Capítulo 11: Vínculos
6 de diciembre de 2025, 23:17
Capítulo 11: Vínculo
Los corredores del palacio real resplandecían con la luz del mediodía, reflejada en mármoles blancos y en tapices azul celeste. Aurelia Vaeloria avanzaba con su vestido de tonos perlados que resaltaba sus ojos azul cielo. La elegancia innata por la que era conocida en toda la Provincia Central se reflejaba a distancia.
Había sido una visita agradable. La reina la apreciaba como si fuera una segunda hija, y Aurelia siempre sentía paz al conversar con ella, lejos de intrigas y rumores. Hasta que, al doblar un pasillo… lo vio.
Luthar Veyn estaba apoyado contra una columna, rígido como un poste, vestido con su habitual uniforme oscuro y la mirada tan afilada como el acero que llevaba al cinto. Su sonrisa, sin embargo, era lo más inquietante: cortés, falsa… y hambrienta.
—Dama Vaeloria —dijo inclinándose exageradamente—. Qué afortunada coincidencia.
Aurelia suavizó su expresión, aunque su estómago se tensó.
—Señor Veyn. Buen día.
Él caminó hacia ella con lentitud medida, demasiado cerca, demasiado confiado.
—La reina debe alegrarse siempre que usted la visita. Su presencia ilumina los pasillos. —Su voz descendió un tono—. Como una llama en una sala apagada.
Aurelia retrocedió apenas un paso, disimulando con una reverencia ligera.
—Usted es muy amable. Pero debo atender un asunto familiar. Le ruego disculparme.
Intentó avanzar, pero Luthar se deslizó hacia un lado bloqueando su camino, el gesto educado… pero el mensaje claro.
—Siempre tan ocupada, Aurelia. —Usó su nombre sin permiso y ella se tensó—. Sería un verdadero honor que me concediera un poco de su tiempo.
Se inclinó hacia ella, demasiado.
—Creo que podríamos… comprendernos mutuamente.
Aurelia sonrió con cortesía helada, aunque su pulso se aceleró.
—Me temo que no será posible hoy, señor Veyn. —La palabra “señor” sonó como un recordatorio—. Mi padre requiere mi presencia en breve.
Él la observó con ojos entrecerrados, inspeccionando cada temblor diminuto de su postura, cada duda. Luego ladeó la cabeza con una sonrisa que no tocaba sus ojos.
—Como desee. No insistiré… por ahora.
Aurelia inclinó la cabeza y se retiró de inmediato, caminando sin mirar atrás hasta atravesar los exteriores del palacio y alcanzar la calle principal. Subió al carruaje donde le esperaba su hermano. Los caballos se pusieron en marcha y mientras volvía a la Villa Vaeloria, comenzó a respirar un poco mejor. Pero el alivio solo duró hasta que la puerta de la mansión se cerró y su hermano la miró fijamente.
—Aurelia —la voz grave, protectora de su hermano mayor, Caelan Vaeloria, resonó en el vestíbulo.
Ella alzó la vista. Y él la observaba con el ceño fruncido y los puños apretados, como si hubiese visto a través de ella.
—Caelan… —empezó.
—Sir Luthar… —Su tono era una mezcla de furia controlada y miedo genuino—. Ese hombre no se acerca así a una Vaeloria. Y menos a ti.
Aurelia bajó la mirada, sintiendo por primera vez que el peligro no era una impresión, sino una sombra real rozándole los talones. Caelan respiró hondo y avanzó hacia ella.
—Escúchame bien, hermana —dijo en voz baja, urgencia pura—. Tienes que tener cuidado con él.
Aurelia parpadeó, helada.
—¿Por qué?
Él la tomó de los hombros con firmeza.
—Porque Luthar Veyn no actúa solo —susurró— Y temo que lo que desea… no es solo tu compañía.
Aurelia apenas tuvo tiempo de quitarse los guantes cuando Caelan la tomó del brazo con urgencia.
—Ven conmigo. Ahora —dijo en voz baja, firme.
—¡Caelan, espera! ¿Qué ocurre? —preguntó Aurelia, intentando seguirle el paso.
Al llegar al segundo piso, Caelan abrió de golpe la puerta de su propia habitación. Los sirvientes dieron un respingo, pero él solo ordenó:
—Dejadnos solos. Nadie entra. ¿Entendido?
Los criados se dispersaron al instante, cerrando la puerta tras ellos. La habitación estaba en perfecto orden.
—¿Qué ocurre? —preguntó Aurelia, sintiendo cómo la tensión del día se concentraba en su pecho.
Caelan apoyó ambas manos en el escritorio, como si necesitara sostenerse.
—No quiero alarmarte, pero tengo que contártelo antes de que alguien más intente usarlo contra ti.
Ella dio un paso hacia él, preocupada.
—Hermano…
Entonces él se enderezó, respiró hondo y la miró directamente.
—Es sobre el príncipe Willem… y los demás.
Aurelia sintió un pinchazo en la garganta.
—Henrik Felder, Octavius Thalmyr y Roderic Vahl partieron hacia Noirmont en una misión aconsejada por Luthar Vayn.
Aurelia frunció el ceño.
—¿Ese consejero… de verdad es tan cercano a la corona como presume?
—No —dijo Caelan, casi con un dejo de desdén—. Pero intenta serlo. Demasiado.
Él comenzó a caminar por la habitación, inquieto.
—La cuestión es esta: el rey Theobald, el capitán Felder y nuestro padre sospecharon desde el principio que la misión era una trampa. Todo fue demasiado conveniente, demasiado “oportuno”. Y la idea vino directamente de Luthar Vayn.
Aurelia sintió que el estómago se le cerraba.
—Entonces… ¿por qué permitieron que el Príncipe Willem fuera?
—Porque no tenían pruebas. Y porque el Príncipe insistió. —Caelan apretó los dientes—. Pero para asegurarse de que todo fuera bien, se estableció un sistema de comunicación: mensajes cada dos días.
Aurelia asintió, recordando haber oído algo al respecto.
—¿Y han dejado de llegar?
—Desde hace cinco días.
El silencio cayó como una losa. Aurelia llevó una mano a sus labios.
—Podrían estar en peligro… —murmuró.
Caelan bajó la mirada un instante, con algo parecido a pena y empatía.
—Exacto.
Luego volvió a mirarla, serio.
—Aurelia, si lo que tememos es cierto… Luthar Vayn no solo puso la trampa. Está esperando poder aprovecharse del caos que se produzca.
Ella lo observó, intentando procesarlo todo.
—¿Y yo qué tengo que ver con esto?
Caelan cerró la distancia que los separaba y le tomó suavemente los hombros.
—Aurelia… tú eres valiosa para padre. Eres valiosa para la corte. Y Luthar lo sabe. Si el príncipe no regresa pronto, si la expedición se confirma como desaparecida o en peligro… —traga saliva— puede intentar presionar al capitán Vaeloria a través de ti.
Aurelia entendió al instante. Y su rostro se endureció, digno, frío como el cristal.
—¿Quieres decir… matrimonio? —pronunció sin vacilar.
Caelan bajó la cabeza apenas, confirmándolo.
—Un matrimonio de conveniencia para “garantizar” la lealtad de nuestra casa y la seguridad del príncipe, o… lo que quede de ella. Algo así como un intercambio.
Aurelia respiró hondo, una mezcla de orgullo y horror recorriéndole la espalda.
—No permitiré que me usen así —dijo con firmeza, enderezando la postura—. Ni pondré a nuestra familia en una posición vulnerable por culpa de las maniobras de un miserable.
Caelan la observó con una mezcla de alivio y miedo.
—No debería preocuparte —murmuró Aurelia—. Hermano, yo sabré cómo enfrentar a Luthar. Lo que más importa ahora es el príncipe, y…todos los demás.
Pero Caelan negó con la cabeza.
—Claro que me preocupa. Eres mi hermana. Y si él intenta… —Cortó la frase, incapaz de terminarla.
Aurelia, suavizando el gesto, tomó las manos de Caelan entre las suyas.
—No dejaré que me utilice. Ni que utilice a nuestra familia. Te lo prometo.
Caelan cerró los ojos un instante y asintió, profundamente conmovido.
—Solo… ten cuidado, Aurelia —pidió con una voz que pocas veces dejaba oír en público—. No subestimes a Vayn. Bajo esa máscara servil hay alguien dispuesto a destruirlo todo para ascender.
Ella apretó sus manos con fuerza.
—Lo tendré.
Y por un momento, ambos hermanos quedaron en medio de la habitación, compartiendo un silencio cargado de preocupación, afecto y un destino que acababa de cambiar.
La madrugada envolvía Montclair en un silencio casi sagrado. El palacio, normalmente lleno de luz y música, dormía bajo un manto de penumbra azulada. Solo una ventana seguía encendida: la de Aurelia Vaeloria.
Ella estaba sentada en un sillón bajo, junto al balcón abierto, con un camisón blanco que le caía suavemente sobre la piel. La brisa nocturna le agitaba el cabello dorado, suelto, largo, casi resplandeciente bajo la luz tenue de los astros. Tenía las rodillas juntas, los dedos entrelazados, la mirada perdida en el cielo.
—Henrik… —susurró sin poder evitarlo.
No esperaba una respuesta. Pero ese nombre, dicho en voz baja, llenaba la habitación de una melancolía profunda.
Pensó en su sonrisa torpe, en esa manera de tensar los hombros cuando estaba nervioso, en la forma en que siempre bajaba la mirada cuando ella le hablaba demasiado cerca. Pensó en sus manos, en su valentía, en la lealtad que llevaba dentro como fuego.
