijo Alice, sonriendo de nuevo—. Solo nosotros. Y nuestras galletas saladas.       —Nunca lo superaré.       —Te casaste con eso —soltó ella, traviesa.       Frank levantó la cabeza, fingiendo horror.       —¿Ya estamos casados?       —Solo en mi cabeza —dijo ella, besándole la mejilla.       —Entonces espérame en el altar mental a las seis —bromeó él, poniéndose en pie para ayudarla a calzarse de nuevo—. Yo llevaré flores y tú no cocines nada, por favor.       Se marcharon caminando despacio hacia el castillo, las manos entrelazadas, como si el mundo aún les perteneciera un poco más que al resto.              La luz de la mañana se derramaba sobre los escritorios mientras el profesor Flitwick caminaba entre los alumnos, observando su progreso con ojos vivaces. La clase estaba especialmente concentrada: trabajaban en la proyección de un Escudo Compuesto, una combinación de defensa mágica avanzada que requería precisión, concentración… y paciencia.       Pippa murmuraba el encantamiento en voz baja, con la varita temblando ligeramente en su mano. James y Remus practicaban juntos, intercambiando hechizos con una concentración poco usual, aunque no exenta de comentarios sarcásticos entre risas apagadas.       Kate se movía con firmeza, concentrada. Sus movimientos eran seguros, limpios. Estaba bien. O al menos lo intentaba. Y entonces:       —Tanto escudo, tanto talento… y al final ni eso te salvó de que te secuestraran —murmuró Theodore Nott desde la fila de atrás.       El silencio que siguió fue seco, brutal. Como si toda la clase hubiese contenido el aliento de golpe.       Kate bajó lentamente la varita. Se giró despacio. Sus ojos estaban helados.       —¿Qué dijiste?       Nott fingió una expresión inocente.       —Solo digo que si fueras tan poderosa como aparentas, no te habrían tenido que rescatar.       Sirius, que hasta ese momento había estado sentado en silencio al lado de Marlene, se incorporó de golpe, con los ojos encendidos de furia.       —¿Qué acabas de decir? —soltó, empezando a sacar la varita del bolsillo de la túnica.       Kate giró bruscamente la cabeza hacia él, con una expresión que bastó para congelarlo en el acto.       —No. —Su voz fue seca, afilada como un látigo—. Ni se te ocurra, Sirius.       Él se quedó paralizado, sorprendido por el tono. Kate dio un paso adelante, aún sin apartar la vista de Nott, con los nudillos blancos de apretar la varita.       —Este asunto es mío —añadió, con un filo de rabia—. No necesito que nadie me defienda.       Sirius frunció el ceño, pero Marlene le puso una mano en el brazo antes de que pudiera replicar.       —Déjala —le murmuró—. Sabe lo que hace.       A regañadientes, Sirius bajó la varita, pero su mirada seguía fija en Nott, negra de odio. Kate volvió su mirada a Nott.       —Es mejor que cierres la boca —espetó Kate. Su voz era baja, pero cortante como una navaja—. Porque lo próximo que salga de ella, Nott, lo vas a escupir con dientes rotos.       —¡Kate! —exclamó Lily, alarmada.       Pero era demasiado tarde. La varita de Kate ya estaba en alto, temblando no de miedo, sino de furia contenida.       —Señorita Bellerose —dijo el profesor Flitwick, con tono serio, aunque con un dejo de preocupación en la voz—. ¡Baje esa varita inmediatamente!       Kate respiró hondo, su pecho subía y bajaba con violencia contenida. Apretó la mandíbula y bajó lentamente la varita sin dejar de mirar a Nott. Se giró lentamente para calmarse un poco.       —Más valdría que te hubieran dejado allí —murmuró Nott, apenas audible, pero lo bastante claro para que ella lo oyera.       Kate se detuvo en seco. No lo pensó. Se giró de nuevo en un solo y rápido movimiento, cruzó los pocos pasos que los separaban y le dio un puñetazo directo en la cara. Se oyó un crujido seco. El aula se quedó helada.       Theodore Nott cayó sobre el respaldo de su silla, con la cabeza echada hacia atrás. Sangre le corría por el labio partido, pero no dijo una palabra. Se levantó despacio y, con gesto indiferente, se limpió con el dorso de la mano, como si no fuera la primera vez.       —¡Señorita Bellerose! —exclamó Flitwick, absolutamente escandalizado—. ¡Eso es inaceptable! ¡Fuera de mi clase, ahora mismo!       Kate no se defendió. Ni siquiera miró al profesor. Recogió sus cosas con movimientos tensos, las mejillas encendidas, el corazón bombeando tan fuerte que podía oírlo. Nadie se atrevió a decir nada. Ni a moverse.       Sirius observaba cada gesto de ella con los labios apretados y los ojos encendidos, como si estuviera a punto de estallar también. Kate cruzó la puerta y la cerró con un golpe seco.       El silencio era espeso, incómodo. Flitwick volvió la mirada a Nott, pero este ya se había sentado, tranquilo, como si nada hubiera pasado. James le lanzó una mirada fulminante. Mary y Alice intercambiaron un gesto inquieto. Sirius se removió en su asiento. James le detuvo con una mano en el hombro.       Entonces, sin una palabra más, Lily se levantó y empezó a recoger sus cosas.       —¿Señorita Evans? —preguntó Flitwick, desconcertado.       Lily miró al profesor con expresión firme, los labios apretados, las mejillas encendidas. Sus ojos brillaban de rabia contenida.       —Lo siento, profesor. No puedo quedarme en una clase donde se permite que alguien como Nott envenene el aire sin consecuencias —dijo ella, clara, temblando ligeramente—. Kate acaba de salir porque se atrevió a alzar la voz. Yo me voy porque no voy a callarla.       —Lily… —susurró Alice.       —No pienso quedarme sentada mientras la única persona que ha dicho la verdad recibe un castigo y el que la provocó sigue ahí con esa sonrisa asquerosa.       —Señorita Evans, esto marcará su expediente —dijo Flitwick , sorprendido.       —No me importa el expediente. No me importa el “comportamiento ejemplar” —añadió Lily mientras terminaba de recoger sus cosas con manos tensas—. Me importa que a veces hay que elegir entre seguir las reglas o defender a los que quieres.       Su voz era firme, pero sus ojos brillaban. Jamás la habían echado de clase. Jamás había roto las reglas.       —Kate ha vivido un infierno. No voy a dejarla sola ahora —añadió con firmeza—. Aunque me cueste todo el expediente que he cuidado cinco años.       Caminó hacia la puerta, se detuvo antes de salir, y miró directamente a Sirius.       —Me encargo de ella —le dijo con una media sonrisa—. No te preocupes.       Y se fue, con la misma dignidad con la que había entrado. La clase entera contuvo el aliento. Incluso Flitwick parecía desarmado.       James soltó una risa suave, medio asombrado.       —Demonios… estoy enamorado otra vez.       —Lily Evans, rompiendo el sistema —murmuró Remus, con una sonrisa triste.       Sirius seguía mirando la puerta. Por primera vez desde que Kate salió, respiró hondo. Al menos, no estaba sola. Pero algo le molestaba por dentro… ¿Por qué esa reacción con él?              En uno de esos rincones donde casi nadie pasaba entre clase y clase, en un banco de piedra junto a un arco enredado de madreselva, todavía floreciendo a pesar del clima irregular. Allí, en el silencio discreto del jardín interior, estaba Kate.       Lily la encontró sentada, encorvada hacia delante, la mano izquierda apretando con fuerza la derecha, que mostraba un moretón violeta extendiéndose desde los nudillos.       —¿Puedo? —preguntó Lily con suavidad, deteniéndose a una distancia prudente.       Kate levantó la vista. Sus ojos, aunque sin lágrimas, estaban húmedos. Tenían esa expresión contenida que solo alguien que había pasado por demasiado podía sostener sin romperse.       —Sí… claro —murmuró, haciendo espacio a su lado.       Lily se sentó sin decir nada más por unos segundos. Solo miró su mano herida.       —Te duele.       —Sí, un poco. Pero él lo merecía —Kate desvió la vista, apretando la mandíbula.       —Mucho.       Silencio.       —Nunca me había sentido así —dijo Kate al fin, su voz baja pero cargada de peso—. Tan fuera de control. Tan… rabiosa. Fue como si no pudiera contenerlo. Como si todo lo que me tragué durante esas semanas, lo que callé después, explotara en ese momento.       Lily la miró. No con juicio, sino con esa profunda empatía que la caracterizaba.       —Nott es un imbécil. Pero tú no estás sola. No tienes que cargar todo eso tú sola, Kate.       Kate suspiró. Miró a su alrededor, luego alzó una ceja, dudando.       —¿Prometes que esto no saldrá de aquí?       —Por supuesto.       Con los dedos temblorosos, Kate se desabrochó los primeros botones de la blusa del uniforme, solo lo justo para apartarla del costado. Se giró un poco hacia Lily y levantó con cuidado la tela de su camiseta interior. Allí, entre la piel pálida, aparecieron las cicatrices.       Eran irregulares, algunas finas como hilos, otras más marcadas. Un mapa extraño de algo que nunca tendría que haber pasado.       —No se las he enseñado a nadie. Ni a Sirius —susurró—. Pero… necesito compartirlo con alguien.       Lily no respondió de inmediato. Solo extendió una mano y, con delicadeza infinita, rozó con las yemas una de las marcas más suaves, como si el solo contacto pudiera borrar un poco del dolor que había dejado.       —Kate, esas marcas, para mí, solo muestran a una chica increíble que sobrevivió al infierno y volvió con la cabeza en alto.       Las lágrimas comenzaron a acumularse en los ojos de Kate, cayendo sin control. Se volvió a cubrir, con movimientos lentos, cuidadosos. Luego, se limpió el rostro.       —Me siento sucia a veces. Rota. Como si tuviera que sonreír por todos los que se preocupan por mí… y no puedo. No todo el tiempo. Estoy enfadada, Lily.       —No tienes que hacerlo, no tienes que mostrar que estás bien —dijo Lily, firme pero dulce—. Puedes llorar. Puedes enfadarte. Puedes gritar. Eso también es sanar.       Kate tragó saliva. Las palabras de Lily le golpearon de lleno.       —¿Y si nunca vuelvo a ser la de antes?       —Entonces serás alguien nueva. Más fuerte. Más valiente. Y yo… seguiré aquí. Para ayudarte a recordarlo, cuando se te olvide.       Kate bajó la mirada y murmuró, rota de frustración:       —Solo quiero que deje de doler.       Lily se acercó un poco más y la abrazó, sin pedir permiso, con ese gesto sencillo que dice más que cualquier frase ensayada. Le sostuvo la nuca con una mano, como si pudiera evitar que el mundo se le cayera encima.       —Vamos a encontrar la forma. Juntas. Y, si algún día lo necesitas… hay un hechizo que puede cubrirlas. No las borra, pero las esconde. No tienes que usarlo, pero… saber que existe ayuda.       Kate apoyó la frente en su hombro, y por primera vez desde que todo ocurrió, lloró en silencio, dejando que alguien más la sostuviera. Y Lily lo hizo. Sin preguntas, sin prisa, sin miedo. Solo estuvo.              En la Biblioteca de Hogwarts, Kate hojeaba un libro que no leía, los ojos clavados en la misma línea desde hacía minutos. Le ardían las mejillas. Todavía podía oír la voz de Nott resonando en su cabeza, como si la hubiera marcado con fuego. Sintió los pasos. No necesitaba girarse. Sirius apareció entre las estanterías, caminando con esa tensión que sólo él tenía cuando estaba peleando con su propio orgullo.       —Kate —murmuró.       —No ahora.       —No podía quedarme quieto —insistió, en voz baja, pero con una firmeza terca—. No después de lo que dijo.       Ella alzó la mirada. Tenía los ojos helados. Sirius reconoció en ellos rabia acumulada.       —¿Qué no entiendes de “déjalo”? ¿Qué parte de “puedo sola”?       —¡No lo hice porque piense que no puedes! —le espetó, aún contenido—. Lo hice porque soy tu maldito novio y verlo atacarte me saca de quicio.       Varias cabezas se volvieron a mirar. Kate cerró el libro de golpe.       —Fuera. —Se levantó, recogió sus cosas con brusquedad—. Ahora.       Sirius la siguió. Apenas cruzaron la puerta de la biblioteca y llegaron al pasillo vacío, la tormenta estalló.       —¡No soy una niña a la que tienes que salvar, Sirius! —gritó ella, girándose de golpe.       —¡Y yo no soy un espectador que se va a quedar mirando cómo te arrastran los fantasmas, Kate!       —¡No son tus fantasmas! ¡Son los míos! ¡Y no necesito que me los recuerdes cada vez que decides lanzarte al frente como si yo no tuviera voz!       —¡No lo hago para recordártelo! ¡Lo hago porque no soporto quedarme atrás mientras tú cargas con todo!       Ella lo empujó con fuerza. Fue instintivo, como si las palabras no bastaran.       —¡Pues a veces quiero que te quedes atrás!       Sirius no se movió. Solo apretó los dientes. Había fuego en su voz cuando habló.       —¿Entonces qué, Kate? ¿Ya no soy tu maldito novio? ¿Es eso?       Kate parpadeó, como si esa palabra —novio— la atravesara más que cualquier otra cosa. Pero no respondió. En su mente, algo se rompía, y lo que apareció fue otra imagen:              El curso anterior en la sala común estaba vacía. Ella estaba sentada en un sillón. Él, tirado en la alfombra, mirándola con ojos rojos por el sueño.       —No tienes que quedarte —le dijo ella.       —Lo sé. Pero me da la gana.       —No sé si quiero a alguien cerca cuando estoy así.       —Pues lo siento. Te tocó alguien que no se rinde tan fácil.              Volvió al presente. Sirius seguía ahí, delante de ella, esperando una respuesta.       —Dímelo —insistió, más tenso—. Si de verdad quieres que me aparte, si todo esto te estorba, si yo te estorbo, dímelo ahora.       Kate respiraba con fuerza. La furia seguía ahí, pero también el miedo. El dolor. El amor mal digerido.       —No me estorbas, Sirius —dijo finalmente, pero la voz le tembló.       Y antes de que pudiera decir algo más, él la tomó del rostro y la besó. Fue brusco. Intenso. Como si ambos se aferraran al único punto de ancla en medio del naufragio. Ella respondió al beso con la misma rabia con la que había hablado segundos antes. El pasillo, la gente, todo desapareció por un momento. Se separaron despacio. El aire entre ambos era denso.       —¿Entonces? —murmuró él, con la frente contra la suya.       Kate cerró los ojos. Su voz salió apenas.       —Perdón. No es contigo. Tengo rabia, pero no contigo. Conmigo. Con lo que pasó. Con no poder volver a antes.       Sirius exhaló, más tranquilo ahora, y le acarició la mejilla con el pulgar, más suave.       —No quiero que vuelvas a antes. Quiero estar contigo ahora. Aunque ahora esté lleno de mierda, de silencios, de todo eso que no dices.       Ella lo miró, con los ojos vidriosos.       —Estoy intentando no romperme, Sirius.       —Entonces déjame sostenerte cuando sientas que vas a caer. No para salvarte. Solo para no dejarte sola.       Ella lo abrazó. Esta vez sin rabia, sin orgullo. Solo con cansancio. Solo con necesidad. Sirius la sostuvo como si eso fuera lo único que importara.              Unos días después, Sirius sostenía el pequeño rollo de pergamino con dedos manchados de tinta. Estaba encorvado sobre el escritorio de la habitación, iluminado solo por la luz temblorosa de una vela. James, medio tumbado en la cama con las manos detrás de la cabeza, lo observaba con una sonrisa torcida.       —¿Estás seguro de que quieres usar tinta encantada? —preguntó James—. Suena un poco… dramático.       —Exactamente —replicó Sirius sin levantar la vista, todavía recordaba la discusión con Kate de hace unos días y tenía una urgencia por acabar lo que estaban planeando—. Es nuestro primer intento. Si no hay algo de drama, ¿qué sentido tiene?       James soltó una risa baja, aprobatoria.       —Muy bien, pero recuerda que Lily sospecha de mí cada vez que pasa algo misterioso. Así que si esto sale mal…       —...culpamos a Peter —completó Sirius con una sonrisa de medio lado.       Esa noche, mientras la mayoría cenaba en el Gran Comedor, los dos se dividieron con sigilo para dejar las invitaciones en lugares cuidadosamente elegidos. No firmaron los pergaminos. No usaron pistas obvias. Solo una frase críptica escrita con tinta ámbar que titilaba levemente al contacto con la luz:       «Esta noche. Medianoche. Claro entre hayas y abedules, al sur del Bosque. Ven si crees que aún queda magia verdadera.»       Lily lo encontró dentro de su libro de Aritmancia, entre las páginas que solía subrayar con fervor. Lo leyó en silencio, y por una vez, no frunció el ceño. Solo lo guardó con cuidado en el bolsillo de su túnica.       Remus lo halló bajo una taza de té, aún caliente, como si acabara de ser dejada por alguien invisible. Lo leyó, alzó una ceja... y sonrió para sí mismo.       Pippa lo vio deslizarse entre los pliegues de su bufanda cuando salía de la biblioteca. Era la misma letra que recordaba de las notas improvisadas de Sirius en clase de Pociones.       Frank lo encontró sobre su cama, doblado con precisión, y pensó que Alice ya lo habría leído. No se equivocaba.       Peter recibió el suyo cuando abrió su baúl y vio el pergamino perfectamente equilibrado sobre la Snitch que guardaba como recuerdo. Lo levantó, lo leyó… y fue a buscar a James, fingiendo indignación:       —¿Otra de tus bromas, Potter?       —¿Broma? —dijo James con fingida inocencia—. ¿Qué broma?       Marlene lo encontró en su escoba. Estaba atado al mango con un nudo dorado. Lo deshizo con una sonrisa y supo, sin leerlo, que había sido idea de Sirius.       Mary lo recibió de manos de un primer curso despistado, que se lo dio diciendo: “Dijeron que tú sabrías de qué se trata”. Ella lo abrió, lo leyó… y sintió una chispa de emoción recorrerle el pecho.       Y Kate… Kate lo encontró bajo su almohada, cuidadosamente dejado con una pequeña lavanda. Cuando lo abrió, la tinta brilló suavemente bajo sus dedos. Sintió un escalofrío leve. Y una sonrisa le curvó los labios.       A lo largo de la tarde, todos comenzaron a cruzarse con miradas sospechosas, cejas alzadas, sonrisas contenidas. Nadie decía nada en voz alta, pero la electricidad en el ambiente crecía.       —¿Tú también lo recibiste? —susurró Pippa a Mary en el pasillo.       Mary asintió con una sonrisa cómplice.       —¿Sabes quién lo organizó?       —No… pero tengo una sospecha.       El cielo estaba claro. El aire, quieto. Nueve siluetas cruzaron el límite del Bosque Prohibido, una a una, varitas en mano, riéndose por lo bajo, esquivando ramas y raíces como si siguieran una tradición que aún no existía… pero ya sentían propia.       Cuando llegaron al claro —abierto entre las hayas y abedules, cubierto de musgo y bañado por la luz de la luna— se encontraron algo increíble. El claro estaba encantado para ser invisible desde fuera, un trabajo conjunto de James, Remus y Sirius que les había tomado horas. Pero lo habían logrado.       En el centro, junto a Sirius y James, una manta grande había sido extendida. Sobre ella, almohadones robados del aula de Adivinación, farolillos flotantes con luz cálida, y platos con comida que Peter había conseguido escabullir de la cocina con ayuda de los elfos.       Sirius tragó saliva.       —Lo has hecho bien —susurró Remus a su lado, dándole una palmada en el hombro antes de marcharse hacia el grupo.       Cuando Kate lo vio, se detuvo apenas un segundo. Luego le sonrió. No una sonrisa perfecta, ni completamente segura, pero real. Sirius sintió que algo dentro de él, algo duro, se ablandaba.       —¿Esto es legal? —preguntó ella al llegar, mirando las luces, el hechizo de silencio, el cielo despejado sobre sus cabezas.       —Absolutamente no —dijo James con una sonrisa de satisfacción—. Lo cual lo hace mejor.       —Le hemos puesto nombre —dijo Peter, señalando un cartel flotante en letras doradas y torpes que decía Operación Rescate.       —No me culpen —añadió Remus, encogiéndose de hombros—. Lo votamos democráticamente. Perdí.       —¿Y qué hacemos aquí? —preguntó Mary, sentándose con las piernas cruzadas y metiendo la mano en una caja de dulces—. ¿Contamos secretos oscuros? ¿Invocamos espíritus?       —No está mal —dijo Marlene, arqueando una ceja.       —¿Fuiste tú? —preguntó Lily, mirando a James con la nota en la mano y una sonrisa.       James alzó las manos con expresión angelical.       —Yo solo soy un mensajero.       Sirius no dijo nada. Pero Kate le miró con media sonrisa y él le devolvió la mirada con un brillo travieso.       —¿Y ahora qué? —preguntó Frank, dejando caer su mochila.       —Ahora —dijo Remus, sentándose junto a la fogata— recordamos por qué vale la pena estar aquí.       Poco a poco, se acomodaron alrededor del fuego. Contaron historias. Bromearon. Peter intentó tocar la armónica (fallando estrepitosamente) y Alice, entre risas, lanzó una chispa encantada al cielo, que explotó como un fuego artificial en miniatura.       —Vamos a hacer esto—dijo James con una sonrisa traviesa—.       Sacó una caja de madera, la abrió, y de ella emergieron pequeños frascos con líquidos brillantes.       —Tinta encantada —dijo Pippa—. ¿Recordáis el hechizo de James para dibujar en el cielo?       —Caelus pictura, sí —asintió Marlene—. Hicimos que el sol saliera con gafas de sol aquella vez.       —Pues ahora es más personal —explicó James, sacando su varita—. Cada uno dibuja un recuerdo. Algo bueno. Solo eso.       El primero en intentarlo fue Peter. Movió la varita con torpeza y en el cielo apareció un sombrero enorme que se caía sobre su cabeza: su primer día en Hogwarts. Rieron. Luego Alice dibujó una mano que se entrelazaba con la suya, claramente Frank. Más risas.       Mary hizo una taza humeante de chocolate, con una bufanda enredada en una silla. Remus dibujó un lobo jugando con un perro, una rata y un ciervo; solo lo entendieron algunos. Pippa trazó un gato bailando sobre una pila de libros.       Marlene, alzó su varita con decisión, y surgió la imagen de las cinco amigas en primer año, tiradas en la cama durante la primera tormenta del curso. Solo risas, mantas y galletas. Lily con mucha elegancia, dibujó una noche en la sala común leyendo y compartiendo y con James detrás.       