Capítulo 19: La figura misteriosa
2 de junio de 2026, 17:47
CAP 19: La figura misteriosa
La oscuridad de Grimmauld Place era una carga, Regulus estaba de pie frente a su madre, Walburga.
—Otra vez —ordenó Walburga con voz cortante.
—Madre, estoy agotado —susurró Regulus.
—¡No me hables de agotamiento! ¿Crees que a los hijos indignos les perdonan los errores? ¿O quieres acabar como tu hermano?
Orion, en silencio junto a la chimenea, no intervenía. No tenía que hacerlo, su sola presencia bastaba para recordar a Regulus quién era y lo que se esperaba de él. Frente a él, el oclumante contratado, un hombre sin nombre ni rostro memorable, levantó su varita otra vez.
—Legeremens
La invasión fue brutal. Regulus sintió su memoria desmenuzarse, su pensamiento arrancado con violencia. Vio a Sirius de niño, riéndose con él en la escalera. Vio una carta escondida que había leído en secreto con nombres tachados. Vio... su propio miedo.
—¡Concéntrate! —exclamó el instructor con severidad.
Regulus apretó los dientes, buscó en su mente un muro. Pensó en el mar que había visto de niño en Francia, en el azul oscuro y denso. Lo alzó mentalmente. Vió cómo la figura del intruso se diluía, por un momento, en esas olas.
—Mejor —dijo el instructor—. Pero sigues flaqueando con los recuerdos personales. Si Él entra en tu mente, no habrá secretos.
Walburga lo miró con una mezcla cruel de orgullo y dureza.
—Tienes un deber con tu linaje, Regulus. Los Black no fallan. No huyen. No se traicionan a sí mismos. Tú no eres Sirius. Recuerda eso.
Regulus asintió, pero su voz se quebró apenas:
—Lo sé, madre.
Y en lo más hondo de su mente, enterró el recuerdo más reciente que no debía ver nadie: Una carta sin firmar que había escondido, donde alguien hablaba de "los desaparecidos" y de cómo las marcas no eran solo tatuajes, sino palabras.
Esa misma noche, en una vieja fábrica abandonada al norte de Lancashire, los Mortífagos habían llegado de uno en uno con el rostro oculto. Entre ellos había nombres conocidos como Malfoy, Rosier, Mulciber; y otros que no eran más que sombras. En el centro de la sala, el Señor Tenebroso los observaba en silencio.
—Han caído tres familias mestizas esta semana —dijo, su voz era suave pero afilada—. Además, los Travers, los Macnair, y uno de los Parkinson ha empezado a dudar, pero no se atreverán a negarse.
Un murmullo se alzó, breve. Luego silencio otra vez.
—El Ministerio no hace más que jugar a la política. Mientras tanto, nosotros ganamos terreno. En Hogwarts, en el Departamento de Misterios, en Gringotts. —Hizo una pausa—. Pero aún falta lo esencial: el control del miedo.
Se giró hacia Bellatrix, que sonreía con la cabeza inclinada, extasiada.
—¿El informe?
—Los aurores patrullan más allá de lo permitido. Pero hemos interceptado tres rutas de transporte mágico ilegal. Las criaturas oscuras están... listas. Y se están reclutando jóvenes. Algunos ya con talentos, sangre pura y de familias influyentes.
Voldemort asintió, luego, alzó su varita y una marca se dibujó en el cielo del lugar. La Marca Tenebrosa, más viva, más intensa que antes.
—Pronto no necesitarán esconderse para obedecerme. Pronto, el mundo aprenderá que el orden... no se pide. Se impone.
Al día siguiente, era un tiempo raro estando en verano. Regulus caminaba sin rumbo fijo.
—¡Reg!—
La voz lo detuvo. Su nombre, dicho con esa cercanía que sólo unas pocas personas se atrevían a usar. Beth se le acercaba, sujetando una carpeta y un libro de herbología. Tenía el cabello recogido en una trenza floja, y su vestido azul marino flotaba suavemente con el viento. Sus ojos, castaños, se iluminaron al verlo.
—Sabía que eras tú —sonrió—. Sólo tú caminas como si odiaras el suelo.
Él bajó la mirada, pero no pudo evitar la media sonrisa.
—¿Vas a algún lado?
—Huyendo de casa —respondió, sin pensarlo.
—Buena elección. Yo iba por un helado, ¿vienes? Puede ser un buen escondite de la maléfica Walburga.
Regulus no respondió pero caminó a su lado, como siempre lo hacía con ella. No necesitaban explicaciones, ni justificaciones. Desde niños, habían compartido silencios antes que palabras.
—¿Y Kate? —preguntó él, mientras pasaban junto a una floristería, pero en el momento deseó no saberlo, no quería tener información en su memoria.
—Con Marlene, creo. O con Alice. No lo sé muy bien—hizo una pausa—. Últimamente no tenemos noticias.
—Tal vez sea lo mejor —respondió Regulus, bajando la voz.
Caminaron un par de calles más, entonces, todo cambió. Un grito, seco y cortado, se alzó en una calle cercana. Un estallido, fuerte como una explosión de pólvora, estremeció el aire. El pánico surgió como un incendio: gente corriendo y voces gritando: “¡Mortífagos!”
Regulus se detuvo en seco cogiendo a Beth de la mano. Ambos vieron la calle lateral, donde en una tienda acababan de estallar los cristales. Una figura encapuchada por encima de la multitud lanzaba un hechizo al cielo y la Marca Tenebrosa empezaba a elevarse, verde y amenazante. Regulus intentó tirar de Beth hacía el lado contrario, pero ella había visto un niño pequeño, con una chaqueta amarilla, que estaba en medio de la calle. Lloraba asustado pero nadie se detenía porque el miedo era más fuerte.
—¡Beth, no! —dijo Regulus cuando ella echó a correr.
Pero ya era tarde. Ella corría hacia el niño, esquivando a las personas que corrían en dirección contraria.
—¡Detente! —gritó Regulus con fuerza.
Otro estallido sacudió la acera frente a ella. Un coche voló por los aires y Beth cayó al suelo con el niño entre brazos, cubriéndolo. El cuerpo de Regulus reaccionó antes que su mente. Corrió hacia ellos, empujado por algo que no era deber ni lealtad, sino puro y desesperado instinto. Otra figura encapuchada apareció más adelante.
Regulus se arrojó hacia Beth, la levantó de un tirón y tiró de ella. El niño lloraba entre ellos.
—¡Te dije que no lo hicieras! —le gritó, la voz temblando.
—¡No iba a dejarlo! —dijo ella con la cara sucia y los ojos brillantes— ¡Tenía miedo!
—¡Yo también!
El Mortífago levantó su varita y miró alrededor. Regulus arrastró a Beth y al niño por un callejón. Se ocultaron tras un contenedor derribado. Un fuego cruzó el aire donde habían estado segundos antes y el suelo se partió. Beth jadeaba mientras Regulus la tenía contra el pecho con uno de sus brazos rodeando a ambos, el niño lloraba bajito entre ellos.
—Nos están cazando como ratas —murmuró él.
—¿Quiénes? —susurró Beth.
Regulus no respondió pero miró el cielo, la Marca seguía ahí, flotando, imponente. Pasaron unos minutos hasta que los pasos se alejaron. Cuando el silencio volvió a llenar el aire, solo roto por los sollozos del niño, Regulus se separó apenas.