Y luego pensó en las palabras de Caelan.
Cinco días sin noticias.
Una trampa planeada por Luthar Vayn
Un futuro donde ella sería usada como moneda.
Un matrimonio de conveniencia a costa de su libertad… y de la vida de los que amaba.
Una punzada de angustia la sacudió. Aurelia apretó los ojos, las lágrimas amenazando. Pero las contuvo. Respiró hondo. Miró de nuevo el cielo. Y comprendió que no podía quedarse esperando.
—Tengo que hacerlo —murmuró.
Se levantó del sillón, con un movimiento lento pero firme. Descalza, cruzó su habitación y salió al pasillo en silencio. La mansión dormía. Cada sombra parecía contener secretos y advertencias, pero ella siguió adelante.
Llegó a la habitación de su hermano menor, un año más joven que ella. Aquel que siempre la seguía en todo. El que aún soñaba sin preocupaciones.
Abrió la puerta con suavidad. Él dormía profundamente, arropado hasta la barbilla, respirando tranquilo. Aurelia lo observó un instante, con ternura y una punzada de culpa.
—Lo siento —susurró.
Se acercó al ropero y lo abrió sin hacer ruido. Tomó unas camisas sencillas, unos pantalones de montar, botas, un chaleco oscuro. Todo lo dobló con cuidado y lo colocó en sus brazos. Cerró el ropero y salió sin que el muchacho se moviera un centímetro.
De regreso en su habitación, dejó la ropa sobre la cama y se acercó a la ventana otra vez. El cielo empezaba a aclararse muy, muy levemente. El amanecer aún estaba lejos… pero no demasiado.
—Debo hacerlo antes de que salga el sol —se dijo.
Comenzó a preparar un equipaje ligero: una muda extra, un manto de viaje, un pequeño botiquín, provisiones para dos días, su espada —una hoja fina y elegante, con la empuñadura grabada con flores de plata— y una cantimplora.
Luego se sentó frente al pequeño escritorio. Tomó papel y pluma, y con mano firme escribió dos cartas. Una para sus padres. Otra para Caelan. Ambas breves. Ambas necesarias. Cuando terminó, las dejó sobre la cama, visibles.
El momento más difícil llegó después. Se sentó frente al tocador. La vela iluminaba su reflejo: Aurelia Vaeloria, hija noble, rubia, elegante, reconocible en cualquier corte o ciudad. Demasiado reconocible. Su cabello dorado caía en ondas hasta la mitad de su espalda. Ella lo tomó entre las manos, lo acarició un instante. El último instante. Suspiró.
—Que los vientos me perdonen… —murmuró.
Tomó una daga pequeña y afilada que tenía junto al tocador. La levantó. Apretó los dientes. Y con un movimiento decidido, cortó. El sonido metálico de la hoja deslizando entre los mechones llenó la habitación, y una cascada de oro cayó sobre sus rodillas. Aurelia cerró los ojos un instante. No lloró. Pero su corazón tembló.
Cuando se miró al espejo otra vez, ya no era la joven noble del palacio. Era una viajera. Un fugitivo. Un alma hacia un destino incierto.
Se puso la ropa que había tomado de la habitación de su hermano: camisa, pantalones, chaleco, botas. Ajustó la espada a su cintura. Se colgó el bolso. Y antes de salir, se detuvo junto a la puerta. Miró la habitación una última vez.
—Volveré. Lo prometo —susurró.
Abrió la puerta y avanzó sigilosamente por los pasillos. Bajó las escaleras. Atravesó el jardín sin ser vista. Y llegó a las caballerizas. Su caballo blanco, Argento, la reconoció al instante y relinchó suavemente, inquieto por la hora.
—Shhh… tranquilo, amigo —Aurelia acarició su cuello—. Tenemos que partir antes de que alguien se despierte.
Le colocó la silla y las riendas, subió con agilidad, y sin mirar atrás espoleó al animal. La mansión Vaeloria quedó atrás, iluminada solo por la débil luz de la luna. El camino hacia la Academia se abría ante ella, oscuro, incierto, peligroso… Pero Aurelia Vaeloria no dudó.
Galopó hacia la noche. Hacia el riesgo. Hacia el príncipe. Hacia Henrik. Hacia el destino que ella había elegido.
El amanecer apenas había comenzado a teñir de rosa los muros de Villa Vaeloria cuando la dama de compañía de Aurelia, la joven Elwina, subió las escaleras con un cesto de flores frescas. Como cada mañana, tocó suavemente la puerta.
—Lady Aurelia… es hora de despertar.
Silencio. Elwina sonrió, pensando que tal vez la joven noble dormía profundamente. Abrió la puerta con suavidad.
—¿Mi lady…?
Avanzó un par de pasos.
Y entonces lo vio. La cama de Aurelia estaba vacía. La ventana entreabierta, las cortinas agitándose. Sobre las sábanas… dos sobres con el sello Vaeloria. Y en el suelo, junto al tocador, un montículo de cabello rubio cortado, brillante como oro caído. El grito que escapó de Elwina fue tan desgarrado que atravesó toda la mansión.
—¡LADY AURELIA!
El eco recorrió las paredes como una campana rota. En pocos segundos, pasos apresurados resonaban por el pasillo. El primero en entrar fue el capitán Vaeloria, padre de Aurelia, aún con la ropa de dormir y el rostro pálido como la cal.
—¿Qué ocurre? ¿Dónde está mi hija?
Elwina no podía hablar. Señaló con el dedo tembloroso la cama. El padre vio las cartas. Vio el cabello. La sangre se le heló.
—No… —murmuró con un terror silencioso.
Tras él entró Caelan, el hermano mayor, quien se detuvo en seco al ver el tocador. Supo al instante lo que significaba ese cabello en el suelo. Supo que Aurelia había tomado la decisión que él temía y respetaba a partes iguales.
—Aurelia… —susurró, casi sin aire.
La madre irrumpió detrás de ellos, al ver la escena se quedó con el rostro demudado.
—¡Aurelia! ¡¿Dónde está?! —corrió hacia el cabello, lo tomó entre las manos temblorosas, lo apretó contra su pecho como si pudiera devolverlo a su lugar.
El más joven de los hermanos —Adrian— apareció en la puerta con los ojos muy abiertos.
—¿Qué… qué ha pasado? —preguntó con voz quebrada.
Caelan tomó una de las cartas. La otra se la entregó a su padre. El capitán Vaeloria la abrió con manos tensas. Leyó despacio. Cada palabra parecía atravesarle.Cuando terminó, cerró los ojos con rabia contenida.
—La obligaron… —susurró la madre.
—No —dijo Caelan, en un hilo de voz pero firme—. Ella misma eligió.
El padre, con la mandíbula apretada, dobló la carta con cuidado, como si fuera un objeto sagrado o peligroso. Se volvió hacia la puerta, con una decisión fría en el gesto.
—Voy al Palacio.
La madre intentó detenerlo.
—¡Theon, no vayas solo! ¡No así!
Él apenas la miró, pero sus ojos ardían.
—El rey debe saber de este movimiento. Puede cambiar las cosas.
Se marchó sin esperar respuesta, su figura perdiéndose por el pasillo con la fuerza de un huracán contenido. Caelan se quedó en silencio, mirando la ventana abierta, el cielo pálido del alba, el espacio vacío donde Aurelia había dormido la noche anterior. Finalmente cerró los ojos, con un nudo en la garganta… y murmuró, apenas audible:
—Hermana… ojalá el destino te proteja mejor que nosotros.
La brisa se coló por la ventana, moviendo los mechones rubios en el suelo, como un susurro de despedida.
El claro de Sylthara amanecía envuelto en una bruma azulada que parecía danzar entre los árboles. Las Aelires ya estaban despiertas, moviéndose con la ligereza de criaturas hechas de viento y luz. Los hombres—Willem, Roderic, Octavius y Henrik—se encontraban en la zona que les habían asignado.
Mariek salió de entre los árboles del bosque, siguiendo a dos Aelires que la habían ayudado a arreglarse. Ya no llevaba la capa oscura ni la ropa funcional de los últimos días. Vestía un vestido negro suave que resaltaba sus ojos azul océano, y las Aelires habían recogido parte de su cabello negro dejando caer un mechón blanco que brillaba bajo la luz filtrada. Pequeñas perlas decoraban las trenzas laterales.
Willem levantó la vista… y se quedó inmóvil. El príncipe sintió cómo algo le golpeaba el estómago. No era magia. Era nervios. La recordaba fuerte, radiante, capaz, pero así… así tenía que hacer un esfuerzo para recordar cómo respirar. Mariek también lo vio. Y se tensó de inmediato. Él se adelantó a los demás.
—Buenos días… alteza —dijo Mariek con una breve inclinación de cabeza, intentando ocultar el temblor en su voz.
Willem cerró los ojos un instante.
—Otra vez con eso —murmuró, apenas audible.
Ella apretó el puño, consciente del asentimiento respetuoso de las Aelires que estaban cerca, y repitió con más distancia:
—Buenos días, alteza.
Willem inspiró hondo, como si tratara de ordenar las emociones que todavía lo sacudían desde la noche anterior. Ambos recordaban el abrazo. La forma en que él había hundido el rostro en su cabello. El calor. La confesión entre susurros. Y cómo, pese al miedo, ella lo había abrazado de vuelta, aferrándose a él hasta que las lágrimas vencieron su resistencia.
Ahora, frente a ella, Willem no sabía dónde poner las manos. Ni cómo mirarla sin traicionar demasiado.
