A contraluz. Entre cenizas y lavanda.

Het
NC-21
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4
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planificada Maxi, escritos 451 páginas, 232.562 palabras, 17 capítulos
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Capítulo 16: Empieza el verano

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CAP 16: Empieza el verano       Julio había comenzado cálido, con un sol dorado que teñía las mañanas. La mansión de los Erhland se alzaba como un mansión de épocas antiguas: grandes ventanales, hiedra creciendo por las fachadas de piedra clara y jardines que parecían nunca terminar. Había fuentes con tritones de bronce, rosales bien cuidados y un estanque que, según contaban, ocultaba criaturas encantadas.       Kate estaba sentada en una galería cubierta, con un libro abierto sobre las piernas que no leía realmente. Llevaba un vestido liviano de lino color crema, con botones de nácar y un cinturón delgado que marcaba su figura con sutileza. Sus zapatillas, viejas pero cómodas, golpeaban el suelo de piedra mientras movía el pie al compás del canto de una cigarra.       Desde el vestíbulo llegó la voz de Alice, mientras bajaba apresuradamente la gran escalinata.       —Frank me espera en la estación —dijo aún sujetando su bolso y revisando que no se olvidara de nada—. No cenes tarde, ¿vale? Mamá ha dejado cosas en la nevera, ellos estarán fuera hasta la semana que viene.       Kate le dedicó una sonrisa perezosa, sin dejar el libro.       —No te preocupes, me las apaño bien con la soledad aristocrática.       Alice puso los ojos en blanco con afecto.       —Te veo mañana, llegaré tarde. No hagas explotar nada.       Y con un chasquido, desapareció tras la verja del jardín, dejando tras de sí el aroma de su perfume de flores secas.       Kate suspiró. El silencio en la mansión era apacible, pero también… enorme. Cerró el libro y se levantó, sin saber aún qué hacer con el resto del día, cuando de pronto escuchó un sonido seco, algo torpe, proveniente del jardín trasero. Se asomó a la terraza y ahí estaba: Sirius Black, con una chaqueta de jean abierta sobre una camiseta gris y pantalones negros que tenían aspecto de haber sido manchados con aceite. Su cabello estaba despeinado por el viento y llevaba unas gafas de sol que se quitó al verla aparecer.       —¿Estás loco? —dijo Kate desde lo alto—. ¿Aterrizas aquí como si nada?       —¿Te parece que lo hice con elegancia? —preguntó Sirius, alzando los brazos.       —Pareces un gato que cayó del tejado.       —Entonces acerté —respondió él con una sonrisa torcida—. Ven, quiero enseñarte algo.       Kate entrecerró los ojos.       —¿No puedes decirme primero de qué va todo esto?       —Confía en mí. Pero… necesito que te cambies de ropa, algo más… cómodo.       —Eso no es tranquilizador viniendo de ti.       —Por eso lo digo con tanto encanto.       A los pocos minutos, Kate había cambiado su vestido por un conjunto más práctico: jeans oscuros, una camiseta y una cazadora. El cabello recogido en una coleta improvisada y unas zapatillas. Antes de salir, dejó una nota sobre la almohada de Alice, escrita con tinta azul en una hoja doblada con cuidado:              Alice, no me esperes despierta. Sirius dice que tiene una sorpresa y ya sabes cómo es: no acepta un no por respuesta.       P.D.: No me hagas preguntas mañana. O sí, pero que haya café de por medio.*       —K.              Sirius la esperaba junto a un callejón, justo al otro lado del límite mágico de la propiedad.       —Preciosa como siempre —dijo mientras le daba un beso en la mejilla.       —¿Estás seguro de lo que haces? —preguntó ella, cruzando los brazos.       Caminaron hasta donde estaba aparcada su motocicleta mágica: negra, brillante, con detalles cromados que atrapaban la luz de los faroles. Sirius se detuvo frente a ella como quien presenta a una criatura sagrada.       —Esta es una Triumph Bonneville… bueno, era. Le he hecho algunas mejoras. Algunas muggles, otras no tanto.       —¿Puede volar? —preguntó Kate, entre divertida y fascinada.       —Solo si prometes no gritar —respondió él, dándole un casco—. Pero ahora no. Quiero que escuches el rugido.       Kate subió detrás de él, rodeándolo con los brazos, apoyando la frente en su espalda solo un segundo. Él arrancó el motor con un rugido grave y envolvente que hizo vibrar el suelo. El olor a gasolina, cuero y libertad lo llenó todo.       Condujeron por calles poco transitadas, bajando hacia el río. El viento les azotaba la cara, y cada curva que tomaban parecía una danza. Sirius no hablaba mientras manejaba: tenía los ojos fijos al frente y una sonrisa que no se le borraba. Para él, conducir esa moto era más que un pasatiempo.       Finalmente, llegaron a la explanada donde se celebraba una convención muggle de motocicletas clásicas. El lugar estaba decorado con guirnaldas de luces y banderines, y el olor a gasolina competía con el de salchichas a la parrilla. Había música rock sonando desde un pequeño escenario, gente con chaquetas llenas de parches, botas de cuero, mujeres con labios rojos y hombres con barbas largas y tatuajes. Sirius no podía disimular la emoción. Sacó dos entradas del bolsillo de su cazadora.       —Entradas muggles reales —dijo—. Sin trucos.       Kate alzó una ceja.       —Estoy impresionada.       —¿Creías que solo era un heredero rebelde y guapo?       —No dije guapo.       —Lo pensaste.       Kate se rió, y se dejó llevar.        —¿Ves esa Norton? Del ‘59. Y esa Ducati… Merlín, mira esa Indian. —Se paseaba como un niño en Honeydukes.       —Estás babeando, Black —dijo Kate, tomando su mano.       —Lo admito. Las motos me pierden.       —¿Y yo? —bromeó ella.       Sirius se giró, dejando de mirar motores un segundo.       —Tú me pierdes todavía más —susurró, y le dio un beso breve, de esos que dicen mucho con poco.       Pasaron horas recorriendo la convención, comiendo comida callejera, riendo, probando bebidas raras de una camioneta muggle decorada como un dragón. Al final, se apartaron a una zona algo más tranquila, bajo un arco de luces que titilaban en rojo y ámbar.       —¿Sabes por qué me gustan tanto las motos? —preguntó él, mientras apoyaban las espaldas contra la valla de madera.       —¿Por qué hacen ruido y te hacen parecer más rebelde?       —Porque nadie te dice hacia dónde ir. Eres tú, el motor y la dirección que elijas.       —¿Y sabes adónde vas ahora?       Sirius la miró.       —Sí. Estoy contigo, ¿no?       Kate se acercó, entrecerrando los ojos con una media sonrisa.       —Muy listo.       —Muy guapa.       Se besaron entonces. No era un beso de novedad, sino de rutina dulce. El ruido de fondo desapareció por un momento. Solo quedaban ellos dos, con los nudillos rozando y las sonrisas suaves entre beso y beso.       Cuando el cielo empezaba a oscurecer y las luces del lugar se encendían como luciérnagas modernas, se sentaron en el capó de un coche aparcado, observando el gentío.       —¿Por qué me trajiste aquí? —preguntó ella.       Sirius no respondió enseguida. Tenía la mirada en el cielo. Luego dijo:       —Porque pensé que necesitabas un lugar donde sentirte completamente tú. Sin apellido. Sin juicio. Sin deber.       Kate se quedó en silencio, procesando lo que eso significaba.       —¿Y tú?       —Yo también —admitió él.       Y durante un rato, ninguno habló. Solo se quedaron allí, en medio de una noche ruidosa y brillante, con la certeza de que, al menos por unas horas, el verano no les pedía más que estar vivos. Esa noche, antes de irse, Sirius la llevó volando unos minutos sobre Londres. Ella gritó primero, él rió. Y luego, cuando ella se acostumbró al zumbido del viento en los oídos y al vértigo bajo los pies, ambos se quedaron callados, flotando sobre el Támesis, con las luces de la ciudad reflejadas en el agua.       A la mañana siguiente, el sol se colaba entre las cortinas de lino blanco, proyectando líneas suaves sobre las sábanas arrugadas. Kate se estiró, sintiendo aún el olor de la noche anterior: viento, humo de motores, y la chaqueta de Sirius, que aún colgaba de una silla.       Bajó descalza, con el pijama y el cabello suelto. La cocina de los Ehrland era amplia, con muebles de madera clara, tazas colgadas sobre una repisa y el tintineo de cucharillas encantadas que revolvían el té por sí solas. Alice ya estaba allí, de espaldas, con una trenza medio hecha y un periódico desplegado sobre la mesa.       —Buenos días—dijo sin girarse, con tono burlón.       Kate soltó una risita.        —¿Leíste mi nota?       —Leí tu nota. Escuché la moto. Te vi llegar a las tantas. Y además, estás sonriendo como si hubieras ganado la Copa de las Casas tú sola.       Kate se sentó con un suspiro soñador, tomando una tostada.       —¿Puedo tener ambas cosas?       Alice se giró con una ceja levantada.        —No si no me cuentas TODO.       Ambas rieron. Empezaron a hablar entre bocado y bocado: de la convención, del vuelo nocturno sobre Londres, del beso bajo las luces. Alice la escuchaba con ojos brillantes, como si se alimentara de la felicidad ajena. Luego fue el turno de Alice.       —Frank y yo vimos una obra en el teatro muggle. Fue preciosa. Luego salimos a cenar a un sitio de pizzas en el centro de Londres.       —Me encanta vuestra sencillez, Ali.       Alice sonrió tímidamente, justo cuando se oyó un golpe en la ventana. Una lechuza parda revoloteó impaciente.       —¿A estas horas? —preguntó Kate, mientras Alice abría la ventana.       —¿Es tuya? —preguntó su amiga, tomando la carta atada con un lazo rojo y con un sello que ambas reconocieron de inmediato.       —No… —Kate se incorporó, cruzando la cocina con pasos lentos.       Era de los Longbottom dirigida a Kate Bellerose. Alice miró a Kate con sorpresa.        —Frank no me ha dicho nada de esto…       Kate tomó el sobre con cuidado. Lo rompió con los dedos temblorosos. Leyó en voz baja:       Querida Kate,       Este verano, sería un placer que vinieras a compartir una tarde con nosotros. Sabemos que el entorno puede resultar familiar, pero esperamos que ahora lo sea por motivos más felices. Dale recuerdos a Alice, contamos con ella también.       Con cariño,       Augusta Longbottom              Alice se acercó y la abrazó sin decir palabra. Kate tragó saliva. La casa de los Longbottom estaba a dos calles de la mansión Bellerose. Aquella invitación no solo era un gesto amable… era una puerta abierta al pasado.       —¿Vas a ir?       Kate se quedó en silencio.       —No lo sé. Es arriesgado. Aunque Sirius y yo hablamos de la posibilidad de pedir ayuda a Augusta… ¿habrá hablado él? Espero que no porque todavía no lo habíamos decidido…       Antes de que Alice pudiera responder, sonó el timbre de la entrada principal. Ambas se miraron extrañadas.       —¿Esperas a alguien? —preguntó Kate.       —No. Y mis padres no están… ¿Tú?       Ambas bajaron con rapidez las escaleras hasta el vestíbulo. Una elfa doméstica abrió la gran puerta de roble. Allí estaba Marlene McKinnon, con un vestido de verano corto, gafas de sol en el cabello rubio y una sonrisa ancha como el cielo.       —¡Merlín, por fin! —exclamó, entrando sin esperar invitación—. ¿Pensabais pasar todo el verano sin verme?       —¡Marlene! ¡Pero si todavía no han pasado ni quince días desde que volvimos de Hogwarts!—Kate la abrazó, riendo—. ¿Cómo sabías que hoy estábamos en casa?       —Tengo mis contactos —dijo con aire de espía—. Y uno de ellos lleva chaqueta de jean, moto encantada y el ego más grande del hemisferio norte. Aunque dice que ha perdido la chaqueta…       —¿Sirius? —preguntó Alice mientras Kate reía.       —Sirius —respondió Marlene, quitándose las gafas y dejándolas sobre una consola dorada—. Vengo de casa de James, estuve con Euphemia tomando el té. Tú querido y rebelde novio me dijo que no creía que hoy tuvieras otros planes más que descansar… y pensé: qué mejor momento para una intervención de amigas.       Alice y Kate se miraron con complicidad. Aquello prometía.       —¿Qué haremos contigo? —bromeó Kate.       —Para empezar, nos vestimos, tomamos algo en el jardín y tú me cuentas absolutamente todo sobre ayer. Sirius no quiso decir nada. Luego vemos qué hacemos con esa carta —dijo señalando la invitación en la mano de Kate—. Porque te guste o no, te voy a acompañar.       Kate sonrió, con los ojos algo húmedos.        —¿A la casa de los Longbottom? ¿Cómo lo sabes?       —También estoy invitada.       Les enseñó una carta con el mismo sello que la de Kate. Alice, de pie tras ellas, asintió.       —Tiene razón. Vamos todas juntas en esto.              El jardín trasero era amplio y tranquilo, rodeado de setos cuidados con precisión mágica y parterres de flores que parecían susurrar cuando soplaba el viento. Las tres chicas descansaban sobre toallas extendidas en el césped, con bebidas frías en jarras encantadas que se rellenaban solas cada vez que se vaciaban. El cielo, de un azul profundo, dejaba caer rayos cálidos que hacían brillar las pecas de Marlene y doraban el cabello suelto de Alice.       Kate estaba tumbada boca arriba, con las manos cruzadas detrás de la cabeza, mirando las nubes deslizarse.       —¡Nunca pensé que alguien se pudiese casar tan pronto! ¡Molly y Arthur son muy valientes! —exclamó Marlene, quitándose las gafas de sol para mirar a Alice, que sonreía tímidamente.       Kate rió, girándose sobre un costado.        —Supongo que cuando sabes que es “el chico”… no tienes dudas, ¿no?       Alice jugueteó con la brizna de hierba que tenía entre los dedos.       —Supongo que sí… bueno, la verdad es que a mí no me importaría. Además… Si vienen tiempos difíciles, me gustaría poder disfrutar al máximo con la persona que quiero.       Kate ladeó la cabeza, sabiendo perfectamente a quién se refería.       —¿Lo habéis hablado alguna vez? —preguntó, con una sonrisa suave.       Alice se sonrojó un poco.       —Bueno… no directamente… pero tenemos algunos planes al acabar Hogwarts.       —¿De verdad?       —¡Claro! —rió Alice—. Hablamos mucho, y también de lo que queremos para el futuro. Él quiere ser auror, yo quiero dedicarme a medimagia… y también hemos hablado de vivir juntos, quizá tener un lugar lejos del bullicio, con un jardín y tranquilidad.       Marlene se incorporó con una expresión de asombro fingido.       —¡Y yo aquí pensando que lo más serio que había hecho en mi vida era elegir electivas de sexto curso!       Rieron las tres, pero Kate quedó pensativa. Alice la miró con curiosidad.       —¿Tú y Sirius no os habéis planteado alguna vez qué váis a hacer al acabar?       Kate se quedó en silencio por unos segundos. Sus pensamientos fueron rápidos, desordenados. Recordó las manos de Sirius sobre el manillar de la moto, su risa cuando la carretera parecía desaparecer bajo ellos, la forma en la que la miró anoche bajo la luz de neón. Y sin embargo… nunca habían hablado del después.       —No… no lo hemos hablado —admitió finalmente.       Alice, sin darle mayor importancia, se levantó y estiró los brazos.       —Pues, a lo mejor sería bueno hacerlo. Nos queda solo un curso —dijo mientras recogía su toalla—. Voy a ducharme, no olvidéis que salimos a casa de Frank en media hora más o menos.       Kate asintió con un leve gesto, pero permaneció tumbada. Marlene se tumbó a su lado, con las gafas otra vez sobre la nariz.       —¿Te preocupa lo de Sirius? —preguntó en voz baja, más como una amiga que como la chica que siempre tenía un chiste listo.       Kate cerró los ojos un momento.       —No lo sé… supongo que pensaba que era evidente que estaríamos juntos. Pero ahora me pregunto si él… si él cuenta conmigo en sus planes.       —Es Sirius Black. Puede que no te lo diga, pero si le miras bien… está loco por ti.       Kate sonrió, agradecida.       —Eso espero.       Se quedaron en silencio, escuchando el viento entre los árboles y el canto lejano de algún pájaro perezoso. Fue Marlene quien habló de nuevo, con un tono casual.       —Oye, por cierto… La semana que viene no estaré. Me voy unos días a Dinamarca.       Kate abrió un ojo, girando la cabeza hacia ella con curiosidad.        —¿Dinamarca? Eso sí que no me lo esperaba. Muy aventurera, ¿no? ¿Con quién vas?       Marlene se quitó lentamente las gafas de sol, como si le distrajera una nube particularmente interesante.        —Nada, una escapada improvisada. Me hacía falta aire fresco, otro idioma, otra luz. Ya sabes.       Kate la observó con una ceja levantada.       —¿No será uno de esos viajes místicos tuyos, con rutas en bicicleta y hostales compartidos?       —¡Ojalá! —rió Marlene—. No, esta vez va a ser más tranquilo… algo más privado. Leer, descansar, pensar un poco. Nada de caos.       Kate frunció ligeramente los labios, pero no insistió.        —Suena bien. Me alegra que te tomes un descanso.       —Sí… creo que va a estar bien. Un poco de silencio también viene bien a veces —dijo Marlene, con una expresión extrañamente serena.       Kate volvió a mirar al cielo.        —Igual deberíamos hacer más eso. Irnos lejos sin tener que explicarlo todo.       Marlene sonrió, girando el rostro hacia ella.        —Lo hacemos más de lo que la gente cree. Solo que a veces no nos damos cuenta.       Ambas quedaron en silencio otra vez. Finalmente, Kate se incorporó y se sacudió la hierba de las piernas.       —Bueno… si vamos a ver a los Longbottom, no quiero parecer una fugitiva —dijo con media sonrisa.       —No lo pareces —respondió Marlene sin moverse—. Pero igual no estaría de más echarte un perfume.       Kate rió. Y con eso, volvió a entrar a la casa, dejando atrás el césped cálido y el cielo abierto… con la mente un poco más llena de preguntas, y el corazón, todavía, lleno de dudas.              El coche mágico se detuvo en la entrada del jardín delantero de la familia Longbottom, perfectamente aparcado junto a los setos de lavanda que envolvían la casa como un abrazo aromático. Era una de esas viviendas grandes y sólidas, con muros de piedra clara y un tejado de pizarra que brillaba bajo el sol.       Alice, Kate y Marlene descendieron del vehículo con vestidos ligeros y frescos. Alice llevaba uno azul claro con bordes blancos, Marlene optó por algo más bohemio, con estampado floral, y Kate lucía un conjunto beige con falda plisada y una blusa de lino que Sirius había elogiado una vez.       —¡Alice, cariño, qué alegría verte! Sigues igual de guapa y elegante que siempre. ¿Mi hijo ya te ha pedido matrimonio? —exclamó Augusta Longbottom al recibirlas en la puerta con los brazos abiertos.       Alice, sonrojada y recordando su reciente conversación con Kate, respondió con una sonrisa tímida:       —Es una alegría verla también, señora Longbottom. No, todavía no… supongo que esas cosas requieren tiempo.       —¡Vaya! Le diré que espabile. Chicas como tú no se encuentran siempre —rió Augusta con su característico tono autoritario pero afectuoso. Luego, giró hacia Kate—. Tú debes ser Kate Bellerose, ¿no? Nos hemos visto en alguna ocasión, pero nunca presentación directa. James y Sirius llegaron hace un rato. Marlene, cariño, que alegría verte también. Pasad las tres, por favor.       Al cruzar el umbral, el interior fresco y bien iluminado de la casa las envolvió. El salón, decorado con muebles antiguos y retratos encantados que cuchicheaban en voz baja, les dio la bienvenida. Allí, sobre una alfombra de tonos verdes y marrones, tres chicos conversaban animadamente: James, Sirius y Frank.       Al verlas, Frank y Sirius se pusieron de pie casi al mismo tiempo. James, con una sonrisa relajada, les saludó desde el sillón.       —Alice —dijo Frank con voz cálida, abrazándola con discreción. Ella le correspondió con una sonrisa dulce antes de sentarse a su lado.       Sirius dio un paso hacia Kate, con ese brillo travieso en la mirada que siempre tenía para ella, dispuesto a decirle algo al oído. Pero Kate, con la mente todavía dándole vueltas a la conversación en el jardín, se sintió de repente insegura. Evitó su mirada, obligándose a no mostrar emoción, y con una sonrisa neutral soltó:       —Hola, Black.       Y sin esperar respuesta, se dirigió al sitio más cercano a Alice. Sirius se quedó quieto un instante, desconcertado, luego carraspeó y volvió a su sitio junto a James. Marlene, suspiró al ver la reacción de Kate y se sentó entre ambos grupos, cruzando las piernas con naturalidad.       La conversación entre todos fluyó con chistes, anécdotas del colegio y alguna broma sobre las últimas travesuras de Peeves antes de acabar el curso. Luego hablaron de la situación política inestable, de las últimas noticias y de algunas reuniones entre altos nobles. Pero Sirius no dejaba de observar a Kate de reojo, cada vez más convencido de que algo no iba bien. Ella, sin embargo, lo evitaba con cuidado, riendo en los momentos adecuados, pero sin cruzar mirada alguna con él.       Entonces, Augusta volvió a aparecer en el umbral.       —Kate, querida, ¿podrías ayudarme con unas cosas? —dijo con una sonrisa serena, y todos supieron lo que en realidad significaba.       Kate se levantó con una expresión amable, pero sin mirar a Sirius una vez más. Lo sintió en el pecho, como una presión incómoda, pero lo disimuló y salió tras Augusta.       Caminaron en silencio por un pasillo corto hasta una habitación más pequeña, una especie de despacho acogedor lleno de libros antiguos, un reloj de péndulo y una ventana que daba al jardín trasero. Augusta cerró la puerta y señaló una butaca frente a ella.       —Puedes sentarte —dijo con voz baja pero firme. Esperó a que Kate lo hiciera y luego fue directo al grano—. Sé todo lo ocurrido. Tu padre tuvo la misma idea que Sirius: pedirme ayuda. Así que antes de que Sirius hablara conmigo esta tarde, le dije que ya tenía un plan.       Kate abrió los ojos sorprendida, le molestó un poco que Sirius diera ese paso sin avisarle.       —No sabía que mis padres tuvieran tanta confianza con usted…       Augusta pareció adivinarle el pensamiento.       —Estudiamos juntos en Hogwarts, y tendemos a mantener las buenas amistades. Tranquila, están bien.       El alivio fue instantáneo.        —Muchas gracias, señora Longbottom.       —Llámame Augusta —corrigió con dulzura—. Escucha: esta noche celebraremos una cena con varias personas. Una velada tranquila para disfrutar del verano. Tus padres vendrán. Llegarán media hora antes para verte. Por eso te pedí que vinieras.       Los ojos de Kate se iluminaron.       —¡Muchísimas gracias!       Augusta asintió, aunque su expresión se volvió un poco más grave.       —Cariño, sé lo que es ocultarse… sé lo que es tener una familia con secretos. Créeme… —y por un instante, en su mirada asomó una sombra de tristeza— por eso intento ayudar.       Kate sintió una conexión inmediata, una complicidad silenciosa que no necesitaba más explicación.       —Ahora bien —continuó Augusta—, debes ser muy discreta al irte. Como James, Marlene, Frank y Alice estarán en la cena, les pediremos que te avisen cuando ya estemos todos cenando. Así no corres el riesgo de que alguien te vea desaparecer de esta casa.       —Pero… ¿sola?… —preguntó con voz insegura.       Augusta la examinó con una mezcla de ternura y firmeza.       —Me recuerdas mucho a mí… —suspiró—. Sirius podrá acompañarte andando unas cuantas calles. Y desde allí, a lo mejor podéis ir a casa de los Potter. Será más seguro.       Por primera vez en horas, Kate se permitió respirar con tranquilidad.       —Está bien. Gracias… de verdad.       —Con que sigas el plan, todo irá bien —dijo Augusta, levantándose con la elegancia de quien ha vivido mucho y visto más—. Ahora, vuelve con tus amigos. Y relájate un poco, que para eso es el verano.       Kate regresó al salón con pasos lentos, todavía con el corazón agitado. Apenas cruzó la puerta, sus ojos se encontraron inevitablemente con los de Sirius. Esta vez, no lo evitó. Él no dijo nada, solo se levantó, como si supiera que ya era momento de hablar.       —¿Podemos? —preguntó en voz baja, señalando la terraza trasera.       Kate asintió y lo siguió sin decir palabra. Marlene, que los vio alejarse, dijo con media sonrisa:       —Esos dos tienen tormenta en los ojos.       Alice se encogió de hombros, aunque sonrió.       El jardín trasero estaba bañado por una luz dorada que se filtraba a través de los árboles altos que bordeaban el césped. El aire olía a hierba recién cortada y a jazmín. Sirius se apoyó en la barandilla de hierro forjado, los brazos cruzados, sin mirarla todavía. Kate, de pie a su lado, con los brazos pegados al cuerpo, rompió el silencio.       —¿Por qué no me lo contaste? —preguntó con un tono que no era acusador, pero tampoco suave.       Sirius suspiró mirando al horizonte y entendiendo que se refería a la ayuda que pidió a Augusta.       —Pensé que... sorprenderte sería mejor que hablarlo, que te alegraría…       —¿Mejor para quién? —replicó ella, más rápido de lo que esperaba. No era una explosión, pero había filo en su voz.       Sirius bajó la mirada.       —Kate…       —No es solo por eso —interrumpió ella, cruzándose de brazos. Se lo pensó un segundo antes de continuar—. Haces planes y yo... no sé si formo parte de ellos.       —¿Qué no formas parte de ellos? ¿Estás diciendo que no te hago sentir importante?       —Estoy diciendo que no sé si piensas en un "nosotros" más allá de lo inmediato —su voz era baja, pero cargada de una sinceridad contenida       Él tardó unos segundos en responder, no comprendía del todo. La miró con esa mezcla suya de ternura y orgullo herido. Por un instante, el silencio los envolvió, cargado de lo que no terminaban de decirse. Sirius quiso acercarse, pero antes de que pudiera hacerlo, una voz los interrumpió.       —Eh... —Marlene apareció por la puerta daba a la terraza—. Kate… están aquí. Tus padres.       La mirada de Kate se endureció de repente, toda su atención giró hacia Marlene. Sirius dio un paso atrás, comprendiendo que ese momento ya no era suyo.       —Gracias —dijo Kate con un hilo de voz. Luego miró a Sirius, y aunque no dijo nada más, sus ojos hablaron por ella.              Kate entró con el corazón latiéndole con fuerza y siguió a Frank hacía otra sala. La pequeña sala estaba tenuemente iluminada, decorada con buen gusto y discreción. En el centro, de pie, sus padres la esperaban: Gregor y Elsa Bellerose. Al verla, Elsa dejó escapar un leve suspiro, y fue la primera en avanzar.       —Kate…       Su madre la rodeó con los brazos, y Kate se dejó envolver. Gregor se acercó con paso firme y la abrazó también, cerrando el círculo de un reencuentro silencioso y lleno de emociones contenidas.       —Os he echado tanto de menos... —murmuró Kate, enterrando el rostro en el hombro de su madre.       —Nosotros también, hija —respondió Gregor, con la voz grave pero suave—. No hay un solo día en que no pensemos en ti.       Cuando se separaron, Kate los miró con los ojos húmedos. Su madre le sonrió con ternura, acariciándole una mejilla.       —Estás preciosa.       —Gracias, mamá —Kate sonrió, con un dejo de ironía cansada.       —Beth está deseando verte. Dice que el verano es un poco más aburrido esta vez —añadió Elsa con una leve sonrisa—. Está siendo valiente.       —¿Y Edward? —preguntó Kate, con un nudo en el estómago.       —Está bien —contestó Gregor con tranquilidad—. A veces se calla más de lo que quisiéramos, pero creemos que lo hace para protegerse. Lo está manejando a su manera, pero te quiere. Mucho.       Kate asintió, aliviada. Se sentaron los tres en un pequeño sofá junto a una ventana que daba al jardín trasero. Hablaron durante más de veinte minutos. Elsa le contó pequeñas anécdotas sobre la casa, la rutina de Beth y le dio recuerdos de su querida elfa Liri. Hablaron de Sirius, de sus amigos, del curso que le quedaba en Hogwarts. Gregor, más parco en palabras, escuchaba con atención, interviniendo de tanto en tanto con un gesto de complicidad, una frase precisa, o una broma seca que hacía reír a las dos mujeres. Kate los observaba, saboreando cada instante. Aquello era una burbuja, un regalo efímero, pero real.       —Me gustaría poder quedarme más —dijo en voz baja.       —Y nosotros tenerte en casa —respondió Elsa—. Pero este es solo un paso, Kate. Un día volverás sin tener que esconderte.       Gregor la miró con firmeza.       —Estamos haciendo lo correcto. No lo olvides nunca.       Una llamada suave en la puerta los interrumpió. Era Augusta.       —Es hora. Vuestra ausencia empezará a notarse si llegáis demasiado tarde. Nadie debe sospechar que habéis estado aquí antes con ella.       Elsa asintió, pero antes de levantarse, tomó las manos de su hija. Gregor besó la frente de su hija.       —Estamos orgullosos de ti.       Sus padres salieron en silencio, guiados por Augusta. Cuando la puerta se cerró, Kate se quedó unos segundos sentada, tratando de grabar cada palabra, cada gesto, en su memoria. Después, se incorporó lentamente y respiró hondo. Volvió al salón por un pasillo lateral, procurando no hacer ruido. Ya no quedaba rastro de la emoción en su rostro, solo una expresión serena y determinada. Desde la entrada podía oír voces y risas: la cena ya había comenzado. Ella no estaría allí, al menos no como los demás. Pero eso no le importaba. Era suficiente con haberlos visto.              La pérgola estaba cubierta de glicinas en flor, que caían como cascadas lilas sobre la mesa pulcramente dispuesta. Vajilla de porcelana con detalles dorados, cubertería de plata, servilletas de lino perfectamente plegadas. Todo en su sitio. Todo impecable. Augusta Longbottom presidía la cena con paz.       Los murmullos eran educados, los gestos medidos. Frank y Alice hablaban con Euphemia Potter sobre una nueva iniciativa en San Mungo. Marlene escuchaba en silencio, la mirada distraída entre los invitados. James se había servido vino, pero aún no había bebido.       Al otro extremo de la mesa, Gregor y Elsa Bellerose hablaban con una pareja de aspecto noble y pulcro: los Mulgrave, sangre pura respetada y de lengua afilada.       —Debe de ser muy difícil —comentó la señora Mulgrave, removiendo su sopa—. Tener en la familia a alguien tan… impetuoso. Lo hemos leído todo en El Profeta, por supuesto.       —Una verdadera lástima —añadió su esposo—. Una chica con ese apellido y ese futuro. Arruinado por… decisiones tan poco sensatas.       El silencio se esparció como una mancha. Gregor Bellerose se tomó un segundo para responder, como si pesara cada palabra.       —Sí —dijo al fin, con voz grave y pulida—. Es difícil.       James dejó la copa sobre la mesa con más fuerza de la necesaria. Las copas tintinearon levemente. Su voz cortó el aire con un filo sereno:       —Kate es una Gryffindor ejemplar. Valiente y sensata. Todavía más en sus decisiones.       Hubo una pausa incómoda. La señora Mulgrave alzó las cejas, sin perder la sonrisa.       —Ah, claro. Usted siempre ha tenido afinidad por personas de…carácter revolucionario, joven Potter. Pero aun así, es una pena. Parecía una muchacha tan prometedora.       —Lo sigue siendo —intervino Marlene, cortante.       —Es una persona íntegra —añadió Alice, con calma, aunque sus ojos no se apartaban de los Mulgrave—. De las pocas que conozco que no tiene miedo de sostener lo que cree justo, aunque duela.       El murmullo se quebró con la entrada suave de Euphemia Potter en la conversación. Su elegancia tenía peso, como una nota musical bien afinada.       —He aprendido —dijo Euphemia, tomando un sorbo de vino—, que los jóvenes que más inquietan a los adultos suelen ser los que más terminan cambiando el mundo. Yo nunca he temido una mente que arda por algo más que la tradición.       —Y a veces las tradiciones se acomodan demasiado bien a las sombras —añadió Fleamont con una sonrisa amable, pero firme.       —¿Y no tendrá algo que ver el muchacho Black en todo esto? —intervino otra invitada más joven, con tono inquisitivo, mirando directamente a Elsa Bellerose—. Dicen que andan juntos. ¿Sirius se llama, no?       La tensión se volvió densa. Elsa posó su tenedor con gracia matemática. Gregor fue el que respondió, la mirada fija en su plato:       —Si mi hija hubiese sido Slytherin, al menos habría sabido elegir en honor a su apellido. Pero, claro, cada uno nace con sus límites.       —Sin lugar a dudas… en Slytherin podría haber tenido una oportunidad de oro con el joven Nott, un chico de categoría — dijo la Señora Mulgrave en un tono inquisitivo.       James frunció el ceño, dispuesto a hablar, pero Augusta lo interrumpió antes de que abriera la boca.       —No todos los Slytherin eligen bien —dijo Augusta, como si fuera una reflexión filosófica—, ni todos los Gryffindor se equivocan por desafiar a sus casas. A veces los mejores frutos crecen en los márgenes.       Una breve carcajada educada de Euphemia alivió la atmósfera. Los Mulgrave cambiaron de tema con elegancia forzada. Se habló de arte, de un concierto de arpas mágicas en París, de una subasta de pociones raras.       Pero el aire no volvió a estar del todo limpio. James se inclinó hacia Marlene, en voz baja.       —Mejor que Kate no haya venido. Los habría hecho volar en mil pedazos.       Marlene no sonrió. Solo asintió, muy despacio. Desde la ventana del piso superior, un chico un tanto despeinado observaba la cena veraniega entre las glicinas. Sabía cuándo un lugar no era suyo. Y eso, también, era valentía.              Mientras los Mulgrave hablaban de cosas superficiales, Kate estaba sentada en una habitación en la parte superior de la casa. Hacía un rato que sus padres habían estado con ella. Aún sentía el calor de su abrazo, el susurro de su madre asegurándole que todo iba bien. La habitación tenía tonos azul marino, gris perla y un leve perfume a lavanda. Era serena, tranquila, elegante. Si algún día tengo una casa propia, usaré estos colores, pensó. Se dejó caer en uno de los sillones mullidos y cerró los ojos, dejando que la calma la envolviera tras tantos días agitados.       El silencio fue interrumpido por algo cálido y súbito: unos labios rozaron los suyos. Kate abrió los ojos con un sobresalto contenido y encontró los ojos grises de Sirius, intensos, a escasos centímetros de su rostro. Él la observaba con expresión indescifrable, y luego, sin decir palabra, se deslizó hasta sentarse en el sillón frente a ella.       —¿Por qué estás tan distante? —susurró—. ¿Qué he hecho mal?       Kate parpadeó, desconcertada. No era habitual ver a Sirius así, tan directo, tan vulnerable. Él rara vez pedía explicaciones.       —Lo siento… —dijo ella bajando la mirada—. Me puse nerviosa.       —¿Y qué fue lo que te puso nerviosa?       La intensidad de su mirada la desarmaba. Kate se removió en el asiento.       —Una conversación con Alice.       Sirius arqueó una ceja.       —¿Sobre qué?       —Es privado.       Él soltó una risa breve, incrédula.       —Venga, Kate… No puedes decirme que es privado algo que claramente te ha hecho evitarme toda la tarde.       Ella suspiró. Tenía razón. Así que tragó saliva y respondió con honestidad:       —Sobre el futuro.       Sirius frunció el ceño.       —¿El futuro?       —Sí… Nos queda solo un curso. Alice me habló de sus planes con Frank… y me preguntó si tú y yo habíamos hablado alguna vez sobre lo que vendrá después. Y es que… —hizo una pausa, dubitativa— tú y yo nunca lo hemos hecho.       Él asintió lentamente, comprendiendo por fin la incomodidad que había sentido en Kate desde su llegada. El silencio cayó entre ellos. No era incómodo, pero sí pesado. Lleno de cosas no dichas. Entonces, se abrió la puerta y una cabeza despeinada y unos ojos brillantes tras unas gafas redondas se asomaron al interior. Ella se incorporó enseguida, agradecida por la interrupción.       —¡James!       —¡Kate! —saludó James con una sonrisa que mezclaba sorpresa e ironía.       James echó un vistazo rápido entre ambos y leyó la tensión en el ambiente. Miró a Sirius con una ceja levantada, luego volvió a Kate.       —Es hora. Podéis salir por la puerta trasera. Una vez salgáis del perímetro, podéis desapareceros… —hizo una pausa breve y, mirando a Sirius con intención, añadió—. A casa. Nos vemos luego.       Y se fue, sin decir más. Sirius se puso de pie en silencio, tomó el bolso de Kate que estaba sobre la mesita y le ofreció la mano. Su expresión era hermética, casi fría.       —Vamos.       Kate asintió sin hablar y entrelazó sus dedos con los suyos. Bajaron las escaleras en silencio, cruzaron la cocina y salieron al jardín. El aire fresco de la noche les envolvió en cuanto atravesaron la puerta. Caminaron unos metros por el sendero de piedra, hasta que Sirius se detuvo y se giró hacia ella. Durante unos segundos se miraron sin decir palabra. Él no la soltó.Y entonces, sin dejar de sostener su mirada, desaparecieron.              Al llegar al lugar que Sirius había pensado, podían ver a lo lejos la plaza del pueblo de Godric 's Hollow. La casa de los Potter no estaba lejos, pero aún así debían caminar un poco más. Sirius soltó la mano de Kate sin decir nada y echó a andar en silencio. Ella se quedó un instante parada, sin saber bien qué hacer. Luego lo siguió unos pasos y preguntó:       —Black… ¿Qué estás pensando?       Sirius se detuvo en seco. Tardó unos segundos en responder.       —Pienso que no somos Alice y Frank. Y nunca lo seremos.       —Eso es evidente —replicó Kate, intentando aligerar el momento.       —No, Kate. Para ti no lo es —se giró para mirarla, el ceño ligeramente fruncido—. Te has comparado con ellos. Lo entiendo. Yo también envidio a veces esa estabilidad… una familia normal, una vida sencilla, donde lo único difícil es decidir cuándo casarse. Pero nosotros no vivimos eso.       —Sé que no es nuestra realidad —dijo Kate con firmeza—. Pero eso no significa que no podamos pensar en lo que vendrá después.       Sirius suspiró, exasperado.       —Kate, si no hemos hablado del futuro es porque no tenemos respuestas. Nada está claro ahora mismo.       —¿Y por qué no las tenemos?       —¡Porque hace dos horas ni siquiera sabíamos si podrías ver a tu familia! ¿Cómo se supone que vamos a pensar en el futuro cuando ni siquiera sabemos qué pasará mañana?       A Kate no le gustó su tono. Se cruzó de brazos, dolida.       —¡Eso no es una excusa, Sirius!       Él la miró con los ojos entrecerrados, molesto.       —Entonces dime tú, ¿cuál es el verdadero problema?       Kate, herida y frustrada, lo soltó sin pensar:       —Nunca te ha gustado el compromiso.       Las palabras le dieron de lleno. Sirius sintió un nudo en el estómago. Le molestaba que pensara que no se tomaba la relación en serio sólo porque no habían hablado de lo que vendría después. Le dolía que se comparara con otros. Le dolía… que ni él mismo pudiera darle certezas.       —¿Falta de compromiso? —repitió, herido—. ¡Llevamos casi un curso entero juntos! ¿Tú lo has pensado, Kate? ¿Has pensado en serio qué quieres hacer después de Hogwarts? ¡Dímelo! ¡Haremos lo que sea que hayas pensado!       La miró, respirando agitado. Su cabello castaño recogido dejaba escapar algunos mechones que enmarcaban su rostro, tenso por el enfado. Ella lo sostuvo con la mirada… pero no respondió. Porque no. No lo había pensado. No de verdad. Y ahora lo estaba culpando a él por algo que también era suyo. Lo sabía.       