A contraluz. Entre cenizas y lavanda.

Het
NC-21
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4
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planificada Maxi, escritos 451 páginas, 232.562 palabras, 17 capítulos
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Capítulo 17: Verano entre máscaras (Parte II)

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CAP 17: Verano entre máscaras (Parte II)       Al día siguiente, Beth estaba sentada sobre el reposabrazos de un sillón, comiendo una cereza. Frente a ella, Edward, que había vuelto hace dos días de Dinamarca, pasaba las páginas de un ejemplar de El Profeta, mientras en realidad escuchaba con un oído a su viejo amigo, Adrian Urquart , que había llegado esa tarde. Adrian, atractivo, de modales tranquilos, expresión reflexiva y un humor seco que a Beth le divertía, comentaba sobre el ambiente en el Ministerio, donde su padre trabajaba.       —Todo el mundo anda tenso —decía Adrian—. Que si hay desapariciones, que si el ministerio tapa cosas. Mi padre no suelta prenda, pero yo le veo la cara. Está preocupado. Mucho más que otros veranos.       Edward asintió lentamente.       —Están pasando cosas, eso es evidente. Lo que no sabemos aún es hasta qué punto nos va a salpicar.       Beth suspiró, le cansaban ese tipo de conversaciones porque no quería asumir que las cosas estaban cambiando.       —Bueno, mejor hablamos de cosas menos sombrías antes de cenar. Por ejemplo… El evento social más ridículamente esperado del verano mágico: la fiesta de los Rosier.       Adrian rodó los ojos, aunque sin desagrado.       —Es esta semana, ¿no?       —Este viernes —intervino Edward, bajando el periódico con lentitud—. La invitación llegó hace unos días.       —¿Y vais a ir? —preguntó Beth, mirando a ambos—. Dicen que este año han subido el nivel. Temática de máscaras, nadie sabrá quién es quién hasta medianoche. Han puesto un hechizo. No se permiten revelaciones ni encantamientos para descubrir identidades antes de tiempo.       —¿Tú irás? —preguntó Edward, ladeando la cabeza hacia su hermana con una sonrisa leve.       Beth sonrió como quien ya tiene el vestido elegido desde hace semanas.       —Por supuesto. Me niego a perderme la posibilidad de ver a todos esos hijos de familias ricas intentando coquetear con alguien sin saber quién es.       Adrian se rio entre dientes.       —Tú eres una hija de familia rica, Beth       Ella sonrió ante el comentario       —Lo sé, pero tengo algo que muchos no, ninguna presión por elegir mi futuro. Aunque fracase en la vida, siempre tengo un hermano mayor que estará dispuesto a acogerme en su casa, ¿cierto?       Adrian rio con fuerza y Edward sonrió, pero no dijo nada durante unos segundos, simplemente jugueteó con el anillo que llevaba en el dedo meñique. Luego, con el tono más casual que pudo, añadió:       —Tienes razón Beth. Puede ser curioso ver el ambiente, tal vez vea a alguien interesante.       Beth lo miró de reojo.       —¿Alguien interesante?       —Quizá —respondió Edward, sin levantar la vista del anillo—. Supongo que depende de si decide ir o no.       Beth abrió la boca para replicar, pero Adrian la interrumpió antes:       —Venga, ¿otra vez con los enigmas?       —¿No te has acostumbrado ya? —dijo Beth, dándole un empujón amistoso a su hermano—. Él habla así desde los trece.       —Y tú interrumpes desde que aprendisteis a hablar —respondió Edward con media sonrisa.       Cuando Adrian se fue por la chimenea y Beth subió a su habitación, Edward permaneció sólo unos segundos más en el salón. Sacó del bolsillo interior de su chaqueta una pequeña flor seca de Dinamarca, apenas visible, y la giró entre los dedos.       —Ojalá vayas —murmuró.       Luego, la guardó con cuidado. Y subió las escaleras.              El jardín de los McKinnon olía a hierba recién cortada y limonada. Las luces encantadas flotaban entre los arbustos, lanzando destellos dorados sobre las copas de los árboles, mientras una mesa baja estaba repleta de vasos, fruta fresca y una tarta ya a medio comer.       Kate estaba tumbada boca arriba sobre una manta, el cabello extendido como un abanico oscuro. Sirius, a su lado, le sostenía la mano sin darse cuenta mientras discutía con James sobre una supuesta jugada imposible en quidditch.       —Te digo que es físicamente inviable atrapar la snitch con una mano mientras bloqueas un bludger con la otra. Eso es suicida —dijo Sirius, medio riendo.       —No si tienes el ángulo correcto y los reflejos de un dios —replicó James, con su característica sonrisa de campeón sin corona.       Lily, sentada a su lado, le dio un codazo.       —"Reflejos de un dios"... y sin embargo se le caen los libros en cada clase de Pociones.       —¡Eso es táctica de distracción! —protestó James.       —¿Y Remus? —preguntó Kate, incorporándose un poco.       —Lo veremos en dos semanas —respondió Sirius enseguida—. Me escribió esta mañana. Estuvo con su familia. Mucho campo, mucha lluvia, muchos libros. Luego Hogwarts para la luna llena .       —Donde podrá descansar tranquilo, ¿no? —añadió Lily con una sonrisa cariñosa       Alice rió, llevándose una fresa a la boca, mientras Frank le pasaba servilletas encantadas que se deslizan solas por el mantel.       —Oye —intervino Marlene desde una hamaca colgante—, ¿sabéis que la fiesta de los Rosier es este viernes?       Hubo un breve silencio. Kate levantó las cejas. Sirius se incorporó un poco.       —¿La de cada verano? —preguntó Alice.       —Esa misma —dijo Marlene—. Tema: máscaras. Prohibido revelar identidades hasta pasada la medianoche. Lo típico, puro circo.       —¿A ti te llegó invitación? —preguntó James, aunque ya lo sabía.       —Evidentemente. Y a vosotros también —añadió, señalando a Alice y Frank.       Marlene giró la cabeza hacia Kate y Sirius.       —Vosotros… adivino…—dijo con una mueca—. Nada de invitación, ¿verdad?       —Obviamente no —respondió Sirius sin perder el humor—. Estar públicamente desterrado tiene sus beneficios.       —Como no tener que ir a fiestas de sangre pura con música anticuada y tragos insípidos —añadió Kate con sarcasmo.       —Y en mi caso, tampoco —dijo Lily, encogiéndose de hombros—. Lo del apellido muggle sigue pesando entre los Rosier, aunque digan que ya no son "tan estrictos".       Alice resopló con desprecio.       —Claro. No tan estrictos… hasta que miran tu apellido como si oliera mal.       —Yo iré —dijo Frank con gesto resignado—. Mis padres insisten en mantener las apariencias. Sobre todo en estos tiempos.       —Yo también —dijo James, rodando los ojos—. Pero pienso romper alguna lámpara. Como mínimo.       —¡Quiero ver eso! Además, el deber llama, no me han dado opción aunque casi soy mayor de edad —rio Marlene.       Kate en el fondo sentía incomodidad de no poder ir. Era solo una fiesta, sí, pero también un símbolo de todo lo que había perdido… o fingía haber perdido. Además, habían vivido muchas locuras y aventuras en esas fiestas de verano con Sirius y los demás.       Sirius la notó más quieta y le apretó suavemente la mano.       —Podemos montar nuestra propia fiesta, ¿sabes? —le susurró       Ella sonrió, inclinándose para rozar su hombro con el de él. Entonces, Sirius continuó:       —O… podemos autoinvitarnos a esa fiesta.       Hubo un silencio breve. Todos lo miraron. Marlene se enderezó en su hamaca.       —¿Colarte en la fiesta de los Rosier? ¿Tú y Kate? ¿Saltarte la pureza mágica? ¿Romper una regla de sociedad?—repitió, ya sonriendo.       —Sí. Y Lily. Máscaras, recuerdan. Si nadie puede revelar quién es quién hasta pasada la medianoche… ¿Quién dice que no podríamos infiltrarnos hasta un poco antes de medianoche? —Sirius se encogió de hombros, como si fuera la idea más obvia del mundo.       James soltó una carcajada.       —¡Brillante! De hecho… propongo una apuesta. A ver quién adivina más identidades entre los presentes.       —¿Entre nosotros? —preguntó Alice, con una ceja arqueada.       —Exacto. Todos nos disfrazamos a fondo… y durante la fiesta, si crees haber descubierto a otro del grupo, se lo susurras. Si aciertas, te dará su cinta.       —¿Qué cinta? —preguntó Frank, ya intrigado.       —Una cinta azul, escondida en alguna parte del atuendo —dijo Marlene, saltando al plan sin dudar—. Pero solo entre nosotros. Es como una marca secreta. Quien consiga más cintas al final… gana.       —¿Y qué gana? —preguntó Alice.       —El derecho de presumir hasta el año que viene —bromeó James—. O… no sé, que todos le inviten a una ronda de cerveza de mantequilla cuando volvamos a Hogsmeade.       Lily, que hasta entonces había escuchado en silencio, dudo un poco.       —No sé si deberíamos. Es una fiesta oficial… y para muchos de esos invitados, esto es casi política pura. Además, ¿no es un poco arriesgado?       —Tú misma has dicho alguna vez que te da curiosidad cómo son esas fiestas de "alta sociedad" —dijo James, mirándola con una sonrisa ladeada—. ¿Qué mejor forma de observarlas que como una sombra tras una máscara?       Lily lo miró como si estuviera decidiendo entre el deber y la diversión. Finalmente, suspiró.       —Está bien. Pero si nos atrapan, tú les explicas todo, James Potter. O al menos me sacas de ahí a tiempo.       —Por supuesto —dijo él, llevándose la mano al corazón—. Asumo toda responsabilidad… y culpa, si es necesario.       Kate, aún tumbada, miró a Sirius con una mezcla de duda y sonrisa. Él le devolvió la mirada con ese brillo rebelde que llevaba en la sangre.       —Esa es una buena pregunta Lily, ¿y si nos pillan? —preguntó ella.       —Entonces será otra buena historia para contar y salimos corriendo. Ya lo hemos hecho más veces de la fiesta de los Rosier, no sé si lo recuerdas —respondió él—. Y si no nos pillan… nos reiremos un poco de ese mundo. ¿No te apetece reírte de ellos, Kate?       Ella lo miró unos segundos más, recordó una de las fiestas de Rosier donde, efectivamente, salieron corriendo…luego asintió, despacio.       —Está bien. Pero mi máscara será espectacular. Si alguien me reconoce, se lo gana.       —¡Eso me gusta! —dijo Marlene—. Y cinco minutos antes de la medianoche, todos salimos. ¿Trato?       —Trato —dijeron casi todos a la vez.       Frank alzó su copa de limonada.       —Por el plan más estúpido y divertido del verano.       Y en ese momento, todos sintieron que ese verano podía ser, tal vez, el último antes de que todo cambiara.              La noche de la fiesta de los Rosier, en una habitación de los Erhland, Kate sostenía dos vestidos frente al espejo: uno negro, sobrio, de escote profundo y espalda descubierta; el otro azul medianoche, de líneas suaves y detalles casi imperceptibles en hilo de plata.       —Voy a intentar que no me descubras, Black —murmuró con una sonrisa torcida.       Optó por el azul. Le recordaba las noches de vuelo en la moto con Sirius, esa mezcla de peligro y libertad. Sobre la cama, reposaba una máscara de terciopelo oscuro con pequeños cristales en la esquina. Se recogió el cabello en un moño bajo, suelto, dejando un par de mechones sueltos. Se maquilló con estilo dejando que sus ojos lucieran bajo la máscara y sus labios levemente rojizos. Se miró una última vez espejo, respiró hondo.       —Sigo siendo una Bellerose.       Por otro lado, Marlene, en su casa, tenía toda la habitación desordenada. Vestidos colgados en la pared con hechizos de levitación, zapatos desparramados por el suelo, y ella en el centro del caos.       —Necesito algo que diga "fascinante", no "soy una Gryffindor con complejo de espía" —murmuró.       Eligió un vestido verde botella de tela vaporosa con aberturas laterales, que se movía con elegancia al andar. Tenía mangas sueltas que le daban un aire misterioso. Se tiñó el cabello temporalmente con unas líneas más oscuras sobre su rubio y practicó una sonrisa elegante en el espejo. La máscara era dorada.. Antes de salir, miró su reflejo con más seriedad.       —Edward —susurró—. espero que estés y que me encuentres…       En cambio, Alice, en la habitación al lado de Kate y habiendo prometido que ninguna vería a la otra, llevaba un vestido lila oscuro sobre su cama. Era sencillo pero delicado, con bordes de encaje en las mangas y la espalda. Su plan no era llamar demasiado la atención. Usaría una peluca negra corta, lentillas color violeta y pecas falsas sobre la nariz.       —Una noche para no ser nosotros sin que lo sepan —dijo mientras se aplicaba un toque de perfume detrás de las orejas—. Qué maravilla.       Lily, por su parte, había extendido sus opciones: tres vestidos, dos pares de zapatos, una caja de maquillaje y una lista de hechizos auditivos que modificaban su voz sin alterar la forma de hablar. Eligió un vestido rojo oscuro, de tirantes gruesos y falda de vuelo. El cabello, ligeramente marrón para ocultar el pelirrojo. La máscara era negra, de encaje encantado, que cubría parte del rostro.       —Esto es solo por curiosidad social, nada más —dijo para sí misma, aunque recordaba perfectamente la cara de James cuando le propuso ir.              Los chicos también se preparaban con intención de disfrutar del juego. James estaba frente a su baúl abierto, probándose distintos sombreros absurdos. Finalmente, los descartó todos y se puso una capa bordada por su madre que parecía salida de un libro de historia mágica.       —Con esto parezco un ministro del siglo XIX… ¡Perfecto!       Su máscara era sencilla, negra y rígida, con un borde dorado. No pensaba exagerar. Su mayor arma sería el cambio de actitud: más sobrio, más distante. Algo que, admitía, le costaría mantener durante más de diez minutos.       En la misma casa pero en otra habitación, Sirius se vestía lentamente, de espaldas al espejo. Sabía que su disfraz debía alejarse completamente de quien era. Usó una túnica de terciopelo negro, ajustada al cuerpo, con cuello alto y mangas largas. Imponente. Nada de su ropa habitual.       —Voy como un Black o como un Rosier —dijo, burlándose de sí mismo.       Su máscara era blanca, sin expresión, como las que usaban en viejas obras de teatro. Elegante, perturbadora. Perfecta para mezclar miedo y misterio.       —Kate no me va a reconocer —murmuró con una sonrisa satisfecha.       Por último, Frank se había preparado a conciencia. Su disfraz era muy sobrio: una túnica gris oscura, una capa larga y guantes. Parecía un funcionario importante, lo cual lo divertía mucho. La máscara era azul marino, casi negra, sin adornos. Iba a cambiar hasta su forma de andar. Frank siempre caminaba rápido; esta vez lo haría lento, como si observara al mundo por encima del hombro.       —Ni Alice va a sospechar —murmuró satisfecho.              La mansión Rosier resplandecía como si hubiese sido decorada solo para impresionar. Los invitados, figuras anónimas envueltas en telas brillantes, se deslizaban por el salón bajo una cúpula de cristal que reflejaba un cielo estrellado. La consigna era clara: nadie debía revelar su identidad hasta pasada la medianoche. Todos llevaban máscaras. Todos estaban disfrazados de otros… o de sí mismos, pero siempre escondidos.       Marlene apareció con paso seguro. Su máscara dorada ocultaba sus ojos, pero no su sonrisa curiosa. Observaba con atención a todos los rostros enmascarados, preguntándose si alguno sería Edward Bellerose. Su corazón, sin embargo, mantenía un ritmo disimulado. Solo ella sabía cuánta expectativa traía consigo. “Una copa primero. Luego, buscar” pensó, divertida.       James había llegado unos minutos antes, mezclado entre un grupo de invitados. Estaba practicando su acento alemán, solo por si alguien sospechaba.       —¿Dónde estás, Sirius…? —murmuró, mirando a todos con fingido desdén—. Te quiero ver perder.       Reconoció a Frank por andar recto y su torpeza al evitar a una elfa doméstica. Esbozó una sonrisa de triunfo, pero decidió no actuar aún.       Mientras tanto, Lily entró sin saludar a nadie, la máscara negra de encaje y su vestido rojo oscuro. Caminó con decisión, fingiendo ignorancia. “James me descubrirá en cinco segundos si hablo…”, pensó. Así que optó por el silencio y por la observación. Había mucha extravagancia, mucho perfume fuerte. La aristocracia mágica se comportaba como si el mundo no estuviera cayéndose. Detestaba esa parte. Pero también… era fascinante ver desde dentro este mundo tan de élite.       Sirius era otro. Esa era la idea. Vestido con una túnica de terciopelo negro, máscara blanca inexpresiva, caminó con lentitud por el salón. Su porte era elegante, casi intimidante. Pero por dentro se reía.       —Si Rosier supiera que me colé en su fiesta…       Vio una figura en azul medianoche, de espalda, y supo que era Kate. No había duda. Pero no se acercó. No aún.       Y es que unos minutos antes, Kate había aparecido sola. La máscara oscura resaltaba sus ojos, pero el resto era un enigma. No buscaba a nadie. No quería que nadie la encontrara rápido. “Si alguien me reconoce esta noche… se lo habrá ganado”, pensó, acercándose al borde de la pista de baile, donde un par de parejas giraban lentamente. Su mirada cruzó con una máscara blanca. Algo se encendió en su interior. No. Aún no. Pero ya sabía quién era.       Frank fingía aburrimiento, pero sus ojos recorrían todo como si cada detalle pudiera delatar a Alice. “Esto es ridículo y brillante” pensó. “Me encanta.” Se escondió tras una columna. Desde allí, vería quién caía primero.       Alice, irreconocible con su cabello corto y pecas falsas, llegó fingiendo ser una artista extranjera o algo así. Caminaba en zigzag por el vestíbulo, saludando a las pinturas que colgaban, como si hablara un idioma secreto. Reconoció a Frank. Se rió por dentro. Él no tenía ni idea. “¿Qué pasa si nos descubrimos al mismo tiempo? ¿Doble cambio de cinta?” pensó. Lo decidiría después.       Bajo la cúpula, con música de vals envolviéndolo todo y aromas de flores nocturnas, el juego estaba oficialmente en marcha. Las reglas eran claras: una cinta azul escondida. Si descubres a alguien, reclamas su cinta. Quien más tenga al final, gana. Marlene bailaba con un desconocido que hablaba poco. Tal vez… demasiado poco. James susurraba cosas misteriosas a quien pasara, por si captaba una reacción. Kate y Sirius se miraban desde extremos opuestos del salón, cada uno fingiendo no saber, pero sospechando demasiado.              