Cuando le tocó a Kate, levantó la varita, dudó… y luego trazó un trazo limpio. Del cielo brotó un tejado, el de la torre norte, con el lago al fondo y dos figuras sentadas: una con el pelo revuelto, la otra con una chaqueta demasiado grande para ella. El cielo nocturno los envolvía. Sirius sintió que le temblaban los dedos. No dijo nada. Solo se acercó despacio, y con su varita añadió unas pequeñas lavandas al dibujo de Kate.       James carraspeó teatralmente.       —Alguien debería dibujar algo ridículo.       —¡Voy yo! —exclamó Sirius.       Con un gesto amplio, en el cielo apareció una escena donde todos ellos —incluido McGonagall— bailaban como si estuvieran encantados. Marlene gritó de risa. Frank se tiró al suelo.       —¡Eso fue en tercero! ¡Esa vez que le diste poción de vértigo al ponche!       —Y Peter vomitó purpurina dos días —añadió Mary, llorando de risa.       El hechizo se mantuvo mientras hablaban, se pasaban dulces y recordaban viejas travesuras. Poco a poco, se acostaron sobre la manta, uno al lado del otro. Kate apoyó la cabeza en el hombro de Sirius, que no se movió.       —¿Sabes? —murmuró ella, mirando el cielo—. Creo que me había olvidado de cómo era reír sin miedo.       —Por eso estamos aquí —susurró él.       Silencio. Estrellas. Respiraciones acompasadas.       —¿Sabes lo que dijo Dumbledore? —preguntó James desde algún rincón mientras tomaba un trago de cerveza de mantequilla—. Que si miras bien hacia el sur desde Hogwarts… esta noche se ve brillar a Astraéa, en la constelación de Virgo.       —¿Y eso qué significa? —preguntó Peter, con la voz pastosa de sueño.       Sirius sonrió, mirando el cielo.       —Astraéa es el segundo nombre de Kate.       Un silencio breve. Luego, miró a Kate que sonreía.       —Dumbledore lo sabe —añadió, con una chispa de comprensión en los ojos—. Quiere que actuemos.       Y nadie lo dijo en voz alta, pero lo entendieron todos: aquella noche era más que un descanso. Era una promesa de no dejar que la oscuridad ganara. Siguieron acostados, contando estrellas. Y por primera vez en mucho tiempo, se sintieron invencibles otra vez.       Al cabo de unas horas, las brasas del fuego chisporroteaban suavemente en el centro del claro. Una de las mantas estaba cubierta de migas, otra estaba ocupada por Alice y Frank, tumbados boca arriba, mirando el cielo como si esperaran una respuesta. Mary bromeaba con que eso los volvía criminales. Sirius no paraba de reír.       —Esto se nos ha ido de las manos —dijo Remus, con media sonrisa—. Solo íbamos a animar a Kate.       —Y ahora parecemos una secta bajo las estrellas—añadió Marlene, robando un sorbo de la botella que tenía Pippa.       —La mejor secta —afirmó Peter       —¿Entonces esto se va a repetir? —preguntó Lily, echando una ramita al fuego.       —¿Y por qué no? —respondió James, acomodando las gafas mientras miraba a todos—. Podría ser una tradición. Nuestro refugio. Nuestra… cosa.       —Nuestra cosa —repitió Kate con una sonrisa. Su voz aún era suave, pero más viva que en días—. Me gusta.       —Entonces habrá que ponerle nombre —intervino Remus, con tono reflexivo—. Algo que lo haga nuestro de verdad.       —La noche del claro suena muy de cuento para niños —opinó Alice.       —Y El Pacto del Musgo suena a que vamos a invocar a un fantasma druida —se burló Marlene.       —¿Y si no suena a nada? —dijo Pippa, de pronto, con voz pensativa—. ¿Y si… solo es algo nuestro porque nadie más lo entendería?       Todos la miraron. Ella seguía tumbada, con las manos entrelazadas tras la nuca, la vista fija en el cielo.       —¿Qué quieres decir? —preguntó Frank.       —Que este lugar, esta noche… lo que somos aquí… no le pertenece a nadie. No a Hogwarts. No a nuestras familias. No al Ministerio. Ni siquiera a los profesores. Somos nosotros. Solamente nosotros. Como estas estrellas.       Un momento de silencio los envolvió. El crepitar del fuego, el ulular lejano de un ave nocturna… y después, Pippa volvió a hablar.       —Las Estrellas de Nadie —dijo en voz baja, como si susurrara al universo.       A Sirius le brillaron los ojos. Se incorporó lentamente, con la barbilla apoyada en sus rodillas. Luego miró a Kate. Ella lo miraba también.       —Es perfecto —dijo, simplemente.       Lily asintió. Peter sonrió. Remus se inclinó hacia adelante, como si quisiera atrapar la frase y guardarla.       —A partir de ahora —declaró James, levantando la botella como si brindara con las estrellas—, queda fundado oficialmente nuestro secreto, nuestra rebelión callada… Las Estrellas de Nadie.       Las risas estallaron. Mary se puso de pie e hizo una reverencia dramática, mientras Marlene sacaba su varita y lanzaba una pequeña chispa dorada hacia el cielo. Alice tomó la mano de Frank. Pippa cerró los ojos, sintiendo el peso cálido de la pertenencia.       Y en medio de todo, Sirius se inclinó hacia Kate. No dijo nada, solo le rozó el dorso de la mano con la yema de los dedos. Ella no apartó la mirada.       —Gracias por quedarte —susurró ella, apenas audible.       Sirius la miró con el corazón latiéndole en los labios.       —Gracias por volver —respondió.       Marlene fue la primera en quedarse dormida, con la cabeza apoyada en la pierna de Mary. Pippa la cubrió con una manta sin decir nada. Peter, minutos después, roncaba muy suavemente, abrazado a una caja de pasteles medio vacía.       Lily y James hablaban en voz baja, intercambiando teorías ridículas sobre si una estrella podía enamorarse de un planeta.       Kate estaba recostada ahora, la cabeza sobre la chaqueta de Sirius, los ojos cerrados. Él no decía nada. Solo le acariciaba lentamente el cabello con los dedos. Como si estuviese recuperando algo perdido.       —¿Sabes qué me gustaría? —murmuró ella, sin abrir los ojos.       —Dime.       —Que algún día, muchos años después, volvamos aquí. Ya adultos. Y que aún esté este claro.       Sirius la miró, con esa intensidad suya que a veces parecía casi dolorosa.       —Estará —prometió—. Si tengo que tallarlo en piedra, lo haré, pero estará.       Ella no respondió. Solo deslizó su mano sobre la suya y la sostuvo. Sobre ellos, el cielo estaba claro, negro como tinta, tachonado de luces silenciosas. Estrellas de nadie. Pero por esta noche, eran suyas. Solo suyas.              Desde la noche en el claro, algo en Kate había cambiado. No era un giro radical, pero sí una corriente suave, casi imperceptible, que la empujaba de nuevo hacia sí misma. Reía un poco más. Caminaba sin que todo su cuerpo pareciera hecho de peso. A veces incluso discutía con Mary sobre cosas tan simples como qué hechizo era más útil para limpiar manchas. Había sido solo una noche bajo las estrellas, con risas, susurros y complicidad. Pero para Kate, fue una rendija de aire después de estar sumergida demasiado tiempo. Sin embargo, esa grieta de luz no había borrado las sombras del todo.       Las velas flotantes comenzaban a apagarse suavemente mientras los alumnos se levantaban y abandonaban el Gran Comedor después de la cena, algunos hablando entre murmullos, otros riendo en grupos. El aire se sentía menos denso que días atrás, pero aún pesaba algo invisible, una inquietud contenida.       Kate se despidió de Marlene y Mary con una leve sonrisa, caminando hacia las puertas con Lily a su lado. Iban charlando sobre una tarea de Pociones, intercambiando ideas sobre el nuevo ingrediente que Slughorn había mencionado ese mismo día, cuando un grupo de Slytherins cruzó el vestíbulo, viniendo desde la escalera este.       Entre ellos, caminando al final, estaba Theodore Nott. Él no la miró. Ni una sola vez. Pero Kate sí lo hizo. Su mirada se clavó en él. Nott parecía no reparar en ella, pero su silencio tenía filo.       Y entonces habló, con una sonrisa desganada, dirigiéndose en voz baja a Hannah, que venía con Nadine. No lo dijo con crueldad evidente, pero cada palabra estaba medida para que Kate pudiera oírlas desde unos pasos de distancia.       —Dicen que algunas heridas dejan marcas curiosas… A veces en el costado. Cicatrices que no se quitan ni con magia. Qué... desafortunado.       El corazón de Kate dio un vuelco. Sus ojos, al instante, buscaron los de Hannah, que se había quedado helada. La Ravenclaw abrió mucho los ojos, como si hubiese recibido una bofetada invisible. Su mirada se cruzó con la de Kate durante un segundo eterno. Hannah sabía que nadie podía conocer esa información.       Y, sin embargo, ahí estaba Nott, repitiéndola con burla. La expresión de Hannah cambió de puro desconcierto, casi de miedo. Bajó la vista al suelo, con expresión culpable, los labios entreabiertos, sin saber qué hacer. Nadine, en cambio, reaccionó de inmediato.       —Aléjate, Nott. Eres asqueroso.       Nott se encogió de hombros con falsa inocencia.       —¿He dicho algo falso?       Antes de que pudiera seguir, una figura oscura apareció desde una de las columnas laterales. Era Snape. Había presenciado suficiente.       —Nott. Conmigo. Ahora.       El Slytherin abrió la boca para protestar, pero el tono de Severus no admitía réplica. El grupo se dispersó en silencio mientras Snape escoltaba a Nott por el corredor contiguo.       Kate no había pronunciado una sola palabra. Pero su rostro había perdido todo el color. Una mano inconsciente fue a su costado, al lugar donde aún sentía punzadas, como si las cicatrices ardieran con solo ser nombradas.       —¿Kate? —preguntó Lily, deteniéndose junto a ella. No había oído el comentario de Nott.       Kate parpadeó, como saliendo de una visión.       —Necesito irme. Ahora.       —¿Estás bien?       —Solo… acompáñame. ¿Sí?       Lily no preguntó más. Solo asintió y echó a andar junto a ella, preocupada, con la mirada clavada en el gesto desencajado de su amiga. Ambas desaparecieron rápidamente por el corredor principal.       Desde la entrada del Gran Comedor, Sirius las había visto. La conocía demasiado bien como para no notar el cambio repentino en Kate: la palidez, la forma en que evitaba mirar a nadie, la tensión en su espalda. Se giró hacia James, preocupado, pero no dijo nada todavía. Algo había pasado.       —¿Dónde vas? —preguntó James al ver que se alejaba.       —Ahora vuelvo.       Sirius caminó rápido por los pasillos, subió los escalones con urgencia y llegó al retrato de la Dama Gorda, que le miró inquisitiva.       —¿Ha entrado Kate Bellerose?       —Pobre Bellerose, qué pálida venía con la chica pelirroja— contestó la Dama con dramatismo.       Sirius entró con paso decidido por el agujero del retrato. La sala estaba tranquila; algunos estudiantes aún hojeaban libros o conversaban en voz baja, pero la mayoría se habían retirado ya. Miró alrededor y no vio a Kate ni a Lily. Su ceño se frunció. Entonces, desde el otro lado de la sala, vio entrar por el retrato a Pippa riéndose por algo que le había dicho Remus, que caminaba a su lado. Sirius se acercó rápidamente, con una mirada seria que hizo que la sonrisa de Pippa se desvaneciera un poco.       —Pippa —dijo sin rodeos—, ¿puedes subir a ver si Kate está en la habitación?       