—¿Estás bien?
Beth asintió
—Me alegro de haberme encontrado contigo.
Regulus la miró.
—No puedo dejar que te rompan también —dijo en voz muy baja.
Beth lo tocó en el brazo. Sabía que ese "te" no era solo por ella sino que era por él mismo también. Caminaron lejos de la zona, sin mirar atrás. Los padres del niño agradecieron a Beth y a Regulus con lágrimas en los ojos. Y ahí, en medio del humo y la oscuridad, la luz que Beth llevaba dentro había empujado a Regulus a salir de la sombra. Y eso, aunque no lo dijera aún, lo había cambiado todo. De repente, sintió la mano de ella sobre su brazo.
—Regulus... ¿qué está pasando contigo?
Él la miró. Sus ojos ya no eran el gris frío que muchos veían. Había algo roto, algo contenido.
—Nada que puedas arreglar —dijo al fin—. Pero gracias por recordarme que todavía hay gente como tú.
Al llegar a casa, Regulus se encerró esa noche en el desván polvoriento del número 12. Era el único lugar donde su madre no se atrevía a limpiar con magia. Se sentó en una esquina, con la carta desplegada sobre las rodillas: "…las marcas no son solo tatuajes. Son palabras. Mantienen vida"
Leyó esa frase por décima vez. Se preguntó si los “desaparecidos” eran simplemente los que no obedecieron a tiempo. Tocó la carta con los dedos y, por primera vez, no pensó en Sirius con rabia. Pensó en él con envidia.
Dos días se convirtieron en cuatro. Sirius escribió la primera carta breve y honesta donde le pidió quedar con ella. La segunda fue más torpe y la tercera más desordenada. Ninguna tuvo respuesta y no sabía si las había leído.
La quinta noche, tomó una decisión que llevaba horas evitando, por eso terminó frente a la casa de Alice. Tocó dos veces.
Un pequeño elfo abrió la puerta y, cuando él le pidió ver a Kate, el elfo le pidió que esperara. Minutos después, Alice abrió la puerta con el rostro confuso.
—Sirius.
Él intentó sonreír ante la decepción de que no era Kate.
—Hola. ¿Está Kate?
Alice lo observó un segundo más largo de lo habitual, notó las ojeras y la tensión en la mandíbula.
—No. No ha llegado. Pero… pasa.
Él cruzó con las manos en los bolsillos de la chaqueta. La casa estaba tranquila, con olor a té de manzanilla.
—¿Todo bien?
Él soltó una exhalación leve.
—No lo sé.
Se pasó una mano por el cabello.
—Le he escrito.
—Lo sé.
—Solo… —buscó las palabras— para que supiera que estoy aquí. Que no estoy enfadado y que no voy a discutir otra vez.
Alice asintió.
—No me contesta.
La frase salió más baja de lo que pretendía.
—Y voy a respetarlo, pero necesitaba saber que está bien. Solo eso.
Alice suavizó el gesto.
—Está bien, no te preocupes.
Sirius asintió una vez.
—No me culpo por todo —añadió, más firme—. Marlene tenía derecho a su tiempo. Pero yo… —tragó saliva— yo no manejé bien el miedo en la parte que nos toca.
Alice lo observó con atención, sin juzgarlo.
—Y luego le dijiste lo de las expectativas y lo de la perfección.
Sirius se pasó una mano por el cabello, en el fondo le alegraba que Alice se diera por enterada, así era más fácil expresarse.
—Sí. Lo dije en caliente. Pero me arrepiento de cómo lo dije, no de lo que siento. A veces es difícil estar a la altura de todo lo que espera de mí. Y lo peor es que no me lo exige. Solo... lo es. Me mira como si viera en mí cosas que yo me veo incapaz. Pero, creo que debí haberlo hablado con ella desde el principio. Ella lo intentó días antes.
Alice suspiró suavemente, en el fondo le comprendía. Entonces, fue hasta una pequeña mesa junto al perchero. Cogió un sobre doblado y se lo tendió.
—Kate no está aquí. Sé que le has escrito porque han llegado las cartas, pero ella no las ha recibido porque no sé dónde enviarlas. Pero dejó esto para ti, supongo que sabía que vendrías.
Sirius lo tomó en silencio. Reconocía la letra de inmediato: firme, inclinada, elegante. Sirius leyó en silencio. Luego dobló la carta con cuidado y se la guardó en el bolsillo interior.
—Gracias —murmuró.
—No me dijo a dónde iba, pero me pidió que no la buscara —dijo Alice, mirándolo con suavidad
Sirius asintió, mirándola por primera vez directamente a los ojos.
—Bien…
Alice sonrió un poco.
—Volverá, Sirius, no puede vivir lejos de ti.
Alice volvió a su libro.
—¿Quieres quedarte un rato? Hay té recién hecho.
—No —dijo Sirius, levantándose—. Gracias. Voy a caminar.
—Cuida de ti también, Sirius.
Él no respondió, pero antes de cerrar la puerta, se giró un segundo.
—Si sabes algo... ¿me lo dirás?
—Claro que sí —dijo Alice, sin dudarlo.
La puerta se cerró con suavidad detrás de él.
El calor de la tarde entraba por las ventanas abiertas de la galería de la mansión Bellerose. Una brisa agitaba las cortinas de lino blanco, y el aroma a rosas trepadoras se mezclaba con el olor del té helado servido sobre la mesa.
Gregor leía el periódico desde uno de los sillones. Elsa removía distraídamente el azúcar de su taza mientras observaba el jardín. Frente a ellos, Edward y Marlene compartían el sofá con la naturalidad de quien ya no necesita pensar dónde sentarse. La conversación era tranquila, ligera, hasta que Elsa dejó la cucharilla sobre el plato.
—Aun así, sigo pensando que deberíais haberlo dicho antes.
Edward levantó la vista.
—Mamá…
—No por nosotros.
Marlene dejó la taza sobre la mesa.
—Lo sé.
Elsa le dedicó una sonrisa amable.
—Nunca fue por nosotros, querida, estamos encantados de tenerte en la familia. Pero quizá Kate habría tenido más tiempo para acostumbrarse si lo hubiera sabido antes. No son momentos fáciles para los Bellerose.
El silencio se instaló durante unos segundos.
—No estoy seguro de que hubiera cambiado mucho—dijo Gregor doblando el periódico.
—Probablemente no —admitió Elsa—. Pero habría sido menos repentino.
Edward suspiró.
—No queríamos hacerle daño.
—Ya lo sé —respondió ella con suavidad—. Y tampoco estoy diciendo que hayáis hecho algo malo. Sólo que, a veces, las verdades difíciles son más fáciles de aceptar cuando llegan despacio.
Marlene asintió en silencio y Gregor dejó el periódico a un lado.
—Kate acabará encontrando la manera de entenderlo. Siempre ha necesitado tiempo para ordenar lo que siente y ver dónde se ha equivocado.
—Esperemos que sí —murmuró Edward.
La conversación derivó después hacia asuntos más cotidianos. Al cabo de un rato, Gregor recordó unos documentos que debía revisar en su despacho y Elsa decidió acompañarlo al interior.