Theodore Nott, desde una columna cercana, la vio pasar. Era una chica vestida de azul. Aunque su gesto seguía neutro, hubo un instante en que su compostura cambió un poco cuando sus ojos siguieron a la figura de azul.       —Interesante… —susurró, para nadie en particular.       No supo por qué, pero sintió la necesidad de descubrir quién era.       Sirius fingía no observar a la figura azul que cruzaba el salón. Pero cada movimiento de ella era como un eco conocido. Cuando la vio detenerse junto a la fuente del jardín interior, no lo pensó. Se acercó. Ella giró hacia él y, aunque no había palabras, ambos supieron.       —¿Bailas? —preguntó él, con la voz grave y medida, disimulando el tono natural que Kate tan bien conocía.       —Con un extraño… por supuesto —respondió Kate, alzando levemente la ceja bajo la máscara.       Se tomaron de las manos y caminaron hacia la pista. Bailaban como si no lo hubieran hecho mil veces antes. Sin reír como solían. Esta vez, con la solemnidad de un disfraz bien llevado. Él la conducía con firmeza. Ella respondía como si no supiera quién era, pero cada paso, cada roce de sus dedos, era un reencuentro secreto.       —Tienes buen oído —dijo Sirius.       —Tú también. Aunque algo en tus pasos me resulta familiar.       —¿Debería preocuparme?       —Solo si eres de los que juegan… y pierden.       Él sonrió, sin romper el personaje. Y Kate sintió que podría reconocer a Sirius incluso con los ojos cerrados, aún así, decidió seguir con el juego. Desde una distancia prudente, Theodore observaba. Su mirada iba de la chica de azul al hombre de máscara blanca. Algo en su lenguaje corporal le decía que se conocían. Pero si así era… lo disimulaban demasiado bien.       Lily caminaba por el salón donde los ventanales daban al jardín encantado. Nunca había visto algo así: las columnas de mármol refulgían con runas que cambiaban con la música, los camareros no tenían rostro —ilusiones mágicas, probablemente— y los pasos eran como si hubieran nacido para bailar bajo esos techos altos.       Todo era refinado, bello… y profundamente incómodo. Estaba ajustando su máscara cuando alguien se acercó. Alto, seguro de sí mismo, con una sonrisa pulida y afilada.       —¿Puedo? —dijo, ofreciéndole la mano.       —No suelo bailar con desconocidos —respondió ella con cortesía tensa.       —Hoy todos lo somos —respondió él, y la sonrisa se alargó como una sombra. Su voz era suave, demasiado suave. Ella no lo sabía, pero era Mulciber.       Lily aceptó por cortesía. Pero al comenzar el baile, algo en su manera de guiarla, de inclinarse demasiado cerca, la puso alerta.       —¿Nos conocemos? —preguntó él.       —Tal vez. ¿Quieres arruinar el juego?       —Solo si al final merece la pena.       Lily tragó saliva. La forma en que la observaba no era como lo hacía James, ni nadie de su mundo. Era una evaluación, no una conexión. Y por primera vez en la noche, deseó quitarse la máscara y salir de allí.       En el ala oeste, bajo una pérgola cubierta de hiedra, un joven apoyado en una columna jugaba distraídamente con una flor seca entre los dedos. Marlene lo vio al pasar. Se detuvo en seco. Era una flor de Dinamarca. Ella la había dejado en un libro. Una de esas flores que recogieron juntos cerca del lago, durante una de sus tardes tranquilas.       Su corazón dio un vuelco. Sin pensarlo, se acercó. Sus pasos eran decididos, pero su interior vibraba. No dijo nada. Solo lo miró, tomó la mano que sostenía la flor y la guió, sin permiso ni aviso, hasta una esquina protegida por velos.       Él se dejó llevar. Y cuando ella lo besó, con esa mezcla de impulso y certeza, él lo supo. No por el perfume. No por la voz que aún no había oído. Por la manera en que sus labios temblaban justo antes de encajar con los suyos.       —Marlene… —susurró Edward, bajando la máscara apenas lo justo para mirarla a los ojos.       Ella sonrió, con los suyos brillando.       —Shhh… Aún no es medianoche.       Se besaron de nuevo. Esta vez sin prisa. Como si el disfraz no importara, como si ya no importara quién los viera… o quién no.              Beth Bellerose, con un vestido verde oscuro de caída fluida, el cabello trenzado con delicadeza y una máscara plateada con bordes finamente calados, caminó entre los invitados como si no buscara nada. Pero, Regulus Black la había visto entrar. La reconoció por esa forma en que su mentón se inclinaba cuando dudaba, por la elegancia sutil de sus manos y la risa contenida.       Se acercó sin la arrogancia de muchos de los presentes y sin la audacia que caracterizaba a su hermano mayor. Regulus era distinto. Siempre lo había sido.       —¿Me concedes este baile? —dijo, con voz baja, perfectamente modulada.       Beth alzó la vista, ocultando la sonrisa.       —Depende… ¿me lo pide un desconocido?       —Lo hace alguien que cree conocerte hace años. —Inclinó apenas la cabeza—. Pero podría equivocarme.       Ella deslizó su mano en la de él.       —Entonces bailemos y salgamos de dudas.       La música comenzó. Beth se dejó llevar por su guía precisa.       —Así que estás aquí —murmuró Beth, sin mirarlo de frente—. No me sorprende. Obligación, ¿verdad?       —Tampoco me sorprende verte aquí, ¿diversión?—contestó Regulus—. Aunque debo decir que el verde te favorece… incluso más que tu expresión de “no voy a meterme en líos” que nunca cumples.       Beth rió, aunque bajó un poco la mirada.       —Alguien tiene que mover las cosas en este mundo de hielo y etiquetas.       —Y alguien debe mantener el equilibrio —dijo él, con la voz aún más baja.       El silencio entre ellos se hizo más denso, pero no incómodo. La cercanía, el ritmo lento, el roce involuntario de los dedos… cada gesto construía una tensión que ninguno mencionaba, pero ambos sabían. Beth se mordió el labio sin querer.       Es el hermano de Sirius. Somos amigos…       Y sin embargo…       —Regulus —dijo ella, más suave de lo que pretendía—, esto es solo un juego, ¿no?       Él no respondió de inmediato. La giró con cuidado, la trajo de vuelta hacia él. Sus ojos, aunque cubiertos por la máscara, brillaban.       —Si lo es, me temo que me lo estoy tomando demasiado en serio —admitió finalmente.       