Ella se detuvo, algo sorprendida.       —¿Ha pasado algo?       —Se puso blanca como la cal al salir del comedor como si algo le hubiera golpeado en el estómago. Subió con Lily. Solo quiero saber si está bien.       Pippa asintió de inmediato, dejando el tono ligero a un lado.       —Claro. Espera aquí.       Subió las escaleras de la torre a paso ágil, dejando a Sirius apoyado en uno de los sillones junto al fuego. Remus se quedó a su lado, sin decir nada, pero atento. Sirius no dejó de mirar hacia las escaleras, como si pudiera hacer que Kate apareciera simplemente deseándolo.       Mientras Kate estaba sentada al borde de su cama con un gesto ensimismado. Pippa la observaba en silencio desde el otro lado de la habitación, sentada con las piernas cruzadas sobre la colcha.       —¿Estás segura de que no quieres bajar? —preguntó al fin con suavidad.       Kate no respondió de inmediato. Se pasó una mano por el vendaje aún oculto bajo la camiseta, como si le ardiera. Luego levantó la mirada.       —No puedo, Pip… No ahora. Sé que está ahí. Sé que está preocupado. Pero si le veo, voy a romperme, y no quiero romperme delante de él. No hoy. Estoy mejor y no quiero arruinarlo. No puedo derrumbarme solo por un comentario.       Pippa asintió con expresión comprensiva. Caminó hacia ella y se sentó a su lado.       —Está haciendo todo lo posible por ayudarte, Kate. Le preocupas.       —Yo… —La voz de Kate tembló un poco, pero se tragó las lágrimas que amenazaban con salir—. Lily, dile que estoy bien, que me iré a la cama… Que mañana hablaremos.       —¿Quieres que vaya yo?       —No. Mejor Lily. Él la escuchará… y tú mereces no estar en medio esta vez.       Pippa esbozó una sonrisa triste y le dio un pequeño empujón en el hombro.       —Eres insoportablemente fuerte a veces, Bellerose.       —Es mi única defensa —murmuró Kate.       Sirius estaba claramente impaciente pero intentando que no se le notara. Remus seguía en silencio leyendo y James, que había llegado un momento después de que Pippa subiera a buscar a Kate, lo observaba desde el sofá, brazos cruzados, sin atreverse a decir nada. Llevaban esperando un buen rato.       Al fin, los pasos ligeros de Lily bajando por las escaleras atrajeron su atención. Sirius se irguió de inmediato, pero la expresión de Lily al llegar a la sala común fue suave, aunque cargada de pesar.       —Kate sigue en la ducha —mintió con delicadeza—, pero me ha dicho que se irá directamente a la cama. Que te ve mañana.       Sirius no dijo nada durante unos segundos. La chispa se apagó lentamente de sus ojos. Luego asintió una vez, casi de forma mecánica.       —Bien… entonces me voy a la cama. Estoy agotado.       Se dio la vuelta antes de que pudieran responderle y subió las escaleras con pasos pesados. Cuando desapareció, James exhaló por la nariz. Lily se dejó caer frente a él, cruzando las piernas en un sillón mullido. Por un momento ninguno de los dos habló.       —¿Estará bien? —preguntó Lily en voz baja.       —Sí —respondió James con seguridad tranquila—. La conoce desde los diez años. Además, Kate irá a buscarle. Y Sirius la estará esperando.       —¿Cómo estás tan seguro?       —Porque los conozco a ambos desde los once. —James sonrió apenas—. Y porque, aunque no lo parezca, Sirius es mejor esperando de lo que él mismo cree.       Lily rió suavemente y apoyó los codos en los brazos del sillón.       —¿Cómo es?       —¿El qué?       —Ser de una familia donde todos son magos. Nacer en este mundo... Las reuniones de familias respetables. ¿Son tan horribles como imagino?       James ladeó la cabeza, sorprendido por la pregunta. A veces olvidaba que para Lily muchas cosas seguían siendo nuevas.       —Bueno… —se desordenó el pelo por costumbre—. Supongo que no tiene nada especial. Aunque ayuda, claro. Pero depende de la familia. En la mía, por ejemplo, mi madre nunca usó magia para recoger mis cosas. Ni los elfos lo hacían. Tenía que hacerlo yo.       —¿En serio?       —Sí. Decía que la magia es un don, no una excusa para evitar responsabilidades. Y los elfos no son esclavos, sino seres con dignidad.       Lily lo miró con una mezcla de sorpresa y admiración.       —Me gusta tu madre.       —A todos les gusta —dijo James, sonriendo.       —Pero has dicho que depende de la familia.       —Sí. Hay otras como la de Alice, o la de Kate, donde se enseña que la magia viene con deberes, no con derechos. Pero luego están… los Black, los Malfoy, los Nott…       —Educados para sentirse superiores —dijo Lily con un deje de amargura.       James asintió.       —Para exigir. Para dominar. Para temer.       —¿Por qué? —preguntó ella tras un largo silencio. Su voz era honesta, necesitada.       James la miró, sorprendido de nuevo por la profundidad de la pregunta. Tardó en contestar.       —Creo que es una consecuencia de no haber experimentado el amor.       Lily frunció el ceño. No porque no entendiera, sino porque no esperaba esa respuesta.       —En mi casa —continuó James— la magia no era lo importante. Era la familia. El afecto. Si yo hubiera sido squib, mis padres me habrían criado igual. Me habrían amado igual.       —Y en otras familias…       —El amor es condicional. O directamente inexistente. En la casa de Sirius, el amor se mide por lo que vales. Por el poder que representas. Si no cumples las expectativas, eres una vergüenza.       —Pero Sirius no es como ellos…       —No —dijo James suavemente—. Supongo que siempre hay excepciones.       Lily se quedó mirándolo. Después de un momento, dijo en voz baja:       —Me pregunto qué hizo que Sirius fuera la excepción.       James suspiró, bajando la mirada.       —No lo sé. Pero me alegra que lo fuera.              La habitación estaba en silencio. James, Remus y Peter no habían subido aún o se habían quedado en la sala común. Sirius estaba solo, recostado en su cama, los brazos detrás de la cabeza y los ojos fijos en el dosel rojo sangre que colgaba sobre él como un velo denso. El silencio no le molestaba. No esta vez.       Su mente volvía una y otra vez al rostro de Kate, no había sido sólo agotamiento. Era algo más profundo. Algo que ella no quería mostrarle. Y eso le dolía más que cualquier verdad.       Cerró los ojos y apretó los dientes. Desde niño había aprendido a desconfiar del silencio y la contención. En su casa, el amor se medía en obediencia y las emociones se castigaban como debilidad. Pero con Kate, él había descubierto otra forma de vivir. Una donde se podía gritar, llorar, amar. Y ahora ella se encerraba como si el dolor fuera solo suyo, como si no pudiera cargarlo con él.       “No me cierres la puerta, Kate,” pensó mientras el corazón le pesaba como plomo. “No ahora. No después de todo.”       Giró hacia un lado, de cara a la pared, donde la sombra de la luna se proyectaba en una línea rota. No dormiría mucho esa noche. Lo sabía. Pero también sabía algo más: Ella volvería. Porque él la esperaría.              El agua caliente caía con fuerza sobre su piel, pero Kate apenas lo notaba. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, la frente apoyada contra la pared de azulejos. El vapor la envolvía como una niebla densa, pero no conseguía apaciguar el nudo en su estómago. Ahora estaban todos bien, pero podía haber una nueva venganza. Al principio creyó que la respuesta era clara: renunciar a Sirius. Alejarse. Cortarlo de su vida como un sacrificio necesario. Pero entonces, esa misma tarde, le había besado. Y en ese beso había descubierto que rendirse no era una opción. No con él. No ahora.       —Imposible —murmuró, dejando que el agua ocultara la vibración de su voz—. No quiero renunciar a él. No lo haré.       Apagó el agua y envolvió su cuerpo con la toalla. Caminó hacia el espejo, el vapor aún cubría el cristal pero ella lo limpió con la palma de la mano. Al ver su reflejo, se quedó en silencio. Su rostro seguía pálido, con las ojeras marcadas por las noches de insomnio. Su cabello caía húmedo sobre los hombros como una cortina oscura.       Bajó la mirada hacia su cuerpo. Con manos temblorosas retiró la toalla hasta descubrir su costado. Siete cortes. Finos, profundos. Trazados con crueldad. Magia antigua. Maldad pura. Eran feos. Eran permanentes.       Un sollozo escapó de sus labios, silencioso, casi reverente. No eran solo cicatrices. Eran la memoria viva de lo que había soportado. El miedo. El dolor. La risa de los que la marcaron como si fuera un trofeo.       Durante unos segundos, solo las observó, respirando hondo, hasta que sus dedos buscaron su varita. Recordó el gesto suave de Lily, la forma en que susurró aquel hechizo como si fuera un acto de cariño. Con voz temblorosa, Kate lo repitió.       Un leve resplandor azul acarició su piel. Poco a poco, las cicatrices comenzaron a desdibujarse, desvaneciéndose como humo bajo la luz. No desaparecieron por completo. Seguían ahí. Pero al menos, ya no se veían.       Se cubrió de nuevo con la toalla y cerró los ojos. Se prometió a sí misma ocultar siempre esas cicatrices. No por debilidad, sino para poder respirar. Para que el mundo no las viera antes que a ella.       Después de vestirse en silencio, se peinó el cabello en una trenza y caminó hasta su cama. Cerró tres de los doseles con un movimiento suave, dejando sólo uno abierto: el que daba a la ventana. La luna la bañó con su luz tenue mientras se metía bajo las sábanas, su alma aún luchaba por encontrar paz.       Pasó el tiempo, pero el sueño no llegaba. Kate seguía despierta, con los ojos fijos en el dosel entreabierto que dejaba pasar la luz de la luna. Escuchó cuando sus amigas entraron en la habitación, los pasos suaves, los susurros ahogados. Sintió cómo se acercaban a su cama, cómo una de ellas retiraba discretamente la cortina para mirar si dormía. Cerró los ojos justo a tiempo, fingiendo un descanso que estaba muy lejos de sentir.       Cuando por fin se alejaron y el cuarto quedó en silencio otra vez, siguió mirando hacia la ventana. Pero fue entonces cuando otra idea cruzó su mente. Sirius. El nombre apareció con una nitidez inquietante. ¿Estaría enfadado? ¿Dolido?       Se incorporó en la cama con cautela, observando el vaivén tranquilo de las respiraciones en la habitación. Todo seguía en calma. Se deslizó fuera de las sábanas, se puso las zapatillas con cuidado y salió, cerrando con suavidad la puerta tras de sí.       La chimenea ya solo emitía un fulgor tenue. Kate bajó los escalones lentamente, esperando encontrarle ahí, tal como imaginaba. Pero la sala estaba vacía. Ni rastro de él. Esperó unos minutos, de pie junto al sofá donde tantas veces se habían quedado hablando hasta tarde. Pero no hubo pasos. Ni voces. Nada.       Miró hacia la escalera de los chicos. Dudó. Era una locura. Y sin embargo… necesitaba verle. Sentir que, pese a todo, seguían siendo ellos. Con el corazón palpitando fuerte, subió los escalones, uno a uno, intentando no hacer ruido. Se detuvo frente a la puerta del dormitorio masculino, respiró hondo, y empujó con cuidado el pomo. La puerta cedió sin esfuerzo. Entró.       