—No tienes por qué… —empezó, pero su voz se quebró y tuvo que recomponerse—. No tienes por qué volver a tratarme así. Como heredero…
Mariek respiró hondo. Muy hondo. Las palabras se le clavaban.
—Justamente por lo que ocurrió anoche, alteza… —la palabra esta vez le tembló y él lo notó— …es por lo que debo ser cuidadosa. No se debe repetir.
Willem la observó con una mezcla de frustración y un miedo que no sabía reconocer en sí mismo.
—Yo no quiero distancia —confesó, en voz baja—. No después de dos años sin saber de ti. No después de…
Ella dio un paso atrás, alarmada por la intensidad en sus ojos grises.
—No diga eso delante de los demás —susurró, casi suplicando y mirando a los otros tres caballeros, en especial su hermano, por encima del hombro de Willem—. Y no me mire así. Nos complicará a ambos.
Willem bajó la mirada, tensando la mandíbula. No dijo nada durante unos segundos… y esos segundos se hicieron eternos para ella.
—Lo siento —dijo por fin, apartándose un paso, aunque sin dejar de mirarla—. Es solo que… —dio una risa nerviosa, casi amarga— …no pensé que al verte otra vez iba a ser tan… difícil.
Mariek tragó saliva. El mechón blanco le cayó sobre la mejilla, y Willem sintió la tentación de apartarlo con los dedos. Pero no lo hizo.
—Será mejor que nos reunamos con todos —dijo, intentando que su tono fuera neutro—. Hoy… debemos tomar decisiones.
Mariek asintió, aunque parecía no estar escuchando del todo. Y justo cuando iba a intentar decir algo más, un sonido de pasos los interrumpió. Henrik se acercó, lanzando una mirada divertida y muy consciente de lo que había interrumpido.
—Príncipe, Mariek —saludó, alzando una ceja—. ¿Listos para la reunión?
Willem se tensó inmediatamente, retrocediendo un paso como si le hubiesen sorprendido cometiendo un delito. Mariek se apresuró a recomponer la postura, formal y fría como un muro.
—Sí, por supuesto —respondió ella.
Henrik sonrió, pero no dijo nada. No hacía falta: lo había visto todo. Willem se obligó a enderezarse, respiró hondo… y caminó junto a ella hacia el claro principal. Los dos, más nerviosos que descansados. Los dos, intentando ignorar el ardor del recuerdo del abrazo compartido. Los dos, sabiendo que esa mañana sería mucho más complicada de lo que esperaban.
El claro estaba silencioso cuando llegaron. Solo el murmullo lejano de los árboles acompañaba la tensión creciente. Noahn ya estaba allí, de pie sobre una raíz sobresaliente, observándolos con expresión serena… pero sus ojos se detuvieron un instante demasiado largo en Mariek. Ese instante no pasó desapercibido para Henrik.
Ni para Willem. Pero solo Henrik levantó imperceptiblemente la barbilla como advertencia silenciosa al monje. Mariek no se percató. Noahn habló primero, con voz suave:
—Agradezco que hayáis venido. Tenemos mucho que discutir antes de decidir.
Willem se irguió ligeramente, recuperando el porte del heredero.
—Nuestra expedición a Noirmont debe continuar. Nos dirigimos ahí por indicación directa de la Corona. Creemos que allí se encuentra un objeto… o un arma… que los partidarios de la Oscuridad han estado buscando desde hace meses. Todavía no sabemos su naturaleza exacta. —Ladeó la cabeza, preocupado—. Pero sabemos que podría cambiar el equilibrio del reino.
Octavius añadió con el tono preciso del estratega:
—Y también sabemos que podría ser una trampa. La propuesta de ir a Noirmont no nació en la Corona. Surgió de Luthar Vayn. Por eso enviamos mensajeros cada dos días para reportar nuestro avance.
Roderic cruzó los brazos.
—Pero ya llevamos tres días sin respuesta.
Willem corrigió, severo:
—Cinco.
Henrik lo observó con inquietud. Esa precisión era señal de preocupación profunda.
Mariek apretó los labios. Noahn la miró de reojo, percibiendo el cambio en su respiración. Entonces ella habló:
—Nosotros… también vamos a Noirmont.
La sorpresa cruzó el rostro de Octavius. Henrik levantó la ceja. Willem tardó un instante en procesarlo.
Mariek continuó, firme pero con aquella serenidad que la caracterizaba:
—El Maestro Aldebrand nos dio la orden de partir hacia Noirmont. Debíamos encontrarnos con él allí… mañana al amanecer.
Henrik chasqueó la lengua, incrédulo.
—¿Amanecer? Ni con un caballo de guerra llegaríamos a tiempo desde aquí.
Mariek bajó la mirada por un instante.
—Lo sé.
Noahn habló entonces, cruzando las manos dentro de las mangas, su postura rígida.
—Nuestros senderos se cruzan. Pero debemos decidir si los recorremos juntos… o separados.
Henrik no dudó ni un solo segundo.
—Juntos. Eso es evidente.
Willem lo miró de reojo, consciente del matiz protector en las palabras de Henrik. Pero no dijo nada. Octavius, más frío, intervino:
—Ir todos juntos puede hacernos visibles. Mucho. Si es una trampa para el príncipe, viajar en un solo grupo sería exactamente lo que querrían.
Noahn inclinó ligeramente la cabeza, apoyando esa idea.
—Coincido. Demasiada luz atrae demasiadas sombras.
Henrik frunció el ceño.
—Separarnos es peligroso. Dividir fuerzas nunca ha sido buena idea.
—Pero tampoco exponernos innecesariamente —insistió Noahn.
Mariek permaneció en silencio. Demasiado silencio. No era normal en ella. Willem la miró. Sutil, pero atento. Y vio el conflicto en sus ojos. Tiene órdenes. Tiene lealtades. Y yo… soy otra complicación más para ella.
El príncipe respiró hondo y decidió intervenir con tono neutral:
—Mariek… —dijo él con suavidad— quiero escuchar tu opinión.Conoces a Aldebrand mejor que todos nosotros. ¿Crees que es seguro ir juntos? ¿O él esperaría que mantuviéramos un perfil más bajo?
Ella respiró hondo, pero antes de poder hablar, Noahn dio un paso adelante. No fue un movimiento brusco. Fue discreto, casi involuntario. Pero la intención estaba clara: colocarse más cerca de ella. Henrik entrecerró los ojos, alerta. Willem tensó la mandíbula.
—Yo… —empezó ella— creo que…
Un crujido interrumpió la frase. Esta vez, todos se tensaron. Willem dio un paso protectivo hacia el centro del grupo, de forma inconsciente hacia Mariek. Una Aelire apareció, pálida y jadeante.
—Humanos… —susurró con voz trémula—. Debéis ver esto.
Los llevó a un punto entre los árboles, cerca de la frontera. Allí, en la raíz de un fresno retorcido, había un cuerpo envuelto en barro y hojas. Un hombre joven, con el emblema de la Corona aún visible en el broche de su capa. El cuello marcado, las manos heridas como si hubiese trepado o huido.
Willem se arrodilló a su lado sin dudar.
—Bernal Ortiagón… —dijo en un murmullo— el último mensajero que enviamos…
Mariek sintió un vuelco en el estómago. Roderic se quedó inmóvil. Henrik cerró los ojos un instante. Octavius juró por lo bajo. Noahn, en silencio, tocó la tierra cerca del cuerpo y murmuró una oración. Pero fue Henrik quien vio la marca en el árbol primero. Unas letras trazadas con sangre seca: NO CONFIÉIS EN VAYN
El silencio cayó como un golpe. Willem se puso de pie muy despacio. Su rostro había perdido toda calidez. Toda vacilación. Toda juventud. Era un príncipe. Un heredero. Y ese mensaje estaba dirigido a él.
—A partir de ahora —dijo, la voz tan fría como el acero— nadie viaja solo. Y nadie queda atrás.
Sus ojos grises se dirigieron a Mariek, sin ocultar la decisión que acababa de tomar:
—Vamos juntos. A Noirmont. Cueste lo que cueste. Nos encontraremos con el maestro Aldebrand.
Noahn apretó la mandíbula. No contradijo al príncipe. Pero miró a Mariek una vez más, con una mezcla imposible de leer: preocupación, resignación… y algo que Willem reconoció con un latido doloroso. Interés. Muy mal disimulado.
Pero nadie discutió.
Apenas terminó la reunión, mientras los demás se dispersaron para preparar los caballos y revisar los mapas, Henrik rozó suavemente el brazo de Mariek con los nudillos, un gesto pequeño pero suficiente para llamarla a un lado del claro.
—Ven —dijo con una media sonrisa—. Ya que parece que la mitad del grupo quiere discutir rutas y la otra mitad quiere fingir que no vio nada esta mañana… Necesito aire. Y hablar contigo.
Mariek rodó los ojos, pero su sonrisa se aflojó—una verdadera, no la tensa que llevaba desde que había visto a Willem al amanecer.
—De acuerdo. —Y dejó que Henrik la guiara hacia una zona más tranquila del bosque, donde la bruma azul aún flotaba entre las raíces como un velo.
Henrik caminó un par de pasos más y la miró por encima del hombro—como cuando eran niños y él se escapaba de la supervisión de los tutores para darle a su hermana un respiro—. Mariek conocía ese gesto. Significaba quiero a mi hermana, pero también quiero que hables. Cuando por fin se detuvieron bajo un fresno retorcido, Henrik se cruzó de brazos.
—Bien —dijo—. Ahora sí. Hola, Mariek.
