A contraluz. Entre cenizas y lavanda.

Het
NC-21
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4
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planificada Maxi, escritos 502 páginas, 257.751 palabras, 20 capítulos
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Capítulo 20: Termina el verano... pero antes...

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Capítulo 20: Termina el verano... pero antes...              Elizabeth Bellerose avanzaba entre los grupos conversando. Regulus estaba de pie cerca de una de las columnas, observando el salón con una expresión serena, casi distante. Sostenía una copa sin demasiado interés, sus pensamientos claramente estaban lejos de ahí. Beth se detuvo frente a él, con una sonrisa suave.       —No pensé que vendrías —dijo, mirándolo a los ojos.       —Y sin embargo, aquí estoy —respondió Regulus, ladeando apenas la cabeza—. Mi madre no considera estas cosas opcionales.       Beth soltó una pequeña risa, elegante y baja.       —Me imaginaba algo así. Pero… me alegra verte. Después de lo que ocurrió —bajó un poco la voz—, no estaba segura de cómo estabas.       Regulus desvió la mirada un segundo.       —Estoy... bien. Como puedes ver —dijo con cortesía casi automática.       Beth dio un paso más cerca.       —Regulus…       En ese instante, Walburga Black se acercó y observó a ambos con ojos calculadores.       —Elizabeth —dijo con voz afiladamente amable—, qué agradable sorpresa veros conversando. Realmente, hacéis una imagen encantadora. ¿No sería apropiado sellar esta estampa con un baile?       Beth respondió con una sonrisa en su rostro.       —Por supuesto, señora Black. Una sugerencia encantadora.       Entonces, sin perder la compostura, Beth extendió con delicadeza su mano hacia Regulus. Regulus dudó por medio segundo. Luego, con un gesto refinado, tomó su mano diciendo:       —¿Me concedes un baile?       Beth con una sonrisa elegante, que complació a Walburga, contestó pausadamente:       —Sería un honor.       Desde la distancia, Walburga observaba con satisfacción, su copa en alto, los labios curvados en una sonrisa casi triunfal.              El olor a pan tostado, café recién hecho y mermelada llenaba la cocina de los Potter. James, con el pelo aún más desordenado que de costumbre, vestía una camiseta vieja de Gryffindor y hojeaba distraídamente El Profeta. Frente a él, Remus removía su té con lentitud, pensativo.       —¿Y entonces? —preguntó James, dejando el periódico sobre la mesa—. ¿Qué hicisteis anoche mientras yo soportaba apellidos rimbombantes y risitas forzadas?       Remus lo miró por encima del borde de la taza, una chispa contenida en los ojos.       —Fuimos al círculo.       James alzó una ceja.       —¿El de las piedras antiguas que Sirius encontró en un mapa? ¿Ese que se supone que está maldito o encantado o algo por el estilo?       —Ese mismo.       —¿Y? ¿Qué pasó?       Remus dejó la taza sobre la mesa, cruzó los brazos, y tras una pausa, empezó a contar con calma, como si tratara de ordenar los recuerdos al hablar:       —Y luego…cuando la luz de luna iluminó el centro del círculo, ocurrió algo. Una luz… Y entonces apareció ella.       —¿Ella?       —Una figura flotando sobre el suelo, hecha como de luz. Brillante, hermosa, diría yo, pero no humana o no ahora. Sirius cayó hacia atrás, como hipnotizado, no nos afectó de la misma manera. Y ella lo miró directamente.       James dejó escapar un suspiro bajo.       —¿Quién era?       Remus negó con la cabeza.       —No lo sé. No habló, aunque creo que podría. Solo... lo miró. Parecía reconocerlo, pero luego... cambió. Una lágrima cayó de su rostro justo antes de desvanecerse, como si... se hubiese dado cuenta de algo. De que él no era quien creía ver. Y después, cuando la luz de la luna se movió, todo desapareció.       James guardó silencio, sus dedos tamborileando suavemente sobre la mesa.       —¿Y Sirius?       —No ha dicho una palabra desde entonces, volvimos aquí casi en silencio. Él se encerró en su habitación y se quedó dormido. No ha querido hablar de ella, ni del círculo, ni de nada.       James desvió la mirada hacia el techo, hacia donde sabía que estaba el cuarto de su amigo.       —Sea lo que sea, le afectó.       Remus asintió.       —Mucho más de lo que quiere admitir.       El sonido de unos pasos perezosos bajando la escalera interrumpió la conversación entre James y Remus. Sirius apareció en la cocina, con el pelo despeinado cayéndole sobre la cara y la camiseta arrugada de un pijama olvidado en algún fondo de armario. Tenía los ojos ojerosos. James fue el primero en hablar.       —El hijo pródigo despierta —dijo con tono ligero, aunque con los ojos clavados en su amigo—. ¿Quieres café, o prefieres seguir flotando entre espíritus antiguos?       Sirius no respondió enseguida. Caminó hasta la silla frente a ellos, se dejó caer con un suspiro y se pasó una mano por la cara. Luego, alzó la mirada, más seria de lo que James y Remus estaban acostumbrados a ver en él.       —No puedo quitármela de la cabeza —dijo en voz baja.       Remus y James intercambiaron una rápida mirada.       —¿La figura? —preguntó Remus.       Sirius asintió, pero luego negó. Era confuso incluso para él.       —No solo ella. Lo que sentí… no era mío. Era tristeza. Como si alguien que amó mucho… hubiera perdido todo. Me atravesó, como si... no me perteneciera, pero la conociera.       Se inclinó hacia adelante, los codos en la mesa, la voz más baja todavía:       —Y luego, soñé con Kate.       Remus dejó la taza a medio camino de la boca.       —¿Qué clase de sueño? —preguntó James       —Estaba intentando llegar hasta ella —susurró Sirius—. Caminaba por una niebla densa. La veía de espaldas, le gritaba, pero no se giraba. Y cuando por fin me acerqué… desapareció. Como si nunca hubiera estado ahí. Y justo antes de despertar, vi los ojos de la figura del círculo. Mirándome y tristes. No sé qué significa, pero… necesito verla. Necesito ver a Kate.       Se hizo un breve silencio. James lo miró fijamente.       —¿Ahora?       Sirius asintió con decisión.       —Ahora. No puedo explicar por qué, pero tengo que verla. Tengo que saber que está bien.       —Está con Lily. Se quedaron en su casa anoche. Podríamos pasar por allí. No sería raro que aparezcamos.       James sonrió con ironía.       —Claro, una visita casual. Tres magos adolescentes apareciendo a media mañana en un barrio muggle para ver a dos chicas. Nada sospechoso.       —No me importa —dijo Sirius, levantándose ya de la silla—. Vamos, no quiero perder más tiempo.       Remus también se levantó. James tardó un poco más, pero finalmente suspiró.       —De acuerdo, Black. Vamos a por tu Kate.       —No es mía —dijo Sirius, aunque el temblor en su voz traicionaba la verdad.       