Beth sintió el corazón latir con fuerza. Una parte de ella quería soltar una broma, romper la tensión. Cuando la música acabó, se separaron con la distancia justa, como si nada hubiera pasado.       —Gracias por el baile, señor enmascarado —dijo ella, con una sonrisa ladeada.       —A usted, señorita verde—respondió él, inclinándose apenas.       Y sin más, se alejaron en direcciones opuestas. Como si eso fuera suficiente para proteger lo que aún no se atrevían a nombrar.              Alice disfrutaba del ambiente, de moverse con libertad… hasta que le vió: Frank. Su postura recta, la forma en que respiraba.       —¿Eres tú? —susurró.       Él no contestó, solo la acercó un poco más. Alice sonrió. Esa forma de no decir y sin embargo decirlo todo. Sacó una cinta azul de su guante. La dejó deslizar en su palma abierta.       —Eres un desastre en los bailes secretos —bromeó ella en voz baja.       No lejos, James los vió. Dio un rodeo, se acercó a ellos justo cuando Alice se separaba con una sonrisa satisfecha.       —¿Te he ganado dos cintas, entonces? —le dijo James a ella, con tono pícaro.       —¿Perdón?       —Eres Ali ¿verdad? Y ese de ahí es Frank—Y, para demostrarlo, citó la línea de un chiste interno de una excursión en tercero.       Alice se quedó boquiabierta, sacó su cinta azul, y se la entregó junto con la de Frank.       —¡James Potter! ¡Me haces perder dos cintas!       Él soltó una risa triunfal.       —Esto está poniéndose divertido.       Pero su gesto cambió al ver una figura de cabello ligeramente más moreno en el otro extremo del salón, incómodamente rígida. La reconoció a pesar de que su cabello estaba oculto. Lily. Y el tipo que la acompañaba no le gustaba nada. Hablaba como si estuviera exponiendo, no compartiendo. Y su mano insistía en rozar el brazo o la cintura más de lo necesario. Cada vez que ella intentaba alejarse con una broma o una frase, él volvía a acortar la distancia.       —¿Nunca has estado en una fiesta así, verdad? —le dijo en tono más bajo—. Se nota en la forma en que te mueves… y en cómo miras.       Lily tragó saliva. Tenía que responder, salir con elegancia… pero de pronto, deseó que James la interrumpiera con uno de sus comentarios arrogantes. Nunca pensó que desearía su risa inoportuna. Pero la deseó. Deseó perder en el juego. Miró alrededor. Mulciber inclinó la cabeza.       —¿Te ocurre algo? ¿Estás buscando a alguien?       Ella negó rápidamente e intento sonar segura       —No. Solo un poco de aire.       —Puedo acompañarte.       —Preferiría ir sola.       Él no respondió. Solo la miró. Pero justo cuando ella comenzaba a retirarse, una voz familiar alegre y atrevida rompió la tensión.       —¿Bailando sin mí, pelirroja?       James. Ella no pudo evitar la sonrisa de alivio.       —Pensé que te escondías.       —Nunca me escondo —respondió él, tendiéndole la mano—. ¿Te rescato?       Lily no lo pensó, cogió su cinta azul y se la entregó a un James sonriente mientras le decía:       —Por favor.              Marlene y Edward no sabían qué hora era. Ni qué parte del jardín estaban pisando. Solo sabían que estaban lejos de la gente. Sus labios apenas habían dejado de rozarse.       —No deberíamos… —susurró él, con la voz áspera por la emoción.       —No estabas pensando eso mientras me besas, ¿verdad?       —Solo para que quede constancia del dilema moral —dijo él entre risas suaves.       El ambiente era íntimo. Hasta que escucharon un leve carraspeo. Una figura femenina, vestida de azul medianoche, se había detenido al borde del sendero: Era Kate.       —Perdón —dijo la chica en azul, con voz amable—. No quise interrumpir.       Y se fue antes de que pudieran decir nada. Edward tragó saliva.       —¿La conoces?       Marlene negó. Pero Kate, al alejarse, tuvo una sensación familiar. Algo en aquel chico… ¿Era su hermano? Imposible, Edward llevaba algunos años sin asistir a esas fiestas desde tan pronto.       Unos minutos antes de este encuentro, Sirius se había internado en los jardines. Buscaba alguna pista de sus amigos, alguna señal de travesura. Lo que vio lo dejó inmóvil durante unos segundos. Una figura alta besaba a una rubia en una esquina del jardín. No podía saber con certeza quiénes eran hasta que les escuchó hablar.       —Vaya sorpresa…—murmuró para sí, antes de perderse otra vez entre la música y las máscaras.              Un rato después, Marlene se había separado de Edward por un rato para no levantar sospechas. Apretaba en la mano la copa de cristal que acababa de servirse, cuando alguien apareció a su lado con pasos firmes y reconocibles.       —Sabes —dijo Sirius, con voz tranquila, pero tono claro—, podrías ser un poco más cuidadosa con lo que haces en las sombras McKinnon.       Ella se giró hacia él, sin fingir sorpresa.       —¿De qué hablas?       —Dinamarca. O mejor dicho, de lo que trajiste de vuelta o lo que fuiste a buscar. —La miró fijamente a través de la máscara—. Me llevó dos segundos reconocerte. A él, uno.       Marlene apretó la copa entre los dedos.       —No es lo que parece.       —No me interesa lo que parece, Marlene. Solo... ten cuidado. —Bajó la voz, ahora con sinceridad—. Entiendo que Kate no sabe nada. Y no quiero ser yo quien se lo diga.       Ella respiró hondo. Sirius podía ser muchas cosas, pero no era traidor.       —No tienes por qué decirle nada.       —No lo haré. Te guardo el secreto hasta que se lo digas tú misma —respondió—. Pero te conozco, Marls. No juegues si no sabes cómo acabar el juego.       Él extendió la mano y ella bajó la mirada, en parte agradecida, en parte más inquieta que antes, luego sin decir nada más… le entregó su cinta azul.              Kate, por su parte, no había vuelto a ver a Sirius desde que bailaron, le buscaba con la mirada. Fue entonces cuando Theodore Nott apareció. Iba de negro elegante, máscara oscura sin ornamentos.       —No pensé encontrarme con alguien como tú aquí —dijo, tendiéndole la mano.       Kate sonrió sin revelar nada.       —¿Y cómo crees que soy?       —Lo bastante interesante como para no preguntarlo de inmediato.       