Mariek soltó una risa pequeña.
—Hola, Henrik
—Eso está mejor. —Henrik asintió satisfecho—. Ya me estabas poniendo nervioso con tanto “sí, por supuesto”, “entiendo”, “como el príncipe ordene”. Si sigues hablando así todo el viaje, voy a empezar a pensar que te reemplazaron por una versión encantada y profundamente aburrida de ti. Ya no estamos en la Academia.
Mariek lo empujó con el hombro.
—No soy aburrida. Y es verdad que no estamos en la Academia, pero estamos con un Príncipe, debo ser correcta… consejo que me diste tú mismo hace unos años.
—Hoy te estás esforzando muchísimo por seguir mi consejo.
La risa de Mariek salió más franca, y algo en el pecho de Henrik se aflojó. Su hermana volvía a estar ahí, aunque fuera por momentos.
—Bueno… —dijo él apoyándose en el tronco del fresno—. Empieza. ¿Qué demonios estuviste haciendo estos dos años? Aparte de no escribirnos, dejarnos preocupados y convertirte en una especie de… —buscó la palabra, moviendo la mano en el aire— …leyenda semisalvaje.
Mariek alzó una ceja.
—Te estás volviendo dramático.
—Es el contacto con nobles —bufó Henrik—. Nos vuelve idiotas a todos.
Ella negó con la cabeza.
—Sabes por qué me fui.
Henrik bajó la mirada, pero asintió.
—Lo sé. Y aunque al principio quería arrastrarte de vuelta… —hizo un gesto vago, casi avergonzado— …ahora lo entiendo mejor. Padre y madre han estado preocupados.
Mariek sintió un nudo cálido y agradecido. No necesitaba explicaciones. Que Henrik hubiera dicho ahora lo entiendo era suficiente.
—Aun así —continuó él—. Cuéntame. Todo. ¿Dónde estuviste? ¿Qué hiciste? ¿Qué te enseñó Aldebrand? ¿Y cómo es que ahora eres tan…?—La observó de arriba abajo, con un gesto exagerado de inspección—…misteriosa, poderosa y con tu mechón blanco que te hace parecer una heroína de balada.
Mariek se rio, bajando la mirada.
—Henrik…
—Qué —respondió él, inocente—. ¿No puedo elogiarte?
—No cuando lo dices así.
Henrik se encogió de hombros con elegancia fingida. Mariek suspiró… y comenzó.
—Me fui con Aldebrand la misma noche que dejé la Academia. Me llevó al monasterio, en las montañas de Hohenlicht.
Henrik frunció el ceño, impresionado.
—Pensé que los monjes no aceptaban visitas.
—La mitad de lo que cuentan es lo que hemos oído siempre. La otra mitad es más… agradable como dicen los libros —admitió ella—. Con ellos aprendí a sanar, sí… pero también a contener. A resistir. A enfrentar cosas que no se deberían ver.
Henrik no bromeó esta vez. Al contrario, la miró con una preocupación silenciosa.
—¿Y… Noahn? —preguntó al fin, suavemente.
Ella sonrió, un poco más bajito.
—Es un buen amigo. Y un buen monje. Fue él quien me enseñó a canalizar la magia para curar sin quedarme inconsciente después. Y me acompañó en expediciones con Aldebrand.
—¿Expediciones? —Henrik arqueó una ceja—. ¿Cuántas?
Mariek desvió la mirada, contando mentalmente.
—Muchas. Desde una en el Valle Gris, otra en Lysmer y otras más siguiendo rastros de… bueno… oscuridad que podían ser peligro para la Corona.
—Eso explica por qué ahora tienes esa mirada de “he visto cosas que preferiría no volver a ver jamás”.
—Gracias —respondió ella con sarcasmo.
—De nada.
Mariek suspiró, mirando hacia el claro donde los demás seguían preparando cosas. El nombre que evitaba pronunciar flotaba entre sus pensamientos como una sombra conocida.
—A veces…al volver de las batallas… —empezó, y luego dudó.
Henrik inclinó apenas la cabeza, atento.
—A veces pensaba en…
Se detuvo. Demasiado vulnerable. Demasiado evidente.
Henrik sonrió despacio, sin burla. Sin juicio.
—En el príncipe Willem —terminó él suavemente.
Mariek sintió cómo el calor le subía al rostro como fuego líquido.
—No… no es… —pero la frase murió en el aire.
Era su hermano. No había forma de mentirle.
—Yo sé cuál es mi sitio…
Henrik no respondió enseguida. Él mismo hace unos años había dicho a su hermana que debía saber su lugar con respecto al Príncipe. Pero ahora, miraba a su hermana como si la viera entera por primera vez en mucho tiempo.
—Mariek… —dijo al fin, en voz baja—. Yo tampoco sé cuál debería ser tu sitio. Ni el suyo. Y no voy a decirte que olvides lo que sientes. No soy tan idiota como hace dos años.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos.
—Pero tampoco voy a decirte que lo persigas —continuó—. No cuando el mundo está patas arriba, hay oscuridad en todas partes y él… él va a necesitar algo más que sentimientos para sobrevivir a lo que viene.
Mariek bajó los ojos, aunque una parte de ella—la herida, la que llevaba temblando desde que lo vio al amanecer—agradeció la honestidad. Henrik le tocó el hombro con la mano abierta, cálida.
—Solo sé una cosa —añadió—. Te echamos muchísimo de menos.
Ella tragó saliva, y su voz se volvió un hilo.
—Yo también a vosotros.
—Y a él.
Mariek lo empujó por segunda vez, pero esta vez con una risa que de verdad sonaba a ella.
—¡Henrik!
—¿Qué? —insistió él con expresión inocente—. Es evidente.
Ella negó con la cabeza, intentando controlar el rubor.
—Ya basta.
—Jamás —respondió él—. Soy tu hermano mayor, es mi obligación moral fastidiarte.
Mariek resopló, pero se apoyó en su hombro con un gesto pequeño, casi infantil, casi de hogar. Henrik no se movió. Solo sonrió.
—¿Y tú? —preguntó ella tras un rato, recuperando algo de compostura—. ¿Qué hiciste estos dos años? No sé nada.
Henrik alzó las cejas como si le hubieran dado permiso para hablar de sí mismo, cosa que esperaba desde hacía diez minutos.
—¡Ah! Gracias por fin. Pensé que jamás ibas a preguntar. Pues verás… terminé la Academia. Roderic también. Octavius igual, aunque casi lo echan tres veces. Somos caballeros del Príncipe Willem, que se graduó con honores.
—Normal —rió Mariek.
—También me gradué con honores.
—Me imagino —respondió ella—. Siempre fuiste el que mejor luchaba.
Mariek sonrió.
—¿Y Liora y Elara? —preguntó con un toque más suave—. ¿Siguen en la Academia?
—Sí. Liora está a punto de terminar y Elara se metió de lleno en las misiones del ala norte. —Henrik bajó ligeramente la voz—. Ambas te buscaron. Más de lo que admiten.
Mariek sintió otra punzada, esta vez cálida, familiar.
—Me gustaría verlas.
—Lo harás.
Un silencio amable se instaló entre los dos, hecho de recuerdos compartidos y de cosas difíciles de decir.
—Henrik… —dijo ella sin mirarlo—. Gracias.
Henrik giró la cabeza hacia ella.
—¿Por qué?
—Por tratarme como siempre.
Henrik sonrió. Un gesto sincero, lleno de orgullo fraternal.
—Eres mi hermana —respondió—. Aunque tengas magia peligrosa, secretos mortales y… sentimientos complicados hacia cierto príncipe.
—Henrik.
—¡Última vez, lo prometo!
Pero ella ya estaba sonriendo, una de esas sonrisas que él pensaba que no volvería a ver nunca. A lo lejos, Noahn llamaba a Mariek con un gesto. Willem también miraba en esa dirección, aunque evitaba hacerlo demasiado evidente. Henrik siguió la línea de ambas miradas, y luego, con aire resignado, chasqueó la lengua.
—Será un viaje largo.
—Mucho —respondió Mariek.
—Pero estaré aquí. —Henrik se enderezó, palmeó su hombro—. Para lo que necesites. Aunque sea para darte un empujón cuando empieces a pensar demasiado.
—Gracias
Henrik sonrió.
—Vamos. Si tardamos más, Noahn va a pensar que estoy intentando convencerte de dejar la misión.
—¿Lo harías?
Henrik la observó un instante.
—Haría lo que te hiciera más feliz —respondió, sincero—. Pero no seré yo quien decida por ti.
Mariek lo abrazó. Corto, cálido, inesperado. Henrik tardó un segundo en responder, porque no lo esperaba… pero cuando lo hizo, la apretó con la misma fuerza con la que la había añorado durante dos años. Cuando volvieron al claro, ella estaba más ligera. Henrik también.
El día avanzaba con una claridad fría, filtrada entre los árboles luminosos. El claro central se había convertido en punto de reunión improvisado. Willem estaba de pie al frente de una mesa improvisada. Correcto. Erguido. Príncipe en cada línea del cuerpo.
Mariek, a su derecha, mantenía los brazos cruzados con una disciplina que rozaba la obstinación. Noahn, unos pasos detrás de ella, la observaba con el ceño suavemente apretado, sin decir palabra.
Henrik, como siempre, se colocaba estratégicamente entre su hermana y el mundo. Octavius y Roderic escuchaban con serenidad guerrera, preparados para aceptar la orden que fuese. Luzdelor no se encontraba presente. Los Aelir raras veces intervienen en decisiones humanas.