La habitación estaba envuelta en penumbra, respiraciones rítmicas, cortinas cerradas. Ya había estado ahí, sí, pero siempre acompañada por sus amigas. Esta vez era distinto. Todo era distinto. Sabía cuál era su cama. Siempre lo había sabido. Y cómo no saberlo, si incluso a los doce años ya le conocía mejor que a nadie. Un recuerdo vívido se abrió paso como un relámpago.              Habían amanecido en la habitación de las chicas con el cabello cada una de un color: Marlene con mechones fucsia, Alice en un tono verde rana, y Kate, furiosa, con una melena violeta que no dejaba de brillar. Rechinando los dientes, irrumpieron en la habitación de los chicos, en pijama, con la furia aún pegada a los talones.       —¡Black! —rugió Kate—. ¡Retira el hechizo o juro que te rapo como a un elfo doméstico!       James y Peter reían como locos. Remus, desde su cama, se ocultaba detrás de un libro aunque sus hombros temblaban de risa. Sirius, todavía en su cama, se limitó a sonreírle con desvergüenza, el pelo revuelto, y le hizo un gesto con el dedo para que se acercara.       —¿Así me hablas, Bellerose? Y yo que te iba a decir que el violeta te quedaba de maravilla…       Ella se acercó dispuesta a golpearle con una almohada, pero Sirius fue más rápido: la sujetó de la muñeca y, con una sonrisa tan encantadora como arrogante, la atrajo hacia él. No la besó. Ni siquiera lo intentó. Solo la hizo sentirse incómoda. El corazón de Kate latía tan fuerte que tuvo que apartarse a la fuerza. Y sin embargo, él solo rió, como si ya supiera algo que ella aún no entendía.              El recuerdo se desvaneció como humo entre sus pensamientos. Caminó despacio hasta su cama. Las cortinas colgaban sin cerrarse del todo. Con manos temblorosas, apartó un pliegue y le vio. Sirius yacía boca arriba, el brazo cubriéndole los ojos. Su respiración era profunda, lenta. Pero no dormía. Kate se quitó las zapatillas sin hacer ruido y se metió a su lado, moviendo apenas la sábana. Al principio, él no se movió. Luego giró lentamente el rostro y, al reconocerla, murmuró:       —¿Kate? ¿Qué haces aquí?       No era la reacción que esperaba. Su voz no sonaba cálida, ni del todo fría. Pero tenía filo.       —Quería verte —respondió en voz baja, sincera.       Él se incorporó un poco, el ceño fruncido.       —También quise verte antes… y no viniste.       La culpa se le instaló en el pecho como una piedra. No había pensado en cómo se había sentido él. Solo en sus propios miedos. Se sentó junto a él, la cabeza gacha.       —Lo siento. Tienes razón. Fui egoísta.       —Sí, lo fuiste —dijo Sirius sin suavizar la frase.       Ella le miró, sorprendida por la franqueza, pero también por el dolor evidente en sus ojos. Él suspiró y sacó su varita. Murmuró con voz baja:       —Muffliato. —Un leve zumbido envolvió el aire, sellando el sonido.       —Así podremos hablar sin que nos escuchen —dijo, apoyando la varita a un lado.       Kate asintió, mordiéndose el labio. Y tras una pausa, alzó una ceja con una mueca casi desafiante:       —Bueno… yo fui egoísta y tú acabas de ser un idiota. Así que estamos empatados, ¿no?       Sirius se quedó quieto un instante. Luego, su boca se curvó apenas en una sonrisa resignada.       —Menos mal que nos conocemos, ¿no? Merlín, te he echado de menos.       Kate sonrió, apenas un suspiro de alivio, y le abrazó con suavidad.       —¿Puedo quedarme contigo esta noche?       —¿Toda la noche?       —Sí.       —¿Y si nos pillan?       —Convenceremos a Lupin para que diga alguna excusa…       Sirius soltó una carcajada contenida.       —Tú y tus planes… Me parece bien.       Volvió a tumbarse y ella se acomodó con cuidado junto a él, como si el mundo fuera frágil y pudiera romperse si se movían demasiado rápido. Recostó la cabeza en su pecho, sintiendo el ritmo constante de su corazón bajo la tela. Sus dedos comenzaron a acariciar su cabello húmedo, deshaciendo lentamente la trenza con una ternura casi inconsciente.       —Hueles bien… —murmuró él, rozando su frente con los labios.       —Gracias… —susurró ella, apenas audible, con los ojos cerrados.       Él deslizó un brazo alrededor de su cintura, y ella se acercó un poco más. Sus piernas se tocaron bajo las mantas, tibias y torpes al principio, como si no supieran dónde colocarse. Sirius bajó la cabeza y dejó un beso suave, apenas un roce, en su sien.       —¿Estás bien? —preguntó en voz baja, tan cerca que sus palabras le cosquillearon la piel.       Kate no respondió de inmediato. Solo asintió contra su pecho, tragando una emoción que no quería que la rompiera.       —Contigo, sí.       Sus respiraciones se fueron acompasando como olas suaves. En esa habitación oscura, entre hechizos silenciadores y cicatrices invisibles, no hablaron más. No hacía falta. Se abrazaron como quien se aferra a lo que queda después de la tormenta. Y por primera vez, durmieron juntos. Sin miedo. Sin máscaras. Solo ellos. Y eso, por ahora, era suficiente.              Un rayo pálido de luz comenzaba a colarse por los bordes de las cortinas. El silencio seguía envuelto en ese hechizo casi sagrado, pero el mundo más allá de la cama ya no dormía del todo.       Sirius abrió los ojos lentamente. Tardó un segundo en recordar dónde estaba, otro en notar el peso cálido y suave de Kate todavía apoyada en su pecho. Su mano seguía enredada en su cabello, y por un momento se permitió quedarse ahí, sólo respirando, como si el tiempo les perteneciera. Pero no les pertenecía.       Un murmullo lejano en el pasillo. Un crujido de madera. El zumbido del Muffliato aún vibraba débilmente, pero Sirius sabía que el amanecer no perdonaba descuidos.       Se removió con cuidado, apenas moviéndose, y susurró con la voz rasposa de quien no ha hablado en horas:       —Kate… despierta. Vamos, cariño, despierta…       Ella frunció el ceño suavemente, aún dormida, pero ante la urgencia en su tono, abrió los ojos de golpe. Por un segundo, la confusión, luego la comprensión. Y con ella, el susto.       —¿Qué hora es?       —Temprano. Pero no lo suficiente. Pronto alguno va a despertarse… James, seguro. Y si alguien ve las cortinas cerradas…       Kate ya se estaba incorporando, peinándose con los dedos y buscando a tientas sus zapatillas.       —¿Crees que nos vieron anoche? —susurró mientras se ponía de pie.       Sirius negó con la cabeza, también sentándose y bajando la voz aún más.       —No. Nadie. Pero tenemos que ser rápidos. Ponte esto.       Le tendió su túnica negra, larga y un poco arrugada. Kate vaciló un segundo.       —¿Esto bastará?       —Si caminas rápido y bajas la cabeza, nadie se fijará demasiado. Y si alguien pregunta, estabas dando un paseo. Punto.       Ella asintió y se la echó encima. Por un momento, se quedaron mirándose en silencio. Sirius extendió una mano y le rozó la mejilla con el dorso de los dedos.       —Gracias por venir anoche.       Kate se inclinó y le besó suavemente. Un beso breve, silencioso, cargado de lo que no podían decir en voz alta.       —Nos vemos en clase —dijo ella desde la puerta, con una sonrisa apenas curvada.       —Y si no, ya sabes… nos inventamos otra excusa —respondió él con media sonrisa.       Ella desapareció tras la puerta, fundiéndose con la penumbra del pasillo. Sirius se recostó de nuevo, los ojos en el techo, el corazón todavía acelerado. El hechizo Muffliato se disipó poco a poco. Desde el otro lado de la habitación, alguien se giró en sueños. El día comenzaba. Pero algo había cambiado. Algo importante. Y por primera vez en mucho tiempo, Sirius Black sonrió al despertar.              Los zapatos resonaban suavemente en los escalones de piedra mientras los Merodeadores descendían hacia el Gran Comedor. El aire matutino estaba cargado de olor a pan tostado y café recién hecho, y los primeros murmullos llenaban el eco de los pasillos.       —¿Alguien más siente que los fantasmas tienen reuniones secretas a esta hora? —murmuró James, aún medio dormido y con el cabello más rebelde de lo normal.       —Eso o Filch, que claramente no duerme nunca —replicó Remus, sujetando su libro de Defensa contra las Artes Oscuras sin mirar por dónde caminaba.       Peter bostezó ruidosamente.       —Yo solo vine por el tocino…       James iba a añadir algo cuando notó a Sirius caminando junto a ellos, demasiado en silencio. Lo miró de reojo. Tenía el cabello algo más ordenado —por sus estándares—, la mirada alerta y una media sonrisa que no solía aparecer sino después de causar algún desastre… o de una noche especialmente buena.       —¿Y tú qué? —preguntó James, alzando una ceja—. ¿Por qué esa cara de… de "sé algo que ustedes no saben"?       —¿Yo? —Sirius se llevó una mano al pecho con fingida inocencia—. ¡Estoy ofendido, Potter! ¿No puede uno simplemente estar de buen humor sin que le interroguen como si fuera sospechoso?       —No cuando eres tú —dijo Remus, entrecerrando los ojos—. ¿Qué hiciste anoche?       —¿Yo? Dormir profundamente como un angelito. Como si me hubieran dado una poción para sueños tranquilos y sin remordimientos.       Peter lo observó con suspicacia.       —¿No habías estado raro últimamente? Hoy pareces… no sé. Feliz.       Sirius fingió escandalizarse.       —¿Feliz? Qué palabra tan vulgar. Digamos que me desperté renovado, lleno de esperanza y ligeramente irresistible. Ya saben, lo habitual.       James le lanzó una mirada cargada de sospecha juguetona.        —Si te has escapado a Hogsmeade sin nosotros, me ofenderé personalmente.       —Y si estuviste con alguien, no hace falta inventar tanto —añadió Remus con una sonrisa apenas disimulada.— Pero si no era Kate —añadió tras una pausa, en tono más serio pero aún con esa calidez suya—… vas a tener un problema. Con nosotros. Y con ella.       Sirius se encogió de hombros mientras empujaban las puertas del Gran Comedor.       —Tal vez solo he tenido una epifanía nocturna. Tal vez he visto el sentido de la vida entre las cortinas de mi cama. O tal vez solo soñé con Snape resbalando en pociones. Quién sabe.       James bufó.       —Eso no responde a nada.       Sirius sonrió, un poco más bajo esta vez.       —Lo único que sé es que… ninguna otra chica, por muy guapa o lista que sea, podría opacar a Kate. Ni de lejos.       Remus y James se detuvieron un segundo, y por un momento, el silencio fue más elocuente que cualquier broma. James fue el primero en hablar, dándole un leve empujón en el hombro.       —Vaya. Esto se está poniendo serio.       Sirius no dijo nada más. Pero esa sonrisa, medio torcida, persistió mientras se dirigían a la mesa de Gryffindor. Y Remus, que lo conocía mejor que nadie, entendió que ya no era solo un juego.       Se sentaron en su lugar habitual, desayunaron y, después de un rato, mientras Peter ya servía su tercer trozo de tocino, Sirius se estiró despreocupadamente, cogió una tostada y añadió, con una sonrisa torcida:       —Lo importante es que me siento como nuevo. ¿Tú no dormiste bien?       —No tan bien como tú, por lo visto —bufó James.       Sirius solo se rió y dio un mordisco a la tostada mientras se ponía de pie. A su lado, James recogía su mochila con la varita aún en la mano, Remus metía discretamente un pergamino plegado entre los libros, y Peter terminaba de engullir una galleta sin masticar del todo.       —Vamos, que llegamos con tiempo por primera vez en la semana —dijo James, ajustándose la túnica.       —Y que quede constancia de que no fue gracias a ti —remató Remus, alzando una ceja con tono burlón.       —¡Qué humor Potter! —añadió Sirius con tono desenfadado.       En ese mismo instante, las puertas del Gran Comedor se abrieron y entraron las chicas: Kate, Lily, Marlene, Mary, Alice y Pippa. El grupo caminaba con prisa, murmurando entre ellas, todas con el cabello aún algo revuelto por la mañana apresurada.       —¡Te lo dije, Marlene! Si hubieras sido rápida al despertarte no estaríamos corriendo para llegar a tomar al menos una tostada—se quejó Lily, resoplando.       —¿Y tú crees que no lo intenté? —respondió Marlene, divertida.       Los dos grupos se cruzaron junto a la entrada. Hubo saludos rápidos: un gesto con la cabeza de James a Lily, un "Luego te veo" murmurado de Remus a Pippa —acompañado de un roce de dedos breve pero natural—, y un cruce de miradas entre Kate y Sirius. Nada demasiado evidente. Nada que no pudieran ver los demás. Ella solo le rozó el brazo con los dedos mientras pasaban. Él le dedicó una pequeña sonrisa. La de siempre. La suya. Pero ambos lo supieron. Sabían que todo era distinto.       Que esa mañana no era como las demás. Porque aunque nada había ocurrido más allá de dormir, de compartir el silencio y el calor de un cuerpo querido, era la primera vez. Y eso bastaba para cambiarlo todo. Empezaban a cruzar una línea y los dos estaban de acuerdo.       Kate se obligó a seguir caminando, a sentarse con sus amigas como cualquier otro día. Fingió normalidad, aunque el corazón le latía un poco más rápido que de costumbre. Sabía dónde había estado él. Sabía cómo había sonado su risa entre sombras. Cómo le acarició el cabello antes de quedarse dormido. Cómo murmuró su nombre al despertar. Deseaba que fuera así todos los días.       Y cuando, por un instante, alzó la vista y lo encontró girándose una última vez desde la puerta, Sirius le sostuvo la mirada con una suavidad inusual. No guiñó un ojo ni sonrió de forma burlona. Solo… la miró. Como si aún estuvieran en su cama, entre susurros. Ella no sonrió con la boca, pero sí con los ojos. Y él lo supo. Luego, desapareció con los demás. Y el día siguió. Pero algo había cambiado              Un tiempo después, las puertas de roble se abrieron de golpe con ese aire que solo ellos sabían manejar. James iba delante, con el paso seguro de quien jamás ha sido cuestionado. A su lado, Remus hojeaba un libro sin dejar de caminar, y Peter los seguía medio bostezando, pero claramente entretenido. Sirius venía un poco detrás, las manos en los bolsillos y esa actitud de quien conoce su propio magnetismo y no tiene apuro en usarlo.       —¿Cómo es posible que si salimos antes del comedor, ellas estén aquí antes? —se quejó James, resoplando.       —Porque nosotros hemos gestionado algunas “cosas” antes… y volvimos a perder el tiempo ganado en el desayuno—respondió Remus, divertido.       Efectivamente, las chicas ya estaban frente a la puerta del aula de Encantamientos, agrupadas como siempre. Había risas, susurros, uniformes impecables. Pero él solo la vio a ella. Kate.       El sol de la mañana le daba justo en el rostro, haciendo brillar su colgante de rubí. Llevaba el cabello suelto, aunque en un lateral aún quedaban rastros de una trenza deshecha. Su falda estaba un poco más subida de lo que el reglamento sugería y sus mocasines relucían como si alguien los hubiera pulido con magia esa misma mañana.       Pero no fue eso lo que lo detuvo. Fue su sonrisa. Suya. Solo para él. Sirius no se molestó en disimular. Se adelantó a sus amigos y caminó directo hacia ella. James alzó una ceja. Remus cerró su libro con un pequeño "ajá" mental. Peter simplemente abrió mucho los ojos.       Kate dio un paso hacia adelante. No dijo nada. No le hizo falta. Sirius la miró un segundo más, como si memorizara cada detalle. Y entonces, sin preguntar, le tomó el rostro con una mano y le dio un beso. No largo. No exagerado. Pero sí suficiente para borrar cualquier duda. Cuando se separaron, él sonrió con esa expresión que combinaba desafío y ternura. La misma que usaba antes de meterse en líos… o enamorarse.       —Buenos días, Evans —saludó luego a Lily, que los miraba con una mezcla de sorpresa y resignación.       —Black —respondió ella, cruzándose de brazos.       Sirius volvió junto a sus amigos, que no dijeron ni una palabra. Solo lo miraron, como si acabaran de leer el último capítulo de un libro que por fin tenía sentido. James le dio una palmada en la espalda. Remus sonrió, Peter se encogió de hombros y la puerta del aula se abrió.       Minutos más tarde, todos los estudiantes de Sexto intentaban mantener su concentración en encantamientos de mayor nivel.       —¡Vamos, Pettigrew! El Partis Temporum requiere precisión, no que agites la varita como si espantaras un doxie borracho —soltó James, mientras una línea ondulante de luz azul se desintegraba en el aire frente a Peter.       —¡Lo estoy haciendo bien! Solo que… eh… el tiempo no quiere partirse hoy —balbuceó Peter, con gotas de sudor en la frente y la varita torcida.       —¿Quieres que le escriba una carta al tiempo? ¿Querido tiempo: colabora con Peter, que está en crisis? —se burló Sirius desde su banco, recostado como siempre, con la túnica abierta, la corbata floja, y una sonrisa que prometía problemas.       Kate giró los ojos, aunque no pudo evitar sonreír. Frente a ella, su propio hechizo, un Tempus Subito, brillaba en un remolino perfecto de energía condensada que flotaba sobre su pergamino.       —Excelente control del flujo mágico, señorita Bellerose —dijo el profesor Flitwick con entusiasmo, al pasar cerca—. Muy buena modulación del tiempo comprimido.       —Lo que no modula es el efecto que tiene sobre mí —dijo Sirius en voz alta, y varias cabezas se volvieron.       Kate suspiró.       —¿Quieres que conjure un Silencio Perpetuum contigo de sujeto de prueba?       —Con tal de que estés cerca, conjura lo que quieras —dijo él con una ceja arqueada.       —¿Estás compitiendo contigo mismo ahora? —le dijo en voz lo suficientemente alta como para que todos lo oyeran.       —Siempre gano —replicó él, guiñándole un ojo.       —Eso es porque nadie quiere enfrentarte para no escucharte hablar tanto —saltó Lily desde su pupitre, sin mirar siquiera.       —¡Evans! ¡Qué herida profunda! ¿Sabes cuántas noches lloraré por esto? —dijo Sirius llevándose una mano al corazón, teatral.       —Una, con suerte —murmuró James con una sonrisa, y Lily le lanzó una mirada asesina aunque no logró ocultar una sonrisa pequeña.       —¿No te da vergüenza? —le preguntó Lily, sin levantar la vista de su propio hechizo, un elegante Chronoclypeus que se envolvía como una esfera protectora.       —¿Vergüenza? —repitió Sirius, como si fuera una palabra en idioma extranjero—. ¿Es una criatura mágica? ¿De Slytherin, quizá?       —Probablemente —añadió Marlene —. Una que no se reproduce en Gryffindor.       Mientras tanto, Remus ayudaba a Pippa a ajustar el ángulo del Duplicatus Momentorum, un hechizo que proyectaba una breve réplica ilusoria de un instante pasado.       —Tienes que soltar el pulso justo cuando lo visualices —le murmuró.       —Creo que me distraes un poco, Lupin—susurró Pippa con una sonrisa.       Remus se quedó en blanco medio segundo, luego bajó la mirada, ruborizado hasta las orejas.       —Entonces puede que el hechizo funcione mejor de lo normal —dijo, apenas audible.       En la esquina del aula, Theodore Nott soltó un bufido desde su banco. Estaba sentado con Lucinda Talkalot, que murmuraba maliciosamente con Emma Vanity y Gemma Farley.       —Parece que los Gryffindor están de buen humor confundiendo las clases con tiempo libre—se burló Lucinda, mirando a Sirius, pero claramente envidiosa.       —¿Y tú confundiste Hogwarts con un salón de belleza? —disparó Mary, sin despegarse de su práctica.       —Por favor, no hagas que Emma saque su espejo de nuevo, nos quedamos diez minutos atrapados en Narcisismo Amplificatus la última vez —añadió Alice.       Sirius volvió a girarse hacia Kate, sacando un trozo de pergamino arrugado del bolsillo con aire de conspiración. Lo hizo levitar sutilmente hasta su pupitre, como si no acabara de mandarle una nota en mitad de clase. Kate la atrapó al vuelo con un Accio tan automático como el ojo en blanco que puso al hacerlo. Desdobló el papel con cuidado. En él, con su letra desastrosa, decía:       “Verte es más que una cerveza de mantequilla al final de una detención. Y eso es lo más cerca que he estado de la felicidad estable. Confirmo con datos.”       Kate contuvo la risa, pero no del todo.       —Sirius Black —dijo en voz alta, sin levantar la vista del pergamino—, si me vuelves a tirar otra nota como esta, te vas a comer un Petrificus Totalus con postre.       —Firmemente dispuesto —respondió él sin pestañear.       —¡Señor Black! ¡Concentre su atención en el hechizo, no en su compañera! —exclamó Flitwick desde el otro extremo del aula, claramente perdiendo la paciencia.       —¡Lo intento, profesor! Pero ella interfiere con mi foco como si fuera una Snitch con complejo de superioridad.       Se escuchó una carcajada general. Flitwick cerró los ojos un segundo, suspiró, y negó con la cabeza.       —Cinco puntos menos para Gryffindor —murmuró, aunque con una sonrisa escondida tras el bigote.       Desde la mesa de Ravenclaw, Nadine Clearwater se inclinó hacia Colin Macmillan:       —¿Quién le dio permiso a Black para tener sentimientos funcionales?       —Debe de ser un encantamiento avanzado —replicó Colin, con expresión horrorizada—. O una fase peligrosa.       —Yo voto por posesión demoníaca —intervino Edgar Carmichael, sin levantar la vista del libro.       Kate no respondió de inmediato. En cambio, arrancó con disimulo un trozo de pergamino, escribió algo con una pequeña sonrisa torcida y lo hizo flotar de vuelta a Sirius Él lo atrapó, curioso. En la nota, con una letra más elegante que la suya, se leía:       A las ocho, pasillo del séptimo piso. Si aún te queda algo de esa felicidad estable, tráela. Yo llevo el resto.       Sirius alzó una ceja, luego sonrió con ese gesto de victoria silenciosa que solo él sabía hacer. Kate conjuró su hechizo final con una elegancia contenida. El espacio frente a ella brilló con un Memoria Temporis, capturando en una esfera suspendida la imagen de un Sirius sonriendo... justo como lo había hecho aquella madrugada. Él lo vio. Y le guiñó un ojo. Ella deshizo el hechizo con un suave movimiento de muñeca.              