Ella alzó una ceja, divertida.       —¿Ese es tu intento de conversación o una forma para ganar cintas?       —¿Cintas…? Ni lo uno ni lo otro. Es solo… curiosidad. —Hizo una pausa donde Kate pudo comprobar que no era ni James ni Frank—. ¿Bailas?       Kate pensó un segundo. No había caído en la cuenta que esto podía ocurrir: alguien que realmente no conoce le invitara a bailar. Algo en su voz le recordaba a su mundo anterior. Quizá un vistazo a esa vieja versión no le haría daño. Y todavía tenía su cinta, podría intentar identificar a alguien mientras.       —Bailo —dijo finalmente, y dejó que la guiara hacia el centro del salón.       El salón de los Rosier vibraba con una melodía elegante, cuerdas y vientos enlazados producían una música elegante. El aire de perfume caro, conversación contenida y secretos tras antifaces.       Kate, girando entre los brazos de Theodore Nott, parecía perfectamente integrada en aquel entorno. Su vestido azul medianoche se movía con fluidez, y su máscara bordada ocultaba la mayor parte de sus expresiones. Pero sus ojos no mentían: estaban alerta, midiendo con cuidado cada paso. Algo no le permitía fiarse de su compañero de baile. Theodore, de negro sobrio, guiaba con elegancia, pero sus dedos eran firmes. Su voz era suave cuando hablaba:       —Bailas con ligereza, se nota que sabe lo que haces ¿Quién eres?       —¿Y tú? —preguntó Kate para evitar responder con una media sonrisa—. ¿Qué quieres que el mundo sepa de ti?       —Lo justo. Lo necesario. Y lo que me conviene —respondió, sin pretensiones—. Aunque sospecho que tú no eres parte del "mundo" común.       —Más de lo que te imaginas       A unos metros de ellos, oculto tras una de las columnas decoradas con hiedra encantada, Sirius los observaba. No con celos, ni siquiera con rabia. Con esa expresión suya tensa, intensa, que decía mucho sin decir nada. Sus ojos no se apartaban de Kate.       —Mira ahí, ¿lo ves? —murmuró Lily, bailando con James cerca de ahí—. Esa mirada es muy Black.       James asintió apenas, siguiendo la línea de visión de su amigo.       —Es imposible no notarlo —dijo con tono bajo—. Aunque esté vestido como un señor de novela y lleve media cara cubierta… es Sirius. Y ella, probablemente, es Kate.       Lily giró con él, y cuando volvió a mirar, algo llamó su atención.       —James… ese chico con Kate —susurró—. En el puño de su chaqueta… ¿ves eso?       Ambos se detuvieron a un lado de la pista de baile, James entrecerró los ojos. El salón no tenía mucha luz, pero un destello dorado le bastó.       —Sí. Es un blasón. Espera…       Kate y Theodore se detuvieron un segundo junto a una lámpara flotante. Fue suficiente.       —Es el escudo de los Nott —dijo James en voz baja.       Lily sabía lo que eso implicaba. Peligro. Nott siempre había querido ir tras Kate.       —¿Qué hace Kate bailando con un Nott?       —Lo mismo que nosotros: juega a un juego donde nadie es quien parece —respondió James. Aunque su tono dejó claro que no estaba tranquilo del todo.       Sirius avanzaba decidido en dirección a Kate, que seguía bailando con el joven del blasón Nott. Sus ojos, aún bajo el antifaz, no engañaban: iba a hacer algo porque también había visto el blasón, probablemente haría algo imprudente. James, seguido de Lily, lo interceptó con naturalidad.       —No —le dijo en voz baja, sujetándolo suavemente por el brazo.       —¿No, qué? —replicó Sirius, tenso y reconociendo la voz de James.       —Déjamelo a mí —susurró James—. Vamos a jugar con estilo, ¿no?       Y antes de que Sirius pudiera decir nada, Lily ya le había cogido del brazo sonriendo y James se había deslizado entre los invitados acercándose a la pareja.       —Disculpa, ¿me permitirías robar a tu pareja por un baile? —preguntó con educación al chico Nott, con una reverencia perfectamente medida.       Theodore Nott dudó apenas, pero asintió confuso y Kate, con una sonrisa divertida, aceptó la mano que James le tendía.       —Descubierta       —¿Eres uno de los nuestros?       —Por supuesto —contestó él mientras comenzaban a bailar, el ritmo elegante ocultando las intenciones.       —¿Y vas a hacerme adivinar quién eres?       —No. Voy a ahorrarte el esfuerzo —dijo él, bajando la voz—. Sé quién eres, Kate. Soy James.       Ella alzó una ceja.       —¿Tan predecible soy?       —No. Tan reconocible. Especialmente para alguien que te ha visto hablar con Sirius a la distancia y sin decir palabra.       Ella soltó una risa sincera, pero ligera.       —Entonces, ¿esto significa que…?       James asintió y extendió la mano mientras giraban.       —La cinta azul, por favor.       Kate, aún entre risas, sacó la cinta de su guante largo y la depositó en su palma con un toque teatral.       —Con honor, Potter.       Cuando terminó el baile, se acercaron hacia una esquina donde estaban Lily y Sirius. James la saludó con un guiño cómplice y fue directo a Sirius. Ya sin necesidad de palabras, se plantó frente a él. James aún sonreía cuando extendió la mano abierta.       —Y ahora, querido campeón… tu cinta azul.       Sirius frunció el ceño, el antifaz no ocultaba su fastidio.       —¿Me estás vacilando?       —Has reconocido a Kate. Muy obvio, aunque intentaras disimularlo. Reglas son reglas. Os he descubierto a los dos.       Sirius soltó un suspiro resignado, metió la mano dentro del forro de su chaqueta, y sacó una cinta azul perfectamente enrollada.       —Esto es traición, Potter —masculló mientras dejaba caer en la mano su cinta y la que anteriormente le había quitado a Marlene.       —Esto es por no saber disimular, Black —replicó James, guardando la cinta como quien suma puntos en un juego que le gusta demasiado.              El reloj encantado sobre el gran arco del jardín marcaba las 23:45. En una terraza lateral, casi todo el grupo se había reunido en torno a una mesa de mármol con copas a medio terminar. Todos mantenían las máscaras, pero sabían perfectamente sus identidades. Las cintas azules, inevitablemente, acababan en la misma palma.       —No puede ser que las tengas todas tú, James —dijo Alice, sacudiendo la cabeza entre risas—. Ni Sirius te vio venir.       