Los tres se arreglaron y salieron de la casa, dejando atrás la mesa sin recoger, las tazas a medio beber, y esa extraña sensación que permanecía suspendida en el aire: la de que, quizás sin entenderlo del todo, estaban en medio de algo más grande que ellos.       Unos minutos después, Sirius, Remus y James se acomodaban las camisas, como si eso pudiera ocultar lo poco que encajaban con la estética del vecindario. James se acercó al timbre con expresión calculadamente inocente.       —¿Recordamos cómo funciona esto? —preguntó Sirius en voz baja.       —Sí. No toques más de una vez, por favor —murmuró Remus.       James pulsó el botón. Un sonido agudo retumbó dentro de la casa. Segundos después, la puerta se abrió y apareció Petunia Evans, los miró, parpadeó varias veces y luego dijo:       —¿Sí?       Los tres sonrieron al unísono, la escena rozaba lo ridículo.       —Hola —saludó James, con su tono más educado—. ¿Está Lily en casa?       Petunia los observó como si acabaran de salir de un arbusto.       —¿Quién pregunta?       —Amigos del colegio —dijo Remus, tranquilo.       Ella se sorprendió porque realmente eran guapos.       —¿Del colegio?       —Hogwarts—dijo Sirius.       A Petunia le cambió el gesto al escuchar ese nombre, luego suspiró y girándose llamó con desgana.       —¡Lily! ¡Los raros del internado!       Desde dentro se oyó un leve “¡Petunia!” seguido de pasos veloces bajando la escalera. Lily apareció en la puerta, con una trenza despeinada cayéndole sobre el hombro y una expresión de sorpresa al verlos.       —¿Qué hacéis aquí?       James levantó una mano en saludo, algo torpe.       —Visita improvisada. Sirius te debe una explicación, pero primero... ¿molestamos?       Lily sonrió, aunque claramente intrigada.       —No, pasad. Podéis quedaros en el jardín, hace buen día, busco a Kate.       Los condujo hacia el pequeño pero cuidado patio trasero. Les sirvió limonada casera en vasos altos y les prometió volver en un minuto. James, Remus y Sirius se quedaron sentados bajo una sombrilla floreada. Sirius movía los dedos nerviosamente sobre el vaso.       —Respira, Black —dijo Remus en voz baja.       —Es solo Kate —añadió James, divertido       En cuanto Sirius vio a Kate cruzar el jardín, se levantó de golpe. Caminó hacia ella sin dudar, sin pensar, y la abrazó con fuerza, casi desesperado. La sostuvo como si al hacerlo pudiera calmar todo lo que se removía dentro de él.       James y Remus desviaron la mirada, algo incómodos. Lily les miró con cara de pregunto. Remus le lanzó una mirada que prometía explicaciones futuras. Kate, aún sorprendida, rodeó a Sirius con los brazos, algo más suave.       —Black… estoy aquí.       Él no respondió enseguida, pero su respiración se calmó un poco. James, desde su silla, murmuró:       —Definitivamente no era solo por la limonada.       Kate se apartó ligeramente, buscando los ojos de Sirius.       —¿Qué ha pasado?       Él la miró con esa intensidad sincera que pocas veces dejaba salir.       —Te lo cuento, pero primero… ¿puedo quedarme un rato contigo?       Ella asintió, sin soltar su mano.       —Claro que sí.       Y así, en un jardín les contaron lo sucedido pero omitieron el detalle más extraño, lo más difícil de explicar: la figura femenina de luz. A Lily y Kate les contaron solo lo del sueño, evitando deliberadamente el misterio del círculo. Pasaron el resto del día en casa de la pelirroja, entre conversaciones distraídas, limonada fresca y risas. Al atardecer, James y Remus se despidieron, dejando a Sirius y Kate en la puerta. Él se ofreció a acompañarla de vuelta a casa de Alice.       Se aparecieron cerca de la casa de Alice y caminaron por las calles. Sirius no se dio cuenta de que le apretaba la mano hasta que Kate rió con dulzura.       —Vas a dejarme sin circulación, Black.       Él se detuvo en seco. Se giró hacia ella. La miró con una mezcla de urgencia y alivio, como si acabara de recordar algo esencial. Sin decir nada, la empujó suavemente contra una tapia cubierta de hiedra y la besó con una intensidad que no dejaba espacio al pensamiento. No era solo deseo, era necesidad. Kate le sostuvo la nuca y respondió, sin preguntas.       El beso se deshizo con lentitud, pero Sirius no se apartó del todo; su frente descansó contra la de Kate por un largo instante. Ambos respiraban con fuerza, los corazones golpeando en silencio.       —Perdón —murmuró él—. No quería asustarte.       —No lo has hecho —respondió ella, suave, aún con una mano en su pecho—. Solo… no esperaba tanta intensidad.       —Ni yo —admitió, con una sonrisa débil       Kate lo miró con atención, sus ojos buscando algo en los de él.       —¿Estás bien, Sirius?       —Sí—contestó—. Solo necesitaba verte y tenerte cerca.       —Tienes que hablarlo, lo que sea que sea, no todo tiene que quedarse dentro.       Sirius bajó la mirada, luego asintió con lentitud. Caminaron el resto del trayecto sin demasiadas palabras. Al llegar a la casa de Alice, se detuvieron en el porche. Kate apoyó una mano en la barandilla y le dedicó una mirada que mezclaba afecto y cautela.       —¿Me escribirás si explotas por dentro?       —Solo si me prometes leerlo antes de que esté aquí nuevamente—bromeó él.       Ella sonrió, pero lo miró un poco más, como si intentara descifrar un acertijo.       —Buenas noches, Black.       —Buenas noches, Bellerose.       Kate entró y cerró la puerta con cuidado. Sirius se quedó unos segundos en el escalón, mirando la madera cerrada frente a él. Luego bajó la vista a sus propias manos y caminó lentamente hacia la calle.       "La quiero," pensó, sin adornos ni estruendo. "La quiero, y eso me asusta."       Dentro, apoyada en la puerta, Kate cerró los ojos. Sintió una punzada suave en el estómago. No tenía miedo, era algo más raro: inquietud. Había algo en Sirius esta noche que no terminaba de entender. Algo que parecía no querer quebrarse, pero estaba hecho de grietas.       La casa de los McDonald estaba impregnada de calidez. El sonido de una vieja canción de los Beatles sonaba en la radio. De repente, mientras Mary leía, un estruendo sacudió la casa. Las ventanas estallaron y una ráfaga de viento helado recorrió las habitaciones. Se levantó de un salto, varita en mano.       —¡Papá, mamá! —gritó, corriendo escaleras abajo hacia la cocina.       Antes de que pudiera llegar, figuras encapuchadas emergieron de la oscuridad, lanzando maldiciones sin piedad.       —¡Mortífagos! —exclamó Mary, colocándose entre ellos y su familia.       Sus padres, Kenneth y Denise, la miraron con terror. Sabían lo que ocurría en el mundo mágico, lo habían hablado mil veces. Sabían que los hijos de muggles eran despreciados… sabían que venían a por su hija.       —Mary, huye. ¡Por favor! —suplicó su madre, con miedo en los ojos.       —No puedo dejaros —protestó Mary, con la voz quebrada.       En ese momento, un grupo de miembros de la Orden del Fénix apareció en la casa, liderados por Ojoloco Moody, entre ellos estaba Fabian.       —¡Mary, ven conmigo! —gritó Fabian, extendiendo su mano hacia ella.       Sus padres intentaron distraer tirando cosas a los mortífagos, pero sabiendo que era absurdo.       —¡Mary, huye! —gritó Kenneth—. ¡Corre!       Mary dudó, pero al ver la determinación en los ojos de Fabian, corrió hacia él. Justo cuando estaba a punto de alcanzarlo, una maldición verde impactó en sus padres, que cayeron al suelo sin vida.       —¡No! —gritó Mary       Fabian la abrazó con fuerza, protegiéndola de las maldiciones que aún volaban por la casa. En ese momento, miembros del Ministerio de Magia llegaron al lugar, y los Mortífagos, al ver que estaban en desventaja, lanzaron la Marca Tenebrosa al cielo y desaparecieron en un destello.       Fabian permaneció abrazando a Mary, que sollozaba desconsoladamente.       —Lo siento mucho, Mary —susurró él       La casa, antes llena de vida, ahora estaba en silencio, marcada por la tragedia y el dolor. Edward Bellerose apareció en medio del caos, su rostro reflejando horror al ver los cuerpos sin vida de Kenneth y Denise McDonald en el suelo del salón. Entre los escombros, vio a Fabian Prewett sosteniendo a Mary, que sollozaba desconsoladamente.       —¡Fabian! —gritó Edward, corriendo hacia ellos—. ¡Sácala de aquí!       Fabian alzó la vista, sus ojos llenos de dolor y determinación.       —¿A dónde?       —A casa de Molly y Arthur —respondió Edward con firmeza—. Estará segura allí.       Fabian asintió, y con un último vistazo a la escena, desapareció junto a Mary en un destello. Mientras los aurores comenzaban a asegurar el área y a cubrir los cuerpos de los padres de Mary. Edward se apartó, su mente ya pensando en la siguiente acción. Sabía que Mary necesitaría el apoyo de sus amigos más cercanos. Sin perder tiempo, se dirigió a buscar a Marlene, consciente de que su amistad con Mary sería crucial en los momentos venideros.              Unos días después, el cielo gris parecía compartir el dolor de los presentes mientras una fina llovizna caía sobre el cementerio muggle de Edimburgo. Una multitud silenciosa se había reunido alrededor de dos ataúdes sencillos, cubiertos con flores blancas. Entre ellos estaban Kate, Lily, Marlene, Pippa, Alice, Sirius, Frank, James, Remus, los hermanos Fabian y Gideon Prewett, y Molly y Arthur Weasley. Todos vestían de negro, con rostros sombríos.       Mary se encontraba en el centro, inmóvil, con el rostro pálido y los ojos vacíos. Sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía una rosa blanca. Fabian estaba a su lado. Desde que murieron sus padres, no se había separado de ella.       Mientras el sacerdote pronunciaba las palabras finales, el sonido de la tierra cayendo sobre los ataúdes resonó como un eco doloroso en el corazón de Mary. Cada pala de tierra era un recordatorio de la pérdida irreparable que acababa de sufrir. En su mente, los recuerdos comenzaron a fluir como un torrente imparable.       Recordó el día en que, con apenas cinco años, fue adoptada por Kenneth y Denise McDonald. Había estado en un orfanato desde que tenía memoria, y la calidez de sus nuevos padres la envolvió desde el primer momento.       —Eres nuestra hija ahora, Mary —le dijo Denise, abrazándola con ternura—. Siempre te amaremos.       Kenneth la levantó en brazos y la hizo girar, provocando una risa genuina que no había sentido en años.       Recordó como a los once años, Mary recibió la carta de Hogwarts, la visita de Dumbledore para hablar con sus padres. Estaba tan emocionada y asustada a la vez.       —¿Y si no encajo? —preguntó con voz temblorosa.       Denise le acarició el cabello.       —Eres especial, Mary. Siempre lo has sido.       Kenneth asintió.       —Y siempre estaremos orgullosos de ti, sin importar dónde estés.       La lluvia se intensificó ligeramente, y Mary sintió cómo las gotas frías se mezclaban con las lágrimas que finalmente escapaban de sus ojos. Fabian, de pie entre la multitud, mientras observaba la figura de Mary, los recuerdos lo asaltaron con fuerza…Mulciber sobre Mary…desde ese día se prometió cuidarla, pero ahora era imposible ayudarla en el dolor que estaba sintiendo.       La voz del sacerdote lo sacó de sus pensamientos. Mary se arrodilló frente a las tumbas y colocó la rosa blanca sobre la tierra húmeda. Fabian sintió una punzada de culpa. Se acercó a Mary y le colocó una mano en el hombro.       —Estoy aquí para ti —susurró.       Mary asintió levemente, sin apartar la vista de las tumbas. Fabian prometió en silencio que, esta vez, no guardaría silencio. Marlene se acercó y la abrazó con fuerza, compartiendo su dolor.              Esa noche, en la habitación de Sirius en la casa de los Potter, la penumbra envolvía a Kate y Sirius mientras se acurrucaban en el suelo, compartiendo una manta que apenas mitigaba el frío que mantenía la casa al márgen del verano.       —No puedo dejar de pensar en Mary —susurró Kate—. En cómo la vida puede cambiar en un instante.       Sirius la miró, notando el brillo de las lágrimas contenidas en sus ojos.       —Lo sé —respondió con suavidad—. Es difícil comprender tanta pérdida.       Kate giró ligeramente la cabeza, encontrando los ojos de Sirius.       —Tengo miedo, Sirius. Miedo a perder a más personas que amo. Es verdad que no lo hemos tenido fácil, yo simulando un destierro y tu decidiendo alejarte de los Black… pero me da miedo… perderlo todo.       Él extendió su brazo, atrayéndola hacia sí.       —Estoy aquí contigo —dijo, envolviéndola en un abrazo cálido y protector.       Kate cerró los ojos por un instante, dejando que el calor del cuerpo de Sirius apaciguara el temblor de sus pensamientos. Su respiración se acompasó lentamente a la de él, como si, en ese abrazo, pudiera encerrar un poco de calma para sus heridas.       —A veces… —murmuró contra su pecho— me parece imposible volver a sentirme segura. Como si la guerra hubiera calado en mis huesos.       Sirius no respondió de inmediato. En lugar de eso, llevó una mano a su mejilla, rozándola con los dedos en una caricia suave que hablaba más que cualquier palabra. Kate alzó la vista, encontrando en sus ojos grises una ternura inesperada, profunda, desprovista del sarcasmo y la arrogancia con los que Sirius solía protegerse.       —No sé si alguna vez volveremos a sentirnos completamente a salvo —dijo al fin, con honestidad—. Pero sí sé que ahora mismo, aquí, contigo… es lo más cerca que he estado de sentir paz en mucho tiempo.       —¿Y si esto se rompe también? —preguntó ella, apenas un susurro.       —Entonces lo reconstruiremos —respondió él, sin dudar.       Kate lo besó. Fue un gesto tímido al principio, casi temeroso, pero cargado de una necesidad urgente de creer que aún podían encontrar belleza entre las ruinas. Sirius correspondió, con una delicadeza que sorprendía viniendo de alguien acostumbrado al caos.              Unas semanas antes de que terminara el verano, Pippa y Remus habían quedado para verse en Londres. Por eso, Remus estaba allí, apoyado en la esquina acordada, leyendo un libro con tranquilidad mientras esperaba.       —¡Remus! —una voz familiar rompió el silencio.       Él levantó la mirada con una sonrisa, pensando que era Pippa, pero se encontró de frente con Andrómeda Tonks, empujando un pequeño carrito donde una niña de rizos castaños jugaba con una rana de peluche.       —¡Andy! —exclamó, acercándose con alegría—. ¡Qué sorpresa! ¿Cómo estás?       —Cansada, feliz... y un poco invadida de mocos —rió ella, señalando con cariño a la pequeña—. Esta es Nymphadora. Tiene tres años y más energía que todos los Black juntos.       Remus se agachó para saludar a la niña, que lo miró con una mezcla de timidez y curiosidad.       —¿Esperas a alguien? —preguntó Andrómeda, acomodando el carrito.       —Sí —respondió él—, he quedado con Pippa. Debería estar por llegar.       En ese justo momento se escuchó un alegre grito:       —¡ANDY!       Una chica rubia, vestida de forma casual pero con estilo propio, corrió hacia Andrómeda y se lanzó a abrazarla con afecto.       —¡Pippa! ¡Qué alegría verte! —respondió Andrómeda con entusiasmo.       Remus sonrió ante la espontaneidad de Pippa y notó que, con el cabello recogido, sus ojos se veían aún más expresivos.       —Ven con nosotros a tomar algo —dijo Pippa enseguida—. ¡Vamos los tres! Bueno, los cuatro —añadió mirando a la pequeña Tonks.       —Íbamos a ir a ese bar de la esquina —intervino Remus, señalando un local acogedor con terraza.       Andrómeda dudó un segundo, pero luego asintió con una sonrisa.       —Ted está con sus padres esta tarde. Sí, me vendrá bien un rato tranquilo.       Así, se instalaron en la terraza, disfrutando de algo para beber bajo el cálido sol.       —¿Y cómo van las cosas en la casa de los Tonks? —preguntó Remus.       —Felices y caóticas —rió Andrómeda—. Ted es maravilloso. Nos casamos hace más de un año, aunque me sigue pareciendo que fue ayer. Nos mudamos a las afueras de Londres, a una casa con jardín. Dora ya quiere tener una escoba. Imagínate.       Pippa soltó una carcajada encantada.       —¿Sirius lo sabe? —preguntó Remus, curioso—. Nunca mencionó nada.       Andrómeda bajó la vista un segundo, antes de responder:       —No lo sé. Hace tiempo que no lo veo. Supongo que me da miedo pensar que quizá no querría saber nada… Supe que está con los Potter...       —Está bien —dijo Remus, sereno—. Más raro que nunca, pero bien.       Andrómeda asintió, mirando a su hija, que intentaba que su peluche pronunciara wingardium leviosa.       —Quizá ya es hora de escribirle. Me encantaría saber más… especialmente sobre cierta Bellerose. En el fondo, siempre lo supimos.       Remus disimuló una sonrisa.       —Tienes mucho que ponerte al día, Andy.       —Y no sabéis cuánto me apetece.       La tarde siguió tranquila, con risas y anécdotas, como si el mundo no estuviera a punto de cambiar.       Unos días después, Sirius apareció frente a una casa modesta en las afueras de Londres. El jardín tenía flores desordenadas y una bicicleta infantil volcada junto al sendero. Tocó el timbre con cierto nerviosismo, sin saber del todo qué esperar. La puerta se abrió y Andrómeda apareció con una sonrisa suave.       —¡Sirius! —dijo, dejando la puerta abierta—. Pasa.       Sirius entró en silencio. Olía a lavanda y café recién hecho. Antes de que pudiera decir nada, un torbellino de rizos castaños corrió hacia él.       —¡Mamá! ¡Hay un señor con cara de perro grande!       Andrómeda se rió con ganas.       —Nymphadora, cariño, este es tu primo Sirius. Saluda con educación.       La niña lo miró con los brazos cruzados, evaluándolo con una seriedad cómica.       —¿Sabes transformarte también?       —A veces, sí —respondió Sirius bajito con una sonrisa ladeada, agachándose a su altura—. Pero tú pareces bastante poderosa sin ayuda.       Ella pareció aceptar la respuesta y corrió de nuevo hacia su rincón lleno de juguetes mágicos y cuentos de criaturas. Andrómeda le ofreció un té, que Sirius aceptó sin protestar. Se sentaron en la pequeña cocina.       —Gracias por el aviso. Sé que no fuiste tú quien lo dijo en voz alta, pero sé que estuviste detrás.       Andrómeda bajó la mirada a su taza sabiendo que hablaba del secuestro.       —No hice nada directamente. Solo... le conté ciertas cosas a la persona correcta. Necesitaba transmitir el mensaje y Regulus era la mejor opción. Después, ya no fue decisión mía lo que hiciera con esa información. Menos mal que dijo algo.       —Le diste una oportunidad. A Kate. A todos ellos —dijo Sirius, en voz baja—. Si no hubiera sido por eso...       Andrómeda asintió.       —Ted y yo no estamos tan lejos, Sirius. Ayudamos como podemos. Siempre en la sombra. Ya sabes cómo va eso.       —Lo sé. Y lo aprecio.       Ella alzó la mirada y sostuvo la de su primo.       —Lo que pasó con Kate... fue horrible. Pero también fue una prueba, algunos de vosotros visteis lo que otros aún se niegan a mirar.       Sirius asintió en silencio. Nymphadora apareció corriendo con una capa diminuta hecha de una toalla, lanzando hechizos invisibles.       —Eres bienvenido aquí siempre —dijo Andrómeda—. Esta no es la casa Black... pero es hogar.       Sirius sonrió con un nudo en la garganta. Se levantó, besó la frente de su prima y acarició la cabeza de la pequeña Tonks, que protestó con una risa, luego se sentó de nuevo. Andrómeda lo observaba con la calma de quien sabe esperar a que el otro encuentre las palabras.       —¿Y Kate? —preguntó finalmente, con voz suave—. ¿Cómo está ella?       Sirius tardó en responder. Sus dedos jugaban con el borde de la taza, y su mirada estaba perdida en el vapor que se escapaba.       —Está... bien. Creo. —Se detuvo, luego dejó escapar una risa breve, sin humor—. O al menos lo parece. Siempre parece estar bien. Aunque sé que no lo está del todo.       Andrómeda ladeó la cabeza, con una expresión mezcla de cariño y advertencia.       —¿Y tú?       Sirius la miró entonces, y había algo en sus ojos oscuros, una vulnerabilidad que rara vez dejaba ver.       —Me está rompiendo un poco. Pero no porque haga nada malo. Es solo que... me importa tanto que a veces me cuesta respirar. —Hizo una pausa, como si le costara confesarlo—. Lo que siento es raro.       —¿Le has contado eso?       —No. Solo, a veces, necesito verla. Y cuando la veo... —Se rió de nuevo, esta vez con algo de calor en la voz—. Cuando la abrazo es como si el mundo se ordenara de nuevo durante un segundo. Pero después vuelve la duda. La sensación de que puedo perderla en cualquier momento. No por una pelea ni por algo estúpido, sino porque algo la arrastre lejos. Y entonces, quiero alejarme para no hacerle daño.       Andrómeda asintió lentamente, su expresión se volvió más seria.       —Sirius, el amor no viene sin miedo. Pero tampoco sin coraje. Kate no es alguien que se deje arrastrar y tú no eres alguien que deje de luchar.       Sirius no respondió de inmediato. Luego murmuró:       —No sé si estoy hecho para esto. No sé si aguantaré sin huir.       —Sí lo estás —dijo Andrómeda, con convicción—. Solo que nadie te enseñó cómo. Lo estás aprendiendo ahora y la estás eligiendo. Cada día. Eso basta por ahora.       Hubo un largo silencio entre ambos. Fuera, Nymphadora reía. Y esa risa, tan simple y libre, hizo que Sirius respirara un poco más tranquilo.       —¿Sabes lo que pensé mientras la miraba el otro día antes de besarla? —dijo, casi en un susurro—. Pensé: la quiero. No como una idea, ni como una emoción adolescente. Solo la quiero. Y no sé si eso basta, pero... lo siento en cada maldito hueso.       Andrómeda sonrió, dulce y triste a la vez.       —Entonces cuídala. Sin convertirla en un peso, sin pensar que debes protegerla de todo. Solo... acompáñala.       Sirius asintió. Y, por primera vez en días, sintió que podía sostenerse en algo firme. Algo tan antiguo como el amor y tan simple como una taza de té en una casa que no juzgaba. Cuando llegó la hora de despedirse, abrazó a su prima y le dijo:       —Algún día podríamos llevar a la pequeña Tonks fuera, si no os importa, estoy seguro que se llevará bien con Kate. Y así Ted y tú podéis descansar…       —¡Por favor! —dijo Andrómeda con una sonrisa sincera —¡Qué sea antes de que acabe el verano!       Después de eso, simplemente, Sirius con una sonrisa sencilla desapareció.       La luz de la mañana siguiente entraba por la ventana de la cocina en casa de los Potter, donde James, Sirius y Remus compartían un desayuno tranquilo. El aroma del café llenaba el ambiente, mientras cada uno se servía a su ritmo. Remus leía una carta que acaban de recibir.       —Peter sigue en Francia con sus padres. Nos manda recuerdos. —dijo con tranquilidad       —Pensaba que pasaría unos días por aquí… —comentó Sirius mientras bebía un sorbo de café        —Creo que sus padres tienen otros planes       De repente, algo sobre la mesa llamó la atención de James: un periódico. Lo tomó y empezó a leer en voz alta.       —Mierda... —exclamó—.       Sirius y Remus levantaron la vista.       —Magos desaparecidos y otros encontrados muertos —leyó James—. Lo atribuyen a los Mortífagos, y ponen una foto de su marca —les mostró la imagen en el periódico.       Remus quedó pensativo, apretando los labios.       —Debemos estar preparados —dijo al fin.       James lo miró, con una mezcla de preocupación y pregunta.       —¿Crees que lo que pasó con Mary en Hogsmeade y lo de sus padres tiene relación?       Remus asintió, con gravedad.       —Sí, y creo que es solo el principio. Este verano, estando en Hogwarts, escuché a Poppy hablando con el profesor Agnesses. Dicen que Voldemort está formando un ejército... y que su objetivo es la limpieza de sangre. Pero, en mi opinión, esto va mucho más allá de una simple pelea entre magos de sangre pura.       Sirius suspiró, resignado.       —Una guerra entre buenos y malos —murmuró.       James lo miró a los ojos con firmeza y una convicción profunda.       —Padfoot —dijo—, el mundo no se divide en buenos y malos. Todos tenemos luz y oscuridad dentro de nosotros. Lo que importa es cuál de esas partes elegimos potenciar.       Esas palabras calaron hondo en Sirius, tan intensamente que, años después, aún las recordaría como un faro en la tormenta.       En ese momento, la puerta del salón se abrió y Fleamont Potter entró con paso firme.       —James, necesito hablar contigo —dijo con voz seria—. ¿Me acompañas?       Sin esperar respuesta, James se levantó y siguió a su padre. Entraron en el despacho, donde Fleamont se sentó frente a su hijo.       —James, sé que has notado que últimamente el mundo mágico está en tensión —comenzó—. Vienen tiempos difíciles… y el futuro es incierto.       James asintió, intentando procesar las palabras.       —Todo estará bien —dijo, intentando convencer tanto a su padre como a sí mismo.       Fleamont esbozó una leve sonrisa, pero su mirada no se suavizó.       —Hijo, no podemos hacer afirmaciones que no sabemos si son ciertas. Lo que sí podemos hacer es luchar para que todo esté bien. Te encontrarás en situaciones donde tendrás que elegir entre hacer lo fácil y hacer lo correcto. No te precipites. Aprovecha este último año para aprender y no tengas miedo de la guerra.       James permaneció en silencio, pero en su interior sentía que su padre preparaba el terreno para algo aún más importante.       —James… la tensión entre las familias de magos va creciendo. Necesito que estés dispuesto a asumir ser la cabeza de los Potter en caso de que ocurra cualquier cosa.       James, con un gesto negacionista, replicó:       —Eso que estás pensando no va a ocurrir.       —No lo sabemos —respondió Fleamont—. La realidad es que tu madre y yo hemos estado hablando. Somos mayores y no solo la guerra podría acabar con nuestras vidas. Necesito saber, James, que eres consciente de ello.       El chico, con gafas, fue completamente sincero.       —No lo soy, padre, pero te doy mi palabra que lo procuraré. No te defraudaré.       Fleamont sonrió, apreciando la sinceridad y valentía de su hijo.       —Gracias, hijo.       James salió del despacho con un gesto serio. La sinceridad de Fleamont había dejado una mezcla de responsabilidad y miedo que le apretaba el pecho.       Cuando regresó a la cocina, Sirius y Remus le miraron, conscientes de que algo había cambiado.       —¿Todo bien? —preguntó Sirius, ladeando la cabeza.       James forzó una sonrisa.       —Sí… solo algunas cosas de familia —respondió—. Pero no es nada de lo que preocuparnos ahora.       Remus se acercó, intuyendo el contenido de la conversación de James con su padre, y, poniéndole una mano en el hombro, le dijo con una sonrisa.       —James, estamos juntos en esto.       James asintió, agradecido. La amistad que los unía era un refugio en medio de la tormenta que se avecinaba.       —Tenemos que prepararnos —murmuró Remus—. Esto va a ser más grande de lo que imaginamos.       Sirius, mirando por la ventana hacia el gris del cielo que amenazaba una tormenta de verano, añadió con decisión:       —No vamos a quedarnos de brazos cruzados. Vamos a luchar, cada uno a nuestra manera.       