Willem respiró profundo, cuadró los hombros… y habló.
—Partiremos hacia Noirmont en dos días.
La declaración cayó como una piedra en un estanque: sin gritar, sin dramatismo, pero abriendo círculos que golpearon a cada uno de los presentes.
Mariek parpadeó una vez. Una sola. Luego negó suavemente.
—Dos días es demasiado tiempo, alteza.
El título dolió. Willem lo notó; Noahn también.
—Es la decisión más prudente —continuó el príncipe, manteniendo la voz firme—. Estamos agotados. Necesitamos revisar el equipo, aprovisionarnos… si nos precipitamos…
—No es precipitación —lo interrumpió Mariek con un filo inesperado—. Es compromiso. Noahn y yo debíamos llegar mañana al amanecer. El Maestro Aldebrand espera que estemos ahí. No podemos permitirnos retrasos.
Willem entrecerró los ojos.
—Mariek —dijo su nombre con una mezcla de súplica y autoridad que sólo él sabía usar así—. Necesitamos tiempo. La situación es delicada. Ya viste el mensajero. Sabes que podría ser una trampa.
Ella sostuvo la mirada. Directa. Inquebrantable.
—Justamente por eso debemos movernos antes. Si llegamos tarde, todo puede torcerse. Aldebrand no es un mago cualquiera… Si decidió encontrarse conmigo mañana, debe tener razones.
—Con todo respeto, señorita Felder—intervino Octavius—, apresurarnos podría jugar en contra del Príncipe.
Mariek cerró los ojos. Respiró. Era evidente que le costaba mantenerse calmada.
—Lo sé, caballero Thalmyr. Pero…
—Pero nada —la interrumpió Willem con dureza.
Henrik frunció el ceño. Roderic chasqueó la lengua, incómodo. Mariek levantó la barbilla.
—Alteza… con todos mis respetos… no podemos simplemente retrasar—
—Soy yo quien decide cuándo partimos —sentenció Willem, más frío de lo que pretendía—. Y he dicho que dos días.
Silencio. Tenso. Vivo. Cortante. Noahn cerró los ojos con un suspiro casi imperceptible. Mariek apretó los puños. Tanto, que los nudillos se blanquearon.
Willem abrió la boca, quizá para rectificar, quizá para suavizar, pero ya era tarde. Mariek dio un paso atrás, muy recta, muy compuesta. Henrik tragó saliva. Sabía que ese gesto en su hermana no significaba obediencia… sino herida.
—Entonces —dijo ella, con voz impecable y distante—. Prepararé mis cosas para partir en dos días.
Willem quiso añadir algo, pero su autoridad se había convertido en una pared entre los dos. Y él mismo la había levantado.
Los dos días de preparación pasaron con el aire cargado de tensión. No una tensión destructiva, sino contenida… como arcos tensados. Willem se mantenía ocupado con los Aelir preparando rutas alternativas. Ordenaba inventarios. Supervisaba equipo. Fingía tranquilidad.
Mariek trabajaba en silencio con Noahn y las Aelires. Sanación. Protección. Rituales menores. A veces la veían de madrugada, practicando sola.
Y cuando llegó la tarde del segundo día, decidieron entrenar. El claro de práctica era amplio, con césped suave. Roderic y Mariek estaban sentados en una pequeña elevación, ella leyendo un cuaderno lleno de notas minúsculas, él afilando una flecha con paciencia.
Willem y Octavius se enfrentaban en el centro.
—¿Preparado, alteza? —preguntó Octavius, girando la espada con maestría.
—No te contengas —respondió Willem, adoptando postura.
Mariek levantó la vista del cuaderno apenas un segundo… pero bastó para que sus ojos azules se cruzaran con los grises del Príncipe. Y Willem sostuvo la mirada un instante más de lo debido antes de obligarse a concentrarse en la espada.
Roderic sonrió apenas.
—Sigues enfadada —comentó, sin mirarla.
Mariek cerró el libro con más fuerza de la necesaria.
—Estoy… molesta.
—Es lo mismo.
Ella suspiró, mirando a Roderic.
—Es el Príncipe. Tiene la responsabilidad de decidir.
—Pero tú no eres cualquiera —replicó él, girando la flecha entre los dedos—. Y eso él lo sabe.
Noahn los observaba desde otra esquina del claro. Con los brazos cruzados. Sin intervenir. Su mirada iba constantemente hacia Mariek… y, cada cierto tiempo, hacia Willem. Había preocupación en su postura. Y algo más difícil de nombrar.
—¡Alteza, su guardia baja! —advirtió Octavius.
Mariek volvió la vista al entrenamiento. Willem se movía con rapidez y una precisión que ella recordaba muy bien. El príncipe era más fuerte de lo que aparentaba, y cuando se dejaba llevar por la concentración… había algo peligroso en él. Algo latente. Octavius avanzó con un golpe descendente, Willem lo desvió, giró, y logró poner la espada contra el cuello del caballero.
Respiraban agitados. Roderic silbó una felicitación. Mariek quiso aplaudir, pero se contuvo. Willem miró a Octavius… luego a ella. Solo un segundo. Y ese segundo bastó para que el pecho de Mariek se cerrara. Roderic se levantó.
—Nuestro turno —dijo—. Vamos, Señorita Felder. Y sin magia esta vez.
Ella asintió, dejando sus cosas. Willem observó cómo se preparaban, la mandíbula apretada. Octavius murmuró a su lado:
—Parece que la tensión entre ustedes dos podría partir un árbol.
Willem no respondió. Se limitó a enfundar su espada mientras seguía con la mirada cada movimiento de Mariek.
Las reglas del entrenamiento eran claras: Pelea simulada. Mano izquierda inutilizada. Debían actuar como si estuviesen heridos.
Mariek se ató la mano izquierda al torso. Roderic hizo lo mismo. El Príncipe frunció el ceño. No le gustaba esa modalidad. Ella era rápida, pero Roderic era más fuerte. En la Academia Mariek solía ganar… cuando tenía las dos manos libres y podía usar magia. Con una sola…no sabía qué pasaría. Willem dio un paso inconsciente hacia adelante. Noahn lo notó.
El entrenamiento empezó.
Roderic atacó primero, directo, contundente. Mariek retrocedió con gracia, esquivando. Era veloz. Muy veloz. Sus pies casi no tocaban el suelo. Ella giró, lanzó un golpe con el costado de la espada de práctica, Roderic lo desvió..
Willem se tensó. Podía sentirlo. Siempre lo sentía cuando era Mariek la que estaba en peligro. Algo en su interior se agrietaba, como si su cuerpo reaccionara antes de que él diera la orden.
Más rápido.
Más atento.
Más feroz.
Mariek impulsó su cuerpo hacia una apertura, Roderic reaccionó bien… demasiado bien. Su espada de práctica cayó hacia ella en un ángulo extraño. Demasiado directo. Demasiado rápido para que Mariek pudiera esquivar con una sola mano.
—¡Mariek! — gritó Henrik desde el borde del claro donde observaba el entrenamiento.
Pero Willem se movió primero. No fue pensamiento. No fue reflejo. Fue un instinto.
Un estallido invisible, como un eco sordo de magia que ninguno de ellos comprendió, sacudió el aire. Willem atravesó la distancia en un latido, interponiéndose entre Roderic y Mariek con una velocidad imposible. Bloqueó el golpe con su propia espada. Roderic retrocedió, sorprendido.
Mariek quedó detrás de Willem, respirando rápido, el pecho subiendo y bajando como si no entendiera cómo había ocurrido. El Príncipe apretó los dientes.
—¿Estás bien? —preguntó sin volverse, su voz temblando por una mezcla de miedo y furia contenida.
Mariek tocó su brazo.
—Sí… sí, alteza. Estoy bien.
Y cuando dijo alteza, Willem sintió que algo dentro de él se tambaleaba. Él se volvió hacia ella, y descubrió sus ojos muy abiertos, respiración agitada, mejillas encendidas del susto. No estaba herida. Pero podría haberlo estado.
—No vuelvas a hacer eso —dijo él, más bruscamente de lo que quiso.
Mariek parpadeó, sorprendida.
—Era solo un entrenamiento…me he enfrentado a cosas mucho peores.
—No importa, estabas confiada porque era Roderic y no un enemigo real —la interrumpió—. Pudo haberte golpeado. Con una sola mano no tienes margen suficiente y tu punto fuerte es la magia.
Mariek se quedó impresionada ante tal precisión y descripción de sus propias formas por parte del Príncipe. Realmente la conocía…
Roderic levantó ambas manos, avergonzado.
—Ha sido culpa mía… Alteza, señorita Felder, lo siento, ese golpe no era…
Henrik llegó a su lado, empujando suavemente a Roderic para evaluar a su hermana.
—Mariek, ¿estás bien?
—Solo…me he confiado… —admitió ella.
Willem cerró los ojos un segundo. Ese instinto. Esa fuerza. Esa reacción. No era normal. No era humana. Y algo en su pecho ardía como si hubiera respondido a una llamada antigua.
Noahn, desde lejos, lo observaba con expresión amarga, nostálgica.
—Siempre será así —murmuró para sí mismo—. Por mucho que intentemos evitarlo.
Willem abrió los ojos y miró a Mariek. Ella lo observaba con una mezcla de sorpresa y algo más suave. Él respiró hondo. Ella también. Pero cuando sus miradas se encontraron, ninguno supo qué significaba ese impulso. Sólo sabían que existía. Que era real. Y que estaba creciendo.