—Intentad disfrutar de la tarde —dijo antes de marcharse.
Cuando quedaron solos, el silencio regresó a la galería. Marlene parecía tranquila… pero sólo en apariencia.
—¿Sabéis dónde ha ido?—preguntó Edward.
Marlene negó con la cabeza y esbozó una sonrisa sin fuerza.
—Alice dice que se tomó unos días para pensar, pero no dijo dónde. Supongo que eso ya es respuesta suficiente.
—O necesita tiempo, que es distinto —dijo él bebiendo un sorbo de té.
—¿Tú crees que después de todo esto va a mirarme igual?
Edward apoyó un brazo sobre el respaldo del sofá.
—No —dijo con honestidad—. No va a mirarte igual. Pero eso no tiene que ser algo malo. Las miradas también maduran, cambian… como cambiamos nosotros. ¿Acaso tú miras igual que hace un año a Kate, James o Alice?
—Tienes razón, en cierta forma hemos cambiado. Pero esto no es solo por cómo lo lleva Kate, es el peso de todo. Me da miedo que puedan murmurar…
—Entonces pongamos fin a los susurros —dijo Edward dejando la taza en la mesa e incorporándose un poco en el sillón— Seguimos adelante.
—¿Cómo?
—Por ejemplo, acompañándome la próxima semana a la fiesta de los Greengrass.
Marlene lo miró, sorprendida.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
—Todo el mundo nos verá llegar juntos.
—Lo sé.
—Y hablarán.
—También lo sé.
—Parece que has pensado bastante en ello.
Edward soltó una breve risa.
—Más de lo que debería.
—¿Y has llegado a alguna conclusión brillante?
—Sí.
—¿Cuál?
—Estoy cansado de cuidar las apariencias más que a las personas. Y a ti te quiero cuidar. Si Kate sigue enfadada, lo resolveremos, aunque no creo que sea enfado lo que tiene… la conozco. Pero no me voy a esconder de mi propia vida por miedo a mi hermana pequeña.
Por primera vez en toda la tarde, la sonrisa de Marlene fue genuina.
—Eso ha sonado casi valiente.
—No te acostumbres.
Edward entrelazó sus dedos con los de ella. Marlene se incorporó ligeramente, se acercó a él y le beso en la mejilla.
—Vamos paso a paso —susurró Edward
Ella respiró hondo y asintió.
La casa de piedra cerca de Bibury en Cotswolds, tenía las ventanas pequeñas y el techo inclinado. Kate estaba sentada en la ventana, envuelta en una manta, mirando el valle verde que se extendía más allá de los muros bajos de piedra. Había llegado tres días antes sin más equipaje que ropa, un libro que no había abierto y el peso de una conversación que no dejaba de repetirse en su cabeza.
Cerró los ojos pensando en Marlene, había visto miedo en su mirada y ella respondió con presión. Exigió claridad cuando su amiga aún estaba construyéndola.
Suspiró.
Siempre había confundido sinceridad con inmediatez. Como si amar significara tener derecho a saberlo todo en el momento exacto en que ocurre. Marlene merecía su tiempo y ella…no se lo dio. James y Sirius tenían razón. La aceptación de su error no fue dramática, pero le pesaba igual. Quería mucho a Marlene, eran casi como hermanas. ¿Por qué no había podido esperar? ¿Por qué no había podido simplemente alegrarse por lo que, sin duda, era una buena noticia?
Se levantó y salió al pequeño jardín. Podía pedirle perdón a Marlene, eso lo tenía claro. Lo que no sabía cómo reparar era la otra herida: Sirius. “Como si nunca fuera suficiente.” La frase volvía de forma insoportable.
Kate apretó los brazos contra su cuerpo. Nunca lo había mirado desde arriba. Nunca lo había medido. Si algo la había enamorado de él era precisamente su imperfección descarada. Su manera de dudar y aun así avanzar. ¿En qué momento él había empezado a compararse con una versión de ella que ni siquiera existía? ¿Había sido al hablar del futuro? Ella solo intentó saber sus miedos en esa conversación.
Tal vez, y esa idea fue incómoda, cuando ella se cerraba en una convicción, no dejaba espacio para matices. No es que fuera superioridad, pero podía parecerlo. Y eso era distinto.
Se sentó en el muro bajo de piedra, mirando el horizonte. Con Marlene había sido injusta y con Sirius… había sido rápida. La bofetada no fue por rabia, fue por miedo. Miedo a que él creyera que tenía que ser algo más para quedarse a su lado.
—No necesito que seas más —murmuró.
Sabía que ese miedo de Sirius le llevaría a alejarse de ella en cualquier momento. ¿Qué haría entonces? ¿Cómo iba a convencerlo de que irse no era la solución? No lograba borrar la imagen de él sintiéndose pequeño y eso era lo que más le dolía. Mientras ella defendía la lealtad, él estaba defendiendo su derecho a no sentirse insuficiente. Y ella… no se había dado cuenta.
Se quedó allí mucho rato. Cuando el sol empezó a romper la niebla, tomó una decisión sencilla y firme: volvería.
Debía pedir perdón a Marlene y decirle a Sirius, mirándolo de frente, algo que nunca pensó que necesitaba decir en voz alta: Que no hay nada en él que necesite estar “a la altura” de ella. Si después de eso, él decidiera alguna vez alejarse… ya buscaría la forma de hacerle volver.
La casa de los McKinnon estaba iluminada desde dentro. Kate subió los escalones de piedra con el corazón más firme de lo que esperaba y aun así, cuando llamó, sintió un leve temblor en los dedos. La abrió un elfo doméstico pequeño, con orejas largas y una chaqueta burdeos impecablemente planchada que le quedaba un poco grande.
—Señorita Bellerose—dijo con voz aguda, inclinándose levemente.
—Hola Eddy… ¿Está Marly?
—La señorita Marlene dijo que si usted venía… la hiciera pasar inmediatamente.
No añadió nada más, pero el brillo en sus ojos enormes sugería que había estado esperando esa visita.
—Gracias —respondió Kate, suavizando el gesto.
El elfo se apartó con una reverencia exagerada y cerró la puerta tras ella con un leve chasquido mágico. El salón estaba ordenado, luminoso. Marlene apareció desde el pasillo casi corriendo, se quedaron mirándose unos segundos.
—Hola —dijo Kate primero.
—Hola.
El elfo desapareció con un pequeño crack apenas audible.
—He sido injusta.
Marlene abrió los ojos levemente.
—Kate…
—No, déjame decirlo bien. —respiró hondo—. Te presioné cuando no estabas lista. Quise entenderlo todo ya y no te di margen.
Marlene bajó la mirada.
—No quería ocultarte nada...
—Lo sé.
—Tenía miedo.
Kate sostuvo esa palabra.
—¿De mí?
Marlene dudó apenas un segundo.
—Un poco, pero no por ti, sino por la situación. No es tan fácil de explicar.
—No iba a prohibirte nada.
—Ya lo sé. Pero tú… —Marlene buscó las palabras— parece que ya sabes cuál es la forma correcta de hacer las cosas. Y yo aún no sabía ni lo que sentía. No iba a poder explicarme bien.
—No siempre lo sé —respondió Kate más bajo—. Solo reacciono rápido. Demasiado rápido.
Un silencio más suave.