James alzó su copa como si brindara por una victoria gloriosa.       —Es el encanto Potter. O el entrenamiento de años con vosotros —bromeó, dándose una palmada imaginaria en el hombro.       —O el ego —añadió Lily, cruzada de brazos, aunque divertida.       Entonces, James miró a Kate con una sonrisa burlona.        —Al menos tú no te quedaste quieta toda la noche. Casi te me escapas.       Kate le miró con falsa inocencia.        —¿Eso es una acusación?       —Es una observación —dijo Lily con elegancia—. Te recuerdo un baile que casi acaba en duelo diplomático.       James soltó una risa abierta.       —Merlín, casi.       Sirius, que hasta entonces había estado apoyado en el respaldo de la silla con aparente calma, dejó de girar la copa entre los dedos.       —No fue “casi” —dijo con tranquilidad demasiado medida—. Fue exactamente eso.       Kate lo miró de lado.        —Oh, ¿sí?       —Te vi —continuó Sirius, sin apartar los ojos de ella—. Vi cómo Nott te sacaba a la pista. Vi cómo te acercabas más de lo necesario. Y vi cómo pensaba que estaba teniendo suerte.       James, divertido, añadió mirando a Sirius.        —Pues yo vi cómo tú estabas a punto de perder el exquisito autocontrol que tanto presumes tener.       Sirius le lanzó una mirada afilada.        —Lo tenía bajo control.       —No lo tenías —replicó James con total calma—. Estabas a dos segundos de cruzar la pista y separarlos por métodos poco diplomáticos. Así que hice lo que cualquier héroe elegante haría.       Lily sonrió.        —¿Héroe elegante?       —Me acerqué, incliné la cabeza y le dije a Nott: “Disculpa, ¿me permitirías robar a tu pareja por un baile?”       Alice rio.        —Y Nott no pudo negarse sin quedar como un idiota. ¡Qué pena no haberlo visto!       —Exacto —asintió James, satisfecho—. Educación pura.       Kate miró a Sirius con una falsa sorpresa.       —¿De verdad estabas tan alterado?       —No estaba alterado —respondió él.       —Estaba celoso. Es territorial, recuerda —corrigió James sin piedad.       —No soy territorial —replicó Sirius, esta vez mirando directamente a Kate—. Solo selectivo.       James alzó la copa a modo de brindis.       —Ahí está. Versión territorial de Black activada.       Kate se inclinó ligeramente hacia él, apoyando el codo en la mesa.       —¿Selectivo con qué exactamente?       —Con lo que es mío.       La respuesta fue inmediata. Instintiva. Muy Black. James alzó las cejas con una expresión de ya salió y Lily rio ante la respuesta. Kate, en cambio, sonrió despacio y decidió no soltarlo todavía.       —Bueno, técnicamente —dijo con falsa inocencia—, durante ese baile no sabías que era yo. Podría haber sido cualquier chica bajo la máscara.       —No —dijo, firme—. No podría no saberlo.       Ella sostuvo su mirada, divertida.        —¿Qué tan seguro estás?       —Siempre sé cuándo eres tú. Por cómo te mueves, miras, sonríes y, sobre todo, por cómo bailas.       El silencio cambió de tono.       —Fue solo un baile. Además, llevaba máscara. No sabía que era Nott hasta que Potter decidió salvar el mundo. Él tampoco debió descifrar mi identidad.       —Tú no lo sabías —dijo Sirius con suavidad peligrosa—. Yo sí.       Silencio pequeño. Kate fingió pensarlo.       —Bueno… tengo que admitir que sabe guiar.       La mandíbula de Sirius se tensó.       —¿Ah, sí?       —Paso firme. Seguro. Manos… decididas. Aunque demasiado controlador para mi gusto.       James se echó hacia atrás, encantado.       —Esto es mejor que la fiesta.       Sirius se inclinó apenas hacia ella.       —No te gustó.       —¿No?       —No.       —¿Y eso cómo lo sabes?       Los ojos grises brillaron.       —Porque cuando bailas con alguien que no soy yo, sonríes diferente, si es que sonríes.       La frase cayó suave pero íntima. Kate sostuvo esa tensión apenas un segundo más y luego añadió, suave, provocadora:       —Entonces quizá lo que te molestó un poco es que alguien más intentara robarme una sonrisa.       Ahí sí. Los ojos de Sirius brillaron con algo oscuro y delicioso.       —Nott no puede sacarte una sonrisa —respondió, bajo, con una media sonrisa peligrosa       Frank levantó la copa.       —Por Merlín, esto se está poniendo interesante.       Kate sostuvo su mirada un segundo. Luego sonrió despacio, maliciosa, miró a Alice de forma cómplice y luego a Sirius de nuevo.       —Quizá me gustó a mí que te pusieras un poco así.       —¿Así cómo?       —Como si fueras a arrancarle la máscara y recordarle su lugar.       James soltó una carcajada. Sirius no apartó la vista de Kate.        —Nott no me roba nada.       —¿Nada? —preguntó ella, inclinándose un poco más, claramente provocándolo.       —Nada —repitió él—. Porque no hay nada que puedas dar que no me pertenezca ya.       Alice abrió los ojos. Lily tosió disimuladamente. Kate sonrió, satisfecha. Y entonces, más suave:       —Tranquilo, Black. Si hubiera querido quedarme con él, no habría pasado el resto de la noche buscándote entre máscaras.       Eso lo calmó. Solo un poco. La tensión en sus hombros cedió apenas.       —Más te vale —murmuró, pero esta vez con una sombra de sonrisa.       Kate dejó que su mano rozara la de él bajo la mesa, apenas un segundo.       —¿Y Marlene? —preguntó entonces, cambiando el tema con naturalidad.       Sirius bajó la mirada hacia su copa.       —Cuando le quité su cinta… estaba…por el jardín.       —Entonces será mejor que la busquemos —dijo Lily con tono práctico—. Nos quedan quince minutos. Y no creo que a los Rosier les haga mucha gracia saber que tienen a tres invitados indeseados.       —Y menos si esos invitados han jugado su propio juego a costa de su fiesta —añadió James, con la cinta azul de Lily anudada como trofeo en su muñeca.       —Vamos —dijo Frank       Sirius, esta vez sí con una sonrisa de verdad, se levantó y dejó la copa en la mesa bebiendo el último sorbo. Kate sonrió también, pero mientras se ponía en pie, notó algo más: la mano de Sirius rozando la suya, apenas un segundo… lo justo para dejar claro que, baile o no baile, él seguía allí. Y que Theodore Nott podía guiar todo lo que quisiera. Pero no era él quien la hacía quedarse sin aliento.              