Kate sabía que todo entre ellos iba bien. Sabía que lo que en verdad le dolía era no poder vivir una vida como la de Alice: tranquila, con su familia cerca, pensando en el futuro, en bodas, en libertad. Y sabía que estaba proyectando esa frustración en Sirius. Pero no estaba lista para decirlo en voz alta. Así que simplemente se dio la vuelta. Huir antes de doblegar.       —Me voy —dijo con orgullo, sin mirarlo.       —Haz lo que quieras —respondió Sirius, seco, dándose la vuelta en la dirección contraria.       Ambos se alejaron. Sirius caminó hacia la casa de los Potter; Kate se dirigió al cementerio del pueblo. Él se sentó en las escaleras de la entrada. Ella encontró un banco junto a la verja de hierro forjado y se dejó caer. Sirius pensaba en ella. Kate pensaba en él.       Él reconoció que había sido poco empático, que el miedo a perder el control sobre su vida le había hecho reaccionar a la defensiva. Ella reconoció que había actuado como una niña asustada, como si el compromiso lo resolviera todo, como si él no la amara solo por no hablar de anillos y planes.       Ambos se pusieron de pie al mismo tiempo. Caminaron por el mismo sendero que habían recorrido antes, y se encontraron de frente. Se miraron. Se conocían desde hacía mucho. Más que el tiempo, los unía una complicidad profunda, tejida con paciencia, batallas y silencios.       Sirius fue el primero en romperlo:       —¿Hemos terminado de discutir?       Kate lo observó unos segundos antes de responder, sin dureza:       —Supongo que sí.       Él esbozó una sonrisa ladeada.       —¿Nos podemos ir a casa?       Ella asintió. Se acercaron. Se tomaron de la mano. Y entonces, sin decir más, se abrazaron mientras comenzaban a caminar hacia la casa de los Potter.       —Black… —dijo ella, con un tono más suave mientras andaban.       —Dime.       —Perdón por haber sido una histérica.       Él simplemente sonrió.       —Por cierto… —dijo Sirius en tono bajo, mirándola de reojo mientras se pasaba una mano por el pelo—. Aún más guapa con esa blusa que, según recuerdo, ya tenía poderes peligrosos sobre mí.       Kate alzó una ceja, sorprendida, y luego se le escapó una sonrisa suave, como si no pudiera evitarlo. Bajó un poco la mirada, reprimiendo otra más amplia, y respondió en voz baja:       —No sabía si funcionaría dos veces… pero me alegra ver que sigue teniendo efecto.       Y durante un segundo, entre la tensión disuelta y el verano todavía por delante, parecieron volver a ser solo ellos. Siguieron caminando en silencio, sabiendo que esa conversación volvería. Pero por ahora, estaban en tregua.       Al llegar a la puerta de la casa, Sirius se detuvo. La miró con sus ojos grises brillando bajo la luz tenue. Se acercó y la besó suavemente. Kate cerró los ojos, y al separarse, le acarició la mejilla con ternura.       —Kate… solo recuerda una cosa —dijo él en un susurro—: nunca te pondría en peligro.       Ella lo miró con seriedad y cariño. Lo sabía. Y eso, de momento, era todo lo que necesitaba. Al entrar en la casa de los Potter, Sirius y Kate encontraron silencio. Todo estaba tranquilo. La cena organizada por Augusta aún seguía, y eso les dejaba unas horas de calma a solas.              El comedor de los Longbottom rebosaba de una luz cálida mientras se servía el postre: tartaletas de ruibarbo con crema batida y té de jazmín. Las conversaciones, antes dispersas entre anécdotas del curso y novedades familiares, se habían vuelto más densas, en especial cuando uno de los asistentes —un hombre de porte elegante y acento pulcro del Departamento de Cooperación Mágica Internacional— comentó:       —Con tantos puestos vacantes tras la última reestructuración, me sorprende que los Black no hayan intentado colocar a alguno de los suyos. Aunque supongo que con lo del joven primogénito de los Black…       La frase quedó flotando. Unos cuantos cuchillos dejaron de moverse al oír el nombre.       —Una lástima —intervino otra señora, removiendo su té con gesto lánguido—. Con ese apellido, podría haber llegado a lo más alto. Pero eligió... caminos peculiares.       Gregor Bellerose, que hasta entonces se había mantenido en silencio, asintió despacio, como si meditara cuidadosamente cada palabra.       —Algunos jóvenes confunden la rebeldía con el carácter —dijo con voz serena, casi desapegada—. Pero una criatura sin raíces no puede construir nada estable. Sirius Black, por muy hábil que sea, ha abandonado el legado de su sangre. Eso tiene un precio.       Marlene bajó la vista hacia su plato, tensa. Alice respiró hondo, intentando mantener el gesto neutral.       —No todos lo ven así, Gregor —dijo Elsa Bellerose suavemente, con la cucharilla aún entre los dedos—. A veces, alejarse de ciertas raíces también es una forma de crecer.       El ambiente osciló un instante entre la incomodidad y el interés. Entonces alguien —una bruja de mediana edad con capa de visón translúcido— miró hacia los Potter.       —¿Es cierto, Euphemia, que ese chico… Sirius Black vive con vosotros?       Euphemia, que acababa de dejar su taza sobre el platito con precisión impecable, alzó la mirada con elegancia innata. Sonrió con suavidad, aunque su expresión estaba lejos de ser complaciente.       —Sí, vive con nosotros desde hace un año —dijo con tono sereno, claro—. Y es un joven excepcional. Con principios firmes, gran inteligencia y una lealtad que muchos adultos en esta sala podrían envidiar.       Hubo un leve silencio. James, sentado a su lado, bajó un poco la cabeza, como conteniendo un suspiro. Luego miró a su madre con un brillo de orgullo en los ojos.       Fleamont se incorporó ligeramente, apoyando ambas manos sobre la mesa.       —Y si me permiten añadir —dijo con amabilidad—, que pocos muchachos de su edad habrían soportado lo que él ha vivido sin perder la cabeza. Sirius ha demostrado ser digno no solo del respeto, sino de la oportunidad de rehacerse. Y en mi casa, siempre hay lugar para quienes lo merecen.       Una o dos personas parpadearon, incómodas. Otros se limitaron a asentir en silencio. James echó una mirada de reojo a Alice y Marlene. Ambas seguían tensas, conteniendo comentarios, especialmente cuando en los susurros previos se había deslizado una insinuación —no dicha con todas sus letras— sobre la “influencia mutua” entre Sirius y Kate Bellerose.       Alice se limitó a alisar con precisión la servilleta sobre su regazo. Marlene bebió un sorbo de té como si el líquido hirviendo pudiera aplacarle la lengua.       Fue Augusta Longbottom quien, con su impecable compostura, intervino antes de que la tensión trepara del todo:       —Es un asunto complejo el de los jóvenes, ¿verdad? Sobre todo cuando tienen más valor del que sus mayores saben reconocer. Pero hablemos de cosas más agradables. ¿Alguien ha probado ya las tartaletas de grosella del nuevo obrador de Hogsmeade? Me han dicho que son imposibles de conseguir sin reservar con semanas de antelación.       El hechizo de la anfitriona surtió efecto. Las voces se desviaron, primero tímidamente, luego con mayor soltura, hacia cosas triviales y seguras. Pero bajo la superficie del mantel de lino y la porcelana fina, algo más había quedado claro: los Potter no se callaban, y Sirius Black no estaba solo.                     Mientras, en Godric 's Hollow, Sirius y Kate, cerraron la puerta tras ellos y se miraron. Era curioso cómo, después de discutir tan intensamente, ahora todo se sentía más suave, más liviano. Como si solo estar juntos bastara.       —Bueno —dijo Kate, mirando a su alrededor—, parece que tenemos la mansión para nosotros solos.       Sirius alzó una ceja y esbozó una sonrisa ladina.       —¿Qué te parecería si... —se inclinó hacia ella como si fuera a contarle un gran secreto— simulamos una de esas cenas absurdas a las que nos obligaban a ir de pequeños?       Kate le miró sorprendida y luego estalló en carcajadas.       —¿Con los Nott, Bellatrix y compañía?       —Exactamente. Una velada de auténtica sangre pura —dijo él con tono teatral—, llena de conversaciones sobre linajes, elfos domésticos y cómo el mundo está en decadencia por culpa de los nacidos de muggle.       —¡Y la tarta de grosellas que nadie comía porque parecía sospechosa!       —Y el vino que nos daban aunque tuviéramos catorce años       —Y la música de salón —añadió ella, poniéndose de pie con gesto dramático.       —Sí, interpretada por ese elfo flaco con cara de querer tirarse por la ventana —remató Sirius.       Ambos entraron al salón, y con un par de hechizos improvisados, Sirius encendió las velas de la mesa y dejó sonar música tenue, como si una orquesta de cámara tocara en una esquina invisible.       —Señorita Bellerose —dijo Sirius con una reverencia exagerada—, ¿me concede este baile?       —Con gusto, señor Black —respondió ella, imitando el tono altivo que tantas veces había escuchado en su infancia.       Y bailaron. Con pasos desacompasados, risas entrelazadas y gestos fingidos de superioridad, como si realmente fueran parte de aquella sociedad que ambos habían abandonado con orgullo.       —Mira, ahí está Bellatrix —dijo Kate señalando al aire con un gesto de horror contenido—. Está criticando a una madre por haber dejado que su hijo juegue con un mestizo.       —Y ahí va el señor Rosier —añadió Sirius—, diciendo que el Ministerio debería hacer exámenes de sangre para entrar a Hogwarts.       Kate se echó a reír.       —¿Y Regulus?       —Regulus está. en la esquina, quieto, fingiendo no estar incómodo mientras mi madre lo empuja para que hable con alguien "con futuro".       —¿Nott?— preguntó ella mirándole a los ojos grises fijamente.       —Theodore Nott… está muriendo por querer ser un Black con suerte — y la besó con suavidad.       La música siguió, pero más suave, y ellos también bajaron el ritmo. Poco a poco, el juego fue apagándose y el silencio fue llenando el salón. Ahora solo quedaban ellos dos, mirándose con ternura y una melancolía compartida. Sirius dejó caer las manos de Kate, pero sin apartarse. La miró con una intensidad que ya no tenía nada de teatral.       —Gracias por esto —murmuró ella.       —Gracias a ti por no darme un puñetazo hace un rato… —dijo él con una sonrisa traviesa evocando la discusión de antes.       —Todavía estás a tiempo —respondió Kate, rozando su brazo.       —Ven conmigo —susurró Sirius entonces.       —¿A dónde?       —Arriba.       Ella no respondió, solo lo siguió. Subieron por las escaleras en silencio, como si no quisieran romper la magia de ese momento. Entraron en la habitación de Sirius. Era un espacio desordenado pero acogedor, con estantes llenos de libros, objetos mágicos, y cosas que claramente no eran de su familia original.       —Este lugar… tiene más de ti que toda tu infancia junta —dijo Kate mientras recorría la habitación con la mirada.       —Eso intento —respondió él quitándose la chaqueta y dejándola sobre una silla.       Kate se sentó en la cama, descalzándose, y Sirius se sentó a su lado. Por unos segundos, solo se miraron. Él se acercó lentamente y apoyó la frente en la suya. Sus respiraciones se mezclaron.       —No puedo prometerte todo, Kate —susurró—. Pero sí puedo prometerte que en cada maldito día que me toque vivir, te voy a elegir a ti.       Ella cerró los ojos. Sintió cómo su corazón se ablandaba y al mismo tiempo se aceleraba. Le acarició la mejilla, con delicadeza.       —Eso es más de lo que nunca esperé tener.       Entonces se besaron.              La habitación estaba casi vacía. Las tazas de té aún humeaban ligeramente sobre la bandeja que un elfo doméstico acababa de dejar sobre la mesa baja. La luz de la tarde entraba oblicua por los ventanales del salón privado de Augusta Longbottom. Sentados en los sillones, los señores Bellerose lucían impecables, pero el agotamiento se notaba en sus hombros. Elsa tenía los ojos enrojecidos.       —No sé cuánto más puedo sostener esta pantomima —murmuró ella, con un pañuelo entre los dedos—. Fingir que no la miro, que no la escucho. Que no es mía.       Gregor bajó la vista, sin replicar. Su rostro, firme como siempre, estaba tenso. Augusta, sentada frente a ellos, mantuvo la espalda recta, el mentón alto.       —Sí podéis —dijo con firmeza—. Porque es vuestra hija. Y porque ahora mismo, todo depende de eso: del silencio, del disimulo. El dolor que sentís es real, pero también lo es el peligro.       Elsa sollozó, muy bajo, conteniéndose. Gregor le tomó la mano sin decir nada.       —Kate es fuerte, pero está herida —añadió Augusta, más suave ahora—. Y os necesita así: firmes, decididos. Esta es una guerra encubierta. Se pelea en la oscuridad, entre miradas y omisiones. Cada gesto cuenta.       Hubo un largo silencio. Luego, Elsa se incorporó, secándose las lágrimas.       —Gracias, Augusta. Por permitirnos esto.       Augusta le tendió la mano. Elsa no dudó en estrechársela.       —No lo olvidéis —dijo Augusta, mirándolos a ambos con intensidad—. Cuando todo esto termine, vuestra hija os verá como lo que sois: familia.       Gregor asintió con una inclinación breve de cabeza. Elsa, más frágil, logró esbozar una sonrisa débil. Se despidieron en voz baja. La puerta se cerró tras ellos con un clic seco.              