—No quería perderte por esto —murmuró Marlene.
—No me vas a perder nunca Marlene
La respuesta fue inmediata y acompañada con una sonrisa de ambas.
—¿Y Edward? —preguntó Kate finalmente.
El nombre cambió la expresión de Marlene, la suavizó.
—Es… distinto.
Un segundo de silencio.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace meses.
Kate cerró los ojos un instante.
—Meses…
—No sabía cómo decírtelo. Además, estabas pasando por tantas cosas…
—Lo sé, Marls, en serio.
Marlene dio un paso más cerca.
—Edward quiere que vayamos juntos al baile de verano de los Greengrass.
Kate se quedó quieta. El baile de los Greengrass no era una fiesta cualquiera, era formalidad y anuncio. Eran familias antiguas evaluando alianzas sin decirlo en voz alta. Ir juntos significaba algo claro: Formalizar.
—¿Juntos? —repitió.
—Sí. Nada de secretos, quiere que todos lo sepan.
Kate observó a su amiga con atención. Buscó dudas, obligaciones o presión. No encontró nada de eso. Solo nervios… y determinación.
—Eso es serio —dijo finalmente.
—Lo sé.
—¿Y tú qué quieres?
Marlene no titubeó.
—Quiero ir con él.
Kate sostuvo su mirada unos segundos más, luego asintió.
—Entonces irás.
Marlene exhaló, como si llevara días esperando esa aprobación.
—¿No estás…?
—¿Aterrada? Un poco. —Una pequeña sonrisa apareció—. Pero es mi derecho como hermana.
Marlene rió, aliviada. Kate dio un paso y la abrazó.
Un rato después, estaban sentadas en el suelo del salón, con la espalda apoyada en el sofá. El elfo había dejado una bandeja con té y galletas.
Marlene le había contado todo. Cómo empezó, la primera vez que Edward la miró distinto, las discusiones sobre si decírselo o no, el miedo a romper algo con Kate, las noches en las que casi lo confesó y se echó atrás.
—Está enamorado —dijo Kate al final, casi para sí.
Marlene sonrió de lado.
— Creo que sí.
—Lo sé porque Edward no hace nada a medias.
—Eso mismo me dijo de ti.
Kate dejó escapar una pequeña risa.
—Le echo de menos, me gustaría tanto poder hablar con él como antes. Creo que este “destierro” me está costando más de lo que esperaba.
Marlene la miró de reojo comprendiendo lo que decía, después de unos minutos añadió:
—Y ahora dime la verdad. ¿Qué pasó con Sirius?
Kate tardó un segundo en responder.
—Discutimos.
—Eso ya lo sé, Alice nos comentó algo y a Sirius no le hemos visto mucho.
—No. —Kate negó suavemente—. Discutimos de verdad.
Marlene se acomodó mejor.
—Me dijo que a veces es difícil estar a la altura de mis expectativas.
Marlene no respondió de inmediato pero Kate notó la sorpresa en sus ojos.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que nunca le he exigido nada.
—¿Y es verdad?
Kate la miró.
—Claro que sí.
Marlene inclinó ligeramente la cabeza.
—Kate… tú no exiges en voz alta. Pero eres muy clara cuando algo te duele y muy firme cuando algo te parece incorrecto.
—Eso no es exigir.
—No, pero puede sentirse así.
—Nunca lo he mirado como si fuera menos… Nos conocemos desde hace años.
—Es cierto, no lo haces —respondió Marlene con suavidad—. Pero Sirius no viene de un lugar donde lo miraban con comprensión. A lo mejor no sabe la diferencia.
Kate se quedó pensativa.
—Sirius ha crecido teniendo que demostrar cosas todo el tiempo —añadió Marlene—. Demostrar que no es como su familia. Demostrar que vale por sí mismo. Demostrar que eligió bien al irse. Demostrar que puede estar contigo sin hacerte daño. Cuando te vio tan firme… quizá pensó que estaba fallando otra vez.
Kate cerró los ojos un segundo.
—Yo no soy su madre.
—Claro que no. ¡Tienes mucho más estilo! —Marlene le dio un pequeño empujón con el hombro sonriendo para quitar tensión—. Pero el miedo no ayuda a distinguir..
—Le di una bofetada… —admitió Kate en voz baja.
Marlene giró la cabeza sorprendida.
—¿Qué?
—Le di una bofetada. Fuerte. Cuando dijo que se sentía insuficiente conmigo.
Marlene la observó unos segundos largos.
—Eso te dolió.
—Mucho.
—Porque no es verdad.
Kate negó con firmeza y sin poder aguantar las lágrimas.
—Jamás he pensado que no fuera suficiente.
Marlene la sostuvo con la mirada.
—Entonces tienes que decírselo.
Kate bajó la vista hacia sus manos secándose las lágrimas.
—Le pedí espacio.
Marlene sonrió ligeramente.
—Lo sé…James me lo dijo, intentaba saber si habías hablado conmigo. Supongo que también te conocen, sabían que volverías primero aquí. También me dijo que te escribió varias veces.
El corazón de Kate dio un pequeño vuelco que intentó disimular.
—No he leído nada…
—Lo sé. Alice me dijo que no has vuelto a casa, donde llegaron las cartas y ella no sabía dónde enviarlas.
Kate suspiró.
—Estuve en Bibury en Cotswolds
—¡Por supuesto! ¡Cómo no se me ocurrió!—luego, Marlene habló con determinación—. Pero no confundas espacio con distancia permanente.
Kate estiró las piernas y cerró los ojos despacio.
—Kate… tú ya entendiste tu parte conmigo. Fuiste demasiado rápida pero lo asumiste, viniste y pudimos hablar.
Kate asintió, despacio.
—Si él se siente insuficiente —continuó Marlene— no lo va a resolver solo esperando que se le pase. Y tú no vas a cambiar eso guardándote lo que sientes.
Kate se quedó mirando sus propias zapatillas.
—¿Y si cuando vaya… sigue sintiéndolo?
Marlene se inclinó un poco hacia ella.
—Entonces no será porque tú no lo intentaste. Pero si no vas, sí podría ser porque elegiste el orgullo.
—No quiero que crea que tiene que ser más para estar conmigo.
—Entonces díselo.
La respuesta fue simple. Kate se quedó en silencio un rato largo. Cuando habló, su voz era más clara.
—Voy a ir para decirle que no estoy evaluando.
Marlene sonrió.
—Eso suena más a ti.
Se quedaron sentadas un momento más, apoyadas una contra la otra como cuando tenían quince años y el mundo parecía enorme.
—¿Sabes? —murmuró Marlene—. Lo más injusto sería que él creyera que lo amas a medias.
Kate la miró.
—No lo amo a medias.
—Entonces no lo dejes adivinarlo.
La casa de los Potter estaba en silencio cuando Kate llamó a la puerta. Durante un segundo dudó cuando la puerta se abrió con suavidad. Para su sorpresa, no le abrió un elfo.
—Oh —Euphemia Potter alzó ligeramente las cejas, sorprendida—. Kate, querida.
Kate esbozó una pequeña sonrisa, algo contenida.
—Señora Potter… siento venir sin avisar.
—No digas tonterías —respondió ella de inmediato, apartándose para dejarla pasar—. Esta casa nunca necesita aviso para ti.