El aire aún vibraba con la tensión del momento en que Willem había reaccionado como un relámpago para impedir que Mariek recibiera el golpe de Roderic. Un movimiento imposible, casi animal, sin pensamiento consciente.
Henrik se había quedado cerca del riachuelo, entregado a la tarea automática de limpiar los bordes de madera de las armas de práctica. No las necesitaba limpias, pero necesitaba hacer algo con las manos.
Noahn se acercó con paso tranquilo. No era silencioso como un Aelir; caminaba como un hombre común… pero con una quietud interior que resultaba inquietante.
—¿Puedo sentarme? —preguntó, señalando la roca cercana.
Henrik asintió sin mucho interés. Noahn se sentó. Observó el agua que corría. Ni una palabra al principio. Y eso, para Henrik, era sospechoso. Finalmente, Noahn habló:
—El Príncipe reaccionó rápido.
Henrik levantó la vista apenas.
—Es el Príncipe —respondió—. Ha entrenado toda su vida.
—No así —añadió Noahn suavemente—. Eso no fue reflejo del entrenamiento. Fue… algo más.
Henrik tensó la mandíbula. No respondió. Noahn observó el riachuelo un largo momento, como si midiera algo en su interior.
—He viajado con Mariek estos dos años —dijo al fin, sin mirarlo—. Y he visto muchas cosas. Cosas que no cuadran con una muchacha humana corriente.
Henrik inhaló lentamente. Muy lentamente.
—Cualquiera que viva enfrentándose a la oscuridad aprende cosas raras —respondió con tono neutro.
—He visto heridas cerrarse más rápido de lo que deberían —continuó Noahn, con voz serena, sin agresión—. He visto magia que no debería poder canalizarse sin entrenamiento formal. He visto visiones que ella no sabe explicar.
Henrik apretó los dedos alrededor del arma que limpiaba. Noahn lo miró, esta vez directamente.
—Tú también lo sabes, ¿verdad? —preguntó en voz baja—. Sabes que Mariek… no es lo que parece.
La hoja de madera crujió ligeramente entre los dedos de Henrik. El soldado levantó la vista, y por primera vez, Noahn sintió el peso de ese hermano mayor dispuesto a matar por proteger a su hermana.
—Escucha, monje —dijo Henrik muy despacio—. No sé qué has visto tú, ni qué crees que entiendes. Pero te voy a dar un consejo. Uno solo.
Noahn no desvió la mirada. Henrik continuó:
—Deja que las cosas sigan su curso. No intentes interferir. No intentes forzar respuestas. No intentes buscar verdades que no te pertenecen.
Noahn frunció el ceño, pero no con enfado, sino con una preocupación profunda.
—Si lo que está despertando en ella es peligroso, alguien debe…
—Si lo que está despertando en ella es peligroso —interrumpió Henrik sin elevar la voz, pero con filo contenido—, entonces será cien veces más peligroso si alguien mete las manos donde no debe.
Noahn tragó saliva. Henrik añadió:
—Y tú no quieres convertirte en un problema para Mariek. Créeme.
El monje lo miró un segundo más, evaluándolo, y finalmente asintió.
—No quiero dañarla —dijo con honestidad.
—Entonces no te interpongas —repitió Henrik—. Ni busques lo que no es tuyo.
Noahn suspiró. Y por un momento, ambos se quedaron en silencio, acompañados solo por el murmullo del agua que parecía querer guardar secretos demasiado grandes para hombres tan pequeños.
La noche se acercaba con lentitud, como si Sylthara quisiera retenerlos un poco más. Las hojas luminiscentes de los árboles empezaron a encenderse suavemente, como un cielo invertido lleno de estrellas. Los insectos que parecían estar hechos de luz comenzaron a desprender destellos dorados.
Mariek estaba sentada sobre una raíz elevada, observando el horizonte. La luz del atardecer jugaba con su cabello, dándole tonos ámbar. Willem la vio desde lejos. Dudó. El Príncipe Willem, heredero a la corona, capaz de detener un golpe mortal sin pensar… dudó al acercarse a una joven que le dirigía el título con distancia desde hacía dos días.
Finalmente, avanzó. Mariek no lo miró, pero escuchó sus pasos.
—Alteza —saludó, aún sin girarse.
Willem sintió ese vocablo como una punzada.
—Mariek… —empezó con voz baja.
Ella cerró su cuaderno de notas con suavidad.
—¿Necesita algo para la partida?
—Necesito —dijo él— …que no me hables como si fuera un extraño.
Mariek parpadeó. Giró apenas el rostro. No del todo, pero lo suficiente para mirarlo de reojo.
—No soy yo la que ha levantado distancia entre ambos, alteza, o por lo menos no esta vez —respondió con sinceridad tranquila
Willem frunció el ceño, dolido.
—No quise… no deseaba que pareciera que ignoraba tu criterio.
—Es tu obligación decidir —lo interrumpió ella, suave pero firme—. Y yo… reaccioné como si no lo recordara.
Él bajó la mirada. Mariek suspiró.
—Está bien, Willem.
La primera vez en dos días que decía su nombre.
El Príncipe levantó los ojos hacia ella… y encontró un gesto pequeño, débil, pero real: una media sonrisa. Melancólica. Cansada. Aún herida.
—¿Estás enfadada todavía? —preguntó él.
—Un poco —admitió ella—. Pero se me pasará. Otra cosa que debes conocer de mí, es que tengo mucho genio.
Silencio. Cálido esta vez. Willem se sentó a su lado, sin tocarla, pero lo bastante cerca para sentir el calor de su presencia.
—No vuelvas a hacer eso en un entrenamiento —murmuró ella, sin mirarlo—. Lo de… lanzarte así para protegerme.
—No pude evitarlo —respondió él—. Mi cuerpo se movió solo.
Mariek apretó el cuaderno entre las manos.
—Lo sé. Eso es lo que me asusta…Soy yo quien debe proteger al heredero…
Willem quiso decir algo, cualquier cosa para aliviar la tensión en su voz, pero las palabras no llegaron. Los dos se quedaron en silencio mientras el último rayo de sol se hundía detrás del bosque. Y por un instante, Sylthara los envolvió en una quietud antigua, como si quisiera conservarlos así, juntos, antes de que el mundo volviera a reclamarlos.
El amanecer llegó con una neblina suave que abrazaba los árboles como un velo. Las criaturas del bosque se mantuvieron en silencio, como si contemplaran una despedida solemne.
Los caballos estaban listos. Los Aelires presentes para despedirlos. Willem ajustaba la montura del suyo cuando vio que Mariek luchaba con una hebilla que no cedía. Caminó hacia ella sin decir nada y tomó la correa con delicadeza. Ella lo miró, seria, pero no fría.
—Gracias… alteza.
Willem sonrió apenas.
—Algún día dejarás de llamarme así.
Fue entonces cuando un murmullo se desplazó entre las Aelires. Varias se giraron al mismo tiempo, inclinando apenas la cabeza en gesto reverente. De entre los árboles apareció un joven Aelir.
Era alto, de piel pálida con destellos plateados bajo la luz, y su cabello — liso, color cobre oscuro— desordenado como un torrente de fuego apagado. Sus ojos, de un azul translúcido, tenían esa cualidad propia de los habitantes del bosque: parecían ver más de lo que mostraban.
Vestía una túnica de viaje de tonos verdes profundos y marrones, con una capa ligera sujeta por un broche labrado en plata. A su cintura llevaba una hoja curva, elegante, sin adornos excesivos.
Willem lo reconoció solo porque Luzdelor había mencionado que enviaría a alguien “de su sangre”. El Aelir se inclinó ante ellos con la gracia de un guerrero nacido para ello.
—Vengo en nombre de Luzdelor, guardián del Bosque Eterno —anunció con voz suave, casi musical—. Mi nombre es Thalanis Aerendar. Soy sobrino del Señor de Sylthara. Se me ha encomendado acompañarlos en su viaje hacia Noirmont.
Henrik levantó una ceja. Noahn inclinó la cabeza con respeto. Mariek observó al recién llegado sin emitir juicio. Willem asintió, manteniendo la compostura que la corona exigía. Roderic, sin embargo…resopló ligeramente, cruzándose de brazos.
Thalanis continuó:
—Mi función será asistirlos con las inscripciones antiguas y la lectura de runas que puedan encontrar en el camino. Noirmont es una tierra viva y caprichosa. Sin una guía, podría devorarlos.
Roderic murmuró:
—Estupendo. Otro que habla en acertijos.
Thalanis lo escuchó, claro que sí, pero sonrió con una calma casi irritante.
—No pretendo entorpecer su camino, sino facilitar.
Willem habló entonces, con voz serena:
—Aceptamos su ayuda en nombre de la corona de Serentipy. Y agradecemos a Luzdelor su apoyo. Pero viajaremos rápido y sin detenernos más de lo necesario. Será un trayecto duro.
Thalanis acarició su propio caballo. Este extendió ligeramente las alas plegadas en su lomo—alas pequeñas, incompletas, más espirituales que físicas; un rasgo común en los caballos de los Aelires.
—Puedo seguir su ritmo, alteza.
Mariek percibió la forma en que Willem se tensó al escucharlo decir “alteza”. Ella también sintió el pequeño nudo en el pecho. Henrik carraspeó.
—Bien —dijo—. Entonces vamos saliendo.
Roderic montó de mala gana. Octavius ajustó su lanza con gesto profesional. Noahn subió a su caballo de viaje con fluidez monástica.
Willem subió al suyo sin esfuerzo, ocultando la calidad de la montura bajo un manto gris. Hoy, era un príncipe viajando de incógnito. Mariek montó la suya en silencio, su cabello oscuro moviéndose con el viento.