Mientras, lejos del bullicio de la fiesta, Marlene estaba sentada sobre el borde de la fuente. Edward, de pie frente a ella, tenía la chaqueta desabrochada y el rostro suavemente iluminado. La miraba con los ojos entrecerrados, como si deseara congelar ese momento para estudiarlo con calma después.       —Estás pensando demasiado —susurró Marlene, sin mirarlo, bajando la vista hacia sus manos—. Se te nota en los hombros.       —¿Así de evidente soy? —preguntó él, con una media sonrisa. Dio un paso y se sentó junto a ella. Su rodilla rozó la suya, apenas.       Ella asintió, girándose finalmente hacia él.       —Nunca dejas de medir el espacio entre lo que quieres y lo que debes. Lo llevas marcado en la postura.       Edward no dijo nada. Pero luego, sin palabras, llevó una mano a su rostro y la besó. En ese instante, una campana lejana sonó una sola vez. Marlene alzó la cabeza.       —Díez minutos —murmuró—. Hora de volver.       —Se acaba vuestro juego.       —Juego que… no he jugado.       Ella se levantó con una sonrisa, sacudiéndose con elegancia la falda del vestido de noche. Edward se levantó tras ella, pero antes de que diera un paso, la rodeó suavemente por la cintura y le susurró al oído:       —Volveremos a vernos. Sin máscaras de por medio.       Ella sonrió sin mirarlo, y con un guiño, desapareció entre los setos rumbo al punto de encuentro con el corazón acelerado.              Cinco minutos para la medianoche. La música comenzaba a bajar el volumen, y algunos invitados ya se agrupaban en pequeños círculos antes de que la magia del anonimato se rompiera.       En un extremo del gran salón, Theodore se mantenía observando a las figuras que se movían entre sombras y luces danzantes. Fue entonces cuando la vio de nuevo, la misma chica de vestido azul profundo con la que había bailado antes. Esta vez, no estaba sola. Un joven de traje negro elegante y una máscara blanca le susurraba algo al oído, haciéndola reír.       Theodore les miró con sospecha. Algo en esa risa, en la postura despreocupada del chico y en la forma en que ella se acercaba a él sonriendo le resultó familiar. Se acercó con paso decidido.       —Nos volvemos a encontrar —dijo con su tono educado, deteniéndose frente a ellos.       Kate y Sirius giraron lentamente, sin perder la compostura. Las máscaras ocultaban sus gestos, pero no la tensión repentina que se coló entre ellos.       —Qué coincidencia —respondió ella, con fingida calma.       Sirius ladeó la cabeza. Sus ojos tras la máscara no parpadeaban.       —Una fiesta de máscaras es perfecta para las coincidencias —añadió, con esa voz suave que usaba cuando se preparaba para salir corriendo o hacer estallar algo.       Theodore los observó con más atención. Dio un paso más cerca.       —¿Nos conocemos de antes?       Kate estaba a punto de decir algo, pero Sirius le tomó la mano con rapidez.       —Disculpa—dijo con una sonrisa—. Pero estamos perdiendo una apuesta.       Sin esperar respuesta, la arrastró con él hacia la salida. Theodore se quedó allí, viendo cómo la pareja desaparecía entre las sombras. Algo de esa chica le era tan familiar… y el chico… ese chico tenía un andar demasiado reconocible. Miró hacia el reloj flotante del centro del salón. Cuatro minutos para la medianoche. Y pensó, sin poder evitarlo: ¿Y si no eran solo dos invitados más? ¿Y si…? Imposible, ellos ya no pertenecían a estas fiestas, por más que él deseara verla.              Poco después, vestidos aún con sus trajes elegantes y máscaras a medio quitar, el grupo apareció en lo alto de los tejados de Diagon Alley, gracias a un par de rutas no tan legales aprendidas por Sirius y James hace tres años.       La vista era espectacular: luces cálidas en el pueblo, estrellas sobre sus cabezas, y una brisa de verano. Kate, con los zapatos en la mano, caminaba descalza por el tejado inclinado. Sirius la seguía de cerca, vigilando cada paso.       Se dejó caer sentada al borde, dejando que sus piernas colgaran en el vacío. Sirius la imitó, sentándose a su lado, el viento jugueteando con su cabello oscuro. Ella tenía la máscara en la mano, y los ojos brillando.       —¿Sabes qué pensé cuando nos miró Nott? —preguntó ella.       —Que si no corríamos nos atrapaban.       —Que no cambiaría esta vida por nada.       Sirius le miró a los ojos       —¿Estar en un tejado?       —Estar contigo en cualquier lado.       Sirius no apartó la mirada.       —Eso ha sido peligrosamente tierno—murmuró, con una media sonrisa.       Kate se encogió ligeramente de hombros, aunque no bajó los ojos.       —Puedo empeorarlo si quieres.       —Por favor, hazlo.       Ella inclinó la cabeza, mirándole como si estuviera valorando algo más que sus palabras.       —Podría acostumbrarme a esto —dijo al final—. A discutir, a huir, a reírme del peligro… a encontrarte al final de todo.       Sirius soltó una risa baja, pero esta vez sin ironía.       —Eso sí que es un problema.       —¿Por qué?       —Porque ya estoy acostumbrado.       El viento levantó un mechón del cabello de Kate, y Sirius, casi sin pensarlo, lo apartó con cuidado. Sus dedos rozaron su sien, demasiado despacio para ser casual. Ella no se movió.       —Sirius…       —Dime que pare —susurró él, muy cerca ahora— y paro.       Kate lo miró un segundo más, con esa chispa suya que siempre le invitaba a ser él mismo.       —No.       No fue un beso impulsivo ni torpe. Fue lento, donde el mundo quedó lejos, irrelevante. Cuando se separaron, Kate apoyó ligeramente la frente contra la de él, sonriendo.       —Creo que esto también entra en la categoría de “no cambiaría esta vida por nada”.       Sirius soltó una pequeña risa, aún cerca de sus labios.       —Definitivamente. Y ahora entiendo por qué Nott nos miraba así.       —¿Celoso?       —Derrotado —corrigió Sirius—. Y con razón.       Kate rio dejando que su hombro chocara suavemente contra el de él mientras volvían a mirar al vacío, las piernas balanceándose en el aire.       
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