Kate entró, notando el calor acogedor del interior, tan distinto al aire fresco de la mañana.
—¿Está…? —empezó, sin terminar la frase.
Euphemia la miró con una atención tranquila, como si no necesitara que acabara.
—Arriba, pero está dormido, me temo. —Una leve pausa—. No han sido días especialmente descansados para él.
Kate bajó la mirada un instante.
—Ya…
—Ven —añadió Euphemia con suavidad—. Te preparo un té.
No fue una invitación que admitiera rechazo. La cocina estaba inundada de luz y Euphemia se movía con esa elegancia práctica de quien ha repetido los mismos gestos mil veces: la tetera, las tazas, el leve sonido del agua. Kate se sentó, con las manos entrelazadas sobre su regazo.
—¿leche? —preguntó Euphemia.
—Sí, gracias, un poco.
Hubo un pequeño silencio mientras el vapor empezaba a elevarse.
—Sirius te quiere mucho —dijo Euphemia de pronto como si hablara de algo evidente.
Kate alzó la vista, sorprendida por la franqueza.
—Yo…
—No hace falta que expliques nada —continuó ella, girándose apenas hacia Kate—. Solo quería que lo supieras desde fuera. A veces, desde dentro, las cosas se enredan más de lo necesario.
—Hemos discutido.
—Lo imaginé. Cuando le pasa algo importante come y duerme menos, no hay más que verle.
No hubo juicio en su voz.
—Es… complicado —añadió Kate, más para sí que para ella.
Euphemia esbozó una pequeña sonrisa.
—Las cosas importantes suelen serlo.
Dejó la taza frente a Kate y tomó asiento también.
—Sirius no es fácil —dijo, mostrando su conocimiento casi como si fuera su hijo—. Se alejará varias veces, Kate. Pero no creo que eso te lleve a olvidar que alguien se ha convertido en importante para ti.
Kate sostuvo la taza entre las manos, sin beber aún.
—Por supuesto que no, aunque a veces creo que no sé hacerlo bien. Tiene tantos miedos.
—Nadie lo sabe —respondió Euphemia con sencillez—. Solo se aprende a superarlos con la persona adecuada delante.
Euphemia la observó un segundo más… y entonces se levantó, como si acabara de recordar algo.
—Bueno —dijo —. Justo antes de que llegaras tenía que hacer algo en el jardín.
Kate parpadeó, ligeramente desconcertada. Euphemia se giró hacia la puerta, pero antes de salir añadió, con tono distraído:
—La segunda puerta a la derecha.
Una pausa mínima.
—Y, Kate… —la miró por encima del hombro, con una media sonrisa cómplice— procura no hacer demasiado ruido. Sigue durmiendo.
Y se marchó. Kate se quedó sola en la cocina, con la taza aún caliente entre las manos… y el corazón latiendo un poco más rápido. Se levantó y subió las escaleras.
La luz de la mañana se veía a través de las cortinas gruesas, tiñendo la habitación de un dorado suave. Sirius abrió los ojos despacio, con la cabeza hundida en la almohada desordenada y el cuerpo todavía pesado por noches mal dormidas. Se giró de lado, arrastrando el brazo sobre las sábanas…y se quedó inmóvil.
Kate estaba sentada en la butaca junto a la ventana.
—¿Estoy soñando? —preguntó él, incorporándose un poco, con la voz aún áspera.
Kate negó, y una sombra de sonrisa cruzó su rostro.
—No. Aunque puedo dejarte creerlo unos minutos más.
Sirius se pasó una mano por la cara, como si así pudiera fijarla en la realidad.
—Pensé que querías espacio —dijo—. Dijiste que necesitabas alejarte.
—Y lo necesitaba. —no apartó la mirada
Se sentó del todo, apoyando los antebrazos en los muslos. El corazón le latía más rápido, pero no la interrumpió.
—No he leído tus cartas —añadió ella, con suavidad, como si temiera que sonara a reproche—. No porque no quisiera saber de ti. No estaba en casa de Alice y no le dije dónde estaría..
Sirius asintió despacio.
—Las escribí sin esperar respuesta —admitió—. Solo… necesitaba que supieras que estaba aquí y que no estaba enfadado.
—Lo de Marlene me dolió —continuó Kate—. Pero también me dolió darme cuenta de que, en mi necesidad de entender, no le di espacio a ella.
Sirius levantó la vista, sorprendido, porque no se justificaba y no se castigaba. Simplemente lo decía.
—Fui demasiado rápida —añadió—. Confundí lealtad con inmediatez.
—Yo tampoco lo hice bien —respondió él—. Callé por miedo y por ti cuando no me tocaba hacerlo. Si hubiera actuado como yo realmente… habría al menos preparado para ayudarte a entenderlo.
Ella asintió, aceptando eso también. Se levantó despacio y caminó hasta la cama. Se sentó a su lado, dejando apenas unos centímetros entre ambos. Sirius, casi sin pensarlo, le rozó el brazo con la mano.
—Cuando dijiste que te sentías insuficiente conmigo… —Kate apretó ligeramente los labios— eso me dolió más que todo lo demás.
Él bajó la mirada.
—No era justo ponértelo encima.
—No —dijo ella—. Pero entendí de dónde venía y no quiero que te quedes solo con eso.
Giró finalmente el rostro hacia él.
—Nunca he pensado que no seas suficiente. Nunca. Si alguna vez parecí firme, clara, segura… no era porque estuviera evaluándote. Era porque confiaba en ti. Porque te veía capaz.
Sirius tragó saliva.
—A veces me miras como si vieras una versión de mí que yo no siempre sé sostener.
—Entonces mírame ahora —respondió ella—. No quiero que seas mejor solo quiero que seas tú. Incluso cuando dudas.
Se quedaron así, muy cerca. Kate no apartó la mirada esta vez. Alzó la mano despacio y, con una suavidad que contrastaba con la intensidad de días atrás, apoyó dos dedos en la sien de Sirius.
—Lo que me da miedo no es que discutamos. Eso lo hemos hecho mil veces desde hace años —dijo en voz baja—. Es que esto… —presionó apenas, sin apartar los ojos de los suyos— te haga daño. Que esa idea se quede aquí dentro y empiece a crecer.
Sirius no se movió. Ni siquiera parpadeó.
—No quiero que un pensamiento así te robe nada —continuó ella—. Ni un gesto. Ni una decisión. Ni una risa.
Él dejó escapar el aire lentamente.
—Kate…
—Escúchame.
No era una orden, era una petición casi desesperada.
—Me gustas cuando dudas antes de hablar, aunque a veces me desesperes. Me gusta que pienses las cosas más de lo que aparentas. Me gusta que seas impulsivo cuando se trata de proteger a los tuyos. Me gusta que nunca hagas nada a medias. Me gusta que hagas travesuras. Me gusta cuando te concentras estudiando aunque digas que no te gusta.
Sus dedos bajaron desde su sien hasta su mejilla.
—Me gusta que seas testarudo. Que no aceptes lo que no crees justo. Que hayas tenido el valor de irte de donde venías. Que me hayas mirado como me miras…que te hayas enamorado de mí…
Él sostuvo su mirada con algo que ya no era inseguridad, sino asombro contenido.