Thalanis se incorporó al grupo con naturalidad, situándose cerca de la retaguardia guiando a su caballo, aunque sus pasos no producían ruido alguno. La bruma de Sylthara se abrió para permitirles salir.
Sylthara quedó atrás como un sueño que se deshace al amanecer. El camino hacia Noirmont se extendía ante ellos, un sendero estrecho rodeado de colinas verdes y bosques espesos. La primera parte del trayecto debía hacerse sin descanso para ganar terreno seguro antes de llegar a las tierras más agrestes al norte.
Henrik abría el camino. Octavius, con su arma preparada, lo cerraba.
Willem cabalgaba segundo en la fila, junto a Mariek. Thalanis y Roderic iban detrás, vigilándose mutuamente como gatos desconfiados. Noahn ocupaba una posición intermedia, siempre alerta.
El sol avanzó despacio mientras más colinas quedaban atrás. Henrik mantenía un ritmo firme pero exigente. La tensión se mantenía como una cuerda tensa entre los caballos.
Willem no podía evitar ver de vez en cuando a Mariek. Le impresionaba su porte: pantalones oscuros, botas altas, una túnica reforzada con correas de cuero y un chaleco de protección ligera. Su cabello, aunque arreglado por las Aelires, había sido recogido parcialmente para no obstaculizar. El mechón blanco siempre parecía escapar.
Willem reconocía que para ella no era ajeno el peligro… se preguntó a sí mismo qué circunstancias de peligro pudo haber vivido en estos dos años.
El ritmo fue constante hasta que la luz dorada del atardecer comenzó a teñir el cielo. Henrik alzó la mano.
—Acamparemos aquí —anunció.
El grupo detuvo a los caballos. Parte del llano estaba protegido por una formación de rocas. Un buen lugar. Encendieron un fuego pequeño, lo suficiente para calentarse pero no para llamar la atención. La noche era fresca, y el viento traía el olor de pinos y tierra húmeda. Henrik y Octavius preparaban la comida. Roderic limpiaba su arco. Thalanis observaba el cielo con ojos de quien escucha voces que otros no oyen. Noahn meditaba en silencio, aunque de vez en cuando su mirada volvía a Mariek.
Mariek se había sentado sobre una roca, quitándose los guantes, respirando el aire frío para calmar la mente. El día la había desgastado más de lo que admitiría. Willem la vio apartarse un poco. Y sin pensarlo, la siguió. Se detuvo a unos pasos.
—¿Puedo…? —preguntó, con voz baja.
Mariek cerró los ojos un instante. No tenía fuerzas para una discusión. Ni para una distancia tan cortante. Hizo un pequeño gesto con la mano para que se sentara. El Príncipe lo hizo, a una distancia prudente. No tanta como ella querría. No tanta como él pretendía mantener. El fuego quedaba detrás, y las estrellas comenzaban a aparecer.
—No está enfadada conmigo todavía, ¿verdad? —preguntó él con una sonrisa torpe.
Mariek suspiró.
—Alteza…
—Willem —corrigió él.
Mariek desvió la mirada.
—Willem… —Repitió, con cierta dificultad—. No estoy enfadada. Solo… confundida. Han pasado muchas cosas en poco tiempo.
Él la observó en silencio.
—Para mí ha sido más tiempo —dijo con voz suave—. Dos años. Y ahora… dos días muy largos contigo a unos pasos y sin poder acercarme.
Mariek tragó saliva e instintivamente cogió el colgante con el broche que llevaba siempre.
—Debe tener claro que no podemos… —hizo un gesto vago con la mano— …repetir lo que ocurrió en Sylthara.
—Sé lo que dije —respondió Willem, acercándose apenas un poco más—. Pero no sé si puedo mantener la distancia que quieres.
Mariek se tensó.
—Debe intentarlo. Ambos debemos hacerlo.
Silencio. Un silencio que se extendió como un lazo invisible entre los dos. Willem habló casi en un susurro:
—No sabes cuánto te busqué.
Ella cerró los ojos.
—Willem, por favor…
—Tenía miedo —admitió, sin vergüenza—. De que te hubieras ido para siempre. De que algo te hubiera alcanzado. De no encontrar ni un rastro. Cada día me despertaba con ese pensamiento. Cada noche me dormía sin respuestas.
—Y aun así no puedes entender por qué debí obedecer —susurró Mariek.
—Lo sé ahora. Solo… no estaba preparado.
Ella lo miró a los ojos. Azul contra gris.
—Usted es el príncipe —dijo con suavidad—. No puede permitirse sentir lo que siente hacia mí.
Willem bajó la mirada… pero no retrocedió ni un centímetro.
—No puedo evitarlo.
Mariek, herida por esa honestidad, se levantó antes de que sus emociones se traicionaran. Él también se levantó. Estaban demasiado cerca. Demasiado.
—Por favor… solo inténtelo—pidió Mariek, dando un paso atrás.
Willem detuvo su mano a medio camino. No la tocó, pero estuvo cerca.
—No voy a obligarte a nada —dijo con voz temblorosa—. Solo… no te alejes por completo.
Mariek respiró profundamente. Se dio la vuelta sin responder. Mientras regresaba al fuego, Noahn la siguió con la mirada. Henrik también. Thalanis observó la interacción con un interés difícil de descifrar.
Y Willem se quedó solo unos segundos bajo las estrellas, intentando ordenar un corazón que parecía haberse llenado de demasiadas cosas demasiado rápido.
Cuando Mariek se unió al grupo, Henrik la observó con preocupación silenciosa. Le tendió una taza con agua caliente.
—¿Estás bien? —preguntó bajo.
Ella asintió.
—Sí. Solo cansada.
Henrik no insistió, pero sus ojos se desviaron hacia Willem. Thalanis rompió el silencio:
—Las estrellas están inquietas esta noche.
Roderic gruñó:
—¿Siempre sois así de crípticos?
El Aelir sonrió.
—Solo cuando el cielo nos habla.
Octavius rió por lo bajo.
—Será un viaje interesante.
Willem regresó al fuego minutos después, con expresión seria. Se sentó frente a Mariek. Ella evitó su mirada. Él respetó el silencio. Era suficiente, por esa noche.
Cuando las brasas comenzaron a extinguirse, Henrik asignó guardias:
—Primero Octavius. Luego Willem y Roderic. Después Noahn y Mariek. Finalmente, Thalanis y yo
Willem frunció el ceño. Mariek también. Henrik lo vio. Y sonrió con esa sonrisa de hermano mayor que dice: “Lo sé todo, pero es mejor así por ahora”.
Las estrellas vigilaron mientras el grupo se preparaba para dormir. Mariek se recostó envuelta en su capa. Willem, a dos metros de ella, trató de no mirar. Noahn observó el fuego, reflexivo. Thalanis murmuraba plegarias en un idioma antiguo. Henrik afinaba los sentidos. Roderic soñaba con flechas. Octavius mantenía la lanza firme.
El camino a Noirmont apenas comenzaba… y sin embargo, ya había puesto a prueba corazones, lealtades, y verdades que aún no estaban listas para salir a la luz.
La luna se había alzado alta y blanca, completamente redonda, inmóvil en el cielo. El campamento dormía: unos respiraban profundamente, otros se agitaban entre sueños inquietos; algunos, como Thalanis, parecían simplemente deslizarse hacia un estado de calma absoluta, sin llegar nunca a dormir como los humanos.
Octavius finalizó su turno y, con un gesto solemne, despertó a Willem y Roderic. El príncipe abrió los ojos de inmediato —como si apenas hubiese dormido— y se incorporó. Roderic tardó un poco más, refunfuñando como siempre.
—Tu turno, alteza —murmuró Octavius, ofreciéndole la lanza ceremonial que cargaba durante la noche.
Willem la rechazó con un gesto leve.
—Tu lanza está mejor en tus manos, Octavius. Descansa.
Octavius sonrió por un instante y se acomodó entre mantas, aunque todos sabían que jamás dormiría profundamente estando de guardia cerca del heredero.
Roderic se frotó los ojos y tomó su arco, estirando la espalda.
—Espero que esta noche no tengamos sorpresas —murmuró con voz ronca—. Hoy estoy menos simpático que de costumbre.
—Entonces estás exactamente igual que siempre —respondió Willem con una media sonrisa.
Roderic gruñó, pero caminó junto a él mientras se apartaban unos metros del fuego. La noche estaba fría, pero no tanto como la tensión flotando bajo las palabras no dichas. Willem se sentó sobre una roca, con la mirada fija en la oscuridad del bosque. Roderic se apoyó en un tronco, atento al entorno, pero claramente esperando a que el príncipe rompiera el silencio.
No lo hizo. Así que Roderic bufó.
—Muy bien, alteza —empezó—. ¿Va a estar toda la guardia sin hablar, mirando los árboles como si fueran a explicarle la vida?
Willem siguió mirando hacia delante, serio, con el ceño apenas fruncido.
—No estoy seguro de que quieras oír lo que tengo en la cabeza.
Roderic lo miró de lado.
—Oh, seguro que sí. Ya bastante me preocupa usted como para dejarlo masticar demonios solo.
El príncipe exhaló lentamente.
—¿Has visto cómo la miras? —preguntó de repente Roderic.
Willem alzó una ceja.
—¿A quién?
—A Mariek Felder.
El nombre cayó como una piedra en el agua. El silencio se onduló.