James los miró, sintiendo cómo crecía dentro de él esa chispa de fuego que su padre había despertado. Era hora de dejar atrás las dudas y enfrentar lo que viniera. Los tres amigos sellaron, sin palabras, un pacto silencioso: no dejarían que la oscuridad ganara.              Esa noche, Kate descansaba tranquila en la habitación que Alice le había dejado en su casa. El silencio era acogedor, solo interrumpido por el suave pasar de las páginas de su libro. Estaba acurrucada en una butaca junto a la lámpara encendida, su única compañía en una noche que prometía ser tranquila. Alice había salido con Frank para aprovechar los últimos días del verano, así que Kate se había resignado a una velada a solas.       De pronto, unos golpecitos discretos repicaron en el cristal de la ventana. Al correr las cortinas, una risa escapó sin remedio: flotando en el aire, sobre una escoba, Sirius le sonreía con descaro, el pelo revuelto por el viento y los ojos grises brillando.       Kate abrió la ventana con un susurro divertido:       —¿Estás loco? ¿Qué haces aquí? ¡Están los padres de Ali!       Sirius no contestó con palabras, sino con un beso inesperado y suave. Luego, con una sonrisa ladeada, le murmuró al oído mientras la rodeaba por la cintura:       —Vístete, quiero llevarte a un sitio.       —Sirius… —susurró, con una mezcla de ternura y advertencia.       —Confía en mí. Pero ponte guapa —repitió él, en voz baja, con una mirada que no admitía discusión.       Kate se vistió, dejó una nota rápida para Alice y, con el corazón latiéndole más rápido de lo que admitiría, subió con él a la escoba. El mundo se volvió viento, vértigo y risa contenida mientras se alejaban de las casas elegantes de la zona. Sobrevolaron Londres bajo un cielo estrellado, y luego lo dejaron atrás. De repente, Sirius descendió lentamente, maniobrando con destreza hasta que aterrizaron en un callejón poco iluminado.       —¿Dónde estamos? —preguntó Kate, mirando alrededor.       Sirius la tomó de la mano y, sin responder aún, la condujo fuera del callejón. Al girar la esquina, la escena cambió por completo: un puerto animado se desplegó ante ella, con barcos meciéndose en el muelle y una música alegre flotando en el aire. Las luces cálidas de faroles y guirnaldas iluminaban el paseo donde la gente reía, bebía y bailaba bajo el cielo nocturno.       —Bienvenida a Ramsgate —anunció Sirius, con una sonrisa orgullosa.       Los ojos de Kate se iluminaron. Él continuó:       —Hay un par de bares mágicos por aquí, pero la mayoría es muggle. Descubrimos este sitio el verano pasado con los chicos... pasamos algunas noches inolvidables.       Se tomaron de la mano y caminaron hacia un pequeño bar con fachada de ladrillo envejecido. Desde dentro llegaba música y risas. Kate dedujo que era un local muggle, aunque nadie parecía preocuparse por la diferencia. Apenas entraron, un hombre detrás de la barra levantó la mano en señal de saludo.       —¡Sirius! Pensábamos que este verano no te veríamos el pelo —exclamó con familiaridad.       —Imposible, Bert. Una vez que visitas Ramsgate, siempre vuelves —respondió Sirius con una risa.       —¿Dónde están James, Remus y Peter? ¿Os sirvo lo de siempre?       Sirius pasó un brazo por la cintura de Kate, acercándola a él.       —Hoy no vengo con los chicos, Bert. Te presento a Kate.       —Encantada —dijo con un leve rubor.       Bert la observó con ojos entre sorprendidos y divertidos.       —Así que esta es Kate.       Ella le miró confusa, mientras Sirius comenzaba a ponerse visiblemente incómodo.       —Sí, bueno… sí, es ella, pero no hace falta entrar en detalles       —Claro que hace falta —intervino Kate desafiante—. ¿Sería tan amable de decirme a qué se refiere?       Bert soltó una carcajada y dio una palmada sonora sobre la barra.       —¡Pues sí que tenías razón, chaval! Es decidida, como dijiste. Y de belleza te quedaste corto.       Kate se sonrojó, mientras Sirius cerraba los ojos con resignación.       —Bert, por favor… solo sírvenos algo —dijo, casi suplicando.       Bert, aún divertido, les preparó dos copas con rapidez.       —Verás, Kate —añadió mientras servía—. El verano pasado, Sirius pasaba por aquí bastante y, bueno… en más de una noche, hablaba de ti. Dependiendo de cuánto habían bebido, tu belleza variaba entre ‘celestial’ y ‘totalmente irreal’.       Sirius tomó las copas y, sin decir más, guió a Kate hacia la terraza. Fuera, la brisa marina les acariciaba la piel y las luces del puerto parpadeaban sobre el agua.       —¿Así que hablabas de mí con esa intensidad? —preguntó Kate con una sonrisa traviesa.       Sirius, sin atreverse a mirarla aún, respondió con sinceridad:       —Desde que viniste a verme a casa de los Potter el verano pasado. Desde ese día, todo cambió un poco para mí.       Kate recordó aquel momento con claridad: ese primer abrazo largo, inesperado… la conexión que nació sin necesidad de palabras. Se habían dado abrazos antes… pero ese fue el principio del cambio.       La música muggle flotaba desde el interior y varias parejas bailaban bajo farolillos colgantes. Sirius captó su mirada, dejó las copas sobre la mesa y le tendió la mano.       —Bailemos.       —Sirius, son muggles —susurró ella, con una risa nerviosa.       —Mejor —respondió él, acercándose—. Nadie nos conoce. Esta noche somos sólo tú y yo.       Kate se perdió en sus ojos grises, se dejó llevar. Bailaron bajo las luces cálidas, riendo entre pasos torpes, hablándose muy cerca, como si el resto del mundo no existiera.       El reloj marcaba poco más de las doce cuando Sirius y Kate salieron del bar. El aire del puerto era más fresco ahora, y la brisa del mar era agradable. Caminaban descalzos por la arena, ella con los zapatos en la mano, él con los pantalones remangados y las botas colgadas al hombro.       Se habían alejado un poco del bullicio para estar solos, más allá del último muelle, donde solo se oía el oleaje y los ecos lejanos de la música. Sirius se sentó en uno de los viejos botes amarrados, y Kate se apoyó contra él.       —No sabía que podías ser tan romántico, Black —bromeó ella, apoyando la cabeza en su hombro.       —No lo soy —respondió él sin mirarla—. Solo… contigo me dan ganas.       Luego murmuró:       —¿Sabes por qué me gusta Ramsgate? Porque aquí no soy un Black. Nadie espera nada de mí. Solo soy yo.       Kate lo entendió perfectamente. También buscaba ese lugar donde pudiera ser solo Kate, sin apellidos, sin máscaras. Caminaron de regreso lentamente, sin prisas y cuando por fin tomaron la escoba, la noche ya comenzaba a clarear.       Al aterrizar de nuevo en la habitación de Kate, ella bajó de la escoba con el cuerpo rendido y el cabello alborotado por el viento. Lo primero que hizo fue dejar caer los zapatos en el suelo con un suspiro de alivio.       —Por Merlín, no siento los pies —se quejó entre risas y hablando bajito.       Sirius dejó la escoba apoyada contra la pared y se acercó para abrazarla. Iba a despedirse con un beso en la frente, cuando ella pareció recordar algo.       —Oye… —dijo con una sonrisa traviesa—, ¿puedo ver algo bajo tu camiseta?       Él alzó una ceja, divertido.       —Kate… creo que has bebido más de lo que dices.       Ella rió, dándole un empujón suave en el pecho.       —No seas idiota. Es solo que en Hogwarts dicen que tienes un tatuaje en el costado, y no lo recuerdo.       Sirius se echó a reír.       —¿Eso decís las chicas cuando os aburrís? Pues no, no tengo un tatuaje en el costado.       —¡Eso mismo dije yo!       —Pero eso no quiere decir que no tenga tatuajes…       Dándose la vuelta con una sonrisa misteriosa, levantó la camiseta para dejar al descubierto su espalda. En ella, grabado con tinta oscura y elegantes trazos, se leía el lema de Gryffindor: Forti Animo Estote.       Kate se acercó en silencio y pasó la yema de sus dedos por las letras con suavidad.       —Es precioso…¿Cuándo te lo hiciste? No lo había visto… y eso que te he visto sin camiseta. ¡Y el otro día en casa de Pippa tampoco lo tenías!       Al decirlo, se sonrojó, recordando imágenes que no quiso detallar en voz alta. Sirius bajó la camiseta y se giró, con una sonrisa cómplice.       —Claro… en esos momentos no estás muy atenta de mi espalda. Lo hice en tercero. A veces lo oculto con magia, según quién haya delante.       —¿Y quién te lo hizo?       —Yo mismo, con un hechizo. Lo diseñas, lo proyectas con pluma encantada y luego lo plasmas con varita. Si lo haces a otro, puedes dibujarlo directamente sobre la piel.       Kate asintió, impresionada. Sabía que Sirius tenía talento para dibujar, pero no imaginaba que también para eso. Se quedó en silencio un momento, mordiéndose el labio, pensativa. A Sirius le encantaba cuando ella se perdía en sus pensamientos. Había algo en su expresión seria, casi vulnerable, que lo hipnotizaba. Se acercó y le apartó un mechón del rostro.       —¿En qué piensas?       Ella lo miró con decisión.       —Quiero uno.       —¿Un tatuaje? —dijo él, riendo.       —Ahora mismo.       —¿Por qué?       Kate dudó un segundo. Luego, sin responder, comenzó a quitarse la camiseta. Sirius parpadeó, sorprendido. Se quedó callado, sin saber si detenerla o quedarse quieto. Ella dejó caer la prenda al suelo, quedando frente a él en sujetador y despeinada. Pero lo que más lo desarmó fue lo que vino después.       Kate giró ligeramente, mostrándole su costado. Allí, en su piel, había siete cicatrices. Finas como hilos, cruzando como marcas antiguas de algo que nunca debió pasar. Sirius dio un paso hacia ella, paralizado.       —¿Qué es esto...? —susurró—. ¿Quién te hizo esto…? ¿Hogsmeade?       Ella asintió con un suspiro, sin palabras. Él apretó los puños con rabia contenida, el pecho le latía con fuerza. No podía creer que ella hubiera soportado tanto en silencio. Kate se acercó y cogió su mano. Con delicadeza, la llevó hasta su costado y la posó sobre las cicatrices.       —Bórralas —murmuró.       —¿Qué…?       —Dibuja algo sobre ellas —repitió. Sus ojos eran tranquilos, seguros.       Sirius la miró, entendiendo. Asintió con lentitud.       —¿Dónde me pongo? —preguntó ella.       Él señaló con la cabeza un pequeño sofá. Ella se recostó, y él se arrodilló a su lado. Sus dedos recorrieron con cuidado las cicatrices. Su piel reaccionaba a su tacto, pero ella no se apartó. La miró a los ojos.       —No puedo hacerlo… no sé si te haré daño.       —Black —dijo ella, con firmeza—, confío plenamente en ti.       Se inclinó y le besó con ternura, cogiéndole por la barbilla. Luego, con una sonrisa apenas visible, llevó su mano hasta la varita de él, se la colocó entre los dedos y volvió a recostarse, cerrando los ojos.       —Adelante.       Sirius la contempló un momento más. Luego apuntó con su varita y comenzó a trazar. Las cicatrices eran como ramas secas… pero él vio en ellas los tallos de algo que podía renacer. Dibujó lentamente línea por línea. Flores, hojas, entrelazadas, como si la vida misma saliera de aquellas heridas antiguas.       Cuando terminó, se puso de pie y extendió la mano para ayudarla a levantarse. Kate se acercó al espejo. Al ver su costado, abrió los ojos. Donde antes había marcas de dolor, ahora había flores. Trazos delicados y hermosos que se entrelazaban sobre su piel.       Sirius, detrás de ella, dijo en voz baja:       —Creo que el sufrimiento hace que florezca la valentía… como de tus cicatrices surgen estas flores.       Ella se giró lentamente… y le besó. Le besó con fuerza, con alma. Él la abrazó, sintiendo su cuerpo más cerca que nunca. Ambos se acostaron en la cama de Kate y se quedaron medio dormidos. Pero cuando el amanecer había terminado de llegar, y la casa comenzaba a llenarse de los primeros ruidos, llegó la hora de irse. Sirius se levantó con cierta pereza, estirándose mientras cogía su escoba. Se volvió hacia ella, esa expresión suya entre arrogante y encantadora, pero más sincera que nunca.       —Nos vemos, Bellerose—dijo, con una sonrisa que no pudo evitar.       Kate caminó con él hasta la ventana. El cielo ya era azul claro y las primeras brisas del día despeinaban su cabello aún más. Antes de que él pudiera montarse, ella lo sujetó suavemente por la camisa.       —Sirius…       Él la miró, con esos ojos grises que tanto le atraían.       —¿Alguna vez te he dicho lo que me gustas?       No esperó respuesta. Se alzó sobre las puntas de los pies y lo besó. No fue un beso largo, ni desesperado. Cuando se separaron, él apoyó la frente en la de ella un segundo más. Luego montó su escoba, dio una última mirada y se perdió en el cielo. Kate lo siguió con la vista hasta que fue solo un punto en la distancia.       Cuando la claridad del día ya inundaba todo, Sirius aterrizó en casa de los Potter. Entró en silencio, descalzo, con la escoba aún en la mano. Subió las escaleras sin despertar a nadie y se dejó caer en su cama, aún con la ropa arrugada por la noche.       Miró el techo con los brazos detrás de la cabeza. Sentía el pecho lleno, pero no sabría decir de qué exactamente. Una mezcla dulce y extraña: alegría… vértigo... algo parecido al miedo.       Pero cuando cerró los ojos, sintió aún el tacto de sus labios y la imagen de esas flores en su piel. Y justo antes de quedarse dormido, una frase se deslizó en su mente como un secreto que ya no podía ignorar: “Black, estás completamente enamorado.”              