—Y sí —añadió con una pequeña curva en los labios—, incluso me gusta esa elegancia tuya que finges que no tienes. Esa forma de moverte, de hablar cuando quieres ser serio… eso también viene de ser Black, y me gusta.
Sirius soltó una risa baja, incrédula.
—Eso no suele contarse como halago.
—En ti sí. Porque lo has elegido y no te define. Lo llevas como quieres llevarlo.
El silencio se volvió distinto.
—No necesito que seas más que esto —concluyó ella, dándole un pequeño beso en los labios—. Y no voy a permitir que te mires como si fueras menos… porque si lo haces… te vas a alejar de mi. Y yo… no podría soportarlo.
Sirius la observó un segundo más, luego la abrazó. La rodeó por completo, como si quisiera asegurarse de que ella entendiera que la estaba escuchando. Que la estaba dejando entrar en un lugar donde pocas veces dejaba a nadie. Kate cerró los ojos un instante dentro de ese abrazo. Cuando se separaron apenas lo justo para mirarse, ella sonrió.
Sirius la observó un segundo más, luego una chispa traviesa le cruzó la mirada.
—Ven aquí.
Kate apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que él le atrapara la muñeca con suavidad y tirara de ella hacia atrás. Soltó un pequeño grito ahogado cuando perdió el equilibrio y cayó sobre la cama entre las sábanas revueltas, justo encima de él.
—¡Sirius Black! —protestó, aunque la risa ya le traicionaba en la voz.
Él sonrió de lado, con ese descaro imposible incluso recién despertado.
—Llevas toda la conversación actuando como una persona razonable. Me parecía sospechoso.
Kate intentó incorporarse, pero él la sujetó por la cintura y volvió a hundirla a su lado. Las dos risas llenaron la habitación con una ligereza nueva, limpia, como si después de tantos días tensos por fin el aire se hubiera despejado.
—Eres insoportable —dijo ella, apartándole un mechón de pelo de la frente.
—Y aún así has venido a mi habitación a admirarme mientras duermo.
—He venido a asegurarme de que seguías vivo. Hay diferencia.
—Mm. Prefiero mi versión.
Kate negó con la cabeza, todavía sonriendo. Desde tan cerca podía verle bien: las ojeras marcadas, el cansancio escondido tras el brillo de sus ojos, la palidez de quien llevaba demasiado tiempo sosteniendo demasiado. La ternura le suavizó el gesto, luego le tocó la mejilla con la yema de los dedos.
—Venga, duerme un rato —murmuró—. Tienes un aspecto horrible.
Sirius abrió la boca, ofendido por pura costumbre.
—Qué forma tan cruel de hablarle a un hombre vulnerable.
—Duérmete, Black.
Él soltó una risa baja. Después, sin discutir más, se movió hasta acomodarse contra ella, apoyando la cabeza en su hombro y un brazo alrededor de su cintura. Kate se quedó quieta un instante, sintiendo cómo el peso de él se rendía poco a poco. Le pasó una mano por el cabello despacio, en silencio. La respiración de Sirius comenzó a acompasarse. Antes de quedarse dormido del todo, sonrió apenas contra su cuello.
—Qué suerte tengo…
Kate bajó la mirada hacia él, con una sonrisa tan pequeña como sincera.
—Sí. Muchísima. No sabes cuánto te quiero…
Sirius se durmió abrazado a ella. Esta vez sin miedo, sin distancia, sin nada que arreglar.
Lily caminaba por una calle lateral del Soho, lejos del mundo mágico por unas horas, disfrutando del anonimato entre los muggles. Se detuvo frente a una pequeña librería con escaparates polvorientos y sonrío. El cartel pintado a mano decía Wendell & Sons – Rare & Used Books. Entró y se dirigió directamente donde estaba Remus, con una chaqueta algo gastada y un libro en la mano, leyendo de pie.
—¿También frecuentas libros muggles, Lupin? —dijo Lily con una sonrisa en los labios.
Remus levantó la mirada, sorprendido al principio, pero enseguida sonrió.
—Tienen algunos títulos interesantes, lo admito.
Rieron, y a los pocos minutos ya estaban sentados en una terraza tranquila entre edificios antiguos.
—No sé qué haré cuando termine Hogwarts —dijo Lily, removiendo su taza con la cucharilla—. A veces pienso en ser sanadora. O… quizás trabajar con encantamientos. Pero entonces llega James con sus ideas de unirse al cuerpo de aurores y todo se tambalea.
Remus se apoyó en el respaldo de la silla, mirando a la gente pasar.
—¿Y te parece una locura?
—No. Me parece… necesario. Aunque también triste, como si el futuro se redujera a pelear o esconderse.
—Lo entiendo —dijo él con suavidad—. Yo también lo pienso. Dicen que buscan gente comprometida y lo estamos. Pero… a veces me pregunto si lo que soy me permitiría entrar, aunque nadie lo diga en voz alta.
Lily lo miró, sabiendo exactamente a qué se refería.
—Tú eres la persona más preparada de todos nosotros, Remus. Que este mundo sea ciego es un fallo del mundo, no tuyo.
—Y tú, Lily Evans, vas a ser peligrosa con o sin varita.
Sonrió, algo más cansado. Lily lo notó.
—¿Quieres hablar de Pippa? —preguntó con suavidad.
Remus levantó la mirada.
—No sé qué decir, en realidad —confesó—. Parece bien. O al menos, intenta parecerlo. Pero… últimamente se cansa más rápido y le cuesta dormir. Tiene dolores…
Lily asintió, sus dedos rodeando la taza.
—¿Qué dicen los sanadores? —preguntó Lily, bajando la voz.
—Lo mismo de siempre. Que las maldiciones sanguíneas son imprevisibles. Que pueden estabilizarse… o agravarse. Que tienen ciclos y que hay pociones que pueden ayudar, pero ninguna cura real.
Lily tomó aire, sintiendo cómo el dolor de Remus, siempre tan contenido, le pesaba en el pecho.
—¿Se lo has dicho a alguien más?
—James lo sabe y Sirius también. Pero Pippa me pidió que no quisiera miradas preocupadas.
—Lo entiendo. Pero tú también necesitas hablar de ello, me alegro que lo sepan los chicos.
Remus sonrió, con esa mezcla de gratitud y cansancio que solo él podía expresar con tanta suavidad.
—¿Y qué tal hablar de ti y James? ¿Se aproxima una batalla épica llamada relación?
Lily soltó una risa.
—Te aclaro que todavía no hay relación.
Ambos rieron.
Regulus se encontraba en el viejo despacho de su padre, mientras trataba de cerrar su mente. La voz de su madre resonaba como un eco venenoso en su memoria: “Sin emociones. Una mente que no puede ser leída no puede ser manipulada.” Había estado practicando la oclumancia cada noche. Ella entró sin llamar.
—Regulus, mañana por la noche es la recepción de los Greengrass. Ya te he hecho encargar una túnica nueva.
—No voy a ir —respondió sin abrir los ojos.
—No es una petición.
La voz de Walburga Black era suave, casi cortés, lo que la volvía más peligrosa. Regulus entreabrió los ojos, encontrando la figura alta y elegante de su madre cruzada de brazos frente a él.
—No me interesa esa fiesta —murmuró él, con una calma que le costaba mantener.