—Sé que estamos todos tensos, pero… —Roderic entrecerró los ojos—. Usted no está simplemente preocupado por una compañera de viaje. Esto es distinto.
Willem apoyó los codos en las rodillas.
—No te equivocas —murmuró.
Roderic esperó, paciente. Willem tragó saliva antes de decir:
—Roderic… sé quién es Mariek.
El arquero se enderezó como si un rayo lo hubiera atravesado.
—¿Qué? Es la Señorita Felder. Una gran hechicera para su corta edad, si me permite mi opinión ahora que no nos oye.
Willem bajó la voz.
—No se apellida Felder. No realmente.
Roderic abrió los labios, sorprendido.
—Entonces…
—Su verdadero nombre —continuó Willem, casi en un susurro— es Mariek Delaere Van Ligh.
Roderic respiró hondo, pero no dijo nada. El nombre tenía peso. Antiguo. Luminoso. Peligroso. Muchas leyendas.
Willem siguió hablando, la mandíbula tensa:
—Cuando ella desapareció de la Academia, no pude aceptarlo. Yo… necesitaba respuestas. Así que busqué. Conocía ya su verdadero nombre… así que indagué en archivos, registros, documentos sellados… y finalmente encontré su origen.
—¿Que era adoptada?
—Sí. Por los Felder. Pero hay más…antes de eso… pertenecía a un linaje del que apenas queda memoria. Una familia extinguida. Una estirpe ligada a la luz… cuya última presencia fue cerca de Gravenstein…
Roderic no pudo evitar fruncir el ceño.
—¿Y por eso la protege tanto?
Willem lo miró a los ojos.
—La protejo porque es mucho más valiosa que yo como heredero.
Roderic sintió un estremecimiento. Willem siguió:
—Mariek es… la última. La única portadora de luz que queda.
El silencio del bosque pareció hacerse más denso.
—¿Está seguro? —susurró Roderic.
—Todo apunta a ello. Y si lo que sospecho es cierto, entonces Mariek podría ser… la clave de cosas que ninguno de nosotros está preparado para comprender.
Roderic apretó los puños.
—¿Ella lo sabe?
Willem bajó la mirada.
—No lo sé. Y eso me mata. Siempre tengo que ir con cuidado con ella.
Roderic observó al príncipe durante un largo momento.
—Usted… ha cambiado desde que volvió a verla.
Willem rió suavemente, pero sin humor.
—Puede ser.
—No es solo preocupación —añadió Roderic, entrecerrando los ojos—. Es otra cosa. Algo más profundo.
Willem se llevó una mano al cuello, incómodo.
—Roderic…
—¿Qué siente por ella?
El príncipe tardó en responder. Cuando lo hizo, fue con voz baja y honesta:
—No lo entiendo. Desde que se cruzó en mi camino, desde aquel entrenamiento en la Academia, hay algo en mí que… —buscó las palabras— que reacciona. Que se activa. Un impulso que no puedo controlar. Uno que me obliga a protegerla, aunque no quiera. Aunque no deba.
Roderic lo estudió, sin juicio.
—¿Como un instinto?
Willem asintió.
—Como si algo en mí… la reconociera. Antes que mi mente, antes que mi voluntad… mi alma la percibe en peligro y actúa.
El silencio volvió a caer, espeso. Roderic habló al fin, muy despacio:
—Eso… no es humano del todo, alteza.
Willem no apartó la mirada del bosque.
—Lo sé.
Durante varios minutos no dijeron nada. La luna avanzó unos grados en su viaje silencioso. Al final, Roderic habló:
—Gracias por confiar en mí.
Willem alzó la vista.
—Eres uno de los hombres en los que más confío, Roderic. Y necesito que entiendas por qué cada decisión que tomo con respecto a Mariek puede parecer irracional.
El arquero sonrió levemente.
—Irracional sí es —admitió—. Pero ahora… tiene sentido.
Willem respiró hondo, como si un peso se aligerara apenas. Roderic volvió a mirar hacia el campamento.
—Entonces… seguiré cuidando de ella también. Como pueda.
Willem asintió.
—Gracias.
Roderic sonrió con picardía.
—Pero no espere que deje de burlarme de usted cuando se ponga demasiado obvio.
Willem soltó una carcajada baja, sincera. La primera del día. Y la guardia continuó, tranquila, aunque con más verdades flotando en el aire que al inicio.
El amanecer llegó teñido de rosa y dorado, coloreando las nubes bajas entre colinas.
Uno a uno, los miembros del grupo se despertaron. Henrik fue el primero, como siempre. Thalanis parecía haber estado despierto toda la noche. Noahn abrió los ojos lentamente, con una serenidad que inquietaba. Mariek fue la última en levantarse, abrigada aún por el sueño ligero. Roderic, mientras guardaba su arco, la observó con nuevos ojos. No con desconfianza. Con comprensión. Con respeto. Ella notó la mirada.
—¿Qué pasa? —preguntó, alzando una ceja.
—Nada —respondió él con suavidad, algo que jamás usaba con ella—. Solo… Buenos días, Señorita Felder.
Mariek lo miró desconcertada. Roderic nunca era tan… amable.
—Buenos días… —respondió lentamente.
Willem, a poca distancia, los observó en silencio, sin intervenir. Fue entonces cuando Thalanis se acercó, moviendo una rama caída del campamento. Habló en voz baja, solo para Roderic.
—Caballero… —murmuró— se nota que sabes.
Roderic parpadeó.
—¿Qué?
—Sé discreto —añadió el Aelir, con esa elegancia tranquila que parecía deslizarse entre palabras—. Ella lo sabrá a su tiempo.
Roderic sintió un escalofrío. Thalanis no lo miró directamente, pero sonreía con serenidad.
—Tú… —Roderic lo observó con ojos entrecerrados—. Estás aquí para protegerla.
El silencio del Aelir fue más revelador que cualquier afirmación. Thalanis ató la cuerda de su montura y se alejó sin una palabra más. Roderic lo siguió con la mirada.
—Puede que te haya juzgado mal—murmuró para sí, casi con respeto.
Y la mañana siguió, cargada de secretos compartidos, silencios nuevos y un entramado invisible que empezaba a unir el destino de todos.
Por otro lado, Aurelia atravesó el último tramo del camino. El caballo relinchaba bajo ella, respirando con fuerza, pero la joven no aflojaba el paso. Tenía el cabello recién cortado y vestía ropa de muchacho. Era imposible que la reconocieran. Tres días sin dormir bien. Tres días huyendo. Tres días repitiendo en su mente el plan que tenía.
La silueta de la Academia de Arensbourg emergió finalmente entre la niebla. Alta, enorme, solemne, con las torres recortadas contra la luna. El corazón le dio un vuelco extraño: miedo, nostalgia, determinación.
Aurelia desmontó sin esperar a que el caballo se detuviera por completo. Cruzó la explanada exterior a la carrera, encorvada, pegada a las sombras. No había guardias visibles; Arensbourg no esperaba amenazas internas. Error que ella aprovecharía.
Buscó con la mirada el tramo de muro menos iluminado. Allí. Saltó sobre un barril abandonado, subió a un alféizar, trepó con manos y pies acostumbrados a escalar los tejados de Vaeloria en su adolescencia. En segundos estaba arriba, con viento frío golpeándole la cara.
Agachada, avanzó por la cornisa en dirección a las torres. Su pecho subía y bajaba con fuerza, pero su mente estaba clara.
Torre de Arqueros a la izquierda.
Torre de Hechiceros a la derecha.
Aurelia respiró hondo.
—Empiezo por ti —susurró.
Se deslizó por la pared como un gato, usando repisas y salientes que conocía de memoria. La ventana de la sala común estaba entreabierta. Perfecto. Entró sin hacer ruido, cayendo sobre los pies con una suavidad entrenada. La sala estaba vacía: sillas alineadas, arcos colgados en las paredes, cortinas moviéndose suavemente.
Aurelia cruzó entre sombras, subió las escaleras en espiral, esquivó un par de tablones que sabía que chirriaban. Recordar los viejos trucos dolía un poco más de la cuenta.
Llegó al pasillo de las habitaciones. Solo una lámpara encendida. Nadie despierto. Se movió hasta la cuarta puerta. Entró.
Dentro, el cuarto estaba en silencio absoluto. Varias camas, mesas… se acercó a una de las camas que tenía al lado una repisa llena de flechas hechas a mano. La figura dormida bajo mantas claras, respirando tranquila.
Cada paso era un golpe en el pecho. Lo que iba a hacer sería un shock. Pero no había más opción. Se inclinó sobre la cama.
—Perdóname —murmuró Aurelia.
Sacó el pañuelo empapado en esencia tranquilizadora para evitar el grito. Un truco que había robado de la enfermería en sus días de estudiante. Se preparó. Y, en un movimiento rápido y limpio, le cubrió la boca.
Liora despertó sobresaltada, los ojos enormes, oscuros, llenos de un terror instintivo. Intentó incorporarse, pero Aurelia la sujetó por los hombros con firmeza.
—Shhh —le susurró—. Soy yo.
Los ojos de Liora la reconocieron al instante. La sorpresa dejó paso a incredulidad… luego a una chispa de alivio mezclada con miedo. Aurelia retiró el pañuelo.
—Debemos partir —susurró con voz urgente—. Rápido. Prepara tus cosas. Te espero en el muro oeste… en veinte minutos. Voy a por Elara.
Los labios de Liora temblaron, pero asintió. Aurelia retrocedió, preparando su entrada a la Torre de los hechiceros. La misión acababa de empezar.
Y el mundo, sin saberlo, estaba a punto de cambiar.