En la siguiente clase, la humedad era casi palpable en el aire, y el aroma a tierra mojada y hojas recién regadas llenaba los pulmones. El profesor Longthorne —sustituto temporal de la profesora Sprout, con fama de tener poca paciencia y demasiadas expectativas— se paseaba entre las mesas con una varita de poda flotando tras él como si fuera un perrito faldero.       —¡Hoy trabajarán en parejas mixtas! —anunció con entusiasmo forzado—. Vamos a encargarnos de la replantación y estabilización mágica de Fungifloras Cambiantes. Y quiero orden, disciplina y cero dramas sentimentales, ¿queda claro?       Un murmullo general se extendió por el grupo. Las Fungifloras eran unas plantas con cabezas bulbosas que cambiaban de color y soltaban esporas según el estado emocional del magizoólogo más cercano. La mayoría se entusiasmaron. Otros, como Sirius, parecían ver el caos venir desde lejos.       —¿Te das cuenta de que esas cosas detectan emociones? —susurró él, mirando con fingido horror a su planta asignada, que ya tenía un leve tono rosa mientras él se acomodaba junto a Kate—. Si se pone morada, sabrás demasiado de mí.       —No te preocupes —dijo Kate, arqueando una ceja—. Ya sé bastante.       —Y sin embargo sigues aquí. Fascinante.       Un pequeño estallido verde interrumpió su flirteo. A pocas mesas de distancia, Alice había pellizcado sin querer uno de los brotes y ahora una nube de esporas verdosas cubría a Frank, quien estornudaba como si fuera víctima de un encantamiento de risa.       —¡Merlín, Alice! ¡Voy a oler a musgo hasta el próximo curso! —se quejaba mientras Lily intentaba contener la risa.       —¡No agiten las hojas sin haber conjurado el Stabilis Humoris! —vociferó Longthorne mientras la varita de poda flotante daba vueltas alrededor de los alumnos como un halcón estresado.       Remus, siempre práctico, trabajaba con Pippa en silencio, sus Fungifloras perfectamente controladas y sus varitas moviéndose con precisión. Ella murmuró algo, y él asintió con una sonrisa leve.       —¿Por qué a ellos nunca les explota nada? —protestó Marlene, a quien su planta acababa de escupir un chorro de savia viscosa.       —Porque no son tú —contestó Mary con toda naturalidad.       Mientras tanto, Sirius y Kate intentaban no reírse mientras su Fungiflora pasaba del lila al rojo intenso.       —Vale… ¿Esto significa lujuria o furia? —dijo Sirius sin contener la risa.       —Según el manual, ambas empiezan igual… —respondió Kate, mordiéndose el labio para no sonreír demasiado.       —Entonces estamos en problemas. Voy a conjurar el hechizo ya, antes de que florezca y me delate delante de todo el curso.       —¿El hechizo o tu corazón sensible? —le pinchó ella con dulzura.       —Cruel… —replicó él—. Pero justo.       Más allá, Nadine y Hannah lograban mantener su planta relativamente tranquila, mientras Edgar Carmichael hacía explotar la suya por tercera vez.       —¡Lo juro, esta planta me odia! —gimió Edgar, cubierto de esporas azules.       —No te odia. Solo estás emocionalmente inestable —dijo Nadine, secándose las manos sin piedad.       Al final de la clase, con invernaderos cubiertos en vapor y estudiantes algo más sucios de lo habitual, Longthorne suspiró como si acabara de sobrevivir a una batalla.       —Han hecho… lo posible. Los que no hicieron explotar nada tendrán un Extra. Los que casi incendian las raíces, mejor estudien.       Sirius estiró los brazos y miró a Kate de reojo.       —Admitelo… entre tus habilidades mágicas y la planta que casi me grita “¡te gusta!”, esto fue una cita encubierta.       —Una cita en un invernadero lleno de adolescentes sudorosos —replicó ella, limpiándose el barro de la manga—. Romántico nivel Black.       —Exacto. Inolvidable.       Kate no pudo evitar reír.       Los estudiantes salían en grupos, riendo, quejándose del barro o sacudiéndose esporas de la ropa. Algunos se dirigían hacia el castillo, otros se quedaban en los jardines para disfrutar del buen clima.       Kate se detuvo justo al borde del camino de piedra. Cerró los ojos un segundo, respirando hondo. Sus dedos aún tenían manchas verdes de la savia de la Fungiflora. Sintió pasos acercarse, pero no necesitó mirar.       —¿Te quedas aquí a hacer fotos mentales de mi desastre vegetal? —preguntó Sirius, deteniéndose a su lado.       —Algo así —dijo ella, sin abrir los ojos—. O simplemente estoy intentando que el sol me seque el alma.       Sirius no respondió al instante. Solo se acomodó a su lado, el hombro rozando levemente el suyo. El silencio que compartieron no era incómodo. Era íntimo. Un espacio que no necesitaba llenarse.       —No pensé que me gustaría tanto dormir con alguien —murmuró él entonces, sin mirarla—. Dormir de verdad, digo. Sin que pase nada… y que eso sea suficiente.       Kate giró el rostro hacia él. Su expresión no era burlona ni dramática. Era honesta. Abierta. Como si hablara de algo que no decía a menudo.       —A mí me hizo sentir segura —dijo ella en voz baja—. No creí que lo necesitaba hasta que pasó.       Sirius bajó la mirada a sus propias manos, frotándose el pulgar contra la palma como si buscara distraerse.       —No soy bueno con esto —admitió—. Lo de... estar bien con alguien. No sé en qué momento empezó a importarme tanto.       —En el momento en que dejamos de fingir que no nos importaba —susurró Kate.       Se giró hacia él y, sin prisa, alzó una mano para acomodarle un mechón de cabello que el viento había despeinado. Su dedo rozó su sien. Él cerró los ojos un instante.       —Si seguimos así —dijo Sirius con una sonrisa leve—, tu Fungiflora me habría delatado más que cualquier beso.       —Y eso que no te he besado aún —dijo ella, ladeando la cabeza con un aire travieso.       —¿Aún?       Ella se inclinó. Fue un beso breve, cálido, sin prisa. Cuando se separaron, Sirius le rozó la mejilla con los nudillos, suave.       —Nos vemos después a las ocho —dijo él, dando un paso atrás, tenían clases distintas en esa hora—. Pero si llegas tarde, usaré a Remus de almohada.       —No va a ser lo mismo —contestó ella, con una media sonrisa.       Sirius se alejó por el camino de piedra, sin mirar atrás. Kate se quedó un momento más bajo el sol, el corazón más liviano que al empezar el día. Sí. Todo era distinto. Y tal vez, por fin, estaba bien que lo fuera.              El pasillo del séptimo piso estaba en penumbra, casi desierto a esa hora. Las armaduras brillaban suavemente bajo la luz de las antorchas y un silencio cómodo lo envolvía todo. Sirius se apoyaba contra la pared, con una mano en el bolsillo y un cigarrillo mágico encendido entre los dedos. Lo giraba con calma, sin fumarlo del todo, como si no tuviera prisa por quemarlo.       —Estás puntual —dijo, sin sorpresa, al oír pasos tras él.       Kate apareció con el uniforme medio desarmado, la chaqueta en el hombro y la coleta despeinada.       —He llegado a tiempo. Que conste —dijo, alzando una ceja mientras se acercaba—. Una parte de mí pensó en hacerte esperar solo por deporte. Y he aprendido que si tú dices “a las ocho”, es mejor llegar a las ocho menos dos.       —Y esa parte tuya es la que me tiene completamente conquistado—respondió Sirius con una media sonrisa, apartándose un poco para dejarle sitio junto a la pared.       Kate se dejó caer a su lado con un suspiro y, sin pensarlo mucho, se quitó los zapatos. Estiró los pies sobre el suelo frío con un suspiro audible.       —Llevo todo el día queriendo hacer esto. Si pierdo sensibilidad en los dedos, será culpa de Hogwarts, no mía.       —Tú y tus rituales de descompresión —dijo Sirius, mirándola con diversión—. Podrías haber hecho eso en la sala común, ¿sabes?       —Sí, pero ahí no estás tú con cara de misterio y cigarrillo en mano.       Sirius sonrió como quien acepta un cumplido disfrazado y le ofreció el cigarrillo y ella lo rechazó con un gesto de nariz arrugada.       —Paso. Huele a tronco de escoba quemado.       —Romanticismo puro, Bellerose.       Ella sonrió, mirando al techo.       —Oye… —empezó, después de un momento de silencio—. Siento haber estado tan… rabiosa. Hace unos días.       Sirius no contestó al principio. Dio una calada distraída y soltó el humo con la cabeza apoyada en la pared.       —No me asustas, Kate. No con eso.       —Igual no era justo. Ni para ti ni para nadie. A veces siento que estoy al borde todo el tiempo, y cuando alguien me ofrece ayuda, saco las uñas.       —¿Y te has dado cuenta de que, a veces, también se puede aceptar ayuda sin volverse una serpiente venenosa?       Ella lo miró de lado, entrecerrando los ojos.       —¿Me acabas de comparar con una serpiente?       —Una elegante. Muy letal. Con problemas para gestionar el afecto —añadió, divertido.       Kate rió y apoyó la cabeza brevemente en su hombro.       —Bueno, gracias por no apartarte. Aunque yo casi te echara.       —Tengo mala costumbre de quedarme donde no me invitan. Pregúntale a los Merodeadores.       Permanecieron así un rato. Él fumando tranquilo, ella descalza, con los pies moviéndose lentamente sobre el suelo como si bailara en silencio.       —¿Qué harías si ahora mismo te digo que tengo una idea absurda para esta noche? —preguntó Kate de pronto, girándose hacia él con los ojos brillantes de travesura.       Sirius la miró como si acabara de invocar su palabra favorita.       —Depende. ¿Cuánto riesgo de castigo tiene?       —Moderado-alto. Pero la diversión lo compensa.       —¿Nivel “robar una escoba del almacén y ver si podemos alcanzar el tejado de la torre de Astronomía sin que nos maten”?       Kate fingió pensarlo.       —Nivel “robar dos escobas. Y llevar una botella de whisky de fuego que Mulciber escondió en el invernadero. Spoiler: ya la encontré”.       Sirius soltó una carcajada, pero no se movió. Solo la observó mientras ella, de un salto ágil, se ponía de pie y empezaba a calzarse los zapatos con prisa, aún riéndose por lo bajo.       —Vamos, Black —dijo, mientras terminaba de ajustar el cierre del último zapato—. Como los viejos tiempos. Llévame a hacer una locura.       Le tendió la mano, con la sonrisa torcida que siempre significaba que estaba a punto de convencerlo de algo peligroso.       Sirius dudó apenas unos segundos, alzando una ceja.       —¿Y si esta vez terminamos con un castigo real? ¿Tipo Filch encadenado a nuestras almas?       —Entonces que valga la pena —respondió ella, sin bajar la mano.       Sirius la miró un instante más. Luego apagó el cigarrillo contra la pared con un gesto lento y teatral.       —Merlín nos ampare.       Y le tomó la mano.              Esa misma noche, mucho más arriba en la Torre de Astronomía, Lily estaba sentada con un libro abierto en el regazo. James había llegado hacía cinco minutos. No decía nada, solo miraba las estrellas como si entendiera algo que ella no.       —No has dicho ni una frase molesta en cinco minutos —dijo Lily, girando el rostro hacia él—. ¿Te ha picado un elfo doméstico?       —Estoy madurando —dijo James con una expresión seria.       —¿Tú?       —Me lo recomendaron en San Mungo. Me dijeron que probar una vez al año no hacía daño.       Lily soltó una risa breve. Luego volvió al silencio. El viento le agitaba el pelo despacio.       —A veces creo que te estás cansando de mí —dijo ella de golpe, sin mirarlo.       James la miró sorprendido.       —¿Cansarme de ti? Lily, he pasado cinco años haciendo el idiota con tal de que me hables. ¿Y tú crees que ahora, que por fin me aguantas sin lanzar maldiciones, voy a cansarme?       —No sé —respondió ella, bajando la voz—. Me he vuelto difícil. Pienso demasiado. A veces no tengo espacio ni para mí misma.       James se apoyó en la barandilla, con las manos en los bolsillos.       —No estoy esperando a que seas fácil. Estoy esperando a que seas tú. Lo demás… lo manejo.       Ella lo miró por fin. Con los ojos verdes entrecerrados y algo cálido que no quería admitir.       —Qué rabia me da que digas cosas así cuando estoy intentando no quererte todavía.       James sonrió, suave. No presumido. Casi triste.       —Entonces no lo hagas todavía. Pero prométeme que no vas a dejar de venir a mirar las estrellas conmigo.       —Prometido.       Y volvieron a mirar el cielo. Sin prisa. Sin certezas. De repente, una figura surcó el cielo nocturno a lo lejos. Luego otra. Rápidas, descontroladas, y haciendo zigzags como si no tuvieran la menor intención de aterrizar con seguridad.       —¿Qué demonios...? —murmuró Lily, levantando la cabeza.       James se incorporó al instante.       —Esos giros torpes y dramáticos… solo pueden significar una cosa.       Ambos se asomaron a la barandilla justo a tiempo para ver cómo Sirius Black y Kate Bellerose pasaban volando a toda velocidad junto a la torre, riéndose como dos dementes escapando de Azkaban.       —¡¿Están borrachos?! —exclamó Lily.       —¡Llevan media vida estándolo! —gritó James, ya con la varita en la mano y una sonrisa peligrosísima—. Vamos.       —¿A dónde?       —¿Tú ves esa cara de "esto va a ser ilegal"? Esa cara es mi hogar. Venga, Evans. No vas a dejarme solo con ellos.       Lily dudó unos segundos. Luego suspiró.       —Estás terriblemente mal de la cabeza.       —Y tú estás a punto de unirte a un plan Merodeador. Vamos, admítelo: te tienta.       Lily negó con la cabeza, pero ya estaba guardando el libro y poniéndose de pie.       —Esto es una mala idea.       —Las mejores lo son.       Diez minutos después en el Campo de Quidditch. Kate estaba sentada encima de una escoba robada, bebiendo del whisky a sorbos pequeños y poniéndose bizca después de cada trago.       —Esto me está fundiendo las pestañas —dijo, devolviendo la botella a Sirius—. Si muero, que sea de forma poética. Cayendo con estilo, no con vómito.       Sirius soltó una carcajada, pero se quedó quieto al ver acercarse dos figuras por el césped.       —Mira quiénes vienen. ¿La prefecta Evans y su guardaespaldas personal?       —Prefiero el término "acompañante de decisiones cuestionables" —intervino James al llegar.       —¿Qué hacéis exactamente? —preguntó Lily, cruzándose de brazos.       —¿Esto? —dijo Kate, fingiendo inocencia—. Vuelo nocturno académico. Estudio práctico de corrientes de aire astronómicas.       —Y un experimento de tolerancia al whisky a gran altitud —añadió Sirius.       —¿Puedo participar? —preguntó James ya subido a una escoba.       Lily abrió la boca, la cerró, y después de dos segundos, la volvió a abrir.       —Vale. Una ronda. Pero ni un rasguño.       —Lily, eres la mejor mala influencia que he tenido —dijo Kate con una reverencia improvisada.       —Y tú eres la razón por la que me van a quitar el puesto de prefecta.       Sirius le pasó la botella a James, que bebió con un escalofrío exagerado.       —Sabe a calcetines chamuscados —murmuró—. Perfecto.       El cielo se llenó de risas, escobas desobedientes y maniobras peligrosas. A medianoche, una bludger suelta que alguien (quizá Sirius) había liberado por accidente, comenzó a perseguirlos sin tregua. En medio de gritos y huidas forzadas, terminaron derrapando en el césped, con la respiración agitada y las mejillas heladas por el aire.       —Podría morir ahora mismo y estaría feliz —dijo James, tumbado boca arriba, aún riéndose.       —Eso se puede arreglar —respondió Lily, lanzándole un puñado de césped a la cara.       Kate se giró hacia Sirius, que tenía una hoja pegada en la frente y cara de satisfacción absoluta.       —Me lo apunto para el currículum: "generadora de caos emocional y mágico".       —Y mía —murmuró él, bajito, sin sonreír, pero con los ojos puestos en ella.       Kate lo miró. Solo un segundo.       —Lo sé.       Y siguieron tumbados allí. Cuatro figuras riéndose bajo las estrellas, como si esa noche el mundo no pudiera tocarlos.              Al día siguiente, el despacho de McGonagall olía a té negro, pergamino y peligro inminente. James y Sirius estaban sentados uno al lado del otro, con las manos en los bolsillos y el aspecto insolente de quien ya ha asumido el castigo antes de entrar. La profesora los observaba desde el otro lado del escritorio, los labios apretados y las gafas a punto de deslizarse por la punta de la nariz.       —¿Queréis contarme, de una vez, por qué motivo había dos escobas menos en el almacén, una bludger suelta en la azotea y olor a whisky en el aire?       —Estamos cultivando una vida de emociones fuertes —dijo James con su sonrisa más ganadora.       —Vida corta, entonces —murmuró McGonagall, secamente.       Luego alzó una ceja.       —Y… ¿de verdad voy a tener que fingir que no había más personas involucradas?       Sirius se limitó a cruzarse de brazos, encogiéndose de hombros con aire casi inocente.       —Fuimos nosotros dos. Solo nosotros. Nadie más sabía.       James asintió con solemnidad exagerada.       —Como buenos Gryffindor, asumimos la responsabilidad total de nuestra temeridad. Que conste que lo hicimos con estilo.       McGonagall los miró durante un largo momento. Luego suspiró.       —Sr. Black. Sr. Potter. Sus notas son excelentes. Sus habilidades mágicas son avanzadas. Su sentido del ridículo… limitado. Pero me preocupa más su falta de autoconservación.       —Estamos mejorando —intentó James.       —Eso es lo que me asusta.       Se levantó, caminó hacia ellos y les tendió un pergamino.       —Cinco noches limpiando trofeos. Y dos tardes ayudando a la profesora Sprout. Sin varita. Ni quejas.       Ambos asintieron. Justo antes de salir del despacho, McGonagall añadió, con la voz más afilada:       —Y decidle a las dos que no estuvieron allí, que tengan la decencia de al menos no dejar pruebas botánicas en el tejado. El musgo del invernadero no aparece solo.       Sirius se giró, disimulando una sonrisa.       —¿Dos? ¿Está segura de que no eran sólo ecos del viento?       —Estoy segura de que el viento no lleva esmalte rojo ni ríe como una banshee. Y ya basta.       Los dos salieron del despacho a toda prisa, intentando aguantar la carcajada hasta que doblaron el pasillo.       —Nos tiene calados —dijo James, entre risas.       —Nos adora igual —replicó Sirius—. Aunque intente disimularlo              Un cuarto de hora antes en la sala Común de Gryffindor. Kate abrió un ojo. El sol le daba de lleno en la cara y su boca sabía a desastre fermentado. Su primer pensamiento fue:       Estoy viva. No lo esperaba, honestamente.       Su segundo pensamiento fue:       ¿Dónde está mi otro zapato?       —¿Muerta o solo en proceso? —preguntó Marlene desde el sofá contiguo, donde estaba tumbada al revés, con una almohada sobre la cara.       —No sé. Si estar muerta es tener el hígado hecho polvo y la lengua dormida, entonces sí.       Remus apareció por detrás de un sillón con una taza humeante en la mano.       —Hice té para los supervivientes. No hay azúcar, pero hay dignidad.       —Eso sirve —dijo Lily, entrando en la sala aún con el pelo revuelto, sujetando la botella vacía de whisky con dos dedos como si fuera radiactiva—. Esto ¿Es mío?       —Tuyo y de la vergüenza colectiva —dijo Mary desde una esquina, donde Peter estaba intentando hacerle trenzas con resultados nefastos.       —¿Y los idiotas voladores? —preguntó Alice, sin levantar la vista de una revista de moda mágica.       La respuesta llegó por la puerta de la Sala Común en forma de estampida.       —¡McGonagall nos va a freír vivos! —anunció James, entrando a paso rápido, con Sirius detrás y cara de niño atrapado con la mano en el tarro de galletas.       —¿Qué habéis hecho ahora? —preguntó Frank Longbottom, quitándose los lentes para frotarse los ojos.       —Nos pillaron. Riéndonos como dementes —dijo Sirius.       —Y la bludger suelta. No olvides eso. Fue... parte esencial del ambiente criminal —añadió James con una sonrisa encantadora.       —¿Os van a expulsar? —preguntó Pippa, que había bajado las escaleras justo a tiempo para escuchar la última parte.       —Nah. Hemos dicho que fuimos solos. Que nos dio un ataque de estupidez y que nadie más tenía idea de lo que planeábamos —explicó Sirius mientras se dejaba caer junto a Kate, que aún intentaba recordar dónde había dejado su dignidad.       —¿Qué? ¿Por qué haríais eso? —saltó Lily, escandalizada.       —Porque a ti sí te quitan puntos de verdad, Evans, mueres —dijo James encogiéndose de hombros—. Y a Kate le vendría mal otra bronca esta semana. McGonagall está contando ya las veces que se descontrola.       Kate lo miró con los ojos entrecerrados.       —Os habéis comido el castigo por nosotras.       —¿Sí? ¿Y? —Sirius alzó una ceja, con ese brillo divertido—. ¿Vas a hacerme escribir cien veces “No se puede volar con alcohol en sangre”?       —No. Pero me sé un par de cosas más creativas —replicó Kate con una sonrisa lenta.       —Cinco noches de limpieza de trofeos —dijo Remus, mirando un pergamino que acababa de revisar—. Y clase extra con Sprout para “reparar invernaderos y reflexionar sobre la madurez emocional”.       —¿Y si digo que eso fue cosa de Kate? —intentó Sirius.       —Te reviento —dijo Kate, pero se le escapó una risa.       —Y yo te acompaño —añadió Lily, cruzándose de brazos.       James suspiró, teatral.       —Lo volvería a hacer. Por Gryffindor. Por el honor. Por la épica.       —Por quedar bien delante de Lily —añadió Mary.       —Eso también.       El grupo entero estalló en risas. En el fondo de la sala, junto al fuego que aún ardía con suavidad, Kate se dejó caer de nuevo contra el respaldo del sofá. Sirius, a su lado, le dio un leve empujón con el hombro.       —¿Ha valido la pena?       Ella lo miró de reojo, aún medio dormida, y asintió.       —Mucho más que cinco noches de castigo. Aunque aún no encuentro mi zapato.       —Me lo quedo como trofeo —dijo él, alzando algo con una sonrisa ladina—. Lo colgaré junto a mis méritos por conducta cuestionable.       Ella no dijo nada. Solo se rió. Y en ese momento, entre ojeras, resaca y polvo de aventura, supieron que aquella noche iba a contarse durante años.       
4 Me gusta 1 Comentarios 4 Para la colección Descargar
Comentarios (0)