—Oh, pero hay mucho interés en ti, querido. El joven Black, cada vez más prometedor, cada vez más respetado. Hay nombres que debemos mantener vivos. La sangre no se honra sola.
Regulus cerró los puños.
—No quiero ser exhibido.
Walburga lo ignoró.
—Me han llegado rumores —añadió con lentitud—. Que estuviste en medio de ese ataque en Londres y que algunos te vieron con una Bellerose. Gracias a Merlín no con la rebelde, esa solo puede relacionarse con gente como tu hermano, era la otra.
Regulus no respondió, el corazón latiendo con fuerza en su pecho.
—Elizabeth, ¿verdad? Tan correcta, tan recatada. Ravenclaw, pero con buen juicio. De buena familia y tiene sentido. Tal vez sería hora de pensar en alianzas duraderas.
—No la metas en esto —dijo él al fin, con voz baja, tensa.
Su madre lo miró de reojo.
—¿No? Me pareció que la protegías con bastante... dedicación. Fue imprudente de tu parte, aunque... adorable. El heroísmo juvenil puede tolerarse si se encauza bien.
Regulus se levantó despacio. El espejo lo seguía reflejando: rostro serio, hombros tensos, los ojos grises oscuros como tormenta.
—Beth no es un premio, ni una moneda de cambio.
—Todo el mundo lo es, Regulus. —Walburga se giró hacia él—. Tú incluido. Cuanto antes lo aceptes, más fácil será tu ascenso. Nadie tiene el lujo de elegir con el corazón en tiempos como estos.
—¿Y Sirius?
Ella no respondió, pero la mirada que le dirigió fue fría como un hechizo de congelación.
—Nos vemos en la fiesta —dijo simplemente, y salió de la sala con la elegancia cruel que siempre la precedía.
Regulus se dejó caer sobre el sillón, cerrando los ojos, reprimiendo el grito que le ardía en la garganta. No iba a dejar que Beth terminara atrapada en el mundo que a él mismo lo estaba sofocando. Y sin embargo, sabía que la red se cerraba cada vez más.
James estaba frente al espejo, abotonando su camisa blanca con cierta torpeza, el pelo húmedo cayéndole desordenado sobre la frente. Sirius estaba tumbado sobre la cama, lanzando al aire la Snitch dorada y atrapándola sin mirar, una y otra vez, con el mismo gesto aburrido y elegante.
—¿Estás nervioso? —preguntó Sirius, sin apartar los ojos del techo.
—¿Yo? —James se rió con una mueca—. Por supuesto que no. Estoy radiante de emoción por asistir a una fiesta llena de sangre pura sospechosa, donde probablemente me lancen miradas asesinas y tenga que fingir que disfruto.
—Exacto —respondió Sirius con una sonrisa torcida—. Una cita romántica contigo mismo.
James suspiró y se giró para mirarlo.
—Podrías venir y hacer de bufón personal.
—Mm… tentador, pero tengo otros planes. Remus y yo vamos a hacer algo mucho más útil.
—¿Cómo qué? ¿Organizar una revolución?
Justo en ese momento entró Remus, con el pelo algo más despeinado de lo habitual.
—¿Revolución? ¿Otra vez?
Sirius se incorporó.
—He pensado que ya que tú y yo estamos excluidos del desfile de máscaras de sangre noble, podríamos hacer algo más interesante. Algo... memorable.
—Por favor —dijo James alzando las manos—, no quiero saber nada.
Sirius y Remus se miraron.
—No prometemos nada.
James se abrochó el último botón del cuello, se observó en el espejo y murmuró:
—Me voy a la muerte.
—Disfruta de la nobleza —le lanzó Remus.
—Y dile a Marlene que Edward lleva demasiado tiempo con cara de mármol, a ver si se le quiebra —añadió Sirius, cogiendo la Snitch y lanzándola al aire una última vez.
James rodó los ojos y desapareció por la puerta. Remus se dejó caer sobre la cama.
—¿Entonces? ¿Qué hacemos?
Sirius sonrió.
—Tengo algunas ideas.
Unas horas más tarde, en Hogsmeade, Sirius Black estaba sentado en el tejado de la Shrieking Shack, las piernas colgando con despreocupación, una botella de cerveza de mantequilla abierta a su lado, silbando una melodía sin ritmo. A su lado, Remus Lupin, con una chaqueta vieja, hojeaba un libro de la biblioteca de los Potter.
—¿Crees que ya están bailando sobre alfombras bordadas? —preguntó Sirius, lanzando una piedra al aire.
—Probablemente evitando a los Greengrass como si fueran veneno. Aunque técnicamente lo son.
—Merlín, ojalá pudiéramos estar ahí solo para hacer algo escandaloso.
—O algo más maduro como... no ir —respondió Remus con una sonrisa ladeada.
Sirius se estiró.
—¿Sabes? Por una vez, no me molesta. Marlene va con Edward, Kate está con Lily, James sufriendo su castigo por ser atractivo para la nobleza... y tú y yo, dos tipos sensatos y marginales, planeando cosas útiles.
Remus cerró el libro.
—¿Qué es lo que estamos planeando exactamente?
—Tengo esto —dijo Sirius, sacando un viejo mapa garabateado con tinta roja y negra—. Es un sendero antiguo entre bosques. Lo conseguí en un baúl antiguo en Hogwarts. Era de un antiguo profesor y se rumorea que hay un círculo de piedra con inscripciones mágicas. Podría ser aburrido o podría ser una noche interesante.
—Me temo que la curiosidad ya ganó.
Sirius sonrió como un niño.
—Entonces vamos, señor Lupin. El mundo no se va a explorar solo.
Ambos se pusieron de pie. Y con un destello de sus varitas, desaparecieron entre los árboles.
En paralelo, los salones de la familia Greengrass estaban lleno de invitados bien vestidos: políticos, aurores retirados, herederos de apellidos centenarios, jóvenes atractivos de buen apellido… y una música elegante que llenaba el aire.
Marlene entró del brazo de Edward, atrayendo una mirada colectiva sin que nadie lo dijera en voz alta. Su porte era impecable pero sabía perfectamente que no todos allí la querían, como, por ejemplo, Cereus Greengrass, la enemiga de Marlene desde… desde siempre.
Cereus Greengrass, en el otro extremo del salón, giró el rostro al verlos llegar. Su mirada se fijó en Edward, luego desvió la vista intentando disimular.
—No hay duda —susurró Edward hacia Marlene—. Cereus nos ha visto.
—¿Contento? Creo que competimos desde que tenemos uso de razón.
—Mucho. Y, créeme, siempre has ganado.
La conversación entre ellos quedó silenciada por los saludos, las presentaciones y el inicio de la noche.
—No, no hay compromiso —respondió Edward con calma a la señora Selwyn—. Pero sí, Marlene y yo estamos juntos.
—Por ahora, eso es suficiente. Todavía tengo que terminar Hogwarts—añadió Marlene, sin dejar de sonreír, con una elegancia que no le era ajena.
Cereus se acercó a Edward y Marlene mientras se servían champán.
—Edward —dijo con una sonrisa falsa—. ¿Un baile? Como los viejos tiempos.
Edward la miró un segundo, luego respondió:
—Gracias, Cereus, pero no me parece propio. Estoy con Marlene esta noche.