Un rato después, el mismo salón estaba ocupado solo por Augusta, Frank, Alice, Marlene, y los Potter. Habían trasladado las copas al aparador, y la conversación se había vuelto más íntima. El ambiente, aunque relajado, tenía una sombra inevitable de preocupación.       —Ha sido una cena difícil —comentó Euphemia Potter, con elegancia—. Pero necesaria.       —Me preocupa cómo han hablado de Sirius —dijo James, con las manos en los bolsillos y una expresión tensa—. Como si fuera un problema. Como si no lo conocieran.       —Y lo que han dicho de Kate —añadió Alice en voz baja—. Fue… duro. Saber que lo escuchaban los Bellerose sin poder decir nada.       —Mi madre casi rompe la copa cuando insinuaron que Sirius es una mala influencia —dijo Marlene con una risa seca—. Y eso que aún no sacaron a Remus a la conversación.       —El mundo está mirando hacia otro lado —dijo Augusta, con la voz grave—. Prefieren ignorar lo que se desmorona delante de ellos. Pero nosotros no. Debemos estar atentos. Y unidos.       —Lo están haciendo bien —afirmó Fleamont con calidez—. Kate y Sirius. Están intentando construirse desde el barro que les dejaron. No es poca cosa.       —No —coincidió Euphemia—. Pero me preocupa cuánto pueden resistir si esto sigue intensificándose. Tienen diecisiete años, y el mundo no espera para ver si están listos.       —Entonces hay que estar ahí —dijo Augusta, con una determinación callada—. No importa lo que digan. Ni cuántas cenas más haya que aguantar.       Un silencio asentidor los envolvió. Augusta se sirvió lo último de su copa antes de continuar:       —La familia no siempre es la que nos toca. A veces, es la que elegimos.       Fleamont se puso de pie, seguido por su esposa.       —Nosotros ya hemos elegido —dijo con una sonrisa amable, despidiéndose con una inclinación de cabeza.       Augusta asintió, como si confirmara algo antiguo y esencial.       Cuando los Potter se marcharon, el grupo restante se quedó en calma unos instantes. El reloj marcaba el final del día. Un suspiro compartido entre los que sabían que el amor, en tiempos oscuros, era también una forma de resistencia.              Kate yacía descalza sobre la cama, con las piernas recogidas bajo el cuerpo. Sirius estaba acostado de lado, el brazo doblado bajo la cabeza, observándola en silencio. Se respiraba una paz contenida, como si el mundo exterior se hubiera desvanecido durante un rato.       —Antes me preguntaste si había pensado en el futuro… pues hay algo que sí he imaginado alguna vez —preguntó Kate de pronto, girándose para mirarlo con los ojos brillantes por la media luz.       —¿Qué has imaginado? —dijo Sirius, ladeando la cabeza.       —Una casa. Una pequeña. No de esas mansiones góticas llenas de retratos que gritan. Algo con vigas de madera, ventanas grandes, y un jardín enredado de lavanda y ortigas. Y un gato que no obedece a nadie.       Sirius sonrió, lento.       —Me gusta. ¿Puedo tener una moto mágica aparcada en la puerta?       —Solo si no espanta al gato.       Ella se incorporó con un movimiento ágil y se puso de pie sobre la alfombra. Dio unos pasos teatrales, extendiendo los brazos.       —Ahora mismo te imagino en el jardín, regando plantas sin saber si son mágicas o no. Y peleándote con el vecino porque tu lechuza le roba las pinzas del tendedero.       Sirius soltó una carcajada breve y sincera.       —Y tú estás escribiendo algo brillante en una mesa llena de tazas a medio terminar. Fingiendo que no me escuchas mientras intento convencerte de que vengas a volar conmigo.       —Y yo diciendo que me esperes media hora. Y tú no esperándome.       Se volvieron a reír, y Kate se dejó caer sobre la cama de espaldas, con un suspiro, estirando los brazos como si abarcara el cielo. Sirius rodó hacia ella, apoyando la cabeza en su abdomen sin pensarlo demasiado.       —Bueno… hemos hablado del futuro… ¿y si no llegamos nunca a tener eso? —preguntó él, muy bajo.       Ella le acarició el cabello con una mano tranquila.       —Entonces que al menos tengamos esto. El ahora. Las risas. La forma en que me miras como si lo de antes no hubiese dolido.       Sirius levantó la cabeza apenas, lo justo para encontrar sus ojos.       —Duele. Pero tú vales la pena del dolor.       Kate no dijo nada al principio. Se inclinó lentamente, se tumbó de lado junto a él, y lo abrazó por detrás, como si quisiera recoger todos los fragmentos que la guerra, la familia, y el miedo habían intentado romper en él.       —No soy una salvación, Sirius —susurró.       —Ni yo una promesa —contestó.       Y ahí se quedaron, con los cuerpos entrelazados sobre una cama deshecha, hablando en susurros sobre casas imposibles, gatos impertinentes, y las pequeñas cosas que soñaban tener cuando todo lo demás dejara de arder.              Días después, el atardecer bañaba el parque junto al fiordo de Roskilde con una luz dorada. El aire era templado, perfumado por el agua salobre y los tilos en flor. Marlene apareció entre dos robles centenarios. Había llegado minutos antes usando una chimenea mágica en la red de polvos flu que conectaba temporalmente la casa de los McKinnon con una posada discreta en Copenhague. Desde allí, tras caminar unos metros fuera del alcance de los muggles, se había trasladado con un leve crack de aparición.       Vestía una chaqueta ligera, botas marrones y un pañuelo de lino trenzado al cuello. Su cabello rubio, algo alborotado por la brisa del mar, brillaba con reflejos casi plateados bajo la luz del sol poniente.       Edward la vio primero desde la distancia. Estaba de pie, junto a un banco de madera barnizada cerca del lago, con las manos en los bolsillos y la camisa azul clara un poco arrugada por haber estado pasándosela nerviosamente entre los dedos. Cuando la reconoció, su postura se relajó visiblemente. Sus ojos, tan parecidos a los de Kate y sin embargo más melancólicos, se iluminaron con una calidez contenida.       —Hola, Marlene —dijo, sonriendo como si esa fuera la única palabra que necesitaba.       —Hola, Edward —ella respondió, acercándose para abrazarlo. Fue un gesto suave, sin prisas, lleno de reconocimiento mutuo.       El silencio que siguió fue breve, pero significativo. Marlene sintió el corazón latir con fuerza. Edward, con esa seriedad suave que lo distinguía, dio un paso más cerca.       —¿Puedo…? —preguntó, bajando la voz.       Marlene no necesitó responder. Acortó la distancia que quedaba entre ellos y se inclinó. El beso fue tranquilo, sin urgencias. Cuando se separaron, él sonrió con ese gesto leve, como si aún dudara de tener derecho a sentirse feliz.       —¿Tú siempre fuiste así de… —Marlene buscó la palabra— reservado?       —¿Reservado? —Edward arqueó una ceja—. ¿Esa es una forma educada de decir "aburrido"?       —No —contestó ella divertida—. Es una forma de decir que me gusta que no hables por hablar.       Él soltó una pequeña risa, pero luego su expresión se tornó seria.       —No siempre fui así. Pero cuando tu familia tiene que esconderse… cuando todo puede cambiar de un día para otro… aprendes a elegir bien qué mostrar.       Marlene asintió, entendiendo más de lo que dijo. Ella también conocía ese miedo que se instala bajo la piel, esa sensación constante de estar a punto de perder algo.       —No me importa cuánto muestres, Edward. Me importa lo que eres.       Él se acercó un poco más. Le tomó la mano con delicadeza, como si cada dedo dijera algo que aún no se atrevía a poner en voz alta. No la miró a los labios. La miró a los ojos.       —¿Y si me cuesta decir lo que quiero?       —Entonces esperaré —respondió Marlene, entrelazando sus dedos con los de él—. Y cuando estés listo, dilo. Mientras tanto… puedes demostrarlo.       Y él lo hizo. Con otro beso. Más profundo. Más claro. Porque aunque sus mundos estuvieran llenos de incertidumbre, ella era, en ese momento, lo más firme que conocía.       Días después, ambos paseaban por una de las calles adoquinadas del barrio antiguo de Aarhus chispeaban. Marlene caminaba un poco más adelante, sujetando una bolsa de papel con bollitos de canela humeantes y señalando con entusiasmo cada rincón encantador que encontraba.       —¡Mira esa bicicleta! ¡Tiene una cesta para el gato! —exclamó, deteniéndose a contemplar a un gato negro que asomaba la cabeza entre una manta tejida mientras su dueña, ajena al espectáculo, tomaba un café con leche en una mesa cercana.       Edward llegó junto a ella, algo más pausado, las manos en los bolsillos del abrigo.        —No creo que el gato esté muy convencido del plan, sinceramente.       —¿Y tú qué sabes? A lo mejor es su sueño de toda la vida: recorrer el mundo en una bici vintage —replicó Marlene, robándole un bollito de la bolsa que ella misma llevaba y dándoselo—. Toma, antes de que te pongas demasiado serio.       —Gracias —sonrió él, aceptándolo con una inclinación de cabeza—. ¿Siempre comes primero lo que compras?       —Claro. Es una técnica ancestral de supervivencia: si no pruebas el bollito antes de alejarte de la panadería, nunca sabrás si era el indicado —dijo con aire solemne, antes de dar un bocado al suyo—. Este lo era. Totalmente.       Edward soltó una risa baja. Había algo liberador en acompañarla. El peso habitual de los días parecía menos denso cuando estaba con ella. Siguieron caminando entre tiendas con carteles mágicos discretos, camuflados entre los establecimientos muggles, hasta llegar a un pequeño callejón sin salida, aparentemente común. Edward miró a ambos lados y dio un leve toque con su varita a una piedra tallada con runas en el muro izquierdo. Un suave destello dorado recorrió el contorno y, un instante después, el callejón se ensanchó mágicamente, revelando una calle adoquinada encantada, llena de faroles flotantes y escaparates que parpadeaban con luz propia.       —Bienvenidos a Øglegade —anunció Edward con una sonrisa—. Barrio mágico desde 1632. La mayoría no lo conoce, pero es el lugar más tranquilo del continente para pasar desapercibido.       —¡Oh, es precioso! —exclamó Marlene, girando sobre sus talones para mirarlo todo—. Esto parece salido de un libro de cuentos. ¿Y esa tienda vende… calderos plegables?       —Los inventó un alquimista medio sordo y muy práctico —contestó él con tono divertido       —Entonces tengo que entrar. Eso suena a caos útil.       Después, volvieron a una pequeña casita de tejas oscuras, con ventanas redondas y macetas encantadas que giraban con el sol. Allí se hospedaban: una habitación para ella en la planta alta, una para Edward abajo. Todo sencillo, sin pretensiones, pero cómodo.       Marlene dejó la bolsa sobre la mesita del recibidor y se estiró como un gato.        —Voy arriba a por mi chaqueta. No sé si es el aire danés o que me estoy ablandando, pero tengo frío en la nariz.       Subió las escaleras tarareando, y al entrar en su habitación encontró una lechuza posada en la barandilla de la ventana, elegantemente indiferente. Llevaba una carta atada con un lazo granate que reconoció al instante.       —¡Mary! —exclamó sonriendo, desenrollando el pergamino mientras la lechuza esperaba pacientemente una galleta de avena de la mesa.       La letra de Mary era inconfundible:              Querida Marls,       ¿Ya has probado los bollitos daneses? ¿Edward sigue fingiendo que no se divierte contigo? Quiero saberlo todo. ¿Hace frío? ¿Es tan reservado como cuando le hablas de tus teorías sobre los sapos parlantes?       Yo sigo en Londres y esto es un poco más aburrido sin ti. No le he dicho a nadie nada, tranquila. Pero más te vale contarme pronto si ese señor Bellerose tiene sonrisa de verdad o si sigue en modo “vigilante noble y misterioso”. PD: No te hagas la loca, quiero detalles. Con amor, tu Mary favorita.              Marlene se rió sola y luego se asomó por la escalera con la carta en alto.       —¡Edward! Mary pregunta si ya sonríes de verdad o si sigo hablando sola cuando te cuento lo de los sapos parlantes.       —Dile que sí sonrío —respondió él desde la cocina—. Pero sólo cuando no estás hablando de sapos parlantes.       —¡Mentira! Te encanta mi teoría y lo sabes —gritó ella bajando de dos en dos los escalones.       Él le tendió una taza de té humeante.       —¿Ves? Ya sonrío. Pero no pienses que vas a ganar esa discusión.       Marlene tomó la taza y lo miró con una ceja arqueada.       —¿Quieres apostar?       —Contigo… nunca estoy seguro de si eso es una trampa.       Ella sonrió. El tipo de sonrisa que se clava sin pedir permiso. Y Edward, sin admitirlo aún, ya sabía que esa risa se le estaba quedando en la piel.       La noche había caído sobre Øglegade con un silencio sereno, apenas interrumpido por el crujido ocasional de las ramas contra las ventanas. La lámpara de Marlene lanzaba un resplandor cálido sobre los papeles esparcidos en su escritorio.       Estaba sentada con las piernas cruzadas, el cabello recogido en un moño desordenado y una manta sobre los hombros. La carta para Mary ya tenía varias líneas tachadas: no porque no supiera qué decir, sino porque había cosas que le costaba nombrar.       Finalmente, se inclinó sobre el pergamino y escribió con cuidado. Luego, como solía hacer cuando quería asegurarse de que sonaba bien, leyó en voz alta, en un susurro lento:       —“A veces siento que Edward es como ese lugar al que llegas cuando no pensabas que ibas a quedarte. No te empuja a entrar, no dice mucho, pero una parte de ti se queda ahí igual. Y no sabes por qué, pero empiezas a dormir mejor.”