Los últimos días de verano pasaban con lentitud, como si supieran que aquello que vendría después marcaría el final de una era. En la cocina de los Potter, el sol entraba por la ventana mientras tres chicos reían sin contención. James, con el cabello aún despeinado por el sueño y las gafas torcidas, sostenía una carta en alto como si fuera un objeto maldito.       —Es un error —decía por tercera vez—. Tiene que ser para Moony… Esto no puede ser mío.       Sirius casi se atragantaba con la tostada de tanto reír.       —Lo pone clarísimo: “Sr. James Potter”. —Le dio un golpecito burlón en la espalda—. ¡Delegado del curso! Jamás vi un día tan glorioso. ¡Con el jefe de los prefectos de nuestro lado, podremos hacer lo que nos dé la gana!       Remus, con una ceja levantada, se cruzó de brazos fingiendo seriedad.       —Estoy seguro de que Dumbledore no da puntada sin hilo. Si te ha elegido… —hizo una pausa— es porque cree que has madurado.       Los tres se quedaron en silencio un segundo. Luego, como si esa idea fuese demasiado absurda para procesar… estallaron en carcajadas. James fue el primero en levantarse, haciendo una pequeña reverencia exagerada.       —Señores Black y Lupin, os ruego reverencias al nuevo Delegado de Curso. A partir de hoy, pueden dirigirse a mí como “Su Ilustre Seriedad”.       —Prefiero “El Farsante Mayor” —replicó Sirius, secándose una lágrima de risa.       Cuando las risas por fin bajaron de intensidad, Remus pareció recordar algo importante. Se giró hacia James con una media sonrisa.       —Por cierto… La otra delegada es Lily. Así que mejor tómate el asunto un poco más en serio.       Sirius frunció el ceño como si le acabaran de arruinar el día.       —Oh, no. La pelirroja… será un obstáculo para nuestros planes nobles. —Se volvió teatral—. Conquístala, James. Llévala a nuestro bando oscuro. Dóblala a nuestra causa.       James se encogió de hombros, despreocupado, pero con una chispa en los ojos.       —Si la conquisto, será para casarme con ella.       Aquello sí que los dejó en silencio. Sirius y Remus lo miraron como si les acabaran de cambiar las reglas del universo.       —¿Qué? —dijo James, sonriendo sin más.       Más tarde, decidieron pasar el día en el Callejón Diagon, comprando lo que les faltaba para el curso, y simplemente disfrutando los últimos días de verano con los Potter. Esa noche, cenaron en familia, como si aún fueran niños y Hogwarts no estuviera a punto de despedirlos por última vez.              El día antes de volver a Hogwarts, el sol entraba por las cortinas ligeras del salón de la familia McKinnon. Había una bandeja con té y galletas en la mesita, aunque nadie había comido mucho a pesar de la hora que había transcurrido.       Kate estaba sentada en un sillón de flores descoloridas, con las piernas cruzadas y las manos entrelazadas. Frente a ella, su madre, Elsa, la observaba con una mezcla de ternura y preocupación. Gregor, su padre, mantenía la espalda recta en el borde del sofá, Edward estaba de pie y Beth estaba medio sentada en la alfombra, como en los viejos veranos en familia. Habían elegido la casa de Marlene porque era pública la relación entre Edward y ella, así que no llamaría la atención una pequeña visita familiar.       —Hora de despedirse —dijo Gregor, poniéndose en pie.       Elsa se acercó a Kate y la abrazó largo. Sin decir nada. Como si supiera que no hacía falta.       —Escríbenos, cuando puedas —susurró—. Pero no pongas nombres. Solo señales que sepamos leer.       Kate asintió contra su hombro. Edward le dio un beso en la coronilla.       —Si necesitas algo, habla con Marlene. Ella sabrá hacérnoslo llegar.       Beth fue la última en acercarse. No la abrazó, solo le puso una mano en el brazo.       —Nos vemos en el tren a Hogwarts.       Kate sonrió. Y así, uno a uno, se despidieron y salieron del salón. Kate se quedó un momento más junto a la ventana, mirando las copas de los árboles mecerse en la brisa. Por un instante, se permitió sentirse en casa. Aunque fuera por unas pocas horas robadas al verano.              El 1 de septiembre de 1977, el tren escarlata ya humeaba en la estación, impaciente por partir. La plataforma estaba abarrotada de estudiantes, padres y maletas encantadas. Fleamont y Euphemia Potter acompañaban a su hijo, sabiendo que este sería el último septiembre en que lo verían subir a ese tren.       —Cuidado con las bromas —dijo Euphemia a Sirius, sabiendo de sobra que era inútil—. Y no os metáis en líos, Remus.       James se giró, notando una figura acercarse. Reconocería ese cabello pelirrojo en cualquier parte.       —¡Lily! —la saludó con una sonrisa genuina—. Qué alegría verte.       Ella le devolvió la sonrisa, brillante y algo cómplice.       —Lo mismo digo. Supongo que este año trabajaremos juntos… delegado del curso.       James se revolvió el cabello, como siempre que se ponía nervioso.       —Prometo no hacer demasiados desastres. Bueno… lo intentaré, al menos.       Ambos rieron. Entonces Euphemia carraspeó suavemente, como quien no quiere interrumpir pero también quiere hacerse notar.       —Ah, sí… —dijo James—. Lily, ellos son mis padres. Mamá, papá… Ella es Lily Evans.       Euphemia dio un paso adelante con una calidez que desarmó incluso a la propia Lily.       —Encantada, querida. James nos contó que eres la otra delegada de curso. Enhorabuena. Espero que mi hijo no sea un impedimento.       Lily parpadeó, visiblemente emocionada, y asintió.       —Gracias, Sra. Potter. Lo tendré en cuenta.       Fleamont, más sobrio, le tendió la mano con una inclinación cortés.       —Fleamont Potter. Encantado, Lily.       La pelirroja se sorprendió de lo encantadores que eran. Por un instante se preguntó cómo James Potter había sido tan insufrible durante años si venía de una familia como esa. Sirius, que observaba con una sonrisa maliciosa, no tardó en lanzar su comentario.       —Vaya… las dos sois pelirrojas. —Se llevó una mano al mentón—. Empiezo a pensar que en esta familia hay una… atracción mágica por cierto tipo de mujeres.       Remus soltó una carcajada ahogada. Lily se sonrojó, y Euphemia giró la cabeza muy lentamente hacia Sirius, alzando una ceja como solo lo saben hacer las madres. Antes de que nadie pudiera decir nada más, James alzó la voz con falsa prisa:       —¡Hora de subir al tren! —empujando a Sirius hacia la escalerilla—. ¡Adiós, papá! ¡Adiós, mamá! Y recordad: ¡estas Navidades nos quedamos en Hogwarts!       Terminó de empujar a Sirius y, subiendo detrás de él, masculló entre dientes:       —Eres un perro muerto.       Desde uno de los compartimentos, una figura alta, de cabello negro y túnica bien planchada los observaba en silencio. Severus Snape apretó los labios al ver a Lily reír junto a James. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo se había roto de forma definitiva.       
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