—Vaya... qué lealtad tan... inesperada. Me alegra comprobar que los rumores no eran tan vagos como parecían —dijo, sin apartar la mirada de Marlene—. A veces, las sorpresas no lo son tanto.
Marlene mantuvo la mirada firme, su tono sereno y educado.
—Las sorpresas suelen molestar más a quien vive esperando que el mundo se pliegue a sus deseos.
Cereus sonrió con un destello casi cortante.
—Oh, no era molestia. Era simple curiosidad aunque supongo que todos sabemos lo efímero de ciertos... acuerdos.
—Por suerte, los acuerdos reales no se basan en expectativas ajenas —replicó Marlene.
Edward, que había permanecido en silencio, sonrió entonces.
—Si me disculpas, Cereus —añadió él, con la cortesía precisa—. Todavía no le he ofrecido nada de bebida a Marlene.
—Por supuesto —respondió Cereus, casi con un susurro. Pero su mirada a Marlene era más elocuente que cualquier palabra.
Al alejarse, Marlene soltó el aire que no había notado que contenía y Edward giró hacia ella.
—Tu forma de cortarle las alas a las serpientes es impresionante.
—Tengo un entrenamiento de años
En un salón secundario, un grupo de hombres conversaba con las voces bajas.
—El Ministerio está debilitado —decía Cygnus Black—. Las leyes son una ofensa a nuestra herencia.
—No se trata de atacar, sino de restaurar el orden —dijo Corvus Travers, su tono tranquilo y siniestro—. Hay maneras elegantes de cambiar el sistema. Con la gente correcta en los lugares correctos.
—Ya las hay —dijo Nott.
Fue entonces cuando Fleamont Potter, con un vaso en mano y su porte inconfundible, se acercó sin pedir permiso.
—Qué interesante conversación. Lástima que en toda esa elegancia no haya ni un atisbo de valor real —dijo.
—¿Cree que hablar así no tiene consecuencias, señor Potter? —preguntó Cygnus con voz grave.
—Cree usted que el miedo es sinónimo de consecuencia. Está equivocado.
Se hizo un silencio denso. Luego, Fleamont sonrió educadamente y se alejó.
Sirius y Remus caminaron bajo el cielo estrellado, con la luz de sus varitas danzando entre los árboles. El sendero que Sirius había encontrado parecía viejo: piedras cubiertas de runas y árboles torcido.
—¿Seguro que no es una trampa Slytherin? —preguntó Remus en voz baja.
—Era del baúl de un profesor, creo que Runas —respondió Sirius, agachándose para examinar una piedra—. Mira esto es algo sobre protección mágica... o “pan con mermelada de runa”, no estoy seguro.
—Sirius…
—Sí, ya sé. Estoy improvisando.
Rieron, pero el bosque se volvió más oscuro conforme avanzaban y el sendero se abría hacia un claro donde una estructura de piedras en círculo se alzaba entre la niebla. El aire era más frío, el silencio más espeso. Remus tragó saliva.
—¿Tienes la sensación de que esto no ha sido usado en años... y al mismo tiempo como si alguien lo esperara?
Sirius miró el círculo y, por una vez, su sonrisa se atenuó.
—Sí —dijo en voz baja—. Vamos a averiguarlo.
—¿Seguro que este sitio no está protegido? No me apetece terminar atrapado en una ilusión de siglos —bromeó.
—No hay hechizos de contención, pero sí magia residual. Algo estuvo aquí y es algo importante.
Caminaron entre árboles hasta el círculo de siete piedras erguidas.
—Bueno... —susurró Remus—. Esto no estaba en Hogwarts, una historia.
Sirius caminó hacia una de las piedras. En su superficie había una inscripción gastada, casi borrada.
—Está en un dialecto antiguo... céltico, creo —murmuró Sirius, acariciando la piedra con los dedos—. Mi madre siempre decía que esta zona era campo de rituales ancestrales. Claro que lo decía como si escupiera serpientes. Pero mírala ahora —añadió con una risa leve—. Su hijo mayor, explorando lugares que no aparecen en los libros de historia pura.
Remus examinó otra piedra.
—Esto parece un calendario lunar. ¿Y si este lugar no solo era ceremonial, sino un marcador del tiempo? ¿O un punto de convergencia mágica?
Sirius lo miró de reojo.
—¿Quieres decir... un foco?
Remus asintió lentamente.
—Exacto.
Entonces, sin previo aviso, una ráfaga de viento recorrió el cielo. Las copas de los árboles se agitaron, y las piedras comenzaron a emitir un leve resplandor azulado. Sirius se acercó más, mirando fascinado.
—¿Te sientes... observado?
—Un poco—corrigió Remus con un escalofrío
Ambos se quedaron en silencio un instante. La luna menguante estaba en lo alto, derramando su luz plateada sobre el claro oculto entre los árboles. Remus, con la varita en la mano, examinaba unas runas talladas en una de las piedras centrales.
—Aquí dice algo... raro —murmuró, entrecerrando los ojos—. Algo sobre "los poseedores de los dones" y que "observan a los vivos".
—¿Qué? —Sirius se acercó, deteniéndose a pocos pasos del círculo central. Miró las marcas sin entender ni una palabra.
—No lo sé exactamente, pero creo que... no estamos solos.
Sirius abrió la boca para hacer un comentario sarcástico, pero en ese instante, la luna alcanzó el punto exacto sobre el claro. Un rayo de luz cayó justo en el centro del círculo de piedra, como si fuera guiado por una mano antigua. Un zumbido leve, como el crujido de las hojas, se elevó. Sirius retrocedió un paso, parpadeando por el resplandor que crecía con fuerza inusitada y Remus levantó un brazo para cubrirse los ojos.
Y entonces, ocurrió.
Del centro de luz brotó una figura, una silueta femenina, flotando apenas por encima del suelo, hecha de pura luz dorada. Su cabello ondeaba como llamas de sol, sus ojos eran luminosos llenos de nostalgia y dulzura.
Sirius cayó hacia atrás, boquiabierto, sus ojos fijos en ella. La figura giró el rostro hacia él… y sonrió. Era una sonrisa tierna que reconocía algo en él. Sirius, enmudecido, sintió un golpe en el pecho. Había algo en esa mujer... algo que le resultaba insoportablemente familiar.
Ella descendió un poco más, extendiendo la mano hacia él. Su mirada se volvió más intensa, más ansiosa. Pero entonces cuando parecía que iba a decir algo… sus ojos cambiaron. Se agrandaron, como si acabara de descubrir algo. Y una lágrima, fina y dorada, se deslizó por su mejilla. Se apartó, como si aquello fuese un error. Como si, al verlo más de cerca, entendiera que no era a quien esperaba.
Remus, en la orilla del círculo, observaba en silencio. La magia era poderosa, antigua… pero también triste.
La luz de la luna se movió un poco, y con ella, la figura comenzó a desvanecerse. Primero sus bordes, luego su cabello, por último sus ojos. En segundos, no quedaba nada. Sirius seguía en el suelo. Remus se acercó despacio, sentándose a su lado.
—¿Estás bien?
—No lo sé —respondió Sirius, con la voz baja.
El silencio volvió, pero no era el mismo. Algo había cambiado en esa noche de verano.