—Se quedó en silencio un instante, mordiendo el extremo de la pluma—. No sé, Mary, igual es una tontería —añadió, hablándose a sí misma—. Pero… creo que me hace bien. Y eso ya es mucho, ¿no?       No sabía que, en ese mismo momento, Edward estaba en el pasillo, a punto de golpear la puerta. Llevaba una taza de té —el segundo del día— y venía a decirle que había estrellas fugaces visibles sobre el fiordo. Pero sus pasos se detuvieron al escucharla.       Se quedó quieto, inmóvil, con el cuerpo tensado y la respiración contenida. No por vergüenza de espiar, sino porque esas palabras lo habían atravesado como pocas cosas lo hacían.       No sabía si debía marcharse o entrar, así que simplemente esperó, apoyando la frente levemente contra el marco de la puerta. Después de un momento, levantó la mano y llamó con los nudillos, suave.       Marlene se sobresaltó.       —¿Sí?       —Soy yo —dijo Edward desde el otro lado—. ¿Molesto?       Ella escondió rápidamente el pergamino bajo otro papel, sin saber por qué, como si aún no estuviera lista para compartir esas palabras con él.       —No, claro que no. Pasa.       Él abrió la puerta con cuidado, como si no quisiera romper el aire tibio de la habitación. Sostenía la taza entre las manos.       —Pensé que quizá te apetecería té. Hay estrellas fugaces esta noche, por cierto. Desde el tejado se ven bien.       Marlene lo miró un segundo, buscando señales de si había escuchado algo, pero él solo le tendió la taza con una pequeña sonrisa.       —Gracias… justo estaba terminando una carta para Mary.       —¿Todo bien con ella?       —Sí. Me echa de menos. Y me preguntá, además de los de los sapos, si tú sigues siendo un misterio andante.       Edward se rió suavemente, aunque evitó su mirada un segundo demasiado largo.       —¿Y qué le contestaste?       Marlene bebió un sorbo de té antes de responder.       —Que el misterio sigue ahí… pero a veces, cuando no habla, dice más de lo que parece.       Él no replicó. Solo la miró, con esa intensidad tranquila que le era tan propia.       —¿Subimos al tejado? —preguntó, extendiéndole una mano.       Marlene la tomó sin pensar demasiado.       —Subamos.       Mientras cruzaban la puerta, ella no notó el leve apretón con que Edward sostuvo su mano por un segundo más. Como si le estuviera diciendo yo también me estoy quedando sin saber por qué. Y también duermo mejor.       El aire estaba fresco, pero no frío. Desde la inclinación de las tejas se veía el fiordo recortado por la noche, las luces tenues de la costa y un cielo ancho, casi líquido, salpicado de estrellas. Algunas cruzaban el firmamento en líneas breves: Las estrellas fugaces.       Edward se sentó primero, con las piernas dobladas y la espalda recta. Marlene se acomodó a su lado, enrollando la manta sobre sus hombros y dejando la taza entre ellos.       —Es increíble —murmuró ella, con la vista clavada arriba       —Por eso lo elijo siempre que puedo —respondió él, sin mirarla—. Es como si el mundo se volviera… más simple desde aquí.       Marlene asintió. El silencio entre ellos no era incómodo; era suave, como una canción que ninguno quería interrumpir.       —¿Vienes mucho aquí? —preguntó ella tras un rato.       —Desde niño. A veces con mis padres. O con Kate, cuando era pequeña. Pero normalmente solo. Me ayuda a ordenar la cabeza. A tomar decisiones sin decirlas en voz alta.       Ella ladeó la cabeza para mirarlo.       —¿Y ahora hay algo que quieras decidir?       Edward dudó.       —No lo sé. A veces creo que debería estar en mil lugares a la vez. Haciendo algo útil. Protegiendo a todos. Pero ahora estoy aquí. Contigo. Y eso también parece importante.       Marlene sonrió.       —Lo es —dijo—. No puedes ser siempre el que carga con todo, Edward.       Él la miró de reojo.       —¿Tú te asustas? —preguntó, en voz baja.       —Mucho —admitió ella, sin moverse—. Pero he aprendido a no dejar que el miedo me robe las cosas buenas. Ya pasamos demasiado tiempo huyendo.       Edward respiró hondo.       —Tengo miedo de esto… tú y yo… de que solo exista mientras dure esta especie de tregua.       —Yo no estoy jugando a una tregua —dijo—. Estoy aquí. Porque quiero estar contigo. Aunque duermas en la habitación de abajo y finjas que este té es lo más emocionante que puedes ofrecerme.       Edward rió suavemente, vencido.       —Eres un poco insoportable.       —Pero encantadora —añadió ella, sonriendo—. Lo sé.       Él la miró un segundo más y luego, con lentitud, alzó la mano para apartarle un mechón de cabello de la frente.       —¿Y si yo también quiero estar? Pero no sé hacerlo bien.       —Entonces empieza por esto —dijo Marlene, apoyando otra vez su frente contra la de él—. Por quedarte. Por ser tú, aunque tardes un poco más en decirlo.       Y él, por primera vez, no respondió con palabras. Solo se quedó ahí, con ella. El cielo sobre sus cabezas, el miedo quieto por un rato, y esa certeza cálida que no tenía urgencia pero sí verdad.              Unos días después, Marlene encontró la lechuza esperándola en la ventana de la cocina al volver de un paseo matutino. Llevaba un lazo granate en una pata y un aire ofendido, como si hubiera atravesado media Europa con viento de frente solo para que la hubieran hecho esperar.       —Ya va, ya va… qué rápido contestas—murmuró Marlene, desatando el pequeño rollo de pergamino.       La carta era de Mary. Y, por supuesto, comenzaba sin ceremonia:              McDonald a McKinnon, edición transfronteriza.       Querida fugitiva romántica:       Eres más transparente que el invernadero de Herbología.       Estas “vacaciones” suena muy bonito cuando lo que quieres decir es: me escapé con el hermano de mi mejor amiga y estoy en modo novela con él, pero aún duermo sola porque el caballero tiene principios.       Y antes de que te pongas roja: sí, sé que lo has pensado. Y no, no porque tú me lo hayas contado. Lo intuí. Porque te conozco y porque escribes como alguien que no se atreve a decir que está empezando a enamorarse.       ¿Sabes qué me gusta de ti cuando hablas de él? Que usas palabras pequeñas. Sencillas. Como si te diera miedo romperlo. Nunca habías hecho eso.       Y eso, Marls… eso es algo serio.       Ahora, te voy a decir esto una vez:       Si Edward Bellerose es lo bastante listo como para no asustarse de tu risa, de tus silencios y de cómo tiendes a decir la verdad sin anestesia… entonces ve despacio, pero ve. No mires atrás. Y si no lo es… bueno, siempre puedes raptarlo, llevarlo a Escocia y enseñarle con práctica.       Te quiero. Mándame una foto de ustedes dos juntos. O un dibujo. O una servilleta robada de una cita silenciosa.       Tu bruja de confianza,       Mary              Marlene leyó la carta dos veces, mordiéndose el labio. A medio camino entre reírse y mandarle un traslador explosivo a Mary. Pero había algo en esas palabras que se le había metido en el pecho. Algo cierto. En ese momento, Edward bajó las escaleras. Se detuvo al verla con la carta en la mano.       —¿Noticias?       —Mary de nuevo —respondió Marlene, aún sonriendo.       —¿Algo interesante en su respuesta?       Ella la dobló con cuidado y se la guardó en el bolsillo trasero.       —Solo una amiga recordando que no soy tan buena ocultando lo que siento como creo.       Edward se acercó con una ceja levantada.       —¿Y eso te molesta?       —No. Me alivia. Es cansado fingir que no pasa nada cuando en realidad… están pasando muchas cosas.       Se miraron un instante.       —¿Por ejemplo? —preguntó él, bajando la voz.       —Por ejemplo —dijo ella—, que estoy pensando seriamente en besarte ahora mismo. Y en no dormir en habitaciones separadas para siempre.       Edward tragó saliva ante la sinceridad de ella, y sonrió con esa mezcla de susto y ternura que solo él podía manejar.       —Voy a poner el té.       —Perfecto —dijo Marlene, riendo mientras se alejaba hacia la cocina.       Esa noche, Marlene estaba sentada junto a la ventana de su habitación, descalza, envuelta en una camisa blanca que le quedaba un poco grande —una que probablemente Edward había dejado entre la ropa limpia sin notarlo. La usaba sin pensarlo, sin pedir permiso. Habían tenido un día agotador de visitas culturales. Fuera, el bosque dormía. Dentro, ella no. La carta de Mary estaba sobre la mesilla. Abierta. Escuchó pasos. Medidos. Reconocibles. Un suave golpe en la puerta. No insistente, solo un aviso.       —¿Puedo pasar?       Marlene no respondió enseguida. Camino a la puerta, y cuando abrió, Edward estaba ahí. Descalzo también, con una manta doblada en el brazo y algo distinto en los ojos. Como si el día le hubiera hecho pensar. O sentir.       —¿No podías dormir? —preguntó ella.       Él negó con la cabeza.       —Tú tampoco.       Marlene asintió y se hizo a un lado, dejándolo entrar.       —¿Qué te dijo Mary? —preguntó él mientras dejaba la manta a un lado, en el sillón.       —Que deje de hacer como que no sé lo que siento —respondió ella sin rodeos.       Edward se apoyó contra el marco de la ventana. La miraba como quien quiere aprender de memoria un rostro.       —¿Y qué sientes, Marlene?       Ella lo sostuvo con la mirada. Luego se acercó, despacio. No hubo prisa en el movimiento, pero sí firmeza. Se detuvo a un palmo de él.       —Que me estás empezando a importar más de lo que planeé. Y que no quiero seguir separando lo que siento de lo que hacemos.       Edward tragó saliva. Sus ojos bajaron un segundo a su boca y luego volvieron a los suyos.       —No quiero hacerte daño —dijo.       —No creo que lo hagas —respondió ella       El espacio entre ellos desapareció cuando él la besó. Esta vez no hubo dudas. Y ella respondió igual, con las manos en su cuello, enredando el momento con la certeza de que sí, esto era real.       Los besos se volvieron más lentos, más hondos. Marlene lo llevó hacia la cama sin necesidad de palabras. Durmieron juntos esa noche. No como un error ni como un experimento. Como una promesa sin firmar, pero presente. Como un paso dado no hacia el final, sino hacia lo que seguía.              Al amanecer, el sol se filtraba con delicadeza a través de las cortinas claras, tiñendo la habitación de un tono dorado, casi líquido. A Marlene le quedaban dos días en Dinamarca. El canto lejano de unas aves se confundía con el sonido de las hojas del bosque agitado por el viento. Todo estaba en calma.       Marlene abrió los ojos despacio, como si su cuerpo supiera que no hacía falta correr. Por un momento no se movió. Sentía la respiración de Edward detrás de ella, tranquila, constante, su brazo aún apoyado sobre su cintura. No era la primera vez que despertaba al lado de alguien. Pero sí era la primera vez que no quería moverse por miedo a romper algo bueno.       —Estás despierta —murmuró él, con voz baja y algo ronca.       —Sí —respondió, girándose lentamente para quedar frente a él.       Edward la miraba como si todavía no pudiera creer del todo que era real. No tenía el gesto serio ni la expresión contenida. Solo unos ojos abiertos y honestos. Marlene le rozó la mejilla con el dorso de la mano.       —¿Estás bien? —preguntó ella.       —Estoy bien. Estoy… tranquilo. Contigo —dijo él—. Anoche fue…       —Importante —terminó ella por él.       Él asintió. No hizo falta decir más. Durante unos minutos, se quedaron así, solo mirándose. La intimidad no había cambiado lo que eran; la había profundizado.       —¿Y ahora qué? —preguntó Marlene, suave, sin presión.       Edward sonrió, despacio, acariciando con la yema de los dedos un mechón de su cabello.       —Ahora… ahora desayunamos. Vamos al mercado mágico que querías ver. Caminamos. Nos reímos. Y cuando llegue el último día, mañana, te acompaño al traslador con cara de que no quiero que te vayas.       —¿Y después?       —Después, no lo sé. Pero quiero escribirte. Y verte cuando podamos. No quiero que esto se quede aquí.       Marlene lo miró, sincera.       —Yo tampoco.       Se acercó para besarlo. Cuando se separaron, Edward se incorporó.       —Voy a preparar café —anunció, estirándose mientras recogía su camisa del suelo.       —Bien, porque si me das cinco minutos más en esta cama, no me levanto en todo el día —bromeó Marlene, con esa media sonrisa traviesa que él ya empezaba a conocer bien.       —Tentador —dijo él, desde la puerta—, pero si no te levantas, no vamos al mercado. Y tú prometiste enseñarme a regatear como buena Gryffindor.       —Touché —respondió ella, echando a reír.       Y así comenzó el penúltimo día. Con ternura, ligereza y la certeza de que, aunque el viaje terminara pronto, algo de ellos dos había cruzado ya la frontera del verano para quedarse.       La ciudad mágica que se alzaba entre los acantilados del norte vibraba con una energía distinta aquel día. Marlene y Edward caminaban por un sendero empedrado, rodeado de puestos llenos de libros flotantes, dulces que cambiaban de forma y pociones con etiquetas que chispeaban.       —¿Sabes? —dijo, sin aviso—. Creo que me gustas más cuando no estás intentando disimular lo valiente que eres.       Marlene alzó una ceja, divertida.       —¿Intento disimularlo?       —A veces —dijo él, dando un paso hacia ella—. Pero yo te veo igual.       Marlene rió, esa risa suya que desarmaba cualquier seriedad. Pero esta vez, no hizo ningún comentario ingenioso. Solo lo tomó de la mano, y caminaron juntos.       A la mañana siguiente, en el claro donde se activaría el traslador —una brújula encantada clavada en un tocón de árbol—, el aire olía a tierra húmeda y a ramas recién agitadas. Marlene y Edward caminaban en silencio. Ella llevaba su maleta pequeña levitando a su lado. Él tenía las manos en los bolsillos del abrigo, el cabello alborotado por la brisa matutina. A su alrededor, el bosque parecía estar igual de callado que ellos. Se detuvieron a pocos pasos del traslador.       —¿Cuánto falta? —preguntó Edward, mirando la brújula que comenzaba a brillar con un leve resplandor ámbar.       —Tres minutos —respondió Marlene, sin mirar el reloj.       Edward la miró. Le iba a decir algo, pero en lugar de hablar, simplemente la abrazó. Fue un gesto envolvente, protector, pero no posesivo. Marlene cerró los ojos y apoyó la frente contra su cuello.       —Gracias por invitarme —susurró.       —Gracias por venir —dijo él—. Gracias por hacerme reír. Por… todo.       Ella lo miró entonces. El rostro de Edward tenía ese algo nuevo que sólo había aparecido en los últimos días: una quietud más suave, menos escudo.       —¿Me vas a escribir? —preguntó ella, ladeando la cabeza con una sonrisa cansada.       —Sí —respondió sin dudar—. Y cuando pueda… iré a verte. No quiero que esto se quede en Dinamarca.       Marlene alzó una ceja, divertida.       —¿Te das cuenta de que suenas peligrosamente romántico?       —Me estoy arriesgando. Contigo vale la pena.       Ella lo besó. Fue un beso corto, pero lleno de intención. Una forma de decir “no me olvides” sin necesidad de pedirlo. La brújula vibró una vez. Marlene lo sintió en los pies.       —Es hora —dijo, sin querer decirlo.       Edward le tomó la mano, y sin besarla esta vez, solo entrelazó los dedos por última vez.       —Cuídate, McKinnon.       —Tú también, Bellerose.       Y entonces dio un paso. Tocó el traslador. Un destello dorado la envolvió y desapareció. Edward se quedó solo en el claro, con las manos aún templadas. No dijo nada. Pero al volver la mirada hacia el bosque, sonrió.              El verano iba avanzando, el sol de la tarde iluminaba suavemente el jardín delantero de la casa de los Cohen, una encantadora vivienda ubicada en las afueras de Ottery St. Catchpole. Alice, Kate y Lily se acercaron por el sendero de piedra. Al llegar a la puerta, Alice tocó suavemente el timbre. La puerta se abrió casi de inmediato, revelando a la madre de Calliope, una mujer de semblante amable pero con ojos que denotaban preocupación.       —¡Alice, Lily, Kate! Qué alegría verlas —exclamó, abriendo la puerta por completo—. Pasen, por favor. Calliope estará encantada.       Las tres jóvenes entraron en la casa, siendo conducidas por la señora Cohen hasta la sala de estar, donde Calliope descansaba en un sofá, envuelta en una manta fina y con un libro en las manos. Al verlas, una sonrisa iluminó su rostro.       —¡Qué alegría! —exclamó con entusiasmo, dejando el libro a un lado—. ¡Qué bien que habéis venido de nuevo!       Alice se acercó rápidamente y la abrazó con cuidado.       —¿Cómo te sientes, Callie? —preguntó con ternura.       —Mejor, gracias. Aunque mamá insiste en que descanse todo el tiempo —respondió con una sonrisa traviesa.       Kate y Lily se sentaron cerca de ella, colocando la cesta sobre la mesa de centro.       —Te trajimos algunos dulces y libros —dijo Lily—. Pensamos que podrían alegrarte el día.       —¡Gracias! —respondió Calliope, tomando uno de los libros con entusiasmo—.       Después de unos momentos de conversación ligera, Calliope adoptó una expresión más seria.       —Mamá no quiere que regrese a Hogwarts el próximo curso. Dice que después de lo que pasó, es mejor que me quede en casa.       Las tres amigas intercambiaron miradas preocupadas. Kate fue la primera en hablar.       —¿Y tú qué piensas al respecto?       Calliope suspiró.       —La verdad, me da igual. Después de lo que vivimos, todo parece... diferente. Pero también extraño Hogwarts, las clases, mis amigas. No sé qué hacer.       Alice tomó la mano de su prima con cariño.       —Estamos aquí para apoyarte en lo que decidas.       Lily asintió.       —Y si decides regresar, estaremos contigo.       —Yo… —dijo Calliope, bajando la voz—, he estado pensando en aquella noche en Hogsmeade.       Kate la miró, su sonrisa desvaneciéndose. Habían visitado a Calliope varias veces a lo largo del verano, pero nunca habían hablado de lo sucedido.       —Fue todo muy confuso       Calliope miró a las tres chicas directamente.       —Cuando salí de la casa y vi a ese Mortífago, supe que debía volver por ti. No me arrepiento de haberlo hecho, aunque casi no lo cuento.       Kate tomó la mano de Calliope con fuerza.       Alice y Lily observaban en silencio, pero fue Kate quien habló al fin, con la voz más baja de lo habitual.       —Cuando te vi caer… —tragó saliva— pensé que te morías.       La habitación quedó en un silencio más denso que cualquiera de los anteriores. Calliope sostuvo su mirada, sin apartarse.       —Kate…       —No, déjame decirlo —pidió ella, apretando suavemente sus dedos—. He pasado miedo otras veces. Pero aquella noche… fue distinto. Sentí que si te perdía… sería por mi culpa. Porque volviste por mí.       Calliope negó despacio.       —Volví porque eras tú. No porque fuera tu culpa. Y no me arrepiento.       —Pero yo sí tuve miedo —continuó Kate, la voz temblándole apenas       Alice se acercó un poco más, apoyando una mano en el respaldo del sofá.       —Todas tuvimos miedo —admitió en voz suave       Lily asintió.       —El miedo no nos hace débiles. Nos recuerda lo que importa.       Las cuatro se miraron, y por un instante el recuerdo dejó de ser una herida abierta para convertirse en algo compartido. Dolor, sí. Pero también la certeza de que seguían allí.       Kate respiró más despacio. Alice, incapaz de contenerse más, alzó la cesta.       —Creo que es momento de abrir los dulces antes de que Lily decida clasificarlos por orden alfabético.       —No sería mala idea —replicó Lily con dignidad fingida.       Las risas empezaron tímidas, pero pronto llenaron la sala. Calliope protestó cuando Alice intentó arroparla de nuevo con la manta como si fuera de porcelana. Kate terminó sentada en el suelo, apoyada contra el sofá, mientras Lily leía en voz alta fragmentos exageradamente dramáticos de uno de los libros que habían traído. Incluso la señora Cohen, desde la cocina, sonrió al oír el bullicio.       Hablaron de cosas pequeñas. De clases, de cotilleos de Hogwarts, de quién se había caído en el lago intentando impresionar a alguien. Durante un rato, Hogsmeade, Mortífagos y maldiciones quedaron muy lejos.       Cuando el sol empezó a inclinarse y la luz dorada entró oblicua por las ventanas, tiñendo la habitación de tonos cálidos, las chicas supieron que era hora de irse. Alice abrazó a su prima con cuidado.       —Volveremos pronto.       —Lo sé —respondió Calliope con una sonrisa más viva que al principio de la tarde.       Lily acomodó la manta con delicadeza.       —Y la próxima vez traeremos algo todavía más dulce.       Salieron de la casa. El aire de la tarde estaba templado, y el cielo comenzaba a teñirse de naranja y rosa sobre los campos de Ottery St. Catchpole. Mientras caminaban por el sendero de piedra, por primera vez desde aquella noche en Hogsmeade, el recuerdo no dolía tanto.              Unos días después, James y Lily quedaron para asistir a la feria de libros mágicos que se celebraba en una de las plazas encantadas del centro de Londres. Era una de esas pequeñas maravillas escondidas a plena vista: una docena de puestos que parecían librerías ambulantes, con libros que se abrían solos, soltaban chispas al ser hojeados, o intentaban leerle ellos mismos al lector. Lily caminaba junto a James entre los puestos, maravillada, aunque ya los conociera.       —¿Recuerdas cuando uno de estos libros intentó comerse la túnica de Peter? —comentó James, sonriendo de lado.       —¿Cómo olvidarlo? Nunca vi a McGonagall reír tanto —respondió Lily, soltando una carcajada.       No había contacto entre ellos, más allá de un ocasional roce accidental de hombros o codos, pero se notaba la complicidad. Hablaban sin cesar: comentaban títulos, se hacían bromas, discutían qué hechiceros eran sobrevalorados y cuáles injustamente olvidados. James escuchaba a Lily con sincero interés, fascinado por lo mucho que sabía y lo apasionada que era con cada tema. Lily, por su parte, se reía con él de forma genuina, disfrutando de su compañía más de lo que se atrevía a admitir.       Tras un par de horas y algunas compras (James insistió en regalarle una edición rara de El arte de los encantamientos sin varita), decidieron regresar. Tomaron un autobús muggle hasta Cokeworth.       Al llegar, el bus los dejó en el cruce entre el inicio de Spinner Street y el final de Weaver Street, la calle donde vivían los Evans. Normalmente, cuando Lily caminaba hacia su casa, millones de recuerdos relacionados con Severus la asaltaban: juegos infantiles, conversaciones bajo la lluvia, promesas rotas. Solía sentirse un poco nostálgica, atrapada entre lo que fue y lo que ya no sería. Pero esa tarde no. Esa tarde caminaba junto a James. Y James tenía un cierto poder sobre ella, uno que la hacía sentir alegre, ligera, incluso confiada.       Se dio cuenta de ello a mitad del trayecto. Sin pensarlo demasiado, guiada por una necesidad instintiva de cercanía, le tomó la mano. James, que iba comentando algo sobre su madre y las plantas carnívoras que cultivaba, se detuvo de golpe. Sintió el calor de la mano de Lily entre la suya y se giró para mirarla. Ella le sonrió, cálida y segura. Y en ese momento, él fue feliz.       Al llegar al portal, James miró la casa con curiosidad. Era una vivienda sencilla, con un pequeño jardín bien cuidado y cortinas de flores claras tras las ventanas. Tenía ese aire acogedor que muchas casas muggles compartían.       —Lily Evans… ¿Quién nos iba a decir que un día conocería tu casa? —bromeó James con tono juguetón.       —Quizá te apetece beber algo antes de volver a casa… —dijo ella de pronto, sin saber del todo de dónde venían sus palabras       Él la miró, sorprendido y algo sonrojado.       —¿Estás segura…? Vamos, claro que quiero… pero solo si de verdad quieres.       Lily rió y, sin decir nada más, tiró suavemente de su mano, invitándolo a entrar.       —Por cierto —añadió mientras abría la puerta—, ¿cómo piensas volver?       James sacó del bolsillo una pequeña bolsita de cuero.       —¿Me prestas tu chimenea?       La casa de los Evans era luminosa, acogedora y decorada con gusto sencillo. James la siguió hacia lo que intuyó era el salón. Mientras caminaba, se fijó en las paredes: fotografías enmarcadas de una Lily pequeña, con más pecas que ahora; una Lily mayor junto a una niña rubia, claramente su hermana; ambas con unos adultos que debían de ser sus padres.       —Hola, Tuney, ya estoy en casa. Traigo un amigo —anunció Lily.       Una joven rubia, uno o dos años mayor, respondió sin mirarla:       —Claro, Lily, uno de los miles de amigos imaginarios de ese colegio raro… los que nunca traes a casa porque no existen.       Pero cuando se giró y vio a James, se quedó completamente muda. No solo era real… era guapo. Muy guapo.       —Oh… lo siento. Pensaba que era una broma —balbuceó Petunia, visiblemente avergonzada.       James, tentado de responder con algo sarcástico, se contuvo al ver la mirada de Lily. Intuyó que ella intentaba reconstruir algo con su hermana, algo frágil, algo importante.       —Debes de ser la hermana de Lily, ¿no? —dijo con una sonrisa amable—. Siempre nos habla de ti. Nadie creía que alguien pudiera tener los ojos más bonitos que ella… pero creo que estaban equivocados.       Petunia se sonrojó levemente, complacida.       —Gracias… justo me iba —dijo, poniéndose de pie—. Siento no poder quedarme.       —Oh, Tuney, quédate un rato —rogó Lily.       Petunia dudó. Su tono al contestar fue más cercano que el habitual.       —Lo siento de verdad, Lily… he quedado con Vernon. Pero me alegra conocer a uno de tus amigos. Y me alegra saber que me conocen.       Lo último lo dijo en voz baja, casi mirando al suelo. Luego salió del salón rápidamente.       Lily suspiró y guió a James hacia el sofá. Trajo dos vasos de agua y se sentaron.       —¿Tu hermana siempre fue así…? ¿O…?       —Celos —respondió Lily tras un suspiro—. Antes nos llevábamos muy bien, hasta mis once. Gracias por lo que dijiste antes… Hace tiempo que no me miraba así, como… con cariño.       James la observó en silencio, comprendiendo por primera vez lo que implicaba ser hija de muggles en un mundo de magia. Para él, recibir la carta de Hogwarts había sido esperado, casi una formalidad. Para Lily, había significado un quiebre.       —¿Te sorprendió mucho todo lo de la magia?       —No tanto. Siempre supe que había algo dentro de mí… diferente. Aunque debo admitir que el mundo mágico sí que me sorprendió. Es fascinante.       Pasaron un rato más hablando, hasta que se hizo tarde. James miró el reloj y suspiró.       —Creo que debo volver.       Ambos se acercaron a la chimenea. James sostenía su bolsita con polvos flu, pero antes de lanzarse, dijo:       —Lily, creo que deberíamos venir a visitarte alguna vez. Que esté tu hermana. Podrían venir Kate, Alice, Frank, Remus, Pippa, Peter… Sirius.       Al oír el último nombre, Lily frunció los labios en una mueca pensativa. James rió.       —Prometo pedirle que sea encantador con tu hermana. Quién sabe, a lo mejor le ayuda conocer tu mundo.       —Lo pensaré.       A James le sorprendió gratamente esa afirmación. Significaba que quería seguir viéndolo. Que había un después.       —Gracias por el día. Disfruté mucho. Nos vemos otro día —dijo Lily, sonriendo.       James no pudo evitar acercarse y abrazarla. Ella lo rodeó con los brazos sin dudar. Luego, con una última sonrisa, él lanzó los polvos al fuego y pronunció:       —Casa de los Potter.       Y desapareció entre las llamas verdes.       Lily se quedó un rato más mirando la chimenea, en silencio. No cabía duda: ese chico con gafas estaba conquistando su corazón. Había sido un día tan normal… y a la vez tan especial. Era tan fácil acostumbrarse a su compañía.       —Lily…       Se giró. Petunia estaba en la entrada del salón.       —¡Tuney! ¡Has vuelto!       —Sí… le dije a Vernon que volvía un poco antes. Papá y mamá tardarán en llegar. ¿Te apetece que calentemos la pizza de anoche y me cuentas sobre este amigo tuyo? Bueno… solo si quieres.       Lily sonrió con ternura. Sabía que su relación con Petunia no volvería a ser la misma. Sabía que bastaría un destello de magia para volver a levantar muros.Y así, comiendo pizza recalentada en el salón de su casa, Lily le confesó por primera vez a su hermana que le gustaba James Potter.       —Creo que te mira de forma especial —dijo Petunia—. Así que no lo dejes marchar.       Y por un instante, todo pareció posible.              En la Mansión Bellerose, Beth estaba tumbada boca abajo en la enorme cama de su habitación, la varita girando perezosamente entre sus dedos. Se sentó de golpe, con el cabello cayendo en cascada sobre los hombros. Miró el escritorio. Dudó solo unos segundos antes de tomar una pluma.              “Hola, Regulus. Sé que te encantan los veranos largos y silenciosos, así que imagina cómo estoy yo aquí sin mis hermanos. Aún así, ¿te apetecería salir un rato? Tal vez dar un paseo, ir a esa librería oculta que descubriste el verano pasado, o simplemente huir del calor en alguna calle de Londres donde no nos reconozcan. Escríbeme. O mejor, aparece. Tu amiga aburrida, Beth.”              Dobló la carta con cuidado, la selló con cera azul y la entregó a su lechuza con una orden clara: vuelo rápido. Después, se tumbó otra vez en la cama con los pies balanceándose en el aire. No pensó demasiado en por qué se la había escrito a él. Solo sabía que no quería estar sola. Y que, de todos, él era el único que entendía lo que era vivir bajo expectativas demasiado altas.       Unas horas después, cerca del crepúsculo, la lechuza regresó más rápido de lo que esperaba. En su pata, una nota doblada con una caligrafía perfecta:              “Beth, Tú, una Bellerose, confesando aburrimiento. El mundo se cae. Paso por ti a las siete. Ponte algo que no diga ‘hermana de una fugitiva’. R.”              Beth no pudo evitar reír. Lo conocía lo suficiente para saber que lo de “hermana de una fugitiva” era su forma de bromear… pero también sabía que esas bromas, con él, siempre escondían algo más.       Beth estaba frente al espejo, ajustándose la pulsera de cuero trenzado que había robado —"tomado prestado"— de la colección de Kate el verano pasado. Cuando el reloj marcó las siete, una de las elfas domésticas apareció en la puerta con una leve inclinación.       —El joven señor Black ha llegado, señorita Beth.       —Gracias, Ellin —respondió ella, tomando su bolso pequeño y saliendo con un cosquilleo inesperado en el estómago.       Regulus estaba allí, impecable como siempre, pero más relajado que en el colegio. Cuando la vio bajar por las escaleras, la observó durante medio segundo más de lo necesario. Después arqueó una ceja.       —¿Y esa es tu idea de "algo que no diga hermana de una fugitiva"?       Beth se llevó una mano al corazón, fingiendo estar ofendida.       —¿Insinúas que no tengo estilo?       —Insinuo que tienes demasiado estilo para esconderte de la prensa mágica —replicó con una sonrisa mínima.       —Vaya, Black, ¿eso fue un halago?       —Fue una observación con intención —contestó él, dándole el brazo con naturalidad—. ¿Vamos?       —¿Destino?       —No te lo voy a decir. Quiero que te aburras lo menos posible. Y no puedes aburrirte si no sabes a dónde vas.       —Una lógica aplastante —dijo Beth—. Me pregunto por qué no haces más amigos con ese encanto.       Regulus soltó una risa leve, casi inaudible.       —Los que me aguantan, ya los tengo. Tú incluida. Aunque últimamente no sé si sigues en esa lista.       —¿Y por qué no estaría?        —Confía en mí, Bellerose. Lo tengo planeado— dijo sin contestar su pregunta.       Ella lo miró con suspicacia, pero cuando él entró al fuego verde sin dudar, murmurando la dirección “Callejón del Mirto, local 8B”, Beth lo siguió con un suspiro resignado y la misma chispa en los ojos que tenía cuando aceptaba una travesura de su hermana mayor.              Era una de esas terrazas discretas que no aparecían en los mapas mágicos más comunes. Una verja de hierro forjado, un pequeño cartel colgando de lado que decía “Silencium”, y escaleras en espiral que llevaban a un espacio encantado sobre los tejados. Desde allí, se veía parte del río y las cúpulas encantadas del viejo Londres mágico, suavemente iluminadas por las farolas flotantes.       —¿Crees que este sitio es lo bastante “respetable” para mí, Black? —preguntó con una sonrisa pícara mientras se dejaba caer en una de las sillas de hierro.       Regulus hizo un gesto de asentimiento.       —El lugar es tranquilo. Y lo suficientemente oculto —respondió, con su tono calmo, como si hubiera ensayado cada palabra antes de pronunciarla—. Supuse que no querrías estar rodeada de conocidos.       —Visto lo visto, acertaste —dijo ella, mirando el cielo que comenzaba a teñirse de violeta—. Últimamente todos me preguntan por Kate… como si supiera más de lo que sé. O como si fuera mi culpa que se haya “ido” y quisieran explicaciones.       Regulus se acomodó de nuevo en su asiento, cruzando los brazos con elegancia contenida.       —Tu familia está jugando una partida difícil. Hay cosas que no se pueden decir... aunque todos finjan lo contrario.       Beth lo miró de reojo.       —No sé si hablas como tú... o como alguien que ya ha tenido que callar más de lo que quisiera.       Él no respondió de inmediato. Sus dedos jugaron un instante con el borde de la taza de café humeante frente a él que acababan de traer.       —Ambas cosas, quizá.       Beth apoyó el mentón en la mano, mirándolo con atención.       —No se te da mal esto de hablar sin decir demasiado.       —Y a ti se te da bien decir mucho sin parecer que estás diciendo nada —contestó él, con una leve sonrisa que apenas curvó los labios.       Ella rió suavemente.       —Supongo que por eso nos soportamos desde que teníamos qué... ¿ocho?       —Siete —corrigió él—. En la fiesta del solsticio. Te escapaste para meterle ranas en el sombrero a un embajador.       —¡Era horrible! Se lo merecía —Beth se defendió, entre risas—. Tú me seguiste solo para asegurarte de que no lo matara de un susto.       —O para evitar un incidente diplomático.       —Lo que tú digas, caballero Black —dijo ella con teatralidad—. Aunque te reíste. Mucho.       Regulus bajó la mirada, la sonrisa apenas presente.       —A veces me pregunto cómo lo hiciste. Cómo lograste que me riera.       Beth se quedó en silencio un momento, y luego habló con ligereza, pero sin burla.       —No fue tan difícil. Solo había que recordarte que eras un chico, no una estatua.       Hubo una pausa cómoda. Un silencio donde el sonido del viento sobre las baldosas se mezclaba con la música lejana de alguna flauta callejera encantada.       —¿Vas a ir al baile de los Rosier? —preguntó él, retomando el hilo.       —Claro. No me pierdo un evento con máscaras, secretos y posibles dramas familiares. ¿Tú?       —Estoy considerando no ir —dijo él, con serenidad.       Beth giró hacia él, exagerando la sorpresa.       —¿Cómo que no? ¡Es la excusa perfecta para que nadie sepa que estás ahí! Puedes bailar con quien quieras, decir lo que quieras…       —Precisamente por eso.       Beth se mordió el labio inferior, divertida, y dijo con suavidad:       — Te haces distante… pero sabes perfectamente cómo jugar.       Regulus sostuvo su mirada, y por un momento no fue ni el hermano de Sirius, ni el heredero impecable de su familia. Solo un chico, sentado frente a una chica que lo conocía demasiado.       —¿Y tú? —preguntó—. ¿Bailarás con alguien?       —Solo si no sé quién es —respondió ella, entrecerrando los ojos con humor—. O si creo saberlo… y quiero comprobar si tengo razón.       Él no respondió, pero esta vez sí sonrió. El cielo comenzaba a teñirse de violeta, y la brisa fresca bajaba entre las copas de los árboles que rodeaban los altos muros. Desde los bancos de hierro forjado del mirador, Beth y Regulus veían la ciudad extenderse en la distancia, como si estuviera soñando despierta bajo las primeras estrellas.       —¿Sabes qué es lo peor de este verano? —dijo Beth, ladeando la cabeza hacia él—. Me estoy oxidando. Necesito hacer algo peligroso.       Regulus alzó una ceja, serio pero curioso.       —¿Tienes una lista de posibles crímenes adolescentes?       —No, eso sería de muggles aburridos. Pero tengo algo mejor —respondió ella, incorporándose de golpe—. Ven.       —¿Qué estás tramando?       —Nada grave —dijo mientras lo tironeaba de la manga con una sonrisa—. Bueno, tal vez un poco.       Le costó convencerlo, pero al final él la siguió por el sendero estrecho que bordeaba los jardines hasta un rincón semioculto tras una hiedra encantada. Detrás, se escondía el pequeño tejado plano de un cobertizo alto, con una escalera de hierro oxidado apenas visible.       —Beth…       —No pienses tanto, Regulus. No vamos a escalar Gringotts. Solo quiero ver desde ahí arriba.       —¿Y si nos caemos?       —¿Con tu equilibrio y el mío? —replicó ella mientras empezaba a subir con agilidad—. Por favor. Además, si caemos, tengo permiso para decir que fue tu idea.       Regulus resopló, pero acabó siguiéndola. Cuando llegaron arriba, ella se acomodó de espaldas en el tejado caliente por el sol de todo el día y suspiró con fuerza.       —Esto sí. Mucho mejor.       Regulus se sentó más recto, observándola de reojo.       —Tú deberías hacer esto más seguido —dijo ella de repente.       —¿Subirme a tejados ilegalmente?       —No. Dejarte llevar. Salirte del guión un rato.       Regulus esbozó una sonrisa leve, casi avergonzada.       —No estoy tan mal.       —No, pero tampoco estás tan bien como podrías estar —bromeó ella, girándose hacia él—. Mira, Reg. Apuesto a que no eres capaz de gritar algo al cielo ahora mismo.       —¿Gritar…? ¿Por qué haría eso?       —Para liberarte, para hacer algo sin pensar tanto. Algo… estúpido. Algo no propio de un Black. ¿Quieres que empiece yo?       Antes de que él pudiera detenerla, Beth se llevó las manos a la boca y gritó, sin importar la discreción:       —¡ESTOY ABURRIDA Y LOS FORMALISMOS ME DESESPERAN!       Regulus la miró, escandalizado al principio… y luego soltó una risa ahogada, de esas que casi nunca se permitía.       —Estás loca.       —Y tú lo estás disfrutando —replicó ella, sin apartar la vista del cielo.       Regulus la observó un segundo más, luego respiró hondo… y gritó:       —¡NO ME GUSTAN LOS BAILES, PERO VOY A IR IGUAL!       Beth se incorporó, sorprendida, y luego aplaudió.       —¡Eso fue magnífico!       Ambos estaban riendo ahora, una risa limpia, de esa que aligera el pecho.       Ya más tranquilos, bajaron cuidadosamente del tejado cuando el reloj del jardín comenzó a marcar la hora. Frente a la chimenea del salón exterior, donde podían usar polvo flu autorizado, se detuvieron uno frente al otro. Beth le sonrió con un guiño.       —Nos vemos en la fiesta, Regulus Black. Si me reconoces bajo la máscara, claro.       Él sostuvo su mirada, más tranquilo, más suelto.       —Creo que podría hacerlo. Incluso con gritos de fondo.       Ella rió una vez más, y en un giro ágil desapareció entre las llamas verdes. Regulus se quedó unos segundos allí, mirando el sitio que ella había dejado vacío, antes de hacer lo mismo. Y aunque no lo admitiría ni bajo veritaserum, esa noche, al dormirse, sonrió sin saber muy bien por qué.
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